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ENTREVISTA A VIRGINIA SENOSIAIN Y JUAN LUIS NAPAL, AUTORES DEL DOCUMENTAL «LACALLE»

Feb 22, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

“Si Joxe Lacalle no retrataba una situación concreta no quedaba reflejada”

Virginia Senosiain y Juan Luis Napal han recogido en “Lacalle” la trayectoria del popular tabernero y fotógrafo de prensa Joxe Lacalle, en un merecido reconocimiento a quien fue el dueño de uno de los primeros bares en colocar la ikurriña en Iruña (lo cual le costó una bomba de la ultraderecha) o dejó testimonio de diferentes luchas con sus fotos para EGIN y Euskadunon Egunkaria.

Patxi Irurzun/GARA

“Lacalle” viene a sumarse a los libros de fotografías “Si te mandan una carta” o “Memorias de Lacalle”, publicados ambos por Txalaparta. Una jubilación bien ganada para este fotógrafo autodidacta, que lo aprendió todo en la calle, cuya figura menuda y nerviosa, era inevitable durante los años 80 y 90 en manifestaciones, enfrentamientos con la policía, desalojos… Joxe siempre en primera línea del frente. Recibió muchos porrazos y le velaron el carrete en numerosas ocasiones. Sus fotos dejaban testimonio de todo lo que otros muchos callaban. Senosiain y Napal, como ya hicieron antes con Josefina Lamberto, hacen un ejercicio de memoria histórica reivindicando con su documental a quien a su vez retrató con sus fotos imprescindibles aquellos conflictivos años.

¿Por qué decidís hacer un documental sobre Lacalle?

Al igual que Josefina Lamberto consideramos que tanto las vivencias, las experiencias, las situaciones y la trayectoria tanto personal como laboral de Joxe Lacalle son de alguna manera una referencia que forma parte de nuestra memoria histórica. La época de Joxe Lacalle fue también parte de la nuestra, y por eso queríamos reflejar todas esas situaciones de una manera cercana, íntima, explícita, arriesgada…Pensamos que toda esa época vivida no queda tan lejana porque muchas de esas situaciones siguen existiendo. Tanto con el documental sobre Josefina Lamberto como en este se refleja de una forma explícita la represión que hoy en día sigue latente. En nuestro caso, Joxe ha sido un referente de lucha, al igual que para otras muchas generaciones. El trabajo de Joxe hizo de alguna manera la labor que hoy hacen las redes sociales. Si Joxe no retrataba una situación concreta no quedaba reflejada.

Al igual que en Florecica en el documental optáis por apartaros y darle voz al protagonista…

Efectivamente cuando realizamos este tipo de documental, personal, cercano… damos voz a la persona. Queremos ser los transmisores de todas esas historias para que no queden en el olvido. Lo importante en estos trabajos son los protagonistas de la historia, sus relatos y sus formas de expresarse y transmitir. Creemos que siendo así hace el documental más cercano al espectador, empatizando así con la persona entrevistada sin ningún tipo de manipulación en ella.

¿Por qué elegís el blanco y negro?

Teníamos muy claro que este documental tenía que ser en blanco y negro porque la mayor parte del trabajo de Joxe también ha sido así. Aunque también ha hecho fotografías en color, predomina el blanco y negro. Es un guiño a la época vivida y al trabajo de Joxe.

En la trayectoria de Joxe hay como dos momentos muy marcados, su etapa como tabernero y su etapa de fotógrafo, ¿qué se puede destacar de cada una de ellas?

