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La banda favorita de tu banda favorita

Ene 24, 2023   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

The Sparks Brothers – Waxwork Records

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 21/01/23

Como ahora todo en la vida es un campeonato —la lista de libros más vendidos, el día más triste del año, las personas más influyentes del mundo— últimamente también hay quien se dedica a elegir la palabra del año. Y en 2022 la palabra del año fueron, en realidad, dos, tanto en español, “inteligencia artificial”, como en inglés, globin mode. Esta última expresión significa lo que de toda la vida se ha llamado perrear. Bueno, ahora quiere decir justo lo contrario, pero hasta hace unos años perrear era sinónimo de quedarse en casa en el sofá despeinado y con un chándal con agujeros comiendo guarrerías y viendo películas tontainas. O como escribió Iñaki Segurola en Arrazoia ez dago edukitzerik (la cita y la traducción las he robado del Facebook de mi amigo el escritor Josu Arteaga): “El sofá es el lugar más adecuado para el aburrimiento contemporáneo. El aburrimiento contemporáneo estático no es estar ni sentado ni tumbado: es estar “sentumbado”. “Sentumbado” en el sofá (…) comiendo mierda industrial y viendo basura catódica (…). El sofá: otro invento contra el pueblo”.

La cuestión es que hace unos días estaba yo en el sofá perreando, o sea, haciendo la contrarrevolución, cuando, de repente, mientras le sacaba chispas al mando distancia, prendió el fuego y me topé con un documental que me gustaría recomendar, sobre todo a la facción más pop-rockera de la casa: The Sparks brothers, es su título, y al mismo acompañaba una frase publicitaria que decía: la banda favorita de tu banda favorita. La película es un repaso a los cincuenta años de carrera de un dúo musical, los hermanos Sparks, del que un servidor no había oído nunca hablar y que sin embargo ha sido un referente para grupos como Queen, ABBA, Duran Duran… Ese es el meollo del asunto: cómo un grupo cuyo talento y originalidad ha inspirado a esas bandas de éxito ha pasado, por el contrario, desapercibido para el gran público y ha sobrevivido, a pesar de ello, medio siglo.

A lo largo del documental hay varios momentazos que dan una explicación o ilustran magistralmente todo ello. Los hermanos Sparks cuentan, por ejemplo, refiriéndose a su creatividad, que cuando eran niños sus padres acostumbraban a llevarles al cine, pero puesto que la puntualidad no era una de sus virtudes, siempre llegaban a mitad de la película, lo cual les obligaba a imaginar lo que había sucedido durante la primera parte. En otro momento, los Sparks recuerdan una de las primeras veces en que aparecieron en la televisión —cuando aparecer en la tele era convertirse automáticamente en famosos— y cómo, sin embargo, al día siguiente, cuando la cajera del supermercado los reconoció, ellos tuvieron que pagarle con cupones de la asistencia social (a la humillación se sumó además el hecho de que la susodicha cajera tuvo que llamar a la persona encargada de gestionar esos cupones por megafonía).

Lo que, en definitiva, viene a contarnos este documental es que la clave del “éxito” y la superviviencia de los Sparks es su tenacidad y su fe en sí mismos (a pesar de lo cual también reconocen que siempre ha habido alguien que en momentos determinantes ha creído en ellos). Dicho de otro modo, los Sparks han sido siempre un dúo raruno que nunca ha intentado dejar de serlo para triunfar, porque en realidad su triunfo ya era ese, ser un grupo único, singular; o, volviendo al inicio de este artículo, los Sparks nunca se han apalancado en un sofá, pero tampoco se han tomado su carrera musical y, supongo que por tanto, nada en general, como un campeonato. Lo cual, me parece a mí, no está nada mal como filosofía de vida.

¿QUÉ ES LA MIRRA?

Ene 8, 2023   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 07/01/23

No quiero amargarles el fin de semana, pero ayer fue el Día de Reyes y a partir de hoy las fechas se vuelven negras y vulgares en el calendario, días de vasallaje, sin magia ni fiesta. El 7 de enero los juguetes se averían, la nata del roscón sabe agria y descubrimos que la figurita que nos tocó en el mismo está virola. Este año, al menos, la resaca de las navidades cae en sábado, en un sábado que es una tarde de domingo anticipada y aplastante a la vuelta de la cual nos espera una cuesta, todo un viacrucis, treinta y tres años hasta Semana Santa. Nos quedan, para remontar, las listas de buenos propósitos, que todavía, a estas alturas del año, no se han convertido en papel mojado.

