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LA PUERTA DE ATRÁS

Mar 6, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
IRUDILANTEGIA-ATELIER DE IMAGINARIOS, SELECCIONADO PARA INNOVACULTURAL 2020.

Publicado en «Rubio de bote», colaboración semanal para diarios de Grupo Noticias 06/03/21

Durante los últimos años centenares de cines y salas de teatro han echado el cierre y no hay que ser pitoniso para adivinar que la situación actual tampoco ayuda mucho para que muchos de ellos vuelvan a abrir. Es muy doloroso, porque cuando la bola de demolición arremete contra una sala de cine o de teatro golpea también la memoria, los sentimientos, las vivencias de miles de personas que un día se ampararon en la oscuridad para soñar, para evadirse o para acariciarse en las filas de mancos.

Los cines, los teatros, las salas de concierto, son, más allá de un espacio físico, una especie de contenedores invisibles de emociones y recuerdos y por ello, a menudo, forman parte de  nuestro imaginario colectivo. El Gayarre, el Arriaga,  el Victoria Eugenia, la Hell Dorado… Así, de esa manera familiar, los nombramos. Los sentimos como nuestros.

El proyecto Irudilantegia-Atelier de Imaginarios, de Labrit Multimedia,  busca identificar ese patrimonio inmaterial, indagar qué representan esos lugares, qué nos evocan, qué lugar ocupan en la memoria común de nuestras ciudades…. Para ello durante unas semanas han recogido testimonios relacionados, en este caso con el teatro Gayarre de Pamplona. La colaboración era abierta y voluntaria y yo no pude resistirme a contribuir con una historia que me gustaría ahora compartir.

Se trata, eso sí, de una historia  íntima, pequeña,  insignificante, sobre todo si tenemos en cuenta que el escenario del Gayarre lo han pisado artistas de la talla de Valle-Inclán, The Pogues, García Lorca, Faemino y Cansado… Pero creo que la suma de esas insignificancias es lo que busca este proyecto.

Vamos allá.

Cuando yo era niño, aunque vivía en el barrio de la Txantrea de Pamplona, estudiaba en el centro de la ciudad, con lo cual cada día tenía que hacer cuatro viajes en autobús. La cola de la parada de mi villavesa quedaba justamente a la altura de una puerta trasera del teatro y a menudo mientras esperaba esta se entreabría y  podía ver un trozo del escenario. Era algo que me fascinaba. Muchas veces, los operarios estaban montando los decorados para las representaciones y a través de aquel umbral yo sentía que mi imaginación me hacía viajar a otras épocas y lugares… Otras veces, los actores o los músicos se asomaban por esa puerta y salían a fumarse un cigarro en mitad o en el descanso de alguna obra o un ensayo. Me parecía increible que solo un metro separara aquellos dos mundos tan diferentes, el real (la tarea,  el frío, las notas, los abusones) y el imaginario (los artistas en traje de pingüino, o vestidos de egipcios, de floristas…).

Años más tarde adapté uno de mis relatos y lo presenté a un concurso de textos teatrales organizado por el Teatro Gayarre, con tal fortuna que gané el premio y la obra se representó en aquel mismo escenario. Yo la vi entre el público, deseando que la butaca me engullera, pues al final de la representación debía salir a saludar al público. No pude escaquearme y lo hice como buenamente pude, es decir dando penica. A continuación me retiré por la parte trasera del escenario y alguien me acompañó hasta una puerta. Era aquella puerta. Encendí nervioso un cigarrillo y lo fumé allí mismo, igual que había visto de niño hacer a los musicos y a actores. Y mientras miraba los coches pasando, la gente esperando aburrida la villavesa, fue por un momento  ese mundo, el mundo supuestamente real, el que me pareció extraño, ajeno. Supongo que eso es lo que todos buscamos cuando vamos al cine o al teatro o a un concierto: vivir otras vidas para recuperar el aliento durante un instante y poder seguir viviendo las nuestras. Y por eso es tan importante preservar esos lugares. Mucha mierda, pues, para todos ellos.

