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FEBRÍCULA

ene 28, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en semanario ON, suplemento diarios Grupo Noticias (27/0118)

 

 

Hoy me he quedado en la cama y he mandado a mi cuerpo a la escuela, a llevar a la niña, y luego traerla, y por la tarde también se ha ido él solo a trabajar a la biblioteca, y al caer la noche, cuando ha regresado, he vuelto a ponérmelo por encima, como si fuera un abrigo, y los dos entonces hemos seguido temblando juntos.

No es la primera vez que mi cuerpo y yo nos separamos, pero no siempre ha sido por culpa de la gripe, disculpen ustedes si desvarío un poco. A veces también sucede al revés, tengo viajes astrales, soy yo el que me salgo de mi cuerpo, y otras veces incluso no regreso, me pierdo y me olvido de mí mismo, me convierto en otro yo, que vive su propia vida, en otro cuerpo, a mis espaldas.

El otro yo que más daño me hizo perder fue el de mis quince años, cuando era una figura adolescente del baloncesto (siempre que cuento esto la gente se ríe, no me cree, y entonces yo les saco la foto del Marca que atestigua que fui a Madrid a jugar con la selección cadete de Navarra). En aquella época yo estaba convencido de que era el relevo generacional de Corbalán, pero todo se torció cuando me pusieron a jugar con un equipo de mayores en el que me pasaba los partidos sentado en el banquillo, esperando mi oportunidad. Y esta llegó: fue en una final del campeonato juvenil en la que el base titular se lesionó. Todo el mundo fue a aquel partido, entrenadores, amigos, familiares… Muchos no me habían visto nunca jugar, no tenían ni idea de las virguerías que yo era capaz de hacer con el balón. Pero aquel fue el peor partido de mi vida. Perdí varios balones, al principio por los nervios y porque mis rivales eran mucho más corpulentos que yo, después porque empecé a llorar y se me nubló la vista. Todavía hoy pienso a menudo en aquel día, recuerdo perfectamente algunas jugadas. Y más de treinta años después, sigo creyendo que esa ha sido la mayor frustración de mi vida. Me pregunto a veces qué habría pasado si las cosas hubieran salido como debían, como solían salir, si hubiera conseguido dar algunas de mis asistencias a lo Delibasic, o meter alguna de aquellas bandejas tan elegantes, después de pasarme el balón por la espalda (creo que a todos nos pasa, que nuestras vidas están cosidas con diferentes “sihubiera” como cicatrices, con decisiones que creemos desacertadas pero nunca podremos saber si en realidad lo fueron).

Yo me preguntó, por ejemplo,  qué habría sido del yo que abandonó después de aquel partido, para siempre, mi cuerpo. No creo que hubiera llegado a sustituir a Corbalán, pero tal vez pasó varios años dando tumbos por diferentes divisiones inferiores o ligas extranjeras en Malta o Filipinas, hasta que se retiró, lamentándose entonces por haber consagrado su vida al deporte y no haber estudiado una carrera, periodismo o filología, o haber escrito algún libro, que era lo que de verdad le gustaba.

Como él, hay millones de “yo” fugados y ocupando los cuerpos de otras personas. Se reconocen fácil, se les nota la incomodidad, los movimientos inseguros de esos cuerpos que no les pertenecen, son gente que baila muerta de vergüenza contigo en las aceras, cuando los dos intentáis pasar por el mismo lado, y luego por el otro, gente que se tapa los dientes cuando ríe, o el culo con un jersey anudado a la cintura. A mí suelen poseerme casi todos los días algunos de ellos. Por ejemplo, cuando conduzco. Yo no recuerdo cuándo me saqué el carnet de conducir, no me gusta conducir, nunca entró en mis planes conducir, y sin embargo todos los días hay un extraño dentro de mí que lleva mi cuerpo en coche a la biblioteca o al híper o al médico a que me mire lo mío.

Todo, en fin, es muy raro. La vida es pura febrícula.

MIREN LACALLE ENTREVISTA A JOSU ARTEAGA (LA BANDA DEL ABUELO)

ene 24, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

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Foto: Javier Bujanda


“El de la palabra es un campo de batalla en el que no debemos ceder ni un milímetro

Josu Arteaga, escritor y cantante de “La banda del abuelo”

“La banda del abuelo”, el grupo de Arrasate, publica su nuevo trabajo, Rockanroll mailu bat da / El rockanroll es un martillo, que presentaron recientemente en directo en la Azoka. Esta vez vienen fuertemente armados con un disco-libro en el que el bajista y cantante del grupo, Josu Arteaga,  suma a las canciones la munición de seis de sus relatos.