Lacalle es un recorrido por la vida de Joxe. Desde su nacimiento en Etxauri, su niñez, sus recuerdos en el pueblo que le vio crecer, los recuerdos de sus aitas, su juventud en Iruña, su madurez… Y los recuerdos como propietario del bar Lacalle junto con su compañera Marisa, el nacimiento de sus hijos…El día que le pusieron la bomba en el bar, el trabajo y apoyo posterior de todo un barrio volcado en Joxe y su familia… Las entrevistas al protagonista están realizadas en tres lugares muy especiales para él. En Etxauri donde nació y vivió su niñez; en Aitzina Taberna, lo que fue su bar Lacalle de la calle Jarauta de Iruña; y en el Paseo Sarasate, donde tantas fotos ha realizado. En el Aitzina nos cuenta los primeros conciertos que se realizaron, el momento de colocar junto con el bar Monterrojo las primeras ikurriñas dentro de los bares, los ataques sufridos por los “Guerrilleros de Cristo Rey”, el momento de la bomba colocada en los baños del bar Lacalle, la solidaridad de un barrio entero, el primer brindis por los presos políticos vascos, la primera noche vieja con disfraces… En la entrevista del Paseo Sarasate nos cuenta su trayectoria como fotógrafo tanto en EGIN o en Euskadi información como en Euskaldunon Egunkaria. Nos cuenta diferentes momentos claves, de represión, de palizas, de rotura de cámaras, de carretes secuestrados, de insumisión, de kale borroka, de reivindicación… Lacalle es una gran parte de nuestra memoria, debemos homenajear, volcarnos y dedicar tiempo a personas que como Joxe lucharon y luchan incansablemente por una sociedad, un pueblo y un futuro más digno, más fuerte y más solidario.

¿Andáis metidos en nuevos proyectos, se pueden contar?

Actualmente nos encontramos inmersos en varios proyectos. Continuamos con trabajos de memoria histórica, realizando entrevistas por diferentes localidades de Euskal Herria, integrando en esta ocasión también escenas de ficción. Por otro lado también estamos trabajando en diferentes documentales. Uno sobre un conocido y gamberro músico de Iruña y otro sobre un reconocido, controvertido, polémico, disidente, y arriesgado artista también de Iruña. Otro documental sobre fotógrafos de Euskal Herria y Catalunya. Y además de estos proyectos documentales estamos inmersos en un ambicioso proyecto de largometraje de ficción: “La sima”. Nos encontramos ya, con la ayuda de Jose Mari Esparza, perfilando el guion escrito por nuestro compañero guionista y director Xavi Berraondo.

EL FOTÓGRAFO DE EGIN

Estaba en todos las salsas. La insumisión, Itoiz, el Euskal Jai, las manifestaciones por los presos, las redadas policiales… Entre la bruma de los botes de humo y el sonido hueco de los pelotazos aparecía él, pequeñico, coletudo y echado para delante. El fotógrafo de EGIN. Nadie diría que siendo un chaval, cuando comenzó a ponerse tras la barra tartamudeaba, por pura timidez, cuando le tocaba coger el teléfono del bar. El bar Lacalle de la calle Jarauta, que olía a gasolina y pachulí. Si sus paredes hablaran… En él se apiñaron durante los años ochenta cientos de jóvenes alegres y combativos, mientras por los altavoces sonaban Motorhead y Baldin Bada. Antes, Joxe Lacalle, fue uno de los primeros taberneros de Iruña en colocar la ikurriña en su local. Le costó varias palizas y una bomba de la ultraderecha, que nunca nadie ha esclarecido. En el Lacalle se gestó también la costumbre de disfrazarse durante las nocheviejas de Iruña, o los brindis sanfermineros por los presos. Más tarde, comenzó su etapa como fotógrafo. Aprendió por correspondencia y haciendo honor a su apellido, es decir, curtiéndose en la calle. Era otra época. “Había que revelar las fotos a toda hostia y mandarlas a Donosti en el autobús de la Roncalesa”, recuerda Joxe, quien no sabe ni cuántas fotos guardará en sus archivos. “Miles. Por suerte yo he sido siempre bastante ordenado. Ahora he aprendido a escanear y las estoy recuperando, poco a poco”. Los libros y el documental dan fe de ellos. Pero esto no ha hecho más que empezar. A Joxe aún le queda carrete para rato.

ENTREVISTA A MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ SOBRE «MORIREMOS NOSOTROS TAMBIÉN»

Feb 15, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo”

Imagen de cubierta: MORIREMOS NOSOTROS TAMBIÉN

Moriremos nosotros también, el último libro de Miguel Sánchez-Ostiz, publicado por Pamiela, comenzó siendo la tercera parte de El escarmiento y El Botín, para acabar reivindicando su propio carácter y hermanarse con otros artefactos del autor de Las pirañas, como Perorata del insensato. Una obraescrita a contrapelo, porque, como dice el escritor iruindarra, no queda otra.

