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Entrevista a los Kikes (Turrón y Babas) sobre su biografía de Manu Chao

Oct 10, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
C4.01 Lavapies 98, by Belén de Santiago

Foto: Belén de Santiago

“Manu Chao sabe desaparecer y vivir a pie de calle”
Kike Turrón y Kike Babas, periodistas musicales

 

De mano de la editorial bilbaina Bao los incombustibles músicos y periodistas Kike Turrón y Kike Babas publican esta biografía de Manu Chao, coincidiendo con el anuncio de la reedición, dos décadas después, de Clandestino

Patxi Irurzun/ Gara (09/10/2019)

Le llaman el desaparecido. Y, sin embargo, la biografía de Manu Chao es tan intensa y abigarrada (Mano Negra, el expreso de hielo, la feria de las mentiras, Radio Bemba, Jai Alai Katumbi…) que a veces está, o lo han visto, en varios sitios a la vez. Su disco Clandestino, que este año, dos décadas después, se reedita con tres temas nuevos, desde luego tuvo el don de la ubicuidad, se escuchó a lo largo y ancho de todo el mundo, e incluso convirtió, contra su voluntad, a este parisino, hijo de una vasca y un  gallego, en una pequeño dios, en un icono de la lucha contra la globalización.  Manu, sin embargo, supo desaparecer, para seguir dejándose ver, para seguir asesinando rumbas por los bares de Barcelona, o haciéndoles canciones a las putas de Madrid, o grabando discos con los músicos ciegos de Mali… Kike Babas y Kike Turrón lo han acompañado en muchas de sus aventuras y haciendo inventario de viejas entrevistas, de viajes y escenarios compartidos y de sus agendas —por las que cualquier periodista musical mataría- han podido poner un poco de orden y concierto en la biografía de este músico de vida y creatividad volcánicas.

¿Tienen alguna noticia del desaparecido, saben dónde está, si le ha llegado el libro y si le ha gustado?

Turrón: Eso fue lo primero que nos preguntamos cuando soñamos sacar su biografía en noviembre pasado y miramos su web, que es una buena guía: “¿Dónde estará Manu para que le propongamos este libro?”. Resultó que estaba localizable y dijo sí.

Babas: Sus redes apuntan a que actualmente anda tocando en acústico por Europa: Aiguamolls de l’Empordà, Farrera en Lleida, Monte Canin en la frontera Eslovenia-Italia… Cuando aparezca, encontrará el libro en el buzón, aunque él ha estado al tanto de todo el proceso de gestación.

¿Cómo ha sido el trabajo de escribir una biografía de un personaje como Manu Chao, a quien es difícil encontrar quieto en algún sitio?  En su caso supongo que han tirado de muchos momentos, escenarios, viajes, compartidos… y que en realidad este trabajo es el trabajo de muchos años.

Turrón: Hemos tirado de nuestras agendas personales desde el año 1997 en adelante. Afortunadamente las agendas estaban a buen recaudo. Repasando nuestros encuentros con él hemos trazado un esqueleto del libro. Lo otro es la purita biografía de Manu, con, digamos, los hechos oficiales. No hemos entrevistado a Manu para este libro.

Babas: Trabajo intenso, pero muy gustoso. Manu tiene una bio de mucha, mucha chicha. Lo más complicado fue situarle en el mapa en determinados momentos de su carrera, a veces parecía haber estado en tres sitios a la vez.

Después de otros libros biográficos, como el de Leño, ¿por qué eligen a un personaje como Manu Chao?

Babas: ¡Dime tú qué periodista musical no elegiría una biografía como la de Manu Chao! Y se daba la circunstancia de que estuvimos cerca en algunas aventuras, y que le hemos entrevistado una decena de veces en las dos últimas décadas… Sabíamos que podíamos hacer un trabajo profesional, digno y cercano.

Turrón: Somos fans de Manu desde la Mano Negra. Además de eso, hubo unos años (desde que se edita Clandestino) en los que estuvimos compartiendo los tres momentos y situaciones muy únicas y chulas, de eso se alimenta mucho este libro.

