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BESTIARIO: CULEBRACA

sep 1, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

culebraca

Publicado en semanario ON con diarios de Grupo Noticias 31/08/2019

 

BESTIARIO
(DRAGORRIONES, CULEBRACAS, TÓPAROS 
Y OTROS BICHOS RAROS)

Patxi Irurzun & Belatz 

 

El escritor Patxi Irurzun y el dibujante Belatz dan rienda suelta a su imaginación con esta colección de bichos raros-raros-raros. Un catálogo estival de criatura híbridas e imposibles que se recomienda leer en familia

CULEBRACA

Hay muy pocas culebracas en el mundo y muchos cazadores furtivos de culebracas. La piel de las culebracas es muy apreciada, porque con ellas se hacen zapatos, carteras, abrigos, todos ellos carísimos. Las carteras de culebraca, por ejemplo, siempre tienen un bolsillo especial para billetes de quinientos euros.

Cada culebraca, que, como ya os imaginaréis, es una mezcla de culebra y vaca, tiene la piel distinta a la de todas las demás. No hay una culebraca igual en todo el planeta. Algunas tienen la piel de serpiente, otras de cachemire, otras de moqueta —y hay culebracas con la piel de moqueta fucsia, verde fosforito, rosa bang-bang—…

Hay incluso, un tipo de culebracas a las que le crece la piel como el gotelé. Y otras con la piel como el forro de los libros, así que se les transparentan todos los músculos, los tendones, los huesos o sus cinco estómagos (porque las culebracas tienen cinco estómagos: uno para digerir la hierba, otro el pienso, otro las moscas que se tragan, otro para rumiar la hierba, el pienso y las moscas que se tragan y uno más de repuesto por si falla alguno de los cuatro anteriores).

En realidad, hay tantas pieles diferentes de culebracas que resulta muy sencillo falsificarlas, pues cualquier tejido e incluso cualquier dibujo que te imagines puede aparecer sobre la piel de una culebraca.

En un pueblo perdido en las montañas del País Vasco que se llama Zarraluki, por ejemplo, encontraron una culebraca llamada Rufina, que tenía dibujado en su cuerpo un mapamundi. Eso sí, lo tenía dibujado al revés y por eso la solían llevar a la escuela del pueblo para que los niños estudiaran geogimnasia, que es una asignatura en la que se aprenden los países del mundo mientras se hace el pino.

Sin embargo, existe un método infalible para saber si una piel de culebraca es auténtica: su olor. Todas las pieles de culebracas son distintas pero todas huelen igual. Las culebracas son una especie de vacas enanas, con las patas tan cortitas que parece que van arrastrándose por el suelo. Como una culebra. Y eso tiene sus inconvenientes. A las culebracas, por ejemplo, no se las puede ordeñar porque con el rozamiento siempre pierden toda la leche por el camino. El caso es que la piel de las culebracas huele siempre a tierra, se impregna de ella, y cuando uno se acerca una piel auténtica de culebraca a la nariz es como uno de esos días en que empieza a llover y del suelo se levanta ese olor tan rico a tierra mojada.

Las carteras, abrigos y zapatos de piel de culebraca falsa, por el contrario, huelen a culo de mono.

Es una pena que las culebracas estén desapareciendo a manos de los cazadores furtivos, porque hay muy pocas culebracas en el mundo pero el de las culebracas, como habéis visto, es todo un mundo.

ENTREVISTA A OSKAR ALEGRIA SOBRE «ZUMIRIKI»

sep 1, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

3-BAINUA 

“La reina de las esperas es aquella en la que no esperas nada”

Oskar Alegria

 

Zumiriki, el segundo trabajo del director navarro Oskar Alegria, ha sido seleccionado para concursar en la Mostra de Venecia, que se inaugura el próximo 28 de agosto.  En su documental, el autor de Emak bakia baita se retira durante cuatro meses a una cabaña a orillas del río Arga, en el paraje Gorriza-Iriberri, en Artazu (Nafarroa), donde se convierte en un náufrago que filma ocasos, esperas y los pequeños milagros que le ofrecen la naturaleza y la memoria. Una película hermosa e incalificable, a juicio del propio director de la Mostra, Alberto Barbera.

