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ENTREVISTA A KIKO AMAT

May 11, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Revancha

«Mis personajes van a vengarse a hostias del destino»

Revancha, la última obra del escritor catalán, es un thriller proletario, noir de extrarradio, una historia de ultraviolencia protagonizada por un airado hincha de fútbol que tiene que ocultar ante los suyos su homosexualidad. Una novela que es pura fibra y que se lee con el corazón en un puño (americano)

PATXI IRURZUN/MAGAZINE ON (DIARIOS GRUPO NOTICIAS) 08/05/21

Literatura no aburrida. Así ha definido en alguna ocasión Kiko Amat los libros que le gustan. Y así son los que escribe él. Historias de adolescentes, de pandillas, de subcultura juvenil, rocanrol, bares… Historias de extrarradio, de peleas, de búsqueda y venganza dando palos de ciego con un bate de beisbol. Historias en las que, de todos modos, el corazón de la violencia, el centro de huracán, también escupe emocionantes relatos sobre la amistad, la iniciación en la vida adulta, la extrañeza, la vida en la periferia de todo… Son además, las novelas de Amat, de esas en que las páginas se pasan una tras otra y en las que, a la vez, cada una de ellas deja una recompensa al lector. En Revancha, su última obra, el escritor de Sant Boi de Llobregat nos ofrece una novela sobre ultras, hinchas de fútbol, delincuentes que se lían a martillazos contra el mundo, devolviéndole en su mismo lenguaje lo que de él han recibido, y contra sí mismos y sus demonios (Amador, uno de los dos protagonistas, es el kapo de una facción ultraviolenta que debe ocultar su homosexualidad; el otro es César, un matón que se gana la vida saldando cuentas contra pederastas o conductores que se dan a la fuga tras atropellar a alguien). Sobre todo ello y más, hablamos con el autor de Rompepistas, Cosas que hacen BUM, o Eres el mejor, Cienfuegos.

La mayoría de sus libros, este también, están relacionados con la juventud y adolescencia, con la cultura juvenil, la música, las pandillas, ¿cómo se recuerda a sí mismo en esa edad y cuánto de ello aporta a sus libros?

A Christopher Ryan, autor de Civilizados hasta la muerte, le comenté que lo único que no me gustaba de las sociedades forrajeras era su ausencia de adolescencia. Él me respondió como si yo estuviese chalupa; no comprendía cómo podía mirarse con afecto a una etapa de la vida que para él era sinónima de abusos y trauma. Pero para mí, que no tuve una infancia benigna, la adolescencia fue una liberación, y por eso escribo tanto sobre ella. Mi pandilla fue la familia que escogí, los parientes que decidí tener. Me gusta la idea de no ser hijo de nadie, que cantaban los Replacements; de crearte un destino no marcado por lo sanguíneo. Y a la vez, he leído y vivido lo suficiente para saber que esas cadenas (genéticas, de parentesco) no se rompen tan rápido. Ese conflicto (gente que trata de huir de su infancia, de rehusar su bagaje, sin conseguirlo; el viejo cliché de alguien “atrapado por su pasado”) está en todas mis novelas.

—¿Cómo acaba convirtiéndose un chico de clase obrera de Sant Boi en escritor? Supongo que no era lo habitual en su barrio.

En mi pueblo no solo no había escritores; no había artistas de ningún tipo. Para no haber, no había siquiera bandas de rock’n’roll, que es la mínima vía de escape cultural de los barrios chungos. Yo quería ser escritor en séptimo de EGB. Incluso gané una TV en un concurso literario de Coca-Cola. Pero no disponía de ejemplos cercanos para juzgar realizable algo así. Para mí los escritores eran todos ricos, titulados y muertos. Y americanos. Ninguna de las cuatro cosas era aplicable a mi circunstancia, así que, tras salir rebotado del instituto, me resigné a una vida de trabajo manual no especializado. Para mí, el pijismo no es tanto una cuestión de bienes materiales o apellidos nobles sino de posibilidad de futuro. Todos los pijos crecen con la idea de que su futuro será halagüeño y harán realidad sus sueños. Yo crecí pensando que la realidad defecaría sobre mis sueños, y que el futuro no albergaba nada deseable. Que alguien como yo haya logrado convertirse en autor es una aberración estadística, y al final tiene que ver con tres elementos: a) presencia del don, b) esfuerzo y oficio y c) golpes de suerte (todos necesitamos alguno). Si cae uno de las tres se va todo a la mierda, se trata de un malabarismo vital jodidísimo.