En realidad estamos hablando de alguien que uno de los artistas más conocidos en todo el mundo, y al que también casi se convirtió en un icono del mestizaje, la lucha contra la globalización…  Es algo de lo que se habla en el libro. ¿Cómo creen que lleva él eso?

Turrón: Sí que se le puso ahí, en ese altar de un visionario del siglo XXI, un nuevo Marley con ese halo mesiánico, su disco debut hizo que se disparase y sedimentase eso que se llamó mestizaje… Ya sabes cómo son los periodistas musicales, ja, ja, ja.

Babas: Manu sabe desaparecer y sabe vivir a pie de calle. Creo que eso es un buen antídoto… De todas formas esta respuesta debería darla él.

Una de las aportaciones interesantes del libro son sus experiencias personales compartidas con Manu Chao (Manu en Kikelandia), que nos descubren una parte más cercana e íntima del artista.

Turrón: Es la visión (respetuosa) de unos fans que tienen la oportunidad de compartir vida con el artista al que admiran. Kike y yo nos dedicamos a esto de la música en gran parte por esa parte fan que se nos sacia con cada nuevo libro que sacamos.

Babas: Como aportaciones interesantes en el libro, precisamente por relatar experiencias personales compartidas, yo resaltaría como admirables y entrañables las de los tres prologuistas: Amparanoia, Fermin Muguruza y Fernando León de Aranoa. Ahí es .

Otro de los aspectos llamativos del libro es su edición tan cuidad y colorista…

Turrón: Seguimos trabajando con esa editorial de Bilbao llamada Bao (ellos editaron la de Leño)  y dirigida por esas personas tan humanas y profesionales que son Mikel y Mariano. Ahí no se hacen chapuzas ni se andan con medias tintas, libro que hacen, libro que clavan.

Babas: Le pedimos permiso a Manu para utilizar el art-work original de la época de Clandestino, y así crear páginas a todo color llenas de cancodrilos, vacas toliñas y superchangos. Efectivamente la presentación del libro ha quedado fuera de serie.

A lo largo de todos estos años entrevistando y siguiendo a Manu Chao a ustedes se les quedó  un documental por el camino, que no se llegó a estrenar…

Turrón: Justo antes de salir el disco, Manu nos dijo que le haríamos una peli, un documental… y aceptamos. Salió una cosa muy bonita de una hora de duración, A corazón hermano, que finalmente se quedó en un cajón. Es muy bonito verlo ahora, porque en ese momento Manu no era el artista que vendería millones de discos unos meses más tarde. Flipas.

Babas: De nuevo le hemos pedimos permiso a Manu y, en las presentaciones del libro, estamos exhibiendo media hora de dicho documental, le da mucho empaque a una velada literaria.

¿Y cuáles son los nuevos proyectos de los Kikes?

Babas:  Con Kike Babas y La Desbandá estoy ultimando el disco en directo (colabora Kutxi Romero, Lichis y Capitán Cobarde). A la par ando componiendo canciones nuevas. De libros ando liado con uno o quizás dos. Pico y pala con la creatividad…

Turrón: Con mi grupo, Turrones, voy a sacar un disco/cuento en breve. Como biógrafos, el año que viene Los Kikes queremos sacar la bio oral de Los Rodríguez que ya está en su recta final.

 

 

EL CAJÓN DE LOS GAYUMBOS

Oct 7, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios grupo Noticias)

La vida es una ruleta rusa. Puro azar. Aunque nosotros creamos que decidimos. Por ejemplo, mi primera decisión del día es elegir qué calzoncillo me pongo. Y detrás de esa elección hay todo un proceso lógico. Porque hay calzoncillos de batalla, calzoncillos para los días especiales, para el médico, calzoncillos de la suerte, calzoncillos de superhéroe, calzoncillos con dibujitos de superhéroes,  calzoncillos chorras, calzoncillos con gatera para la chorra —calzoncillos Homer—,  calzoncillos Calvin Klein, calzoncillos Clevin Kain, calzoncillos de mercadillo, calzoncillos de madre —por si tienes un accidente—, calzoncillos hechos un zarrio…

Uno no se pondría nunca un calzoncillo —o una, una braga— hecho un zarrio un día que quiere estar guapo, un día que tiene una comida, o que hablar en público, aunque las probabilidades de que ese día tenga que quedarse en ropa interior ante alguien sean mínimas —bueno, si la comida es de empresa quizás no tan mínimas; en ese caso las probabilidades de calzoncillada se multiplican—. Sin embargo, las probabilidades de tener un accidente, o de que te lleven a la Audiencia Nacional,  los días en que eliges un calzoncillo hecho un zarrio —es decir, un día normal— no son nada desdeñables.