Pero no todo es malo este día. La mañana del 7 de enero sirve para olvidar la de ayer, la mañana del Día de Reyes, y a esos niños repelentes que se pasean en ella (o se paseaban, hace años) con sus bicicletas resplandecientes o sus carísimos cochecitos eléctricos que otros niños no pueden permitirse. Gaspar, Melchor y Baltasar, a fin de cuentas, son magos, pero no dejan de ser también reyes y de estar, por tanto, en contra de la democracia. El oro, el incienso y la mirra —¿qué es la mirra?— hace ya mucho tiempo que no se reparten en los portales de las uvepeós. Para ser rey hay que creer en los privilegios y defenderlos a muerte, a navajazos en las puertas de las discotecas pijas, vestido de civil en el mensaje de navidad, de geyperman en el día de la Pascua Militar o con toga en la apertura del año judicial, inviolable y arrullado por el ruido de sables constitucional.

Por delante, por lo demás, aguarda todo un año de incertidumbre. No sabemos si la bola de cristal del hombre del tiempo es en realidad un souvenir navideño, que en cualquier momento se puede girar y cubrirlo todo de nieve, o si nos aguardan un invierno tropical, diluvios bíblicos con overbooking en el arca de Noé, lluvias de ranas y meteoritos… Al clima lo hemos vuelto loco y ya no se resigna a ser una conversación de ascensor, reclama titulares de telediario, todo ello mientras los terraplanistas y los que tiran la basura orgánica al contenedor del plástico se reproducen como conejos mientras gritan ¡viva el vino!

Pero también tenemos certezas, no hay que ser pitosino para saber, por ejemplo, que en las gasolineras nos seguirán atracando a punta de surtidor, que mientras Josep Borrell sea el jefe de la diplomacia europea no habrá paz o que las listas de los mejores libros del 2023 están ya escritas.

Además, la lotería del niño tampoco nos ha tocado.

“¡Pues más vale que no quería amargarnos el fin de semana!”, dirán ustedes. Y tienen razón. En realidad, las trompetas del apocalipsis puede que se oigan a lo lejos, pero, qué demonios, también puede que estén tocando Paquito el chocolatero. El sol luce más esplendoroso en invierno y, este año, también quedan por delante muchos vermús que tomar, alguno de ellos torero, muchas gildas y fritos de huevo, muchas mañanas de domingo para remolonear en la cama o ir al monte —caminando cuesta arriba, después de todo, se hace músculo—, muchas horas libres para leer un buen libro, ver una película emocionante o preguntarle a Google qué es la mirra. ¡Ánimo! En menos de nada, estamos saltando las hogueras.

Espero, en fin, que este año sea indulgente con ustedes y que, si no se cumplen sus sueños, al menos tampoco lo hagan sus pesadillas. ¡Feliz 2023!

Entrevista en Gara / Naiz

Ene 4, 2023   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Con la literatura de humor corres el riesgo de que no te tomen en serio”

Foto: Malen Irurzun

El escritor iruindarra y colaborador de GARA regresa tras varias novelas a su género preferido, el relato, con una colección de cuentos de tono cómico ilustrados por autoras y autores navarros.

J.Olariz / Iruñea

“Soy un cuentista de campeonato”, se lee en el perfil de una de las redes sociales de Patxi Irurzun, quien, efectivamente, siempre acaba regresando al género con el que se inició literariamente y en el que se siente más cómodo. Le sucede lo mismo con el humor, una de las referencias ineludibles al hablar de su literatura. Después de novelas como “Tratado de hortografía” o “El tren de los locos”, el nuevo libro de Patxi Irurzun es una antología de relatos publicada por Txalaparta en la que compila cuentos inéditos, otros publicados bajo seudónimo o en prensa y algunos de sus cuentos más célebres, todos ellos ilustrados por una granada selección de dibujantes de Nafarroa.

El título de su nuevo libro apunta alto…

Sí, está abocado al éxito. De hecho en algún escaparate ya me han colocado junto a los superventas, se ve que la confusión ha hecho efecto.

¿Por qué “Once millones de ejemplares vendidos”?

