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ENTREVISTA A INMA ROIZ

Mar 27, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Aixaportada

“Somos seres migrantes y eso es algo que no vamos a poder frenar”

Inma Roiz, escritora

 

En El viaje de Aixa Inma Roiz narra el gran viaje que hacen en el mundo helado y hostil del Paleolítico la niña Aixa y el cazador Moy desde los Pirineos hasta Urdaibai. Un viaje que es una historia de supervivencia y aprendizaje, el viaje de la propia vida, y que ha ilustrado con maestría el artista bilbaíno Rober Garay, la otra pata de esta novela.

Patxi Irurzun /Gara

Fue de hecho el propio Rober Garay quien propuso a Inma Roiz escribir esta novela ilustrada, editada magníficamente por la editorial bilbaína El Gallo de oro. El viaje de Aixa es el tercer trabajo de Roiz, tras el éxito de Manuela y Oro verde, novelas ambas en las que la escritora okondarra también contaba historias de migraciones, un tema que le interesa particularmente y en el que es experta, y que, afirma, permanece a lo largo de los siglos como una constante en la historia de la humanidad.

Supongo que escribir una historia como esta, situada en el paleolítico, habrá sido complicado. ¿Cómo se ha documentado, qué referencias ha usado?

Lo  cierto es que ha sido una aventura adentrarme en esta historia, porque además de los estudios científicos sobre el paleolítico y arqueólogos con los que he podido entrevistarme y que han revisado el texto, también he visitado cuevas, visto pinturas rupestres y he conocido gente que dedica su tiempo libre a la elaboración de fuego al estilo prehistórico o armas de aquel tiempo. Tanto es así que he podido lanzar yo también un venablo con su propulsor elaborado de forma artesanal y primitiva. Rober Garay ha tenido mucho que ver, porque me ha abierto un mundo que desconocía. Él, espeleólogo y un gran entusiasta del Paleolítico, me ha dado herramientas muy valiosas para ambientar la novela y situarla en aquel tiempo.

El libro, de nuevo, como en sus trabajos anteriores, tiene que ver con un tema que le interesa mucho, como las migraciones, en este caso casi echando la vista atrás a las primeras de las que podemos tener constancia.

Es cierto que las migraciones aparecen en todas mis novelas, y es que forman parte de la vida de los seres humanos. En este sentido, lo que viene a decirnos El viaje de Aixa es que somos seres migrantes, nos hemos movido de un territorio a otro desde el principio de los tiempos y eso es algo que no vamos a poder frenar.

¿El recurso del viaje o la migración tiene que ver también con el deseo de mostrar una evolución en los personajes, con su viaje interior?

El viaje físico que realizan los personajes es paralelo a su viaje interior, sobre todo en el caso de Aixa, que va creciendo y adquiriendo conocimiento mientras se van trasladando en busca de tierras más templadas. Es el viaje de la vida, por así decirlo.

¿El personaje de Aixa, en ese sentido, se puede afirmar que representa el futuro o la esperanza, la supervivencia?

Ella simboliza la perpetuación del clan, arrastra con ella toda la sabiduría de sus ancestros, y es la esperanza de que sus congéneres no se pierdan para siempre en el olvido de los tiempos. Al mismo tiempo representa el futuro de la especie.

¿Y qué nos puedes contar sobre Moy,su acompañante, el cazador?

Moy es un personaje con mucha fuerza física, es el gran cazador de la tribu, imprescindible para la supervivencia en un mundo en el que el hombre se encuentra en mitad de la cadena trófica, es depredador y depredado. La situación de alerta es permanente. Él ve en Aixa, la niña, el futuro a proteger y preservar, y le transmite todos sus conocimientos, convirtiéndola a ella también en una gran cazadora, pero sobre todo en una superviviente. Entre los dos forman un núcleo muy potente.

Ha trabajado conjuntamente con Rober Garay, el resultado es espectacular, ¿cómo se han organizado?

Rober Garay, además de ser un buen dibujante, es un apasionado de la prehistoria y posee un gran conocimiento sobre aquella época. Con él he podido visitar cuevas de difícil acceso donde recrearme, hemos recorrido los centros de interpretación de arte rupestre de la cornisa cantábrica, y nos hemos reunido con científicos y otra gente que conoce detalles de aquella forma de vida.

Hemos hablado antes de que el libro remite a tus trabajos anteriores, no solo temáticamente, también en la creación de atmósferas (el frío, la naturaleza…). ¿Es un sello de la casa o algo que le imponen las propias historias?

