• Subcribe to Our RSS Feed
Browsing "Blog"

CLUB DE LECTURA DE VERANO 2022

Jul 12, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

TIEMPO DE SILENCIO, DE LUIS MARTÍN-SANTOS

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 08/07/2022

El 19 de marzo de 1956 Luis Martín-Santos, el autor de Tiempo de silencio, fue detenido en Pamplona por la policía política franquista, junto con, entre otros, el también escritor Juan Benet. Esto, que puede parecer algo anecdótico —o una aldeanada—, tiene sin embargo su repercusión en la novela, una de las obras fundamentales de la literatura española del siglo XX, pues en el descenso a los infiernos de Pedro, el joven médico e investigador protagonista, se narra igualmente una detención (se le acusa de practicar un aborto), un interrogatorio y una noche en el calabozo. Es cierto que no fue la única ocasión en la que el escritor fue detenido y que, al igual que el protagonista, pasó por la siniestra Dirección General de Seguridad en Madrid, pero el de Pamplona sí fue su primer encontronazo con la policía y ello (el desamparo, la impotencia) debió sin duda de marcarle. Probablemente fue en Pamplona donde Martín-Santos escuchó esa frase que se reproduce en la novela: “Ustedes, los inteligentes, son siempre los más torpes”.

Martín-Santos pasó buena parte de su infancia en Donosti, donde también fue años más tarde director del psiquiátrico provincial y activo miembro en diferentes asociaciones culturales y políticas; y murió, con solo treinta y nueve años, en un accidente de coche en Vitoria.

Hay ciudades tan descabaladas…
Contamos esto por la parte que nos toca y también porque el reflejo de la vida del autor en Tiempo de silencio no puede obviarse: el café Gijón y su fauna literaria, a la que Martín-Santos vivisecciona en un pasaje del libro; la sensación de castración, de fatalidad, de resignación que atraviesa toda la obra y que tantas veces debieron de vivir en carnes propias bajo el franquismo las almas y las cabezas inquietas, libres y creativas como la de Martín-Santos; la frustración del joven investigador (Pedro está estudiando la evolución del cáncer hereditario en una cepa de ratones y lo hace en unas condiciones de abandono e indiferencia institucional que todavía, sesenta años después, perduran)…

Pero la importancia y la ruptura de Tiempo de silencio tienen que ver además, o sobre todo, con los aspectos formales. Publicada en 1962, cuando la corriente literaria dominante era el realismo social, Tiempo de silencio viene a ser como si de repente irrumpe una drag queen en una misa de los Legionarios de Cristo. Todo en la novela es excesivo: los neologismos, los soliloquios, los latinismos y las referencias bíblicas, las frases interminables —es memorable la descripción que hace de Madrid en una de ellas, que ocupa varias páginas: “Hay ciudades tan descabaladas (y aquí un largo paréntesis) que no tienen catedral”—, los rodeos, las retorcidas perífrasis y pleonasmos —“soberbios alcázares de la pobreza”, llama a las chabolas—…, todo parece ideado para romper con la sobriedad y el aprisionamiento estético del realismo social, que, no obstante, Martín-Santos también cultivó e incluso parece ser que intentó llevar al extremo en una novela titulada Vientre hinchado, que calificó como bajorrealista (quizás una precursora del realismo sucio, no lo sabemos, pues nunca se llegó a publicar y el manuscrito está perdido). Es más, la propia Tiempo de silencio se adhiere a menudo a ese realismo social, evidentemente no por sus aspectos formales, como hemos visto (todos esos excesos que buscan de algún modo dinamitar la literatura en boga de la época, pero que a la vez, son una bomba que estalla tiempo después, pues leída hoy la novela también deja una metralla que tiene una clara intención sarcástica o paródica) sino por algunos de los ambientes que aparecen descritos: el poblado chabolista, los burdeles, la pensión…

La influencia de Baroja y de Joyce
Se aprecia en ello la influencia de Baroja, del Baroja de La busca, de los descampados, los cementerios, los bajos fondos de Madrid…, o del Baroja de El árbol de la ciencia y su apático protagonista, Andrés Hurtado. A Martín-Santos, por cierto y a modo de curiosidad, le fue hurtado por motivos políticos un premio literario que llevaba precisamente el nombre del escritor vasco, Premio Pío Baroja, al que concurrió con la novela que hoy comentamos, Tiempo de silencio, y con el seudónimo Luis Sepúlveda —el nombre que usaba en la clandestinidad—, es decir, el mismo del escritor chileno (aunque este comenzaría a publicar unos años después).