No sé si me explico.

De todos modos, da igual, porque a veces no hay elección posible, el cajón de los calzoncillos es como un agujero negro en el que la ropa interior va desapareciendo misteriosamente —o no tanto, en realidad tiene que ver con el tiempo que te retrasas en poner la lavadora— y al final llega un día en el que solo queda la tanga roja con trompa que te regalaron en navidades (esta, la apunto, podría ser una buena idea para un cuento: alguien que tiene que ponerse como último recurso el tanga de leopardo y justo ese día lo atropella un coche, o un patinete, lo llevan a urgencias, o la Audiencia Nacional, tienen que desnudarlo…).

Iba a decir, a propósito de esto último, que estaría muy bien tener rayos X en los ojos para saber qué ropa interior lleva la gente por la calle, pero no hace falta, la mayoría de la gente ya lleva los calzoncillos o las bragas (o mejor dicho, la marca de las bragas o los calzoncillos) bien a la vista.

Y, hablando de superhéroes, me imagino que llegará un día en que la moda sea llevar los calzoncillos por encima de la ropa. De hecho, creo que ya ha llegado ese día.

No sé muy bien por qué escribo todo esto. En realidad, la imagen del cajón de los gayumbos era una metáfora que tenía algo que ver con la situación política, pero se me ha olvidado cuál era la relación. Tal vez la metáfora tenía más bien que ver con la ruleta rusa; o con una ruleta rusa a la inversa, en la que cuando vas a votar todos los agujeros, todas las papeletas, tienen bala, menos una, y por eso, por esa mínima posibilidad de que tu voto sirva para algo, seguimos haciéndolo.

Por cierto, tampoco entiendo que se diga que la gente está harta de votar, ni qué posibilidades tiene así de prosperar una democracia participativa. Es como si prefiriésemos ser coreanos del norte que suizos. Supongo que lo que habría que decir es que la gente está harta de votar solo para que le tomen el pelo.

Tampoco sé qué pasará de aquí a unos días, cuando se publique este artículo, que se escribe con varios días de antelación. Quizás para entonces Albert Rivera haya decidido quién tiene que gobernar en Navarra, o el príncipe Felipe sea el nuevo presidente del gobierno (de verdad, resulta sonrojante, por muy protocolario que sea, que en una democracia el rey, a quien nadie ha votado,  tenga que proponer los candidatos), o existan tantos partidos de izquierdas, o lo que sean, como votantes de izquierdas, o lo que sean… No lo sé. ¿Cómo voy a saberlo si ni siquiera sé cada día, cuando me levanto, qué calzoncillo ponerme?

«DIEZ MIL HERIDAS» Y JUAN SEBASTIÁN ELCANO

Sep 23, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca es uno de los protagonistas de «Diez mil heridas» y, en estos días en que se conmemora el increíble viaje de Juan Sebastián Elcano, no está de más recordar que cinco años antes de que partiera la no menos increíble expedición que describe en «Naufragios», Cabeza de Vaca vio impresionado desembarcar a los 18 supervivientes de la vuelta al mundo, un pasaje que recojo en mi novela:

Entretanto, Teodoro Doroteo, o Doroteo Teodoro, como se llamaría a partir de entonces, dibujaba el rostro de Cabeza de Vaca sobre una de las páginas cosidas del cuaderno que llevaba siempre consigo.

El tesorero volvió a sentarse frente a ellos al cabo de un rato. Alterado todavía por la conversación con su ayudante, tuvo que pensar durante unos instantes para recordar qué estaba haciendo antes de la misma. Cayó en la cuenta al ver a aquellos dos extraños hombres que lo miraban con curiosidad y una sonrisa soñadora, expectante y bobalicona.

