Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 16/08/2025
Ojos
barrenderos. La expresión la utiliza el escritor Miguel Salabert en
su novela El exilio interior
para referirse a alguien
cabizbajo, con una mirada humillada. Y la utiliza de una manera tan
natural que al leerla pensé que se trataba de un término de uso
común, más o menos habitual en algunos lugares.
El
exilio interior refleja los
años, lúgubres, terribles, de la posguerra española, en los que
millones de personas tuvieron que vivir de esa manera, con los ojos
barrenderos, enterrados en vida por una losa de silencio durante los
cuarenta años de paz franquista −la
paz de los cementerios−,
habitando ese exilio interior al que Salabert alude en el título.
Escrita en la década de los 50 del pasado siglo, la novela fue
traducida y publicada por primera vez en francés en 1961. Después
vendrían otras ediciones en inglés, húngaro o griego. Y solo en
1988 llegaría a las librerías de España, en su idioma original.
Curiosamente,
si bien la novela fue silenciada durante todo ese tiempo, el título
de la misma, El exilio
interior, se socializó hasta
convertirse en un concepto recurrente para referirse a ese último
reducto de libertad, ese búnker que son la mente y las ideas y
principios de cada persona, que el totalitarismo, la injusticia, las
circunstancias adversas, no pueden asaltar. El propio Adolfo Suárez
utilizó el término, ante lo cual Miguel Salabert replicó: “Cuando
un Adolfo Suárez u otro cualquiera de sus congéneres emplea una
expresión de cuño literario, ya puede decirse que esta se ha
convertido en un lugar tan común como un urinario público, aunque
de mucha menos utilidad”.
Por
lo demás, la novela nos regala hallazgos literarios maravillosos,
esos ojos barrenderos que el autor deja caer, sin darle importancia,
en una frase corriente de la misma; pinceladas de humor (la primera
parte es casi una novela picaresca, ubicada en la infancia del
personaje durante la guerra y los primeros años de posguerra, los
años inhabitables, como los llama él); o un demoledor retrato de la
universidad franquista y la desesperada autodestrucción de sus
mentes más brillantes, con algunos descensos a los infiernos que
anteceden a los que describiera Luis Martín-Santos en Tiempo
de silencio.
Reeditada
por Hoja de lata, con prólogo de Isabelle Touton y Germán Labrador,
y con epílogo de la hija del autor, la escritora Juana Salabert, la
lectura de El exilio interior
nos hace recordar, por otra parte, que también hoy en día hay
millones de personas exiliadas dentro de sí mismas (por ejemplo,
aquellas a quienes no se reconoce su talento, usurpado por
oportunistas o por otros con menos escrúpulos y más dotados para la
sociedad del espectáculo) u obligadas a sobrevivir −sin
papeles, acechadas por la violencia machista, la pobreza, el
desahucio, el racismo…−
con ojos barrenderos.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 02/08/2025
Hace
unas semanas me acredité como periodista para escribir una crónica
del concierto que Scorpions ofreció en Iruña el pasado 15 de julio.
No todos los días se ve la gira de sesenta aniversario de un grupo.
A lo largo de esas seis décadas los alemanes han ofrecido más de
cinco mil conciertos. De hecho, Scorpions ya tocó en Pamplona en
1997. Como cantaba Pablo Milanés, “el tiempo pasa, nos vamos
poniendo viejos” y la imagen que yo guardaba de Klaus Meine, el
cantante de Scorpions, que se movía por aquella época como un
huracán, distaba lógicamente bastante del ancianito heavy de
setenta y siete años que el pasado día 15 se mantenía a duras
penas −aunque
con una envidiable dignidad−
sobre
el escenario del Navarra Arena (yo, por mi parte, regresé a casa con
la espalda convertida en un acordeón tras tres horas de pie sobre la
pista -un lugar, amigos promotores, terrible para que los periodistas
veteranos tomen notas en los conciertos−).
Sobre
eso, el tempus
fugit,
o sobre la transformación radical que sufrió la ciudad en apenas
unas horas (del blanco sanferminero al negro con el que se vestían
las huestes metaleras) podía haber hablado en mi crónica, en esta
crónica, de no ser porque la acreditación tardó en llegar y cuando
llegó parecía una broma de mal gusto.
“Al
recoger su entrada deberá abonar en taquilla veinte euros para
charity”,
decía
el mensaje que me enviaron. Respondí indignado que no pensaba pagar
por trabajar y que qué demonios era eso de charity.
