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Club de lectura de invierno

Ene 24, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA, 
de LUCIA BERLIN

Publicado en magazine On (diarios Grupo Noticias) 23/01/21

En el caso de Lucia Berlin es cierto que, en vida, habían visto la luz varios libros con sus relatos, algunos de ellos en editoriales de cierto prestigio, al menos literario, como Black Sparrow, que John Martin fundó con el único fin de publicar a Charles Bukowski (para ello vendió su colección de libros raros y asignó a Bukowski un sueldo vitalicio para que se dedicará sólo a escribir – a eso me refiero cuando hablo de prestigio literario; eso es un editor como Dios manda; oh, Dios, ¿dónde está mi John  Martin?—; la cuestión es que a John Martin la apuesta le salió bien, Bukowski comenzó a vender libros como rosquillas, con mucho sabor a anís, y eso le permitió a su editor publicar a otros autores como John Fante, Paul Bowles, Joyce Carol Oates o la propia Lucia Berlin); y es cierto también que esta, Lucia Berlin llegó a ganar con alguno de esos libros algún prestigioso galardón, como el American Book Awards, una especie de Premio Nacional en Estados Unidos con el que han sido distinguidos, por ejemplo, Philip Roth, Alice Munro, John Updike o la Premio Nobel de este año Louise Glück.

A pesar de ello, Berlin no dejó de ser una escritora desconocida para el gran público hasta que en 2015, más de una década después de su muerte, apareció Manual para mujeres de la limpieza, una selección entre los 77 cuentos que escribió a lo largo de su vida. Y como suele suceder también a menudo y paradójicamente en estos casos, su vida, la vida tortuosa de muchos escritores que los aparta de la fama y el reconocimiento mientras  la mantienen, mientras están vivos, se convierte en algo que atrae o lleva hasta su obra a muchos lectores una vez muertos.

Una vida dura

Lucia Berlin no tuvo desde luego una existencia plácida. Errante, alcohólica, atormentada por la escoliosis, a pesar de lo cual se echó a las espaldas la crianza de sus cuatro hijos, vivió dando tumbos por diferentes lugares del mundo, Alaska, Chile, México, trabajando como mujer de la limpieza, recepcionista o profesora en centros penitenciarios, para acabar consumida por un cáncer de pulmón, durante unos agónicos últimos años en que una bombona de oxígeno la acompañaba a todas partes como un caniche, como ella misma decía en alguno de sus cuentos.

Lo cual ya nos da varias pistas sobre el carácter y el tono de los mismos. Escritos recurrentemente en primera persona, los relatos de Lucia Berlin se nutren en su mayoría de sus propias experiencias. Lydia Davis escribe en el prólogo de Manual para mujeres de la limpieza: “Aunque la gente habla, como si fuera algo nuevo, de esa modalidad literaria que en Francia se denominó “autoficción”, la narración de la propia vida, tomada sin modificar apenas la realidad, seleccionada y narrada con criterio y vocación artística, creo que es eso, o una versión de eso, lo que Lucia Berlin ha hecho desde el principio, ya en la década de 1960. Su hijo —se refiere a uno de los hijos de Lucia Berlin, Mark Berlin—, luego añadió: “Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no sé siempre con certeza qué ocurrió en realidad. Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta”.

Es decir, se trataba de mezclar realidad con ficción pero nunca de mentir. O dicho de otro modo, lo que escribía Lucia Berlin tal vez no fuera exactamente lo que había pasado, pero se convertía en algo cierto en el momento en que ella lo que escribía. Esto es así hasta tal punto que Jeff Berlin, otro de los hijos de la autora, señala que los recuerdos más vívidos de su infancia son los que describe su madre en los relatos, o que el Chile que él evoca es el que retrata Lucia Berlin en los cuentos que ubica en ese lugar, donde la escritora pasó buena parte de su infancia y adolescencia, pululando como una extraña por colegios de élite, fiestas de embajadores y cócteles en club náuticos, a los que su padre, un ingeniero de minas destinado en Santiago era invitado con frecuencia.

Las risas de los funerales

Ese ambiente trivial y lujoso tiene poco que ver con otros relatos de una Lucia Berlin adulta cuyos escenarios son los centros de desintoxicación, las tiendas de licores, las salas de urgencias; pero es que incluso ese Chile elitista tiene también poco que ver con el que Lucia Berlin nos muestra en sus relatos, pues ella es capaz de traspasar con su mirada la superficie resplandeciente de las piscinas y bucear entre la ciénaga de la condición humana, de soltar, por ejemplo,  en mitad de un relato que transcurre glamurosamente entre tintineo de copas y sonrisas profidén, que a ella le atraen pensamientos de los que nunca nadie habla, como que los funerales son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio, convirtiendo además de ese modo esos pensamientos en la descripción perfecta de esas fiestas de sociedad.

Estos giros inesperados, esa manera de narrar eléctrica, fluida, las metáforas certeras y evocadoras, los olores, la sinceridad apabullante, las enumeraciones que revelan en el último de los términos algo que quiebra y a la vez da sentido a todo lo anterior… todo ello, conforma el estilo de la escritora. El estilo de Lucia Berlin es, en fin, la manera de entender la literatura en la que algunos creemos o a la que aspiramos, una literatura en la que cada párrafo contiene una recompensa para el lector, y que además es ofrecida de manera generosa  y natural, sin resultar pedante o lastrar el ritmo de la redacción.  Y así, Berlin es capaz de hablar de urracas que caen desde el cielo como bombas, de colocar a sus personajes a hacer el amor en una cámara frigorífica o a leer salmos religiosos de una manera lasciva, como si acariciaran las palabras, de describirnos un lugar diciéndonos que huele a cilantro y a pis, de escribir frases tan contundentes como “Aquí no hay bandas ni hay racismo. Tampoco hay muchas razas, de hecho” o, refiriéndose a un agente de policía y a sus compañeros: “El educado, llamábamos todos a Wong. A los demás los llamábamos cerdos”…

¿Justicia poética?

