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AGOSTAZOS

Jul 25, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Ligres y tigones

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias). 23/07/22

Iba a comenzar este artículo diciendo que el agostazo de este año (ya saben, los agostazos, esas decisiones políticas que se toman cuando todo el personal está anestesiado por el tinto de verano) se vaticina de campeonato, pero me doy cuenta de que en realidad el cambio climático y la era de la sobreinformación han propiciado que tengamos agostazos en junio, octubre, abril, de tal modo que nuestras tragaderas sean ya enormes bocas de alcantarilla por las que entra cualquier cosa.

Durante estas últimas semanas, sin ir más lejos, hemos oído al ministro de la guerra decir que doblar el gasto militar es una inversión social; a un banquero que en esta crisis vamos a empobrecernos todos, incluidos ellos (¡pobrecicos!, ¡apadrina un banquero!); a la Comisión Europea calificar la energía nuclear como energía verde; o al presidente del país afirmar que los infames sucesos en la frontera de Melilla en los que murieron decenas de personas estuvieron “bien resueltos” por los cuerpos de seguridad.

Todo nos lo tragamos y lo digerimos, al tiempo, además, que los surtidores de las gasolineras despachan oro líquido o las sandías se han convertido en  artículos de lujo. Cuando a uno lo atracan todos los días se acostumbra, ya ni reacciona, levanta las manos en un acto reflejo y deja que le vacíen la cartera mientras habla del tiempo o del fútbol con su asaltante.

Hace algunos años existía un recurso periodístico estival llamado serpiente de verano: avistamientos de ligres, reses cimarronas fugadas de algún festejo taurino, posados en bikini de folklóricas recauchutadas… Noticias chuscas o insustanciales que se estiraban durante días e incluso semanas para llenar páginas de periódicos en época de sequía informativa y que a menudo servían también como cortinas de humo entre las que deslizar subidas del pan. Hoy no hace falta porque ese tipo de reptiles culebrean a sus anchas por las redes sociales y se engordan a menudo con una credulidad pavorosa.

En un vistazo rápido a Twiter me encuentro, por ejemplo, con alguien que afirma con rotundidad científica que a partir de los cuarenta años los testículos se descuelgan a un ritmo de un centímetro por año (y aunque hay quien razona diciendo que de ser así los jubilados irían dejando surco en las playas, muchos otros dan por bueno el dato). Es, claro, una enormidad, seleccionada para abrir paréntesis y echarnos unas risas, pero, del mismo modo, durante los incendios que asolaron Navarra a finales de junio pudimos encontrarnos con tuits que aseguraban que en el parque Senda Viva habían muerto abrasados todos los animales y con otros bulos que corrieron como el fuego en la rastrojera. Me pregunto quién inventa ese tipo de mentiras. Y por qué lo hace. Claro que tampoco es de extrañar si tenemos en cuenta que hay periodistas profesionales que se dedican a poner todo al rojo vivo difundiendo igualmente noticias falsas. Cloacas informativas, campañas de difamación y acoso, fábricas de mentiras democráticas… Nada nuevo que no supiéramos o no hubiéramos visto antes, aunque algunos parezcan ahora haberse caído de un guindo. Lo de Ferreras (que informó en su programa sobre una cuenta bancaria de Pablo Iglesias, sabiendo que esta no existía, tal y como han desvelado los audios del siniestro comisario Villarejo) es grave, pero es también otro agostazo, otro culebrón estival que, fuera de la burbuja de las redes sociales y mientras quede tinto de verano en la nevera, me temo que a muy poca gente le importa y que no tendrá mayor recorrido. Como mucho, diría yo, hasta agosto.

Entrevista a Josu Korkostegi (PARABELLUM)

Jul 19, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

“Siempre hemos hecho lo que nos ha pedido el cuerpo, la piel y el corazón”

Publicado en GARA/NAIZ (18/07/22) / Patxi Irurzun

El histórico grupo de Barakaldo vuelve tras casi veinticinco años sin grabar disco de estudio con un trabajo, El grito del hambre, de canciones contagiosas que, dicen, se debían a sí mismos, a su público y a su recordado guitarrista, Juan Carlos Lera.

