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ENTREVISTA A MARÍA CASTEJÓN

Abr 7, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

“El cine ha sido siempre un maravilloso instrumento de subversión”

En Rebeldes y peligrosas de cine la escritora y especialista en cine y género María Castejón Leorza ofrece una guía sobre las mujeres que en el cine se han alejado de las normas, han dinamitado el mandato de género y han encarnado nuevos referentes. Un ensayo escrito en un tono desenfadado —un ensayo macarra, lo ha llamado ella—.

Patxi Irurzun / GARA (06/04/21)

“Vaqueras, guerreras, vengadoras, femme fatales y madres”, lleva por subtítulo el ensayo, publicado por Lengua de trapo. Todas ellas, y más —piratas, pistoleras, aventureras, cazafantasmas…—  desfilan por las páginas de este libro, una didáctica, amena y exhaustiva guía de películas y actrices que se han alejado de los roles que habitualmente el cine ha deparado a las mujeres, reducidas casi siempre a personajes secundarios o convertidas en comparsas del héroe masculino. Rebeldes y peligrosas de cine se estructura en capítulos dedicados a diferentes géneros (películas del oeste, de acción… o “Amas de casa hartas y madres sobrepasadas”, así se titula el último de ellos), cuenta con prólogo de Jon Sistiaga (“Esa ha sido la parte más fácil”, destaca la autora la disponibilidad del periodista) y por él desfilan películas como Alien, Jhonny Guitar, Instinto básico… en un recorrido que reivindica el séptimo arte como instrumento de denuncia, pero también su poder para construir imaginarios y para hacernos soñar y disfrutar.

Rebeldes y peligrosas de cine - María Castejón Leorza - txalaparta.eus

En la introducción del libro comenta que rebeldes y peligrosas en el cine son aquellas que se alejan de las normas y rompen el mandato de género, pero que eso tiene un precio…

El cine ha sido siempre un vehículo maravilloso de subversión, y de eso va este libro, pero también un eficaz instrumento para un sistema como el patriarcado, que necesita de un orden simbólico para perpetuarse. Si te están constantemente repitiendo o mostrando en las películas que las mujeres son personajes secundarios o que solamente son malas o tías buenas, que solo viven hasta los 25 años, estás naturalizando algo que no es para nada natural. Muchas de las mujeres que se han salido de esa norma efectivamente pagaron un precio, me refiero por ejemplo a las femme fatales de la década de los cuarenta, que eran malvadas, fumaban,  eran mujeres muy sexualizadas, ambiciosas, tenían siempre un hombre al que casi hipnotizaban y convertían en un pelele; mujeres, en fin, a las que había que castigar. Luego, afortunadamente, llegan películas como Instinto básico y le dan un poco la vuelta a todo esto. El libro, de todos modos,  se fija más en la que se resistieron a pagar ese precio o cambiaron la situación.

El libro se estructura con un recorrido por la historia del cine, con capítulos dedicados a diferentes géneros (acción, pelis del oeste, etc.) pero a la vez tiene un tono desenfadado, macarra incluso. ¿Ha intentado con ello huir de lo académico?

La verdad llevaba mucho tiempo intentando escribir de otra manera, quienes venimos de tesis doctorales o hemos escrito artículos para la academia, sabemos que ese es un registro muy exigente, y a mí me estaba ya pesando. Hay un antes y un después bastante claro en mi manera de escribir, que es un texto que escribí para un libro titulado SCI-FEM. Variaciones feministas sobre teleseries de ciencia ficción, que publicó Txalaparta  hace un par de años y en el que escribí un artículo sobre V, aquella serie de nuestra infancia, en el que ya conseguí escribir divirtiéndome, y en el que recuperé el estilo de bloguera que ya usaba hace años en Las princesas también friegan. Lo que quería era que, ya que no tengo tiempo para escribir o que lo saco de mis ratos de ocio, de mis vacaciones, al menos me resultara divertido; y este es un libro con el que, aunque me ha costado,  me lo he pasado muy bien, creo que se nota y que quien lo lea se va a encontrar con un libro que es un ensayo, pero con ese registro mucho más libre, más suelto…

En Rebeldes y peligrosas de cine se citan un montón de películas, sería imposible hablar aquí de todas ellas, pero, por citar, por ejemplo, el primer capítulo ¿cuál es el papel que solían representar las mujeres en las películas del oeste y que ejemplos tenemos de mujeres que escaparon a él?