BUTRONEROS ELÉCTRICOS

Feb 22, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 20/02/2021

Puesto que hace unos días cayó una nevada en Madrid — no sé si ustedes se habrían enterado—  yo ahora tengo que mear a oscuras, como en aquel poema de Neruda:  Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Bueno, en mi caso no es tan poético:

—¡La luz, pesado! —me riñen si por culpa de un reflejo automático se me ocurre darle al interruptor mientras mi agüita amarilla baja por una tubería y pasa por debajo de tu casa, pasa por debajo de tu familia, etcétera (ahora que lo pienso, hay toda una literatura urinaria, desde la letra de esa canción de Toreros muertos, pasando por el “Entre heces y orines nacemos” de San Agustín, hasta el famoso verso de Gloria Fuertes: “Nos están meando y dicen que llueve”).

Pero volvamos a lo nuestro. Hace unos días circuló por las redes una viñeta de J.R. Mora en la que, junto a un texto en el que se leía “Los ladrones hicieron millones de pequeños butrones por los que entraban a robar cada mes”, aparecía el dibujo de los dos agujeritos de un enchufe.

La factura de la luz de enero, en efecto, fue un atraco. La más cara de la historia. A pesar de lo cual en nuestra casa cada día es una fiesta de cumpleaños, o sea, que cuando nos levantamos, después de mear a oscuras,  encendemos velas, y también cuando se hace de noche, y además estamos adelgazando un montón, porque si vamos al frigo tenemos que abrirlo y cerrarlo muy deprisa y coger lo que esté más a mano que  suele ser casi siempre un yogur desnatado o una hoja de lechuga chuchurría.

Lo de las compañías eléctricas es, por no abandonar del todo la escatología, para mear y no echar gota. Algo incomprensible, es decir, que las propias compañías se encargan de que al consumidor nos resulte un galimatías, algo que escape a nuestro raciocinio, con sus facturas como jeroglíficos y sus subastas diarias y caprichosas en las que, por ejemplo,  se decide que si en Madrid nieva —no sé si se habrían enterado ustedes—  y quienes tienen que capear el temporal son unos destalentados, la filómenica factura la debemos pagar también aquellos a los que los muñecos se nos deshicieron en solo unas horas.

“Pues eso será porque usted quiere y no tiene contratada una factura en el mercado libre”, se oye la voz de un ofendidito al fondo, pero es que hasta en eso el vocabulario de las eléctricas es confuso, y las tarifas reguladas son precisamente aquellas en las que el precio de la electricidad varía y depende del hombre del tiempo —menuda regularidad de los cojones; por no hablar de que la tarifa aplicada responde a las siglas PVPC, es decir Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor; voluntario, dicen… — y las libres aquellas en las que ese precio es una tarifa fija (y en la que de todos modos los que cortan el bacalao son los cinco grandes grupos de butroneros eléctricos, lo cual para el caso acaba siendo casi siempre lo mismo).

La factura de la luz en España es, en todo caso, una de las más caras de Europa, un auténtico pelotazo. Seguramente por eso las asesorías externas y los consejos de administración de las compañías están superpoblados de expolíticos que acceden a ellos a través de enchufes, nunca mejor dicho, puertas giratorias, retiros dorados  (en ocasiones con la desfachatez del repulsivo José María Aznar, que fichó por Endesa después de que esta compañía fuera privatizada durante su mandato; privatización que a su vez puso en marcha otro eXpresidente, Felipe González, quien también estuvo a sueldo de Gas Natural, hasta que lo dejó porque “se aburría”).