-Tampoco es lo habitual en la literatura, en las novelas españolas en general no han aparecido ambientes de barrio, bar, fábricas… ¿Hay cierto clasismo en ello y también a la hora de aceptar en el mundo literario a alguien que viene de ahí?

La mayoría de escritores son clasemedieros o burgueses. Digo esto sin connotaciones peyorativas. Es un hecho. A la vez, la mayoría de autores escriben de lo que conocen, aunque lo camuflen con añagazas del oficio, y por ello una abrumadora cantidad de literatura española versa sobre gente con trabajos liberales, ex universitarios, artistas en ciernes, etc. Cuando aparecen curros de mierda o gente chunga suelen estar pintados a partir de un prisma progre y edificante, de novela de “realismo social”. Es el fenómeno de la literatura de pasquín de fiestas vecinales, de barrio sésamo, donde el pueblo llano lee, es tolerante y multicultural, no hay polis ni nazis, y los borrachos no son violentos o farfullan incoherencias sino que vienen cargados de anecdotario entrañable. Pintar los barrios de extrarradio como son de veras (feos y hostiles) no es lo común, y ese tipo de novelas se miran con desconfianza, por no decir desdén, desde la cultura oficial. No es lo que quiere leer el Patronato de Cultura, vamos.

Foto: César Núñez

-A pesar de todo usted siempre ha publicado en una editorial de prestigio como Anagrama, que le ha tratado muy bien, ¿cómo es su relación con el mundo editorial y literario?

Una relación a distancia. Publiqué muy tarde, a los 34, cuando mi mundo y entorno estaba hecho. Ya era tarde para desclasarme, aunque si me lo llegan a ofrecer a los veinte -como les sucedió a Marsé y esa peña- me hubiese abalanzado sobre los cócteles como un gorrino. Creo, ya que estamos, que el desclase tiene más que ver con formación que con lucro. Una carrera universitaria cuando eres joven desclasa más que comprarte un barco de adulto, como hizo Arnold Bennett al empezar a recibir cheques sustanciosos. Cuando adquieres un cierto éxito tardío lo que haces es ampliar la sala de billar, al estilo Ringo Starr, pero no pierdes el gusto o la actitud o el espíritu (ni siquiera las amistades) de tu clase social original.

—Centrándonos ya en sus libros, alguna vez ha definido su literatura o la literatura que le gusta y a la que aspira como “no aburrida”. ¿Qué tiene que tener un libro para no aburrir?

Un autor tiene que luchar contra la autoindulgencia y la vanidad. Muchos libros aburridos lo son porque el autor consideraba las partes peñazo o las digresiones como muestras bellísimas, indispensables, de su prosa. Pero esto no va de alardear. Uno tiene que hacerlo todo por el bien del libro, y ello a menudo no tiene que ver con escribir florido o demostrar ingenio, sino con cortar lo superfluo, ir en contra de tu tendencia natural como humano, que es exhibirte y sobreexplicarte y ser ingenioso. No hay nada más aburrido que un escritor “sensible” escribiendo con aforismos o percepción psicológica, en lugar de con materiales concretos y humildes como personajes y acción.

Revancha cumple desde luego con esa premisa, la de no aburrir, aunque a diferencia de otras novelas suyas prescinde del humor. Es una novela que tiene algo de thriller, hay un retrato también que se acerca a los social, incluso recuerda al western, a veces, en ese duelo que se va postergando hasta el final entre Amador y César. ¿Cómo la definiría?