Cuando oímos el término western, lo que nos viene a la cabeza es Clint Eastwood con el poncho, esa figura del héroe solitario, películas protagonizadas por hombres, en las que el papel de las mujeres se reducía a que se quedaban en casa esperando o cocinando, o eran las que estaban en el bar y eran putas, y ese es el modelo predominante. El capítulo del libro dedicado a este género es quizás un tanto excepcional, porque las pelis protagonizadas por hombres son abrumadoramente mayoritarias, pero buceando un poco se pueden encontrar figuras como la de Anne Oakley, que existió realmente, una tiradora excepcional, que formó parte del espectáculo de Buffalo Bill; o hay dos westerns canónicos y muy clásicos, uno más conocido que el otro, como son —el más conocido—  Jhonny Guitar, una barbaridad de película, protagonizada por la siempre excesiva Joan Crawford, en el papel de Vienna, una película además de gran poderío visual. Para mí era muy importante seleccionar ese tipo de personajes y películas, que proporcionaran poderío y también un punto de divertimento y goce; es el caso de Cuarenta pistolas el otro western que menciono, el menos conocido de los dos, que creo que no se llegó a estrenar en salas pero que fue editado hace unos años en DVD,  y en el que el personaje de Jessica Drummond, interpretado por Barbara Stanwyck capitanea una banda de hombres y a la que vemos, en la escena inicial,  cabalgar al frente de ellos, una gozada; luego ya nos metemos en otro tipo de westerns, como Cat Ballou, interpretado por Jane Fonda, o Raquel Welch en Hannie Caulder, una película muy desconocida, pero que es una de las que inspira películas como Kill Bill de Tarantino ni más ni menos, u otras más actuales como Cuatro mujeres y un destino, o Rápida y mortal, que no vale mucho cinematográficamente pero que tiene ese aliciente de ver a Sharon Stone en el oeste, y terminamos con Meek’s Cutoff, el primer western dirigido por una mujer, Kelly Reichardt; un viaje por el oeste, en fin, bastante ecléctico.

Alien, La isla de las cabezas cortadas, las pelis de Tarantino, la lista es larga, pero hay un título muy elocuente respecto al tema del cine —en este caso el cine de acción— y el género, entre otras cosas por las reacciones que despertó el estreno de la película. Me refiero a la tercera entrega de Cazafantasmas…

Es interesante esa reacción, que también sucedió con Mad Max. Fury Road: cuando las mujeres asumen roles de acción entran en un mundo en el que no es habitual su presencia, y eso hace saltar las alarmas, más en estos dos casos concretos que son remakes de pelis clásicas.  Esas reacciones tan furibundas vienen a decir algo así como: mientras las mujeres interpretéis melodramas, u os quedéis en vuestros grupúsculos viendo pelis de mujeres que sufren, vale, pero la acción no, eso es cosa de hombres. Con Mad Max incluso hubo una llamada patética al boicot; y con Cazafantasmas, cuando pusieron el tráiler en youtube fue el que más comentarios de odio recibió de la historia. Claro, en Cazafantasmas nos encontramos con mujeres de más de cuarenta años, gordas lesbianas, negras… ¿Dónde vamos a parar? Pero es una película que crea referentes, porque las niñas que van al cine a verlas se encuentran con mujeres científicas, que les pasan cosas divertidas, interesantes…

Para acabar, en la solapa de su libro usted menciona que creció en un pueblo sin cine, a pesar de lo cual es evidente que a lo largo de su vida ha visto muchas pelis y series.  ¿Cómo llega usted al cine, como es su relación vital con él?

Yo cuando era más txiki en Lizarra, donde efectivamente no había cine, lo que hacía era leer, leer mucho, siempre me han encantado las historias que te lleven a otros lugares, a vivir otras situaciones. Pero el cine también estaba, de todos modos, muy presente, recuerdo, por ejemplo, que en casa compraron aquel aparato reproductor de video VHS (la primera peli que vimos fue Loca academia de policía), o que mi madre siempre me ha dejado ver películas que quizás otras niñas no veían. Siempre he tenido mucho acceso a la cultura por parte de mi familia, y al final me pudo esa pasión por el cine a la hora de elegir un tema para dedicarme académicamente a él. Y la verdad es que, sí,  veo muchas películas, muchas series, y más en estos momentos tan mierdosos que vivimos, y me sirven para evadirme, tranquilizarme, aparte de que el cine es un gran instrumento de transformación.