—Eso es, estaba firmando dos sentencias de muerte —se dijo.

No era la primera vez que pensaba aquello, cuando enrolaba a algún hombre en aquella expedición. Recordaba el día que, cinco años atrás, vio desembarcar en el puerto de San Lúcar de Barrameda a los supervivientes de otro viaje, el de Francisco de Magallanes, que había partido con más de doscientos marineros a bordo y del que solo habían regresado dieciocho. Descamisados, descalzos, flacos como perros callejeros y con las barbas arañándoles los costillares, todavía era capaz de evocar el olor a carroña que despedían sus cuerpos. Se le revolvía el estómago al pensarlo; y era incapaz de imaginar las calamidades que aquellos muertos en vida debían de haber soportado.

http://patxiirurzun.com/…/diez-mil-heridas-harper-collins-…/

BALCONSITO SUMMER

Sep 22, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, magazine On (Diario Grupo Noticias), 21/09/2019

 

Dos días de conciertos, catering, barra, pulseras identificativas, notas y pases de prensa… Balconsito Summer, que celebró su segunda edición en Pamplona el pasado mes de agosto sería como cualquier otro de los grandes y multitudinarios festivales veraniegos de música si no fuera por un pequeño, nunca mejor dicho, detalle: el escenario es un balcón de 1,71 metros cuadrados en un quinto piso y los espectadores únicamente dos personas en cada uno de los conciertos. Es el festival más pequeño del mundo y eso —pero no solo eso— lo convierte en algo único, original, diferente a cualquier otra experiencia.

La idea se le ocurrió a Mikel G. Otamendi, el creador de esta maravillosa majarada, durante el pasado verano de 2018 (todavía, hasta el lunes, podemos decir “pasado verano” refiriéndonos al de 2018, carpe diem, aprovechemos estos dos días antes de despedirnos del de 2019 como Pancho corriendo detrás del coche que se lleva todos sus sueños y recuerdos y poluciones adolescentes de un inolvidable verano azul).

Fue, la de Mikel y el Balconsito Summer, una corazonada, y al corazón hay que hacerle caso rápido, antes de que las ideas se vuelvan frías y cerebrales, corrientes y aburridas, así que en apenas un mes consiguió enredar a unos cuantos colegas del mundo de la música (Mikel también es músico, durante años estuvo girando por todo el mundo con el grupo Tierra Santa) y organizar la primera edición de este festival que inmediatamente consiguió notoriedad y miles de seguidores, pues aunque en directo solo haya dos espectadores (elegidos por sorteo) se retransmite también por internet.

En aquella primera edición participaron artistas como Kutxi Romero (Marea) y la de este año ha contado con otros como Xabi Bandini o Maren, la joven y prometedora cantautora de Gallarta. Yo he tenido el privilegio de vivir el festival desde dentro este verano, como enviado especial de “Rubio de bote”, y todavía estoy relamiéndome de gusto. No se trata tanto de haber estado allí, de vivir algo que creo que compartirán conmigo quienes también lo hicieron (para empezar, durante los conciertos el público —las dos personas del público— no se los pasa hablando las casi dos horas que duran, algo que sucede cada vez más a menudo y sobre todo cuando los conciertos son gratis; hay que cobrar, hay que poner cerco a los maleducados); no se trata solo de sentir una especie de comunión con los músicos, con su nerviosismo y la responsabilidad de encontrarse más cara a cara que nunca con los espectadores (y de intentar que no se le escape ningún felipón); ni siquiera se trata de saber que estás participando de algo exclusivo…

Se trata sobre todo —eso es lo que, a mí, al menos me emociona— de que de vez en cuando todavía puedes encontrarte con personas como Mikel que son capaces de blandir la honda del ingenio, del entusiasmo y la fe tenaz en uno mismo contra el Goliat del éxito rápido y lucrativo (porque todo lo contrario, lo que no sea ya y haga mucho clinclín en la caja registradora, es hoy en día un fracaso).