Publicado en Gara 23/01/2018  Miren Lacalle

“La poesía es un martillo”, escribió Gabriel Aresti. Y La banda del abuelo remacha el golpe versionando el verso en su último trabajo Rockanroll mailu bat da/ El rockanroll es un martillo, un disco-libro con seis canciones, seis relatos y 666 ejemplares a la venta. Es el sexto trabajo del grupo de spaguetti-rock, como alguna vez se han definido a sí mismos, y esa es la estética de la banda: forajidos, pieles rojas, enterradores… Sus querencias musicales son igualmente salvajes, pues abrevan de bandas como Motorhead o La banda trapera del río. Llevan en el corazón un jabalí y este tatuado en los colmillos poemas de Sarrionandia o Antonio Belarte ‘Sorkampana’, poetas de referencia del grupo, a quienes vuelven a saquear versos para samplear sus letras. Pero, además, esta vez Josu Arteaga incluye seis cuentos que ha ido disparando en diferentes antologías de cuentos y revistas. Seis auténticos martillazos literarios que siguen la estela de de su novela Historia universal de los hombres-gato, publicada originalmente por Alberdania y reeditada por Desacorde (la editorial madrileña que también edita este disco-libro). En él la pluma-faca de Arteaga abre nuevas vetas literarias con historias urbanas, algunas de las cuales (como el extraordinario relato El bombo, o La bomba), cuentan además historias de bandas de rock.

El primer disparo parece obligado: ¿Por qué un disco-libro?

Por una parte porque la gente agradece formatos cuidados y también porque tras ese pequeño “éxito” que ha supuesto Historia universal de los hombres gato y su reedición, traducción al francés y próxima aparición en México, me pedían que  volviese a escribir. Como no tenía ni tiempo, ni ganas, ni necesidad, hemos recopilado seis relatos desperdigados y los acompañamos con unas cuantas canciones que nadie nos pedía pero que si teníamos necesidad y ganas de grabar.

Las conexiones literarias están claras desde el título, El rockanroll es un martillo, que versiona el verso de Aresti, pero también han vuelto a robar versos a otros de los poetas de cabecera de la banda…

Por ahí aparecen otros guiños a Sarrionandia, Laboa y a nuestro poeta salvaje por excelencia: Antonio Belarte,  que en todos los trabajos de los abuelos aparece de una manera u otra. Nos gusta leer y creemos que el de la palabra es un campo de batalla en la que no debemos ceder un milímetro. No debemos ceder ni las calles, ni por supuesto la palabra a aquellos que la manejan, la vacían y la prostituyen a su antojo ya sea desde los poderes o desde el reguetón.

 “Nire aitaren duplexa defendituko dut”  escuchamos en la primera canción… ¿Creen que el rockanroll y la poesía siguen siendo martillos útiles para sacudir tanto acomodamiento, tanta pasividad y conformismo?

No somos ilusos, pero en estos tiempos oscuros donde una nueva edad media se nos cierne, necesitábamos escribir estas canciones para decir que no vamos a quedarnos en casa viendo OT, “el furgol” y quejándonos por facebook. Ni la literatura, ni la poesía, ni el rock han cambiado nada nunca por sí solos. Por el contrario lo que ha sucedido es que la literatura, la poesía y el rock han cambiado y en lugar de ser martillo, son mercachifle para estómagos de pintxo-pote y conciencias de dúplex-adosado. Tenemos que reapropiarnos de nuestras vidas, del territorio, ser autónomos y soberanos a todos los niveles y por supuesto reapropiarnos de la palabra escrita, hablada y musicada. Recuperarla para desobedecer y descolonizar mentes adocenadas.

Las letras de “La banda del abuelo” tienen un equilibrio muy difícil entre el humor y la rabia. ¿Cómo se mezclan esos dos componentes?

Hay mala intención cuando cantamos “Yo soy euskañol, euskañol, euskañol”, “Aitaren duplexa defendituko dut”,  “Aberatsak gero ta aberatsaguak, pobriak gero ta tontuaguak”” o “Hi geratu hadi lo ta jango dek mehe” pero lo hacemos con humor porque la sonrisa tampoco nos la van a robar, ni el latrocinio de los de arriba, ni la imbecilidad de los de abajo que lo amparan y aplauden. El humor también se está criminalizando en esta edad media a la que vamos, de mano del coaching y la plutocracia. Señal de que les duele y de que tenemos que perseverar en este campo también. La risa es la vacuna contra el miedo y lo que quieren es eso precisamente: borrarnos la sonrisa sembrando miedo, porque el miedo paraliza.

En cuanto a lo puramente musical, volvemos a encontrar macarrismo, rockanroll sin tontadas, puro y directo… pero también es cierto que esta vez han tenido una producción más cuidada ¿cómo ha sido la experiencia?

Yo el único macarrismo que veo es el de Trump, Rajoy y demás eximios líderes. Macarrismo de corbata, insultante, corrupto, fascista y sinvergüenza. En nuestro disco hay vacileo no más. En cuanto a lo musical perdimos a Txirikaua, nuestro didjeridoo y chamán y vernos como trío ha hecho que tengamos que apretar carnes en cuanto al sonido y rellenar huecos en el escenario. El resultado ahí está, no somos ni hipsters, ni modernos, ni llamamos muffins a las madalenas y nos gusta el rock de guitarras y sección rítmica contundente y las letras que cuenten cosas, más allá de radiotreseros super trascendentes y pelmas, euskadigazteros empalagosos y guapos y pseudo borrokas skas para hilo musical txosnero.