Nunca se fueron y prometen que volverán, que no dejarán pasar otro cuarto de siglo para publicar nuevo trabajo. Entretanto afilan ya los instrumentos para la gira de presentación de El grito del hambre, que salió a la venta el 17 de junio y del que ya habían adelantado dos atinados disparos, Arráncame el bozal y Demonios en el jardín, acompañados de sus correspondientes e impactantes vídeos. Dos trallazos que nos traen a la memoria himnos como La locura o La vela se apaga. Parabellum mantiene su rock desgarrado, de melodías y coros pegadizos, y en las letras su imaginario de canciones de amor y rabia contadas desde abajo. Publicado por el sello navarro El Dromedario y producido por Iñaki Uoho (a quien se suma en la nueva formación otro exExtremoduro, Iñaki Setién), El grito del hambre se escucharán en breve en una gira que devuelve a los escenarios a uno de los clásicos del rock vasco. Hablamos con Josu Korkostegi, batería y voz de la banda y fundador de la misma.


En la nota de prensa de “El grito del hambre” se dice que tras la siembra viene la cosecha. ¿Cómo ha sido el proceso de gestación de este disco, tras casi un cuarto de siglo sin publicar disco de estudio?

Ha sido bastante complicado, llevábamos muchísimo tiempo sin grabar algo nuevo, y eso no es normal. Pero hemos tenido bastantes obstáculos de todo tipo, de salud, sobre todo. En realidad, hacía muchísimo que teníamos las ideas, las ganas… pero siempre sucedía algo. Llegó el problema de corazón de Juan Carlos Lera y lo que hicimos fue amoldar el trabajo y el grupo a su salud. No queríamos seguir sin él. Lógicamente no podíamos dar todos los conciertos que nos habría gustado, no siempre se daban las condiciones, y es normal que la gente pensara que nos habíamos separado. Pero nada de eso. Así estuvimos, hasta que llegó el fatídico día, la hermana de Juan Carlos me llamó y me avisó de su muerte. Tardamos mucho en reaccionar, fue muy duro, no nos atrevíamos ni a ir al local, el primer día que volvimos y vimos su hueco ni siquiera pudimos acabar de ensayar. Hasta que, por fin, hicimos un par de conciertos, hablamos con Iñaki Setién, entró de guitarrista, fichamos con El Dromedario y decidimos que esta vez iba todo para adelante, ya sin parar. Lo que siempre tuvimos claro era que nos debíamos un disco, a nosotros mismos, a Juan Carlos, y a la gente.

Un disco con canciones nuevas, lo cual se agradece, dentro de esta especie de revival del Rock Radikal Vasco. ¿Hacia dónde mira más Parabellum, hacia atrás o hacia adelante?

Como te digo, la idea era desde el inicio sacar temas nuevos. De hecho, antes de la pandemia hicimos un DVD en directo, que pretendía mostrar, junto con nuestras canciones de siempre, lo que estábamos haciendo. Hicimos un final de gira en Colombia y justo al volver llegó la pandemia, eso nos retrasó mucho, hasta que retomamos los ensayos, volvimos a componer… Yo creo que no puedes quedarte en el pasado, siempre hay que hacer cosas nuevas, sobre todo después de tanto tiempo si sacar nada. Nosotros tenemos presente quiénes somos, de dónde venimos, pero a la vez nunca hemos tenido miedo a hacer cosas nuevas, siempre nos hemos tirado al barro sin pensar en lo que otros puedan decir, siempre hemos hecho lo que nos ha pedido el cuerpo, la piel y el corazón.
Se nota que había hambre, ¿tiene algo que ver con ello el título del disco?
El título es una frase de una canción: “El grito del hambre no conoce la ley”, que creo que lo resume bien. Con eso queríamos expresar en forma de canciones diferentes gritos frente a la realidad que nos rodea. El grito es la manera de expresar emociones, estados de ánimo intensos, miedo, hambre, dolor, placer… Y en este disco hay gritos de ausencia, de rabia, de locura… A veces son gritos sordos, que no oímos ya porque estamos tan acostumbrados a ellos que no les damos importancia, ni a las personas que los dan.