Patxi Irurzun. GARA 15/02/21

Ni planteamiento ni nudo ni desenlace. Un desbarre. Ya lo advierte el propio Sánchez-Ostiz en la primera página de su último libro (que se sepa, lo mismo cuando sale esta entrevista ya ha aparecido otro, pues Sánchez-Ostiz siente que el tiempo se le ha echado encima y escribe, felizmente para sus lectores, con urgencia). En Moriremos nosotros también se mezclan la autoficción, el disparate, el retablo de guiñoles, el soliloqueo (ese feliz palabro inventado por el autor), la memoria personal y la histórica, la picota, empezando por uno mismo, el humor, que a unos divertirá y a otros irritará (con esa intención, además, está escrito), un calderete literario, en fin, con mucha sustancia en el que borbotean temas como el paso implacable del tiempo o el ascenso de la ultraderecha, todo ello en una ciudad imaginaria y portátil poblada por matones con pedigrí, cayetanos, txapelgorris o algunos viejos conocidos de los lectores sanchez-ostiznianos, como Basurde, Potzolo, Gezurtegi…

Moriremos nosotros lleva por subtítulo Desbarre y fuga. ¿Qué es este artefacto narrativo?

Un relato sin género preciso, y poco convencional en su forma, en el que se mezcla la ensoñación delirante de intención burlesca, la memoria de lo vivido, la crónica y el testimonio del presente, y el disparate furioso, no niego esto último. El lector debe aceptar el pacto que le proponen esos dos narradores, el amigo Lanbroa (Niebla) y Matías que le espolea y comparte sus recuerdos. ¿Hablan a tontas y a locas? Es posible.

Ha comentado que la novela originalmente surgió como una tercer parte de El Escarmiento y El botín, pero parece que después cogió un vuelo que la acerca más a otras obras suyas como la Perorata del insensato, al guiñol, el soliloqueo…

Así es, las primeras páginas, que no se corresponden con la versión actual, proceden de esos dos títulos que citas y de La sombra del Escarmiento, luego se fue transformando en otra cosa, fruto de una urgencia que tiene que ver con la edad que se me ha echado encima, así lo siento al menos, y el verdadero argumento de la obra, aquel de Gil de Biedma: envejecer, morir. Una perentoria necesidad de contarse y ponerse más o menos en claro, al límite de lo prudente, con una forma en la que me siento cómodo, el soliloqueo, esto es, el loquear en solitario… me gusta mucho, mucho más que un relato y una prosa convencionales con planteamiento, nudo y desenlace, como quiere otro personaje aludido en el libro: el editor Murillo el Cuende. Creo que lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo desde hace unos años y que con la pandemia ha ido a más.

—En todo caso sí que en Moriremos nosotros también se plantea hasta que punto y de qué manera nos afecta la sombra del escarmiento, la ultraderecha, los golpistas y sus herederos

Ese es el sentido testimonial que apuntaba antes, una respuesta a lo que considero una peligrosa agresión: esa gente te haría de verdad daño si tuviera la oportunidad.

El libro ¿va a divertir a muchos pero a otros no tanto? (de hecho, ha comentado que precisamente, entre otros motivos, lo has escrito por eso)

Pues sí, cuento con bonitos antecedentes, alguno de los cuales están relatados aquí a modo de ajuste de cuentas, pero como ya voy escarmentado, no voy a cometer el error de hacer otra vez de Don Tancredo.

En todo caso, y esto también es algo que suele señalar, para criticar o reírse de los demás lo justo es empezar por uno mismo y en Moriremos nosotros también hay un capítulo con una feroz autocrítica.

En efecto, eso me decía mi añorado Carlos Castilla del Pino: de armar una picota para tirar pellas, subirse uno mismo a ella, lo demás es una estafa. Y en Moriremos hay un capítulo que es una reflexión sobre quién fui, qué pude hacer cuando era más joven y no hice o hice mal, al margen de autoburlas aquí y allá.

El libro, en ese sentido, tiene un fuerte componente autobiográfico, con autorreferencias a algunas de sus obras, alusiones a un tal Sánchez, etc. ¿Hay, como dice en él una purga del corazón? Y, aunque sea una etiqueta, como todas muy manida, ¿tiene que ver con eso que se ha dado en llamar autoficción?