Patxi Irurzun / Publicado en Gara 

Robinson Crusoe sobre la alfombra roja. Esa será la imagen de Oskar Alegria, cuando su segunda película, tras la multipremiada Emak bakia baita, se presente en la Mostra de Venecia. Desde una cabaña sobre el río Arga, cerca de Artazu (Nafarroa), en un paraje inaccesible por tierra, donde Alegria pasó en solitario cuatro meses en el verano de 2018 (y de dónde confiesa que siente que aún no ha vuelto), hasta uno de los festivales de cine más importantes del mundo, en el cual su trabajo Zumiriki competirá en la sección Horizontes. El director de la Mostra, Alberto Barbera, ha calificado Zumiriki (que quiere decir, en el diccionario vasco de Artazu, isla en el centro del río) como una película incalificable. Y ciertamente lo es, una película llena de esperas y milagros (a pesar de lo cual vemos en ella una talla de la virgen viajando en coche con cinturón de seguridad), plena de poesía; una película en la que asistimos a la conquista por parte de un náufrago de la tierra, el agua y el viento o nos encontramos con vacas rebeldes, jinetas que chupan cámara o un puente construido entre dos orillas con palabras y mundos que mueren (como el de los pastores a los que el cineasta navarro rodó en las últimas noches en sus cabañas en las faldas de los Pirineos) y a la vez de esa manera se salvan. Zumiriki es una película diferente a todo, un león de oro en la mirada de todos aquellos que tengan el privilegio de disfrutar de este magnífico documental, con cuyo director hablamos días antes de que su mensaje en una botella llegue hasta las calles de agua y las pantallas de cine de Venecia.

Patxi Irurzun / Iruñea

Zumiriki arranca con toda una declaración de intenciones y esa especie de entrega de un legado, que es una de las filmaciones en superocho de su padre…

Me gusta que hayas visto eso porque al principio había gente que me decía que esa primera imagen era un poco pobre. Pero es que lo que yo estoy haciendo es apropiándome de ese registro, el del tomavistas, cogiendo el testigo de mi padre. En los repasos que he hecho de los superochos que él tiene he visto que a veces mi padre a mí me daba el micrófono y me dejaba hablar sobre las imágenes. Mi padre editaba, sabía a volver a poner las bobinas y a grabar mientras hablaba. La manera de filmar de mi padre a mí me parece envidiable, muy primitiva, en el mejor sentido de la palabra, porque era un hombre que sin ninguna formación toma esa herramienta y dice “Esto es lo que va servir para registrar mi mundo”, y para ello utiliza la imagen y también la voz. Habrá muchos “modernos” que  digan que eso es repetitivo, pero cuando mi padre filma una planta la imagen no te dice que esta, en Artazu, se llama kukurruku,  eso lo hace él con la voz. Y en ese sentido  esa primera parte muy iniciática. En esas primeras imágenes, en definitiva,  yo estoy explorando el terreno, y usando el tomavistas, y a la vez reconociendo con honestidad que no voy a poder filmar como lo hacía mi padre, sin pensar, aunque fuera mi deseo.

En algunas de esas tomas de su padre también aparece usted, o su voz. Zumiriki es, entre otras muchas cosas, una película sobre la memoria, sobre la infancia, que en su caso es un auténtico paraíso perdido y recuerda a novelas como Tom Sawyer, con ese territorio salvaje del río, la isla o el hombre de la otra orilla,  que caminaba acompañado de un zorro o cruzaba el río deslizándose sobre una sirga…

Muchos de nosotros hemos tenido esa suerte de tener un pueblo, un río, en nuestra infancia. La isla de la película está solo a treinta minutos de Iruña, aunque es cierto  que a ella se llega antes por agua que por tierra, y me gusta tener esa referencia, hablar así, “Eso está dos islas más abajo”, como se habla en el Amazonas; me gusta que la película tenga un rescate de lo poco que yo aún tenga de indígena. En cuanto al hombre de la otra orilla, Francisco Albistur Albistur,  me parecía interesante no tanto hacer una película, sino tener esa experiencia, de saber qué había sentido él allí, en esa orilla del río, en su última noche, en su soledad…

Recuerdo, precisamente, que la última vez que le entrevisté, cuando usted dejaba su etapa como director del Festival Punto de Vista, hablando de futuros proyectos me habló de las filmaciones que estaba haciendo de otras últimas noches, las de los pastores octogenarios en sus cabañas de los Pirineos, filmaciones que vemos también en Zumiriki. ¿Cómo acabó encajando todo eso en su película?