Es cierto que el frío y la naturaleza están muy presentes en todas mis novelas, pero creo que han sido las propias historias que he contado las que me han llevado por ahí, aunque me reconozco muy ligada a la tierra y a la naturaleza, y eso, sin duda, se refleja en mi escritura.

¿Continuará por ese camino en nuevos trabajos?

Estoy tratando de escribir una historia más contemporánea, que tenga que ver con nuestro día a día, y probablemente sea también más urbana. Aunque todavía me quedan bastantes cosas por decidir. Habrá que esperar un poco para hablar de un nuevo libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA (OTRA) DE MARCIANOS

Mar 22, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 21/03/20

“Tiempos nuevos, tiempos salvajes”, se escuchaba la canción de Ilegales en la radio. Sobre la luna delantera del coche yo no sé si caían copos de nieve o mariposas. Puto cambio climático. Bueno, también puede que fueran dioxinas. Al fondo de la carretera se veía una superluna hacia la que me dirigí como una polilla a la luz. Luego ya me di cuenta de que en realidad era un control de policía. O eso me pareció. La canción de la radio se acabó y empezó una de La Polla Records: “Vivo en un sitio que es como todos los sitios. Lo único que uno de cada ocho es policía”. Me pregunté si serían los nacionales, la guardia civil, los munipas, los forales, el ejército… Pero conforme me iba acercando me di cuenta de que no iban uniformados como ninguno de estos cuerpos, sino con buzos blancos, gafas de protección, guantes azules… Me imaginé que me tomarían la temperatura. Pero esa luz tan intensa no era normal.

Me hicieron parar. Uno de ellos se acercó a mi ventanilla. No veía su rostro. Me hizo gestos para que bajara del coche.

—No tengo fiebre —le hice saber.

Y entonces él emitió aquel extraño sonido,  como una cinta de casete rebobinando. Se acercaron otros de sus compañeros. Todos se expresaban de esa manera. Me froté los ojos, incrédulo. ¿Quiénes eran aquellos seres? Dos o tres de ellos me agarraron por los brazos y me condujeron hasta su nave, iluminada por aquella luz blanca y deslumbrante. Lo hacían con delicadeza, de modo que a uno no le quedaba otro remedio que colaborar. Me hicieron sentar en una silla y me tomaron algunas muestras de saliva. También me recortaron un mechón de pelo. Después, vino otro marciano, un marciano especialista, y comenzó a masturbarme. Llevaba las uñas pintadas con esmalte rojo, en lo que yo entendí un gesto de deferencia hacia mí. Me acordé de aquel amigo de la adolescencia que para cascársela se ponía en los dedos anillos de mujer, para estimular su fantasía. Pajas con alhajas, lo llamaba. Mi amigo también era un poco marciano.

Cuando acabé, el especialista en macucas se llevó la muestra. ¿Para qué la querrían? Me inquietó pensar que quizás para repoblar Raticulín u otro pequeño planeta en alguna galaxia lejana.

Después me hicieron bajar y regresar al coche. Se despidieron, muy afectuosos, estrechándome la mano. Uno de ellos me dio una pequeña pastilla. Entendí, por los gestos que hacía, que se trataba de un regalo, pero no me atreví a tomármela, como me indicaban con insistencia. Ellos se encogieron de hombros y regresaron a la nave. Vi cómo esta se elevaba y desaparecía, tragada por la noche.

Y me quedé allí, sentado en el coche, durante casi diez minutos, aturdido, sin comprender muy bien qué había sucedido. Pensé en que no iba a contar nada a nadie. ¿Quién me iba a creer? Me pregunté por qué los marcianos me habían elegido a mí. Tal vez porque últimamente había escrito algún otro cuento sobre ellos. Pero lo hacía como una broma, de una forma descreída, por no escribir, por ejemplo, sobre el puto coronavirus o sobre las dioxinas o sobre el cambio climático. Por dar un respiro, en estos tiempos nuevos y salvajes, a mis lectores. Ahora, sin embargo, tendré que dejar de hablar de los marcianos, si no quiero que la gente me tome por loco. Pero yo sé que existen. Y que son seres superiores. Finalmente, de hecho, me tomé la pastilla con la que me obsequiaron. Y desde entonces siempre encuentro a la primera sitio para aparcar.