Autoficción (mucha, mucha…), metateoría, intertextualidad y posmodernidad hubo en Cornejas de Bucarest, pero como me burlaba a modo de la cátedra que sobre esos asuntos pontifica, nada dijeron, aquí de todo eso hay poco, la verdad, las autorreferencias son burlescas, prima más lo de verdad vivido, algo que, en efecto, a algunos les gustará poco porque tal vez lo habrán vivido y recordarán o inventarán de otra manera. ¿Purga del corazón? No sé yo si eso no es un saco de humo exhibido un tanto a tontas y a locas para ponerse en escena. Porque, ¿de verdad te liberas de tus fantasmas y ruidos escribiendo? Lo dudo, un alivio, puede, una liberación, apenas.

¿Nos puede contar algo sobre ese escenario en el que ubica la narración, Torresmotzas del Baruglio?

Es un homenaje evidente a Torrente Ballester con su Castroforte del Baralla, una ciudad voladora, que en mi caso me fue sugerida también por el cuadro de Goya Asmodea, en el que se ven a unos personajes que huyen por el aire de una ciudad amurallada. Obviamente no muchas ciudades pueden tener una taberna atendidas por simpáticas Catrinas que se llame La Huerta de Larequi, una plaza porticada donde pueden agredirte matones de alcurnia, un barrio que se llame Beritxitos, unos antros manejados por un gánster llamado Martín Puter King, unos txapelgorris que en las callejas más oscuras gritaban «¡Traición!» y etcétera… En todo caso, como sucede con la taberna citada, la ciudad en su calidad de imaginaria es portátil: la pongo donde me conviene y trazo sus calles y barrios donde y como mejor me parece. De hecho, en Torresmotzas hay calles y locales madrileños. Por lo que se refiere a algunos de sus habitantes lo mismo son muy de Torremotzas que genuinos Cayetanos del Madrid más repulsivo que hace de la rojigualda patriótica un negocio de primera, como siempre.

—“Escribe mientras puedas y si es a contrapelo mejor. No hay otra”, escribe hacia el final del libro. ¿Esa es la divisa que pueda definir su literatura?

¿Queda bien, eh? Altivo, épico… Luego la realidad es que, como todo el mundo, haces lo que puedes y todo lo posible por flotar en esta ciénaga o por irte en busca de mejores vientos, eso a gustos.

TRACCIÓN

Feb 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 06/02/21

El otro día llevé el coche al taller. No me gustan los talleres. Ya no hay en ellos calendarios con tías buenas en bolas, pero me sigue pareciendo un mundo demasiado masculino, en el que me siento fuera de lugar, un marciano.

—¿Tracción a dos o a las cuatro ruedas? —me preguntó, por ejemplo, el tipo que me atendió.

Para mí que lo hacen para joder; o para medirte. ¡Yo que sabía! No sé nada sobre coches. Los distingo por colores. Hay coches blancos, rojos, grises, y luego están los amarillos, que suelen ser los más peligrosos, los que casi siempre conducen acomplejados, psicópatas o funcionarios de correos con sacos llenos de cartas certificadas con malas noticias.

Así que me da mucha pereza llevar el coche a las revisiones, o a cambiar el aceite —que era de lo que se trataba esta vez—  y a veces espero a que sea el propio coche el que me lo pida. El coche que tengo ahora, que todavía es bastante joven —el anterior me duró 22 años— es un coche discreto, antracita, que no quiere importunar, y por eso me avisó dejándome un mensaje en el cuentakilómetros: 55.555. Cinco cincos. Eso supongo que algo querría decir. No soy nada supersticioso, excepto con los coches, por pura ignorancia. Una vez, por ejemplo, me dieron un golpe por detrás y recuerdo que llevaba puesta “1979”, la canción de los Smashing Pumpkins. Nunca más he vuelto a oír a ese grupo en el coche. Como si su música fuera un canto de sirenas que atrae los parachoques de los otros coches.

—Estará en una hora o así, caballero —me dijo el tipo del taller (y el “caballero” sonó un poco raro en su boca, del mismo modo que antes movían un palillo en la boca mientras te hablaban).

Así que me di un paseo por los alrededores. Primero subí hasta un pequeño cementerio que había cerca del polígono. Tampoco es que me gusten mucho los cementerios, pero como al menos en ellos no tienes que hablar con nadie, entré. Y apenas lo hube hecho, sonó el teléfono.

—Soy el del taller. Hemos mirado y también debería cambiar las pastillas del freno. Y las ruedas, caballero, si no quiere tener un disgusto —dijo.