El cemento para ese encaje no es difícil. Yo he trabajado siempre esos mundos, los ocasos, los náufragos.  Los pastores en su última noche son de algún modo maestros de la espera, y en esta película, en ese sentido, al contrario que en Emak Bakia, donde entraba en juego el azar, está ahora la paciencia, lo cual es un pulso a estos tiempos que vivimos. Cuando iba a rodar a los pastores yo pensaba que con ellos recibía otro curso de cine, como con mi padre, porque en esos pastores vi cine, un cine de inacción (el cine, normalmente es lo contrario, pide ¡acción!): yo iba con mis afanes cineastas de verlos partir leña, moverse, pero  lo que rodé fueron planos de quince minutos en los que están quietos, o como mucho espantan una mosca. Y eso me encanta. Creo que la reina de las esperas es aquella en la que no esperas nada. Los pastores son en eso maestros, y yo, a su lado,  solo un aficionado, pero hay un plano de la película en el que aparezco  y en el que conseguí al menos estar un minuto esperando, esperando de esa manera, esperando nada.

Otro de los ocasos de los que se habla en la película es el del euskara en esa zona de Nafarroa, esos dos hombres que lo hablan a gritos de una orilla a otra, trazando un puente de palabras; o del diccionario de Artazu, en el que su padre iba recogiendo algunas de las palabras que iban desapareciendo, como zumiriki, precisamente, que además es la última palabra de ese diccionario.

Sí, es curioso, antes de que se anunciara la película en internet solo había dos o tres entradas sobre esa palabra, zumiriki, que además eran citas mías en alguna entrevista, pero ahora ya son más de ocho mil. La palabra se ha salvado. Eso me hace pensar en qué podemos salvar de un naufragio. Ya quizás no sean todas esas otras palabras que han muerto, pero la última, la última de ese diccionario, sí; y con la isla pasa lo mismo, no me gusta decir que ha desaparecido, yo veo que yace allá abajo, porque los árboles están ahí, y el día que estos desaparezcan quizás haya desaparecido la isla, pero mientras tanto sigue ahí. Y con eso es fácil hacer la cadena hacia el euskara. Yo la primera imagen que tengo del euskara es la de mi tío Vicente Barbería, de Muskiz, hablando de una orilla a otra con Francisco Albistur Albistur, que era de Beintza-Labaien, y que era un hombre esquivo, que a los demás nos rehuía, pero a mi tío no, a mi tío le salía a la orilla, y eso te hacía preguntarte qué había ahí. Creo que detrás de eso estaba su madre, que lingüísticamente todo eso lo unía a ella, y por eso digo también que la imagen de los dos hablando es un puente entre dos orillas.

Zumiriki está lleno de ese tipo de referencias, con textos muy poéticos, en el documental la palabra tiene también mucha importancia…

A eso le tengo cierto miedo, porque hay mucha gente que en el cine documental actual es enemiga de la palabra, pero a mí  me parece un arma tremenda, de hecho los títulos  de mis dos películas son dos expresiones que mueren y que las pelis intentan reflotar. Un náufrago, después de todo, se comunica con cartas en una botella, y me gusta mucho ese concepto del servicio postal del náufrago, que es el agua, en donde tú abandonas palabras. Eso tiene una carga poética tremenda. A pesar de todo, he trabajado mucho quitando texto,  intentando no abusar de él,  y creo que en la versión final hay un equilibrio que me gusta porque en la película la palabra tiende a desaparecer, a la afonía, en la parte final.  Yo, de hecho, me quedé afónico, solo hablaba con las gallinas, y me di cuenta de que el habla la pierdes tanto por usarla mucho como por no usarla nada.

No hemos hablado aún de la parte logística de esta aventura. ¿Cómo fue, por ejemplo, el proceso de construcción de la cabaña?

Gracias a una banda de cómplices a los que llamo los “arganautas”, que son como en esas películas de atracos, que comienzan reclutando a la banda: el conductor, el falsificador, el que abre la caja fuerte… La cabaña la montamos en secano y la hazaña fue llevarla hasta la orilla del río, que era bastante inaccesible. Muchas cosas las pasamos por el agua, pero con otras resultó imposible y hubo que hacer un montón de viajes por tierra. Arquitectónicamente era un poco despropósito construir una cabaña a orillas del río, y hasta que no pasó una gran riada yo no las tenía todas conmigo… La cabaña es muy sencilla, es como una cajita negra, o como una cámara estenopeica, en la que, como en la memoria, guardas muchas cosas, desde la que haces una foto de tu pasado y en la que proteges las cosas que quieres salvar de un accidente.

¿Llegó a aburrirse en algún momento o sintió deseos de abandonar?