Eso se refleja en las letras, en las que además se mantiene el tono, la marca de la casa, ese toque a veces algo sórdido, oscuro, con referencias a la locura, la muerte…

Nosotros siempre hemos dado importancia a las letras. Y siempre hemos creído que a la gente no hay que darle todo mascado, hay veces que sí, se pueden decir las cosas de manera directa, tal como son, pero otras tienes que dejar que la gente piense o saque sus propias conclusiones. A veces cuando haces una letra ves que hay quienes dan sus opiniones, y que unas no tienen nada que ver con otras o con lo que tú has querido expresar, eso me parece un acierto, si han estado dos o cinco minutos pensando en qué queremos decir, es un avance, significa que todavía la gente piensa por sí misma, no se limita a dar por bueno lo que otros piensan. Respecto a las letras sórdidas, en realidad la mayoría de las letras de Parabellum son temas de amor, pero expresado de manera diferente, a veces desde la visión de protagonistas oscuros, perdedores, desde el suelo, pero no hay que olvidar que el sentimiento de amor, de cariño, o de desamor, de rabia, tiene tanto valor si viene de unos personajes que lo tienen todo, viven en mundo donde todo es maravilloso, o si viene de gente que vive en la calle y lo único que tienen igual es precisamente ese sentimiento. La mayoría de las veces asociamos esos sentimientos de amor o de deseo a personas con éxito, o guapas, pero yo creo en el fracaso adquieren una dimensión más pura, más real, esa es mi manera de entender la rabia, la muerte o el deseo…

¿Respecto a la música la intención era conservar el sonido Parabellum o vamos a encontrar también nuevas aportaciones?

En el aspecto musical Parabellum creo que hemos conseguido un estilo propio, tanto en la música como en los coros. Pero nos sale así, sin pensar. En este disco hay canciones que siguen esa impronta, pero también hay otras algo diferentes, porque, como he dicho antes, nunca hemos tenido miedo a investigar, a crecer, a probar cosas nuevas. Si te lo pide el cuerpo y estamos todos de acuerdo, va para adelante.

Han contado en la producción con Iñaki Uoho, todo un lujo. ¿Cómo ha sido trabajar con él?

Ha sido una maravilla trabajar con él, en su casa, ha sido como si estuviéramos en nuestro local: su punto de vista, sus aportaciones, su visión…Nosotros siempre le hemos dejado hacer y él siempre nos ha pedido nuestra opinión, ha habido en cosas que hemos peleado un poco, pero hablando y dando nuestros puntos de vista hemos llegado a acuerdos. En realidad con Iñaki es muy fácil trabajar, te lo pone todo muy fácil, es un musicazo increíble, que además se implica como si fuera su propio trabajo.

En breve saldrán a la carretera ¿Cuál es la formación actual del grupo?

En la formación de ahora seguimos del principio Lino Prieto y yo, y además están también Pedro de la Osa (bueno, él lleva ya 18 años, que parece que no, pero son ya muchos), e Iñaki Setién “Milindris”, la última incorporación, que ha estado en grupos como Zer Bizio, Neurosis, Extremoduro… Los dos como músicos son una pasada, somos muy afortunados de tener a dos guitarristas como ellos, cada uno con una visión tan personal… Desde el principio se involucraron y tuvieron esa visión del grupo, de Parabellum, como si hubieran estado con nosotros siempre. Y en este disco han hecho crecer las canciones. Pero es que además como personas son extraordinarios. Además, por supuesto, otro miembro del grupo que siempre va a estar presente es Juan Carlos Lera, en los ensayos, en los directos, siempre está con nosotros. En Parabellum la suerte que hemos tenido o lo que hemos buscado ha sido que los que estamos en el grupo y quienes trabajan con nosotros seamos como una familia de amigos. Y seguiremos siéndolo también cuando el grupo se acabe, estoy seguro.