Tardaron, pero me respondieron que esa aportación era algo que
pedían a todos los periodistas e invitados y especificaron que el
“donativo” era para un refugio de gatos, a los cuales no pude
evitar imaginarme gordos y lustrosos y maullando el Still
loving you con
un collar de diamantes al cuello.
Contesté
de nuevo, explicando que mis aportaciones solidarias ya las hacía en
mi vida privada y para los fines que yo decidía y preguntando si esa
mordida (o ese clavada −de
aguijón, en
este caso−)
también la aplicaban a quienes montaban el escenario, probaban el
sonido, o a los propios músicos…
Finalmente,
la promotora, ante las quejas, decidió que la aportación fuera
voluntaria. Yo, por supuesto, no pagué. El periodismo ya es una
profesión bastante precarizada para encima tener que soportar estos
pequeños impuestos revolucionarios y este menosprecio por nuestro
trabajo (a ello se suman últimamente otras pretensiones igualmente
lamentables, como que sean las propias promotoras las que decidan qué
fotos deben publicar los medios). El concierto, por lo demás, muy
bonito.
SEIS
GRADOS
La
teoría de los seis grados de separación dice
que podemos conectarnos con cualquier otra persona del Planeta Tierra
a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco
intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.
Publicado en magazine ON, 30/08/25
A lo largo de sus cerca de cien metros de recorrido, la pequeña calle Mañueta de Pamplona alberga o ha albergado emblemáticos y populares comercios de la ciudad: su centenaria y famosa churrería, en la que hacen cola cientos de personas todas las mañanas de sanfermines y todos los domingos de octubre; las aceitunas Valero; la zapatería Calzados La Mañueta, en la que muchos pamploneses hemos comprado alpargatas o zapatillas económicas para destrozarlas sin remordimientos en fiestas, etc. Pero además de todo eso, la Mañueta también ha sido hogar de famosos artistas, como uno de los más grandes guitarristas de la historia del flamenco, Sabicas, o como el irreverente poeta Ramón Irigoyen.
Ramón Irigoyen
El Zinc Palace
También en la Mañueta se ubica un pequeño frontón, que tuvo antaño días de esplendor, cuando fue conocido popularmente como el Zinc Palace, a cuenta de su tejado de zinc. El frontón fue inaugurado en 1913 por don Gerardo Areta, un emprendedor hortelano del barrio de la Magdalena, y su esposa doña Agapita Labiano, quienes compraron un edificio entero de la pequeña milla de oro pamplonesa y convirtieron su patio en el Frontón Moderno −ese era su nombre oficial−, una cancha que pronto adquiriría carácter propio, llegando a designar un estilo, el mañuetero, a cuenta de las apuestas y los heterodoxos partidos que en ella tenían lugar, en los que las normas cambiaban en cada desafío (un pelotari contra tres, o contra dos con las piernas amarradas, o contra uno con una silla a la espalda, etc.) y en los que tomaban parte todo tipo de pícaros, ganapanes y trotamundos, como Luis Zubielqui, “Limpias”, un pastor y carbonero nacido en la localidad navarra de Espronceda. La especialidad mañuetera de “Limpias” era fingirse débil, incluso expectorar sangre (que absorbía de una muela picada), y acabar remontando partidos con una clara desventaja en el marcador, dando de esa manera la vuelta a las apuestas.
Entrada al Zinc Palace o Frontón Moderno
Las
correrías de “Limpias” (vida
nocturna, partidas de póker, desafíos inverosímiles −por
citar uno que no llegó a cumplir: arrojarse en paracaídas
y caer sentado sobre la estatua del caballo de Espartero en Logroño−)
se harían famosas en diversas localidades, como Barcelona, Zaragoza
o Bilbao, donde pasaría sus
últimos años de vida, convirtiéndose en un “xelebre” de la
ciudad, con sus camisas estampadas y su enorme Montecristo al morro,
y donde moriría dos veces, pues en una ocasión unos “amigos” le
gastaron la funesta broma de publicar en un periódico una
necrológica falsa. Zubielqui fallecería realmente en 1986, dejando
hasta sus últimos días su impronta, pues al parecer acostumbraba a
escaparse del hospital a los bares de copas próximos, en los que se
juntaba al amanecer lo mejor de cada casa.