Trabajar con Jose Rosqueiro y Julen Gebara a los mandos de la producción ha sido para nosotros algo grande, por lo que hemos aprendido y por el resultado. La autogestión tiene sus limitaciones y en nuestro caso es más que evidente, pero José Rosqueiro, compañero antes que productor, ya nos había llevado el sonido en varios directos y nos teníamos ganas mutuas. Chapó por ellos dos.

Entrando ya en la parte literaria del disco-libro, ya teníamos ganas de que Josu Arteaga recopilara sus relatos, desperdigados en antologías…

Desde Desacorde ediciones y tras la reedición de Historia universal de los hombres gato, siempre me invitaban a escribir algo nuevo, pero a mí me da mucho miedo eso que dice Sam Savage de “admiro a la gente que es capaz de escribir siete veces el mismo libro”. Prefiero ser autor de un sólo título y no clonarlo hasta el infinito con diferentes tapas y títulos, así que les propuse recopilar cinco relatos publicados, más uno inédito y aderezarlos con un disco de la banda de la que formo parte y la idea les gustó. El resultado es vistoso y cuidado, un CD-libro casi fetichista, con su tapa dura, una maquetación sobria y elegante, unos relatos sin concesiones y un disco con una buena producción y factura ferretera. Trabajar con Desacorde y ver que lo mismo importa que te llames El Drogas, Evaristo, Kutxi o Arteaga, ayuda mucho.

A pesar de que sus relatos son la bomba —y el bombo—, prácticamente todos los ha escrito porque alguien se los has pedido. ¿Por qué no se prodiga más?

El de Los dueños del viento, Patxi Irurzun, tiene parte de culpa, por no decir toda, de que estos relatos fuesen escritos y publicados. El inédito Funeral económico lo escribí por encargo de JG Izcue, voz y guitarra de la más grande banda de Euskal Herria: El desvän del macho. Él me dio el título y pronto saldrá en el interior de la carátula del single de su último álbum. Uno no puede negar nada ni a Irurzun, ni a JG Izcue porque además de hermano de sangre de ambos, soy autoentronizado presidente vitalicio del club de fans del primero y discípulo fiel del segundo. Si ellos mandan Arteaga obedece.

Estuvieron presentando el disco en la Azoka. ¿Cómo se sintió, un grupo como el de ustedes, más acostumbrado a gaztetxes y circuitos no comerciales?

La azoka de Durango es una ventana muy digna para la creación en un idioma minorizado, históricamente despreciado, perseguido, castigado, prohibido, ridiculizado, infantilizado y reducido a vehículo de comunicación con niños, servicio doméstico y animales de corral. Es cierto que hay algo de circense en ella pero quizás porque no puede escapar a este mundo globalizado de imagen hueca, espectáculo y mercancía para vender, en el que vivimos. En cuanto a las condiciones para tocar son bastante mejorables (humedad, frío, falta de tiempo para probar sonido) pero da la oportunidad de decir aquí estamos, esto es lo que hacemos y visibilizar la creación en un idioma que paradójicamente cuanto más conocido es, parece estar menos presente en la calle. Si además puedes formar parte de las referencias que visibiliza MusikaZuzenean con ese militante musical que es Koldo Otamendi, pues de quitarse la txapela.

Para acabar, ¿cuáles serán las próximas fechorías de la banda?

Se nos quedó pendiente hace dos años, una gira por Cuba que no pudimos hacer por temas laborales, pero este año que viene nos hace especial ilusión tocar en la cuenca minera de Huelva, donde tenemos un puñado de seguidores que sin tener relación vital o familiar alguna con Euskal Herria, nos siguen, nos pinchan y chapurrean nuestras canciones en euskara; también tocar en Madrid por supuesto, donde tenemos el orgullo de haber editado el mejor disco de rock en euskara de toda la historia de Vallekas y por supuesto tocar para nuestra gente (la kelo, AGAKO, EZ…) en casa.

 

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GRACIAS, PROFESOR

ene 14, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en magazine ON, Rubio de bote, colaboración semanal diarios Grupo Noticias 13/01/2018

 

¡Plas!… Al principio es solo una persona la que aplaude, la primera que se atreve a romper el silencio o la estupefacción… ¡Plas!… Las palmadas suenan deliberadamente distanciadas, es una especie de código: “¡Qué demonios, no me importa lo qué opinen los demás, esto que ha pasado es digno de admiración!”, viene a decir el gesto… ¡Plas!… Después este va ganando convicción, intensidad, y luego se suma tímidamente al aplauso otra persona, ¡plas!, y luego otra, y otra, ¡plas plas!, y la ovación va tornándose atronadora, y al final es ya todo el mundo el que aplaude, ¡plas, plas, plas!, incluso el malo o lo malos de la película, la cual acaba, poco después, con un happy end y música como para hacer zumba (también se pueden intercalar junto con los créditos algunas divertidas tomas falsas).