Supongo que es un thriller proleta. Noir de extrarradio. Western chusmero. Por supuesto, no la escribí para que encajara en esas etiquetas. No trabajo con temas o géneros, sino con trama, personajes, paisaje y materia física. De ellos, si están bien hechos, salen las emociones y las ideas, no al revés. Respecto al humor, no creo que prescinda del todo de él (las conversaciones entre Amador y el Microbio aún me hacen reír), pero sí que se halla en un porcentaje menor que en el resto de mis novelas.

—Se aprecia que es una novela muy trabajada, con mucho músculo, en la que ha cuidado mucho algunos aspectos técnicos, como el uso de la segunda persona,  los saltos temporales, midiendo mucho la información que va dando al lector… ¿Cómo ha sido el proceso de escritura?

Escribí Revancha en un año y dos meses. La mayoría de ese tiempo lo pasé editando y reescribiendo. En una novela hay que cortar mucho; nunca opinar ni teorizar; no inyectar emoción o reflexiones que no se extraigan de la misma acción; dosificar la información. Mostrar siempre es mejor que explicar. Como decía Flannery O’Connor, la novela debe llevar el significado dentro de ella, encarnado en la historia. No puedes escribir emoción con emoción; la emoción tiene que surgir de lo que sucede en la novela. Es mi novela más trabajada, pero el lector no lo percibe porque la técnica se emplea para enmascarar dicha técnica. Es como una canción de house muy producida: nunca te darás cuenta de ello, porque estarás bailando como un orate en la pista. La segunda persona (la voz de Amador) es una maravilla, funciona a todos los niveles: es como una primera encubierta que a veces parece tercera y a veces apela al lector en segunda. Una triple carambola. Me sorprende que no se utilice más.

—Llama también la atención esa jerga propia de los personajes, que recuerda a La naranja mecánica, no sé era un referente que tenía en mente, a la hora de escribir una novela en la que además está tan presente la violencia.

Mis referentes nunca son literarios. Tampoco ese, lamento decir. La jerga, que se me ocurrió en el último mes de escritura, viene del dialecto que utilizábamos en mi pandilla adolescente (aunque la de Revancha es inventada). La mayoría de mis influencias son orales. No soy un autor bibliófilo, aunque lea muchísimo. Parece una paradoja pero no lo es. Los libros me enseñaron a escribir, pero no me hicieron.

—Sobre la violencia, no sé si hay un intento de explicar de dónde proviene, por qué los personajes están abocados a ella. El propio título, Revancha, y algunos pasajes del libro, hablan de eso, de que los personajes están devolviendo lo que han recibido.  ¿En el fondo de lo que en realidad se habla es de una violencia estructural o sistémica?

El tema de Revancha no es la violencia, es la historia. Nunca me propuse hacer una tesis sobre violencia, sistémica o no. Mis novelas nunca tratan de explicar un problema abstracto, sino las vidas y vicisitudes de los personajes. Y en Revancha, esas vidas son ultraviolentas. Podría decirse que, en efecto, mis personajes van a vengarse a hostias del destino y el lugar que ocupan en el mundo. Alguien tiene que pagar por su suerte de mierda.

-Y además usted se centra en grupos neonazis, de ultraderecha, hinchas violentos de fútbol y consigue que el lector empatice o comprenda a personajes como Amador, supongo que eso es una apuesta arriesgada…

En realidad es de una simplicidad pasmosa. Se trata tan solo de explicar bien a tus personajes hasta el punto en que cobran vida. Una vez te han explicado bien a alguien, vas a entender sus acciones, aunque estas te desagraden o asusten o repugnen. “Simpatizar” es una palabra algo extrema, así que digamos que acompañas al protagonista en su periplo porque le conoces, aunque por el camino algunas de sus acciones te resulten inmorales u odiosas, o cuanto menos cuestionables. Me leí hace poco un libro sobre Stalin y acabé entendiéndole perfectamente, aunque fuese un bastardo rencoroso y genocida.