Además de Baroja otra influencia innegable en Tiempo de silencio es la de James Joyce y su Ulises, que reconocemos en la vocación experimental, el uso del monólogo interior, la alternancia de técnicas y estilos, la odisea del personaje, su periplo urbano… Se cumplen precisamente este 2022 cien años de la publicación de esta obra, Ulises, que tiene fama de derrotar, en todos sus sentidos, a los lectores (al menos uno de ellos, Martín-Santos, parece evidente que llegó a leerla entera), y que está considerada una de las cumbres de la literatura universal. En Dublín, la ciudad en la que transcurre, se conmemora todos los años con el Bloomsday, una jornada en la que algunos dublineses y visitantes se visten como los protagonistas de la obra, recorren los mismos lugares que estos, etc. Tiempo de silencio, por su parte, celebra este año sesenta años desde su publicación, es un decir –lo de celebra—, porque, a diferencia del Ulises, no se tiene constancia de soplidos de velas.

El tiempo de la anestesia
Pese a lo cual, la novela nunca ha hecho honor a su nombre y a lo largo de los años ha sido repetidamente reivindicada. Vicente Aranda, por ejemplo, llevó al cine la adaptación de Tiempo de silencio en 1986, con reparto de lujo: Paco Rabal, Victoria Abril, Charo López y los hermanos Alcántara, es decir, Juan Echanove e Imanol Arias, este en el papel protagonista. En 2018 fue adaptada al teatro por La Abadía; y La oreja de Van Ghog cita el libro en la letra de una de sus canciones, Rosas: “Desde el momento en que te conocí/resumiendo con prisas Tiempo de silencio”, en donde no es difícil adivinar una alusión a la novela como lectura obligatoria en la educación secundaria de los ochenta y noventa (o sea, el BUP) y a las dificultades que un adolescente podía encontrar ante una novela tan compleja como esta, cuyas novedades formales quizás han perdido vigencia y exigen una contextualización, pero cuyo fondo se mantiene de rabiosa actualidad, como vemos en este párrafo que es además el que explica el título de la obra y que perfectamente podríamos aplicarnos: “Estamos en el tiempo de la anestesia, estamos en el tiempo en que las cosas hacen poco ruido. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. La bomba no mata con el ruido sino con la radiación alfa que es (en sí) silenciosa, o con los rayos de deutones, o con los rayos gamma o con los rayos cósmicos, todos los cuales son más silenciosos que un garrotazo (…) Es un tiempo de silencio”.

SAN FERMÍN ZOMBI

Jul 10, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias). 09/07/22

Pablo Sarasate se levantó de su tumba, un mausoleo en el cementerio de Pamplona, a las doce del mediodía del seis de julio, es decir, a la misma hora que en el centro de la ciudad estallaba la fiesta. “¡Qué solos se quedan los muertos”!, exclamó al ver el camposanto vacío, rememorando a Gustavo Adolfo Bécquer —y a Tijuana in blue—. Y echó a andar en dirección al casco viejo, en busca de un poco más de vidilla. Le costaba caminar. Sentía las piernas agarrotadas y por la comisura de la boca se le escapaba una baba negra, pero no le dio importancia, le pareció normal después de más de un siglo muerto. Tenía hambre, y eso también le parecía normal, lo que era más raro es que tuviera ganas de morder a las personas con las que empezó a cruzarse. Pero a la vez no podía evitarlo, era algo que estaba en su naturaleza.

 “Soy un muerto viviente”, aceptó su condición. Y para reafirmarse lanzó un gruñido acompañado de un violento pizzicato de su violín a un grupito de adolescentes-croqueta que regresaban del chupinazo rebozados en harina y kalimotxo. Los jóvenes primero se sobresaltaron, pero luego rompieron a reír. “La inconsciencia de la juventud”, pensó el violinista. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que lo que provocaba entre el resto de viandantes no era terror, sino repugnancia. Los veía apartarse uno o dos metros, pero desde luego no salían huyendo despavoridos. Incluso, conforme fue adentrándose en calles abarrotadas como Jarauta o San Nicolás, algunos de ellos comenzaron a agarrarle por el hombro y a saltar con él.