No me atrevo a decir cuál será la suerte de Balconsito Summer en próximas ediciones (espero que haya muchas más), pero lo que sí se puede repetir una y otra vez es que este festival ya tiene algo —y ese es su gran triunfo— que todos los demás sin duda deberían envidiar: su originalidad, su reivindicación de la grandeza de lo pequeño y lo cotidiano, su apuesta por las corazonadas y por los veranos azules…

El festival más pequeño del mundo es, en definitiva —y perdón por lo manido de la antítesis, pero es que es verdad— muy grande. ¡Larga vida a Balconsito Summer!

NUEVA YORK, LA CIUDAD INTERMINABLE

Sep 15, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

 

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Reportaje publicado en el magazine ON, 14/09/2019
Texto y fotos: Patxi Irurzun

Un recorrido por la gran manzana que ofrece algunas alternativas sencillas a los lugares que, de todos modos visitarás, y que discurre hasta distritos menos conocidos como Brooklyn, Queens o ese Nueva York subterráneo que es el metro de esta gran ciudad, tan apasionante como agotadora.

 

 En la caseta de información turística de Times Square, uno de los puntos más calientes del turismo mundial (el año 2018 más de 65 millones de personas visitaron Nueva York y Times Square es sin duda el corazón de la gran manzana) una chica muy joven come despreocupadamente patatas fritas de McDonald’s mientras atiende desganada a los viajeros. Tampoco parece preocuparle demasiado no poder contestar a aquellos que no hablan inglés, ni disponer de mapas de la ciudad, o entregar los folletos con manchas de grasa de sus dedos.

Nueva York es altiva y desdeñosa con los recién llegados, como si supiera que sucumbirán de todas maneras a sus encantos. Es más, tampoco le importa irritarlos, nada más bajar del avión, con las colas interminables en los controles policiales del aeropuerto, sin agua ni baños a mano y con sus agentes de aduanas autoritarios y antipáticos (los cuales, al menos, ahorrarán a quienes dispongan de poco tiempo la visita a Ellis Island, la isla en la que, entre 1892 y 1954, los inmigrantes eran recibidos y sometidos a rigurosos y humillantes controles).

Todo ello por no hablar de algunos empleados del metro, que directamente contestan malhumorados y a gritos a los turistas e incluso neoyorkinos que de manera inevitable se pierden alguna vez en los intestinos de la ciudad, en esa otra ciudad subterránea que es el metro, habitada a menudo por fantasmas (fantasmas a los que en cada vagón hay al menos una persona que ve y habla con ellos).

 

El puente de Brooklyn… y el de Manhattanpuente de manhattan desde Dumbo

En el fondo tienen razón, no hay por qué esforzarse. A pesar de todo lo dicho, Nueva York deslumbra al turista, tal vez porque forma parte de su imaginario cultural. La ciudad es un gran plató de cine en el que uno tiene la impresión de encontrarse, más que en un lugar físico, real, en un fotograma o una postal: Times Square y sus rascacielos luminosos, Central Park y sus ardillas descaradas, la estatua de la libertad, las alcantarillas humeantes (sí, es cierto, existen no son efectos especiales), los enjambres de taxis amarillos, las escaleras de incendios en los edificios…

Existe, sin embargo, otro Nueva York (existen, en realidad, miles de “nuevayorks”, la ciudad, como todas, es infinita y secreta); existen rutas alternativas desde las que escapar del burdo circo o la gran tienda de souvenirs en que se han convertido lugares como Times Square; itinerarios en los que en lugar de extras podamos sentirnos protagonistas de nuestra película.

El famoso puente de Brooklyn, por ejemplo, se ha vuelto intransitable, y sin embargo son muy pocos los peatones que deciden ir o regresar a Mahattan por el puente que discurre paralelo y que ofrece también una buena panorámica del skyline de la ciudad o del propio puente de Brooklyn. El puente de Manhattan, así se llama, no es tan espectacular como el de Brooklyn, es cierto, pero ¿por qué no llegar por uno de estos dos puentes y regresar por el otro? Además, entre ambos, en la orilla de Brooklyn, podremos recorrer Dumbo y sus viejas naves industriales reconvertidas en terrazas y restaurantes, o la pequeña playita que se transforma al atardecer en un estudio fotográfico al aire libre en el que parejas de novios acuden a realizar sus reportajes de boda, tal es la impresionante vista de la ciudad que esta nos ofrece desde este lugar.