—El personaje de Amador en realidad es un personaje que no acaba de encajar en ningún mundo, tampoco en ese en el que busca refugio y en el que debe ocultar su homosexualidad. ¿Le gustan ese tipo de personajes, inadaptados, con contradicciones?

Una novela es conflicto y curva de cambio, aunque termine fatal. A Amador el lector le conoce como hijo de puta, y luego vislumbra las fisuras de su armadura, y cómo su mundo se va desmoronando poco a poco, hasta que empieza a intuir una ínfima y pírrica posibilidad de redención. Mis personajes ideales son gente chunga que de golpe accede a un momento de gracia. Ser bueno cuando solo te han pasado cosas buenas no tiene ningún mérito, y desde luego no es narrativamente interesante. Para mí el interés estriba en el fugaz momento de gracia que se le presenta a gente objetivamente mala.

-Para acabar, dos preguntas: ¿Cómo está siendo la acogida del libro?; y: ¿Después de escribir una novela tan intensa como esta, qué hace un escritor, busca por ejemplo un poco de aire en otro de otro tono, con más humor?

Aún no sé qué voy a escribir a partir de aquí. Me gustaría escribir algo eminentemente humorístico, como apuntas, porque estoy harto de pasarlo mal, pero tengo la impresión de que no va a ir así. El despegue de Revancha, ya que lo comentas, ha sido mi hit personal. Tres ediciones en menos de dos meses. Críticamente también lo ha petado de forma uniforme, lo cual para mí es del todo chocante. Terminé Antes del huracán pensando que era un novelón inapelable ante el que incluso la “alta cultura” tendría que postrarse, y se limpiaron el trasero con él. Con Revancha ha sido al revés: lo rubriqué convencido de que había escrito un libro 100% hardcore y pro-chusma y ultraviolento, imposible de aceptar por el mainstream, y solo ha recibido excelentes críticas, especialmente en medios serios. Realmente, mi dedo no está en el pulso del país, que decía Bill Hicks.

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EL BAILE DEL PAÑUELO

May 2, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
El baile del pañuelo de Leonardo Dantés en Amazon Music - Amazon.es

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON diarios Grupo Noticias) 01/05/21

Contaba en esta misma página hace dos semanas que uno de los dos momentos más extraños de mi vida fue el día en que estuve a punto de convertirme en espía del CESID (“¿Y quién me dice a mí que no aceptaste?”, he recibido algunos mensajes al respecto —y ya he enviado los informes sobre sus desconfiados remitentes—). Y terminaba diciendo que el otro de esos dos momentos fue la noche que tuve que hacer de Leonardo Dantés, lo cual lógicamente ha despertado la curiosidad de otros lectores, que procedo a satisfacer.

Fue en una cena del euskaltegi. La primera vez que pisé un euskaltegi, por cierto, hace ya cientos de años, estuvo a punto de ser la última, pues me tocó hacer un antzerki y pasarle el balón a un señor con barbas. A pesar de eso, y de mi timidez enfermiza, aguanté. Aguanté, incluso, a pesar de las prendas, algo que se estilaba mucho en aquellos primeros cursos, y que a mí me aterrorizaba y me daba al mismo tiempo un asco terrible. Me preguntaba si acaso para ser euskaldun era condición sine qua non ser una persona desinhibida y guay. Las prendas consistían en que si, por ejemplo, fallabas con un ergativo, tenías que entrar sin avisar en otra clase, normalmente de un curso superior, y pronunciar una frase marcando con mucha fuerza la k que te habías olvidado. Allí en el euskaltegi no dejaba de ser un mal trago, pero estábamos acostumbrados. Lo malo fue el día que a uno de mis profesores se le ocurrió innovar y propuso que una de dichas prendas debíamos realizarla durante la cena que todas las clases celebrábamos juntas antes de Navidad. Y que esta iba a consistir en levantarse en mitad del comedor de repente, durante los primeros platos, y empezar a cantar y a bailar el baile del pañuelo de Leonardo Dantés y sentarse después, como si no hubiera pasado nada, hasta que pasados unos minutos, otro alumno hiciera lo mismo desde el otro extremo de la mesa (es decir, había dos perdedores que debían cumplir la prenda).