Y así todo, en este país en el que mientras unos se pasan todo el invierno sin poner la calefacción o sin dar la luz, el rey emérito toma el sol en Abu Dabi con chambelanes pagados por Patrimonio Nacional y la Audiencia Nacional  encarcela a raperos (o mientras  el mismo día que doscientos artistas se solidarizan con Pablo Hasel firmando un manifiesto bajo el encabezado “Sin libertad de expresión no hay democracia” el heredero del rey a la fuga se descojona de nosotros, con la misma altivez borbónica que su predecesor, repitiendo exactamente ese mismo encabezado en un encuentro con la Asociación de la Prensa de Madrid, donde, por cierto,  no sé si se lo han contado todavía, hace unas semanas cayó una nevada universal).

Por lo demás, está claro que la amante de Neruda aquel día que meaba a oscuras no había comido espárragos. 

ENTREVISTA A VIRGINIA SENOSIAIN Y JUAN LUIS NAPAL, AUTORES DEL DOCUMENTAL «LACALLE»

Feb 22, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

“Si Joxe Lacalle no retrataba una situación concreta no quedaba reflejada”

Virginia Senosiain y Juan Luis Napal han recogido en “Lacalle” la trayectoria del popular tabernero y fotógrafo de prensa Joxe Lacalle, en un merecido reconocimiento a quien fue el dueño de uno de los primeros bares en colocar la ikurriña en Iruña (lo cual le costó una bomba de la ultraderecha) o dejó testimonio de diferentes luchas con sus fotos para EGIN y Euskadunon Egunkaria.

Patxi Irurzun/GARA

“Lacalle” viene a sumarse a los libros de fotografías “Si te mandan una carta” o “Memorias de Lacalle”, publicados ambos por Txalaparta. Una jubilación bien ganada para este fotógrafo autodidacta, que lo aprendió todo en la calle, cuya figura menuda y nerviosa, era inevitable durante los años 80 y 90 en manifestaciones, enfrentamientos con la policía, desalojos… Joxe siempre en primera línea del frente. Recibió muchos porrazos y le velaron el carrete en numerosas ocasiones. Sus fotos dejaban testimonio de todo lo que otros muchos callaban. Senosiain y Napal, como ya hicieron antes con Josefina Lamberto, hacen un ejercicio de memoria histórica reivindicando con su documental a quien a su vez retrató con sus fotos imprescindibles aquellos conflictivos años.

¿Por qué decidís hacer un documental sobre Lacalle?

Al igual que Josefina Lamberto consideramos que tanto las vivencias, las experiencias, las situaciones y la trayectoria tanto personal como laboral de Joxe Lacalle son de alguna manera una referencia que forma parte de nuestra memoria histórica. La época de Joxe Lacalle fue también parte de la nuestra, y por eso queríamos reflejar todas esas situaciones de una manera cercana, íntima, explícita, arriesgada…Pensamos que toda esa época vivida no queda tan lejana porque muchas de esas situaciones siguen existiendo. Tanto con el documental sobre Josefina Lamberto como en este se refleja de una forma explícita la represión que hoy en día sigue latente. En nuestro caso, Joxe ha sido un referente de lucha, al igual que para otras muchas generaciones. El trabajo de Joxe hizo de alguna manera la labor que hoy hacen las redes sociales. Si Joxe no retrataba una situación concreta no quedaba reflejada.

Al igual que en Florecica en el documental optáis por apartaros y darle voz al protagonista…

Efectivamente cuando realizamos este tipo de documental, personal, cercano… damos voz a la persona. Queremos ser los transmisores de todas esas historias para que no queden en el olvido. Lo importante en estos trabajos son los protagonistas de la historia, sus relatos y sus formas de expresarse y transmitir. Creemos que siendo así hace el documental más cercano al espectador, empatizando así con la persona entrevistada sin ningún tipo de manipulación en ella.

¿Por qué elegís el blanco y negro?

Teníamos muy claro que este documental tenía que ser en blanco y negro porque la mayor parte del trabajo de Joxe también ha sido así. Aunque también ha hecho fotografías en color, predomina el blanco y negro. Es un guiño a la época vivida y al trabajo de Joxe.