Por si fuera poco,  en Dumbo también podremos emular una de las escenas de Érase una vez en América, aquella en la que el puente de Manhattan asoma entre callejuelas con edificios de ladrillo naranja y el Empire State encuadrado entre uno de sus arcos.

 

Y también el puente de Queensboro

Hablando de cine, por cierto, no es bajo ninguno de estos dos puentes, el de Brooklyn ni el de Manhattan, como muchos creen equivocadamente, donde se ubica la famosa escena de Manhattan, la película de Woody Allen, en la que este y Diane Keaton ven amanecer, sino bajo el puente de Queensboro.

Este, el puente de Queensboro, que une Manhattan con Queens, nos ofrece también otro de los secretos cada vez más a voces de la ciudad: la posibilidad de contemplar Nueva York desde las alturas (no desde las vertiginosas alturas del Empire State o el Top of the rock, es cierto, aunque en compensación, en lugar de los cerca de cuarenta dólares que pagaremos en estos rascacielos, aquí nos costará solo el precio de un billete de metro y no tendremos que hacer cola).

Estamos hablando del teleférico que une el Upper East Side con la pequeña isla de Roosevelt. El viaje se puede hacer  desde Manhattan (el teleférico se encuentra en la cabecera del puente) o desde la propia isla, pues la línea F del metro tiene parada en este lugar que en tiempos alojó un asilo para pobres, un hospital para enfermos de viruela, una cárcel o un centro psiquiátrico (donde, entre otros, estuvieron ingresadas Mae West o Billie Holiday y en el que se internó voluntariamente haciéndose pasar por una paciente la periodista y precursora del periodismo gonzo Nellie Bly, quien contó después su experiencia en el reportaje Diez días en un manicomio). Hoy en Roosevelt Island viven unos diez mil neoyorkinos, en una especie de paréntesis que los aísla de ese otro gran  manicomio que, precisamente, parece muchas veces Nueva York

.

El metro y los locos de Nueva York

los locos de nueva yorkNo es raro, efectivamente, encontrarse por Nueva York a cientos de enfermos mentales, que deambulan por sus calles y el metro —uno en cada vagón— peleándose por lo general pacíficamente con sus sombras y sus demonios (aunque a veces cuesta diferenciarlos de quienes hablan por sus móviles sin manos). Son, sin duda, náufragos de un sistema de salud, o, mejor dicho, de la ausencia de un sistema de salud público y de un modo de vida acelerado e individualista.

En el metro que nos trae desde Flushing, el Chinatown de Queens, menos conocido y sin embargo más Chinatown que el de Manhattan, una chica entra leyendo un cómic y riéndose a mandíbula batiente. Debe de ser un cómic genial, pues la carcajada se repite cada diez o quince segundos, acompañada de aspavientos y una tos bronca, hasta que resulta evidente que es imposible que una historieta contenga tantos gags y tan desternillantes.

La chica se baja y sube un pimp, un chulazo negro, que parece escapado de una película de Tarantino o de la Bloxpoitation, vestido con un abrigo largo, con la piel de algún animal en el cuello, sombrero con plumas de colores, pantalones de campana y camperas blancas. Todo muy chulo, nunca mejor dicho, sino fuera porque estamos en plena ola de calor.

El metro, en sí mismo, además de un  enorme dormitorio y la mejor forma de agujerear la gran manzana, es todo un espectáculo, el mejor observatorio de la condición humana. Cuesta, eso sí, habituarse a su idiosincrasia, a sus líneas que cambian repentina y aleatoriamente los recorridos los fines de semana, sin que ni siquiera los propios empleados los conozcan (tal vez por esos se irritan cuando les preguntas), a sus trenes exprés o locales, a sus entradas diferentes dependiendo de si la línea viaja en una dirección u otra…

Siguiente parada. El pimp se baja en la calle 42 y entra un tipo con una gran tabla de surf, que deja en el suelo y sobre la que monta y comienza a bracear torpemente. Se apea una parada más adelante, suponemos que para surcar olas de asfalto entre la marea de turistas, la mayoría de los cuales no visitarán las playas, las playas de verdad, que también podemos encontrar en Nueva York.