“No pudo imaginarme a nadie que no quisiera leer a Lucia Berlin”, dice Stephen Emerson en la introducción a Manual para mujeres de la limpieza. Pero lo cierto es que durante años casi nadie quiso hacerlo y que fue poco menos que una casualidad (una crítica positiva en New York Times) la que la rescató del olvido. Lydia Davis señaló premonitoriamente en el prólogo antes señalado, escrito de manera previa al boom en que acabaría convirtiéndose el libro, que quizás con este Lucia Berlin empezara a recibir la atención que se merecía. Y también, en un exceso de optimismo, que siempre había tenido fe en que los mejores escritores tarde o temprano acaban emergiendo, como la nata montada, y su obra siendo reconocida.  Pero lo cierto es que por cada Lucia Berlin debe de haber cien autores u autoras olvidados y desconocidos y maravillosos a los que la mala fortuna, la falta de habilidades o de contactos sociales, la condición social, de género, económica, política o sexual nos ha arrebatado, todo ello mientras cada año surge un nuevo genio que ha escrito o va a escribir la novela definitiva sobre algo, el conflicto vasco, la pandemia o el corazón humano y sus abismos.

AGUR, BONI

Ene 24, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Escucha del disco del Boni, “Incandescente” (y primeras presentaciones y  firmas) -

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias)

Barricada ha sido y es, sin duda, el grupo de mi vida, algo que creo que comparto con miles de chavales y chavalas de entre cuarenta y sesenta años. El grupo que más veces habré escuchado y al que más veces habré visto tocando. Por eso entiendo la conmoción que ha supuesto la reciente muerte de Boni, guitarrista y cantante de la banda. Al contrario que a El Drogas, de cuya amistad y enredos mutuos me jacto, a Boni nunca llegué a conocerlo en persona y, sin embargo, sentí su pérdida como la de un amigo, alguien que ha caminado conmigo durante mis mejores años, desde que descubrí al grupo siendo un adolescente.

Recuerdo que de aquel primer disco de Barricada, Noche de rock&roll, me sorprendió que tuvieran tres cantantes tan distintos: Sergio Osés, con su voz limpia y melódica (que cantaba la mayoría de los temas, aunque después dejaría la banda); la gravedad y a la vez socarronería de El Drogas; y, sobre todo, esa manera tan entregada  y desgarradora —como si tuviera una alambre de espino en la garganta— de cantar de Boni. Nadie cantaba como Boni, nadie apretaba tanto los dientes ni inflaba tanto la vena del cuello ni desprendía aquel poderío de animal caliente como él. La voz de Boni era rocanrol en estado puro, contenía toda la rabia, todo el desparpajo, toda la tormenta y toda la verdad. Aún queda un sitio, No hay tregua, Rojo, Pon esa música de nuevo, Okupación… Cuando uno lo escuchaba o cuando lo veía cantar comprendía que allí había un tipo dejándose el alma, acuchillándose la garganta con una navaja incandescente y usando el micrófono como el barreño al que arrojar las vísceras que se arrancaba a sí mismo con furia juvenil y pasión incendiaria por el ruido.

Esto fue así de manera literal, pues fue un cáncer de laringe el que le arrebató primero la voz (no se me ocurre manera más desagradecida en que la vida puede tratar a un cantante) y después esa vida misma y una buena parte de las de quienes nos amamantamos a sus pechos como bafles.

A algunos quizás esto les parecerá exagerado, del mismo modo que resulta tópico e incluso cursi recurrir a aquello tan manido de que las canciones de Barricada son la banda sonora de nuestras vidas, pero es ciertamente así: era Barricada lo que sonaba en los bares en los que, en un desfile mortal de cervezas por el mostrador, sellamos amistades y amores para toda la vida; Barricada lo que escuchábamos en nuestras habitaciones cuando sentíamos que la vida se convertía en un callejón sin salida; Barricada lo que oíamos religiosa y casualmente en el Boni —el bar de San Juan— antes de entrar, como quien entraba a una catedral, al Anaitasuna a verlos tocar a pecho descubierto; y es Barricada lo que oímos en el coche con nuestros hijos o lo que ellos aprenden en las escuelas de música a las que los apuntamos soñando con que un día lleguen a ser como Boni o como El Drogas, que es lo que realmente nos habría gustado ser a nosotros.

Barricada eran nuestros héroes. Y lo eran precisamente porque cuando se bajaban del escenario se quitaban la capa y te los podías encontrar tomándose una caña a tu lado, o en tu parada de la villavesa, o meando en el mismo árbol cuando volvías de madrugada y tambaleándote a casa. Eran, los Barri, chavales sencillos y humildes — sus botas sabían cómo olía el suelo—, nada orgullosos, pero que a la vez tenían la capacidad de hacernos sentir orgullosos, invencibles, a quienes vivíamos en la Txantrea, en los barrios conflictivos, en las afueras, no solo geográficas, de todo.