Como no podía ser de otro modo, y puesto que las prendas lo saben, eligen a las personas que más las temen, yo fui uno de los “afortunados”, el más afortunado de los dos, pues me tocó además levantarme el primero. De modo que allí estaba, en aquel comedor, estrujando entre mis manos la servilleta y preguntándome por qué demonios no me subían los tres o cuatro claretes que me había tomado antes de la cena.

Finalmente me decidí,  me puse en pie y comencé a agitar la servilleta al tiempo que cantaba “zapi dantza, uh, uh” (porque además debía hacerlo en euskera). Recuerdo que a mi alrededor se hizo un silencio horrible, solo resquebrajado por las pedorretas que contenían mis compañeros de clase, y que este se prolongó todavía unos segundos eternos una vez que me senté. Supongo que todos pensaron que yo era medio monguer, pero me consolaba pensando que en cuanto mi compañera se levantara desde el otro lado de la mesa y repitiera la jugada todo se entendería. Nunca lo hizo. Se olvidó de su prenda del mismo modo que se olvidaba de los ergativos. Así que después de la cena los alumnos de las otras clases seguían mirándome con un poco de penica y también con cierta precaución. Como si yo fuera un espía del CESID.

Ahora, por suerte, tengo la oportunidad desde esta página de liberarme por fin de esa prenda, la prenda perfecta, que he llevado puesta durante cientos de años: no, no soy un infeliz, ni un fan crazy de Leonardo Dantés. Era solo una prenda,  ¿vale? Por fin puedo aclararlo ¡Qué alivio!

GROENLANDIA

Abr 17, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Los 10 mejores cómics de Mortadelo y Filemón - Espaciolibros.com

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 17/04/21

Uno de los dos momentos más extraños de mi vida fue el día que estuve a punto de convertirme en espía del CESID. Todo empezó con un anuncio del periódico. Sucedió poco después del año 2000, esa fecha en la que —imaginábamos de pequeños— comeríamos ajoarriero en cápsulas e iríamos al trabajo en naves voladoras. Por entonces yo estaba en paro y embarazado y era una excepción —por lo primero, en cuanto a lo segundo técnicamente la que estaba embarazada era mi novia—. Me refiero a que en aquella época prodigiosa todo el mundo pagaba dos hipotecas, se compraba monovolúmenes, salía de pintxos entresemana y vivía, en definitiva, “por encima de sus posibilidades”. Todo el mundo menos yo, que vivía adelantado a los tiempos, era un precursor, un profeta de la crisis, y buscaba trabajo pateándome todas las oficinas de empresas temporales de empleo y otras agencias de esclavos o husmeando en los anuncios de los periódicos.

“Se buscan licenciados en Humanidades para un estudio social”, leí en una de aquellas batidas. Era perfecto para mí. Yo era un bicho raro, una anomalía social, había nacido para tumbarme bajo el microscopio de un sociólogo. Efectivamente, no tardaron en llamarme. Me citaron en un edificio lleno de oficinas en sus bajos y una piscina en la azotea, y salió a recibirme un tío guay, de esos que te aprietan la mano con fuerza y sonríen raro, como si en lugar de una sonrisa tuvieran una cicatriz.

