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La gran bronca

oct 16, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Aquello parecía Vietnam. Era la primera vez que salía a emborracharme después de que me operaran para quitarme el tumor y no acabé en la cárcel por poco. Acabé en Urgencias, eso sí. Me mandaron allí una jauría de perros rabiosos, con sus porras y sus bokatxas y sus uniformes de perros rabiosos. Estoy hablando de 1996, de las fiestas de mi barrio, de la Txantrea. Estoy hablando de aquella bronca. La Gran Bronca. La de los helicópteros de la policía sobrevolando con sus reflectores los campos de trigo. La de la peña volviendo a casa a rastras con los brazos rotos, las cabezas abiertas, el cuerpo cubierto de latigazos amarillos… Eso los que volvían. Estoy hablando también de detenciones, de periódicos que llamaban a los detenidos terroristas y publicaban sus fotos y sus nombres y apellidos, de peña que se chupaba por ello primero varios días de incomunicación y malos tratos, después varios años de cárcel y al final, al salir del talego, toda una vida con aquel sambenito colgado: violentos, proetarras…

Antes de ir a la Txantrea vimos en Burlada un concierto de Barón Rojo. En esa época el grupo era ya una antigualla y mucha gente se reía de ellos, de sus calvas y sus mallas de colores, de sus posturitas jevis… La gente se burlaba de unos tipos que habían sido número uno en las listas inglesas y que llevaban veinte años ganándose la vida honradamente con aquello que amaban. Después, el lunes siguiente, todos esos que se creían tan graciosos cuando decían “Barón Cojo” volverían a sus trabajos de esclavos en fábricas, oficinas, bares…

Por entonces yo también trabajaba en una fábrica. Descargaba tazas de porcelana, platos, tiradores de cerveza de unas vagonetas que escupía un horno más caliente que las puertas del infierno. Doce horas al día a cambio de ochenta talegos. Hasta que me puse enfermo.

—Es por el tabaco —dijo el médico.

Los turnos interminables no tenían nada que ver. Ni las mantas de amianto que recubrían aquellas vagonetas.

Había empezado a currar en la fábrica dos años después de acabar la carrera. Me licencié en el 92. El año de los fastos, las Olimpiadas, la Expo, el V Centenario… Tenía gracia. Vendían aquella imagen de prosperidad y allá estábamos nosotros, a punto de afrontar toda una vida de contratos eventuales, sellados en oficinas de empleo, cartas de despido… Muchos éramos los primeros de nuestras familias que íbamos a la universidad. Y también los primeros a los que eso no nos servía de nada. Éramos demasiados, no teníamos los apellidos adecuados y vivíamos en barrios conflictivos: Rotxapea, San Jorge, la Txantrea…

Fuimos a las fiestas de la Txantrea después del concierto. Había policía por todos los lados, pero no le dimos mucha importancia. Por entonces había siempre policía por todos los lados. Los sábados nos emborrachábamos en el casco viejo entre disparos de pelotas de goma, coches cruzados, contenedores ardiendo… Nos emborrachábamos y de vez en cuando también tirábamos piedras. Habíamos hecho la primera comunión, pero no la confirmación. No poníamos la otra mejilla para que nos la abofetearan, ni el arzobispo ni los antidisturbios.

Estuvimos bebiendo durante unas cuantas horas. Por las calles de los alrededores se oían disparos y de vez en cuando veíamos pasar a gente con la cara tapada. Nosotros seguimos privando. A mí se me hacía extraño beber sin el estómago lleno de humo. Me puse ciego enseguida. Cuando la pasma entró en las barracas políticas, corrí hacia uno de los campos de trigo y se me torció el tobillo. Me caí al suelo. Y cuando intenté levantarme ellos estaban allí. Pero ni siquiera los vi. Solo empecé a recibir palos por todos los lados y a oír los golpes y los jadeos y los insultos. No sé ni cómo conseguí escapar. Cuando los dejé atrás me volví y les hice un ridículo corte de mangas. Entonces vi que tenía las palmas de las manos despellejadas. Me había arrastrado con ellas por el suelo. Pasó bastante rato hasta que alguien se acercó a echarme una mano. Hacía un momento me había parecido que éramos muchos y muy fuertes, indestructibles, pero de repente había desaparecido todo el mundo.

