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EL SOCORRISTA (Cuento de verano)

Ago 21, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
gerardo tecé on Twitter: "He mezclao desmantelar la Sanidad con traer un  poco de ébola, ha hecho una reacción que lo flipas y la he liado parda  http://t.co/S0i8VN0zI8"

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 21/08/21

Se podría decir que a mí me tocó el carnet de socorrista en una tómbola. Es decir, tenerlo, lo tengo, y sin falsificar ni nada parecido, pero lo saqué hace siglos, a los dieciséis años (ahora voy a cumplir cincuenta) y desde entonces no he vuelto a meterme en una piscina. Ni siquiera lo he hecho todavía en esta en la que trabajo.

Conseguí el curro por medio de un amigo, que es jardinero en La Zarzaleja. “Tú tranquilo, que allí casi nunca hay nadie”, me dijo. Y es verdad. Esta es una urbanización de pijos, de esos con pulseras rojigualdas. Al principio me sorprendió que me contrataran, con mis pintas, y que no me hicieran demasiadas preguntas. Pero ahora comprendo que aquí están acostumbrados a los másteres de pega y también a pagar en sobres en B a peña que luego coge la pasta y calla como un perro. Supongo que eso es lo que esperan de mí. Que sea su perro.

La cuestión es que mi amigo tenía razón: este es un trabajo tranquilo. Excepto el día de los cayetanos, cuando los jóvenes de la urbanización organizaron una barbacoa, se pusieron hasta el flequillo de Jäggermeister con Red Bull y algunos de ellos acabaron defecando en la piscina (yo entonces les llamé la atención y ellos me dijeron que a ver quién me creía para decirles lo que podían hacer en SU piscina —y eso fue exactamente lo que, con otras palabras, vino a corroborar el administrador que me contrató; creo que fue entonces cuando decidí que por mí como si seguían bebiendo hasta reventar, hasta apurar las heces, nunca mejor dicho—); excepto aquella tarde, decía, las jornadas en La Zarzaleja transcurren tranquilas, sin sobresaltos.

Hay veces que incluso, quitando al diputado, no aparece nadie en todo el día. “Supongo que para todos estos pijos venir a la piscina común es como admitir que eres pijo pero no lo suficientemente pijo y que en tu chalet no tienes piscina propia”, me digo. Y así mato el tiempo, dándole vueltas al coco, pensando este tipo de chorradas, u otras, preguntándome, por ejemplo, qué podría aportar yo a la humanidad si me metieran en una máquina del tiempo y retrocediera cien, doscientos años, si sería capaz de explicar cómo funciona un avión, la tele…

Hasta que aparece él. El diputado. Suele venir todos los días a media tarde. Se tumba un rato, atiende algunas llamadas (“Sí, sí, adelante con la querella, por feminazi”), nada un poco, se tumba otro rato (“¿Qué ha dicho el Sherpa ese, que hay que bombardear pateras? Ja, ja, qué crack, mandadle un mensaje de apoyo”) y se va sin saludar, sin mirarme siquiera. Al principio, a mí me revolvía el estómago, pero ya he dejado de hacerle caso. Menos cuando entra a la piscina y nada, a lo perro, dejando la cabeza fuera, sofocado perdido. “¿Qué haría ahora si se ahoga, conseguiría sacarlo?”, me pregunto entonces.

Esta tarde ha pasado algo extraño. El diputado ha alterado sus rutinas. Después del chapuzón se ha tumbado en la toalla y entonces yo he aprovechado para ir al baño. Y cuando he regresado él ya no se encontraba allí. Solo su toalla. Tampoco estaba nadando, aunque en el agua se dibujaban varias ondas, como si alguien se acabara de zambullir. Pero pasaban los segundos y del fondo no emergía nadie. “¿Qué hago?”,  me he preguntado, con el corazón en un puño. Supongo que un socorrista como dios manda, un socorrista de verdad, debería haberse acercado al borde de la piscina. Pero yo me he sentado en mi silla, desorientado, como un perro sin amo, y, para distraerme, he seguido pensando en mis cosas, en cómo funciona la cabeza de un pijo de La Zarzaleja, o si en uno de mis viajes en el tiempo sería capaz de componer “Imagine”, de patentar el chupachús, de matar a Hitler… Ese tipo de chorradas.

