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Club de lectura de invierno

Ene 17, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

«NO ENCONTRÉ ROSAS PARA MI MADRE»
José Antonio García Blázquez

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 16/01/21

Como si fuera un presagio, y aunque seguramente solo responda a una moda tipográfica de la época, la edición del Círculo de lectores que popularizó el libro del que hoy hablamos, No encontré rosas para mi madre, muestra el título de la obra y el nombre del autor en minúsculas.

José Antonio García Blázquez fue finalista con ella del Premio Alfaguara, vendió trescientos mil ejemplares de la misma, hubo una adaptación cinematográfica dirigida por Francisco Veleta Rovira y protagonizada por “la mujer más guapa del mundo”, así llamaban por entonces a Gina Lollobrigida, y por Concha Velasco (quien años más tarde exageraría su participación en el filme calificándolo como pornográfico)… Blázquez llegó incluso a ganar el Premio Nadal en 1973, con la novela El rito. Pese a todo lo cual, hoy en día el escritor extremeño es un autor desconocido, algo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que No encontré rosas para mi madre ha resistido muy bien el paso de los años y su lectura, su estilo sobre todo, es sorprendentemente actual, a diferencia de otras obras de autores de la época (por ejemplo, un año antes de que García Blázquez ganara el Nadal la novela premiada fue Groovy, de José María Carrascal, a quien la seducción por el ambiente hippie de Nueva York que retrata en la misma solo le dejó como poso unas corbatas de colorines que lucía en los telediarios mientras de su boca salía un batallón de sapos y culebras afiliados a VOX).  

Contra la prosa garbancera

Tal vez sea la modernidad de la novela de Blázquez, en realidad, lo que explique su  olvido: a veces es tan perjudicial llegar tarde a la foto como llegar antes de tiempo. Claro que en el caso de José Antonio García Blázquez también se da la circunstancia de que nunca mostró demasiado interés en aparecer en esa foto, es decir,  siempre fue reacio a hacer el payaso en el gran circo de la literatura o, mejor dicho, de la industria editorial, tal y como se desprende de algunas, no muchas entrevistas, que a pesar de todo concedió.

José Antonio García Blázquez nació en Plasencia en 1940. Trabajó como traductor en diferentes organismos internacionales a lo largo de toda su vida. Sus personajes, como él, deambulan entre esos dos escenarios, la localidad natal  —convertida unas veces en ese paraíso perdido que es la infancia, otras en ese infierno de los pueblos pequeños—, y las grandes ciudades como París, Nueva York, Barcelona…, en donde esos personajes se mueven a la deriva, arrastrados por las mareas de la soledad, la búsqueda o la locura. Además de No encontré rosas para mi madre, su gran éxito comercial, y El rito, la novela con la que ganó el Nadal entre Carrascal y Umbral (bueno, por medio también lo hizo Luis Gasulla, pero nos fastidiaba la rima), publicó otras obras como Señora muerte, que el propio autor consideraba su mejor novela, o Los diablos, un intento por superar el realismo social predominante en la literatura de aquellos años (la obra se publicó en 1966), realismo al que calificó de garbancero, del mismo modo que décadas atrás había hecho Valle-Inclán para referirse a la obra de Galdós.  José Antonio García Blázquez murió en 2019, sin grandes reconocimientos: una calle con su nombre en Plasencia y algunas necrológicas en la prensa local.  

Muere el escritor extremeño José Antonio García Blázquez, ganador del  premio Nadal en 1973 | Hoy

Rara pero bonita

Los obituarios coinciden en resaltar algunos rasgos del carácter del escritor que quizás nos den el quid de la cuestión: su carácter asocial y huidizo (al menos en lo literario) que le hacía alejarse de las camarillas de escritores y de los medios de comunicación. “Desde luego el que sale en la televisión es porque se mueve, y yo no tengo ni tiempo ni ganas”, declaraba por ejemplo en una entrevista al diario ABC en 1981, en la cual también tiraba con balín contra Vargas Llosa o denunciaba la amenaza que suponía para los escritores de verdad la irrupción de otros “escritores” como Susana Estrada, Jimmy Giménez-Arnau o Lola Flores, además de dejar claro que en sus obras no hacía concesiones comerciales ni se plegaba a los cantos de sirena que entonan las editoriales para otorgar determinados premios o promocionar determinadas obras o booms literarios. Por supuesto, con semejante tarjeta de presentación, Blázquez también añadía que no pretendía vivir de la literatura. “No considero la literatura como una profesión. Si para mí se convirtiera en una rutina, el arte desaparecería”.