De
Iruña a Nueva York
El Frontón Moderno o Zinc Palace, en el que “Limpias” campó a sus anchas, se ubicaba en el número 13 de la Mañueta y es más que probable que muchos de quienes entraban o salían por esa puerta se encontraran unos metros más adelante a un gitanico trasteando con su guitarra española en un balcón y quedaran admirados ante la destreza y el duende de aquel renacuajo, que no era otro que el genial Sabicas, uno de los grandes maestros del flamenco. Agustín Castellón Campos “Sabicas” nació, en efecto, en el número 7 de la calle Mañueta, y vivió en Pamplona hasta los diez años, edad en la que se trasladó a Madrid, ciudad en la que asombró con su arte a los círculos flamencos y en la que permaneció, ya convertido en una estrella, hasta el año 1936, cuando con la ayuda de la ministra anarquista Federica Montseny (de la cual el novio de su hermana era chófer) acabaría exiliándose a América en un periplo que le llevaría a Argentina, México y, finalmente, Nueva York, donde se establecería hasta su muerte y hasta donde acudían a visitarlo en peregrinación jóvenes guitarristas como Paco de Lucía, que se reconocían pupilos de Sabicas (y ante los que Sabicas intentaba mantener su autoridad, poniendo en sus manos guitarras con las cuerdas desgastadas, reservándose para sí mismo las nuevas, pues, decía, el maestro no podía sonar peor que el alumno).
Más
Seis grados
Sabicas también frecuentó o compartió apariciones en galas benéficas o programas de radio en Estados Unidos con otras celebridades como Dean Martin, Judy Garland, Sammy David Jr… o Frank Sinatra, cuyo nombre serviría de apodo al protagonista de una de las novelas del escritor argentino-catalán Raúl Núñez, autor “underground” de culto, precursor del realismo sucio en España, cuya obra está recuperando estos últimos años la editorial Efe Eme. Sinatra, así se titulaba también la novela en cuestión, fue publicada originalmente por Anagrama hace más de cuarenta años (en la novela, por cierto, ambientada en el Barrio Chino de Barcelona, habría podido figurar con total naturalidad un personaje como Luis Zubielqui “Limpias”) y tuvo cierto éxito, reforzado sin duda por la adaptación cinematográfica que hizo Francesc Betriu, protagonizada por Ana Obregón, Maribel Verdú o, en el papel principal, el pamplonés Alfredo Landa.
Por
cierto, el
segundo apellido de Alfredo Landa no era otro que Areta, apellido que
el actor portaba con orgullo, como demuestra que sirviera para
bautizar a uno de sus personajes
más recordados, el de Germán
Areta,
el detective de El
Crack, la
película de José
Luis Garci. Pues
bien, Landa
heredó dicho
apellido de
su abuelo materno Gerardo Areta, que no era otro que aquel hortelano
pamplonés que inauguró en 1913
el Frontón Moderno, más conocido como el Zinc Palace, y a cuya
puerta, como recordó el actor navarro en alguna entrevista, su
abuela Agapita Labiano cortaba las entradas, allí, en el número 13
de la calle Mañueta de Pamplona, a donde hemos regresado, cerrando
el círculo y dando
por concluidas también
estas
colaboraciones estivales,
que esperamos hayan sido de su agrado, y que pueden volver a
consultar, junto con otros “Seis grados” publicados en veranos
anteriores, en este enlace:
https://patxiirurzun.com/category/seis-grados/
Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 29/09/24
Hoy retomamos un ejercicio que ya hemos practicado antes en esta
sección: los seis de grados de separación, esa teoría que dice que
es posible conectar a cualquier persona del mundo con otra a través
de una cadena de cinco intermediarios. Iremos, en esta ocasión desde
el flautista de Hamelín hasta Lendakaris Muertos, pasando por, entre
otros, el Dúo Dinámico o Andy Warhol, y también haremos el camino
de vuelta.
Arrancamos. Si hay alguien a quien se ha comparado a menudo con el flautista de Hamelín es a Ian Anderson, el fundador de Jethro Tull. Pues bien, ¿sabían ustedes que Ian Anderson participó como instrumentista en un disco del Dúo Dinámico? Tal vez no, porque el disco en cuestión, grabado en Londres en 1969, no se firmó como el Dúo Dinámico sino como Manolo y Ramón y pasó bastante desapercibido. Sobre todo si lo comparamos con otros hits de su carrera, como el inevitable Resistiré.
Durante la pandemia esta canción fue interpretada en una especie de We are the world a distancia por cincuenta artistas españoles, entre los que se contaban Hombres G, quienes en sus inicios tocaron en una ocasión en un bar de copas de Madrid para veinte personas y para… Iron Maiden, quienes, al parecer, habían caído algo despistados por allí. Una combinación imposible, casi tanto como la de Lendakaris Muertos compartiendo cartel con Bruce Dickinson. Sucedió en la última edición del festival Resurrection Rock, donde, dicen, los navarros fueron los únicos que consiguieron fotografiarse con el que fuera el cantante de Iron Maiden.
