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ENTREVISTA A F.L. CHIVITE

jul 1, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Foto: Zoe Martiikorena

“Creo que sería incapaz de escribir una novela convencional”
F.L. Chivite. Escritor

 

El escritor navarro acaba de publicar Sebas Yerri. Retrato de un suicida, una novela que, en un sentido amplio, cierra una trilogía que completan sus anteriores obras, Insomnio (Premio Café Gijón 2006) y El invernadero. Con ella compone un puzle, un artefacto literario con piezas narrativas, recuerdos, apuntes literarios, que se convierte en un magnífico retrato generacional de aquellos que en la década de los 80 tenían 25 años, y en una atinada reflexión sobre nuestras maneras de vivir y morir.

Patxi Irurzun. Publicado en Gara 01/07/2018

Hace algunas semanas F.L.Chivite escribió en una de sus columnas: “Por supuesto, hay montones de libros malos. Pero si pillas uno bueno, ten cuidado. Es probable que no salgas indemne”. Y el periodista Ivan Giménez, el autor de “El corralito foral”, replicó su cita en un tuit en el que añadía: “He leído Sebas Yerri. Y no he salido indemne”. Es un resumen perfecto para la última obra del escritor navarro, publicada por Pamiela, en la que su estilo fragmentario y el tono personal de su escritura, luminoso y desesperanzado a un tiempo, envuelven una lectura que aborda literariamente temas como el paso del tiempo, la identidad, o el suicidio.

Sebas Yerri lleva por subtítulo Retrato de un suicida. ¿Por qué decidió escribir sobre un tema del que no se habla mucho, aunque es más frecuente de lo que pensamos, y que además en su caso partió de una experiencia personal, el suicidio de dos conocidos?

Yo creo que efectivamente ha habido una especie de tabú a la hora de hablar del suicidio. Es un tema que siempre ha estado estigmatizado, que se ha hecho maldito en nuestra cultura occidental, tal vez por influencia de la religión. Pero creo que eso está empezando a cambiar, porque se empieza a hablar con más claridad, se están publicando bastantes libros; o quizás sucede que cuando tú empiezas a escribir un libro sobre un tema empiezas a ver otros libros relacionados con él. En mi caso, sí, fue a raíz del suicidio de dos personas cercanas, lo cual te hace plantearte la vida, mirar hacia atrás.

En ese sentido es una novela generacional, en la que, además del suicidio, también se habla de otras muertes de gente próxima, de la misma edad.

Efectivamente, porque a la vez que hay sobre una reflexión sobre por qué alguien relativamente joven, con quien tienes una relación íntima, decide quitarse la vida (ese es el planteamiento de la novela, el protagonista recibe la noticia de que un amigo al que no ve hace años acaba de suicidarse, y eso es lo que le provoca esa reflexión) está también otra reflexión paralela sobre los muertos de tu generación, gente cercana que ha ido muriendo, a lo largo de cualquier momento de esa vida, porque esa es una experiencia con la que empiezas a relacionarte muy tempranamente. En el caso de la gente de mi generación, además, hubo muchos factores por los que gente cercana fue cayendo ya desde muy joven: la droga, los accidentes de tráfico, suicidios… Y en los últimos años, el cáncer, que es brutal.

Estamos hablando de los años 80, que es la década en la que Sebas Yerri y el narrador (y usted mismo) tenían 25 años. ¿Mira hacia esa década porque efectivamente fueron años duros, porque todo era muy diferente a ahora, por nostalgia de la juventud…?

Creo que es un automatismo de la edad. Cuando llegas a la cincuentena te acuerdas de cuando tenías veinte años. Son rebrotes. Hace poco leí algo que decía que a los 35 te acuerdas de tu infancia, y que a partir de los cincuenta se vuelve la mirada sobre los 25, y eso es lo que me pasó a mí con esta novela, que tiene ya cinco o seis años: cuando cumplí 51 años, a la vez que tuve esa experiencia del suicidio de dos personas cercanas, que fue lo que me provocó para escribir esta novela, comencé a echar la mirada atrás. Esta novela, que efectivamente es generacional, tuvo sus propias claves, las claves de aquella época, como el aspecto político, que fue tan potente y parecía eclipsar todo lo demás. La política estaba muy presente en nuestras vidas, por una parte por una efervescencia de expectativas colectivas, la lucha por las libertades,  las esperanzas y la necesidad de cambios, la ilusión en que las cosas podían comenzar a cambiar; y por otra parte, fueron años muy marcados por la kale borroka, el terrorismo, las cargas policiales… Esos dos factores ambientales tan potentes eclipsaban ese otro aspecto más personal que eran los sueños de una generación de jóvenes que acabábamos de salir de una educación franquista, muy estructurada, muy autoritaria, muy pobre, en los artístico y literario, casi hasta mezquina… De repente, empezamos a descubrir muchos escritores, grupos, directores de cine… Florecieron los videoclubs, las editoriales… Hasta entonces no solo no se había traducido nada, es que ni siquiera se había editado a Lorca o a Miguel Hernández. Y de repente empezamos a descubrir a autores de primera categoría, en editoriales como Anagrama, Seix Barral… y a filósofos como Marcuse, a Simone de Beauvoir, a Lacan. Es decir, nuestros veinte años sucedieron en una Pamplona pequeña, amurallada, conservadora, pero a la vez estaba esa esperanza y esa fuerza interior para sacar la cabeza de aquella mugre cultural en la que nos habían educado, y por eso yo recuerdo aquellos años, a pesar de todo, como una época luminosa.