 

Playas de Nueva York

La más frecuentada de ellas es Coney Island, al sur de Brooklyn, donde además se ubica el viejo parque de atracciones, con su montaña rusa de madera, sus tiovivos vintage, sus máquinas Zoltar, como aquella en la que Tom Hanks pedía al genio convertirse en adulto en Big (por cierto, existe una empresa, www.zoltarmachine.com,  que a cambio de unos ocho mil dólares de nada ofrece la posibilidad de tener en casa una de estas máquinas; y por cierto también, el piano de pies que el protagonista toca en esta película se encuentra ahora en la tienda de juguetes FAO Schwarz, al pie del Rockefeller Center)…Mural en Coney Island

Todo en Coney Island conserva su aire retro y freak (de hecho, cuando nosotros lo visitamos estaban rodando la escena de una película, con policías con gorra de plato y viejos coches patrulla), el espíritu de una época en la que era posible, tras darse un chapuzón, visitar las barracas de feria con sus monstruos: las sirenas, la mujer barbuda, el hombre más diminuto del mundo o el que come más perritos calientes en menos tiempo (todavía, el 4 de julio, Nathan’s, la famosa cadena de hot dogs, que tiene su casa original en Coney Island, celebra en ella el campeonato mundial de comedores de salchichas, del cual se anuncia el tiempo que resta hasta la próxima edición en un marcador luminoso, a semejanza de los que en Pamplona encontramos en la calle Estafeta para descontar los días que faltan hasta el próximo txupinazo).

Menos conocida que Coney Island es la playa de Rockaway, en Queens, una larga y estrecha península a la que se llega en una línea de metro que discurre en sus tramos finales a cielo abierto y desde la que se pueden ver las casas flotantes de los barrios colindantes (las líneas de metro que discurren por el exterior, en Queens o Brooklyn, son otra buena manera de conocer estos distritos, más allá y más económicas que los tours  de contrastes o los autobuses turísticos; por poner solo un ejemplo en Brooklyn resultan impresionantes las vistas al enorme cementerio de Cypres Hill, que no solo es el nombre del famoso grupo de hip hop sino también el de un barrio de Nueva York).

La playa de Rockawway está, por lo demás, próxima al aeropuerto JFK, con lo cual mientras uno se baña ve pasar sobre sus cabezas las panzas de las decenas de aviones, que se confunden con las de las numerosas gaviotas que revolotean por la zona.

 

Nueva York cansaUn oso de peluche en la tienda de magia Abracadabra sobre una máquina Zoltar

Tanto hasta Rockaway como a Coney Island, además de en metro o en autobús, también es posible llegar en alguna de las diferentes líneas de ferry que navegan la bahía de Nueva York. La más popular de ellas entre los turistas es sin duda la que lleva hasta Staten Island, pues es gratuita y pasa por delante de la estatua de la libertad, pero si uno quiere evitar las apreturas o las carreras para colocarse a estribor, una buena alternativa —solo en verano, eso sí, y también gratuito los fines de semana hasta antes del mediodía— es el ferry que a solo unos metros parte desde otro muelle a la isla de Governors, donde durante unas horas podremos descansar, disfrutar de un —otro más— nada desdeñable skyline y reponernos del ajetreo de una ciudad como Nueva York que, dicho sea de paso y para acabar, cansa mucho, pues es esta una ciudad interminable (no hemos hablado aquí de sus parques, como el Flushing Meadows-Corona Park de Queens, con los escenarios futuristas que aparecen en Black in men; ni de sus barrios dentro de otros barrios dentro de otros barrios, las pequeñas indias, italias, jamaicas…; ni de sus sorprendentes tiendas, como Abracadabra, cerca del edificio Flatiron, con asombrosos artículos de magia, sus peluches terroríficos, sus complementos gore…).

Una ciudad, en definitiva, que ofrece miles de posibilidades o caminos, algunos, como vemos, más trillados que otros.

 

 

 

 

 

 

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