Por todo eso hemos llorado tanto a Boni las ovejas negras, los lobos malheridos; por eso lloramos tanto cuando Barricada se separó (y por eso también nos sentimos tan aliviados cuando  Boni y El Drogas se reconciliaron, con Kutxi y Rosendo de testigos).

Echaremos de menos, en fin, a Boni. Nos quedan, afortunadamente, las canciones. Y todo este montón de recuerdos. Agur, Boni, eta eskerrik asko!

ENTREVISTA A MIKEL SANTOS «BELATZ»

Ene 24, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

«Lucio Urtubia fue, por naturaleza, un auténtico tocapelotas del sistema»

Lucio Urtubia, la leyenda y el hombre común, en cómic - Patxi Irurzun Patxi  Irurzun

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 23/01/21

Lucio Urtubia, el indomable anarquista navarro, tuvo en los últimos años de su vida la ilusión de contar su vida “en dibujicos”, y Mikel Santos “Belatz” cumplió su deseo con “El tesoro de Lucio”, un cómic que se ha convertido, merecidamente, en superventas y sobre el cual hablamos con el dibujante pamplonés.

El cascantino Lucio Urtubia es, lo fue en vida, una leyenda del anarquismo. Desertó del ejército español en pleno franquismo, atracó bancos, estuvo incluso a punto de hundir uno de los gigantes de la banca mundial falsificando cheques de viaje, propuso al Ché Guevara infectar el sistema sanguíneo del capitalismo fabricando millones de dólares de pega… Peleón hasta el último de sus días, Lucio murió el pasado 18 de julio, como si también quisiera aguar la fiesta a una efemérides tan siniestra. Fue un mito, pero también un hombre común y sencillo, un albañil que se meaba en los pantalones cuando “expropiaba” bancos a punta de metralleta. Lo cuenta Mikel Santos “Belatz”, en las primeras viñetas de El tesoro de Lucio, la magnífica novela gráfica en la que nos muestra las hazañas de este luchador incansable y también los detalles de su vida más cotidiana y familiar; un cómic que se ha convertido en un auténtico bombazo, con cinco ediciones en castellano, dos en euskera y traducciones al catalán, gallego, francés y danés.

El tesoro de Lucio ha sido un auténtico éxito que le ha dado a usted conocer, o le ha descubierto al gran público, pero antes hay un largo recorrido ¿Cómo y cuándo empezó a dibujar, lo recuerda?

Sí, claro: en el colegio dibujaba en las mesas, los cuadernos, hacía caricaturas a compañeros, a los profesores a escondidas.  Más de uno ya me pilló alguna, me la quitó, y me castigó, pero luego veías que se reían, y que no te las devolvían…Ese tipo de cosas. Incluso había compañeros que me decían: “Dibújame con esta chica, que me gusta”, y yo les hacía una especie de cómic, a cambio de 25 pesetas… Luego, ya de mayor, tuve una oportunidad en un periódico sobre economía, en el que trabajaba un buen amigo y que me propuso hacer humor gráfico.  Empecé a hacer viñetas, y ahora que las veo reconozco que soy un mal humorista gráfico, sin mucha gracia. Más tarde empecé también en el TMEO, y a mandar cosas a editoriales, y así me fui dando a conocer, me fueron llegando encargos para ilustrar cuentos, libros, etc.

Por entonces usted era un poco Doctor Jekyll y Mr. Hyde, tenía dos caras, dos firmas distintas…

Sí, en aquel periódico salmón firmaba con mi nombre, Mikel Santos, pero cuando empecé en el TMEO no quería que se vincularan mis dos trabajos, en dos publicaciones tan opuestas, así que busqué un apodo, y como me gusta mucho la historia de Navarra y estaba muy embobado con el tema de Amaiur,  tomé mi nombre de guerra, nunca mejor dicho, del alcaide del castillo, Jaime Velaz de Medrano,  y empecé a firmar con él en el TMEO: Belatz. Y así se quedó.

Desde luego es usted un dibujante versátil, porque lo mismo que publicaba en el TMEO dibujaba para Tim Burton…

Sí, eso me llegó un poco de rebote, a través de una empresa de Madrid que a su vez estaba en contacto con una editorial inglesa que iba a publicar un libro de Burton, Pesadilla antes de Navidad, con unas actividades ilustradas.  Según me contaron el propio Tim Burton, al que le gusta controlar todo lo que aparece con su nombre, vio los dibujos y dio el visto bueno a mis dibujos. Para mí fue algo importante, que no me dio mucho dinero pero si reconocimiento, y que cuento siempre que puedo, claro.

Es curioso, porque el cómic de Lucio fue un encargo y también le llegó de rebote…

Sí, al principio desde Txalaparta se lo propusieron a mi amigo y compañero Martintxo Alzueta, pero como estaba muy liado con otro cómic, la Historia de Euskalherria,  les habló de mí, algo de lo que le estoy superagradecido. Recuerdo que quedé con los editores en este mismo sitio (el bar del barrio pamplonés de Buztintxuri en el que hacemos la entrevista) y cuando ellos me dijeron “¿Conoces a Lucio Urtubia? ¿Te gustaría escribir un cómic sobre su vida?” ya me di cuenta de que me estaban poniendo un caramelo en la boca. Primero porque a mí lo que más me gusta es hacer cómics (aunque claro, no todos podemos vivir de eso, no todos somos Paco Roca) y, segundo, porque aunque veía que aquello me supondría al menos dos años de trabajo también me daba cuenta de que era algo que podía tener cierta repercusión. Así que sí, fue un encargo, pero a la vez en Txalaparta han dado una libertad terrible y en realidad  tanto para la editorial como para mí ha sido en realidad siempre una obra de autor.

