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ENTREVISTA A EDUARDO LAPORTE

feb 8, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Foto: Paloma Toscano

Foto: Paloma Toscano

“En un diario enseñas solo la puntita, pero esa puntita tiene que ser de verdad”
Eduardo Laporte, escritor

El escritor pamplonés acaba de publicar en Pamiela sus diarios correspondientes a 2015-2016. Aunque en sus anteriores trabajos la literatura del yo siempre ha estado presente, es el primer dietario que  ve la luz, tras varios ensayos y errores en busca de una voz propia.

Patxi Irurzun. Iruñea. Gara 08/02/18

En 2011 Eduardo Laporte (1979) publicó Luz de noviembre, por la tarde, un libro hermosamente devastador en el que narraba la muerte de sus padres en apenas un mes.  Un duelo literario que ya anticipaba a un autor con tendencia al género autobiográfico y la narrativa de la memoria y el yo (presente incluso en otras de sus su obras, en las que aborda historias ajenas, como La tabla, en la que contaba la peripecia de un compañero de colegio que permaneció treinta horas a la deriva en Salou, sobre una tabla de surf). Lector y estudioso apasionado de diarios, publica ahora por primera vez los suyos, después de varios intentos en los que sentía su propia voz impostada.  En Diarios (2015-2016) se alternan fragmentos narrativos con otros cercanos al aforismo. Textos y apuntes de un autor al que no le importaría ser el mayor de los escritores menores.

Este es su primer diario publicado, sin embargo usted siempre ha mostrado querencia por el género…

Sí,  de hecho en 2012  iba a salir otro diario con una editorial que acabó cerrando o medio cerrando, así que el diario finalmente no se publicó, de lo cual luego me alegré, porque creo que mi escritura como diarista todavía no había cogido forma del todo. Miguel Sánchez-Ostiz dice que  en los diarios a veces hay tendencia a ponerse en escena, de un modo algo tramposo, y yo allí me veía como una especie de Bukowski, con ínfulas de seductorcillo… En este diario, por el contrario, creo que me reconozco –igual dentro de diez años lo niego y lo quemo—, porque llevaba muchos años bosquejando, rellenando libretas sin saber si eso tenía interés para el lector y si estaba siendo honesto. Ahora, después de muchos ensayos y errores, por fin me siento cómodo.

Este diario tiene por tanto, y así lo señala usted desde la primera entrada del mismo, algo de búsqueda de su propia voz.

Sí, como dice Miguel Ángel Hernández en el prólogo hay algo de ensayo literario. En este caso creo que se trata más que de un diario de un “ideario”, tiene bastantes reflexiones, en la línea de Leopardi, es una especie de cajón de sastre o torbellino de ideas, que recoge muchos de esos pensamientos que todos tenemos a lo largo del día y que sirve para que no se pierdan en el viento, y para sentirte escritor, para que el día que no has escrito nada, sientas que al menos has escrito eso, la página del diario. El diario permite ese ejercicio porque es un género libre, la mínima exigencia es un estilo coherente, pero puede tener una tensión narrativa o no, a mí me gusta que la tenga, no sé si lo he conseguido, pero cuando el autor consigue contagiar al lector de cierta progresión en el personaje es un libro, o un diario redondo.

El suyo, en todo caso, aunque también haya entradas más narrativas, se acerca a veces al aforismo

En ese sentido es deudor del mundo de Facebook y Twiter, que en realidad tampoco son nada nuevo.  Gómez de la Serna lo habría petado en Twiter, con sus greguerías. Pero no me gusta que sean solo aforismos, que los veo como una ocurrencia feliz, pero que da igual que sean verdad o no. El diario tiene espacio también para la prosa, para pequeñas historias que sobresalen solo un poco, como la punta de un iceberg, y que quedan por tanto solo apuntadas.