CINCO PELÍCULAS

No es la primera vez que María Castejón escribe sobre género y cine, anteriormente publicó títulos como Fotogramas de género o Más fotogramas de género. Colabora, además, en Pikara magazine o en eldiario.es y ha programado ciclos de cine como Heroínas de cine, circunstancia que aprovechamos para pedirle que seleccione cinco películas. Antes, eso sí nos señala, que todas las que se mencionan en el mismo están en un canal dedicado a Rebeldes y peligrosas de cine en Filmin. Esta es la selección de María Castejón: Función de noche, de Josefina Molina, aunque, advierte, “es intensita”; Tres anuncios en las afueras, que trata el tema de la violencia de género; Miss agente especial, con Sandra Bullock, “por recomendar también algo divertido”; No soy un ángel, protagonizada por Mae West, “una pasada por la modernidad que tenían las mujeres en los años 30”; y para acabar Instinto Básico, de Paul Verhoeven o Kill Bill, de Tarantino.

SIMULACRO

Abr 3, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, colaboración semanal en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 03/04/21

Ja, ja, este tío es la monda. Estaba el otro día oyendo en la radio al cómico Ignatius Farray pinchar unas canciones y va y pone una de su grupo Pétroleo, uno de los conjuntos más punkis que he escuchado últimamente. Pero a continuación aclara que en realidad Petróleo ahora se ha convertido en Plástico, y que este es un grupo tributo de Petróleo, aunque casualmente los músicos son los mismos. No sé si me explico. Es decir, un grupo tributo formado por los componentes del mismo grupo al que tributan, tocando sus mismas canciones. Genial. Además, probablemente, en esta sociedad del simulacro en la que vivimos, les vaya mejor. El espectador, después de todo, prefiere a menudo la copia que el original, el karaoke al artista. No hay más que ver Operación Triunfo. Yo tampoco voy a hablar mucho porque la vida del escritor es también un simulacro. Todo lo que le sucede, las personas que conoce, lo que estas le cuentan, lo convierte en materia literaria. Si al escritor, por ejemplo, le acuchillan por la calle se frota las manos llenas de sangre pensando en el cuento tan estupendo que escribirá sobre eso. Su vida verdadera es la literaria, la otra es solo una especie de ensayo o borrador.

Volviendo a Ignatius, después de escucharlo en la radio leí su libro Vive como un mendigo, baila como un rey, en el que narra sus inicios en el mundo de la comedia, dejando al descubierto todas sus inseguridades, ansiedades o contando que una vez se le salió un huevo delante de una cámara y otra se metió una raya de cocaína en directo y eso se convirtió, para su pesar, en su vídeo con más visualizaciones, da igual que el tiro fuera de fogueo, con cocaína de pega (es decir, otra vez la sociedad del simulacro).

Al inicio de dicho libro Ignatius cita a Murakami. “El destino es algo que se debe mirar volviéndose hacia atrás”. Lo cual me hace recordar el libro que leí justo antes que el de Farray, Un armario lleno de sombra, las memorias del poeta leonés Antonio Gamoneda, en las que este indaga cómo se formó su conciencia poética escarbando con afán arqueológico entre recuerdos de su niñez llenos de tierra y huesos sepultados y dentaduras de muertos en los que siempre encuentra un destello de oro —y esto es algo más que una metáfora—.

Si Ignatius soñaba con convertirse en cómico y Gamoneda en poeta, yo de niño imaginaba que era el sustituto de Corbalán, el base del Real Madrid. Y para ir forjando mi destino, colocaba una percha de manera horizontal sujeta con la puertecita que había en la parte superior de mi armario, percha que simulaba ser una canasta —no sé si me explico—  del mismo modo que una pelota de tenis era el balón o el escueto espacio que quedaba entre la cama de mi hermano y la mía la cancha. Con el tiempo llegué a ser, en la vida real, un buen jugador de baloncesto (de vez en cuando exhibo en la redes sociales, puesto que nadie me cree, recortes de periódico en los que se me ve en alguna foto de la selección juvenil navarra), nada comparado con los partidos que jugué en mi habitación, en los que me convertí en el mejor baloncestista de todos los tiempos y en los que a la vez que jugaba era también el público,  quien retransmitía los partidos o quien al acabar los mismos me autoeentrevistaba.