Club de lectura de verano: «El triunfo» (Francisco Casavella)

Ago 21, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

EL TRIUNFO, de FRANCISCO CASAVELLA
y otras novelas quinquis

Francisco Casavella, la fiesta interminable | EL PAÍS Semanal | EL PAÍS

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 21/08/21

El Vaquilla, José Luis Manzano, Sonia Martínez, Dum-Dum Pacheco, los supermirafioris, los tirones, El Pico, Perras callejeras, El Pico 2, los chutes de heroína en primer plano, los navajeros, nuestras madres apuntándonos a judo para defendernos de los navajeros… ¿Quién no recuerda a los quinquis y el cine que los reflejó, las películas de Eloy de la Iglesia o de José Antonio de la Loma?

Aquel fenómeno social, aquella realidad de los años setenta y ochenta fruto de un desarrollismo salvaje que arrojaba a la cuneta, a los descampados, poblados y barrios de aluvión, a cientos de jóvenes de clase trabajadora —condenados, no obstante, al desempleo, la heroína, y la delincuencia, en ese orden— fue documentada fielmente por el cine quinqui, cuyas películas eran a menudo interpretadas por los propios delincuentes juveniles, convertidos de ese modo en héroes populares y trágicos, con tristes finales en la mayoría de los casos. El cine quinqui se reivindicó como un subgénero en sí mismo, que también tuvo su banda sonora: Los Chichos, los Chunguitos, Los Calis, La banda trapera del río, Burning

Quinquis dels 80 / Quinquis de los 80 | Publicaciones | CCCB

Un escritor sobrado
La literatura, sin embargo, apenas se ocupó de estos bandoleros de extrarradio, con honrosas excepciones, como la primera y brillante novela de Francisco Casavella, El triunfo (1990),en la que se narra la historia de cuatro rateros de poca monta atrapados en el fuego cruzado entre dos bandas que se disputan el dominio del Barrio (entiéndase el barrio chino de Barcelona).

Francisco Casavella, escritor enorme y malogrado (murió con 45 años, apenas unos meses después de recibir el Premio Nadal por Lo que sé de los vampiros, y tras haber escrito obras descomunales como la trilogía El día del Watusi), se llamaba en realidad Francisco García Hortelano, es decir, compartía apellidos —que no parentesco— con otro famoso escritor, Juan García Hortelano, lo cual le llevó primero a leer sus obras y después a dedicarse a la literatura. Es como si te llamas Guillermo y te apellidas Séspir, con esas gracias no te queda otra que probar suerte escribiendo, suerte que en el caso de Casavella le fue favorable.

Casavella, Francisco - Editorial Anagrama

Su primera novela, El triunfo, tenía de hecho un título premonitorio y reveló que nos encontrábamos ante un escritor de fuste. En ella, como decimos, se cuenta la vida de Palito (el narrador), el Topo, el Tostao y el Nen, cuatro jóvenes rumberos barceloneses que asisten a una guerra entre la vieja guardia, un grupo de legionarios que ha controlado el hampa del Raval, y los nuevos kies, los “moros” y los “negros”, que irrumpen con fuerza en el barrio. Junto a la narración en primera persona de Palito, que podía ser la extrapolación a la literatura de El Torete o el Pirri interpretándose a sí mismos en el cine, y que se vale de la jerga y el buen oído del autor (algo fundamental a la hora de escribir novelas quinquis), aunque sin despreciar una elaboración literaria o poética del discurso… junto a esa narración de Palito, decíamos, en la novela se intercalan una serie de capítulos en los que el Ghandi, el capo del barrio, expone su visión de la jugada, en este caso con un lenguaje más lírico, incluso arcaico, en un contraste que parece un alarde de Casavella, mostrando de partida todas sus cartas de escritor sobrado (de talento).