En la misma entrevista el autor señala que lo que a él le gustaría que dijeran de su novela es “qué novela más rara, pero qué bonita”. Y aunque se refiere a su obra Rey de ruinas, podríamos aplicarlo también a No encontré rosas para mi madre, aunque que nadie se asuste, esta, la novela que nos ocupa es una novela totalmente legible y accesible, de hecho esa es una de sus virtudes. En ella se narran las peripecias de Jaci, un joven enamorado de manera edípica y posesiva de su madre, y que, incapaz de soportar cómo esta cae en brazos de otros —los huéspedes que pasan por la habitación que se ve obligada alquilar tras caer en ciertas penurias económicas—, se aleja y vuelve una y otra vez a ella, topándose en sus huidas con toda clase de personajes, prostitutas, protoquinquis, enfermos mentales, entre los que Jaci (Jacinto) ejerce cierto magnetismo sexual. Eso en cuanto al argumento, que quizás, como en todas las obras literarias,  sea lo de menos, lo importante es la manera en que José Antonio García Blázquez nos hace vagabundear con su protagonista, mediante una prosa en la que se mezcla un humor que recordaría a las novelas del detective sin nombre de Eduardo Mendoza (El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, etc.) si no fuera porque esta novela en realidad es anterior a ellas; unos diálogos a veces chispeantes otras absurdos; unas inmersiones oníricas y delirantes en la mente algo averiada del narrador (la novela está contada en primera persona); y, sobre todo, unos chispazos de poesía, unas metáforas brillantes que perlan la lectura como quien no quiere la cosa (“Desde mis muslos subieron canciones infinitas”).

NO ENCONTRE ROSAS PARA MI MADRE: Amazon.es: Jose Antonio G. Blazquez: Libros

Una extravagante naturalidad

A menudo, cuando se trata de elogiar una novela se utilizan términos como carpintería, mecanismo, arquitectura, pero lo cierto —bueno, esta es una opinión particular— es que en la mayoría de las ocasiones en realidad se trata de su música, de la manera en que lo que vamos leyendo fluye en nuestra cabeza, del modo en que las palabras están colocadas una tras otra, hasta tal punto que si lo estuvieran de otro descarrilarían. Y en No encontré rosas para mi madre las páginas fluyen con una rara, extravagante naturalidad.

Les recomiendo fervientemente esta novela, que deberán conseguir a través de librerías de viejo o en páginas de internet, en las ediciones de Círculo de lectores o de los legendarios libros Reno. Y de paso les advierto de que no la confundan con otra de título homónimo, publicada este mismo y calamitoso año, cuyo autor es Martín G. Ramis, en una extraña decisión. Desconozco esa novela, no la he leído, me gustaría pensar que es un homenaje o un guiño —un tanto excesivo, por decirlo suavemente—a su predecesora, o tal vez, no lo sé, a la adaptación cinematográfica de Francisco Rovira Veleta, ignorando u obviando que está basada en la obra literaria de José Antonio García Blázquez, una obra literaria, por lo demás, la de este último, mayúscula.  

                    

Club de lectura de invierno

Ene 10, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

EL PEQUEÑO NICOLÁS (SEMPÉ/GOSCINNY)

El hombre que usted no conoce | El Primo Ramón

Al periodista al que se le ocurrió por primera vez usar el apodo “El pequeño Nicolás” para referirse a aquel arribista con cara de pan —de pan duro como el cemento—que hace algunos años se colocó por una rendija de las cloacas del estado y comenzó a salpicar barro en todas las direcciones, habría que mantearlo en la plaza del pueblo, torturarlo hasta la agonía con el anuncio en bucle de Yatekomo de David Bisbal, obligarle a escuchar todos los audiolibros de Alfonso Ussía o de Paulo Coelho mientras se pudre eternamente en el infierno… Ustedes me disculparán la crueldad, pero es que no se lo perdonaré nunca. Igual a él su ocurrencia le pareció muy original, pero a quienes hemos leído y amado desde niños al pequeño Nicolás, al de verdad, el de Sempé y Goscinny, nos resulta inexplicable y propio de un ignorante… ¿Qué tipo de conexión, aparte de la evidente del nombre, pudo encontrar  ese periodista entre dos personalidades, dos formas de ver el mundo tan enfrentadas? ¿Y no se le pasó en ningún momento por la cabeza el tremendo daño que estaba haciendo a la memoria de esta cumbre de la literatura infantil? ¿Dónde está el defensor del menor? ¿Y el de los lectores?