 “Estamos llevando a cabo un macroestudio sobre movimientos sociales”, dijo. Y a continuación añadió que buscaban personas que pudieran recabar información sobre oenegés, radios libres, grupos antimilitaristas, ecologistas, independentistas, proetarras, ahí fue cuando yo, que siempre he sido muy sagaz, comencé a sospechar algo. El tipo creo que se dio cuenta. Y entonces fue cuando sucedió: él deslizó un billete de cincuenta euros por la mesa y dijo “Cógelo”. Yo sentí que el mapa de Groenlandia se dibujaba en mi espalda. “No, no”, rechacé el dinero, mientras veía como al tipo se le saltaban los puntos de la cicatriz en la boca, incapaz de comprender como yo, un embarazado, un anormal social, un muerto de hambre, podía declinar una oferta semejante. No, yo debía coger la pasta, estrechar fuerte su mano y, ahora que también era un guay,  subir con él a la piscina de la azotea a que me explicara los detalles de mi nuevo trabajo y me diera un periódico con agujeros para los ojos. Pero en lugar de eso, me puse en pie y salí de allí como alma que lleva el diablo.

“Ya te llamaremos, cuando te lo pienses mejor”, lo oí todavía decir, al abandonar la siniestra oficina.

Y, de hecho, mi teléfono estuvo sonando durante varios y angustiosos días. Después, supongo que encontraron a otro con menos escrúpulos. Fue, ciertamente, una escena tan chusca que me costaba encontrarle sentido. Con el tiempo fui comprendiendo que entre los procedimientos de la TIA de Mortadelo y Filemón y los del  CESID tampoco había tantas diferencias (la diferencia principal es que personajes como Villarejo no tienen ninguna gracia).

Nunca he dejado de preguntarme quién era realmente aquel tipo, qué habría pasado si yo hubiera aceptado aquel billete, si acaso ahora tendría 53 propiedades a mi nombre —me imagino que no, que yo habría sido un espía desastroso—.

Fue, como digo, uno de los dos momentos más extraños de mi vida. El otro fue la noche que me convertí en Leonardo Dantés. Pero eso ya lo contaré otro día.   

ENTREVISTA A MARÍA CASTEJÓN

Abr 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

“El cine ha sido siempre un maravilloso instrumento de subversión”

En Rebeldes y peligrosas de cine la escritora y especialista en cine y género María Castejón Leorza ofrece una guía sobre las mujeres que en el cine se han alejado de las normas, han dinamitado el mandato de género y han encarnado nuevos referentes. Un ensayo escrito en un tono desenfadado —un ensayo macarra, lo ha llamado ella—.

Patxi Irurzun / GARA (06/04/21)

“Vaqueras, guerreras, vengadoras, femme fatales y madres”, lleva por subtítulo el ensayo, publicado por Lengua de trapo. Todas ellas, y más —piratas, pistoleras, aventureras, cazafantasmas…—  desfilan por las páginas de este libro, una didáctica, amena y exhaustiva guía de películas y actrices que se han alejado de los roles que habitualmente el cine ha deparado a las mujeres, reducidas casi siempre a personajes secundarios o convertidas en comparsas del héroe masculino. Rebeldes y peligrosas de cine se estructura en capítulos dedicados a diferentes géneros (películas del oeste, de acción… o “Amas de casa hartas y madres sobrepasadas”, así se titula el último de ellos), cuenta con prólogo de Jon Sistiaga (“Esa ha sido la parte más fácil”, destaca la autora la disponibilidad del periodista) y por él desfilan películas como Alien, Jhonny Guitar, Instinto básico… en un recorrido que reivindica el séptimo arte como instrumento de denuncia, pero también su poder para construir imaginarios y para hacernos soñar y disfrutar.