No, nunca tuve miedo ni aburrimiento. Yo iba muy preparado para el tedio, llevé setenta libros, y leer en una hamaca es extraordinario, la lectura así es diferente, lo echo de menos. Por otra parte hacer la película me puso muchos deberes, la cabaña estaba construida, pero quedaba rematarla, camuflarla, hacer el gallinero, colocar las cámaras, todo eso me hacía estar entretenido, y además descubrí en mí una nueva persona, yo soy muy manazas, siempre he trabajado con la mente, no he cogido un taladro en mi vida, y ahí me veía que con tres tablas tenía que hacer una mesa, y me di cuenta de que en esos casos el ingenio se activa por pura supervivencia, vas buscando la madera con la forma que te hace falta por el bosque, como quien va por las estanterías del Leroy Merlin, ¡y la encuentras!

La suya ha sido una experiencia muy personal, muy ligada a unos recuerdos y un territorio propios, pero a la vez dice en la película que pretende contar cosas que son de todos.

Sí, al final todos hemos tenido una infancia, sabemos lo qué es subirse a un árbol, el acto revolucionario y desobediente que hay en ese gesto y observar el mundo desde ahí arriba, todos tenemos un abuelo… Vale,  yo estoy hablando de mi familia y de mi rincón en el mundo, pero eso es  trasladable a cualquiera, aunque me da miedo la palabra universal, creo que no hay que abusar de ella. Yo  diría más bien que en Zumiriki hay emociones compartidas, o contagiosas.

¿Y cree que la película va a condicionar su manera de abordar nuevos proyectos en el futuro?

Por una parte es frustrante, porque me he quedado sin sueños, ya he hecho lo que quería hacer, aunque también es verdad que si no lo hacía ahora no lo iba a hacer nunca, porque no creo que tenga más momentos en los que pueda desaparecer o tener la libertad que he tenido.  Pero aunque suene muy místico, creo también que no he vuelto de allí. Es como aquello que decía creo que Sarrionandia, que a alguien que ha estado en la cárcel se le nota siempre en la manera de caminar, de pasear. Del mismo modo alguien que ha vivido un naufragio también pasea como un náufrago. Sí que creo que me han entrado ganas de hacer una tercera película, tal vez dentro de cuatro o cinco años, y no hacer ninguna más. Después de Emak bakia baita , que fue una película que funcionó bien, que creó ciertas expectativas, tenía cierta responsabilidad o el miedo de estar a la altura, pero creo que fui paciente, que el tiempo que pasé en Punto de Vista me sirvió para “pensar” cine y no hacer algo rápido y de malas maneras.

¿Cómo afronta, por último, pasar de ese aislamiento, de esa experiencia de náufrago, a la alfombra roja de Venecia?

Lo de Venecia tiene un poco de caballo de Troya, me cuesta contestar cuando me preguntan quién es mi agente de ventas en Italia o quién es mi communication manager… Eso dice mucho de Venecia porque saben cómo ha sido la producción de esta película, muy a la navarra, en auzolan, con cuatro o cinco amigos, sin producción, en realidad; dice mucho de ellos que en la alfombra roja, junto a las estrellas, quieran meter también agujeros negros, como Zumiriki. Alberto Barbera, el director de la Mostra, dijo que era una película incalificable, que es ya una manera de calificarla, y dijo también que era sorprendente y que prometía usar ese adjetivo solo para esta película… Con solo que haya sido seleccionada  ya no espero nada más, ya me satisface; eso e ir con mi padre, que estará conmigo (está nominado como actor, porque no sabíamos cómo clasificarlo, ¿protagonista, personaje?) y está aprendiendo ya italiano: “Non mi piace la cipolla” (no me gusta la cebolla). También me hace mucha ilusión que se oigan en Venecia las preguntas que hacen los pastores en sus últimas noches; me parece maravilloso que en el festival de cine más antiguo, en la oscuridad de la sala Dársena, se escuche a un pastor que ha vivido toda su vida a las faldas del Orhi preguntar: “¿Para qué sirven tantas estrellas?”.