—¿Estás bien? — se abrió paso por fin un chaval entre el humo de los botes de humo.

A un amigo mío le habían disparado uno de esos botes hacía algún tiempo a un metro de distancia y lo habían dejado medio muerto sobre la acera.

Me faltaba el aire y tenía ganas de llorar.

El tipo me señaló la cabeza. Me eché las manos a ella y las saqué empapadas de sangre.

—Sí, sí, tranquilo, estoy bien —me hice el duro.

Pero tenía una buena brecha. La sangre me fue cubriendo poco a poco la cara, formando costras sobre la piel. Tenía que volver a casa. Había sirenas azules brillando en todas las calles. Por los trigales cientos de personas deambulaban como zombis. Muchos de ellos heridos, como yo, o con ataques de ansiedad. Poco después llegaron los helicópteros. Popopopopo. Sobrevolaban los campos y los iluminaban con sus reflectores. Cuando pasaban por encima de nuestras cabezas nos tirábamos al suelo. Aquello parecía Vietnam. No sé cuánto tiempo estuve intentando salir de aquella película, ni muy bien cómo lo hice. Creo que volví a casa por el barranco.

Cuando por fin llegué y me miré en el espejo vi que la avería era gorda. Tenía que ir a Urgencias. Desperté a mi madre.

—Te traigo de regalo una cabeza abierta —le dije.

Era el día de la madre y yo me sentía el peor de los hijos. Pero estaba asustado, como un niño pequeño.

—Ponte una tirita —me dijo ella, todavía medio dormida.

Pensaba que era alguna de mis gansadas. Yo no le daba más que disgustos. Una carrera que no me había servido para nada. El cáncer. Mis borracheras… Luego abrió más los ojos y vio que la cosa iba en serio. Llamamos a un taxi. De camino al ambulatorio nos cruzamos con tanquetas, barricadas de fuego, carreteras cubiertas de piedras… Como en los viejos tiempos.

—Por ahí yo no puedo pasar, si quieren los llevo al ambulatorio—dijo el taxista.

Tuvimos suerte. El ambulatorio estaba abierto. El médico que me atendió me cosió de mala gana cinco puntos y preguntó cómo me había hecho aquello.

—No me lo he hecho, me lo han hecho. La policía —dije.

El se quedó en silencio, con un gesto de asco, no sabía si por la policía o por mí. Unos días después supe que a muchos de los detenidos los había estado esperando la pasma en Urgencias.

Sí, tuvimos mucha suerte.

Al día siguiente me levanté hecho un trapo, apaleado, con el tobillo como una bota de vino, el cuerpo lleno de cardenales, las palmas de las manos descosidas por los arañazos… Y por si todo eso fuera poco, una resaca monumental.

Durante unos días no me atreví a salir de casa. Me asomaba a la ventana y en todas las esquinas veía secretas. Mientras tanto, los periódicos hablaban de los disturbios. De la Gran Bronca. De los policías heridos. De los detenidos, para los que pedían mano dura. A la mayoría de la gente le parecía bien. Se sentían más seguros así. Nadie se indignaba. Nadie protestaba, y si alguien lo hacía era de la ETA. Aparte de todo eso, España iba bien. Aunque en algunos barrios pareciera Vietnam.

  Incluido en  la antología 24 relatos navarros  (Pamiela, 2013)

Entrevista a los Kikes (Turrón y Babas) sobre su biografía de Manu Chao

oct 10, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
C4.01 Lavapies 98, by Belén de Santiago

Foto: Belén de Santiago

“Manu Chao sabe desaparecer y vivir a pie de calle”
Kike Turrón y Kike Babas, periodistas musicales

 

De mano de la editorial bilbaina Bao los incombustibles músicos y periodistas Kike Turrón y Kike Babas publican esta biografía de Manu Chao, coincidiendo con el anuncio de la reedición, dos décadas después, de Clandestino

Patxi Irurzun/ Gara (09/10/2019)