Club de lectura de verano 2022

Jul 18, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

UNA CUESTIÓN PERSONAL,
de KENZABURO OÉ

Paris - Salon du livre 2012 - Kenzaburō Ōe - 003.jpg
Publicado en magazine ON (diario de Grupo Noticias), 16/07/22

Hay un pasaje de Una cuestión personal, la novela que hoy traemos a este club de lectura, en el que Bird, el protagonista, se describe a sí mismo como alguien con las orejas pequeñas y demasiado pegadas al cráneo, algo que resultará chocante a los lectores que tengan por costumbre leer las solapas de los libros, pues en la dedicada a la biografía del autor se habrán encontrado con una fotografía del mismo en la que resulta inevitable fijarse en sus llamativas orejas de soplillo. Más todavía cuando, en esa misma solapa, descubra que la dramática historia que narra la novela —el nacimiento de un niño aparentemente monstruoso, sin apenas esperanza de sobrevivir o al que aguardan unas condiciones de vida muy limitadas— está basada en la experiencia propia de Kenzaburo Oé, padre de un bebé hidrocéfalo.

Es como si el escritor japonés nos estuviera advirtiendo:  “¡Ojo, Bird soy yo, pero no soy yo, esto es literatura!”; o tal vez como si estableciera a través de esa pequeña broma de las orejas un pacto con el lector, gracias al cual este acepta que Oé podrá expresar a través de la ficción algunos sentimientos e impulsos —por ejemplo, el terrible debate moral sobre el que pivota la obra: salvar al niño o dejarlo morir— que resultarían insoportables en la realidad o en una obra confesional o abiertamente autobiográfica.

Un final feliz
A todo eso ahora lo llaman autoficción, un recurso literario de toda la vida —ficcionar, novelar vivencias personales— que se puso de moda hace unos años, del mismo modo que ahora se ha puesto de moda denostar la autoficción, supongo que con la intención de desplazarla para traer al centro del tablero literario la novela distópica o el gótico-rosa o la novela policiaca protagonizada por chimpancés (esto pretendía ser una broma, pero conforme lo voy escribiendo me doy cuenta de que en realidad ya lo hizo Edgar Allan Poe en Los crímenes de la calle Morgue. ¡Todo está inventado!).

Una cuestión personal se publicó en el año 1964, solo un año después de que Hikari, el hijo de Kenzaburo Oé, naciera con una serie de discapacidades físicas y mentales, algo que determinaría no solo la vida sino también la carrera literaria del autor japonés, quien además de en Una cuestión personal ha escrito sobre su hijo en varias novelas más, como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura,  El grito silencioso o ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!  

No destriparemos aquí el desenlace de la novela, pero sí podemos contar que en el caso de Hikari Oé —es decir, en la realidad—, hay un final feliz, en el que aquel niño hidrocéfalo y autista acaba convirtiéndose en un reputado compositor musical del que su padre afirma con sorna y orgullo que vende más discos que él libros, y eso que Oé es todo un Premio Nobel; y, por cierto, uno de los pocos que no se han dormido en los laureles y que después de obtener el galardón han seguido escribiendo obras de fuste.

Los mapas sin usar
En la novela que nos ocupa el alter ego del autor, apodado Bird (es decir, pájaro), es un profesor de inglés atormentado por su vida mediocre, de la que solo puede evadirse planificando un viaje a África que se verá frustrado por el nacimiento de un bebé con una hernia cerebral, la cual le da la apariencia monstruosa de tener dos cabezas. De hecho, así —el monstruo, la cosa, etc.— es como se refieren a él con una frialdad y una deshumanización brutal los doctores, quienes también son los que sugieren la posibilidad de no alimentar al niño para dejarlo morir.

Es decir, el dilema de Bird no tiene tanto que ver con la vida o la muerte que aguarda a su hijo discapacitado sino con el hecho de que la irrupción de este en su vida amputa de cuajo sus alas, enjaula sus sueños de juventud. En los días posteriores al parto asistimos a un descenso a los infiernos, un viaje al fin de la noche del protagonista, que buscará refugio en el alcohol, la violencia o el sexo, el cual comparte de una manera desapasionada, fisiológica —como quien siente deseos de defecar o escupir— con una antigua compañera de universidad en la que no obstante encuentra un alma gemela, el reflejo en un espejo que nos devuelve tras su imagen la de una sociedad como la japonesa de costumbres y moral rígidas, en la que la familia, el trabajo, la reputación, son pilares inamovibles cuyo peso insoportable ahoga a quienes quieren alzar el vuelo. Bird e Himiko, así se llama ella, son inadaptados, perros verdes, espíritus insatisfechos, que luchan por acallar sus anhelos, o mantenerlos vivos en secreto, bebiendo a escondidas en pequeños apartamentos, trazando viajes imaginarios en mapas que nunca se desplegarán en los territorios que esos mapas representan.