Yo primero pensé si le diría lo mismo a alguien que sabe qué tipo de tracción tiene su coche, pero después, como estaba en un cementerio, no me atreví  a contestarle que no, y me palpé la cartera como quien se palpa una herida mortal.

—Pues nada, en media horica lo tiene —se despidió.

Comencé a bajar hacia el taller. Pasé por la parte trasera de un centro comercial. En los muelles de descarga vi a trabajadores almorzando, o sacando contenedores de basura, a dependientes fumando serios, con rostros cansados de sonreír a los clientes y aguantar sus impertinencias. Rostros resignados, tristes y agradecidos de al menos tener un trabajo. Pensé en otras épocas, cuando las revoluciones se fraguaban en esas puertas traseras. El capitalismo había hecho la jugada perfecta. Ahora, al salir del trabajo, esos trabajadores daban la vuelta a la manzana y entraban a comprar o a cenar al centro comercial y se encontraban con otros trabajadores como ellos que les llamaban caballero.

Llegué hasta el taller. Vi que ya habían sacado el coche fuera.

—Ya lo tiene —dijo el tipo.

Pagué. Mientras lo hacía otro tipo me trajo el coche hasta la mismísima puerta, como si yo fuese un marqués y no pudiera andar los cincuenta metros que me separaban del lugar donde estaba  aparcado.

—Hasta pronto, caballero —se despidió.

Arranqué. Puse la radio. Sonaba una canción de los Smashing Pumpkins.

Club de lectura de invierno

Feb 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

JOHNNY COGIÓ SU FUSIL,
de DALTON TRUMBO,
y otras novelas antimilitaristas

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Publicado en magazine On (diarios de grupo Noticias) 06/02/21

Supongo que todos los lectores tenemos nuestros hábitos, vicios y manías. En mi caso no puedo resistirme a la mala costumbre de leer primero la última frase de una novela. No llego, eso sí, al extremo de desecharlas por eso, entre otras cosas porque lo que convierte en bueno o malo un final es todo lo que lo precede; y porque, incluso, si todo lo que lo precede ha merecido la pena un final que no es redondo tiene una disculpa. Por el contrario, a los inicios de los libros, al menos a aquellos que leo por placer, les doy un margen de cinco o diez páginas antes de, si no me convencen,  imaginarme que soy Francisco Umbral y los arrojo a la piscina de mi dacha —como no lo soy ni tengo dacha ni jardín ni siquiera balcón, me conformo con devolverlos a la biblioteca pública—.

Literatura y panfletos

Cuento todo esto porque si pienso en el libro con el que finalizamos esta entrega invernal del club de lectura, Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo vienen a mi cabeza dos cosas: la primera es el video de la canción One de Metallica, en el que se intercalan imágenes de la película que el propio Trumbo dirigió para adaptar su novela y en el que vemos al protagonista de la misma  aparentemente practicando headbanding, es decir sacudiendo su cabeza al ritmo de los acordes trash-metal de la canción, aunque lo que realmente está es intentando comunicarse en morse con la enfermera que cuida de él y suplicándole que lo eutanasie, pues ese protagonista es un soldado de la Primera Guerra Mundial al que un obús ha arrancado las extremidades y lo ha dejado ciego, sordo y mudo.

Y la segunda, la segunda cosa que me viene a la cabeza —y es ahí a donde quería llegar— es el magnífico final de la novela, probablemente uno de los que más me ha impresionado a lo largo de mi vida lectora: dos o tres páginas que deberían hacer aprender de memoria en las escuelas de todos los colegios del mundo y muy especialmente en las de los Estados Unidos o que habría que esculpir en la fachada de la sede central de la ONU o, mejor, en la de FMI, y en los muros de todos los cuarteles, antes de derribarlos… Sí, suena un poco panfletario, pero es que ese final del libro lo es.

A menudo se utiliza ese término, panfletario, para denostar algunos libros o a algunos autores, pero Dalton Trumbo viene a demostrarnos con el impresionante remate de Johnny cogió su fusil que el panfleto también puede elevarse a la categoría de arte, convertirse en literatura de alto voltaje, como vemos a continuación (advertencia, la puntuación de la cita, o la no-puntuación, es la que aparece en el libro): “Recordadlo nosotros nosotros nosotros somos el mundo nosotros somos quienes lo ponemos en marcha hacemos el pan y la ropa y las armas somos nosotros el eje de la rueda y los rayos y la rueda misma…”.