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Dice que intuía que El tesoro de Lucio podía tener repercusión, pero ¿tanta?

Bueno, en realidad lo que yo pensaba era que si tiraban mil ejemplares y se vendían ya era como para tirar cohetes, pero cuando ya ves que hay cinco ediciones en castellano, dos en euskera, que hay traducciones al gallego, al catalán, francés… ¡al danés! Todo eso ¿cómo iba a imaginarlo?

La idea de hacer una biografía en cómic de Lucio Urtubia parte de él mismo, según creo.

Sí, fue en una azoka de Durango,  donde debió de ver algún cómic, creo que sobre Durruti, y entonces fue cuando les dijo a los de Txalaparta, que ya habían publicado algunos libros sobre Urtubia, aquello de: “¿Y eso no se podría hacer también conmigo, contar mi vida en dibujicos?”

El proceso de elaboración del cómic ha sido largo, el primer año lo dedicó usted prácticamente a documentarse, a hablar con Lucio, supongo que eso también estableció entre ustedes un vínculo, cierta intimidad…

Fue muy bonito poder hacer un libro que es una novela gráfica, de acuerdo, pero que es también una biografía y contar con la persona sobre la que dibujas a tu disposición. Claro que también tenía el miedo de escribir una hagiografía, y en realidad he ensalzado bastante a Lucio, pero no me importa, todo lo que he contado me lo contaba él desde el corazón y la pasión… Ese año de documentación pude conocerlo bien, entrar en su vida y hacerme amigo de él, la nuestra no ha sido una relación meramente profesional, con entrevistas frías, no, nuestras quedadas eran largas, con comida y gintonic, también hablábamos mucho por teléfono, él a veces me llamaba y me decía, pon esto, quita lo otro; por ejemplo, al mes de la primera vez que nos vimos, en Cascante, me llamó y me dijo “¿Qué, ya los has acabado?”

Quizás Lucio no tenía muy claro cómo se elaboraba un cómic, pero sí qué quería que apareciera en él…

Sí, ese primer día que nos conocimos ya me llevó una libreta en la que tenía escrito como quería todo: “Uno: aparezco yo de niño sentado en la plaza. Dos…” ¿Pero esto qué es, Lucio?, le dije yo. “Pues el cómix”, me contestó… Luego, en realidad ya vi que todo aparecía muy desordenado, y el proceso de documentación al final fue más costoso de lo que había supuesto, porque sus recuerdos eran muy caóticos, se saltaba años, mezclaba cosas. La verdad es que él escribía un montón, cada vez que nos veíamos me traía algo, decía que si no escribía se le olvidaban las cosas.

Llegó incluso a dictarle cómo tenía usted que escribir el prólogo.

Si, ja, ja, me trajo escrito algo así como: “Qué lujo, qué placer, poder dibujar la vida de Lucio Urtubia…”. Y luego, al final, ponía: Belatz. Yo creo que en realidad no lo hacía por vanidad, sino porque sentía que tenía que ayudarme, y no sabía muy bien cómo.

¿Qué sabía usted sobre Lucio antes de empezar a trabajar en  el cómic?

Yo tenía un conocimiento sobre Lucio a nivel usuario, recuerdo haber leído algunas noticias en la prensa, vi la entrevista en Salvados… Sabía lo típico, que era un anarquista de Cascante… Ni siquiera conocía muy bien el anarquismo, sobre el que creo que hay muchos prejuicios y falta de información. Así que empecé a documentarme, a ver documentales, leer biografías… Entonces fue cuando descubrí esa dimensión tan importante de la figura de Lucio, alguien que había hecho temblar los cimientos del capitalismo. Y comencé a verlo casi como un héroe. Repasando su vida alucinaba, veía que era increíble no solo lo del famoso golpe al Citibank, sino su infancia, todo, me daba cuenta de que había sido, por naturaleza, un auténtico tocapelotas del sistema… Eso que se dice “de joven pirómano, de mayor bombero”, no iba con él, él se convirtió en doblemente pirómano, yo lo he visto en algún homenaje de memoria histórica, en el que hubo un coche que intentó atropellar a algunos asistentes, saltar con el bastón, enfrentarse al conductor, con sus ochentaypico años.

A Lucio, acostumbrado a contar sus hazañas y a que otros se interesaran por ellas, le sorprendía que usted le hicieras algunas preguntas que igual antes no le había hecho nadie, cosas más cotidianas, detalles que usted necesitaba para dibujar su cómic.

Sí, al principio me decía, con ese acento suyo: “¡Qué chorradas me preguntas!”, pero luego ya cayó en la cuenta de que yo necesitaba saber esas cosas, y le gustaba, porque estaba muy acostumbrado a las otras preguntas, ¿cuánto robaste al Citibank?, ¿cómo fue tu encuentro con el Ché Guevara?, etc, a las que respondía casi de carrerilla, pero que yo le preguntara que coches tenía, qué comía, si se afeitaba, qué radio escuchaba, si dormía en calzoncillos… era algo que le descolocaba.