El prólogo en ese sentido también señala que es un diario que deja muchos espacios sugerentes o huecos para que los rellene el lector

Me gusta decir una cosa, que suena muy solemne, y es que la literatura es precisión y misterio. Yo antes era un autor con poco misterio, tal vez por defecto del periodismo.  Quería contarlo todo y dejarlo todo claro, ahora prefiero buscar ese equilibrio entre la precisión y el misterio, sin caer en la confusión y la opacidad, que es un defecto de los escritores pretenciosos. Es una vía peligrosa, pero creo tanto en la literatura como en la vida de lo que se trata es de orientarse en la oscuridad.

Eso implica seleccionar lo que cuenta. A veces se dice que el diario es un género en el que el autor se desnuda, pero lo cierto es que solo enseña lo que quiere.

Sí, enseñas solo la puntita, pero esa puntita tiene que ser de verdad.  Es como un paisaje del que eliges solo un encuadre. Además sería imposible contarlo todo, eso solo lo hace Andrés Trapiello. Uno selecciona aquello que le resulta literario, y en la selección creo que está la creación. Aprender a escribir es aprender a seleccionar, algo que a mí me ha costado veinte años.

En su caso, quienes le conocen, ¿le reconocen?

El diario permite maquillarte, hacerse irreconocible. A veces tienes la tentación de ponerte más guapo de lo que eres, es la tentación del diarista tramposo. Pero no se trata de eso, ni tampoco de lo contrario, de convertirte a ti mismo en lamentable. Yo tampoco voy a decir que sea “auténtico” en el diario, pero quienes lo han leído y me conocen me han dicho que me ven a mí, que soy yo, y eso es para mí el mayor halago.

También resulta bastante reconocible el Eduardo Laporte de Facebook, al que le gusta hablar de lo divino y de lo humano. Pero un diario es algo diferente a una red social.

Es interesante escribir diarios porque estás libre de esas interacciones desagradables de las redes sociales. A veces Facebook creo que no es el continente para ciertas cosas, cumple su función, sirve para ocurrencias, para debates de actualidad sin demasiada transcendencia, pero creo que no puede competir con el libro  en cuanto a continente de intimidad, de soledad y de apartamiento del ruido.

Usted señala en el diario que a la vez que él trabaja en diferentes proyectos. ¿Cómo discrimina lo que va para cada uno de ellos?

Es una relación complicada y un poco esquizofrénica, pero el escritor es una especie de capataz que va metiendo materiales para una obra que va construyendo simultáneamente en diferentes lugares. Es como una gran criba, en la que se separa el grano de la paja. Y se puede decir, por ejemplo, que respecto al blog o las redes sociales, en el diario va el grano.

Y respecto a otros proyectos, novelas, ensayos… ¿Corre el riesgo el diario de ser considerado algo menor?

Bueno, a mí me gusta esa dimensión menor. De hecho, a veces me he planteado eso, ser un escritor menor, intentar ser el mayor escritor menor, me gusta esa dimensión cero pretenciosa del diario, al que la gente acude como algo que no le va a apabullar. Quizás los diarios sean un proyecto sin ambición, en el buen sentido, en el que introduzco retales. Una especie de contenedor de reciclaje exquisito.

Ha dicho que tiene intención de seguir escribiendo diarios, pero ¿cómo sabe si dentro de cinco, diez años le va a apetecer?

De más joven yo pensaba en modo blog. Todo lo que veía o me pasaba o me contaban lo veía como material para el blog. Pero con el diario no lo tenso tanto, son cosas que caen, no las provoco, y mientras sigan cayendo esas ideas, habrá diarios. Y como me conozco creo que habrá diarios para largo.

 

ENTREVISTA A PABLO LAPORTE

feb 1, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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 “Eres realmente libre cuando no tienes nada”
Pablo Laporte, escritor

El escritor pamplonés acaba de publicar en Pamiela Cuatro estaciones en un día, una novela en la que cuenta su viaje durante ocho meses por Australia