Las películas yanquis tienen una serie de recursos predecibles y estereotipados como este (o como esos padres adictos al trabajo que llegan a la función de fin de curso de sus hijos en el último momento), muchos de los cuales nunca suceden en la vida real. Del mismo modo, yo nunca tuve ningún profesor de literatura que se subiera a las mesas y gritara “¡Oh, capitán, mi capitán!” y al que le deba de manera encarecida haberme convertido en escritor. Pero sí tengo una pequeña deuda con uno de ellos, del cual guardo un buen recuerdo y algún consejo que fortaleció mi vocación, deuda que no he saldado nunca por timidez.

A veces, de hecho, nos cruzamos por la calle y los dos simulamos no recordarnos; bueno, yo, al menos, lo hago, puede que él no (creo que es también tímido) o puede que simplemente no me reconozca, pues sigue manteniendo el mismo aspecto despistado —es una especie de doble de Woody Allen— que cuando me daba clases en el instituto. No recuerdo nada excepcional en realidad de aquellas clases, más allá del humor socarrón e intelectual,  woodyallenesco, en suma, con que él las impartía—. En ellas sucedía simplemente lo que debía suceder: un profesor de literatura al que le gustaba la literatura y al que eso le resultaba suficiente para transmitir ese entusiasmo. Lo excepcional era precisamente eso, lo que debería ser normal.

No sé qué pensará él, si acaso se acuerda de mí o me reconoce, en esas ocasiones en que nos cruzamos y nos ponemos a silbar. A veces,  soy optimista y me digo que si yo fuera profesor de literatura en un instituto de barrio me sentiría satisfecho, recompensado y en cierto modo partícipe si supiera que al menos uno de mis alumnos se ha convertido en escritor. Otras, por el contrario, me pongo en lo peor y pienso que quizás lo que sucede es que se avergüenza de mí, que tal vez yo no le parezco un buen escritor (no sé qué pensará, por ejemplo, el profesor o la profesora de literatura de Dan Brown). Recuerdo entonces el día en que, tras entregarle de manera apresurada un examen, en el cual yo me había limitado a cumplir el expediente, él me invitó a volverme a sentar y dijo: “Y ahora ¿por qué no intentas volver a hacerlo escribiendo de verdad todo lo que sabes?”. Y pienso que puede que me vea como un proyecto fallido, un aborto de literato, un diletante, un quiero y no puedo, una birria de escritor…

No lo sé. Ni tampoco si él llegará a leer esto,  que en el fondo es una extrapolación al mundo de las columnas periodísticas del aplauso in crescendo de los telefilmes yanquis: al artículo de agradecimiento al viejo profesor. Woody Allen, por su parte,  nunca recurriría —excepto de una forma paródica— a  ese tópico, o al del padre que llega tarde a la función de su hijo. Así que supongo que la próxima vez que nos crucemos volveremos a hacernos los suecos. Y que incluso será más incómodo todavía, el Estocolmo de la incomodidad. Pero yo, de este modo, me quedó más tranquilo.  En definitiva: gracias, profesor. Y también: ¡Plas!… ¡Plas!… ¡Plas!…

ENTREVISTA A KUTXI ROMERO

ene 7, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Foto: Íñigo Uriz

“Habría que asesinar a todos los intrusos,
incluyéndome a mí”
Kutxi Romero, cantante y escritor intruso

 

El cantante de Marea acaba de publicar Allanamientos, un libro en el que recopila artículos, prólogos y colaboraciones que ha escrito por amistad para otros artistas.

Patxi Irurzun  06/01/2018 GARA

Kutxi Romero tiene una flor en el culo. Todo lo que toca lo convierte en mierda. Mierda de la buena. Además de sus trabajos al frente de Marea— con quienes ahora mismo anda trajinando el esperado disco nuevo—, de su disco en solitario y de sus poemarios, ha colaborado en cientos de canciones y libros de otros artistas, escribiendo en este último caso prólogos o textos para trabajos de diferentes escritores: Petisme, Manolillo Chinato, Enrique Cabezón Kb, Kike Babas…  Y ha escrito también artículos para prensa, relatos, una novela de culto  (tanto que solo la hemos leído tres o cuatro privilegiados que sabemos que es una bomba, un disparo de trabuco, un navajazo en las hojas de los manuales de literatura en los que debería figurar, pero no lo hace porque ella misma se ha negado repetidas veces y por diferentes circunstancias —a las que llamaremos el destino— a ver la luz).

De todo ello deja constancia en Allanamientos, el nuevo libro que de la mano de Desacorde, publica, recopilando buena parte de esos “prólogos, artículos y demás actos inútiles”, según reza el subtítulo. En ellos la pluma del de Berriozar vuelve a dejar resplandecientes destellos de poesía, golpes de kárate en la nuez de la corrección política, carretadas de mierda, en definitiva, que huele que alimenta,  porque la flor en el culo de Kutxi Romero en realidad es puro talento natural, y aunque él se sienta un intruso en el mundo de la literatura muchos escritores se cortarían la mano —o habría que cortársela— a cambio de solo alguna de sus frases o versos.