El triunfo (Narrativas hispánicas) : Casavella, Francisco: Amazon.es: Libros

El triunfo es mucho más que una novela sobre quinquis, rebasa con creces el carácter documental, y en ella también late una tragedia clásica, el enfrentamiento entre un hijo (el Nen) que intenta desagraviar la memoria de su padre, y aquel que se lo arrebató, el Ghandi, quien representa la fuerza bruta, la ley del más fuerte y de la costumbre; y es, además, una novela que junto con la oralidad, el lenguaje callejero, bebe de fuentes clásicas, de Shakespeare (a quien se cita al inicio) o del Diablo Cojuelo (el Nen y los rumberos buscan refugio a menudo en los tejados, sobrevuelan su destino trágico en la tierra, observando la ciudad desde las alturas y alejándose de ella, de su violencia y su crueldad, mientras cantan rumbas y beben vino).

La lírica lumpen
Tal vez sea El triunfo de Casavella la primera, o una de las primeras novelas quinquis, si bien es cierto que en la literatura española existe una larga tradición de obras sobre el hampa o la pequeña delincuencia, que va desde la literatura picaresca (¿qué es sino una novela quinqui Rinconete y Cortadillo?), pasando por las novelas de los bajos fondos de Madrid de Baroja (la trilogía de La lucha por la vida) o Galdós (Misericordia, Nazarín…) hasta el Pijoaparte de Marsé, la Cecilia Ce de Mercè Rodoreda o Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos.

Y, hablando de literatura quinqui, no podemos desde luego obviar algunas de las novelas —posteriores a la de Casavella— de Montero Glez, como Manteca Colorá, Talco y bronce o Sed de champán (con aquella primera frase memorable: “El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo”). 

Montero Glez, como Casavella, cuenta en ellas historias de soldados rasos, pobres diablos reclutados por la fuerza o por las circunstancias para guerras entre narcos o grupos de delincuencia organizada… Por esas trincheras de barrio bajo pululan prostitutas, pequeños camellos, ladronzuelos, pícaros… Y como Casavella, Montero Glez posee por una parte el don del oído, la capacidad de captar la voz de la calle, de los barrios, el nuevo y cambiante lenguaje de germanía, y por otra de convertir toda esa materia prima en una suerte de afinada lírica lumpen o rumba literaria.

Otras novelas quinquis
Algo de lo que, en mi opinión, adolece Javier Cercas en Las leyes de la frontera, con la que intentó acercarse al fenómeno quinqui, y en su caso a la figura de El Vaquilla, emulada a través del Zarco, el protagonista de la novela, a la cual le falla el tono, como le falla el oído al autor (el resultado viene a ser como cuando alguien intenta imitar a un rapero colocándose una visera al revés).

La novela de Cercas, según él mismo ha reconocido, parte de una visita que hizo en su juventud a un poblado de barracas en Girona y la impresión que le causó, por una parte, y, por otra, de una exposición que el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) dedicó a los quinquis y cuyo catálogo, titulado Quinquis de los ochenta, es un buen compendio de esa subcultura, en el que se recogen testimonios, carteles de películas, carátulas de discos y casetes… No hay, sin embargo, apenas alusiones a la literatura (excepto a Los mundos marginados. Poemas de la cárcel, de David González, que ya citamos aquí en otra ocasión).