“¡Alcohol, alcohol, alcohol!”, cantaban. Lo hacían fatal, y al músico se le cayeron el alma y las orejas varias veces al suelo. Pero se cobró su venganza mordiendo en el cuello a los que más desafinaban. Tampoco entonces cundió el pánico, porque la verdad era que a aquellos tipos no se les notaba mucho la diferencia antes y después del bocado.

Pablo Sarasate, una vez saciada su hambre y su sed de sangre, decidió cumplir con la tradición y se encaminó al hotel La Perla, desde uno de cuyos balcones interpretaría con su violín un pequeño concierto. Le costó un poco convencer al portero. Nada que no se arreglara con un buen trascado en la garganta. Luego, una vez en la habitación 207, se asomó a la Plaza del Castillo y comenzó a tocar. La verdad era que al propio Sarasate le costaba escuchar su música en medio de aquella ruidera: las terrazas abarrotadas de gente, las barras de la plaza, un DJ sobre un escenario pinchando El tractor amarillo… Así que finalmente desistió y, decepcionado, decidió regresar sobre sus pasos. Como estaba cansado probó suerte en la tómbola, a ver si le tocaba el coche o un patinete eléctrico, pero solo le salieron boletos para el “Sorteo nº 10 vale de compras”.

Tardó casi tres horas en hacer el camino de vuelta. La ciudad entera estaba plagada de gente que, como él, caminaba tambaleándose, echando espumarajos por la boca, con la ropa sucia y hecha jirones… Parecían zombis, pero igual no lo eran.

Una vez en el cementerio, Pablo Sarasate entró a su mausoleo. Consultó su calendario. Su siguiente turno como muerto viviente le tocaba dentro de cien años, durante otros sanfermines. Cerró los ojos. Antes de quedarse dormido se preguntó aterrorizado si cuando volviera a despertarse todo seguiría igual en Pamplona.

Club de lectura de verano 2022

Jul 3, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

LOS ENANOS, DE CONCHA ALÓS

Libros de segunda mano: Los Enanos. Concha Alós. Libros Reno. Ediciones G.P. 1ª edición 1968, - Foto 1 - 38575035

No lo puedo evitar. Cada cierto tiempo tengo un arrebato de nostalgia y —como me sucedió recientemente con Los enanos de Concha Alós— compro un libro Reno, una de aquellas novelas que se publicaban en los años sesenta, setenta u ochenta y que venían a ser la versión celtibérica de la literatura pulp, es decir, libros baratos, cuyas páginas amarilleaban pronto, al tiempo que las cubiertas (magníficas, por otra parte: parecían carteles de cine) se arrugaban y hacían jirones. Pulp alude, de hecho, a la pulpa de celulosa con que se editaban, que solía ser de muy baja calidad. Los libros Reno, sin embargo, no eran propiamente lo que conocemos como literatura de quiosco (novelas de género, policiacas, del oeste, románticas, escritas como churros y firmadas por autores como Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado o Silver Kane); no, los libros Reno pretendían “difundir por medio de ediciones económicas los éxitos más señalados de la literatura contemporánea y la obra de los autores más famosos. El precio de venta de cada una de estas colecciones las convierte en las más asequibles de cuantas se publican en idioma castellano; y si se considera la extensión media resulta evidente que son igualmente baratas, sin que lo barato sea, en este caso, sinónimo de inferior calidad”.

Y tanto, porque en la colección de libros Reno uno podía encontrarse con títulos como Trampa 22 de Joseph Heller, Hambre de Knut Hamsun, El enamorado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki… o Los enanos de Concha Alós.

¡Escándalo!
El recorrido literario y vital de esta escritora valenciana, su auge y caída y auge de nuevo, podría asemejarse al devenir de un libro Reno, a esas páginas que tras gozar de gran popularidad acaban otoñándose en librerías de segunda mano, sepultadas por la esplendorosa irrupción cada año de miríadas de obras maestras y autores que, si hacemos caso a las fajas promocionales de sus novelas, subirán en cohete al Olimpo literario.