Patxi Irurzun.   Gara 01/02/18

Este es el punto de partida: Pablo Laporte hizo un viaje, después lo contó en un libro y después ese libro tuvo su propio viaje. Todo empezó en 2008, cuando con 23 años el escritor pamplonés pasó en Australia ocho meses, en los que básicamente se dedicó a pasear, fumar marihuana junto a otros mochileros y backpapers, tomar café y pensar, pensar mucho y la mayor parte del tiempo en Pauline,  su primer amor, a quien reencontró casualmente (o no) allí, al otro lado del mundo. También tuvo algún pequeño trabajo (como cobaya humana o como timador, vendiendo cuadros) y también escribió sus peripecias, sobre el terreno, hasta que se dio cuenta de que entonces la aventura no había que escribirla sino vivirla. Al regresar a Pamplona se puso de nuevo manos al teclado, hizo una primera versión, después otra en la que rellenó los huecos de la primera, y finalmente otra cuando se dio cuenta de que los huecos le gustaban más que todo lo anterior. Esta tercera versión es la que presentó a los Encuentros de Navarra en 2011, y con la que ganó este premio literario. Un premio que no fue más allá, no sirvió para abrirle las puertas de ninguna editorial. El libro pasó algunos años en el cajón, hasta que tras tomar parte en la antología 24 relatos navarros de Pamiela, ofreció su novela a esta editorial, quien finalmente acaba de publicarla bajo el título Cuatro estaciones en un día. Fin (de momento) del viaje.

Reencontrarse consigo mismo, tras este viaje, primero a Australia, hace diez años y después como escritor, hace ocho, habrá sido extraño

Fue raro, sí, porque como para mí había sido algo decepcionante el trabajo que dediqué al libro para nada, no la había vuelto a leer, en cinco o seis años, y al volver a abrirlo me encontré con una voz muy joven, con sus certezas y errores, y aunque tuve tentaciones de ponerme a retocar, me di cuenta de que, más allá de las erratas, debía respetar aquella voz.

Cuatro estaciones en un día es sobre todo una oda a la juventud

Sí, yo ya era consciente entonces de que la juventud dura poco, y quería hacer aquel viaje como un homenaje a ella (por decirlo de alguna manera superficial: sexo-drogas-rocanrol; o de una manera algo más profunda: libertad-levedad-falta de ataduras), y eso es lo que el personaje va buscando durante todo el viaje. El protagonista llega a Australia con los prejuicios y aspiraciones de un joven típico pamplonés —tener una cuadrilla, un trabajo, una casa—, y poco a poco se va despojando de todo eso y celebrando ese desprendimiento, el hecho de no tener nada, ni siquiera pasaporte.

Sin embargo usted dice en el libro que la libertad exige también la responsabilidad de no desperdiciarla

La libertad es en cierto modo una putada, algo que la gente rehúye, porque cuando eres realmente libre es cuando no tienes nada ni nadie, ninguna responsabilidad, y te quedan 24 horas de absoluta nada, que es básicamente lo que yo hice durante este viaje, pasear, tomar cafés, fumar marihuana y pensar, pensar muchísimo. Algo que luego mucha gente me ha criticado. Nadie entendía que eso es algo que creo que hay que hacer al menos una vez en la vida, pararse, reflexionar, pensar que quieres hacer, e incluso experimentar sensaciones como esa misma de extrañeza con uno mismo por no estar haciendo nada, cosas que para mí tienen cierto valor. En otros países existe esa cultura, del viaje de juventud, entre nosotros prevalece más esa cultura de que si no es con un fin práctico las cosas no tienen sentido, y yo en el libro reivindico en cierto modo lo contrario.

Habla de un personaje, aunque en realidad es un libro autobiográfico…

Sí, pero hay un personaje, porque de mí mismo solo cogí una parte, y ese personaje es un poco desastroso, un romántico empedernido, que era lo que literariamente más me convenía, porque en realidad yo también tenía mis rumias, sobre mi futuro, el trabajo, y en realidad aquella bohemia, aquella libertad me agobiaba un poco… Por lo demás, el personaje cuando llega a Australia es una especie de bebé, un chavalín que no sabe muy bien porque se ha ido tan lejos, al otro lado del mundo, casi solo para demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo, pero que una vez allí se tiene que poner las pilas, adaptarse y tratar de demostrarse que ese viaje tiene un sentido, más allá de encontrar un trabajo o aprender inglés, y en ese sentido el viaje tiene algo de busca, a la que al final acaba dando sentido la aparición de su amor de adolescencia, Pauline.