El auténtico pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás, el auténtico (de hecho, para nosotros de aquí en adelante el otro, el fake,  como si nunca hubiera existido) dio sus primeros pasos en un formato diferente al que todos conocemos, pues en sus inicios fue una tira cómica que Jean Jacques Sempé (dibujante) y René Goscinny (guionista; aunque entonces firmaba como Agostini) publicaron entre 1956 y 1958 en la revista belga Le Moustique. Desconozco cuál fue el motivo concreto por el que la pareja artística decidió dar el salto al relato ilustrado que haría a sus personajes universalmente conocidos. Se dice que Sempé no se sentía cómodo como dibujante de cómics, pero a mí también me gusta pensar que el universo del pequeño Nicolás —sus padres, sus compañeros del colegio, sus recreos y veraneos— le fue creciendo a Goscinny en la cabeza hasta desbordar los bocadillos de las tiras cómicas. Algo que, sin embargo, no le sucedió con otras de sus no menos famosas creaciones, como Asterix o Lucky Lucke, que sí se ciñeron al formato del cómic, y que publicó junto con otros ilustradores, como Uderzo, en el caso del guerrero galo, y de Morris en el del entrañable y desgarbado vaquero. 

EL GRAN PEQUEÑO NICOLÁS | LO QUE EL VIENTO SE DEJÓ

El cambio de la tira cómica a la narrativa, en el caso del pequeño Nicolás fue en todo caso un acierto, y cabe preguntarse incluso si las aventuras y travesuras de Nicolás habrían obtenido tamaño éxito (se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo) de no dar con esa manera de ser contadas; o incluso si hubieran sido las mismas sin las pequeñas ilustraciones de Sempé, que salpican los textos, a veces como miniaturas, siempre con ese estilo divertido y sencillo. Yo, de hecho, me recuerdo a mí mismo de pequeño tanto riéndome a carcajadas con las ocurrencias de Nicolás, Agnan, Clotario, Alcestes…, como copiando los geniales dibujos de Sempé con la punta de la lengua asomando por un lado de la boca.

El  mundo contado desde la altura de un niño

En lo que se refiere a los textos de Goscinny, a la técnica y el estilo, hay varios aspectos que contribuyen a la inmediata popularidad de las historietas y a la perdurabilidad  en el tiempo de las historias de este niño de clase media francesa, que todavía los pequeños de hoy, doy fe como padre y bibliotecario, siguen leyendo con pasión, a pesar de que fueran publicadas por primera vez a mediados del siglo pasado y de que retraten un mundo y una infancia en parte ya desaparecidos  (por ejemplo, con escuelas segregadas por sexos; bueno, todavía hay alguna secta religiosa que mantiene esa anomalía y que, a pesar de eso, se ha beneficiado durante años de la educación concertada). Por el contrario, y a pesar de la omnipresencia de la tecnología entre los niños de hoy, estos no dejan todavía de llegar a casa en ocasiones con la ropa y los zapatos cubiertos de barro o con una mascota, un perrito o un gato al que han recogido de la calle  entre los brazos, del mismo modo que lo hace Nicolás en sus narraciones.

Mis comics y mas: EL PEQUEÑO NICOLAS (Goscinny) en la gran pantalla

En estas, si de aciertos y hallazgos hablamos, es probablemente el punto de vista el mayor de todos ellos. El pequeño Nicolás nos cuenta sus historietas en primera persona, es decir, ve el mundo desde su altura y desde una mentalidad infantil,  sin filtros,  con una manera de razonar lógica y reveladora que a los adultos el paso del tiempo y la vida nos ha ido arrebatando a sopapos. Las narraciones tienen de ese modo dos lecturas, una en la que concede a los lectores más pequeños, los que tienen la misma edad que Nicolás, el protagonismo, y les hace sentirse identificados con las correrías de este, y otra en la que los padres de ese niño se regodean viendo como a través del humor y una aparente inocencia el mundo en el que han ido siendo aprisionados se desmonta o pueden regresar por un momento a su infancia. Goscinny, en fin, escribe sabiendo que además de a los niños se dirige a sus padres, que son quienes a fin de cuentas comprarán los libros.