En la trayectoria de Joxe hay como dos momentos muy marcados, su etapa como tabernero y su etapa de fotógrafo, ¿qué se puede destacar de cada una de ellas?

Lacalle es un recorrido por la vida de Joxe. Desde su nacimiento en Etxauri, su niñez, sus recuerdos en el pueblo que le vio crecer, los recuerdos de sus aitas, su juventud en Iruña, su madurez… Y los recuerdos como propietario del bar Lacalle junto con su compañera Marisa, el nacimiento de sus hijos…El día que le pusieron la bomba en el bar, el trabajo y apoyo posterior de todo un barrio volcado en Joxe y su familia… Las entrevistas al protagonista están realizadas en tres lugares muy especiales para él. En Etxauri donde nació y vivió su niñez; en Aitzina Taberna, lo que fue su bar Lacalle de la calle Jarauta de Iruña; y en el Paseo Sarasate, donde tantas fotos ha realizado. En el Aitzina nos cuenta los primeros conciertos que se realizaron, el momento de colocar junto con el bar Monterrojo las primeras ikurriñas dentro de los bares, los ataques sufridos por los “Guerrilleros de Cristo Rey”, el momento de la bomba colocada en los baños del bar Lacalle, la solidaridad de un barrio entero, el primer brindis por los presos políticos vascos, la primera noche vieja con disfraces… En la entrevista del Paseo Sarasate nos cuenta su trayectoria como fotógrafo tanto en EGIN o en Euskadi información como en Euskaldunon Egunkaria. Nos cuenta diferentes momentos claves, de represión, de palizas, de rotura de cámaras, de carretes secuestrados, de insumisión, de kale borroka, de reivindicación… Lacalle es una gran parte de nuestra memoria, debemos homenajear, volcarnos y dedicar tiempo a personas que como Joxe lucharon y luchan incansablemente por una sociedad, un pueblo y un futuro más digno, más fuerte y más solidario.

¿Andáis metidos en nuevos proyectos, se pueden contar?

Actualmente nos encontramos inmersos en varios proyectos. Continuamos con trabajos de memoria histórica, realizando entrevistas por diferentes localidades de Euskal Herria, integrando en esta ocasión también escenas de ficción. Por otro lado también estamos trabajando en diferentes documentales. Uno sobre un conocido y gamberro músico de Iruña y otro sobre un reconocido, controvertido, polémico, disidente, y arriesgado artista también de Iruña. Otro documental sobre fotógrafos de Euskal Herria y Catalunya. Y además de estos proyectos documentales estamos inmersos en un ambicioso proyecto de largometraje de ficción: “La sima”. Nos encontramos ya, con la ayuda de Jose Mari Esparza, perfilando el guion escrito por nuestro compañero guionista y director Xavi Berraondo.

EL FOTÓGRAFO DE EGIN

Estaba en todos las salsas. La insumisión, Itoiz, el Euskal Jai, las manifestaciones por los presos, las redadas policiales… Entre la bruma de los botes de humo y el sonido hueco de los pelotazos aparecía él, pequeñico, coletudo y echado para delante. El fotógrafo de EGIN. Nadie diría que siendo un chaval, cuando comenzó a ponerse tras la barra tartamudeaba, por pura timidez, cuando le tocaba coger el teléfono del bar. El bar Lacalle de la calle Jarauta, que olía a gasolina y pachulí. Si sus paredes hablaran… En él se apiñaron durante los años ochenta cientos de jóvenes alegres y combativos, mientras por los altavoces sonaban Motorhead y Baldin Bada. Antes, Joxe Lacalle, fue uno de los primeros taberneros de Iruña en colocar la ikurriña en su local. Le costó varias palizas y una bomba de la ultraderecha, que nunca nadie ha esclarecido. En el Lacalle se gestó también la costumbre de disfrazarse durante las nocheviejas de Iruña, o los brindis sanfermineros por los presos. Más tarde, comenzó su etapa como fotógrafo. Aprendió por correspondencia y haciendo honor a su apellido, es decir, curtiéndose en la calle. Era otra época. “Había que revelar las fotos a toda hostia y mandarlas a Donosti en el autobús de la Roncalesa”, recuerda Joxe, quien no sabe ni cuántas fotos guardará en sus archivos. “Miles. Por suerte yo he sido siempre bastante ordenado. Ahora he aprendido a escanear y las estoy recuperando, poco a poco”. Los libros y el documental dan fe de ellos. Pero esto no ha hecho más que empezar. A Joxe aún le queda carrete para rato.