Es un libro de cuentos, así que el primero de todos ellos es el propio título. ¿Once millones de ejemplares vendidos un libro de relatos, de humor y de un autor periférico y poco mediático? Evidentemente es un sarcasmo, que parodia esa mercadotecnia editorial: libros que antes de publicarse ya son obras maestras y éxitos de ventas, fajas o bragafajas en las que se compara a los autores con Faulkner o Virginia Woolf… Pero también hay algo de metaliteratura, una referencia a ese título dentro de uno de los cuentos, y alguna alusión en otros de mis libros. Bueno, en realidad entonces eran “Ocho millones de ejemplares vendidos”, pero hace poco Kutxi Romero, el cantante de Marea, me recordó que los Mojinos Eskozíos ya habían sacado un disco titulado “Ocho millones de discos vendidos”, así que me dije “Bueno, pues yo tres millones más que los Mojinos”. Total, para nada, porque luego he encontrado por internet otro libro que se titula “Diez mil millones de ejemplares vendidos”, que eso ya es insuperable.

Siguiendo en ese tono, ¿el libro es un “Grandes éxitos”?

Hay un poco de todo, algunos relatos inéditos, uno que publiqué con seudónimo, un par que solo han aparecido en prensa… Y algunos que los irurzunólogos conocerán, porque ya fueron publicados y son como pequeños clásicos, como por ejemplo “Fiambre” —que además originalmente apareció por capítulos en GARA, ilustrado por Tasio—, en el que se cuenta la historia de un nieto que saca a pasear durante unos sanfermines en una silla de ruedas a su abuelo muerto. Lo que une a todos ellos es el humor, son todos cuentos esperpénticos, tragicómicos… Eso por un lado, y también algunos escenarios y ambientes, que tienen que ver con la sociedad del espectáculo o el simulacro, los reality-shows, las redes sociales… A eso, al aparentar o el tener, más que al ser, también alude el título del libro.

Y también hay algún relato en el que por primera vez se acerca a la ciencia ficción…

Sí, a mi manera. “Patapún”, otro de los relatos nuevos, que en realidad es casi una novela corta, transcurre en una Iruña futurista, en la que la ciudad es un parque temático de los sanfermines, hay barrios subterráneos en los que conviven terrícolas, extraterrestres y mestizos de ambos… No sé por qué, últimamente me salen historias de marcianos, será por esta situación medio apocalíptica que vivimos, o porque yo creo que en realidad los marcianos ya están entre nosotros, intentando someternos, para mí que son marcianos, por ejemplo, Pablo Motos, Borrell, la familia real, el del Mercadona, los que aparcan en doble fila…

¿Hay algún cuento que le apetezca destacar?

“Ultrachef” me gusta mucho, es un cuento sobre los concursos gastronómicos de la tele. Lo publiqué en su día con seudónimo, me apetecía ese juego literario, pero no fue muy buena idea, lo leyó muy poca gente, así que tenía la responsabilidad de recuperarlo, aunque fuera desenmascarándome. Es un cuento muy divertido, además lleva intercaladas unas recetas de Edorta Lamo, Premio Euskadi de Gastronomía este año. Y luego, el último que he escrito, “Me llaman Oso Panda”, que cuenta la historia de los Lendakaris Tuertos, un grupo tributo a Lendakaris Muertos en el que el que toca la batería es Banksy.

Todo muy loco…

Sí, bueno, lo malo es con la literatura de humor corres el riesgo de que no te tomen en serio, pero a mí me parece que no hay nada más serio que hacer reír, eso es a fin de cuentas lo que todos buscamos, reírnos, divertirnos, ser felices, ¿no? Además, yo creo que, o al menos es lo que pretendo, mis cuentos utilizan ese recurso, el humor, para hablar y cuestionar temas que, en el fondo, no tienen ninguna gracia.

Los cuentos vienen acompañado de ilustraciones de autores y autoras navarros, ¿qué nos puede contar sobre eso?

En realidad eso es el detonante del libro. Últimamente voy a libro por ello y a veces me siento un poco pelma, así que este año quería dejar descansar a la imprenta, pero desde Txalaparta me ofrecieron esta antología y la posibilidad de ilustrarlos y fue como si me pusieran un caramelo en la boca. A mí me gustan mucho los cómics, la ilustración. De txiki intentaba dibujar, pero era muy malo. Por eso siempre he admirado a quienes lo hacen. Y que ahora algunos de los mejores dibujantes navarros, donde además hay un nivel muy alto, acompañen mis cuentos… Con algunos de ellos ya había trabajado, como Pedro Osés, Belatz, Exprai, Beatriz Menéndez, Tasio o Exprai –que hacía los dibujos de mis columnas de GazteAlgara—. Y luego hay otros de los que era muy fan y con quienes siempre había querido hacer algo, como Simónides u Oroz, o a los que les seguía la pista, como Mikel Murillo, Andrea Ganuza, Liébana Goñi o Alicia Osés. Estoy muy contento y además, ahora puedo decir que, aparte de un superventas, soy un escritor ilustrado.