La escuela literaria del pequeño Nicolás

Ese modo de narrar determinó posteriormente buena parte de la literatura infantil, puso en el centro al sujeto de la misma, y creó una escuela que todavía sigue vigente, con sagas literarias como los diarios de Greg,  Tom Gates o el Capitán Calzoncillos, en las que además las ilustraciones o el acompañamiento gráfico tienen gran peso. En España, el émulo más incontestable del pequeño Nicolás es sin lugar a dudas Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, quien tuvo además la virtud por una parte de acentuar ese rasgo cabroncete del carácter infantil, que en el caso de Nicolás estaba tal vez muy atemperado, y de ubicar a su personaje en un entorno de clase trabajadora, frente al más burgués o de clase media del personaje francés.

Pequeños pero no tontos | Babelia | EL PAÍS

El punto de vista, de todos modos, no es suficiente si no se dispone de los recursos y el  talento para materializarlo sobre la hoja impresa, y en el caso de Goscinny despliega todo un arsenal que convierten a sus historietas en magistrales e inolvidables. Por citar solo algunas, el uso de los epítetos: los amiguitos de Nicolás son Agnan, el ojito derecho de la maestra —o ese niño al que como lleva gafas no se puede pegar—; Alcestes, un niño muy gordo que siempre está comiendo cruasanes; Godofredo, que como tiene un papá muy rico le compra siempre todo lo que quiere… Y además Eudes y sus puñetazos en la nariz,  y Majencio, Clotario, Rufo… Quizás el menos conocido de todos ellos sea Joaquín, quien, sin embargo y sorprendentemente, dio nombre a uno de los libros de la serie, el único que no lleva la palabra Nicolás en el título: Joaquín tiene problemas (y que posteriormente también se editó como Los problemas del pequeño Nicolás, entre otras cosas porque la elección del título original lo convirtió en el libro menos vendido de la serie).

Junto a los epítetos recurrentes (además de los citados están otros como el papá de Nicolás, que siempre está leyendo el periódico) nos encontramos la alternancia de frases cortas con otras en las que se acumulan las cópulas, con perdón, imitando la manera de hablar de los niños, oraciones que a menudo se resuelven con un final sorprendente o inesperado, siempre humorístico y que dejan al descubierto los complejos mecanismos mentales infantiles: “…y después nos enfadamos y ahora ya no vamos a volver a hablarnos nunca más”, puede decir, por ejemplo, Nicolás a mitad de uno de sus relatos, aunque al final del mismo el niño con el que se ha peleado de manera irreconciliable vuelva a convertirse en su mejor amigo.

El pequeño Nicolás' llegará el viernes a Salamanca

Los cinco libros y la película

Las peripecias del pequeño Nicolás aparecieron en cinco libros, entre 1960 y 1964: El pequeño Nicolás, Los recreos del pequeño Nicolás, Las vacaciones del pequeño Nicolás, Los amiguetes del pequeño Nicolás y Joaquín tiene problemas o, como hemos visto, Los problemas del pequeño Nicolás. Posteriormente, a la muerte de Goscinny, ya entrados los 2000, la hija de este y Sempé acordaron  recopilar algunas de las historias que los dos artistas habían publicado originalmente en prensa y no habían sido recogidas en ninguno de los libros, y que vieron la luz con títulos como La Navidad del pequeño Nicolás o La vuelta al cole del pequeño Nicolás.  Hay además, una adaptación cinematográfica de 2009, titulada El pequeño Nicolás, pero como suele suceder en estas arriesgadas e incluso suicidas adaptaciones, el resultado es cuestionable. Para nosotros, los lectores incondicionales, de El pequeño Nicolás, este, sus amiguetes, sus padres, El Caldo, la maestra o María Eduvigis…, serán siempre los que retrató Sempé y a los que Goscinny contó —parafraseando a su protagonista— fenómeno. 

FELIZ 1977

Ene 10, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Fotos: El día que nació Charlot | Cultura | EL PAÍS

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 09/01/21

Y al día siguiente, para rematar la faena, se murió Charlot.