En las páginas de Allanamientos también se oye el eco de carcajadas, plenas de vida y nicotina, como las que Kutxi profiere a lo largo de esta entrevista que realizamos en el Kutxitril, su txoko de Berriozar. A la puerta del mismo siguen los grafitis con la imagen de Silvio, el artista sevillano, y Rockberto, el cantante de Tabletom;  algo más allá también se ve dibujado en una pared a Evaristo; pero además en la plaza hay una novedad: la placa con su nombre nos indica ahora que, desde mayo, esta se llama Plaza Marea. Los Marea son ya toda una institución, en Berriozar y en el mundo del rock. Podría haber plazas con su nombre en todos los barrios. Como decimos, ahora andan mareando las nuevas canciones, pero después de que estas vean la luz, Kutxi amenaza con ponerse con una nueva novela, que sin duda dará que hablar. Aunque cuando se trata de hablar, nadie como él, el bandolero Kutxi Romero, tal y como demuestra, una vez más, a continuación.

La portada de tu nuevo libro es una flor plantada en un retrete, en algunas fotos de promoción apareces sentado en una taza, haciendo al caganer… Puede parecer pura provocación, pero en realidad no es algo nuevo, siempre has establecido símiles entre crear y mover las tripas

Yo siempre he dicho que para mí escribir es algo fisiológico, algo que te pide el cuerpo, igual que otras veces te pide potar o cagar. Y por eso siempre he sido un escritor muy escatológico, a pesar de todo lo poético que soy, o que se supone que soy, porque cuando me llaman poeta es como si me llamaran astronauta de la Nasa. En realidad nunca he tenido ninguna intención de ser escritor, yo solo soy un intruso. Sí me gusta el acto en sí de escribir, escribir canciones… pero escribir canciones es otra cosa, eso no es ser escritor. Aunque yo siempre he defendido que escribir canciones es mucho más complejo de lo que parece, porque con diez versos tienes que ser capaz de hacer música, el arte más inmediato. Lo de la escritura lo hago porque, como digo,  me gusta, lo necesito, y porque con las canciones no tengo suficiente, sin más. Aunque debo de tener cierta gracia porque llevo escribiendo veinticinco años y engañando a todo el mundo. Lo de la portada, por lo demás, fue para hacerme el farruco, porque siempre digo que intento poner un poco de luz entre tanta mierda. Y por eso también lo de la flor del libro, que en realidad se iba a titular, Qué bien huele cuando cago, pero ya me parecía demasiado fanzinero y yo ya soy un señor de 42 años, así que lo he dejado en Allanamientos, que en realidad es lo que hago aquí, entrar en las casas ajenas.

¿Llevas la cuenta de esos allanamientos, de los discos o libros en los que has colaborado?Resultado de imagen de allanamientos kutxi romero

Discos las estuvimos hace poco contando y son 211, y todos ellos los he gafado, han sido fracasos absolutos.

Y sin embargo te siguen llamando

Sí, pero porque saben que voy a estar, que si llaman a Fito u otros, que siempre andan liados, no van a poder. Yo como saben que soy un gandul… Y además yo siempre tengo el mismo tono y entonces no hay canciones que me queden mal.

En el caso de los libros, en realidad no hay ese movimiento de tripas o acto creativo del que hablabas antes, puesto que son encargos…

Sí, bueno, encargos… En el 100% de los casos, igual que en la música, siempre lo he hecho por amistad, nunca he tenido compromisos ni económicos, porque siempre he colaborado gratis (bueno, la única vez que me querían pagar era en Rolling Stone, una colaboración mensual, y me pidieron una de prueba, pero en el primero me quiso denunciar la SGAE, que me mandó una carta amenazante, y ya no hice más; sale en el libro, por cierto), ni de otro tipo, como articulista o articulero, que también me han ofrecido pero no he querido porque eso ya implica una responsabilidad, que no quiero. Yo hago estas cosas solo por placer, o por amistad.

Supongo que también habrás tenido muchas veces que decir que no

Sí, pero en esa ecuación ya no entraba la amistad. Yo tengo un ego superlativo, tengo tanto ego que no necesito ni cantar ni escribir ni nada, me aplaudo yo solo. Hay peña que necesita el escenario, el aplauso, o la hoja de papel… A mí no me hace falta. “Entonces ¿por qué editas tus libros?”, dirán algunos.  Porque me gusta tenerlos a mí, para ordenarme y no tener desperdigado todo por ahí en papeles sueltos.  De ese modo ya tengo mi poesía, toda juntita, mis articulitos, todos juntitos… Es como que el archivo me lo va haciendo otra gente. Así que me lo publican y después yo en realidad ya me olvido. De hecho en los dos últimos libros he hecho dos entrevistas solo, una contigo y otra más. Y luego aparte esta el tema del intrusismo, porque yo me siento un intruso en la literatura e intento no hacer mucho ruido. Habría que asesinar a todos los intrusos, incluyéndome a mí. Es lo que siempre digo del neocirujano: igual que yo no opero del corazón con el Quimicefa los fines de semana a los intrusos no deberían de dejarnos hacer nada, debería estar prohibido y penado con tortura previa al asesinato.