Hay, por ejemplo, un pasaje en el que Bird acude con resaca a impartir su clase y acaba vomitando sobre la tarima, un sacrilegio, un pecado imperdonable, que lo convierte a los ojos de sus alumnos y compañeros en un monstruo, en lugar de mostrarlo más humano, más vulnerable. 

Por puro amor
No es difícil imaginar, pues, cómo impactaría una novela como Una cuestión personal en una cultura tan contenida y tan estricta como la nipona. La literatura descarnada, su sinceridad radical, la exposición de las dudas y los abismos personales más profundos… todo ello está en esta obra en la que, más allá de la peripecia que se nos relata, sobresale —y eso y no otra cosa, a fin de cuentas, es lo que convierte siempre un montón de páginas numeradas y encuadernadas en una obra literaria— el estilo contundente y crudo del autor, en el que no faltan, sin embargo, luminosas imágenes poéticas y una carga de profundidad que lo ha llevado a ser comparado con autores como Dostoievski, Sartre, Faulkner, y por supuesto aupado a los altares de la literatura existencialista.

Una cuestión personal es, en definitiva, una novela que nos agarra por las solapas y nos obliga a posicionarnos, a reflexionar sobre temas como las responsabilidades, la madurez de nuestros actos (la madurez es siempre un tema delicado, pues como dice otro magnífico escritor existencialista, Kutxi Romero, a veces estar maduro es el paso previo a estar podrido), la conciliación entre nuestros sueños y la realidad o nuestra contribución a ese proyecto común que es la humanidad. Una obra, por tanto, de raíz radicalmente humanista que, como el propio Kenzaburo Oé ha confesado en alguna ocasión, escribió no solo para espantar sus propios demonios, sino sobre todo para convertirse en la voz de su hijo. Es decir, por puro amor.

CLUB DE LECTURA DE VERANO 2022

Jul 12, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

TIEMPO DE SILENCIO, DE LUIS MARTÍN-SANTOS

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 08/07/2022

El 19 de marzo de 1956 Luis Martín-Santos, el autor de Tiempo de silencio, fue detenido en Pamplona por la policía política franquista, junto con, entre otros, el también escritor Juan Benet. Esto, que puede parecer algo anecdótico —o una aldeanada—, tiene sin embargo su repercusión en la novela, una de las obras fundamentales de la literatura española del siglo XX, pues en el descenso a los infiernos de Pedro, el joven médico e investigador protagonista, se narra igualmente una detención (se le acusa de practicar un aborto), un interrogatorio y una noche en el calabozo. Es cierto que no fue la única ocasión en la que el escritor fue detenido y que, al igual que el protagonista, pasó por la siniestra Dirección General de Seguridad en Madrid, pero el de Pamplona sí fue su primer encontronazo con la policía y ello (el desamparo, la impotencia) debió sin duda de marcarle. Probablemente fue en Pamplona donde Martín-Santos escuchó esa frase que se reproduce en la novela: “Ustedes, los inteligentes, son siempre los más torpes”.

Martín-Santos pasó buena parte de su infancia en Donosti, donde también fue años más tarde director del psiquiátrico provincial y activo miembro en diferentes asociaciones culturales y políticas; y murió, con solo treinta y nueve años, en un accidente de coche en Vitoria.

Hay ciudades tan descabaladas…
Contamos esto por la parte que nos toca y también porque el reflejo de la vida del autor en Tiempo de silencio no puede obviarse: el café Gijón y su fauna literaria, a la que Martín-Santos vivisecciona en un pasaje del libro; la sensación de castración, de fatalidad, de resignación que atraviesa toda la obra y que tantas veces debieron de vivir en carnes propias bajo el franquismo las almas y las cabezas inquietas, libres y creativas como la de Martín-Santos; la frustración del joven investigador (Pedro está estudiando la evolución del cáncer hereditario en una cepa de ratones y lo hace en unas condiciones de abandono e indiferencia institucional que todavía, sesenta años después, perduran)…