Las Navidades de 1977 las pasamos en casa de los abuelos. Nos gustaba la casa de los abuelos. El suelo de madera crujía y tenía ojos. A través de ellos podíamos ver la bodega y al abuelo cortando la leña en cuñas que luego echábamos a la cocina. Cada vez que lo hacíamos,  revoloteaban chispas como fuegos artificiales enanos. Después, cuando el fuego cogía fuerza se asomaban por el agujero unas lenguas retorcidas y diabólicas que había que sofocar colocando la tapa con un gancho de hierro. Hacía un calor infernal en la cocina. Los huesos del demonio se rompían en chasquidos dentro de aquel fogón de leña. En las habitaciones, por el contrario, cuando nos íbamos a la cama, las sábanas parecían láminas de hielo, que había que derretir poco a poco con el calor de tu propio cuerpo. Nos costaba dormirnos. El hombre de las 365 narices, que decían que se aparecía  la última noche del año, acechaba nuestros sueños. Nos desvelábamos imaginando cómo sería su rostro. Algunas noches el Míchel ladraba nervioso en el patio y pensábamos que el hombre de las 365 narices (bueno, entonces debía de tener solo 360 o 364) ya estaba allí, aguardando impaciente el momento de desprenderse de aquel peso terrible,  anhelando con ansia el día de Año Nuevo, el único en que no era un monstruo. Claro que tampoco había que fiarse mucho del Míchel, un perro loco que veía constantemente espíritus a su alrededor y al que mis tías más que sacar a pasear al monte lo sacaban a hacer sokatira.

Otras veces, no era el hombre de las 365 narices quien nos robaba el sueño sino el ogro, como llamaban los abuelos al mutilzaharra amargado y quejica que vivía en la casa de enfrente, de la cual nos separaban apenas un par de metros. Una de aquellas noches, la nochebuena de 1977, desde nuestro cuarto, comenzamos a tirar trozos de turrón contra su ventana. Un ogro no tiene gracia si no se le hace gruñir. Era turrón del blando, eso sí. Un turrón con sabor a fresa, una cosa moderna que no había gustado a nadie en la cena y que nos habían dejado a los niños, a quienes, comparado con los Cheiw de fresa ácida aquel turrón también nos parecía una mierda pinchada en un palo. Así que nos dio por tirarlo contra la ventana del ogro. Mi hermana pequeña fue la última en arrojar el proyectil. “¡Uy, casi al señor!”, exclamó. Y cuando, extrañados, nos asomamos los demás, en lugar de los trozos de turrón resbalando como babosas por el cristal, nos encontramos al ogro mirándonos malhumorado con su única ceja fruncida. “Ahora mismo voy a contárselo a vuestros abuelos”, dijo. Y cerró la ventana. Nosotros nos dispersamos. Cada uno se escondió donde pudo, debajo de las camas, en los armarios. Yo bajé corriendo las escaleras y me encerré en un cuarto que había junto a la bodega y al que, esas navidades, nos habían prohibido entrar. Me imaginé que nadie me buscaría allí. El cuarto de la asociación, lo llamaban, y nosotros nos preguntábamos qué clase de asociación era aquella, pues en las paredes había posters de Brigitte Bardot y de Nadiuska, aunque a veces también allí podías encontrarte la vitrina con la virgen que iba pasando por turnos de casa en casa. Eran aquellos tiempos revueltos.

El caso es que, aquella noche, mientras escuchaba a mi madre disculparse avergonzada ante el ogro, los vi. Todos aquellos paquetes, envueltos en papel de regalo. Los mismos paquetes que a la mañana siguiente aparecieron a los pies de nuestras camas, mientras la radio anunciaba que esa madrugada, a los 88 años de edad, Charlie Chaplin, Charlot, había muerto. Creo que, de los niños, fui el único que oyó la noticia. El único  que todavía no había comenzado a desenvolver su regalo. Recuerdo a mi madre mirándome, con una sonrisa triste y cómplice. Yo comprendí y abrí mi paquete. Era una caja de Magia Borras, con su varita, su baraja, sus monedas… Y con su librito de instrucciones, en el que se explicaban todos los trucos de magia. De aquella magia que de repente se desvanecía y cobraba, al mismo tiempo, otro significado.

Entrevista a Beñat Arginzoniz

Ene 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

«Toda mi escritura es híbrida, no distingo entre géneros porque todo lo que escribo nace por necesidad»

En “La ciudad del fin del mundo”, la última obra de Beñat Arginzoniz, el escritor bilbaíno nos presenta un Bilbao apocalíptico, una ciudad de almas en pena que un asesino en serie recorre rematando, y haciendo un favor de paso, a legiones de muertos vivientes, en una novela de trazos a ratos oníricos, siempre ágil y con la inconfundible voz lírica del autor de “Pasión y muerte de Iosu Expósito”

Patxi Irurzun. Gara/Naiz 07/01/21

Publicada por El Gallo de Oro, “La ciudad del fin del mundo” cuenta con una magnífica portada (en la que se reconoce la Plaza Unamuno, del mismo modo que en la camiseta de uno de los protagonistas se adivina la leyenda Eskorbuto) e ilustraciones de Iñigo Zaitegui. Es esta una novela visceral, cruda (como las propias respuestas a esta entrevista), cortada sin embargo con el cuchillo de la poesía, que Arginzoniz, escritor, librero y editor, siempre mantiene afilado y blande en cada una de sus obras, como la ya mencionada “Pasión y muerte de Iosu Expósito”, “El evangelio del hombre” o su reciente biografía de Camarón de la Isla.