Resistiendas. Entrevista a Paco Roda

Ene 4, 2023   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Comprar en comercios locales es un acto de fe y de militancia”

Publicado en Gara/Naiz (04/01/23)

Paco Roda hace en Resistiendas un alegato del comercio local, retratando “tiendas de toda la vida” del casco viejo de Iruña en medio centenar de textos a medio camino entre la crónica periodística y la literatura a los que acompañan las fotografías de Marta Salas

Deambulando por las tiendas que aparecen en este libro, publicado por Pamiela, el historiador, trabajador social y columnista Paco Roda se ha topado con el cantante de Joy Division en Casa Arilla, con un magnate de Hollywood que quería comprar el aroma de Pastas Beatriz para “proyectarlo” en las salas de cine o con Woody Allen tocando en la charanga Jarauta 69 a las puertas de la librería Abarzuza, o tal vez de la tienda de discos Dientes Largos, de Ultramarinos Gloria, de la Churrería La Mañueta… Son algunos del casi medio centenar de comercios locales de alde zaharra de Iruña que el autor comenzó a retratar durante la pandemia y que homenajea en Resistiendas. Lugares en los que todo puede pasar, porque todo ha pasado ya antes. El libro es, además, una llamada a la resistencia, no solo de quienes pelean por su supervivencia al otro lado del mostrador, sino también de nosotros, sus clientes, antes que los rostros de la vieja Iruña y de todos los cascos viejos de nuestras ciudades, en realidad, se conviertan vulgares e intercambiables, plagados de cadenas de hamburgueserías, gastrobares o airbenebés.

¿Cómo surge Resistiendas, cómo se ha ido armando el libro?

R.- Resistiendas se ha ido armando sin permiso de armas, de manera furtiva; no en vano, comencé a imaginar el hueco por donde colarme en esas tiendas vacías cuando un virus inclemente las tenía cerradas a cal y canto. Durante algunos paseos furtivos en busca del pan de cada día, las cebollas, los huevos, la prensa o el Diazepan para sostener aquella angustia que nos tenía divididos entre conspiranoicos y leales al nuevo régimen clínico que se nos impuso. Fue así, imaginando qué sería de aquella ciudad vacía y vaciada, sin aquellas tiendas que la iban a sostener durante toda la pandemia, cuando me pareció que aquellos reductos de vecindad debían tener un lugar en el mapa, visibilizarlas más allá de la romantización de esa vieja Iruñea tan típica y tan tópica. Todo empezó como se empieza una oración a oscuras. Nunca sabes quien estará ahí para escucharte. No hubo pretensión alguna de continuidad pero una tienda llamó a la otra pidiendo socorro y entre ellas la noticia corrió como la pólvora y así fueron sumándose una y otra y otra, como si de una confabulación se tratara.


¿Resistiendas tiene algo de inventario de oficios, de un mundo, una ciudad que se pierde?

No ha pretendido ser un inventario de oficios aunque al final esos oficios se hayan evidenciado en una ciudad que hace tiempo renunció a ellos. Por la velocidad de las cosas que diría Rodrigo Fresán. Lo que sí lamento es la pérdida de esa ciudad de tiempos lentos, de compras sosegadas, casi poéticas, de ese mundo que quizá sea irrecuperable. Recuerdo una novela de Yoko Ogawa, La policía de la memoria, donde de manera inexplicable en una isla sin nombre desaparecen cosas irrecuperables y donde los habitantes que guardan recuerdos son arrestados. Pero aquí quiero aclarar que mi lamento no quiere ser neorrancio, ese movimiento nostálgico que reivindica que cualquier tiempo pasado fue mejor como dice Ana Iris Simón en su libro “Feria”. Porque esa idealización del pasado es un peligro político y social. Me preocupa sí, este tiempo porque desaparecen cosas sin que nos demos cuenta. Como muchas de estas tiendas.