Sed de champan - montero glez - Vendido en Venta Directa - 34354040

De haber sido así, de haberse dedicado un apartado a los libros, además de las novelas de Casavella o Montero Glez, podríamos haber incluido en él, entre otros (a la hora de citar siempre se corre el riesgo del olvido o la ignorancia, pido disculpas) a Paco Gómez Escribano (Yonqui, Manguis, etc.), Eduardo Romero y su Autobiografía de Manuel Martínez o a Gabriel Oca Fidalgo, un tan magnífico como desconocido autor leonés, que además de haber conocido de primera mano los infiernos de la heroína, se ha inyectado en vena también a escritores como Celine, Bukowski, Burroughs o El Ángel, y se nota, vaya que si se nota, en sus recomendables novelas La carretera muerta, Ansiedad o la última de todas ellas titulada, precisamente, Una novela quinqui.   

UNA NOVELA QUINQUI | GABRIEL OCA FIDALGO | Casa del Libro

Club de lectura de verano: Nellie Bly

Ago 16, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

DIEZ DÍAS EN UN MANICOMIO, de NELLIE BLY
y otros libros sobre locos 

Nellie Bly, la periodista más famosa de su tiempo (con fragmentos de Six  months in Mexico) | Cultura y vida cotidiana

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 14/08/21

La isla de Roosevelt, entre Manhattan y Queens, a la que además de en metro se puede llegar en teleférico, es hoy un barrio tranquilo en el que viven unos diez mil neoyorkinos, una especie de remanso de paz dentro de la locura que gusanea la Gran Manzana; pero eso no siempre fue así, al contrario, en un tiempo Roosevelt, que entonces se llamaba Blackwell (pozo negro) fue una escombrera humana, el lugar en el que la ciudad arrojaba todo lo que consideraba sus despojos. Y así, en ella se estableció un penal, varios asilos para pobres, un reformatorio, un hospital para enfermedades contagiosas y — aquello por lo que fue más conocida—un terrible manicomio por el que pasaron miles de pacientes, abandonados a su suerte, además de, para dar cuenta de ello, algunos escritores y periodistas de relumbrón como Charles Dickens, que habló sobre aquel lugar en su libro Apuntes sobre América  (su paso por la isla lo ficciona Vanessa Monfort en La leyenda de la isla sin voz) y, sobre todo, la reportera Nellie Bly, que escribió la impresionante crónica Diez días en un manicomio, la cual se convertiría en pionera del periodismo gonzo y con la que conseguiría cambiar, gracias a la denuncia que con ella hizo, las lamentables condiciones de vida de los locos (muchos de los cuales no lo eran) encerrados en ese siniestro centro psiquiátrico.

Cuanto más cuerda, más loca
Nellie Bly, seudónimo de Elizabeth Jane Cochran, fue una de las primeras mujeres periodistas. Se inició en el oficio de un modo casi casual, respondiendo en un periódico de Pitssburgh a  una columna de tono machista con una airada carta al director que llamó la atención de este, quien decidió contratarla como redactora; posteriormente, Nellie viajó a Nueva York, donde solicitó empleo en The New York World, dirigido por un tal Joseph Pulitzer, que fue quien, allá por 1887, le encargó el famoso reportaje de incógnito sobre el manicomio de la isla de Blackwell. 

Para ser internada en este, Bly se alojó en una pensión para mujeres trabajadoras, en el que fingió un comportamiento lunático —aunque sin recurrir a estridencias, no se arrancó mechones de pelo, ni profirió carcajadas demoniacas, ni se comió sus propias heces— consiguiendo de todos modos que de un día para otro, con un superficial examen médico, la enviaran a Blackwell, donde se encontró con un panorama aterrador: hacinamiento, frío, maltratos físicos…  Hay dos detalles que ilustran todo aquel horror. El primero: tras conversar con algunas de sus compañeras la periodista descubrió que algunas de ellas habían sido enviadas a aquel lugar por razones de lo más peregrinas, por ejemplo, por hablar alemán; y el segundo: una vez que llegó al manicomio, Nellie Bly dejó de fingirse loca y se comportó como lo hacía habitualmente, lo cual, en lugar de despertar dudas sobre su enfermedad mental, reafirmó esta. “Cuanto más sensatamente actuaba y hablaba, más loca me consideraban todos”, escribe. Por fortuna, Nellie Bly había pactado con Pulitzer ser rescatada de la institución al cabo de unos días y pudo salir de aquel pozo negro, a diferencia de otras pacientes, condenadas a ahogarse en él a menudo por culpa de malentendidos o arrebatos pasajeros y comunes de furia, que en el caso de las mujeres automáticamente se asociaban con demencia.