A muchos otros personajes secundarios —mochileros, estudiantes que no aparecen por la academia…—  que usted va encontrando por el camino les pasa lo mismo.

Sí, pero es un poco lo mismo que antes: también me encontré mucha gente con un plan claro,  pero esas personas no me interesaban para el libro, me quedé con aquellos con un punto más marginal o excéntrico, gente que huía o buscaba, sin saber qué, algo… Y creo que también de algún modo era a ellos, a esa gente, a la que yo iba buscando en el viaje, gente que desde mi vida más normalizada en Pamplona nunca iba a conocer.

El suyo es un libro de viajes, pero tiene más capas, hay picaresca (esos trabajillos que usted hace), a veces tiene cierto punto de la generación Kronen… Y está la historia de amor, con Pauline, por supuesto.

Sí, es un batiburrillo de todo eso, que no sé cómo lo he cuajado. En cuanto a la historia de Pauline,  yo creo que es la trama principal del libro, sin ella seguramente este no hubiera existido. No se trata tanto el hecho de que me vaya a encontrar al otro lado del mundo a mi primer amor, que me parece una casualidad increíble, cósmica, algo que a día de hoy todavía me sigue perturbando, como el que, una vez allí todo el viaje, todos mis pasos vaya girando alrededor de Pauline,  lo que da también explicación, en aquel momento, al por qué de aquel viaje. Luego, cuando veo que todo no va ser tan fácil, llega la frustración, pero ahora comprendo que incluso aquellas calabazas que ella me dio tenían también sentido, que el sentido de de aquel viaje, no era Pauline en sí, sino poder escribir mi historia con ella, escribir el libro. De hecho no he vuelto a saber nada de Pauline, aunque ahora creo que quizás tengo la obligación de contarle que he escrito una novela en la que su nombre aparece 157 veces.

En ese sentido cierra una etapa

Sí, totalmente, a Pauline la conocí en marzo de 1998, en un intercambio con alumnos franceses, la volví a encontrar en Australia en marzo de 2008 y este libro ha salido ahora, pocos días antes de marzo de 2018. Por lo demás, lo otro lo que no he contado, es una nebulosa, gente, lugares, que he olvidado o voy olvidando y lo que queda ahora para mí de aquel viaje es lo que he escrito.

 

 

 

FEBRÍCULA

ene 28, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en semanario ON, suplemento diarios Grupo Noticias (27/0118)

 

 

Hoy me he quedado en la cama y he mandado a mi cuerpo a la escuela, a llevar a la niña, y luego traerla, y por la tarde también se ha ido él solo a trabajar a la biblioteca, y al caer la noche, cuando ha regresado, he vuelto a ponérmelo por encima, como si fuera un abrigo, y los dos entonces hemos seguido temblando juntos.

No es la primera vez que mi cuerpo y yo nos separamos, pero no siempre ha sido por culpa de la gripe, disculpen ustedes si desvarío un poco. A veces también sucede al revés, tengo viajes astrales, soy yo el que me salgo de mi cuerpo, y otras veces incluso no regreso, me pierdo y me olvido de mí mismo, me convierto en otro yo, que vive su propia vida, en otro cuerpo, a mis espaldas.

El otro yo que más daño me hizo perder fue el de mis quince años, cuando era una figura adolescente del baloncesto (siempre que cuento esto la gente se ríe, no me cree, y entonces yo les saco la foto del Marca que atestigua que fui a Madrid a jugar con la selección cadete de Navarra). En aquella época yo estaba convencido de que era el relevo generacional de Corbalán, pero todo se torció cuando me pusieron a jugar con un equipo de mayores en el que me pasaba los partidos sentado en el banquillo, esperando mi oportunidad. Y esta llegó: fue en una final del campeonato juvenil en la que el base titular se lesionó. Todo el mundo fue a aquel partido, entrenadores, amigos, familiares… Muchos no me habían visto nunca jugar, no tenían ni idea de las virguerías que yo era capaz de hacer con el balón. Pero aquel fue el peor partido de mi vida. Perdí varios balones, al principio por los nervios y porque mis rivales eran mucho más corpulentos que yo, después porque empecé a llorar y se me nubló la vista. Todavía hoy pienso a menudo en aquel día, recuerdo perfectamente algunas jugadas. Y más de treinta años después, sigo creyendo que esa ha sido la mayor frustración de mi vida. Me pregunto a veces qué habría pasado si las cosas hubieran salido como debían, como solían salir, si hubiera conseguido dar algunas de mis asistencias a lo Delibasic, o meter alguna de aquellas bandejas tan elegantes, después de pasarme el balón por la espalda (creo que a todos nos pasa, que nuestras vidas están cosidas con diferentes “sihubiera” como cicatrices, con decisiones que creemos desacertadas pero nunca podremos saber si en realidad lo fueron).