Le llaman el desaparecido. Y, sin embargo, la biografía de Manu Chao es tan intensa y abigarrada (Mano Negra, el expreso de hielo, la feria de las mentiras, Radio Bemba, Jai Alai Katumbi…) que a veces está, o lo han visto, en varios sitios a la vez. Su disco Clandestino, que este año, dos décadas después, se reedita con tres temas nuevos, desde luego tuvo el don de la ubicuidad, se escuchó a lo largo y ancho de todo el mundo, e incluso convirtió, contra su voluntad, a este parisino, hijo de una vasca y un  gallego, en una pequeño dios, en un icono de la lucha contra la globalización.  Manu, sin embargo, supo desaparecer, para seguir dejándose ver, para seguir asesinando rumbas por los bares de Barcelona, o haciéndoles canciones a las putas de Madrid, o grabando discos con los músicos ciegos de Mali… Kike Babas y Kike Turrón lo han acompañado en muchas de sus aventuras y haciendo inventario de viejas entrevistas, de viajes y escenarios compartidos y de sus agendas —por las que cualquier periodista musical mataría- han podido poner un poco de orden y concierto en la biografía de este músico de vida y creatividad volcánicas.

¿Tienen alguna noticia del desaparecido, saben dónde está, si le ha llegado el libro y si le ha gustado?

Turrón: Eso fue lo primero que nos preguntamos cuando soñamos sacar su biografía en noviembre pasado y miramos su web, que es una buena guía: “¿Dónde estará Manu para que le propongamos este libro?”. Resultó que estaba localizable y dijo sí.

Babas: Sus redes apuntan a que actualmente anda tocando en acústico por Europa: Aiguamolls de l’Empordà, Farrera en Lleida, Monte Canin en la frontera Eslovenia-Italia… Cuando aparezca, encontrará el libro en el buzón, aunque él ha estado al tanto de todo el proceso de gestación.

¿Cómo ha sido el trabajo de escribir una biografía de un personaje como Manu Chao, a quien es difícil encontrar quieto en algún sitio?  En su caso supongo que han tirado de muchos momentos, escenarios, viajes, compartidos… y que en realidad este trabajo es el trabajo de muchos años.

Turrón: Hemos tirado de nuestras agendas personales desde el año 1997 en adelante. Afortunadamente las agendas estaban a buen recaudo. Repasando nuestros encuentros con él hemos trazado un esqueleto del libro. Lo otro es la purita biografía de Manu, con, digamos, los hechos oficiales. No hemos entrevistado a Manu para este libro.

Babas: Trabajo intenso, pero muy gustoso. Manu tiene una bio de mucha, mucha chicha. Lo más complicado fue situarle en el mapa en determinados momentos de su carrera, a veces parecía haber estado en tres sitios a la vez.

Después de otros libros biográficos, como el de Leño, ¿por qué eligen a un personaje como Manu Chao?

Babas: ¡Dime tú qué periodista musical no elegiría una biografía como la de Manu Chao! Y se daba la circunstancia de que estuvimos cerca en algunas aventuras, y que le hemos entrevistado una decena de veces en las dos últimas décadas… Sabíamos que podíamos hacer un trabajo profesional, digno y cercano.

Turrón: Somos fans de Manu desde la Mano Negra. Además de eso, hubo unos años (desde que se edita Clandestino) en los que estuvimos compartiendo los tres momentos y situaciones muy únicas y chulas, de eso se alimenta mucho este libro.

En realidad estamos hablando de alguien que uno de los artistas más conocidos en todo el mundo, y al que también casi se convirtió en un icono del mestizaje, la lucha contra la globalización…  Es algo de lo que se habla en el libro. ¿Cómo creen que lleva él eso?

Turrón: Sí que se le puso ahí, en ese altar de un visionario del siglo XXI, un nuevo Marley con ese halo mesiánico, su disco debut hizo que se disparase y sedimentase eso que se llamó mestizaje… Ya sabes cómo son los periodistas musicales, ja, ja, ja.

Babas: Manu sabe desaparecer y sabe vivir a pie de calle. Creo que eso es un buen antídoto… De todas formas esta respuesta debería darla él.