La pregunta que me hago ahora es si aquello fue también un simulacro, si no soy un grupo tributo de mis propios recuerdos, o si no fueron acaso reales, para mí, aquellos partidos en mi cuarto. No lo sé. Lo que sí sé es que nunca llegué a ser Corbalán, pero ahora me gano la vida, entre otras cosas, imaginando historias. Y esa es la realidad. No sé si me explico.

 

CRUCE DE MIRADAS EN LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Abr 1, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Una madeja de  miradas se enreda en esta fotografía. Observen, por ejemplo, a la chica del centro de la foto, la más alta de todos, con el pelo cardado. Sus ojos están clavados en uno de los dos guitarristas que nos dan la espalda a la derecha de la imagen (Alfredo Piedrafita y Boni, de Barricada). Su mirada, y su postura, apoyada de costado en la barra, despiden una mezcla de seguridad y naturalidad, como si estuviera acostumbrada a ver a los músicos a esa distancia (el ¡Hola! del Rock Radikal Vasco nos apunta que la chica quizás sea la pareja de una de sus artistas más reconocidos); la media sonrisa de la chica, de hecho, parece indicar también algún tipo de atracción por alguno de los guitarristas, no necesariamente una atracción sexual, sino por la propia figura del músico sobre un escenario, o más bien por la propia música, por el propio rocanrol.

Observen ahora al chaval que hay apenas un paso por detrás de la chica. Es una de las dos únicas personas que no mira a los músicos, él mira a la chica que mira a los músicos, lo hace con una mezcla de timidez y embobamiento, le gusta y a la vez la considera inalcanzable, pero ha encontrado la manera de llegar a ella, de mirarla sin que ella se de cuenta. Gracias al rocanrol puede robarle una mirada. Tal vez al chico que mira a la chica que mira a los músicos le gustaría ser uno de los músicos para que ella lo mirara a él de esa manera (o tal vez al chico que mira a la chica que mira a los músicos también tiene un grupo, también es músico, y en sus conciertos hay chicas que le miran a él arrobadas —el chico es guapete— y chicos que miran a las chica que le miran a él, en un bucle infinito y misterioso, como la vida misma)

Pero aún hay más. Para completar este enrevesado cruce de miradas y de venas del corazón, en la parte izquierda de la fotografía, justo encima del platillo del batería (uno de los aciertos de esta fotografía es que nos ofrece la perspectiva del baterista y nos hace así sentir parte de la banda) otra chica sentada observa a uno de los guitarristas con un gesto tenso y aburrido, que tiene algo de doméstico. El ¡Hola! del Rock Radikal Vasco afirma en este caso sin atisbo de duda que ella sí es la pareja de uno de los músicos. Seguramente ha escuchado decenas de veces ya la canción que Barricada está interpretando (tal vez No hay tregua, tal vez Aún queda un sitio, tal vez Juegos ocultos –¡Tus ojos buscando la complicidad!—) y a pesar de todo, teme que algo salga mal, que algún punteo desafine, o que el guitarrista golpee con el mástil de la guitarra algún micrófono, algún bafle…

Seguramente comparte con el guitarrista ya su pasión por el ruido, sus sueños, un proyecto de vida en común…

La otra persona que no mira a los músicos es una jovencísima Marisa, la eterna camarera del bar Garazi. Ella encara la cámara con desparpajo, tal vez porque al otro lado de la misma quien retrata la escena es su primo Peio, con tino (con el tino y la profesionalidad suficientes para invisibilizarse, a pesar de estar junto al baterista, y que nadie, salvo su prima, se fije en él).