La ciudad del fin del mundo es una novela apocalíptica, con un Bilbao terminal, y su publicación ha coincidido con la pandemia, aunque está escrita con anterioridad ¿cuánto hay de casualidad y cuanto de anticipación, de retrato de una civilización que se desmorona?

Este desmoronamiento viene de lejos, pero nadie ve el mal cuando está demasiado cerca. Es verdad que hay un nuevo orden mundial bajo la mentira de palabras como progreso o democracia; es verdad que hay una desaparición de la verdad del mundo, la que nace de los pueblos libres y de sus culturas vivas; y también es verdad que hay una anestesia general y un lavado de cerebro brutal provocado por las pantallas. Vivimos en una época donde todo el mundo opina, repite eslóganes, se promociona a sí mismo y se cree el protagonista del universo, estos síntomas de infantilismo son los propios de una época oscura. En mi novela hablo simplemente de la muerte del espíritu, de una vida sin poesía. El protagonista busca un corazón en un mundo sin corazón, y el delirio paranoico del apocalipsis es su última esperanza. Sueña con un nuevo mundo, y con una nueva luz sobre la que asentar la vida.

A pesar del tema y el argumento de la novela, de su crudeza, no renuncia a su propio estilo, siempre tan unido a la poesía, al lenguaje lírico, ¿se podría decir que es una seña de identidad también de sus obras narrativas?

Toda mi escritura es híbrida, no distingo entre géneros porque todo lo que escribo nace por necesidad. Escriba sobre Camarón o sobre Eskorbuto, elabore un ensayo sobre el Jai Alai o haga una reescritura de los evangelios, todo tiene un mismo vuelo poético. La poesía es una forma de expresarse que va directa al corazón. Además, si yo abro un libro y leo una frase como: “Salí a la calle y me compré una barra de pan”,  lo cierro al momento. No aguanto una línea de más ni el hablar por hablar de tantos escritores. Entro en una librería y veo a la gente atrapada, en la sección de novedades, como en una avalancha de aburrimiento.

¿Le resulta difícil pasar de la poesía a la prosa, conservando ese pellizco lírico?

No, toda mi prosa es poética y es espontánea, escribo sin esfuerzo, pero luego maquillo muchísimo, trabajo con las novelas igual que con la poesía, escribo un libro en poco tiempo y lo corrijo durante muchísimo tiempo.

A la vez, la obra discurre también con agilidad, a veces incluso a ritmo de road movie, o incluso de novela de caballerías, con esos dos personajes deshaciendo entuertos, ¿está de acuerdo?

Estoy de acuerdo.

No sé si hay también un desahogo, una especie de catarsis en ese personaje, ese asesino en serie que va cargándose a periodistas, políticos, policías…

Si la novela no participa de la vida de uno no merece la pena escribirla. Se escribe por necesidad o por agradecimiento, en el caso de “La ciudad del fin del mundo” es un libro escrito para alejar de mí una situación personal complicada. Tuve miedo de publicarlo porque nunca he visto un libro tan crudo, en el sentido de que no he transigido con nada, quizá sólo Fernando Vallejo sea comparable en ese sentido. En cualquier caso no volveré a escribir un libro así, no he podido evitarlo. Creo que mucha gente se dice: quiero ser poeta, y se ponen a escribir versos de amor. O se dicen, quiero ser escritor, se ponen una pipa en la boca y se creen Arthur Conan Doyle, son gente que no escribe por necesidad y por lo tanto no son escritores, son, en todo caso, impostores. Ocupan un lugar que no les corresponde, Hermann Broch los consideraba directamente delincuentes. Pero bueno, todo el mundo vale para todo, ¿no?, y todo el mundo puede si quiere, ¿verdad?, pues adelante, que sigan oscureciendo el mundo.

Para acabar, ¿cómo está viviendo usted toda esta situación de la pandemia, como editor en El Gallo de Oro, y como librero, cómo percibe que está afectando a la literatura?