La vida de un cascantino en cómic - Cultura - PLAZA NUEVA | Semanario  independiente de actualidad comarcal

Esos detalles dan al cómic una dimensión más humana del héroe, es uno de los grandes aciertos de la obra. Por ejemplo, saber que antes de los atracos se meaba en los pantalones, o cómo era la conciliación familiar de un revolucionario…

Yo me di cuenta de que no era fácil ser Lucio Urtubia, pero tampoco uno de sus familiares o de su entorno. Te preguntas cómo podía conciliar su vida familiar alguien que se pasa el día trabajando en la obra y el resto del tiempo lo dedica a estar en imprentas clandestinas, haciendo atracos, traficando con obras de arte, etc. Y te das cuenta de que su familia —y eso es algo que él siempre remarcó—, siempre estuvo a su lado y que lo que él ha hecho lo ha hecho con la ayuda de ellos… Todos de algún modo asimilaban como era Lucio y que a ellos les había tocado estar a su lado.

Tras convertirse casi en su biógrafo oficial y en su amigo, también le tocó vivir la muerte de Lucio Urtubia. ¿Cómo lo llevó?

Fue duro. Le cogí un cariño especial, casi de familiar, me reuní con él muchas veces, en Cascante, en París, lo vi en el hospital, ahora hace un año, y ya lo encontré pocho, le di un abrazo y en cierto modo ya sabía que no volvería a verlo, que un día me llamarían para darme la noticia, y así fue, y, aunque era algo que esperaba, es como esta gente que piensas que nunca va a morir… Lucio era un mito. Y sí, solté mis lagrimillas y tuve esa pena de estar en la distancia. Me quedó la tranquilidad de haberle visto esa última vez, en el hospital, tal y como él era, a pesar de estar ya mal, cantando Le temps des cerisses, y recitando a Lorca de aquel modo tan pasmoso.

El tesoro de Lucio. Conversación con Belatz. - MicoCultura

¿Llegó Lucio a conocer el éxito del cómic?

Sí, porque fue todo bastante rápido, apenas se publicó salió enseguida la segunda edición. Me da pena, eso sí,  que no viera la edición en francés, porque él tenía muchos amigos y compañeros en París y quería fardar un poco de su vida en dibujicos.

¿Y usted, como ha vivido la gran acogida de El tesoro de Lucio, siente presión de cara a nuevos trabajos?

Lo llevo bastante bien, pero me alegro sobre todo por Lucio, y por el tema que hemos tratado en la novela gráfica, creo que me habría alegrado menos si hubiera sido una historia personal, mía, inventada por mí, estoy contento porque a él le hacía ilusión transmitir sus mensaje de ese modo, que es además mucho más accesible para los jóvenes, algo a lo que él daba mucha importancia… En cuanto a la presión, sí, siento que cuando saque algo nuevo lo mirarán con lupa, y eso me da cierto miedo, pero a la vez creo que ese miedo me ayuda, me permite dar pasos con cautela. Y lo llevo bien, por otra parte, porque todo esto me motiva para nuevas historias. Este cómic me ha hecho ver que pudo funcionar bien como novelista gráfico.

¿Cuál cree, para acabar, que sería ese mensaje que Lucio quería transmitir, cuál sería el tesoro de Lucio?

El mensaje sería: “Haz. Hay que hacer cosas”,  algo que él llevó a la práctica y que echaba de menos en bastantes anarquistas de boquilla. Lucio estaba obsesionado con eso, en parte porque en su caso veía que obtenía resultados, claro que también arriesgaba mucho y que tuvo mucha suerte, lo decía él mismo, y yo le doy la razón, porque tuvo momentos muy complicados, cuando le pillaron traficando con víveres en la mili, o cuando le amenazó el GAL. Pero él hacía cosas y veía que servían, se daba cuenta, por ejemplo, de que el dinero al final solo era papel y que, por tanto se podía fabricar, y lo que no entendía era por qué los demás no hacían, o no hacemos lo mismo que él,  por qué no eran o no somos menos borregos y más “luciourtubias”… Ese sería, en definitiva,  su mensaje, el tesoro, el mensaje  que Lucio nos deja: “Haz”.

***

Trayectoria: Belatz comenzó publicando viñetas gráfica en el diario económico Nueva gestión empresarial de Navarra e historietas en el TMEO. Ha ilustrado numerosos libros y cuentos infantiles de autores como Xabier Mendiguren, Paddy Rekalde, Unai Elorriaga o el director de cine Tim Burton, participando en el libro Pesadilla antes de Navidad. Además, es autor o coautor de numerosos libros de texto, portadas de discos, campañas institucionales y publicitarias y de las obras 90 minutos en el Reyno (Fundación Osasuna) y Una aventura en tres tiempos (Gobierno de Navarra). Formó parte del equipo creativo de Kukuxumuxu y todavía sigue trabajando junto a Mikel Urmeneta. El tesoro de Lucio ( Gerezi garaia en su edición en euskara), su obra más importante hasta el momento, ha sido traducida a varios idiomas y reeditada varias veces.

Club de lectura de invierno

Ene 17, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

«NO ENCONTRÉ ROSAS PARA MI MADRE»
José Antonio García Blázquez

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 16/01/21

Como si fuera un presagio, y aunque seguramente solo responda a una moda tipográfica de la época, la edición del Círculo de lectores que popularizó el libro del que hoy hablamos, No encontré rosas para mi madre, muestra el título de la obra y el nombre del autor en minúsculas.