Rebeldes y peligrosas de cine - María Castejón Leorza - txalaparta.eus

En la introducción del libro comenta que rebeldes y peligrosas en el cine son aquellas que se alejan de las normas y rompen el mandato de género, pero que eso tiene un precio…

El cine ha sido siempre un vehículo maravilloso de subversión, y de eso va este libro, pero también un eficaz instrumento para un sistema como el patriarcado, que necesita de un orden simbólico para perpetuarse. Si te están constantemente repitiendo o mostrando en las películas que las mujeres son personajes secundarios o que solamente son malas o tías buenas, que solo viven hasta los 25 años, estás naturalizando algo que no es para nada natural. Muchas de las mujeres que se han salido de esa norma efectivamente pagaron un precio, me refiero por ejemplo a las femme fatales de la década de los cuarenta, que eran malvadas, fumaban,  eran mujeres muy sexualizadas, ambiciosas, tenían siempre un hombre al que casi hipnotizaban y convertían en un pelele; mujeres, en fin, a las que había que castigar. Luego, afortunadamente, llegan películas como Instinto básico y le dan un poco la vuelta a todo esto. El libro, de todos modos,  se fija más en la que se resistieron a pagar ese precio o cambiaron la situación.

El libro se estructura con un recorrido por la historia del cine, con capítulos dedicados a diferentes géneros (acción, pelis del oeste, etc.) pero a la vez tiene un tono desenfadado, macarra incluso. ¿Ha intentado con ello huir de lo académico?

La verdad llevaba mucho tiempo intentando escribir de otra manera, quienes venimos de tesis doctorales o hemos escrito artículos para la academia, sabemos que ese es un registro muy exigente, y a mí me estaba ya pesando. Hay un antes y un después bastante claro en mi manera de escribir, que es un texto que escribí para un libro titulado SCI-FEM. Variaciones feministas sobre teleseries de ciencia ficción, que publicó Txalaparta  hace un par de años y en el que escribí un artículo sobre V, aquella serie de nuestra infancia, en el que ya conseguí escribir divirtiéndome, y en el que recuperé el estilo de bloguera que ya usaba hace años en Las princesas también friegan. Lo que quería era que, ya que no tengo tiempo para escribir o que lo saco de mis ratos de ocio, de mis vacaciones, al menos me resultara divertido; y este es un libro con el que, aunque me ha costado,  me lo he pasado muy bien, creo que se nota y que quien lo lea se va a encontrar con un libro que es un ensayo, pero con ese registro mucho más libre, más suelto…

En Rebeldes y peligrosas de cine se citan un montón de películas, sería imposible hablar aquí de todas ellas, pero, por citar, por ejemplo, el primer capítulo ¿cuál es el papel que solían representar las mujeres en las películas del oeste y que ejemplos tenemos de mujeres que escaparon a él?

Cuando oímos el término western, lo que nos viene a la cabeza es Clint Eastwood con el poncho, esa figura del héroe solitario, películas protagonizadas por hombres, en las que el papel de las mujeres se reducía a que se quedaban en casa esperando o cocinando, o eran las que estaban en el bar y eran putas, y ese es el modelo predominante. El capítulo del libro dedicado a este género es quizás un tanto excepcional, porque las pelis protagonizadas por hombres son abrumadoramente mayoritarias, pero buceando un poco se pueden encontrar figuras como la de Anne Oakley, que existió realmente, una tiradora excepcional, que formó parte del espectáculo de Buffalo Bill; o hay dos westerns canónicos y muy clásicos, uno más conocido que el otro, como son —el más conocido—  Jhonny Guitar, una barbaridad de película, protagonizada por la siempre excesiva Joan Crawford, en el papel de Vienna, una película además de gran poderío visual. Para mí era muy importante seleccionar ese tipo de personajes y películas, que proporcionaran poderío y también un punto de divertimento y goce; es el caso de Cuarenta pistolas el otro western que menciono, el menos conocido de los dos, que creo que no se llegó a estrenar en salas pero que fue editado hace unos años en DVD,  y en el que el personaje de Jessica Drummond, interpretado por Barbara Stanwyck capitanea una banda de hombres y a la que vemos, en la escena inicial,  cabalgar al frente de ellos, una gozada; luego ya nos metemos en otro tipo de westerns, como Cat Ballou, interpretado por Jane Fonda, o Raquel Welch en Hannie Caulder, una película muy desconocida, pero que es una de las que inspira películas como Kill Bill de Tarantino ni más ni menos, u otras más actuales como Cuatro mujeres y un destino, o Rápida y mortal, que no vale mucho cinematográficamente pero que tiene ese aliciente de ver a Sharon Stone en el oeste, y terminamos con Meek’s Cutoff, el primer western dirigido por una mujer, Kelly Reichardt; un viaje por el oeste, en fin, bastante ecléctico.