¿Cree, a pesar de todo, y aludiendo al título, que algunos de esos comercios efectivamente resistirán?

Por sí solos no, porque la fuerza de la gravedad de las cosas es la que es, como esa inercia desbocada del hiperconsumo cómodo desde el ordenador. Resistirán si, ante todo y sobre todo, hay una clara voluntad política de protección de estos locales como bienes de interés público, social y cultural. Y ello supone una contundente legislación protectora más allá del subvencionismo de poca monta.


En ese sentido, ¿hay también una llamada a la militancia de los clientes, a un consumo de cercanía o responsable?

Sí. A sabiendas que no es fácil dadas las actuales dinámicas de consumo y autoconsumo on line, porque comprar en estas tiendas es un acto de fe y de militancia, de resistencia frente a las estrategias de gentrificación que también afecta a estos negocios. Pero esa militancia debe ser de doble sentido: clientes y comerciantes. A cambio de fidelidad te ofrezco cercanía, te fidelizo a través de la calidad. Y es que se trata de hacer posible que esas resistencias particulares logren expresar con mayor fuerza una pretensión de universalidad; que ese pequeño comercio también pueda satisfacer necesidades globales sin perder su identidad.


¿Como lidia en un libro como este con la nostalgia?


No sé donde leí que la nostalgia es la esquizofrenia de la historia. Así que hay que andar con mucho cuidado para no atrincherarte en ese estado emocional, por si acaso. Porque hay una alta inflación de nostalgia y melancolía en el ambiente. Quizá porque este presente ya viene anunciando la falta de futuro, como ya lo hicieran hace años los Sex Pistols. Este libro tira de nostalgia, sí, porque soy hijo de un tiempo, pero intentando politizar ese pasado a través de lo que Fruela Fernández llama la “tradición rebelde”, que es entender que lo que ha sido bajo el signo de lo inevitable pase a convertirse en una forma de resistencia y oposición. En este caso que estas tiendas se reivindiquen como herramientas culturales y sociales imprescindibles frente a una “franquiciación” de nuestro comercio local.

El libro tiene algo de periodístico, de crónica, pero también es un  libro literario, que recurre a la fantasía, por ejemplo cuando imagina a Borges, a Audrey Hepbrun, etc., como clientes de estas  tiendas…

Sí, no quería hacer una guía comercial al uso. Ni siquiera añadiéndole lo del “encanto”. Tampoco sabía exactamente qué quería hacer hasta que estas Resistiendas empezaron a imponerse, a decretar un estado sitio, a imponer sus normas. Y me deje llevar por ellas, pues mientras querían ser fieles a la historia que las sostenía, a las fechas que las levantaron o las tumbaron, al lugar al que pertenecen, también querían desobedecer, desertar de su historia oficial. Así que muchas de ellas se inventaron una historia paralela por donde circulan rumores, bulos, ficciones, personajes y hechos que tal vez ocurrieron o tal vez no. Pero esa condición mentirosa de la literatura, requiere de dos, escritor y lector, escritora y lectora. Es lo que dice Giorgio Manganelli en La literatura como mentira, que no hay literatura sin deserción, sin desobediencia y que la literatura no sólo miente, sino que es la historia de un mismo engaño repetido sin pausa. Resistiendas es un juego de ficciones y también de ilusionismo. Y sí , también peca un poco de crónica necrológica de un barrio amenazado por una gentrificación encubierta y casi invisible.


Una parte importante del libro son las fotos de Marta Salas…

Una amiga empezó a leer el libro por las fotos de Marta Salas. Quiero decir que primero leyó las fotos y luego miró el texto. Me dijo que era la primera vez que el blanco y negro le llevaba a la alegría. Marta se ha empeñado en este trabajo. Mucho. Ha lidiado en plena pandemia con la autoridad y las mascarillas, ha implicado a amigas y familiares y se ha metido en la piel de cada tienda para exponer su mejor versión. Creo que estas Resistiendas van a agarrase con fuerza a esas fachadas, a esos escaparates que Marta ha retratado como si fotografiara trozos de su propia vida.

Por último, aunque este puede parecer un libro muy pamplonés en realidad ¿es un libro universal a la vez, está pasando en todas las ciudades lo mismo, todas se van pareciendo, tienen las mismas tiendas, van perdiendo su carácter y su diversidad?