Como editor y como librero estoy preocupado, sin embargo las ventas no han caído demasiado. A mí lo que me preocupa de verdad es la deriva general de todo, la pandemia ha acelerado muchos de los planes de las élites. Imposición de la enseñanza digital en los colegios, teletrabajo, compras online a grandes empresas. Los resultados están siendo los mismos que los de una guerra, empobrecimiento de unos y enriquecimiento de otros, medidas extremas de control de la población, leyes contra el pueblo, restricción de derechos y libertades, manipulación masiva desde la televisión y un largo etcétera. Para qué seguir, a mí ya sólo me interesa la poesía.

Club de lectura de invierno

Ene 3, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

JOHN BARLEYCORN: LAS MEMORIAS ALCOHÓLICAS de JACK LONDON, y otros libros y escritores dipsómanos.

File:Jack London 1904.jpg - Wikimedia Commons

Publicado en magazine ON, con diarios de Grupo Noticias, 02/01/21

La primera vez que Jack London, el autor de Colmillo blanco, La llamada de la selva y otros clásicos de la literatura juvenil y de aventuras, se emborrachó tenía cinco años. Lo cuenta en John Barleycorn: las memorias alcohólicas, uno de sus libros autobiográficos en el que reconstruye su vida a partir de su relación con la cerveza, el vino y las bebidas espirituosas. Por cierto, ¿por qué demonios se llamará así al ron, la ginebra, el whisky y otros licores? Un misterio, lo mismo que alguien como London, quien, tras iniciarse en el pimple a tan tierna edad y beberse a lo largo de su azarosa vida un océano de alcohol, fuera capaz de recordar nada. Igual es que se lo inventó todo. Sea como fuere, a nosotros nos gusta creer sus historias, pues estas están pobladas de piratas, buscadores de oro, pescadores de perlas, boxeadores, revolucionarios…  (y en cierto modo es esto también, como veremos a continuación, lo que determina la dipsomanía del escritor).

Primeras borracheras, primeras resacas

Solo dos años más tarde de aquella inaugural borrachera, cuando contaba siete, London volvió a beber. A pesar de semejante precocidad, el autor asegura en sus memorias que no había en él una predisposición genética al alcohol; que tampoco, como a cualquier niño pequeño, le gustaba el sabor del mismo (no le gustó nunca, en realidad); o que junto con las primeras melopeas llegaron las primeras resacas y estas fueron especialmente severas para tan tiernas meninges. ¿Por qué, pues, el escritor californiano se lanzaba de esa descuidada manera en los brazos del corruptor de menores John Barleycorn —con ese nombre es como personifica al alcohol London en sus memorias, un compañero que nunca le abandonará en su vida y al que amará y odiará a partes iguales—? Pues por dos razones muy sencillas: primera, porque el alcohol estaba allí, en todas partes, inevitable; y, segunda, porque cuando bebía, London, que era un chaval muy listo, se percataba de que pasaban cosas.

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Por ejemplo, con esta segunda borrachera, advirtió que un niño de siete años tambaleándose hacía mucha gracia (como decían Faemino y Cansado en uno de sus números: “Míralas qué graciosas, ahí vienen las niñas, borrachitas”); y que en su caso, en el caso de Jack London,  resultaba especialmente gracioso a las muchachas jóvenes, que lo acogían protectoras en sus senos.

Un modo de vida

Poco a poco, además, el futuro escritor fue siendo consciente de que su naturaleza física le había dotado de una fuerte resistencia al trago y de que era capaz de tumbar bebiendo a los más fieles discípulos de Baco, a quienes había comenzado a frecuentar en los bares, qué lugares, allá donde marinos y vagabundos de las estrellas solían alardear de sus peripecias a lo largo y ancho del mundo y de los siete mares y a los que él escuchaba embelesado. “En cualquier parte donde la vida transcurre libre y placenteramente hay hombres entregados al alcohol”, escribe London en estas memorias.

El alcohol es para él, pues, un modo de vida que lo mantiene ligado a los aventureros, por los cuales se sintió fascinado desde muy pequeño, y que bebían del mismo modo que respiraban. Cuando los hombres de mundo querían celebrar algo, bebían. Bebían cuando se sentían desgraciados. Y si la vida se tornaba aburrida, ni fú, ni fá, volvían a beber, buscando una grieta o directamente el abismo.

Las memorias alcohólicas de Jack London se convierten de este modo en un recorrido, trago a trago, a la lo largo de su ajetreada biografía, y en estas páginas además de en los bares, lo encontraremos vendiendo periódicos, cuando apenas levantaba un palmo del suelo, buscando el calor de la biblioteca pública de su San Francisco natal (para ser un escritor de libros de aventuras no basta con vivirlas, hay que vivir también la mayor de las aventuras, que es la lectura), tentado por el suicidio, delirando tremendamente y viendo elefantes rosas o, ya al final de sus días, incapaz de escribir si no es con su inseparable John Barleycorn sentado a su vera.