Una de las aportaciones interesantes del libro son sus experiencias personales compartidas con Manu Chao (Manu en Kikelandia), que nos descubren una parte más cercana e íntima del artista.

Turrón: Es la visión (respetuosa) de unos fans que tienen la oportunidad de compartir vida con el artista al que admiran. Kike y yo nos dedicamos a esto de la música en gran parte por esa parte fan que se nos sacia con cada nuevo libro que sacamos.

Babas: Como aportaciones interesantes en el libro, precisamente por relatar experiencias personales compartidas, yo resaltaría como admirables y entrañables las de los tres prologuistas: Amparanoia, Fermin Muguruza y Fernando León de Aranoa. Ahí es .

Otro de los aspectos llamativos del libro es su edición tan cuidad y colorista…

Turrón: Seguimos trabajando con esa editorial de Bilbao llamada Bao (ellos editaron la de Leño)  y dirigida por esas personas tan humanas y profesionales que son Mikel y Mariano. Ahí no se hacen chapuzas ni se andan con medias tintas, libro que hacen, libro que clavan.

Babas: Le pedimos permiso a Manu para utilizar el art-work original de la época de Clandestino, y así crear páginas a todo color llenas de cancodrilos, vacas toliñas y superchangos. Efectivamente la presentación del libro ha quedado fuera de serie.

A lo largo de todos estos años entrevistando y siguiendo a Manu Chao a ustedes se les quedó  un documental por el camino, que no se llegó a estrenar…

Turrón: Justo antes de salir el disco, Manu nos dijo que le haríamos una peli, un documental… y aceptamos. Salió una cosa muy bonita de una hora de duración, A corazón hermano, que finalmente se quedó en un cajón. Es muy bonito verlo ahora, porque en ese momento Manu no era el artista que vendería millones de discos unos meses más tarde. Flipas.

Babas: De nuevo le hemos pedimos permiso a Manu y, en las presentaciones del libro, estamos exhibiendo media hora de dicho documental, le da mucho empaque a una velada literaria.

¿Y cuáles son los nuevos proyectos de los Kikes?

Babas:  Con Kike Babas y La Desbandá estoy ultimando el disco en directo (colabora Kutxi Romero, Lichis y Capitán Cobarde). A la par ando componiendo canciones nuevas. De libros ando liado con uno o quizás dos. Pico y pala con la creatividad…

Turrón: Con mi grupo, Turrones, voy a sacar un disco/cuento en breve. Como biógrafos, el año que viene Los Kikes queremos sacar la bio oral de Los Rodríguez que ya está en su recta final.

 

 

EL CAJÓN DE LOS GAYUMBOS

oct 7, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios grupo Noticias)

La vida es una ruleta rusa. Puro azar. Aunque nosotros creamos que decidimos. Por ejemplo, mi primera decisión del día es elegir qué calzoncillo me pongo. Y detrás de esa elección hay todo un proceso lógico. Porque hay calzoncillos de batalla, calzoncillos para los días especiales, para el médico, calzoncillos de la suerte, calzoncillos de superhéroe, calzoncillos con dibujitos de superhéroes,  calzoncillos chorras, calzoncillos con gatera para la chorra —calzoncillos Homer—,  calzoncillos Calvin Klein, calzoncillos Clevin Kain, calzoncillos de mercadillo, calzoncillos de madre —por si tienes un accidente—, calzoncillos hechos un zarrio…

Uno no se pondría nunca un calzoncillo —o una, una braga— hecho un zarrio un día que quiere estar guapo, un día que tiene una comida, o que hablar en público, aunque las probabilidades de que ese día tenga que quedarse en ropa interior ante alguien sean mínimas —bueno, si la comida es de empresa quizás no tan mínimas; en ese caso las probabilidades de calzoncillada se multiplican—. Sin embargo, las probabilidades de tener un accidente, o de que te lleven a la Audiencia Nacional,  los días en que eliges un calzoncillo hecho un zarrio —es decir, un día normal— no son nada desdeñables.

No sé si me explico.