Yo me preguntó, por ejemplo,  qué habría sido del yo que abandonó después de aquel partido, para siempre, mi cuerpo. No creo que hubiera llegado a sustituir a Corbalán, pero tal vez pasó varios años dando tumbos por diferentes divisiones inferiores o ligas extranjeras en Malta o Filipinas, hasta que se retiró, lamentándose entonces por haber consagrado su vida al deporte y no haber estudiado una carrera, periodismo o filología, o haber escrito algún libro, que era lo que de verdad le gustaba.

Como él, hay millones de “yo” fugados y ocupando los cuerpos de otras personas. Se reconocen fácil, se les nota la incomodidad, los movimientos inseguros de esos cuerpos que no les pertenecen, son gente que baila muerta de vergüenza contigo en las aceras, cuando los dos intentáis pasar por el mismo lado, y luego por el otro, gente que se tapa los dientes cuando ríe, o el culo con un jersey anudado a la cintura. A mí suelen poseerme casi todos los días algunos de ellos. Por ejemplo, cuando conduzco. Yo no recuerdo cuándo me saqué el carnet de conducir, no me gusta conducir, nunca entró en mis planes conducir, y sin embargo todos los días hay un extraño dentro de mí que lleva mi cuerpo en coche a la biblioteca o al híper o al médico a que me mire lo mío.

Todo, en fin, es muy raro. La vida es pura febrícula.

MIREN LACALLE ENTREVISTA A JOSU ARTEAGA (LA BANDA DEL ABUELO)

ene 24, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

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Foto: Javier Bujanda


“El de la palabra es un campo de batalla en el que no debemos ceder ni un milímetro

Josu Arteaga, escritor y cantante de “La banda del abuelo”

“La banda del abuelo”, el grupo de Arrasate, publica su nuevo trabajo, Rockanroll mailu bat da / El rockanroll es un martillo, que presentaron recientemente en directo en la Azoka. Esta vez vienen fuertemente armados con un disco-libro en el que el bajista y cantante del grupo, Josu Arteaga,  suma a las canciones la munición de seis de sus relatos.

Publicado en Gara 23/01/2018  Miren Lacalle

“La poesía es un martillo”, escribió Gabriel Aresti. Y La banda del abuelo remacha el golpe versionando el verso en su último trabajo Rockanroll mailu bat da/ El rockanroll es un martillo, un disco-libro con seis canciones, seis relatos y 666 ejemplares a la venta. Es el sexto trabajo del grupo de spaguetti-rock, como alguna vez se han definido a sí mismos, y esa es la estética de la banda: forajidos, pieles rojas, enterradores… Sus querencias musicales son igualmente salvajes, pues abrevan de bandas como Motorhead o La banda trapera del río. Llevan en el corazón un jabalí y este tatuado en los colmillos poemas de Sarrionandia o Antonio Belarte ‘Sorkampana’, poetas de referencia del grupo, a quienes vuelven a saquear versos para samplear sus letras. Pero, además, esta vez Josu Arteaga incluye seis cuentos que ha ido disparando en diferentes antologías de cuentos y revistas. Seis auténticos martillazos literarios que siguen la estela de de su novela Historia universal de los hombres-gato, publicada originalmente por Alberdania y reeditada por Desacorde (la editorial madrileña que también edita este disco-libro). En él la pluma-faca de Arteaga abre nuevas vetas literarias con historias urbanas, algunas de las cuales (como el extraordinario relato El bombo, o La bomba), cuentan además historias de bandas de rock.