Lendakaris Muertos, también durante la pandemia, dedicaron una canción a Miguel Bosé, de quien fue fan declarado ni más ni menos que Andy Warhol, en una de cuyas selectas fiestas neoyorkinas podemos verlo fotografiado junto a Jimmy Page, el guitarrista de Led Zeppelin, quien, ¡atención!, fue otro de los instrumentistas que participaron en la grabación del disco que antes hemos mencionado, Manolo y Ramón, que acabaría reeditándose años después bajo el título El Dúo Dinámico en Londres.
Manolo y Ramón, el Dúo Dinámico, por su parte, fueron los autores
del La, la, la, la canción interpretada por Massiel
que resultó ganadora del festival de Eurovisión, precisamente en
Londres en 1968. El festival tuvo lugar en el Royal Albert Hall,
donde se grabaría años más tarde, en 1981, Slipstream, un
vídeo de larga duración de ¿quién?, efectivamente, de Jethro
Tull,con Ian Anderson al frente. Y
así, vamos
llegando ya al final, o sea, volviendo al punto de partida, pues
Anderson emularía de un modo casi literal al flautista de
Hamelín, durante las celebraciones por el 725 aniversario de la
publicación del famoso cuento de los Hermanos Grimm, cuando organizó
un viaje en tren desde esa localidad alemana, Hamelín, con
setecientos niños a bordo que prometió devolver, esta vez sanos y
salvos, a sus progenitores.
SEIS
GRADOS La
teoría de los seis grados de separacióndice
que podemos conectarnos con cualquier otra persona del Planeta Tierra
a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco
intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.
Julián Gayarre
En la Tercera Guerra Carlista, Pamplona fue sitiada durante unos
meses y el ejército carlista, además de bombardear la ciudad desde
los montes que la rodeaban, como el monte Ezkaba, cortó el
suministro de agua, provocando entre la población numerosas víctimas
como consecuencia de disentería y tifus. En medio de aquel oscuro
paisaje de enfermedad y hambruna (los pamploneses se vieron obligados
a comer ratas de agua) la bombilla de un lúcido ingeniero, Salvador
Pinaquy, se iluminó e ideó un sistema hidráulico para bombear
agua a las fuentes de la vieja Iruña desde un manantial en las
inmediaciones del Molino de Caparroso, a orillas del río Arga, donde
tenía su fundición.
El agua con sabor a lápiz
Hace ya 150 años de ello y el pasado mes de noviembre el Ayuntamiento de Pamplona homenajeó a su Salvador, quien no solo uniría su nombre al de la ciudad por esta heroica acción: años después del sitio carlista, la fábrica de Pinaquy se trasladaría primero a la calle Mayor y después al barrio de la Rotxapea, donde se establecería la conocida como Casa Sancena (que era el apellido de la mujer de Salvador y de su cuñado y socio en la empresa), en la que se forjarían las características barandillas de parques y paseos de la vieja Iruña, sus tapas del alcantarillado o sus populares fuentes del león, de las que todos los pamploneses hemos bebido en alguna ocasión ese agua con sabor a lápiz.
Dichas fuentes fueron traídas originalmente de una empresa escocesa,
de cuyo catálogo pareció hacer tilín un modelo que incluía la
figura del león, lo cual resultaba muy adecuado para una ciudad que
está representada en su bandera por este animal (tan característico,
por otra parte, de nuestra fauna). Tras instalarse algunos de esos
modelo originales, la propia Casa Sancena comenzó a forjar sus
propios surtidores a partir de un molde. Pues bien, una fuente
similar a la escocesa podemos encontrarla entre los muros del fuerte
Alfonso XII o San Cristóbal, construido en la cima del monte Ezkaba,
aquel desde el que las tropas carlistas asediaron la ciudad (en una
visita guiada que pude realizar a dicho fuerte se nos explicó que
esa fuente había servido de modelo a las características fuentes
del león de Pamplona, de lo cual se podría deducir que quizás
pertenecía a ese primer lote procedente de Escocia, si no fuera
porque en esa visita guiada se añadió que la fuente en cuestión
había llegado hasta allí desde Irlanda).