Sí, tienes razón. Iruñea no es un caso aislado. Sus procesos urbanos , dinámicas de ocio, modos de consumo, usos del espacio y los incipientes procesos de gentrificación urbana son similares al resto de ciudades del mundo. En especial la deriva de sus cascos antiguos y la transformación de sus comercios tradicionales amenazados por franquicias u otras formas de venta global. En este sentido los centros de las ciudades, centros de saqueo para el capital, se homogenizan sin que haya diferencias entre Iruñea o Bilbo pues ves las mismas marcas, las mismas tiendas y casi hasta las mismas caras que te atienden. Por eso es importante resistir a estos procesos. ¿Será posible? Sólo si clientes y tenderos luchamos juntas..

TRITONES ROJOS

Dic 26, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Club Natación Pamplona

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine On (diarios Grupo Noticias), 23/12/22

“Nadar es una forma más pausada de volar”, decía el personaje de un cuento de Harkaitz Cano. Y algo así debían de pensar aquellos jóvenes, soñadores y atléticos, que durante las primeras décadas del siglo XX se reunían a orillas del Arga, en Pamplona, para zambullirse en el río, desafiando la prohibición de hacerlo, y que a menudo tenían que volver desnudos y de madrugada a sus casas porque los guardias les requisaban la ropa. La natación era para ellos una suerte de religión atea, que profesaban con tal fe que acabarían por edificar sobre aquellas piedras, en un meandro del río, su propia iglesia: el Club Natación, que con los años acabaría por convertirse en una de las piscinas con más solera de la vieja Iruña.

Yo fui socio del Club durante muchos años. Pasé en aquella piscina los veranos más azules de mi niñez y, en la pista de baloncesto y la discoteca del penúltimo piso, los inviernos estroboscópicos de mi adolescencia y primera juventud. Y del mismo modo que me sucedió con mi colegio, los Escolapios, del que, gracias al libro Los culpables de Galo Vierge, conocería mucho tiempo después que tras el golpe militar de 1936 había sido un siniestro centro de detención, descubro ahora que algunos de los fundadores del Club Natación fueron represaliados por sus ideas republicanas o vasquistas.

Lo contaba Mikel Huarte durante la charla que ofreció hace unos días en el propio Club Natación, en la que presentó las investigaciones que ha realizado sobre los orígenes de esta piscina. Anteriormente, junto con el grupo de historiadores que componen el colectivo Osasunaren Memoria, hizo lo propio en “Rojos”, libro en el que se cuenta el trágico destino de algunos de los fundadores, jugadores y directivos de Osasuna, fusilados, exiliados o encarcelados durante la guerra civil.

En la presentación del Club Natación Mikel Huarte estuvo acompañado de varios familiares de aquellos lobos del Arga -así se hacían llamar-, como Elur Barón, nieta de Baldomero Barón, quien cuando yo era niño era un personaje conocido y omnipresente en la piscina, en parte por su singular y tintineante nombre, pero sobre todo porque, a pesar de su ya por entonces avanzada edad, no era raro verlo arrojarse haciendo el ángel desde lo alto del trampolín. Lo que no podía imaginarme era que aquel hombre enérgico y jovial había pasado tiempo atrás por algunos campos de concentración como el de Gurs, en Francia, o había salvado el pellejo medio siglo atrás porque el 18 julio de 1936 había viajado a Barcelona para participar en las Olimpiadas Populares (mientras tanto, en Pamplona, un día después, cuando algunos nadadores subían desde el río al centro de la ciudad con los bañadores colgando de unos palos, una ametralladora requeté abría fuego contra ellos).

Me estremece pensar que mi piscina, donde tantas buenos momentos pasé, forjara sus cimientos sobre todo ese sufrimiento. Pero me estremece y me inquieta todavía más haber conocido todo eso tanto tiempo después. Por eso es tan necesario y tan admirable el trabajo de personas como Mikel Huarte -o de quienes han exhumado estos últimos días los restos de varias víctimas en la prisión franquista de Orduña-, de quienes desentierran ese pasado cubierto tan a menudo de paletadas de olvido e infamia. Como consuelo me queda saber que, en buena parte, tantas horas de felicidad estival (verdad o atrevimiento, la cama elástica, los trampolines -del tercero de cabeza y del cuarto con carrerilla, esos eran mis hitos-) se las debo a todos aquellos jóvenes tritones rojos que soñaron con cambiar el mundo y que, de algún modo, lo consiguieron, lograron volar en el agua.

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