Precursora del periodismo gonzo
La publicación por entregas del reportaje de Nellie Bly tuvo un gran impacto entre los lectores. A pesar de lo cual —tal y como señala Vanessa Monfort— muchos de quienes fueron enviados en los años posteriores a los diferentes presidios de Blackwell continuaron llegando hasta allí de manera abusiva, acusados de obscenidad y corrupción moral, en el caso, por ejemplo, de la actriz Mae West (es decir, por estrenar en Broadway una obra de teatro titulada Sex), o — por citar otra ilustre huésped de Blackwell— la cantante Billie Holiday—, por prostitución, cuando solo tenía 13 años (sobre Billie Holliday, quien precisamente escuchó en Blackwell por primera vez los discos de Louis Amstrong o la gran Bessie Smith, hay una recomendable y espeluznante autobiografía, Lady sings the blues, en la que la cantante narra su atormentada vida —drogadicción, hambre, racismo…—).

LOS ANGELES DEL INFIERNO Una extraña y terrible saga. Perfecto estado :  Thompson, Hunter S.-: Amazon.es: Libros

Como hemos señalado antes, Diez días en un manicomio fue precursora del periodismo gonzo, es decir, aquel en el que el periodista se convierte a sí mismo en protagonista y vive en carne propia aquello sobre lo que escribe, narrándolo en primera persona. Algunos de los autores más conocidos adscritos al género son Hunter S. Thompson que narró desde dentro sus experiencias con los ángeles del infierno (hasta que los motoristas descubrieron que era un infiltrado y lo apalizaron), su propia candidatura como sheriff (una de sus promesas fue despenalizar las drogas) o el psicotrópico viaje a bordo de un autobús fletado por Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, que se dedicaba a ofrecer catas de LSD por los pueblos de la América profunda; otro ejemplo de escritor gonzo es el alemán Günter Wallraff, autor de Cabeza de turco, en el que, tras disfrazarse durante meses de inmigrante turco, narraba las humillaciones y racismo al que era sometido en la Alemania de mediados de los ochenta. 

Cabeza de turco : Wallraff, Günter: Amazon.es: Libros

Más libros sobre manicomios
Pero volviendo a Nellie Bly, su nombre es solo uno más dentro de una larga lista de autores que han escrito sobre la locura o desde la locura:  Antonin Artaud, Alejandra Pizarnik, Leopoldo María Panero (sobre el cual, a propósito de biografías recomendables y terribles, J. Benito Fernández escribió la magnífica El contorno del abismo), Sylvia Plath, Jean-Jacques Rousseau (que tenía manía persecutoria), Friedrich Nietszche, Jonathan Swift — el autor de Los viajes de Gulliver—…  Por no hablar de novelas que transcurren en manicomios o están protagonizadas por enfermos mentales: El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza, Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, Memorias de abajo, de Leonora Carrington (un dietario sobre los cinco días que pasó en un sanatorio de Santander, sometida a todo tipo de vejaciones), Antes del huracán, de Kiko Amat, Perorata del insensato de Miguel Sánchez-Ostiz, Cada cuervo en su noche, de F.L. Chivite o la propia Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey. Pero si hay un autor en cuya obra podemos seguir paso a paso el proceso de la locura, la aparición de los primero síntomas y el avance de la enfermedad, es Guy de Maupassant, que acabaría sus días en una clínica psiquiátrica tras diferentes episodios de pánico, alucinaciones, problemas nerviosos e intentos de suicidio. Maupassant reflejó todo ello, así como el terror ante la percepción de su propia locura, en cuentos memorables como ¿Quién sabe?,El loco, o El Horla, un diario en el que el personaje principal anota su inquietud por la irrupción en su vida de un ser invisible y misterioso que lo controla y lo vampiriza mientras duerme. “¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia?”, se pregunta el protagonista del cuento. Una desazón que, sin duda, ha llevado a muchos de los autores a interesarse por la enfermedad mental y a no pocos a sucumbir en ella y que tal vez no tenga respuesta, ni siquiera después de pasar diez días en un manicomio. Nellie Bly —tal y como señala en una nota cuando su reportaje, publicado inicialmente por entregas, apareció en formato de libro— consiguió al menos que las condiciones de los pacientes de Blackwell mejoraran notablemente, pues como consecuencia de su denuncia la ciudad de Nueva York destinó cada año un millón de dólares adicional al cuidado de sus enfermos mentales. 