La hasta hace bien poco olvidada Concha Alós ganó el Premio Planeta en dos ocasiones, una en 1962, con el libro que hoy comentamos —galardón del que, no obstante, fue despojada, pues al parecer había comprometido los derechos del libro anteriormente con una editorial rival— y otra dos años más tarde, con Las hogueras. Se le auguraba, pues, una carrera prometedora, finalmente truncada, que acabó conduciéndola a una injusta desmemoria como consecuencia de un cúmulo de circunstancias. Por una parte, su propia peripecia vital. Tras casarse con Eliseo Feijoó, director del diario mallorquín Baleares, se enamoró de un por entonces joven tipógrafo —once años más joven que ella, ¡escándalo!— con el que acabaría dejando la isla para establecerse en Barcelona, donde él se convertiría en un laureado escritor, en buena medida gracias a Concha Alós, que sacrificó * su propia carrera para ejercer de agente de Baltasar Porcel, ese era el nombre del tipógrafo. Por otra parte, los temas que abordaba Alós en sus novelas no eran nada complacientes con la moral de la época: prostitución, aborto, homosexualidad… Y mucho menos si quien se ocupaba de ellos era una mujer. La fama de Concha Alós se desvanecería así poco a poco. Incluso ella se olvidó de sí misma. Murió enferma de alzhéimer,  y a su funeral, cuenta la necrológica de El País, titulada Concha Alós, escritora del lado oscuro de la sociedad, los únicos nombres de la cultura que acudieron fueron la cantante María del Mar Bonet y el fotógrafo Toni Catany.

Una novela enorme
Sin embargo, del mismo modo que los libros Reno no han resultado en realidad de una calidad tan ínfima (de hecho, todavía sesenta años después, aunque con la camisa desgarrada y la ictericia en la piel de sus páginas, se conservan en relativo buen estado), Los enanos resucita en una reciente reedición de La navaja suiza que vuelve a poner de actualidad y reivindica la importancia de la autora en la literatura española.

Los enanos es, efectivamente, una novela enorme. En ella se retratan, en una serie de estampas que pueden adscribirse al realismo social, las vidas de varios huéspedes de una humilde pensión barcelonesa: una antigua artista de variedades, la prostituta Sabina, Mohatá, el boxeador marroquí que pierde todos los combates… Novela coral, las historias de todos ellos se entrecruzan en un destino común patético y desesperanzado, del mismo modo que en las pensiones las conversaciones, los gemidos de los colchones, las toses y ventosidades, atraviesan las paredes. En la pensión Eloísa todos saben todo de todos y se comparten, además del retrete, las mezquindades y los pequeños sueños (como por ejemplo tener piso propio, incluso cuarto propio).

Las páginas de Los enanos huelen a puchero y orinal y se acercan a veces al tremendismo (en ellas nos vamos a encontrar, por ejemplo, con un niño al que dan de beber vino, con ratas que trepan por las paredes del patio o con una patrona que enseña un cuarto a posibles nuevos clientes durante el velatorio del anterior huésped). Pero a la vez, junto a toda la sordidez que rezuman esas páginas, se trufan otras escritas por una de las inquilinas de la pensión con un tono más luminoso, más poético, y en las que la autora desliza algunas experiencias autobiográficas, como la antes referida: su fuga por amor, por un amor proscrito para la mentalidad de la época, desde Mallorca a Barcelona. Estos capítulos alternativos de la novela dan a la misma cierto hilo argumental que en las escenas referidas a la vida cotidiana de la pensión es deslavazado, casi costumbrista, y se compone de fotogramas robados a la vida de puertas adentro en la España de mediados del siglo XX, la España de los sabañones, la botella de anís escondida en la alacena o el hueso de jamón zambullido en la sopa.

Los enanos - Concha Alos - La Navaja Suiza Editores

La literatura de las cosas pequeñas y feas
En Los enanos, además de todo eso, también es posible encontrarnos con frases tan desasosegantes y hermosas como esta: “Junto a la carne fofa sintió un rítmico latido, como si estuviera apretada contra un buey muerto que se hubiera tragado un reloj”; o con pequeños mecanismos literarios a los que se da cuerda de una manera casi imperceptible en un capítulo y se ponen en marcha en otro, muchas páginas más adelante, cuando ya nos habíamos olvidado de ellos (el niño al que emborrachan con vino, por ejemplo, empuja y olvida un pequeño taburete por toda la casa, y es con ese taburete con el que más adelante tropieza y se descalabra el huésped del cuál ofrecen la habitación estando todavía este de cuerpo presente).