José Antonio García Blázquez fue finalista con ella del Premio Alfaguara, vendió trescientos mil ejemplares de la misma, hubo una adaptación cinematográfica dirigida por Francisco Veleta Rovira y protagonizada por “la mujer más guapa del mundo”, así llamaban por entonces a Gina Lollobrigida, y por Concha Velasco (quien años más tarde exageraría su participación en el filme calificándolo como pornográfico)… Blázquez llegó incluso a ganar el Premio Nadal en 1973, con la novela El rito. Pese a todo lo cual, hoy en día el escritor extremeño es un autor desconocido, algo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que No encontré rosas para mi madre ha resistido muy bien el paso de los años y su lectura, su estilo sobre todo, es sorprendentemente actual, a diferencia de otras obras de autores de la época (por ejemplo, un año antes de que García Blázquez ganara el Nadal la novela premiada fue Groovy, de José María Carrascal, a quien la seducción por el ambiente hippie de Nueva York que retrata en la misma solo le dejó como poso unas corbatas de colorines que lucía en los telediarios mientras de su boca salía un batallón de sapos y culebras afiliados a VOX).  

Contra la prosa garbancera

Tal vez sea la modernidad de la novela de Blázquez, en realidad, lo que explique su  olvido: a veces es tan perjudicial llegar tarde a la foto como llegar antes de tiempo. Claro que en el caso de José Antonio García Blázquez también se da la circunstancia de que nunca mostró demasiado interés en aparecer en esa foto, es decir,  siempre fue reacio a hacer el payaso en el gran circo de la literatura o, mejor dicho, de la industria editorial, tal y como se desprende de algunas, no muchas entrevistas, que a pesar de todo concedió.

José Antonio García Blázquez nació en Plasencia en 1940. Trabajó como traductor en diferentes organismos internacionales a lo largo de toda su vida. Sus personajes, como él, deambulan entre esos dos escenarios, la localidad natal  —convertida unas veces en ese paraíso perdido que es la infancia, otras en ese infierno de los pueblos pequeños—, y las grandes ciudades como París, Nueva York, Barcelona…, en donde esos personajes se mueven a la deriva, arrastrados por las mareas de la soledad, la búsqueda o la locura. Además de No encontré rosas para mi madre, su gran éxito comercial, y El rito, la novela con la que ganó el Nadal entre Carrascal y Umbral (bueno, por medio también lo hizo Luis Gasulla, pero nos fastidiaba la rima), publicó otras obras como Señora muerte, que el propio autor consideraba su mejor novela, o Los diablos, un intento por superar el realismo social predominante en la literatura de aquellos años (la obra se publicó en 1966), realismo al que calificó de garbancero, del mismo modo que décadas atrás había hecho Valle-Inclán para referirse a la obra de Galdós.  José Antonio García Blázquez murió en 2019, sin grandes reconocimientos: una calle con su nombre en Plasencia y algunas necrológicas en la prensa local.  

Muere el escritor extremeño José Antonio García Blázquez, ganador del  premio Nadal en 1973 | Hoy

Rara pero bonita

Los obituarios coinciden en resaltar algunos rasgos del carácter del escritor que quizás nos den el quid de la cuestión: su carácter asocial y huidizo (al menos en lo literario) que le hacía alejarse de las camarillas de escritores y de los medios de comunicación. “Desde luego el que sale en la televisión es porque se mueve, y yo no tengo ni tiempo ni ganas”, declaraba por ejemplo en una entrevista al diario ABC en 1981, en la cual también tiraba con balín contra Vargas Llosa o denunciaba la amenaza que suponía para los escritores de verdad la irrupción de otros “escritores” como Susana Estrada, Jimmy Giménez-Arnau o Lola Flores, además de dejar claro que en sus obras no hacía concesiones comerciales ni se plegaba a los cantos de sirena que entonan las editoriales para otorgar determinados premios o promocionar determinadas obras o booms literarios. Por supuesto, con semejante tarjeta de presentación, Blázquez también añadía que no pretendía vivir de la literatura. “No considero la literatura como una profesión. Si para mí se convirtiera en una rutina, el arte desaparecería”.

En la misma entrevista el autor señala que lo que a él le gustaría que dijeran de su novela es “qué novela más rara, pero qué bonita”. Y aunque se refiere a su obra Rey de ruinas, podríamos aplicarlo también a No encontré rosas para mi madre, aunque que nadie se asuste, esta, la novela que nos ocupa es una novela totalmente legible y accesible, de hecho esa es una de sus virtudes. En ella se narran las peripecias de Jaci, un joven enamorado de manera edípica y posesiva de su madre, y que, incapaz de soportar cómo esta cae en brazos de otros —los huéspedes que pasan por la habitación que se ve obligada alquilar tras caer en ciertas penurias económicas—, se aleja y vuelve una y otra vez a ella, topándose en sus huidas con toda clase de personajes, prostitutas, protoquinquis, enfermos mentales, entre los que Jaci (Jacinto) ejerce cierto magnetismo sexual. Eso en cuanto al argumento, que quizás, como en todas las obras literarias,  sea lo de menos, lo importante es la manera en que José Antonio García Blázquez nos hace vagabundear con su protagonista, mediante una prosa en la que se mezcla un humor que recordaría a las novelas del detective sin nombre de Eduardo Mendoza (El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, etc.) si no fuera porque esta novela en realidad es anterior a ellas; unos diálogos a veces chispeantes otras absurdos; unas inmersiones oníricas y delirantes en la mente algo averiada del narrador (la novela está contada en primera persona); y, sobre todo, unos chispazos de poesía, unas metáforas brillantes que perlan la lectura como quien no quiere la cosa (“Desde mis muslos subieron canciones infinitas”).

