Distópico también es el viaje lisérgico y en comandita de Ernesto Murillo “Simonides”, histórico dibujante del cómic vasco más corrosivo (Euskadi Sioux, Star y/o TMEO) y Patxi Irurzun, escritor y creador de un universo propio e inequivocamente reconocible, a través de su prolífica obra.Pamplona -Volkswagen (Jamerdana 2.0) está estratificada por clases sociales y convertida en parque temático de unos sanfermines de 365 días al año, donde sus habitantes sobreviven trabajando como figurantes para unxs turistxs ajenxs a los submundos que se ocultan tras una vorágine de fiesta prefabricada y sumisión química: retrato perfecto de esta felicidad posmo, que a duras penas maquilla su esencia triste.Excusa perfecta para que, a través de las aventuras de lxs disparatadxs personajes, carpetovetónicxs, que pululan por sus páginas, se pongan en el punto de mira la gentifricación, el racismo, el fascismo, la soledad, la violencia bruta y esa otra más velada e implacable que se ejerce contra lxs desposeídxs, lxs inmigrantes, lxs de fuera o lxs pobres, que han de fregar las escaleras de lxs Ibarrola PTVs (de Pamplona de Toda la Vida).Lacras contra las que Patxi arremete con su estilo ora apocado y naif, ora descarnado y salvaje, propio de un anarquista en pantunflas y acérrimo miltante de la palabra.
Reportaje publicado en Semanario ON (diarios Grupo Noticias) 09/05/2026 TEXTO: Patxi Irurzun. FOTOS: Malen Irurzun
En esta ciudad costera
marroquí, también conocida como la perla del Atlántico o la ciudad
del viento, resulta casi imposible sacar una fotografía sin que en
ella se cuele un gato. Essaouira, la antigua Mogador, con su medina,
su playas, sus riads
y murallas,
es un destino tan atractivo como asequible.
En Essaouira los gatos son los amos. Los gatos y las gaviotas. Los gatos se mueven a sus anchas, elegante y cachazudamente, como panteras de mentirijillas o príncipes de la pereza por todas las calles de esta pequeña ciudad costera de Marruecos, destino habitual de surferos y de los turistas que por uno o dos días buscan un remanso de paz en excursiones desde otras ciudades más tumultuosas, como Marrakech, a solo 180 kilómetros.
Foto: Malen Irurzun
Cientos de gatos
Los gatos, decenas, cientos de gatos, merodean por restaurantes, se acurrucan en las sillas libres, se suben a las mesas apenas los comensales las abandonan, frotan mimosos sus lomos entre las piernas de los transeúntes o los huéspedes de los riads, dormitan, o se relamen y limpian concienzudamente su pelaje entre los cestos, las toallas y manteles, la bisutería, las bolsas de especias, la ropa de imitación que las pequeñas tiendas de la medina ofrecen al visitante… Todo ello sin que nadie los espante, al contrario, para los gatos se reserva siempre un mendrugo de pan, la cabeza de una sardina, una caricia… En Essaouira los gatos forman parte del paisaje y la idiosincrasia de la ciudad y son respetados y adorados, entre otras cosas porque ellos contribuyen a mantener a esta a salvo de ratas y otras plagas.
Foto: Malen Irurzun
Patrimonio de la Humanidad
Essaouira, la antigua Mogador, debe
este último nombre a los portugueses, que construyeron en la ciudad
diversas fortificaciones (como uno de sus lugares más visitados, la
Skala du port, que muchos reconocerán por su aparición en uno de
los capítulos de Juego
de tronos), si bien la
fundación de la localidad como tal se debe al sultán Sidi
Mohammed Ben Abdallah, en 1764, quien ordenó el levantamiento de
las actuales murallas. Por Essaouira han pasado también
cartagineses, fenicios, corsarios y piratas sin patria ni bandera…
Entre sus calles hay vestigios de una judería, o del protectorado
francés que la gobernó en las primeras décadas del siglo XX…
Todo ello hace de esta ciudad, declarada en 2001 por la Unesco
Patrimonio de la Humanidad, un lugar cosmopolita, aunque manteniendo
al mismo tiempo su esencia bereber. El trazado de su medina es, por
ejemplo, menos laberíntico que el de los zocos de otras ciudades
marroquís, pero en sus calles, como la Avenida Mohamed Zerktouni, la
principal y rectilínea arteria de la ciudad, no faltan los
habituales tenderetes de souvenirs, zapatillas falsas, artesanía
local made in China, entremezclados con carros de verduras, fruta
(como la sabrosa fruta del cactus, una especie de higo chumbo que se
despacha rajando su cáscara con una navaja y pinchando el carnoso
interior con un palillo), carnicerías que cuelgan al aire enormes
piezas de reses, el mercado de pescado, que curiosamente entra en su
apogeo al anochecer, puestos de crepes, restaurantes de shawarmas y
pinchos morunos, teterías en las que entregarse al postureo (por
ejemplo, leyendo un libro y acariciando un inevitable gato en el
regazo)…
Los gatos… y las gaviotas
Un caos controlado y encantador, que por momentos provoca la sensación de encontrarse en un interminable mercadillo hippi o en una gran tienda Natura, a lo que también contribuye la presencia de algunos grupos de artistas callejeros que amenizan con la interpretación de su música gnawa, evocadora e hipnótica, por ejemplo en la Plaza Moulay Hassam, donde al caer el sol es posible contemplar, recostados en la muralla, espectaculares atardeceres.