De todos modos, da igual, porque a veces no hay elección posible, el cajón de los calzoncillos es como un agujero negro en el que la ropa interior va desapareciendo misteriosamente —o no tanto, en realidad tiene que ver con el tiempo que te retrasas en poner la lavadora— y al final llega un día en el que solo queda la tanga roja con trompa que te regalaron en navidades (esta, la apunto, podría ser una buena idea para un cuento: alguien que tiene que ponerse como último recurso el tanga de leopardo y justo ese día lo atropella un coche, o un patinete, lo llevan a urgencias, o la Audiencia Nacional, tienen que desnudarlo…).

Iba a decir, a propósito de esto último, que estaría muy bien tener rayos X en los ojos para saber qué ropa interior lleva la gente por la calle, pero no hace falta, la mayoría de la gente ya lleva los calzoncillos o las bragas (o mejor dicho, la marca de las bragas o los calzoncillos) bien a la vista.

Y, hablando de superhéroes, me imagino que llegará un día en que la moda sea llevar los calzoncillos por encima de la ropa. De hecho, creo que ya ha llegado ese día.

No sé muy bien por qué escribo todo esto. En realidad, la imagen del cajón de los gayumbos era una metáfora que tenía algo que ver con la situación política, pero se me ha olvidado cuál era la relación. Tal vez la metáfora tenía más bien que ver con la ruleta rusa; o con una ruleta rusa a la inversa, en la que cuando vas a votar todos los agujeros, todas las papeletas, tienen bala, menos una, y por eso, por esa mínima posibilidad de que tu voto sirva para algo, seguimos haciéndolo.

Por cierto, tampoco entiendo que se diga que la gente está harta de votar, ni qué posibilidades tiene así de prosperar una democracia participativa. Es como si prefiriésemos ser coreanos del norte que suizos. Supongo que lo que habría que decir es que la gente está harta de votar solo para que le tomen el pelo.

Tampoco sé qué pasará de aquí a unos días, cuando se publique este artículo, que se escribe con varios días de antelación. Quizás para entonces Albert Rivera haya decidido quién tiene que gobernar en Navarra, o el príncipe Felipe sea el nuevo presidente del gobierno (de verdad, resulta sonrojante, por muy protocolario que sea, que en una democracia el rey, a quien nadie ha votado,  tenga que proponer los candidatos), o existan tantos partidos de izquierdas, o lo que sean, como votantes de izquierdas, o lo que sean… No lo sé. ¿Cómo voy a saberlo si ni siquiera sé cada día, cuando me levanto, qué calzoncillo ponerme?

«DIEZ MIL HERIDAS» Y JUAN SEBASTIÁN ELCANO

sep 23, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca es uno de los protagonistas de «Diez mil heridas» y, en estos días en que se conmemora el increíble viaje de Juan Sebastián Elcano, no está de más recordar que cinco años antes de que partiera la no menos increíble expedición que describe en «Naufragios», Cabeza de Vaca vio impresionado desembarcar a los 18 supervivientes de la vuelta al mundo, un pasaje que recojo en mi novela:

Entretanto, Teodoro Doroteo, o Doroteo Teodoro, como se llamaría a partir de entonces, dibujaba el rostro de Cabeza de Vaca sobre una de las páginas cosidas del cuaderno que llevaba siempre consigo.

El tesorero volvió a sentarse frente a ellos al cabo de un rato. Alterado todavía por la conversación con su ayudante, tuvo que pensar durante unos instantes para recordar qué estaba haciendo antes de la misma. Cayó en la cuenta al ver a aquellos dos extraños hombres que lo miraban con curiosidad y una sonrisa soñadora, expectante y bobalicona.

—Eso es, estaba firmando dos sentencias de muerte —se dijo.