ENTREVISTA A MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ SOBRE «MORIREMOS NOSOTROS TAMBIÉN»

Feb 15, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo”

Imagen de cubierta: MORIREMOS NOSOTROS TAMBIÉN

Moriremos nosotros también, el último libro de Miguel Sánchez-Ostiz, publicado por Pamiela, comenzó siendo la tercera parte de El escarmiento y El Botín, para acabar reivindicando su propio carácter y hermanarse con otros artefactos del autor de Las pirañas, como Perorata del insensato. Una obraescrita a contrapelo, porque, como dice el escritor iruindarra, no queda otra.

Patxi Irurzun. GARA 15/02/21

Ni planteamiento ni nudo ni desenlace. Un desbarre. Ya lo advierte el propio Sánchez-Ostiz en la primera página de su último libro (que se sepa, lo mismo cuando sale esta entrevista ya ha aparecido otro, pues Sánchez-Ostiz siente que el tiempo se le ha echado encima y escribe, felizmente para sus lectores, con urgencia). En Moriremos nosotros también se mezclan la autoficción, el disparate, el retablo de guiñoles, el soliloqueo (ese feliz palabro inventado por el autor), la memoria personal y la histórica, la picota, empezando por uno mismo, el humor, que a unos divertirá y a otros irritará (con esa intención, además, está escrito), un calderete literario, en fin, con mucha sustancia en el que borbotean temas como el paso implacable del tiempo o el ascenso de la ultraderecha, todo ello en una ciudad imaginaria y portátil poblada por matones con pedigrí, cayetanos, txapelgorris o algunos viejos conocidos de los lectores sanchez-ostiznianos, como Basurde, Potzolo, Gezurtegi…

Moriremos nosotros lleva por subtítulo Desbarre y fuga. ¿Qué es este artefacto narrativo?

Un relato sin género preciso, y poco convencional en su forma, en el que se mezcla la ensoñación delirante de intención burlesca, la memoria de lo vivido, la crónica y el testimonio del presente, y el disparate furioso, no niego esto último. El lector debe aceptar el pacto que le proponen esos dos narradores, el amigo Lanbroa (Niebla) y Matías que le espolea y comparte sus recuerdos. ¿Hablan a tontas y a locas? Es posible.

Ha comentado que la novela originalmente surgió como una tercer parte de El Escarmiento y El botín, pero parece que después cogió un vuelo que la acerca más a otras obras suyas como la Perorata del insensato, al guiñol, el soliloqueo…

Así es, las primeras páginas, que no se corresponden con la versión actual, proceden de esos dos títulos que citas y de La sombra del Escarmiento, luego se fue transformando en otra cosa, fruto de una urgencia que tiene que ver con la edad que se me ha echado encima, así lo siento al menos, y el verdadero argumento de la obra, aquel de Gil de Biedma: envejecer, morir. Una perentoria necesidad de contarse y ponerse más o menos en claro, al límite de lo prudente, con una forma en la que me siento cómodo, el soliloqueo, esto es, el loquear en solitario… me gusta mucho, mucho más que un relato y una prosa convencionales con planteamiento, nudo y desenlace, como quiere otro personaje aludido en el libro: el editor Murillo el Cuende. Creo que lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo desde hace unos años y que con la pandemia ha ido a más.