Ago 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

CUENTO DE VERANO

EL ULTIMO “INSTA” DE KOKOTXO

Bob Esponja Borracho - YouTube
Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 07/08/21

“Lo que pasa en Basque Abentura se queda en Basque Abentura”. Esa era la consigna entre los trabajadores del conocido parque temático. Hasta que uno de ellos rompió el pacto de silencio y destapó la verdad: bajo la amable apariencia de Txuletontxo, Txakolina o Txistorrón, las mascotas de Basque Abentura, se escondía un mundo subterráneo de alcohol, drogas, orgías… y una siniestra trama de delincuencia organizada y economía sumergida.

Aimar Ahmed Gonzalvo, ese era el nombre del “txibato”; también conocido como Kokotxo, el personaje al que daba vida en el parque, uno de los preferidos de los niños. Fue él quien subió a Instagram el vídeo en que dos de las mascotas más emblemáticas de Basque Abentura aparecían practicando sexo oral, mientras varios de sus compañeros las jaleaban.

La escena tenía lugar en uno de los túneles que atraviesan el subsuelo del parque, una auténtica ciudad subterránea diseñada para albergar los conductos de ventilación o el intrincado cableado de las atracciones (como el Patxaranazo, la interminable caída libre con forma de botella, o el Txalaparta Speed, la vertiginosa montaña rusa); túneles que los trabajadores de Basque Abentura utilizaban como refugio donde tomar un respiro durante sus maratonianas jornadas de trabajo.

Un testimonio anónimo
“Metíamos muchas horas y nos pagaban muy poco”, declara uno de dichos trabajadores, que prefiere ocultar su identidad, “pero la empresa nos compensaba haciendo la vista gorda con las drogas. A veces eran ellos mismos quienes  nos las ofrecían. Era una manera de aguantar el ritmo. En verano, por ejemplo, empezábamos a currar a las once de la mañana y no acabábamos hasta pasada la medianoche”, explica.

Tal vez por eso Basque Abentura también miró para otro lado cuando algunos de sus trabajadores comenzaron a pernoctar en los túneles, o no hizo demasiadas preguntas sobre el pasado de estos (después de todo, no resultaba tan sencillo encontrar a personal dispuesto a pasar jornadas de catorce horas bajo un disfraz en el que la temperatura se acerca a los 45 grados). Algunos de esos trabajadores, de hecho, según se supo después, eran delincuentes buscados en varios países, los cuales encontraron en Basque Abentura una especie de legión extranjera en la que alistarse para borrar sus crímenes. ¿Quién podía sospechar que bajo la entrañable apariencia de Txuletontxo se ocultaba un asesino en serie?