Pero la importancia y la ruptura de Tiempo de silencio tienen que ver además, o sobre todo, con los aspectos formales. Publicada en 1962, cuando la corriente literaria dominante era el realismo social, Tiempo de silencio viene a ser como si de repente irrumpe una drag queen en una misa de los Legionarios de Cristo. Todo en la novela es excesivo: los neologismos, los soliloquios, los latinismos y las referencias bíblicas, las frases interminables —es memorable la descripción que hace de Madrid en una de ellas, que ocupa varias páginas: “Hay ciudades tan descabaladas (y aquí un largo paréntesis) que no tienen catedral”—, los rodeos, las retorcidas perífrasis y pleonasmos —“soberbios alcázares de la pobreza”, llama a las chabolas—…, todo parece ideado para romper con la sobriedad y el aprisionamiento estético del realismo social, que, no obstante, Martín-Santos también cultivó e incluso parece ser que intentó llevar al extremo en una novela titulada Vientre hinchado, que calificó como bajorrealista (quizás una precursora del realismo sucio, no lo sabemos, pues nunca se llegó a publicar y el manuscrito está perdido). Es más, la propia Tiempo de silencio se adhiere a menudo a ese realismo social, evidentemente no por sus aspectos formales, como hemos visto (todos esos excesos que buscan de algún modo dinamitar la literatura en boga de la época, pero que a la vez, son una bomba que estalla tiempo después, pues leída hoy la novela también deja una metralla que tiene una clara intención sarcástica o paródica) sino por algunos de los ambientes que aparecen descritos: el poblado chabolista, los burdeles, la pensión…

La influencia de Baroja y de Joyce
Se aprecia en ello la influencia de Baroja, del Baroja de La busca, de los descampados, los cementerios, los bajos fondos de Madrid…, o del Baroja de El árbol de la ciencia y su apático protagonista, Andrés Hurtado. A Martín-Santos, por cierto y a modo de curiosidad, le fue hurtado por motivos políticos un premio literario que llevaba precisamente el nombre del escritor vasco, Premio Pío Baroja, al que concurrió con la novela que hoy comentamos, Tiempo de silencio, y con el seudónimo Luis Sepúlveda —el nombre que usaba en la clandestinidad—, es decir, el mismo del escritor chileno (aunque este comenzaría a publicar unos años después).

Además de Baroja otra influencia innegable en Tiempo de silencio es la de James Joyce y su Ulises, que reconocemos en la vocación experimental, el uso del monólogo interior, la alternancia de técnicas y estilos, la odisea del personaje, su periplo urbano… Se cumplen precisamente este 2022 cien años de la publicación de esta obra, Ulises, que tiene fama de derrotar, en todos sus sentidos, a los lectores (al menos uno de ellos, Martín-Santos, parece evidente que llegó a leerla entera), y que está considerada una de las cumbres de la literatura universal. En Dublín, la ciudad en la que transcurre, se conmemora todos los años con el Bloomsday, una jornada en la que algunos dublineses y visitantes se visten como los protagonistas de la obra, recorren los mismos lugares que estos, etc. Tiempo de silencio, por su parte, celebra este año sesenta años desde su publicación, es un decir –lo de celebra—, porque, a diferencia del Ulises, no se tiene constancia de soplidos de velas.

El tiempo de la anestesia
Pese a lo cual, la novela nunca ha hecho honor a su nombre y a lo largo de los años ha sido repetidamente reivindicada. Vicente Aranda, por ejemplo, llevó al cine la adaptación de Tiempo de silencio en 1986, con reparto de lujo: Paco Rabal, Victoria Abril, Charo López y los hermanos Alcántara, es decir, Juan Echanove e Imanol Arias, este en el papel protagonista. En 2018 fue adaptada al teatro por La Abadía; y La oreja de Van Ghog cita el libro en la letra de una de sus canciones, Rosas: “Desde el momento en que te conocí/resumiendo con prisas Tiempo de silencio”, en donde no es difícil adivinar una alusión a la novela como lectura obligatoria en la educación secundaria de los ochenta y noventa (o sea, el BUP) y a las dificultades que un adolescente podía encontrar ante una novela tan compleja como esta, cuyas novedades formales quizás han perdido vigencia y exigen una contextualización, pero cuyo fondo se mantiene de rabiosa actualidad, como vemos en este párrafo que es además el que explica el título de la obra y que perfectamente podríamos aplicarnos: “Estamos en el tiempo de la anestesia, estamos en el tiempo en que las cosas hacen poco ruido. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. La bomba no mata con el ruido sino con la radiación alfa que es (en sí) silenciosa, o con los rayos de deutones, o con los rayos gamma o con los rayos cósmicos, todos los cuales son más silenciosos que un garrotazo (…) Es un tiempo de silencio”.