Sea como fuere, el fuerte del monte Ezkaba se erigió precisamente
como consecuencia del sitio carlista, con la intención de
convertirlo en un baluarte defensivo para la ciudad, aunque acabaría
reduciendo sus funciones a la de siniestro penal militar, conocido
sobre todo por la famosa y masiva fuga del 22 de mayo de 1938. La
mayoría de los prisioneros que sufrieron los rigores (frío, hambre,
enfermedades, hacinamiento) de este penal durante la guerra y los
primeros años de la dictadura fueron presos políticos,
pertenecientes a sindicatos o partidos de izquierdas o nacionalistas,
pero también hubo presos comunes e incluso algunos falangistas, como
el catalán Josep Antoni Serrallach i Julià, que fue
encarcelado acusado de preparar un atentado contra Franco.
Fuente en Fuerte Ezkaba. Foto: Idoia Saralegui
Mercromina y atentados frustrados
Serrallach era ya en el momento de su apresamiento un brillante químico (desde sus laboratorios fue comercializada a partir de 1934 la mercromina y a Serrallach se le atribuye a menudo su invención, aunque parece ser que la verdadera descubridora de la misma fue una de sus trabajadoras, la farmacéutica oscense Irene Monroset), formado en universidades de Estados Unidos y Alemania, país este último en el que se convirtió en un ferviente admirador del nazismo. A su vuelta a España entró a formar parte de Falange Española, con la que combatió tras el golpe de estado, y en la que ocupó altos cargos. Fue, por ejemplo, la mano derecha de Manuel Hedilla (también preso del fuerte), quien sustituyó al frente del movimiento fascista a José Antonio Primo de Rivera, y a quien se acusó de conspirar para asesinar al Generalísimo (en una lucha interna por el poder en el bando sublevado) mediante un atentado con bomba en el que Serrallach en su calidad de químico iba a ser el encargado de preparar el artefacto. Ambos, Hedilla y Serrallach, serían condenados a muerte y finalmente indultados, tras años de presidio −tres en el caso de Serrallach, en cuyo perdón y liberación, al parecer, tuvieron bastante que ver los vínculos del químico con los nazis y la mediación del mismísimo Hitler−.
No fue aquel el único intento de acabar con la vida de Franco, años
después, ya en la posguerra, lo intentarían comandos anarquistas en
varias ocasiones, algunas de ellas en tierras vascas, durante la
celebración de una regata en Donostia, por vía aérea, en 1948, o
en 1962, en las inmediaciones del palacio de Aiete, en una acción en
la que participó la libertaria vizcaína Julia Hermosilla.
De vuelta al Molino de Caparroso
En las mismas fechas de este último intento el grupo anarquista Defensa Interior hacía detonar una bomba en el Valle de los Caídos, en una maniobra que solo buscaba desviar la atención y dejar vía libre a los activistas que operaban en San Sebastián, donde finalmente las pilas del artefacto que debía hacer volar por los aires a Franco acabaron agotándose sin que el dictador hiciera acto de presencia.
Cartle de exposición de José ramón Urtasun, con imagen de los Escolapios, sede de la Junta Central Carlista de Guerra
El mamotreto fascista de Cuelgamuros tuvo su réplica local,
volviendo a Iruña, en el Monumento a los Caídos, cuyo nombre
oficial era “Navarra a sus muertos en la cruzada” y uno de cuyos
arquitectos fue Víctor Eusa, dirigente durante el golpe de
estado de la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra, desde la
que se promovió y ejecutó el asesinato de miles de navarros. Eusa
vio recompensada su contribución a la sangría siendo nombrado
arquitecto municipal y posteriormente de la Diputación de Navarra.
Su actividad profesional fue prolífica y a lo largo de varias
décadas diseñó numerosas edificaciones, como los Escolapios de
Pamplona −sede de la Junta Central Carlista de Guerra, por cierto−
o la reforma del Hotel La Perla de la misma ciudad; paseos y jardines
como la Taconera de Pamplona, donde actualmente se ubica la estatua
de la Mariblanca, que formaba parte en su día de la fuente desde la
que brotó el agua por primera vez desde el Molino de Caparroso,
durante el asedio carlista de 1874-1875; o monumentos, como el
también ubicado en la Taconera dedicado al tenor roncalés Julián
Gayarre, desde quien realizamos ahora este camino de vuelta hasta
la figura de Salvador Pinaquy; camino en el que, en realidad,
podíamos habernos ahorrado todos los pasos, pues Julián Gayarre,
antes de convertirse en una figura de renombre mundial, trabajó como
herrero en la fundición de Pinaquy, en 1865.