—En todo caso sí que en Moriremos nosotros también se plantea hasta que punto y de qué manera nos afecta la sombra del escarmiento, la ultraderecha, los golpistas y sus herederos

Ese es el sentido testimonial que apuntaba antes, una respuesta a lo que considero una peligrosa agresión: esa gente te haría de verdad daño si tuviera la oportunidad.

El libro ¿va a divertir a muchos pero a otros no tanto? (de hecho, ha comentado que precisamente, entre otros motivos, lo has escrito por eso)

Pues sí, cuento con bonitos antecedentes, alguno de los cuales están relatados aquí a modo de ajuste de cuentas, pero como ya voy escarmentado, no voy a cometer el error de hacer otra vez de Don Tancredo.

En todo caso, y esto también es algo que suele señalar, para criticar o reírse de los demás lo justo es empezar por uno mismo y en Moriremos nosotros también hay un capítulo con una feroz autocrítica.

En efecto, eso me decía mi añorado Carlos Castilla del Pino: de armar una picota para tirar pellas, subirse uno mismo a ella, lo demás es una estafa. Y en Moriremos hay un capítulo que es una reflexión sobre quién fui, qué pude hacer cuando era más joven y no hice o hice mal, al margen de autoburlas aquí y allá.

El libro, en ese sentido, tiene un fuerte componente autobiográfico, con autorreferencias a algunas de sus obras, alusiones a un tal Sánchez, etc. ¿Hay, como dice en él una purga del corazón? Y, aunque sea una etiqueta, como todas muy manida, ¿tiene que ver con eso que se ha dado en llamar autoficción?

Autoficción (mucha, mucha…), metateoría, intertextualidad y posmodernidad hubo en Cornejas de Bucarest, pero como me burlaba a modo de la cátedra que sobre esos asuntos pontifica, nada dijeron, aquí de todo eso hay poco, la verdad, las autorreferencias son burlescas, prima más lo de verdad vivido, algo que, en efecto, a algunos les gustará poco porque tal vez lo habrán vivido y recordarán o inventarán de otra manera. ¿Purga del corazón? No sé yo si eso no es un saco de humo exhibido un tanto a tontas y a locas para ponerse en escena. Porque, ¿de verdad te liberas de tus fantasmas y ruidos escribiendo? Lo dudo, un alivio, puede, una liberación, apenas.

¿Nos puede contar algo sobre ese escenario en el que ubica la narración, Torresmotzas del Baruglio?

Es un homenaje evidente a Torrente Ballester con su Castroforte del Baralla, una ciudad voladora, que en mi caso me fue sugerida también por el cuadro de Goya Asmodea, en el que se ven a unos personajes que huyen por el aire de una ciudad amurallada. Obviamente no muchas ciudades pueden tener una taberna atendidas por simpáticas Catrinas que se llame La Huerta de Larequi, una plaza porticada donde pueden agredirte matones de alcurnia, un barrio que se llame Beritxitos, unos antros manejados por un gánster llamado Martín Puter King, unos txapelgorris que en las callejas más oscuras gritaban «¡Traición!» y etcétera… En todo caso, como sucede con la taberna citada, la ciudad en su calidad de imaginaria es portátil: la pongo donde me conviene y trazo sus calles y barrios donde y como mejor me parece. De hecho, en Torresmotzas hay calles y locales madrileños. Por lo que se refiere a algunos de sus habitantes lo mismo son muy de Torremotzas que genuinos Cayetanos del Madrid más repulsivo que hace de la rojigualda patriótica un negocio de primera, como siempre.

—“Escribe mientras puedas y si es a contrapelo mejor. No hay otra”, escribe hacia el final del libro. ¿Esa es la divisa que pueda definir su literatura?