La fotografía de Peio H. recoge un momento de la presentación de No hay tregua en 1986 en el legendario bar de la calle Calderería de Iruña. No hay tregua es el tercer disco de Barricada, y para entonces los de la Txantrea ya no eran unos descamisados, a pesar de la pose a pecho descubierto —a espalda para nosotros—de El Drogas. Nos lo hace ver el resto de protagonistas de la imagen, los chavales que se agolpan en las primeras filas, con su indumentaria ochentera (las John Smith, los jerseys de lana…), o al fondo, subidos a algún banco, la devoción con que observan al grupo, sin moverse, ni  parpadear, como si quisieran aprehender cada gesto, cada acorde… Observan a los músicos como auténticos ídolos. Como a maestros. Hay incluso algo extraño, religioso,  en su gestualidad corporal, una especie de retraimiento, de temor, de inmovilismo, no hay nadie que se deje arrastrar por la música, nadie que cierre los ojos, siga el ritmo con los pies o la cabeza… Como si Barricada, en realidad, no estuviera tocando en ese momento (algo que desmiente la ligera genuflexión de El Drogas o el leve balanceo de las melenas del Boni o Alfredo). Como si todos posaran para la posteridad en esta fotografía, o fuera en realidad a nosotros a quienes miraran, desde una enigmática máquina del tiempo.  

CALAMITY

Mar 21, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 20/03/21

Tengo un conocido —creo todos tenemos uno— sobre el que podría escribir una novela, pero no lo hago porque nadie se la iba a creer.    Cada vez que me lo encuentro, me da pavor preguntarle cómo está, pues sé que a continuación me referirá los últimos acontecimientos de su vida y todos ellos serán calamidades: accidentes domésticos, de tráfico, de trabajo, de todo tipo, divorcios tormentosos, hijos y novias a la fuga, denuncias —interpuestas por él o contra él—, incendios, plagas, robos, estafas, inspecciones de hacienda, enfermedades raras, errores médicos, viajes que se los pasa en la habitación del hotel por culpa de un huracán o una inundación bíblica, o en los que pierde las maletas, le meten en ellas drogas… Todas las desgracias que puedan imaginarse le suceden a ese conocido mío. Y, aunque yo tenga miedo a preguntar, él me las refiere con una naturalidad y una falta de pudor pasmosas, del mismo modo que otro te contaría que va hacer un recado o que ha salido buen día o que a ver si se acaba pronto esto de la pandemia. Para pandemia él.

La cuestión es que los avatares de ese conocido mío, al que en casa llamamos unos días Calamity y otros —menos— Antonio Alcántara, son a menudo tan inverosímiles y recurrentes que en lugar de darte pena te da la risa. El otro día, por ejemplo, me lo crucé por la calle y al cabo de un minuto ya estaba poniéndome al día de sus últimas calamidades, las cuales ahora mismo no recuerdo, porque esa es otra, son tantas y las encadena de tal modo que al final uno pierde el hilo —creo que en esta ocasión, entre otras cosas,  me habló de una mascota que le había comprado a una de sus hijas, un conejo, o una cobaya, algo por el estilo, y que no había tenido otra idea que bajarlo a la calle atado con un arnés, y entonces había llegado un perrazo enorme y se había abalanzado sobre el animalico y en menos de un segundo lo había convertido en una hamburguesa; después mi conocido había denunciado al dueño del perro asesino pero resultó que este pertenecía a algún tipo de mafia, siciliana, o japonesa, o policial, y ahora se encuentra en su buzón fotos de cabezas de caballo cortadas—.

La cuestión es que mientras me lo contaba yo me mordía los carrillos, tratando de contenerme y de no envenenarme con mi propia sangre, porque no puedes evitar sentirte un poco mezquino y mala persona mientras alguien describe cómo lloraba su hija con su conejito hecho un Big Mac entre las manos y tú te estás descojonando vivo por dentro. Aunque creo que a él tampoco le importa. Una de las virtudes de Calamity es que es buen encajador, y que nunca pide ayuda, ni te implica en sus marrones  —a diferencia de Antonio Alcántara; debe de ser horrible ser vecino de ese hombre—. A veces pienso, incluso, que es más bien al revés, que es Calamity quien está ofreciéndote ayuda a ti, pues cada vez que te lo encuentras tus desgracias se relativizan, pierden importancia, se convierten en menudencias. Es como si su objetivo en la vida fuera ese, como si se tratara de un profesional de las calamidades, que va buscándolas o provocándolas —¿a quién se le ocurre ponerle un arnés a un hámster?— para después contártelas y aliviar, por comparación, tus pequeñas o puntuales fatalidades. Supongo que nunca escribiré una novela sobre Calamity pero me parecía que al menos, como agradecimiento a su abnegado y anónimo servicio a la comunidad, se merecía un “Rubio de bote”. ¡Ánimo, Calamity! 