Concha Alós narra con maestría, pero su principal virtud es la de conseguir hacer literatura de las cosas pequeñas y feas, de los personajes insignificantes, los desheredados y los torpes, los vapuleados por la vida, como Mohatá, el boxeador marroquí, flaco y desnutrido, que pierde todos los combates, y que funciona como metáfora de los perdedores, de esos enanos a los que hace alusión el título.  “Somos enanos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse”, encabeza la novela la autora (antes, al menos —apostillamos nosotros—  los gigantes tenían cierta vergüenza, ahora se ríen de nosotros sin disimulo, de manera ostentosa).

Toda la novela tiene, en definitiva, una luz tenue, triste, de bombilla desnuda y titilante, pero también entra de vez en cuando el sol por las ventanas del patio, espantando a las ratas, y Concha Alós no arrebata por completo a sus personajes la oportunidad de levantarse de la lona, de modo que al final el boxeador Mohatá, o Sabina, la prostituta, también podrán huir de la pensión Eloísa, burlar al destino, del mismo modo que lo hacen, sesenta años después, la propia autora y su novela, Los enanos, una novela enorme que ha pasado demasiado tiempo malviviendo olvidada en una pensión de mala muerte.

*Sobre esto, al contrario de lo que señalan otros artículos y necrológicas, el periodista y escritor Sergio Vila-San Juán, autor de la biografía de Baltasar Porcel El joven Porcel nos matiza que si bien Concha Alós tradujo algunas obras del escritor ni fue su agente ni sacrificó su carrera por él. Al contrario, dice, le ayudó a ganar el Planeta en dos ocasiones.

PINTXOS

Jun 27, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
PUBLICADO EN «RUBIO DE BOTE», COLABORACIÓN PARA MAGAZINE ON (DIARIOS GRUPO NOTICIAS) 25/06/22

Siempre, cuando presento un libro o participo en algún sarao literario, cuento el mismo chiste: “A mí la literatura nunca me ha dado de comer”, digo, y a continuación añado: “Menos una semana que me invitaron de jurado al concurso de pintxos de la Txantrea”. Jajá. Lo que me callo es que a quienes lo hicieron se les escapó que lo habían hecho porque no habían encontrado a otro. Yo debía de ser para ellos una especie de segundo plato, un jurado de segunda división que fue además descendiendo de categoría hasta regional preferente a medida que pasaban los días y se daban cuenta de que mis papilas gustativas sufrían algún tipo de atrofia.

A mí mi incultura culinaria al principio me daba algo de vergüenza, pero esta se fue atemperando cuando comprobé que estábamos empates, pues en realidad allí nadie había leído ninguno de mis libros ni sabía muy bien quién era yo (recordé, de hecho, que cuando me llamaron por teléfono para proponerme participar dijeron también: “¿Tú eras escritor o algo, no?”).

Por otra parte, las degustaciones que hacíamos, unas ocho o diez cada tarde, venían siempre acompañadas de una copa de vino, con lo cual a mitad de las mismas todos estábamos trompas perdidos y ni siquiera el más experto gourmet entre quienes formábamos aquel jurado era capaz de distinguir un frito de pimiento de un cruasán.

A mí, de todos modos, aquello me provocaba un acusado sentimiento de culpa. Me parecía una desfachatez por mi parte haber aceptado participar. Me consideraba además un hipócrita, pues en otras ocasiones me había tocado ser miembro de algunos jurados literarios contra los que había despotricado porque mi voto tenía el mismo valor que el de alguien cuyo autor de cabecera era Alfonso Ussía o Dan Brown o que reconocía sin pudor que no solía leer habitualmente porque se cansaba y se le ponía enseguida el culo carpeta, pero que estaba allí porque era “famoso” o primo de alguien.

Quiero decir que, en general, estoy en contra de este tipo de jurados, y también, dicho sea de paso, de los jurados populares, que por lo visto solo son aplicables cuando se refieren a asuntos culturales. Nadie propone, por ejemplo, una votación popular para decidir, qué sé yo, dónde se pone una rotonda o qué juez debe llevar un caso en la Audiencia Nacional. 