ENTREVISTA A GALDER REGUERA

Mar 20, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

 

0_alta_Carmen Luis y Moto (c) Luis Brox

Foto: Luis Brox

“Buscando la historia de mi padre he descubierto la de Mamá”

Galder Reguera, escritor

 

“Mi padre murió el día que mi madre le dijo que estaba embarazada de mí”. Así arranca Libro de familia, el último trabajo del escritor bilbaíno Galder Reguera, en el que reconstruye la historia de su padre biológico, y al hacerlo, la suya propia y, sobre todo, la de la auténtica protagonista del libro: su madre. Una historia valiente sobre la identidad, los secretos y abismos familiares.

 

Patxi Irurzun/Gara 19/03/2020 (Día del padre)

 

Libro de familia, publicado por Seix Barral, es la quinta obra de Reguera, después de, entre otras, el ensayo autobiográfico Hijos del fútbol, o la novela juvenil La vida en fuera de juego (Reguera es responsable de actividades de la Fundación Athletic Club), pero es también la primera de todas ellas, pues se gestó al mismo tiempo que el propio autor. Narrada de un modo al tiempo audaz y contenido (Reguera reflexiona a lo largo del libro sobre las heridas que puede abrir al contar la historia y sobre cuáles puede ayudar a sanar, sobre las dudas y temores que suscita una escritura de este tipo), Libro de familia, que califica como novela de no ficción, aborda también otros temas dolorosos, como la violencia machista.

¿Escribir Libro de familia era algo que llevaba siempre consigo como una tarea o una cuenta pendiente o hubo algo concreto que le empujó a hacerlo?

La historia siempre ha estado ahí. En cierto sentido, yo mismo soy relato, porque desde niño, cuando me hablaban de mi nacimiento, me contaban la historia familiar. Sin embargo, a mí me hacía daño escucharla, porque era como entender que mi familia real, la formada por mi padrastro, mi madre y mis hermanos, nació de un hecho luctuoso. Digamos que le daba un poco la espalda a esa historia. Sin embargo, hace dos años se puso en contacto conmigo un primo mío, que no conocía, y quedamos, hablamos, me contó cosas de mi padre, y me di cuenta de que llevaba toda la vida siendo muy injusto con él, que quizá fuera siendo hora de saber cómo era y si yo tengo algo de él.

¿Usted no conoció físicamente a su padre biológico, y eso le confiere una particularidad a la historia, pero también es cierto que la mayoría de nosotros en realidad desconocemos quiénes son o han sido nuestros padres?

Desconocemos sus historias, los sueños y miedos sobre los que cimentaron nuestras familias. A mí Libro de familia me ha servido para poder pasar muchas tardes hablando con mi madre, y también con mi padrastro, y preguntarles ese tipo de cosas que nunca surgen en una reunión familiar. Después, al escribir su historia como si fueran personajes de novela, me he metido en ella, he hecho míos sus miedos, las dificultades a las que se enfrentaron para construir la familia en la que yo crecí feliz y ajeno a todas esas circunstancias. Eso me ha servido para estar más agradecido por todo lo que hicieron por nosotros, por mí y mis hermanos.

En ese sentido, es evidente que el libro también reconstruye la historia de su madre y que es a ella la principal protagonista.

Totalmente. Mi madre ha sido el eje sobre el que ha girado mi familia siempre. Es ella quien ha tirado adelante en los momentos duros. Pronto me di cuenta de que para hablar de mi padre biológico debía hablar de mi padre no biológico y que en esa ecuación entraba mi madre. Suelo decir que buscando la historia de mi padre he descubierto la de Mamá.

¿Fue duro tener que abrir heridas, al hablar con ella? Por ejemplo, un momento importante en el libro es una experiencia traumática, como su segundo matrimonio, antes de conocer a su padrastro 

Sí, ha sido muy difícil por momentos. Sobre todo, escuchar de los labios de alguien a quien quieres tanto cómo sufrió en un momento de su vida. Pero también estar cara a cara con los hermanos de mi padre, que tuvieron a mi hermano mayor en brazos y desaparecieron de nuestra vida a la primera oportunidad.

A lo largo del libro usted también reflexiona un poco sobre todo eso, sobre las dificultades, conflictos morales que le surgen escribiendo, hay incluso pasajes en los que está a punto de tirar la toalla…

Tenía muy claro que no quería hacerle daño a nadie escribiendo este libro, y menos aún a mi madre. Hubo un momento en el que pensé en dejarlo, porque mi hermana me dijo que había estado con nuestra madre y la vio muy afectada, llorando por recordar todo aquello. Pero después ella misma me dijo que hablar de ese momento de su vida le ayudaba a depurarse. Suele pasar con quienes han sido víctimas de una violencia como la machista que hay que ayudarles a superar el estigma de la víctima, ese razonamiento por el cual parece que debe haber silencio sobre los malos tratos recibidos.