LA PUERTA DE ATRÁS

Mar 6, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
IRUDILANTEGIA-ATELIER DE IMAGINARIOS, SELECCIONADO PARA INNOVACULTURAL 2020.

Publicado en «Rubio de bote», colaboración semanal para diarios de Grupo Noticias 06/03/21

Durante los últimos años centenares de cines y salas de teatro han echado el cierre y no hay que ser pitoniso para adivinar que la situación actual tampoco ayuda mucho para que muchos de ellos vuelvan a abrir. Es muy doloroso, porque cuando la bola de demolición arremete contra una sala de cine o de teatro golpea también la memoria, los sentimientos, las vivencias de miles de personas que un día se ampararon en la oscuridad para soñar, para evadirse o para acariciarse en las filas de mancos.

Los cines, los teatros, las salas de concierto, son, más allá de un espacio físico, una especie de contenedores invisibles de emociones y recuerdos y por ello, a menudo, forman parte de  nuestro imaginario colectivo. El Gayarre, el Arriaga,  el Victoria Eugenia, la Hell Dorado… Así, de esa manera familiar, los nombramos. Los sentimos como nuestros.

El proyecto Irudilantegia-Atelier de Imaginarios, de Labrit Multimedia,  busca identificar ese patrimonio inmaterial, indagar qué representan esos lugares, qué nos evocan, qué lugar ocupan en la memoria común de nuestras ciudades…. Para ello durante unas semanas han recogido testimonios relacionados, en este caso con el teatro Gayarre de Pamplona. La colaboración era abierta y voluntaria y yo no pude resistirme a contribuir con una historia que me gustaría ahora compartir.

Se trata, eso sí, de una historia  íntima, pequeña,  insignificante, sobre todo si tenemos en cuenta que el escenario del Gayarre lo han pisado artistas de la talla de Valle-Inclán, The Pogues, García Lorca, Faemino y Cansado… Pero creo que la suma de esas insignificancias es lo que busca este proyecto.

Vamos allá.

Cuando yo era niño, aunque vivía en el barrio de la Txantrea de Pamplona, estudiaba en el centro de la ciudad, con lo cual cada día tenía que hacer cuatro viajes en autobús. La cola de la parada de mi villavesa quedaba justamente a la altura de una puerta trasera del teatro y a menudo mientras esperaba esta se entreabría y  podía ver un trozo del escenario. Era algo que me fascinaba. Muchas veces, los operarios estaban montando los decorados para las representaciones y a través de aquel umbral yo sentía que mi imaginación me hacía viajar a otras épocas y lugares… Otras veces, los actores o los músicos se asomaban por esa puerta y salían a fumarse un cigarro en mitad o en el descanso de alguna obra o un ensayo. Me parecía increible que solo un metro separara aquellos dos mundos tan diferentes, el real (la tarea,  el frío, las notas, los abusones) y el imaginario (los artistas en traje de pingüino, o vestidos de egipcios, de floristas…).

Años más tarde adapté uno de mis relatos y lo presenté a un concurso de textos teatrales organizado por el Teatro Gayarre, con tal fortuna que gané el premio y la obra se representó en aquel mismo escenario. Yo la vi entre el público, deseando que la butaca me engullera, pues al final de la representación debía salir a saludar al público. No pude escaquearme y lo hice como buenamente pude, es decir dando penica. A continuación me retiré por la parte trasera del escenario y alguien me acompañó hasta una puerta. Era aquella puerta. Encendí nervioso un cigarrillo y lo fumé allí mismo, igual que había visto de niño hacer a los musicos y a actores. Y mientras miraba los coches pasando, la gente esperando aburrida la villavesa, fue por un momento  ese mundo, el mundo supuestamente real, el que me pareció extraño, ajeno. Supongo que eso es lo que todos buscamos cuando vamos al cine o al teatro o a un concierto: vivir otras vidas para recuperar el aliento durante un instante y poder seguir viviendo las nuestras. Y por eso es tan importante preservar esos lugares. Mucha mierda, pues, para todos ellos.

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