Claro que, volviendo al concurso de pintxos, ¿quién podía negarse a pasarse gratis toda una semana comiendo croquetas de hongos y macerándose en vino crianza? Yo me apunté con todo mi morro, y eso que en una ocasión intenté comerme una navaja con su cáscara y todo (al principio me pareció que el nombre de este manjar era muy apropiado, pero después me di cuenta de lo poco acostumbrado que estaba a las mariscadas) o que otra vez, mientras cataba unos edamames tardé casi un cuarto de hora en darme cuenta de que lo que estaba zampándome eran las vainas que antes habían chuperreteado los otros comensales y dejado en un platito tras extraer de su interior lo que realmente había que comer, las habas.

En fin, supongo que confesar esto me cierra puertas y ya nunca podré volver a emular a Chicote o a Jordi Cruz, pero prefiero tomármelo por el lado bueno y seguir soñando y esforzándome para que algún día la literatura me dé de comer por sí misma, aunque para eso ustedes tendrán que comprar mis libros y no los que escriba un cocinero, una presentadora de la tele o un juez de la Audiencia Nacional.   

Entrevista a Laura Chivite

Jun 20, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Gara/Naiz (19/06/22). Patxi Irurzun/Foto: Iñigo Uriz

“Me pregunto si Berta soy yo, un alter ego que siempre va estar presente”

Laura Chivite debuta con Gente que ríe, relatos con toques futuristas y experimentales y una protagonista común, Berta, que han sido recibidos muy favorablemente por crítica y público.

Gente que ríe, el primer libro de Laura Chivite (Iruña, 1995), publicado por Caballo de Troya, reúne varios relatos con un personaje recurrente en todos ellos, Berta, al que nos encontramos en diferentes etapas de su vida, algunas de ellas en un futuro próximo. La ciencia ficción, la experimentación (hay un cuento escrito en imperativos, una apuesta arriesgada de la que sale airosa), la televisión (Chivite reconoce su fascinación, la intriga o incluso el terror que le provocan programas como First Dates, en el que se inspira otro de los relatos), el cine… son materiales que la escritora iruindarra maneja para componer este prometedor debut literario, en el que se reconoce deudora de autoras como Lorrie Moore, Lydia Davis o Bonnie Jo Campbell, de las que sobre todo toma la libertad para escribir y dar a la suya una voz propia, con mucho que decir.  

¿Cómo ha sido su recorrido hasta llegar a este debut literario, ha escrito siempre, escribía para sí misma, se veía un poco condicionada dentro de una familia de escritores como es la suya?

Sí, no sé si condicionada por mi familia —mi aita (Fernando Chivite) y mi hermana (Beatriz Chivite) son escritores, mi ama (Isabel Ezkieta) también publicó de joven—,  pero sí es cierto que he escrito desde pequeña. Empecé a leer relativamente tarde, a los dieciséis, pero desde siempre escribía historietas fantasiosas. Luego en 2017 gané un premio por un relato corto y eso, el hecho de tener un reconocimiento, me animó. Y a partir de ahí he ido ganando otros premios que me han dado más confianza, dentro de la inseguridad que siempre existe. Es decir,  siempre he escrito, tenía muchas cosas escritas sueltas, no como para ser publicadas, sino porque me salían, y cuando finalmente empecé a plantearme hacer un libro reuní algunas de esas historias y escribí otras que dieran más forma a este libro de cuentos o novela o como lo queramos llamar.  Así es como surge Gente que ríe.

Me llama la atención lo que comenta, que empezara a leer tarde, a pesar de vivir en una familia lectora. ¿Hay algo de rebeldía en ello?

Yo creo que sí, que lo hacía un poco por rebeldía, siempre he ido a contracorriente, me gustaba mucho más el cine, y mi educación ha estado más ligada a él. Mi padre me ponía una película cada día, y empezamos desde el principio, cine clásico y de ahí hasta la actualidad. Estaba mucho más nutrida por ese lenguaje cinematográfico y creo que eso ha influido mucho en mi literatura. Luego a los quince años me fui a Estados Unidos con una familia y en esa soledad, con mucho tiempo libre para llenar, empecé a leer, de todo, literatura buena, mala, sagas… Así empezó mi gusto por la lectura, después hice bachillerato de artes y ahí leí a los rusos, es esa etapa en quieres abarcarlo todo… Y hasta ahora.