De hecho, a los largo de los diferentes Allanamientos se repite la idea de que ese prólogo o ese texto para un libro ajeno va a ser el último que escribas.

Sí, siempre es el último. Cuando son gente joven, que es lo primero que sacan, me cuesta menos. Pero cuando son escritores consagrados te siente ridículo y te preguntas qué mierdas querrán de ti, o por qué, ellos que conocen a lo más granado de la literatura, te llaman a ti, que eres un zoquete… Entonces es cuando me digo “Hago este y ya está”, pero luego me vuelven a pedir y como son gente a la que tengo respeto y admiración, no puedo negarme.

Y que además te lo piden con mucha educación.

Claro, yo la mayor virtud que aprecio es la educación, si a mí un asesino en serie me viene y me pide educadamente un artículo para su libro seguramente se lo haga. Aprecio mucho la educación, pero además la educación cristiana, que es algo que tenemos metido los que nacimos en el franquismo. Cosas del tipo: a este señor le voy a meter dos tortazos pero se los voy a meter educadamente. O como cuando te atracan en México, que te ponen la pistola en la cabeza y te dicen muy educadamente “Me va a dar usted lo que lleve o se me muere ahorita mismo”.

Además de los prólogos en el libro hay algunos cuentos y algunos fragmentos de una novela que nunca llegaste a publicar, y que sin embargo dejan con las ganas, porque transmiten mucho pulso, mucha potencia literaria y, eso que se dice, un universo propio (Berriozar, los gitanos, la calle)…

La novela la escribí en mayo del 2004 y sacarla ya sería como poner a hacer la comunión vestido de marinero a un hombre de cincuenta años. Pero sí que tengo planeada otra novela. No me he puesto a escribirla todavía, pero llevo dándole vueltas dos o tres años y voy notando que me ronda, que ahora es el momento de ponerse con ella, de escribir una macarrada por la que sea odiado por todos los estratos sociales y políticos.

Quizás porque eres músico se te nota un gran oído para los diálogos, las jergas…

Los escritores que me han gustado siempre son los que su punto fuerte son los diálogos, con jerga, o muy visuales, en los que puedas ver el lenguaje no verbal. Yo en lo que escribo si salen picoletos o gitanos, intento que les puedas ver la jeta, a través de lo que dicen.

Pero no es nada fácil escribir ese tipo de diálogos con naturalidad

Para eso tienes que haber vivido lo que cuentas. Como Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana, o Bukowski, que vivía en los bares… A ellos les sale con naturalidad, y para mí igual, no entiendo otra manera de hacerlo

Da la sensación de que escribes sin tener que apretar, sin esfuerzo, pero esa naturalidad es muy compleja, y en tu caso, además del talento, de la flor en el culo, también hay todo un bagaje cultural detrás, muchas lecturas, porque eres un lector compulsivo.

Sí, y en eso agradezco haber sido un lector indiscriminado. Hasta que no tuve más de veinte años no me fui haciendo un criterio o un gusto definido, como lector, luego ya sí, y me dije que si lo que me gustaba era una cosa para qué seguir intentando abarcar otras, otros géneros, que no acababan de entrarme; pero gracias a eso leí mucho de chavalico, y algo de eso se queda ahí.

Tú alardeas, por ejemplo, de ser de los pocos que han leído todos los libros de Sánchez-Ostiz

Para mí es uno de los cinco mejores escritores de la península histérica y el mejor escritor navarro de la historia con mucha diferencia. Yo lo voy a reivindicar siempre, lo reivindico todo el rato. Lo he tratado poco, y no puedo juzgar, pero creo que tiene un desequilibrio de los que me gustan a mí, de los que tenemos los que nos dedicamos a esto, del tipo vamos a morir solos. Yo a gente como él, o como David González, o en la música  El Drogas, o Gorka de Berri Txarrak, los admiro, porque son los que son por encima de todo. No conozco a Sanchez-Ostiz como para asegurarlo, pero estoy seguro que es de esa gente que está dispuesta a sacrificarlo todo por ser escritor. Hay quien dirá que eso se llama egoísmo, pero yo creo que es valentía, porque supone estar dispuesto a sacrificar cosas muy importantes de tu vida, porque has decidido que lo más importante de ella es escribir, o la música,  y eso va en detrimento de tu vida social, familiar, y genera un montón de problemas, que en el fondo no son tales, porque es lo que tú has decidido y lo que quieres ser. Y Sánchez-Ostiz o El Drogas ya no pueden ser otra cosa. Con 18 años puedes ser muchas cosas, con 35 bastante menos y con 50 ya solo una, y ojalá tengas suerte y seas lo que has decidido ser, porque el 99% de la población se planta con esa edad y se encuentra con que es algo que odia. Así que si hemos de acabar en algo hay que intentar al menos convertirse en lo que uno ha elegido, aunque sea un error.