Malen Irurzun
La misma
plaza es, sin embargo, durante el día, la puerta de entrada a otro
lugar de la ciudad que arrebata de golpe todo el romanticismo y nos
sumerge en otra realidad, más conectada con otros sentidos, sobre
todo el olfativo. Es el puerto pesquero, en el que junto a decenas de
barcazas de color azul atracadas, se levantan diferentes puestos en
los que el pescado es lavado, destripado, subastado u ofrecido a los
visitantes, para ser cocinado in
situ
a quien tenga el estómago y la audacia de degustarlo mientras sobre
su cabeza revolotean innumerables bandadas de gaviotas (pues si los
gatos son los reyes del suelo de la ciudad, el cielo pertenece a
estas inquietas e inquietantes aves).
La ciudad del viento
Essaouira por lo demás, es conocida también como la ciudad del viento, pues desde los pies de sus murallas se extiende a lo largo de la costa una kilométrica playa, que junto con otras cercanas, como la de Sidi Kaouki, la convierte en destino de amantes del surf o permite otro tipo de actividades, como recorridos en quad por dunas (o, para los más pausados o menos preocupados por el maltrato animal, en camellos). Un destino, en definitiva, atractivo, exótico y económico, a la vuelta de la esquina (Essaouira cuenta con un pequeño aeropuerto hasta el cual hay vuelos directos low cost desde Madrid y Barcelona, y los alojamientos en los riads, las tradicionales casas marroquís, son asequibles), que hará las delicias de muchos viajeros… a excepción de aquellos que tengan alergia a los gatos.
: Malen Irurzun
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Visitantes ilustres Essaouira ha ejercido a lo largo de la historia una poderosa atracción para viajeros y artistas. Orson Welles, que tiene dedicada en la ciudad una plaza, rodó allí buena parte de las escenas de Otelo, en un rodaje accidentado, con problemas de financiación, despidos de actores o una suspensión del contrato de vestuario que solucionó contratando a todos los sastres de Essaouira. Las calamidades sufridas por el cineasta no minaron su admiración por la perla del Atlántico, que la puso en el punto de mira de otros viajeros y músicos, como Jimi Hendrix -o al menos, eso dice la leyenda, porque tampoco hay nada que lo documente-, quien al parecer pasó allí unos días, en 1969, poco antes de su actuación en el festival de Woodstock. En el caso de ser cierto, al guitarrista sin duda debieron de subyugarle los sonidos de la música gnawa, un repertorio tradicional de temas marroquís con cadencias cercanas al trance, cuya presencia en la ciudad todavía hoy se mantiene muy viva, como demuestra la celebración cada año durante el mes de junio del Festival Gnaoua de Essaouira, que convierte la ciudad en punto de encuentro de los amantes de músicas del mundo y la fusión de esta con otros estilos como el jazz o el blues.
En el barrio de mi madre, a la puerta del súper, suele haber muchos días pidiendo un hombrico, haga un sol de justicia o un frío castigador. Creo que es uno de los pacientes de un centro psiquiátrico que se encuentra al final de la calle.
Cuando era pequeño yo vivía allí, frente a la tapia del manicomio. Ya por entonces, antes de que tiraran el muro y lo convirtieran en un centro abierto, a algunos internos les permitían salir solos durante unas horas. Los recuerdo con el pelo revuelto y los dedos amarillos, fumando como chimeneas cigarros que encendían cada uno con la pava del anterior. La mayoría eran tranquilos, caminaban arrastrando consigo tormentas que solo tronaban dentro de sus cabezas; también había alguno, como Chichi el amoroso, ingenioso y culto, que aseguraba, unos días, haber sido piloto de aviación y, otros, poeta laureado, y que para que constara en acta, nos amenizaba el viaje en villavesa hasta el centro de la ciudad con sus versos, que declamaba con voz estremecedora: “Manicomio de Villava / cementerio de hombres vivos / donde se doman los bravos / y te olvidan los amigos”; Lola la loca, por el contrario, nos daba miedo. Era una mujerona con el abrigo y las uñas de color rojo sangre y una espalda interminable, sobre la cual, contaba la leyenda urbana, soportaba todo el peso de la muerte de un hijo adolescente, a cuyo asesino buscaba por los patios de colegios e institutos de Pamplona.
Todos provocaban en mí una mezcla de pavor y atracción. Me preguntaba cómo y por qué llegaban a averiarse esas cabezas, qué historias reales se escondían como donpimpones detrás de esos renglones torcidos de Dios. Y supongo que sobrevolaba mi mente la idea de que, en el fondo, a quienes estábamos a este lado del muro solo nos separaban unos metros de ellos y sus abismos.
Al hombrico del súper, de hecho, me lo encontré un día dentro, en la cola para pagar, y la cajera lo llamó por mi nombre -éramos, al parecer, tocayos-. Pero no fue eso lo que más me impresionó sino en qué gastó sus monedas. Yo nunca le había dado nada, creyendo que quizás fuera a emplear el dinero en algo que lo perjudicara, pero para mi sorpresa sobre la cinta dejó tres o cuatro botellas de cocacola y otras tantas pizzas. Lo vi salir de la tienda con una sonrisa fosforescente, cuyo resplandor ilumina todavía hoy mi corazón negro y malpensado, y alejarse levitando como un ángel por la acera, en dirección al centro psiquiátrico. Lo imaginé allí, compartiendo su compra con algunos de sus compañeros, en una fiesta pequeña y privada y que, sin embargo, redimía todos los prejuicios y recelos de quienes creemos habitar el mundo de los rectos y los cuerdos.