Un grito descarnado

Johnny cogió su fusil es junto con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, la novela antimilitarista por antonomasia. En ella, como hemos anticipado, se narra el agónico monólogo de un soldado aprisionado en su propio cuerpo, en lo que queda de él, atormentado por sus recuerdos, las falsas promesas —los himnos, las banderas, la patria, las bandas de música que acompañaban a los soldados desde el centro de reclutamiento a las trincheras, es decir a la tumba o, como es el caso, al manicomio o al hospital—y por la imposibilidad de comunicarse con el exterior, hasta que descubre que cabeceando sobre la almohada puede enviar a su enfermera mensajes en código morse. El libro, por ello, está escrito con frases cortas, prácticamente sin comas, hasta desembocar en ese final en el que la ortografía se desvanece y deja limpio, desnudo el mensaje, ese grito antibelicista y descarnado, nunca mejor dicho. Toda la novela es en definitiva la respuesta a una canción popular estadounidense de carácter patriótico, que anima con ardor guerrero a los jóvenes a alistarse, y cuya primera estrofa dice: “Johnny, ¡coge tu fusil!”. 

Pues bien, Johnny cogió su fusil y en eso es en lo que se convirtió: en un tronco humano, con el cerebro intacto pero igualmente herido y desquiciado, abandonado a su suerte en un sucio hospital militar.

La caza de brujas

Johnny cogió su fusil se publicó en 1939, a solo dos días de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, cuando, como señala Dalton Trumbo en un prólogo fechado en 1959, el pacifismo era un anatema para la izquierda y un enemigo a batir para la derecha. De hecho, la novela fue considerada inadecuada y, si bien no llegó a censurarse o prohibirse, sí recibió todo tipo de zancadillas, como elevar su precio hasta los seis dólares, un dineral para la época. Comenzaba de ese modo el autor a entrever lo que le aguardaba a él y a su trabajo como guionista de cine en los años siguientes, cuando se convirtió en uno de los “Diez de Hollywood”, la primera de las listas negras elaborada por el senador ultraconservador y anticomunista Joseph McCarthy.

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Dalton Trumbo

Trumbo fue encarcelado durante un año y después se exilió a México, desde donde escribió películas como Vacaciones en Roma, que recibió un Oscar al mejor guión pero que él no pudo firmar ni recoger. Sería Kirk Douglas el primero que se atreviera a rehabilitarlo, volviendo a incluir su nombre en los créditos de Espartaco, ya en 1960. Posteriormente Trumbo escribiría los guiones de otras famosas películas como Éxodo o Papillon (inspirada en otro libro que también merecería un club de lectura) o Johnny cogió su fusil, que el propio Trumbo dirigió, después de que finalmente desecharan la idea otros cineastas que habían mostrado interés en ella como el mismísimo Luis Buñuel.

Hay, por lo demás, también una película titulada Trumbo. La lista negra de Hollywood que cuenta la caza de brujas que padeció el escritor, interpretado en el film por Bryan Cranston, el actor protagonista de la serie Breaking bad.

Más literatura antimilitarista

Hemos mencionado más arriba la otra gran novela antimilitarista: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Como Johnny cogió su fusil, la novela transcurre durante la Primera Guerra Mundial, aunque en este caso el protagonista es un joven soldado alemán. En ella se describe de una manera naturalista la vida en las trincheras, la asfixia de los gases, el fragor de las bayonetas, el silbido de los obuses y las explosiones (lo cual nos recuerda también las asfixiantes primera páginas de otra novela, Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre)… Todo el horror de la guerra, en definitiva, abierto en canal, expuesto de una manera tan terrible como magistral.

Sin novedad en el frente también fue llevada al cine, en este caso por Lewis Milestone, que obtuvo con ella dos Oscar: mejor película y mejor director. Y si Johnny cogió su fusil inspiró a Metallica One, Elton John escribió All quiet on the western front basándose en el libro de Eric Marie Remarque.