SAN FERMÍN ZOMBI

Jul 10, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias). 09/07/22

Pablo Sarasate se levantó de su tumba, un mausoleo en el cementerio de Pamplona, a las doce del mediodía del seis de julio, es decir, a la misma hora que en el centro de la ciudad estallaba la fiesta. “¡Qué solos se quedan los muertos”!, exclamó al ver el camposanto vacío, rememorando a Gustavo Adolfo Bécquer —y a Tijuana in blue—. Y echó a andar en dirección al casco viejo, en busca de un poco más de vidilla. Le costaba caminar. Sentía las piernas agarrotadas y por la comisura de la boca se le escapaba una baba negra, pero no le dio importancia, le pareció normal después de más de un siglo muerto. Tenía hambre, y eso también le parecía normal, lo que era más raro es que tuviera ganas de morder a las personas con las que empezó a cruzarse. Pero a la vez no podía evitarlo, era algo que estaba en su naturaleza.

 “Soy un muerto viviente”, aceptó su condición. Y para reafirmarse lanzó un gruñido acompañado de un violento pizzicato de su violín a un grupito de adolescentes-croqueta que regresaban del chupinazo rebozados en harina y kalimotxo. Los jóvenes primero se sobresaltaron, pero luego rompieron a reír. “La inconsciencia de la juventud”, pensó el violinista. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que lo que provocaba entre el resto de viandantes no era terror, sino repugnancia. Los veía apartarse uno o dos metros, pero desde luego no salían huyendo despavoridos. Incluso, conforme fue adentrándose en calles abarrotadas como Jarauta o San Nicolás, algunos de ellos comenzaron a agarrarle por el hombro y a saltar con él.

“¡Alcohol, alcohol, alcohol!”, cantaban. Lo hacían fatal, y al músico se le cayeron el alma y las orejas varias veces al suelo. Pero se cobró su venganza mordiendo en el cuello a los que más desafinaban. Tampoco entonces cundió el pánico, porque la verdad era que a aquellos tipos no se les notaba mucho la diferencia antes y después del bocado.

Pablo Sarasate, una vez saciada su hambre y su sed de sangre, decidió cumplir con la tradición y se encaminó al hotel La Perla, desde uno de cuyos balcones interpretaría con su violín un pequeño concierto. Le costó un poco convencer al portero. Nada que no se arreglara con un buen trascado en la garganta. Luego, una vez en la habitación 207, se asomó a la Plaza del Castillo y comenzó a tocar. La verdad era que al propio Sarasate le costaba escuchar su música en medio de aquella ruidera: las terrazas abarrotadas de gente, las barras de la plaza, un DJ sobre un escenario pinchando El tractor amarillo… Así que finalmente desistió y, decepcionado, decidió regresar sobre sus pasos. Como estaba cansado probó suerte en la tómbola, a ver si le tocaba el coche o un patinete eléctrico, pero solo le salieron boletos para el “Sorteo nº 10 vale de compras”.

Tardó casi tres horas en hacer el camino de vuelta. La ciudad entera estaba plagada de gente que, como él, caminaba tambaleándose, echando espumarajos por la boca, con la ropa sucia y hecha jirones… Parecían zombis, pero igual no lo eran.

Una vez en el cementerio, Pablo Sarasate entró a su mausoleo. Consultó su calendario. Su siguiente turno como muerto viviente le tocaba dentro de cien años, durante otros sanfermines. Cerró los ojos. Antes de quedarse dormido se preguntó aterrorizado si cuando volviera a despertarse todo seguiría igual en Pamplona.

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