 

 

HOY EN EL BESTIARIO… EL ARMARILLO

ago 26, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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BESTIARIO
(DRAGORRIONES, CULEBRACAS, TÓPAROS 
Y OTROS BICHOS RAROS)

Patxi Irurzun / Belatz

El escritor Patxi Irurzun y el dibujante Belatz dan rienda suelta a su imaginación con esta colección de bichos raros-raros-raros. Un catálogo estival de criaturas híbridas e imposibles que se recomienda leer en familia

ARMARILLO

 

El armarillo es un animal muy ordenado y con mucha vida interior. Guarda su corazón, sus pulmones, su estómago, todos sus órganos internos en diferentes cajones, que están en el lado izquierdo de su cuerpo y que abre cuando tiene hambre, o pis, o necesita aire…

Cuando tiene hambre, por ejemplo, el armarillo se coloca debajo de un árbol, abre el cajón del estómago, y comienza a pegar golpes con la cola en el tronco y así consigue que caigan dentro peras o nueces o algún pajarillo dormido en una rama. O si quiere respirar abre el cajón de los pulmones y lo deja abierto un buen rato. Es muy difícil saber cuando un cajón se ha llenado de aire, claro, así que el armarillo suele pasarse horas y horas de ese modo, normalmente los sábados o los domingos y en sitios en los que el aire es puro, como en lo alto de una montaña, o en la orilla de un lago. Y así tiene aire para toda la semana.

El armarillo, por el contrario, nunca coge aire en los atascos, ni en los polígonos industriales, ni en los rascacielos. Y eso que trabaja en uno de ellos, en una oficina, en el centro de la gran ciudad.

En su trabajo el armarillo utiliza el lado derecho de su cuerpo, en el que tiene otros cajones, que, al contrario que los del lado izquierdo, deja que los demás abran y cierren para meter y sacar informes, facturas, gráficos…

El trabajo del armarillo es bastante aburrido, se pasa horas y horas en esa oficina, quieto, como si estuviera muerto —como mucho, de vez en cuando va al baño, abre el cajón del pis y lo vierte en la taza—. Pero mientras pasa todas esas horas allí, como muerto, el armarillo está en realidad respirando el aire puro que tiene guardado en uno de sus cajones de lado izquierdo, o buscando en otro de ellos, el de los pensamientos y los sueños, alguno que le entretenga, alguno que le lleve lejos de allí, a la orilla de un lago, o a lo alto de una montaña, muy lejos de esa oficina.

 

Publicado en semanario ON 24/08/2019

GAINSBOURG Y YO

ago 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, suplemento ON de diarios de Grupo Noticias (24-8-2019)

 

Vaya, el tiempo está loco, estamos a finales de agosto y ¡ahora se pone a nevar!, ah, no, no, que es Gainsbourg, mi conejo enano belier, que está con la muda y se le cae el pelo en unos mechones que parecen copos, tan grandes, tan blancos, tan leves… Gainsbourg es pequeño, peludo, suave, a veces lo peino y se me ponen las manos hechas un poema, llenas de volutas, que recojo y con las que me estoy haciendo un jersey de punto inglés para cuando llegue el invierno.

—¡No es buena idea! —me dice  Gainsbourg—. Ir por la calle vestido de conejo, digo. La calle está llena de depredadores, de lobos solitarios, de asesinos, de gente que vota en silencio a la ultraderecha, de comerciantes que van a darte mal el cambio, de conductores a los que no les importa convertirte en una calcomanía sobre un paso de cebra…

Sí, mi conejo Gainsbourg habla. Mantengo con él largas conversaciones, mientras lo peino. Y no me guarda rencor, aunque sea su carcelero. De hecho, cuando lo dejo salir de su jaula intenta hacerme el amor, pero en verano a mí no me gusta porque voy en pantalones cortos y me araña las pantorrillas, así que lo rechazo,  y tampoco por eso se enfada, Gainsbourg, y en lugar de follando como conejos acabamos otra vez los dos hablando sobre Dostoievski o sobre el capitalismo feroz.

—No hace falta salir a la calle para que intenten desollarte —le digo, por ejemplo, a Gainsbourg y le cuento también que esa misma mañana me han sacado la faca tres veces por teléfono.

Primero, los de una compañía telefónica. “No me interesa”, les he dicho y mientras colgaba oía al operador gritarme: “¡Pero cómo sabe que no le interesa si aún no le he contado nada!”. Me pregunto, por cierto, qué pensarán sobre nosotros y sobre nuestras madres los teleoperadores cuando les cuelgas el teléfono.

“¿La señora de la casa?”, me ha dicho el segundo atracador. A este le he colgado sin remordimiento alguno. Y creo, además, que le he hecho un favor, porque una llamada desde el siglo pasado debe de costar un pastón.

—Deberías hacer como yo —me recomienda Gainsbourg—. “¿La señora de la casa? Sí, soy yo”,  le habría contestado, y habría puesto la voz bien grave y varonil. Otras veces les digo que sí a todo—continúa explicando—, que me pongan todo lo más caro que tengan. O empiezo a reírme como un bugsbuni, como un conejo loco. Y siempre consigo que sean ellos los que cuelguen.