El primer disparo parece obligado: ¿Por qué un disco-libro?

Por una parte porque la gente agradece formatos cuidados y también porque tras ese pequeño “éxito” que ha supuesto Historia universal de los hombres gato y su reedición, traducción al francés y próxima aparición en México, me pedían que  volviese a escribir. Como no tenía ni tiempo, ni ganas, ni necesidad, hemos recopilado seis relatos desperdigados y los acompañamos con unas cuantas canciones que nadie nos pedía pero que si teníamos necesidad y ganas de grabar.

Las conexiones literarias están claras desde el título, El rockanroll es un martillo, que versiona el verso de Aresti, pero también han vuelto a robar versos a otros de los poetas de cabecera de la banda…

Por ahí aparecen otros guiños a Sarrionandia, Laboa y a nuestro poeta salvaje por excelencia: Antonio Belarte,  que en todos los trabajos de los abuelos aparece de una manera u otra. Nos gusta leer y creemos que el de la palabra es un campo de batalla en la que no debemos ceder un milímetro. No debemos ceder ni las calles, ni por supuesto la palabra a aquellos que la manejan, la vacían y la prostituyen a su antojo ya sea desde los poderes o desde el reguetón.

 “Nire aitaren duplexa defendituko dut”  escuchamos en la primera canción… ¿Creen que el rockanroll y la poesía siguen siendo martillos útiles para sacudir tanto acomodamiento, tanta pasividad y conformismo?

No somos ilusos, pero en estos tiempos oscuros donde una nueva edad media se nos cierne, necesitábamos escribir estas canciones para decir que no vamos a quedarnos en casa viendo OT, “el furgol” y quejándonos por facebook. Ni la literatura, ni la poesía, ni el rock han cambiado nada nunca por sí solos. Por el contrario lo que ha sucedido es que la literatura, la poesía y el rock han cambiado y en lugar de ser martillo, son mercachifle para estómagos de pintxo-pote y conciencias de dúplex-adosado. Tenemos que reapropiarnos de nuestras vidas, del territorio, ser autónomos y soberanos a todos los niveles y por supuesto reapropiarnos de la palabra escrita, hablada y musicada. Recuperarla para desobedecer y descolonizar mentes adocenadas.

Las letras de “La banda del abuelo” tienen un equilibrio muy difícil entre el humor y la rabia. ¿Cómo se mezclan esos dos componentes?

Hay mala intención cuando cantamos “Yo soy euskañol, euskañol, euskañol”, “Aitaren duplexa defendituko dut”,  “Aberatsak gero ta aberatsaguak, pobriak gero ta tontuaguak”” o “Hi geratu hadi lo ta jango dek mehe” pero lo hacemos con humor porque la sonrisa tampoco nos la van a robar, ni el latrocinio de los de arriba, ni la imbecilidad de los de abajo que lo amparan y aplauden. El humor también se está criminalizando en esta edad media a la que vamos, de mano del coaching y la plutocracia. Señal de que les duele y de que tenemos que perseverar en este campo también. La risa es la vacuna contra el miedo y lo que quieren es eso precisamente: borrarnos la sonrisa sembrando miedo, porque el miedo paraliza.

En cuanto a lo puramente musical, volvemos a encontrar macarrismo, rockanroll sin tontadas, puro y directo… pero también es cierto que esta vez han tenido una producción más cuidada ¿cómo ha sido la experiencia?

Yo el único macarrismo que veo es el de Trump, Rajoy y demás eximios líderes. Macarrismo de corbata, insultante, corrupto, fascista y sinvergüenza. En nuestro disco hay vacileo no más. En cuanto a lo musical perdimos a Txirikaua, nuestro didjeridoo y chamán y vernos como trío ha hecho que tengamos que apretar carnes en cuanto al sonido y rellenar huecos en el escenario. El resultado ahí está, no somos ni hipsters, ni modernos, ni llamamos muffins a las madalenas y nos gusta el rock de guitarras y sección rítmica contundente y las letras que cuenten cosas, más allá de radiotreseros super trascendentes y pelmas, euskadigazteros empalagosos y guapos y pseudo borrokas skas para hilo musical txosnero.