Allanamientos es una muesca más en su trabuco. ¿Para qué proyectos le queda todavía pólvora todavía al bandolero Kutxi Romero?

No sé, yo no hago proyectos de una forma premeditada. Las cosas hay un momento que me llegan. Sé que hay cosas que voy a hacer, por ejemplo, sabía que un día iba a hacer un disco con flamencos, como el de los Jatajá, que llevaba cuatro o cinco años dándole vueltas en la cabeza. La novela que te digo también sé que la voy a hacer, porque la noto rondándome. Es algo que la cabeza o el cuerpo te pide. O las canciones. Yo nunca me siento a escribir una canción, cuando me siento ya está escrita. Me pego un mes con ella en la cabeza, pienso en ella cuando voy a hacer la compra, y ya luego cuando me siento ya está escrita. Hay mucha gente que dice: “Todos los días me siento a las cuatro a escribir”, y yo pienso “¿Y todos los días tienes ganas?”  Es como si dijeras: “Todos los días me siento a las cuatro a cagar”. Que igual te vienen las ganas a las seis y has perdido ahí dos horas…

Pero para que vengan las ganas de sentarse, en la taza o en el escritorio, sí que tiene que haber antes un proceso digestivo.

Sí, pero es mental, y como no podemos dejarnos la cabeza en casa, que más nos valdría la mitad de las veces… Yo es que además, ya te digo, soy muy vago, a mí no me pasa eso que decía Picasso, que la inspiración te tiene que coger trabajando, porque entonces a mí no me pilla nunca. Yo me quedé en el oficio del rocanrol porque es muy plácido: de vez en cuando se te ocurre una canción bonita, sales a tocarla, te aplauden, te pagan… Me parece algo maravilloso, e incompresiblemente me ha durado hasta hoy. Y lo de hacer poemas y textos en realidad es una manera de reciclar cosas que igual para canciones no me valen, ideas que tienes, o cosas que ves, que las escribes y cuando tienes 150 las juntas y sacas un libro. Hombre, sí que tienes que estar predispuesto a ello, a ver esas cosas, y a rumiarlas. Las canciones las rumio más, porque tienen un montón de rejas, métrica, melodía, fonética, y hay que darles mil vueltas, son lo que más loco me vuelven, así que cuando me pongo con un poema o con uno de estos textos del libro, me resulta en cierto modo fácil, me parece que son cosas que podría hacer mi hijo. Por cierto, mi hijo cuando llegó el libro y leyó la solapa dijo: “¡Pues para lo vago que eres ya has hecho cosas!”. Y, después de todo, la verdad es que sí.

¿PARA QUÉ VAMOS A PERDER EL TIEMPO HABLANDO SI PODEMOS ARREGLARLO A HOSTIAS?

ene 4, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Cuento incluido en “La tristeza de las tiendas de pelucas” * (Patxi Irurzun/Pamiela 2013).
 

—En este pueblo solo hay sitio para un negro— escupió Gorka Iruretagoiena, el concejal de festejos, mientras sobre su cabeza la ETB2 echaba una de vaqueros.

Pero nadie en el bar se rió, a pesar de lo ridículo de la situación: Iruretagoiena iba disfrazado de Baltasar, el rey mago; algunas gotas del octavo pacharán que se atizaba esa tarde le resbalaban por la barbilla, borrando la pintura negra de su cara; y sobre todo, había dirigido sus desafiantes palabras a Amadú, un senegalés que trabajaba como arrantzale en uno de los barcos del puerto, y que también estaba disfrazado de rey mago.

—Pues como negro, yo soy más negro que el copón —contestó Amadú, en un perfecto euskera, y, después de atizarse de un trago una lata de Aquarius y dejarla bruscamente sobre la barra, añadió, encañonando con la mirada al concejal: — O sea, que igual el que sobra aquí eres tú.

El humo de su cigarrillo humeó en la boca igual que el cañón de un revólver recién disparado y un silencio denso y circulante como la sangre se hizo en el bar. Solo se escuchaba temblar la esquina de un poster del Atlethic, pegado en la pared y agitado repentinamente por una corriente de aire de galerna, que se había filtrado por debajo de la puerta.

—Anda la hostia, lo que faltaba por oír—comenzó a gesticular el concejal, e intentó arrastrar con las aspas de sus brazos a alguno de los txikiteros y de quienes jugaban al mus, pero nadie le siguió el aire esta vez.

Iruretagoiena, además del concejal de festejos, es decir, quien organizaba la cabalgata de reyes cada año (reservándose para él el papel estelar), era el patrón de la cofradía de pescadores. Un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Amadú, por su parte, era un joven rebelde y orgulloso. No había venido desde tan lejos para dejarse pisar por nadie. La historia de siempre. Hombres que quieren progresar y hombres que quieren conservar lo que tienen. Y alrededor, hombres que miran la pelea y tal vez desean que por una vez gane el menos fuerte, pero no dicen nada, por temor a llevarse algún golpe.