¿Queda bien, eh? Altivo, épico… Luego la realidad es que, como todo el mundo, haces lo que puedes y todo lo posible por flotar en esta ciénaga o por irte en busca de mejores vientos, eso a gustos.

TRACCIÓN

Feb 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Resultado de imagen de 1979 smashing pumpkins

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 06/02/21

El otro día llevé el coche al taller. No me gustan los talleres. Ya no hay en ellos calendarios con tías buenas en bolas, pero me sigue pareciendo un mundo demasiado masculino, en el que me siento fuera de lugar, un marciano.

—¿Tracción a dos o a las cuatro ruedas? —me preguntó, por ejemplo, el tipo que me atendió.

Para mí que lo hacen para joder; o para medirte. ¡Yo que sabía! No sé nada sobre coches. Los distingo por colores. Hay coches blancos, rojos, grises, y luego están los amarillos, que suelen ser los más peligrosos, los que casi siempre conducen acomplejados, psicópatas o funcionarios de correos con sacos llenos de cartas certificadas con malas noticias.

Así que me da mucha pereza llevar el coche a las revisiones, o a cambiar el aceite —que era de lo que se trataba esta vez—  y a veces espero a que sea el propio coche el que me lo pida. El coche que tengo ahora, que todavía es bastante joven —el anterior me duró 22 años— es un coche discreto, antracita, que no quiere importunar, y por eso me avisó dejándome un mensaje en el cuentakilómetros: 55.555. Cinco cincos. Eso supongo que algo querría decir. No soy nada supersticioso, excepto con los coches, por pura ignorancia. Una vez, por ejemplo, me dieron un golpe por detrás y recuerdo que llevaba puesta “1979”, la canción de los Smashing Pumpkins. Nunca más he vuelto a oír a ese grupo en el coche. Como si su música fuera un canto de sirenas que atrae los parachoques de los otros coches.

—Estará en una hora o así, caballero —me dijo el tipo del taller (y el “caballero” sonó un poco raro en su boca, del mismo modo que antes movían un palillo en la boca mientras te hablaban).

Así que me di un paseo por los alrededores. Primero subí hasta un pequeño cementerio que había cerca del polígono. Tampoco es que me gusten mucho los cementerios, pero como al menos en ellos no tienes que hablar con nadie, entré. Y apenas lo hube hecho, sonó el teléfono.

—Soy el del taller. Hemos mirado y también debería cambiar las pastillas del freno. Y las ruedas, caballero, si no quiere tener un disgusto —dijo.

Yo primero pensé si le diría lo mismo a alguien que sabe qué tipo de tracción tiene su coche, pero después, como estaba en un cementerio, no me atreví  a contestarle que no, y me palpé la cartera como quien se palpa una herida mortal.

—Pues nada, en media horica lo tiene —se despidió.

Comencé a bajar hacia el taller. Pasé por la parte trasera de un centro comercial. En los muelles de descarga vi a trabajadores almorzando, o sacando contenedores de basura, a dependientes fumando serios, con rostros cansados de sonreír a los clientes y aguantar sus impertinencias. Rostros resignados, tristes y agradecidos de al menos tener un trabajo. Pensé en otras épocas, cuando las revoluciones se fraguaban en esas puertas traseras. El capitalismo había hecho la jugada perfecta. Ahora, al salir del trabajo, esos trabajadores daban la vuelta a la manzana y entraban a comprar o a cenar al centro comercial y se encontraban con otros trabajadores como ellos que les llamaban caballero.

Llegué hasta el taller. Vi que ya habían sacado el coche fuera.

—Ya lo tiene —dijo el tipo.

Pagué. Mientras lo hacía otro tipo me trajo el coche hasta la mismísima puerta, como si yo fuese un marqués y no pudiera andar los cincuenta metros que me separaban del lugar donde estaba  aparcado.

—Hasta pronto, caballero —se despidió.

Arranqué. Puse la radio. Sonaba una canción de los Smashing Pumpkins.

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