Trabajar con Jose Rosqueiro y Julen Gebara a los mandos de la producción ha sido para nosotros algo grande, por lo que hemos aprendido y por el resultado. La autogestión tiene sus limitaciones y en nuestro caso es más que evidente, pero José Rosqueiro, compañero antes que productor, ya nos había llevado el sonido en varios directos y nos teníamos ganas mutuas. Chapó por ellos dos.

Entrando ya en la parte literaria del disco-libro, ya teníamos ganas de que Josu Arteaga recopilara sus relatos, desperdigados en antologías…

Desde Desacorde ediciones y tras la reedición de Historia universal de los hombres gato, siempre me invitaban a escribir algo nuevo, pero a mí me da mucho miedo eso que dice Sam Savage de “admiro a la gente que es capaz de escribir siete veces el mismo libro”. Prefiero ser autor de un sólo título y no clonarlo hasta el infinito con diferentes tapas y títulos, así que les propuse recopilar cinco relatos publicados, más uno inédito y aderezarlos con un disco de la banda de la que formo parte y la idea les gustó. El resultado es vistoso y cuidado, un CD-libro casi fetichista, con su tapa dura, una maquetación sobria y elegante, unos relatos sin concesiones y un disco con una buena producción y factura ferretera. Trabajar con Desacorde y ver que lo mismo importa que te llames El Drogas, Evaristo, Kutxi o Arteaga, ayuda mucho.

A pesar de que sus relatos son la bomba —y el bombo—, prácticamente todos los ha escrito porque alguien se los has pedido. ¿Por qué no se prodiga más?

El de Los dueños del viento, Patxi Irurzun, tiene parte de culpa, por no decir toda, de que estos relatos fuesen escritos y publicados. El inédito Funeral económico lo escribí por encargo de JG Izcue, voz y guitarra de la más grande banda de Euskal Herria: El desvän del macho. Él me dio el título y pronto saldrá en el interior de la carátula del single de su último álbum. Uno no puede negar nada ni a Irurzun, ni a JG Izcue porque además de hermano de sangre de ambos, soy autoentronizado presidente vitalicio del club de fans del primero y discípulo fiel del segundo. Si ellos mandan Arteaga obedece.

Estuvieron presentando el disco en la Azoka. ¿Cómo se sintió, un grupo como el de ustedes, más acostumbrado a gaztetxes y circuitos no comerciales?

La azoka de Durango es una ventana muy digna para la creación en un idioma minorizado, históricamente despreciado, perseguido, castigado, prohibido, ridiculizado, infantilizado y reducido a vehículo de comunicación con niños, servicio doméstico y animales de corral. Es cierto que hay algo de circense en ella pero quizás porque no puede escapar a este mundo globalizado de imagen hueca, espectáculo y mercancía para vender, en el que vivimos. En cuanto a las condiciones para tocar son bastante mejorables (humedad, frío, falta de tiempo para probar sonido) pero da la oportunidad de decir aquí estamos, esto es lo que hacemos y visibilizar la creación en un idioma que paradójicamente cuanto más conocido es, parece estar menos presente en la calle. Si además puedes formar parte de las referencias que visibiliza MusikaZuzenean con ese militante musical que es Koldo Otamendi, pues de quitarse la txapela.

Para acabar, ¿cuáles serán las próximas fechorías de la banda?

Se nos quedó pendiente hace dos años, una gira por Cuba que no pudimos hacer por temas laborales, pero este año que viene nos hace especial ilusión tocar en la cuenca minera de Huelva, donde tenemos un puñado de seguidores que sin tener relación vital o familiar alguna con Euskal Herria, nos siguen, nos pinchan y chapurrean nuestras canciones en euskara; también tocar en Madrid por supuesto, donde tenemos el orgullo de haber editado el mejor disco de rock en euskara de toda la historia de Vallekas y por supuesto tocar para nuestra gente (la kelo, AGAKO, EZ…) en casa.