En lo referido a la familia (no toda) de su padre hay algunos ajustes de cuentas, reproches, que usted asume además sin remordimientos, en ese sentido el libro es valiente, ¿lo siente usted así?

Bueno, he intentado que el libro no contenga reproches, sino entender por qué las personas se comportan de una determinada manera en momentos como los que vivió mi familia. Entiendo perfectamente, por ejemplo, que las familias de mi madre y de mi padre no biológico se opusieran en su momento a su relación, aunque el tiempo haya dado la razón a mis padres. Pero hay momentos en los que uno no es capaz de entender. Si fueran personajes de una novela, tendría que inventarme sus motivaciones, porque no he sido capaz de descubrirlas aún.

El tono en general resulta bastante contenido, habría sido fácil caer en cierta melancolía o el lamento ¿cómo trabajó eso?

Conteniendo las emociones en determinados momentos. Y puliendo mucho y dejándome asesorar por las personas que leyeron el texto. Me ayudó mucho Ander Izagirre, por ejemplo, que es un magnífico periodista, haciéndome entender que el relato está dirigido a un lector neutral, no a mis familias. También Elena Ramírez y Teresa Baillach, mis editoras en Seix Barral. Elena me decía una cosa muy bonita: que intentara “no hacerme el bicho bola”.

Por último, lo socorrido sería aquí hablar de autoficción, que parece el gran cajón de sastre de la literatura del yo actual, pero su libro es en realidad autobiografía pura y dura…

La literatura basada en hechos reales tiene muy mala prensa hoy día. Parece que los puristas de la ficción están desatados. Yo creo que Libro de familia es una novela de no ficción. Es literatura, en el sentido en el que los recursos utilizados para contar la historia son literarios.

Libro de familia está teniendo una gran acogida ¿Seguirá en esa línea?

Si te soy sincero, no sé por dónde seguiré. No tengo ahora mismo un proyecto nuevo en el que estar trabajando de seguido. Tengo apuntes para varias cosas, pero no me he puesto con ninguna de ellas en serio. Lo que sí tengo claro es que la ficción y la literatura basada en hechos están al mismo nivel, que es la calidad del texto la que determina si es bueno o no, no los hechos narrados.

 

 

ORTEGAESMITS

Mar 7, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en el magazine ON (diarios Grupo Noticias) 07/03/20

 

Es como los culebrones o los programas del corazón. La primera vez que los ves, o si has pasado una temporada desenganchado, te entra la risa floja, piensas que es una broma, una parodia, que cualquier persona con dos dedos de frente no puede tomarse eso en serio; pero si, por casualidad o por morbo, al día siguiente repites, si entras en la rueda, si te acostumbras a la exageración, a los josealfredos y los jorgejavieres, a la gesticulación y el lenguaje sobreactuados, entonces, te sometes al imperio de la banalidad y tú mismo te conviertes, sin darte cuenta, en un zombi que se alimenta de basura y carnaza.

Con algunos políticos, como José María Aznar u Ortega-Smith, sucede lo mismo. Aznar, antes de ser Dios, parecía un personaje de El Jueves, con su bigote “usted no sabe con quién está hablando” —ese bigote prodigioso que permanece hasta si se lo afeita—, con su pelo peinado a cincel, cuando era el principal accionista de las fábricas de gomina, con, en definitiva, aquella imagen que era un estereotipo, un personaje más de Martínez el facha, una caricatura que, sin embargo, acabó colgada en la galería de retratos de presidentes del Congreso.

Ortega-Smith, por su parte, resultaba igualmente cómico hasta hace bien poco, hasta que se ha convertido en peligrosamente cómico, hasta que el geyperman ha comenzado a disparar tiros de verdad. Antes, lo veíamos en las manifestaciones rojigualdas, sacando los codos en primera fila tras las pancartas, como un pivot torpón a la caza de un rebote, buscando desesperado la foto entre los barbours. Ahora las alcachofas se giran cara al sol para buscarlo, para dar autoridad a sus desatinos, a toda esa retórica —sediciosos, comunistas, golpistas— que cuando no era nadie olía a alcanfor, a pies, a Varón dandy y aguardiente.

En algún momento alguien decidió que había que votar como delegado al más tonto o al más bruto de la clase. En algún momento alguien se quedó más tiempo del recomendado mirando el culebrón o la telebasura. En algún momento alguien volvió los micrófonos hacia los aznares, los ortegaesmits, los donaldtrumps, las cayetanas e iturgaizs y la caricatura se hizo carne y nos acostumbramos a ella y la tomamos en serio. Quizás estamos haciendo todo al revés y debimos tomarlos en serio antes, cuando solo eran una caricatura, y reírnos ahora que la cosa va en serio, que tienen a su alcance el botón rojo y los prime-times y los consejos de administración de las fábricas de mentiras.