NO ENCONTRE ROSAS PARA MI MADRE: Amazon.es: Jose Antonio G. Blazquez: Libros

Una extravagante naturalidad

A menudo, cuando se trata de elogiar una novela se utilizan términos como carpintería, mecanismo, arquitectura, pero lo cierto —bueno, esta es una opinión particular— es que en la mayoría de las ocasiones en realidad se trata de su música, de la manera en que lo que vamos leyendo fluye en nuestra cabeza, del modo en que las palabras están colocadas una tras otra, hasta tal punto que si lo estuvieran de otro descarrilarían. Y en No encontré rosas para mi madre las páginas fluyen con una rara, extravagante naturalidad.

Les recomiendo fervientemente esta novela, que deberán conseguir a través de librerías de viejo o en páginas de internet, en las ediciones de Círculo de lectores o de los legendarios libros Reno. Y de paso les advierto de que no la confundan con otra de título homónimo, publicada este mismo y calamitoso año, cuyo autor es Martín G. Ramis, en una extraña decisión. Desconozco esa novela, no la he leído, me gustaría pensar que es un homenaje o un guiño —un tanto excesivo, por decirlo suavemente—a su predecesora, o tal vez, no lo sé, a la adaptación cinematográfica de Francisco Rovira Veleta, ignorando u obviando que está basada en la obra literaria de José Antonio García Blázquez, una obra literaria, por lo demás, la de este último, mayúscula.  

                    

Club de lectura de invierno

Ene 10, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

EL PEQUEÑO NICOLÁS (SEMPÉ/GOSCINNY)

El hombre que usted no conoce | El Primo Ramón

Al periodista al que se le ocurrió por primera vez usar el apodo “El pequeño Nicolás” para referirse a aquel arribista con cara de pan —de pan duro como el cemento—que hace algunos años se colocó por una rendija de las cloacas del estado y comenzó a salpicar barro en todas las direcciones, habría que mantearlo en la plaza del pueblo, torturarlo hasta la agonía con el anuncio en bucle de Yatekomo de David Bisbal, obligarle a escuchar todos los audiolibros de Alfonso Ussía o de Paulo Coelho mientras se pudre eternamente en el infierno… Ustedes me disculparán la crueldad, pero es que no se lo perdonaré nunca. Igual a él su ocurrencia le pareció muy original, pero a quienes hemos leído y amado desde niños al pequeño Nicolás, al de verdad, el de Sempé y Goscinny, nos resulta inexplicable y propio de un ignorante… ¿Qué tipo de conexión, aparte de la evidente del nombre, pudo encontrar  ese periodista entre dos personalidades, dos formas de ver el mundo tan enfrentadas? ¿Y no se le pasó en ningún momento por la cabeza el tremendo daño que estaba haciendo a la memoria de esta cumbre de la literatura infantil? ¿Dónde está el defensor del menor? ¿Y el de los lectores?

El auténtico pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás, el auténtico (de hecho, para nosotros de aquí en adelante el otro, el fake,  como si nunca hubiera existido) dio sus primeros pasos en un formato diferente al que todos conocemos, pues en sus inicios fue una tira cómica que Jean Jacques Sempé (dibujante) y René Goscinny (guionista; aunque entonces firmaba como Agostini) publicaron entre 1956 y 1958 en la revista belga Le Moustique. Desconozco cuál fue el motivo concreto por el que la pareja artística decidió dar el salto al relato ilustrado que haría a sus personajes universalmente conocidos. Se dice que Sempé no se sentía cómodo como dibujante de cómics, pero a mí también me gusta pensar que el universo del pequeño Nicolás —sus padres, sus compañeros del colegio, sus recreos y veraneos— le fue creciendo a Goscinny en la cabeza hasta desbordar los bocadillos de las tiras cómicas. Algo que, sin embargo, no le sucedió con otras de sus no menos famosas creaciones, como Asterix o Lucky Lucke, que sí se ciñeron al formato del cómic, y que publicó junto con otros ilustradores, como Uderzo, en el caso del guerrero galo, y de Morris en el del entrañable y desgarbado vaquero. 

EL GRAN PEQUEÑO NICOLÁS | LO QUE EL VIENTO SE DEJÓ

El cambio de la tira cómica a la narrativa, en el caso del pequeño Nicolás fue en todo caso un acierto, y cabe preguntarse incluso si las aventuras y travesuras de Nicolás habrían obtenido tamaño éxito (se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo) de no dar con esa manera de ser contadas; o incluso si hubieran sido las mismas sin las pequeñas ilustraciones de Sempé, que salpican los textos, a veces como miniaturas, siempre con ese estilo divertido y sencillo. Yo, de hecho, me recuerdo a mí mismo de pequeño tanto riéndome a carcajadas con las ocurrencias de Nicolás, Agnan, Clotario, Alcestes…, como copiando los geniales dibujos de Sempé con la punta de la lengua asomando por un lado de la boca.