Para su primera obra elige el relato corto, aunque las historias de Gente que ríe se entrecrucen o formen un ente mayor, casi una novela. ¿Tenía querencia por ese género del cuento?

La verdad es que cuando empecé a leer leía novelas, me encantan las novelas clásicas, pero luego seguí con los cuentos, Chejov, Bolaño, Borges… y también muchas escritoras estadounidenses, Lorrie Moore, Lucia Berlin, Lydia Davis, Bonnie Jo Campbell,  las menciono casi automáticamente porque me han influido mucho. El relato me pareció una forma más accesible, pero es verdad que yo ya tendía a ello, en bachillerato escribía historias de dos o tres páginas, a los que ni siquiera llamaba cuentos, sino historietas… No sé si un día me atreveré con una novela como tal.

Los cuentos de Gente que ríe tienen un punto futurista. ¿Hay en ello un intento de evadirse de una realidad que no le convence?

Sí, yo siempre he tendido a evadirme, vivo en otro mundo, bastante lejos de este. El primer cuento del libro R.A.L.A., surge además en un contexto tan negativo como el de la pandemia, lo que me lleva a imaginar un futuro alternativo.  Lo futurista siempre me ha gustado, la ciencia ficción, la fantasía, es un género que bien hecho puede decir muchas cosas

Precisamente ha comentado alguna vez que de autoras que ha mencionado antes tomó sobre todo la libertad para no tener miedo a experimentar,  a escribir con libertad, a buscar su propia voz literaria…

Yo creo que eso es lo que me han dado principalmente esas autoras, más que identificarte con los personajes (porque sí es cierto que la literatura te hace sentir menos sola, te da una salida, una luz), pero en este caso, además de esto me dan “herramientas”. Son autoras que además de darte alivio te ofrecen alternativas…

Por ejemplo, en su libro hay experimentación y alguna apuesta arriesgada, como escribir un cuento con imperativos.

Sí, yo había leído algunos relatos escritos así, pero cortos, de dos o tres páginas, pero este, que es uno de mis favoritos,  es más largo. Hay experimentación, pero también detrás cientos de ejercicios fallidos, desechados, estructuras en las que se ve demasiado el artificio, eso es lo más difícil, que no se vea al artificio ni al autor diciendo “¡Voy a sorprender con esto!”…

El personaje de Berta, que aparece en todos los cuentos, en diferentes épocas de su vida, ¿es en realidad un personaje en construcción, al que usted va descubriendo, frente a esa idea clásica de que el autor tiene que conocer todo sobre sus personajes?

Esto es la primera vez que lo digo, pero en realidad hice un poco trampa. El núcleo del libro con el que me planteo hacer algo más grande es R.A.L.A., el primer relato del libro, antes de este cuento había algunos relatos y luego otros. En este cuento Berta ya es mayor, tiene sesenta y cinco años y de hecho no se llamaba Berta, era Marisa. Pero me doy cuenta, revisando los otros relatos, de que hay  personajes con características semejantes a Berta, y a partir de ahí decido arrojar más luz sobre este personaje que no había creado a consciencia. Es decir,  hice como que lo había creado de una manera premeditada, pero el punto de partida no era la idea de crear un personaje en diferentes momentos de su vida, sino que es algo accidental, no había plan.

¿Recuperará a Berta más adelante?

No lo sé, ahora estoy escribiendo teatro y hay alguna obra en la que la protagonista podría ser Berta, por sus características, lo cual, esa recurrencia,  me hace preguntarme si Berta soy yo, una especie de alter ego que siempre va estar presente.

Hablando de proyectos futuros, ahora, con una obra ya publicada, en una editorial importante,  y que además está recibiendo buenas críticas, ¿le condiciona, siente más responsabilidad o presión?

Condiciona mucho, y da miedo, porque ya tienes esa sombra, ese yugo. Yo creo que la salida más fácil es pasar a otra cosa, de  momento, como he dicho, estoy con el teatro y además con una serie de televisión, una comedia… Voy a seguir escribiendo, claro, aunque todavía no sé muy bien con qué expectativas, pero lo he hecho desde pequeña y creo que lo seguiré haciendo siempre.

Páginas:«1234567...261»
ga('create', 'UA-55942951-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');