Hay más obras literarias de carácter antimilitarista, como los Cuadernos de guerra de Louis Barthas o la demoledora La casa intacta de Willen Frederik Hermans, y no todas ellas usan el realismo, incluso el tremendismo, como alegato contra la barbarie. Es el caso de Las aventura del valeroso soldado Schwejk, de Jaroslav Hasek, quien se decanta por la sátira y el humor para denunciar lo absurdo de las guerras y la impunidad y la falta de escrúpulos de quienes las hacen posibles. Aunque si realmente queremos convencernos del despropósito del militarismo ni siquiera hace falta que recurramos a la literatura, sino a las matemáticas: basta con calcular cuántas camas UCI se podrían habilitar con los cien millones de euros que cuesta un avión Eurofighter, es decir un caza de guerra, de los que España planea comprar veinte unidades, que se suman a los setenta y tres con los que ya cuenta y sin los cuales yo no sé qué haríamos, la verdad.

Club de lectura de invierno

Ene 31, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

SID Y NANCY, de GERALD COLE

Sid y Nancy (Contraseñas): Amazon.es: Cole, Gerald, Antonio Mauri: Libros

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 30/01/21

Lo contaba Radio Macuto: “Sid Vicious se ha cargado a unos cuantos ricachones y a algunos generales y también a su novia Nancy Spungen, durante una actuación, les ha pegado unos cuantos tiros”. Y entre algunos de los que en aquellos años se iniciaban en el punk deslumbrados por la rabia y la mugre el rumor adquiría categoría de verdad verdadera, daba igual que en realidad todo aquello hubiera sucedido solo de manera ficticia en la grabación de un videoclip: el de la versión del My way de Sinatra, que, por cierto, era a su vez una versión de una canción francesa titulada Comme d`habittude de Claude François (y hay también versiones de la versión de la versión, al menos en lo que se refiere a la afinación punk-rockera, como el Entre borrachos de MCD).

Pero volvamos al videcoplip del bajista de los Sex Pistols y, en concreto, a lo referido a Nancy Spungen, porque, en realidad Simon John Ritchie — ese era el verdadero nombre de Sid Vicious— ni siquiera disparaba en el mismo a su novia, sino que es una licencia que el director de cine Alex Cox hace durante la recreación de la grabación del susodicho videcoplip para su película Sid y Nancy, eso sí, dándole un carácter premonitorio, pues en la vida real Nancy aparecería muerta, acuchillada, en la habitación 100 del Hotel Chelsea de Nueva York y Sid sería acusado del asesinato.

Extranjeros en el mundo

La película de Alex Cox, con Gary Oldman en el papel de Vicious, está basada en la novela con el mismo título de Gerald Cole que hoy comentamos. En ella el escritor inglés narra la relación obsesiva y autodestructiva entre los dos jóvenes punks y heroinómanos y esa última e incierta noche de un asesinato que nunca se llegó a resolver y que dejó en el aire varias hipótesis, entre otros motivos porque Sid moriría como consecuencia de una sobredosis unos días después, poco antes del juicio (entre una cosa y otra, el asesinato de Nancy y el último chute de Sid, a este todavía le dio tiempo a quebrantar su libertad condicional rompiéndole en un club un vaso en la cara al hermano de Patti Smith).

A través de las páginas de la novela (nosotros hemos manejado el único ejemplar en toda la red de bibliotecas de Navarra,  con sus páginas amarilleadas y sucias de manchas sospechosas, como haciendo justicia a una historia salpicada de sangre, soledad y cochambre; la edición, por otra parte es de la editorial Anagrama en su colección Contraseñas, con la que muchos nos adentramos en la contracultura literaria), a través de las páginas de la novela, decíamos, vemos a la joven estadounidense Nancy Spungen irrumpir como un torbellino en la vida de Sid, a quien  descubre el caballo y el sexo —siempre según la novela, puesto que lo cierto es que para entonces Sid Vicious ya estaba en los nada inocentes Sex Pistols—, asistimos al auge y caída de la mayor banda punk de todos los tiempos, los acompañamos en la caótica gira por Estados Unidos que conduciría a su final como grupo y desembocamos en esos últimos y fatales días de esa relación de amor fou y terminal entre dos jóvenes que se sentían extranjeros en el mundo y que encontraron cada uno en el otro la única horma posible para su zapato, aunque lo que les gustara a ambos fuera descalzarse y lamerse uno a otro los pies.

Los jóvenes rabiosos e inocentes

Todo ello narrado a un trepidante ritmo que ilustra perfectamente aquellos años fundacionales del punk, rabiosos, violentos e inocentes en los que muchos jóvenes, como el propio Sid Vicious, bajaron desde los pisos de protección social a crucificarse con jeringuillas y mortajas de cuero dentro de los televisores de todos los hogares ingleses o disparando con sus guitarras eléctricas como si fueran metralletas frente al palacio de Buckingham.