—Eso no me lo repites tú a mí ahí fuera, en la calle —retó Iruretagoiena, acorralado por aquel silencio nuevo y extraño.

—En la calle y donde haga falta — contestó Amadú, sin achantarse, y él mismo echó a andar hacia la puerta del bar.

Pisaba con fuerza y a cada paso tintineaban las tapas doradas de latas de anchoas con que había cubierto su capa de rey mago. Pero tampoco entonces nadie se rió, ni intentó detenerlo. Amadú se había hecho respetar y querer en el pueblo. En el barco trabajaba bien. Tenía iniciativa. Había aprendido euskera.  Y era valiente. Fue el primero en decir en voz alta lo que todos comentaban en corrillos: que los niños no eran tontos y se daban cuenta de que Iruretagoiena no era un negro de verdad; que decían que olía a pacharán; que cualquier día habría una desgracia y se le caería un crío de los brazos al subirlo a la carroza o sería él mismo el que se descalabrara…

Por todo ello, en la comisión de festejos se aceptó de buen grado que Amadú se ofreciera para representar a Baltasar ese año en la cabalgata. El problema fue cuando se lo contaron a Iruretagoiena, a quien, como compensación, ofrecieron hacer ese año de Olentzero.

—Los cojones— fue su testicular respuesta.

Un hombre como él no podía rebajarse a ser un simple carbonero. Él era el concejal de festejos. El patrón de la cofradía de pescadores. Y nadie iba a destronarlo así como así. Mucho menos un extranjero, un recién llegado…

—Un arrantzale que solo bebe Aquarius— se burló de él.

El concejal, pues, se negó a ceder su corona (su corona y todo el traje de rey mago, aunque eso no hizo desistir a Amadú, que decidió confeccionar él mismo su propio disfraz), así que ahora, a solo unas horas de la cabalgata, allá estaban los dos Baltasares, plantados uno frente al otro en mitad de la calle mayor, desafiantes y con ganas de pelea.

Iruretagoiena fue el primero en desenfundar. Le lanzó a Amadú una patada entre las piernas, pero este se apartó sin demasiada dificultad y el concejal, borracho como una cuba, giró sobre sí mismo y cayó de bruces sobre un charco, donde se quedó inmóvil, incapaz de levantarse por sí mismo. Todos vieron cómo el senegalés se acercó para ayudarle a ponerse en pie y cómo el concejal aceptó el brazo que este le tendía.

Fue un acto conciliador, con el que parecía que todo había terminado, pero de repente alguien gritó:

—¡Los morroskos!

Y por una esquina de la calle vieron aparecer a los dos hijos gemelos del concejal, dos muchachos de veinte años, dos bestias pardas, altos como montañas y con brazos como chuletones, que se abalanzaron sobre Amadú y lo golpearon por sorpresa y brutalmente. Descargaron sobre él patadas y puñetazos que dolían incluso desde detrás de las ventanas. Amadú quedó tumbado en el suelo, como un muñeco de trapo, ocupando el mismo lugar sobre el que unos segundos antes yacía Iruretagoiena, al que sus hijos cogieron en brazos y volvieron a introducir en el bar.

—Tres pacharanes—pidió desafiante uno de ellos, mientras el otro reanimaba y volvía a acomodar a su padre en la barra, el trono que al parecer no resultaba tan fácil arrebatarle.

Nadie dijo nada. De nuevo el silencio se apoderó del bar. Un silencio que poco a poco volvía a colocar todo en su sitio.  Al cabo de un rato, alguien tiró una carta sobre el tapete y envidó a chiquitas. Otro se acercó  a la barra y pidió una sidra. “Su tabaco, gracias”, se escuchó la voz metálica y deshumanizada de la máquina… Y de reojo, todos miraban por la ventana y comprobaban aliviados que algún alma caritativa debía de haber socorrido a Amadú, quien ya no estaba tirado en la mitad de la calle, malherido e inconsciente.

Pasaron varios minutos más y cuando ya todos se habían olvidado de él y tranquilizado sus conciencias, la puerta volvió a abrirse, y una bocanada de aire frío y húmedo colocó al senegalés en el centro del bar. Tenía un ojo hinchado y una tirita en la ceja, justo debajo de la corona de cartón del Burger King, en la que él había escrito con una cuidada caligrafía: Baltasar.

Amadú se acercó renqueante hasta la barra. Al pasar bajo una lámpara las tapas de las latas de anchoas en su capa de rey mago refulgieron con destellos dorados.

—Una lata de Aquarius —pidió, y clavó su mirada desafiante y orgullosa en Gorka Iruretagoiena y en sus dos hijos.

Sobre la cabeza del camarero,  en la película de vaqueros de la ETB2, sonaba música épica y crepuscular, pero todos sabían que aún quedaban varias escenas hasta que aparecieran aquellas dos palabras:

THE END.

 

*La tristeza de las tiendas de pelucas. Finalista de Premio Euskadi 2014 y finalista del Premio Setenil 2013

 

 

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