Txakolina fumando crack
El joven Aimar Ahmed Gonzalvo, Kokotxo,  por el contrario, no soñaba como sus compañeros con convertirse en un gran jefe del narco o un traficante internacional de armas. Él aspiraba a ser actor. Todavía no está muy claro si compartió en Instagram su vídeo de una manera inocente, o fue una venganza. “A veces se mostraba irritable”, revela nuestro confidente. “Lo habían sancionado en varias ocasiones por su comportamiento. Una vez le dio una  colleja a un niño que mordió su disfraz de kokotxa, y también había tenido trifulcas con varios compañeros, a los que reprochaba su falta de vocación artística”.

Sea como fuere, su vídeo se convirtió rápidamente en viral. Y tras él aparecieron más. Txakolina fumando una pipa de crack. Txistorrón trazando eses… En uno de ellos, tras la imagen de un grupo de trabajadores haciendo desnudos el trenecito, se aprecia una pintada en la pared: “Kokotxo, txibato, los días que te quedan son una cuenta atrás”. Solo una semana después, cuando la policía irrumpió en uno de los túneles de Basque Abentura, encontraron el cadáver del joven actor Aimar Ahmed Gonzalvo flotando en una caldera de agua hirviendo. Todavía quedaban pegados a él restos de su traje. Su traje de Kokotxo.

CLUB DE LECTURA DE VERANO: MAKINAVAJA

Ago 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

MAKINAVAJA, EL ÚLTIMO CHORISO
de Ramón Tosas, IVÀ

Makinavaja", el último "choriso", cumple 25 'tacos' - Diario de Noticias de  Navarra
Publicado en magazine ON (diarios grupo Noticias) 07/08/21

“¡Hala, y ahora tebeos!”, eso fue lo que dijo alguien la primera vez que llevé un cómic (creo recordar que era Maus, de Art Spiegelman) a una sesión de otro club de lectura. Sucedió hace ya mucho tiempo, cuando los tebeos o los cómics todavía no se llamaban novelas gráficas. Fueron rebautizados de ese modo en un intento por reivindicarse a sí mismos como una disciplina artística con entidad propia, orientada también a un público adulto y en la que el peso literario tiene tanta importancia o más que el de las imágenes.

Asocial, marginado, libre y anarquista
En el caso que nos ocupa, las historietas de Makinavaja, que el genial dibujante catalán Ramón Tosas IVÀ publicó en El Jueves —y que fueron recopiladas en varios tomos, publicados primero por la propia revista satírica con títulos como Quien pelea no está muerto, Somos peligrosos, etc. y posteriormente por la editorial Dolmen siguiendo un orden cronológico—, basta con abrir cualquier página para comprobar cómo los bocadillos con el texto de los personajes  se imponen abrumadoramente sobre los dibujos, los cuales tienen un carácter meramente auxiliar y que además se trazan con un estilo sencillo y feísta (el tupé del Maki es apenas un garabato), como si no quisieran despistarnos del hilo narrativo sostenido por los descacharrantes diálogos que mantienen este delincuente “asocial, marginado, libre y anarquista”, como lo definió Tijuana in Blue en una canción, y sus compinches: Popeye, El Pirata, La Maru, el Moromielda, el Pitufo…

Por si eso fuera poco, el origen del alias de Maki tiene raíz literaria, pues nos lleva hasta Bertolt Brecht y La ópera de los tres centavos, que se iniciaba con una canción a la que el propio Brecht escribió la letra y en la que narraba las peripecias de un asesino de los bajos fondos llamado Mackie Messer (Mackie el Cuchillo); canción que se popularizó rápidamente y tuvo múltiples versiones: Louis Amstrong, Frank Sinatra… o en español el Mackie el Navaja del cantante melódico José Guardiola, que es de donde “el choriso más grande que ha parido madre” toma su nombre (Miguel Ríos también versionó la canción).