—Mi pequeño Viernes —murmuro orgulloso, y le acaricio, pues me imagino que con esos métodos Gainsbourg estará consiguiendo hacernos subir muchos puestos en la lista Robinson (ya saben, esa a la que podemos apuntarnos para restringir la publicidad no deseada).

La tercera llamada era desde una centralita de la mafia china, a juzgar por el acento de la chica, que me ha preguntado si tenía computadora y después, cuando le he contestado que sí,  me ha dicho que esta estaba infectada con un virus horrible que iba a destruir mi equipo en unas horas pero antes iba a enviar videos míos sodomizando cabras a toda mis lista de contactos. También he colgado, claro, porque me sonaba todo a chino (por ejemplo, ¿cómo sabía esa chica que mi ordenador estaba infectado si primero me ha preguntado si tenía ordenador —bueno, computadora—?) y, sobre todo,  porque yo con conejos igual, pero con cabras nunca he tenido nada.

En fin, son de estas cosas (y de otras como el G 7, la ETA o las sumas y pactos políticos, pero esas se las dejo a otros columnistas) de las que hablo en la intimidad con mi conejo, mientras en la calle nieva pelo. Después, cuando nos aburrimos, le echo al suelo a Birkin, su mono de peluche (otro día ya les hablaré de él) y Gainsbourg le hace el amor salvajemente pero sin aspavientos, porque los conejos —o al menos mi conejo enano belier— hablan pero no gimen, como todos ustedes bien saben.

CAMAMEÓN

ago 18, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en semanario ON (diarios Grupo Noticias). 17/08/19

 

BESTIARIO
(DRAGORRIONES, CULEBRACAS, TÓPAROS 
Y OTROS BICHOS RAROS)

Patxi Irurzun & Belatz

El escritor Patxi Irurzun y el dibujante Belatz dan rienda suelta a su imaginación con esta colección de bichos raros-raros-raros. Un catálogo estival de criaturas híbridas e imposibles que se recomienda leer en familia

 

CAMAMEÓN

Cuando el camameón moja la cama la cara se le pone, primero, roja de vergüenza, luego verde, por el enfado, y al final, cuando sus padres cuelgan las sábanas en el tendedero, de todos los colores. Al camameón le da tanta rabia que los demás sepan que se ha meado en la cama que, cuando sale a la calle, no quiere que nadie le vea, así que se mimetiza con el entorno: si, por ejemplo, camina por una acera, su cuerpo tiene el color de las baldosas; o si va al súper, al pasar por la estanterías su piel parece la etiqueta de un yogur, con sus letras y su fecha de caducidad y todo.

Una vez, incluso, un cliente lo cogió por error y lo puso en la caja.

¡Que soy un camameón, que soy un camameón! —gritaba él.

¡Que es un camameón, que es un camameón! —intentaba también explicarle la cajera al cliente.

Pero él erre que erre:

No importa, si lleva bífidus póngamelo—decía.

Al final el camameón se mimetizó con la cinta transportadora y pudo escaparse.

¡Menudo susto!

Al camameón no le gusta mearse en la cama, pero sus padres le riñen si no lo hace. Y todos los niños se disgustan mucho con él. Cuando el camameón moja las sábanas sus padres las cuelgan en el tendedero y lo que ha soñado el camameón se proyecta sobre ellas como si fuera la pantalla de un cine.

A todos les gustan mucho ver las películas de los sueños del camameón. Un día el camameón soñó que su lengua era un matasuegras y que hacía una fiesta a la que solo invitaba a moscas. Otro que se le caían los dientes (y eso que los camameones no tienen dientes). Otro que iba al baño y cagaba monedas de euro.

La gente se divierte mucho con los sueños del camameón y sus papás, que cobran entrada por ir a verlos, ganan mucho dinero gracias a él.

Pero al camameón no le gusta nada que todo el mundo tenga derecho a meterse en lo más profundo de sus pensamientos, o despertarse mojado y temblando de frío en mitad de la noche.

Una noche el camameón soñó que daba un beso a una culebraca y tuvo que levantarse para cambiar las sábanas antes de que sus padres las vieran y todo el mundo se enterara de que estaba enamorado en secreto de ella.

El camameón no sabe qué hacer. Puede convertirse en cualquier cosa, pero a todos le gustaría que siguiera haciendo siempre lo mismo. No le parece justo.

Es duro ser un camameón.

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