No era la primera vez que pensaba aquello, cuando enrolaba a algún hombre en aquella expedición. Recordaba el día que, cinco años atrás, vio desembarcar en el puerto de San Lúcar de Barrameda a los supervivientes de otro viaje, el de Francisco de Magallanes, que había partido con más de doscientos marineros a bordo y del que solo habían regresado dieciocho. Descamisados, descalzos, flacos como perros callejeros y con las barbas arañándoles los costillares, todavía era capaz de evocar el olor a carroña que despedían sus cuerpos. Se le revolvía el estómago al pensarlo; y era incapaz de imaginar las calamidades que aquellos muertos en vida debían de haber soportado.

http://patxiirurzun.com/…/diez-mil-heridas-harper-collins-…/

BALCONSITO SUMMER

sep 22, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, magazine On (Diario Grupo Noticias), 21/09/2019

 

Dos días de conciertos, catering, barra, pulseras identificativas, notas y pases de prensa… Balconsito Summer, que celebró su segunda edición en Pamplona el pasado mes de agosto sería como cualquier otro de los grandes y multitudinarios festivales veraniegos de música si no fuera por un pequeño, nunca mejor dicho, detalle: el escenario es un balcón de 1,71 metros cuadrados en un quinto piso y los espectadores únicamente dos personas en cada uno de los conciertos. Es el festival más pequeño del mundo y eso —pero no solo eso— lo convierte en algo único, original, diferente a cualquier otra experiencia.

La idea se le ocurrió a Mikel G. Otamendi, el creador de esta maravillosa majarada, durante el pasado verano de 2018 (todavía, hasta el lunes, podemos decir “pasado verano” refiriéndonos al de 2018, carpe diem, aprovechemos estos dos días antes de despedirnos del de 2019 como Pancho corriendo detrás del coche que se lleva todos sus sueños y recuerdos y poluciones adolescentes de un inolvidable verano azul).

Fue, la de Mikel y el Balconsito Summer, una corazonada, y al corazón hay que hacerle caso rápido, antes de que las ideas se vuelvan frías y cerebrales, corrientes y aburridas, así que en apenas un mes consiguió enredar a unos cuantos colegas del mundo de la música (Mikel también es músico, durante años estuvo girando por todo el mundo con el grupo Tierra Santa) y organizar la primera edición de este festival que inmediatamente consiguió notoriedad y miles de seguidores, pues aunque en directo solo haya dos espectadores (elegidos por sorteo) se retransmite también por internet.

En aquella primera edición participaron artistas como Kutxi Romero (Marea) y la de este año ha contado con otros como Xabi Bandini o Maren, la joven y prometedora cantautora de Gallarta. Yo he tenido el privilegio de vivir el festival desde dentro este verano, como enviado especial de “Rubio de bote”, y todavía estoy relamiéndome de gusto. No se trata tanto de haber estado allí, de vivir algo que creo que compartirán conmigo quienes también lo hicieron (para empezar, durante los conciertos el público —las dos personas del público— no se los pasa hablando las casi dos horas que duran, algo que sucede cada vez más a menudo y sobre todo cuando los conciertos son gratis; hay que cobrar, hay que poner cerco a los maleducados); no se trata solo de sentir una especie de comunión con los músicos, con su nerviosismo y la responsabilidad de encontrarse más cara a cara que nunca con los espectadores (y de intentar que no se le escape ningún felipón); ni siquiera se trata de saber que estás participando de algo exclusivo…

Se trata sobre todo —eso es lo que, a mí, al menos me emociona— de que de vez en cuando todavía puedes encontrarte con personas como Mikel que son capaces de blandir la honda del ingenio, del entusiasmo y la fe tenaz en uno mismo contra el Goliat del éxito rápido y lucrativo (porque todo lo contrario, lo que no sea ya y haga mucho clinclín en la caja registradora, es hoy en día un fracaso).

No me atrevo a decir cuál será la suerte de Balconsito Summer en próximas ediciones (espero que haya muchas más), pero lo que sí se puede repetir una y otra vez es que este festival ya tiene algo —y ese es su gran triunfo— que todos los demás sin duda deberían envidiar: su originalidad, su reivindicación de la grandeza de lo pequeño y lo cotidiano, su apuesta por las corazonadas y por los veranos azules…

El festival más pequeño del mundo es, en definitiva —y perdón por lo manido de la antítesis, pero es que es verdad— muy grande. ¡Larga vida a Balconsito Summer!

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