Alien, La isla de las cabezas cortadas, las pelis de Tarantino, la lista es larga, pero hay un título muy elocuente respecto al tema del cine —en este caso el cine de acción— y el género, entre otras cosas por las reacciones que despertó el estreno de la película. Me refiero a la tercera entrega de Cazafantasmas…

Es interesante esa reacción, que también sucedió con Mad Max. Fury Road: cuando las mujeres asumen roles de acción entran en un mundo en el que no es habitual su presencia, y eso hace saltar las alarmas, más en estos dos casos concretos que son remakes de pelis clásicas.  Esas reacciones tan furibundas vienen a decir algo así como: mientras las mujeres interpretéis melodramas, u os quedéis en vuestros grupúsculos viendo pelis de mujeres que sufren, vale, pero la acción no, eso es cosa de hombres. Con Mad Max incluso hubo una llamada patética al boicot; y con Cazafantasmas, cuando pusieron el tráiler en youtube fue el que más comentarios de odio recibió de la historia. Claro, en Cazafantasmas nos encontramos con mujeres de más de cuarenta años, gordas lesbianas, negras… ¿Dónde vamos a parar? Pero es una película que crea referentes, porque las niñas que van al cine a verlas se encuentran con mujeres científicas, que les pasan cosas divertidas, interesantes…

Para acabar, en la solapa de su libro usted menciona que creció en un pueblo sin cine, a pesar de lo cual es evidente que a lo largo de su vida ha visto muchas pelis y series.  ¿Cómo llega usted al cine, como es su relación vital con él?

Yo cuando era más txiki en Lizarra, donde efectivamente no había cine, lo que hacía era leer, leer mucho, siempre me han encantado las historias que te lleven a otros lugares, a vivir otras situaciones. Pero el cine también estaba, de todos modos, muy presente, recuerdo, por ejemplo, que en casa compraron aquel aparato reproductor de video VHS (la primera peli que vimos fue Loca academia de policía), o que mi madre siempre me ha dejado ver películas que quizás otras niñas no veían. Siempre he tenido mucho acceso a la cultura por parte de mi familia, y al final me pudo esa pasión por el cine a la hora de elegir un tema para dedicarme académicamente a él. Y la verdad es que, sí,  veo muchas películas, muchas series, y más en estos momentos tan mierdosos que vivimos, y me sirven para evadirme, tranquilizarme, aparte de que el cine es un gran instrumento de transformación.

CINCO PELÍCULAS

No es la primera vez que María Castejón escribe sobre género y cine, anteriormente publicó títulos como Fotogramas de género o Más fotogramas de género. Colabora, además, en Pikara magazine o en eldiario.es y ha programado ciclos de cine como Heroínas de cine, circunstancia que aprovechamos para pedirle que seleccione cinco películas. Antes, eso sí nos señala, que todas las que se mencionan en el mismo están en un canal dedicado a Rebeldes y peligrosas de cine en Filmin. Esta es la selección de María Castejón: Función de noche, de Josefina Molina, aunque, advierte, “es intensita”; Tres anuncios en las afueras, que trata el tema de la violencia de género; Miss agente especial, con Sandra Bullock, “por recomendar también algo divertido”; No soy un ángel, protagonizada por Mae West, “una pasada por la modernidad que tenían las mujeres en los años 30”; y para acabar Instinto Básico, de Paul Verhoeven o Kill Bill, de Tarantino.

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