La novela de Cole no es el único libro por el que vemos desfilar a personajes como Sid y Nancy, Malcolm McLaren o Johnny Rotten. En Ropa música chicos, las memorias de Viv Albertine, la guitarrista del grupo The Slits recrea, entre otras cosas, los años previos al estallido punk, en los que Sid Vicious y Johnny Rotten, el cantante de los Sex Pistols, son todavía apenas dos adolescentes, dos buenos chicos algo gamberros que andan vagabundeando por las casas ocupadas, los conciertos de rock en pequeños clubs y las tiendas de ropa. Como curiosidad, cabe señalar que también aparece en este libro la baterista de The Slits, Palmolive, cuyo nombre real es Paloma Romero, una malagueña, compañera sentimental durante algunos años de otro de los grandes iconos del punk, Joe Strummer, de The Clash. A Palmolive, tras unos años de silencio, la volveríamos a ver en un programa de “Españoles por el mundo”, convertida en entregada y devota fiel de una iglesia evangélica de Boston. Los caminos del señor son inescrutables, y de hecho recientemente también hemos escuchado a John Lydon, antes el anarquista Johnny Rotten, asegurar que si él pudiera votar en Estados Unidos elegiría la papeleta de Donald Trump.

My New York: Sid & Nancy

¿Quién mató a Nancy?

Alan G. Parker, por su parte, es uno de quienes de manera más ferviente han defendido la inocencia de Sid en biografías como Sid Vicious: No One is Innocent o el documental ¿Quién mató a Nancy?, en donde nos hace saber, a través de testimonios de varios testigos,  que la noche fatídica del crimen desfilaron por la habitación 100 del Hotel Chelsea varias personas y que muchas de ellas aseguran que, con Nancy todavía viva y coleante, Sid estaba completamente fuera de juego tumbado en un colchón por una ingesta abusiva de pastillas.

(Por cierto, hacemos ahora aquí un paréntesis para recordar que al Hotel Chelsea ya nos referimos en alguna entrega anterior de este club de lectura: en él durmió la borrachera en alguna ocasión Bukowski y en una de sus habitaciones murió el poeta Dylan Thomas, tras ingerir dieciocho lingotazos de whiski; allí fue también donde tuvo lugar la famosa felación, convertida luego en canción, de Janis Joplin a Leonard Cohen, y en él, en fin, vivieron o se alojaron alguna vez Mark Twain, Simone de Beauvoir, Jack Kerouac, Bob Dylan, Jimi Hendrix, Bob Marley…)

Cerramos paréntesis y continuamos: la inocencia de Sid Vicious es solo una de las hipótesis sobre la muerte de Nancy Spungen. Otras hablan de un pacto de suicidio entre ambos, que él no llegó a cumplir, o cumplió con retardo, y también hay las que  directamente le atribuyen a Vicious, quien era bastante dado a arrebatos violentos, el sangriento crimen.

Sobre Nancy Spungen también se ha escrito alguna que otra novela, como La reina del punk, de Susana Hernández, en la que se da voz a quien a fin de cuentas fue la víctima y que en todos los testimonios a favor de Sid es retratada de un modo muy negativo y culpabilizador. En la novela de Hernández, por el contrario se siguen los erráticos pasos de la joven, que a pesar del comportamiento rozando la oligofrenia que parecía caracterizar tanto a ella como a Sid, tenía un alto coeficiente intelectual, y se señala también que padecía una enfermedad mental, esquizofrenia paranoide, que su madre solo reveló tras su muerte, cuando ella, Sid o los Sex Pistols habían dejado de ser seres de carne y hueso para convertirse en leyendas y en personajes de la rumorología y de la cultura populares.

Esto es así hasta tal punto que en un episodio de la temporada diecinueve de los Simpson, Amor al estilo springfieldiano, hay un subcapítulo titulado, una vez más, Sid y Nancy y en el que Lisa Simpson es Nancy Spungen, Bart Simpson Johnny Rotten y Nelson Sid Vicious, y en el que los dos enamorados punks se convierten en adictos al chocolate (al de comer, queremos decir), lo cual nos sirve por otra parte para acabar de un modo más dulce toda esta truculenta y triste historia.   

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