 

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GRACIAS, PROFESOR

ene 14, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en magazine ON, Rubio de bote, colaboración semanal diarios Grupo Noticias 13/01/2018

 

¡Plas!… Al principio es solo una persona la que aplaude, la primera que se atreve a romper el silencio o la estupefacción… ¡Plas!… Las palmadas suenan deliberadamente distanciadas, es una especie de código: “¡Qué demonios, no me importa lo qué opinen los demás, esto que ha pasado es digno de admiración!”, viene a decir el gesto… ¡Plas!… Después este va ganando convicción, intensidad, y luego se suma tímidamente al aplauso otra persona, ¡plas!, y luego otra, y otra, ¡plas plas!, y la ovación va tornándose atronadora, y al final es ya todo el mundo el que aplaude, ¡plas, plas, plas!, incluso el malo o lo malos de la película, la cual acaba, poco después, con un happy end y música como para hacer zumba (también se pueden intercalar junto con los créditos algunas divertidas tomas falsas).

Las películas yanquis tienen una serie de recursos predecibles y estereotipados como este (o como esos padres adictos al trabajo que llegan a la función de fin de curso de sus hijos en el último momento), muchos de los cuales nunca suceden en la vida real. Del mismo modo, yo nunca tuve ningún profesor de literatura que se subiera a las mesas y gritara “¡Oh, capitán, mi capitán!” y al que le deba de manera encarecida haberme convertido en escritor. Pero sí tengo una pequeña deuda con uno de ellos, del cual guardo un buen recuerdo y algún consejo que fortaleció mi vocación, deuda que no he saldado nunca por timidez.

A veces, de hecho, nos cruzamos por la calle y los dos simulamos no recordarnos; bueno, yo, al menos, lo hago, puede que él no (creo que es también tímido) o puede que simplemente no me reconozca, pues sigue manteniendo el mismo aspecto despistado —es una especie de doble de Woody Allen— que cuando me daba clases en el instituto. No recuerdo nada excepcional en realidad de aquellas clases, más allá del humor socarrón e intelectual,  woodyallenesco, en suma, con que él las impartía—. En ellas sucedía simplemente lo que debía suceder: un profesor de literatura al que le gustaba la literatura y al que eso le resultaba suficiente para transmitir ese entusiasmo. Lo excepcional era precisamente eso, lo que debería ser normal.

No sé qué pensará él, si acaso se acuerda de mí o me reconoce, en esas ocasiones en que nos cruzamos y nos ponemos a silbar. A veces,  soy optimista y me digo que si yo fuera profesor de literatura en un instituto de barrio me sentiría satisfecho, recompensado y en cierto modo partícipe si supiera que al menos uno de mis alumnos se ha convertido en escritor. Otras, por el contrario, me pongo en lo peor y pienso que quizás lo que sucede es que se avergüenza de mí, que tal vez yo no le parezco un buen escritor (no sé qué pensará, por ejemplo, el profesor o la profesora de literatura de Dan Brown). Recuerdo entonces el día en que, tras entregarle de manera apresurada un examen, en el cual yo me había limitado a cumplir el expediente, él me invitó a volverme a sentar y dijo: “Y ahora ¿por qué no intentas volver a hacerlo escribiendo de verdad todo lo que sabes?”. Y pienso que puede que me vea como un proyecto fallido, un aborto de literato, un diletante, un quiero y no puedo, una birria de escritor…

No lo sé. Ni tampoco si él llegará a leer esto,  que en el fondo es una extrapolación al mundo de las columnas periodísticas del aplauso in crescendo de los telefilmes yanquis: al artículo de agradecimiento al viejo profesor. Woody Allen, por su parte,  nunca recurriría —excepto de una forma paródica— a  ese tópico, o al del padre que llega tarde a la función de su hijo. Así que supongo que la próxima vez que nos crucemos volveremos a hacernos los suecos. Y que incluso será más incómodo todavía, el Estocolmo de la incomodidad. Pero yo, de este modo, me quedó más tranquilo.  En definitiva: gracias, profesor. Y también: ¡Plas!… ¡Plas!… ¡Plas!…

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