Alcohol y escritores

Jack London es solo uno más en la larga lista de escritores bebedores: Hemingway, Faulkner, Dorothy Parker, Truman Capote, Lucia Berlin (de la que nos ocuparemos en otra entrega de este club de lectura), Juan Rulfo, Marguerite Duras, Raymond Carver, Edgar Allan Poe (aunque en el caso de este parece que le bastaba apenas un vaso para emborracharse, al igual que a Fernando Arrabal, al menos si ese vaso, de chinchón en su caso, se mezcla con su medicación, como afirma que sucedió en su etílica y milenarista aparición en aquel programa de Sánchez Dragó —Sánchez Dragó, por su parte, no sabemos si bebe pero sí que a menudo delira—). Y Charles Baudelaire, Jim Thompson, Raúl Nuñez (Derramaré whiski sobre tu tumba, se titulaba una de sus estupendas novelas),  Anne Sexton… La nómina es interminable (para quien quiera abundar en ella, hay un interesante trabajo sobre el tema titulado Alcohol y literatura, de Javier Barreiro).  

A algunos de los escritores su dipsomanía les costó incluso la vida, como al poeta Dylan Thomas, quien falleció tras trasegar dieciocho vasos de whisky y rematar la faena con esta frase: “Creo que he batido algún récord”, o al menos eso cuenta la leyenda; una autopsia, por el contrario, revela que fue una neumonía lo que le llevó a la tumba.

Bukowski y Fante

Claro que si hay un escritor en el que el alcohol está omnipresente, tanto en su vida como en su obra, es Charles Bukowski. Sus relatos están jalonados de bares, borrachos, vomitonas y otras  placenteras evacuaciones en los días de resaca, pensiones de mala muerte, textos escritos en modo dios bajo el influjo del alcohol que acaban en la papelera al día siguiente, peleas… (y no sigo por no dar más argumentos a quienes a menudo suelen reducir la obra de Bukowski a estas escenas y otras sobre folleteo, o a su indefendible misoginia, obviando su afilado y transgresor existencialismo, su lirismo de lo cotidiano, o su endiablado ritmo narrativo). Bukowski, por cierto, como Arrabal, también protagonizó una memorable entrevista beoda en la televisión, en este caso francesa, en el programa “Apostrophes” de Bernad Pivot, donde se bebió a morro varias botellas de vino blanco. Y como Dylan Thomas, Bukowski también le vio la cara a la muerte después de una borrachera, o de una tras otra, si bien él tuvo la sangre fría o la resistencia física de Jack London multiplicada por diez y fue capaz de escupirle en la boca a la parca, después de una hemorragia estomacal, que se curó tomándose un trago al salir del hospital y continuando bebiendo otros cuarenta años más.

Lo cuenta el periodista Barry Miles en su biografía sobre el máximo exponente del realismo sucio, en la que además nos revela otros lances de la vida de Bukowski, como la oferta de Madonna para que el escritor posara en su libro de fotografías eróticas; la noche que pasó en la misma habitación que solía ocupar Janis Joplin en el Hotel Chelsea (y en la cual esta hizo la famosa felación de la canción homónima a Leonard Cohen); o el día que Bukowski visitó a su —y nuestro— admirado maestro, John Fante, en un hospital, mientras desde una de las habitaciones contiguas, Johnny Weissmüller agonizaba entre alaridos a lo Tarzán, convencido de que era el auténtico hombre-mono.

Todo lo cual, hablando de John Fante, nos lleva a concluir recordando que uno de sus hijos, el también escritor Dan Fante (quien narró su infierno con el alcohol —y también su rehabilitación—  en libros como Chump Change), cuenta en una entrevista algo que intenta explicar el por qué de la tan a menudo estrecha relación entre alcohol y escritores: “Mi padre bebía mucho pero no era exactamente un alcohólico, lo que intentaba era deshacerse de algo que había en su interior. En la parte inferior de las botellas suele poner spirit (espíritu) y lo que hacen los autores es exactamente eso: perseguir el espíritu”.  

Es, en fin, otra forma muy literaria de decir que eres o has sido un borracho, pero resuelve al menos el misterio sobre el nombre de las bebidas espirituosas.

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