IVÀ, Intento de Variación Artística
El creador de Makinavaja, Ramón Tosas, más conocido como IVÀ (un acrónimo de “Intento de Variación Artística”, nombre que intentó dar a un proyecto colectivo que no prosperó y acabó asumiendo y firmando de manera unipersonal), nació en Manresa en 1941 y murió en La Rioja en un accidente de tráfico en 1993, sin dejar por medio apenas una triste entrevista (algo ciertamente sorprendente, tratándose del padre de personajes tan icónicos e inmortales, auténticas cumbres de la cultura pop –por popular—,  como el Maki o el sargento Arensivia de las Historias de la puta mili).

Tras foguearse en revistas como Hermano Lobo o El Papus, de la que llegó a ser director, IVÀ comenzó a colaborar en El Jueves con las historietas de Maki, de las que se nutrió de primera mano, tras vivir una temporada en el barrio chino de Barcelona.

Uy lo que ma disho
IVÀ desde luego tenía buen oído, pero además de eso crea el personaje con un fuerte componente político y social, altas dosis de filosofía y, sobre todo, agitando ese cóctel y convirtiéndolo en molotov con la mecha infalible del humor, de un humor bestia, políticamente incorrecto, irrenunciable, pues rebajarlo o blanquearlo sería matar a Maki (algo que en cierto modo sucedió con las adaptaciones televisivas y cinematográficas). Maki es un romántico, el último choriso, un delincuente que atraca bancos más que por necesidad por filosofía, en defensa propia… Y es también un poeta, capaz de intercalar en su discurso barriobajero auténticas perlas líricas y profundas reflexiones de carácter existencialista o tan contundentes como incendiarias proclamas políticas, siempre próximas a la acracia, junto a los “cagontó” (así, Cagontó,  se tituló también un libro compilatorio sobre el autor, hoy inencontrable) y los “uy lo que ma disho” (las historietas de Makinavaja beben de la oralidad y la jerga del barrio chino pero se regurgitan sobre el papel con un lenguaje propio, inconfundible, que acaba haciendo sus propias aportaciones al vocabulario común con expresiones como “Po fueno, po fale, po malegro”).

Por no hablar de que son, esas historietas, un fresco de aquella España de finales de los 80 y principios de los 90, de sus villameonas, su Barcelona 92, su Quinto centenario, sus pelotazos inmobiliarios y otras universales y olímpicas desfachateces al lado de las cuales ladronzuelos como Makinavaja eran ciudadanos ejemplares.

Maki en el cine
Las aventuras de Makinavaja, como decíamos antes, fueron llevadas al teatro, la televisión y el cine, en adaptaciones que necesariamente resultaban descafeinadas, en las que resultaba complicado —y más en aquella época—encajar lances del cómic como el Maki tirando de recortada contra todo guardia civil o policía que se le pusiera por delante, o su madre, La Maru, una vieja prostituta del Raval, ganándose la vida con sus pajas alegres, es decir, masturbando a sus clientes con cascabeles en las muñecas. A pesar de lo cual, dichas adaptaciones tenían cierta gracia.

Maki fue interpretado por Ferrán Rañé en el teatro (con música de Pata Negra), en el cine por Andrés Pajares (hubo dos películas: Makinavaja, el último choriso y Semos peligrosos, uséase, Makinavaja 2) y en la televisión por el gran Pepe Rubianes.

Aunque El Maki que todos recordaremos siempre será el de IVÀ, el del flequillo como un garabato y los abigarrados bocadillos con sus diálogos afilados y desternillantes, convertido en un clásico de la historieta, el tebeo, el cómic, la novela gráfica, como queramos llamarlo.

Por cierto, y para acabar, después de aquella primera vez que llevé un “tebeo” a un club de lectura, vinieron otras muchas (Arrugas de Paco Roca, Persépolis de Marjane Satrapi, Píldoras azules, de Frederik Peeters… etc.) y ahora son los propios lectores, la mayoría de los cuales antes no habían tenido contacto con el género, los que reclaman más, lo cual resulta emocionante, iba a decir, conteniendo las lágrimas, pero no, será solo “el humo el sigarrillo, que se ma metío en los ojo”.

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