El  mundo contado desde la altura de un niño

En lo que se refiere a los textos de Goscinny, a la técnica y el estilo, hay varios aspectos que contribuyen a la inmediata popularidad de las historietas y a la perdurabilidad  en el tiempo de las historias de este niño de clase media francesa, que todavía los pequeños de hoy, doy fe como padre y bibliotecario, siguen leyendo con pasión, a pesar de que fueran publicadas por primera vez a mediados del siglo pasado y de que retraten un mundo y una infancia en parte ya desaparecidos  (por ejemplo, con escuelas segregadas por sexos; bueno, todavía hay alguna secta religiosa que mantiene esa anomalía y que, a pesar de eso, se ha beneficiado durante años de la educación concertada). Por el contrario, y a pesar de la omnipresencia de la tecnología entre los niños de hoy, estos no dejan todavía de llegar a casa en ocasiones con la ropa y los zapatos cubiertos de barro o con una mascota, un perrito o un gato al que han recogido de la calle  entre los brazos, del mismo modo que lo hace Nicolás en sus narraciones.

Mis comics y mas: EL PEQUEÑO NICOLAS (Goscinny) en la gran pantalla

En estas, si de aciertos y hallazgos hablamos, es probablemente el punto de vista el mayor de todos ellos. El pequeño Nicolás nos cuenta sus historietas en primera persona, es decir, ve el mundo desde su altura y desde una mentalidad infantil,  sin filtros,  con una manera de razonar lógica y reveladora que a los adultos el paso del tiempo y la vida nos ha ido arrebatando a sopapos. Las narraciones tienen de ese modo dos lecturas, una en la que concede a los lectores más pequeños, los que tienen la misma edad que Nicolás, el protagonismo, y les hace sentirse identificados con las correrías de este, y otra en la que los padres de ese niño se regodean viendo como a través del humor y una aparente inocencia el mundo en el que han ido siendo aprisionados se desmonta o pueden regresar por un momento a su infancia. Goscinny, en fin, escribe sabiendo que además de a los niños se dirige a sus padres, que son quienes a fin de cuentas comprarán los libros.

La escuela literaria del pequeño Nicolás

Ese modo de narrar determinó posteriormente buena parte de la literatura infantil, puso en el centro al sujeto de la misma, y creó una escuela que todavía sigue vigente, con sagas literarias como los diarios de Greg,  Tom Gates o el Capitán Calzoncillos, en las que además las ilustraciones o el acompañamiento gráfico tienen gran peso. En España, el émulo más incontestable del pequeño Nicolás es sin lugar a dudas Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, quien tuvo además la virtud por una parte de acentuar ese rasgo cabroncete del carácter infantil, que en el caso de Nicolás estaba tal vez muy atemperado, y de ubicar a su personaje en un entorno de clase trabajadora, frente al más burgués o de clase media del personaje francés.

Pequeños pero no tontos | Babelia | EL PAÍS

El punto de vista, de todos modos, no es suficiente si no se dispone de los recursos y el  talento para materializarlo sobre la hoja impresa, y en el caso de Goscinny despliega todo un arsenal que convierten a sus historietas en magistrales e inolvidables. Por citar solo algunas, el uso de los epítetos: los amiguitos de Nicolás son Agnan, el ojito derecho de la maestra —o ese niño al que como lleva gafas no se puede pegar—; Alcestes, un niño muy gordo que siempre está comiendo cruasanes; Godofredo, que como tiene un papá muy rico le compra siempre todo lo que quiere… Y además Eudes y sus puñetazos en la nariz,  y Majencio, Clotario, Rufo… Quizás el menos conocido de todos ellos sea Joaquín, quien, sin embargo y sorprendentemente, dio nombre a uno de los libros de la serie, el único que no lleva la palabra Nicolás en el título: Joaquín tiene problemas (y que posteriormente también se editó como Los problemas del pequeño Nicolás, entre otras cosas porque la elección del título original lo convirtió en el libro menos vendido de la serie).

Junto a los epítetos recurrentes (además de los citados están otros como el papá de Nicolás, que siempre está leyendo el periódico) nos encontramos la alternancia de frases cortas con otras en las que se acumulan las cópulas, con perdón, imitando la manera de hablar de los niños, oraciones que a menudo se resuelven con un final sorprendente o inesperado, siempre humorístico y que dejan al descubierto los complejos mecanismos mentales infantiles: “…y después nos enfadamos y ahora ya no vamos a volver a hablarnos nunca más”, puede decir, por ejemplo, Nicolás a mitad de uno de sus relatos, aunque al final del mismo el niño con el que se ha peleado de manera irreconciliable vuelva a convertirse en su mejor amigo.

El pequeño Nicolás' llegará el viernes a Salamanca

Los cinco libros y la película

Las peripecias del pequeño Nicolás aparecieron en cinco libros, entre 1960 y 1964: El pequeño Nicolás, Los recreos del pequeño Nicolás, Las vacaciones del pequeño Nicolás, Los amiguetes del pequeño Nicolás y Joaquín tiene problemas o, como hemos visto, Los problemas del pequeño Nicolás. Posteriormente, a la muerte de Goscinny, ya entrados los 2000, la hija de este y Sempé acordaron  recopilar algunas de las historias que los dos artistas habían publicado originalmente en prensa y no habían sido recogidas en ninguno de los libros, y que vieron la luz con títulos como La Navidad del pequeño Nicolás o La vuelta al cole del pequeño Nicolás.  Hay además, una adaptación cinematográfica de 2009, titulada El pequeño Nicolás, pero como suele suceder en estas arriesgadas e incluso suicidas adaptaciones, el resultado es cuestionable. Para nosotros, los lectores incondicionales, de El pequeño Nicolás, este, sus amiguetes, sus padres, El Caldo, la maestra o María Eduvigis…, serán siempre los que retrató Sempé y a los que Goscinny contó —parafraseando a su protagonista— fenómeno. 

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