Se habla mucho, por ejemplo, de cuál es la mejor manera de aislar a la ultraderecha. Yo propongo que cada vez que se suban a la tribuna, que tomen la palabra en parlamentos, diputaciones, ayuntamientos, los demás empiecen a reírse, a partirse el pecho con cada una de sus enormidades. Como si estuvieran leyendo El Jueves o viendo por primera vez una telenovela. Reírse hasta desarmarlos, hasta que ellos mismos se den cuenta de la ridiculez y la pobreza e inconsciencia de sus mensajes. Antes de que sea tarde y nos convirtamos en meros telespectadores, en votantes complacientes, crédulos, insensatos.

CAMPAÑA POR LA LECTURA

Feb 23, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 22/02/2020

 

Hay un anuncio de la tele en el que un hombre sale de una habitación con barba de náufrago y, al borde de la extenuación, exclama: “¡Lo encontré!”, mientras muestra entre sus manos un objeto, no recuerdo cuál, tal vez un cinturón. “Pasamos cinco mil horas de nuestra vida buscando cosas que hemos perdido”, dice después una voz en off.

Pocas,  me parecen. Incluso si esas cosas son cosas materiales, objetos, porque también podemos pasarnos la vida entera intentando recuperar una juventud o un amor perdidos. Pero ese es otro asunto.

El maestro Kutxi Romero dice que el rocanrol consiste básicamente en esperar. Esperar a la prueba de sonido, esperar al avión o a que la furgoneta llegue a su destino, esperar a que empiece el concierto… Y creo que eso podría extrapolarse a la vida en general. Nos pasamos la vida esperando, buscando cinturones, tratando de despegar el rollo del celo… Todo ello sin contar los veintitrés años de media que nos pegamos durmiendo. ¡Qué máquinas más imperfectas somos! ¿Hay algo más ridículo que sentarse a cagar? Son, en fin, miles las horas muertas de nuestra vida que se van por el retrete como abortos del tiempo. Por ejemplo, haciendo colas. Cola para coger el autobús  (bueno, en algunos lugares como Pamplona no, porque no se hace cola, se entra de manera religiosa, los últimos serán los primeros, es decir, al mogollón). O cola para entrar a los baños de los bares. Conozco, de hecho, gente muy meona y muy extrovertida que he conocido en las colas de los baños y que a su vez ha conocido a la mayoría de sus amigos en las colas de los baños de los bares.

Perdemos también cientos de horas, tantas que hasta podríamos habernos sacado durante ese tiempo la carrera de medicina nosotros mismos, esperando al médico. O en las llamadas en espera, el invento más perfecto para aborrecer a Beethoven y a Richard Clayderman. Cientos de horas intentando despegar el abrefácil de las pizzas  o ese cacho que se amontona en la esquina del rollo de papel de plata… Cientos de horas, como Ben Stiller en aquella película, poniendo y quitando de encima de la cama los putos cojines de adorno.

Menos mal que la tecnología acude en nuestra ayuda y ahora en tres o cuatro horas de nada podemos hacer las facturas on-line para la administración y reinstalar la última versión del Java (¿qué le pasa a ese programa,  que necesita actualizarse cada día, está falto de cariño o soy yo, que soy un cenizo informático?).

¿Y las contraseñas? ¿Qué me dicen de las contraseñas y de los raticos que se nos van tratando de recordarlas o de recuperarlas? Somos contraseñas andantes, luchando contra los molinos de viento de las redes sociales y la telefonía móvil, contra el gigante del Gran Hermano que nos vigila, nos escucha, que nos pide que nos dirijamos a él en clave pero  sabe todo sobre nosotros. “Ok, Google, ¿cómo se titulaba aquella película de Ben Stiller?”.  “Y entonces llegó ella”. Vale, gracias, pues cualquier día de estos me lío a cuchilladas con la tablet o con el router o con la plana mayor de Silicon Valley, como Ben Stiller con los cojines en aquella escena de Y entonces llegó ella.

 En fin, miles de horas perdidas, total para que al náufrago, hecho un pellejo, el cinturón ya no le valga o para que al final el concierto se suspenda. Toda una vida desperdiciada en actividades a menudo improductivas y estúpidas. Yo, por si acaso, siempre llevo un libro conmigo.

 

 

 

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