La novela es una aproximación a la figura del protagonista Sebas Yerri por parte de un narrador que tiene el mismo peso o más que el propio Sebas Yerri. ¿Son dos caras de la misma manera?

En la novela hay un narrador que cuenta la vida de su amigo, pero cuenta hechos que vivieron en común, y está tratando a la vez de indagar en su psicología, tratando de conocer cómo funcionaba su cerebro, las cosas que emocionaban a Sebas Yerri. Pero a la vez que hace ese análisis, se está viendo a sí mismo en aquella época, y a veces las figuras de ambos se confunden, incluso el narrador roba protagonismo al protagonista. Es mi manera de narrar, siempre lo he hecho así en mis novelas.

También hay algo que se repite en su forma de narrar, y es que la novela es fragmentaria, un puzle ¿Eso le da más libertad a la hora de contar, de poder introducir reflexiones, recuerdos?

Podríamos llamarlo una novela Frankenstein, ahora que se usa tanto el término. Es un puzle, sí, hecho con piezas de diferentes características, narrativos, reflexivos, otros más poéticos. Son fragmentos muy pequeños, de hecho hay más fragmentos que páginas. Yo creo que sería incapaz de escribir una novela convencional, porque no puedo escribir durante mucho tiempo seguido, y una explicación que yo trato de darme a mí mismo es que se debe a mi trastorno de atención.  Escribo textos cortos, porque en seguida me despisto, miro el ordenador, me pongo a vagabundear. No puedo estar mucho rato escribiendo, no lo he hecho nunca.

Sebas Yerri es un puzle, pero a la vez deja huecos, algo que en la propia novela usted apunta, la importancia de los silencios a la hora de narrar.

Los huecos es importante dejarlos porque el lector, inconscientemente, los rellena, hace una integración y muchas veces la información que omites el lector la hace suya, de tal modo que cada lector hace un libro distinto, porque ha llenado los huecos con su propia materia. Es algo a lo que podríamos llamar integración argumental.

Algunas de esas piezas son también reflexiones sobre la propia literatura

Sí, siempre no estamos cuestionando nuestra manera de escribir. Yo, lo que busco en la literatura, más que las palabras e incluso que la historia, es el tono, conseguir que sea verosímil. Esta no es una novela de subgénero, de aventuras, policiaca, histórica, es una novela sobre mí y sobre mi mundo, sobre la actualidad, como mucho se podría decir por tanto que es una novela contemporánea.

Hay también a lo largo del libro un pequeño catálogo de suicidios, la mayoría de ellos de escritores. ¿Hay mayor propensión entre ellos?

Yo creo que no. La tasa de suicidios en Europa, y según qué países,  es muy elevada. En el libro hay ocho pequeños fragmentos, llamados “Maneras de morir”  en los que se describe de manera escueta suicidios de escritores. Quizás quería, no estoy seguro,  poner en evidencia los modos de morir, que no son tantos. Así como todos hemos pensado en algún momento que cada suicidio, lo que pasa en la cabeza de cada persona que decide suicidarse es distinto y complejo, a la hora de realizarlo, todos se parecen bastante, no hay muchas posibilidades, e incluso la actitud que los suicidas adoptan en ese último momento frente al mundo, cuando están completamente solos ante él y no hay necesidad de fingir o aparentar: todos, o al menos los que han dejado alguna nota, tienen un mismo tono de voz en lo que dicen, una voz adolorida, distanciada de la vida, algo que me llamaba la atención.

Para acabar, Sebas Yerri viene a cerrar una trilogía junto con sus novelas anteriores Insomnio y El invernadero. ¿Qué vendrá tras estas novelas?

Es una trilogía en sentido amplio, son novelas que se pueden leer por separado, historias diferentes, pero mantienen un tono o una estructura semejante, y comparten ese trasfondo de esta nueva estética del siglo XXI, iba a decir ética, pero creo que es casi más una antiética, la manera en cómo establecemos las relaciones en la actualidad. Eso puede ser el nexo de unión entre estos tres libros. Ahora creo que voy a cambiar ese tono. Pero no me atrevo a decir que tengo proyectos, yo no lo llamaría así, nunca he hecho proyectos literarios, como he dicho antes mi manera de escribir es discontinua, y he escrito lo menos que he podido, siempre he dejado la escritura por cualquier otra actividad más agradable y más real. Ante la posibilidad de ir a ver una peli o de potes, no lo dudo, pero como por otra parte hay tantos tiempos muertos y tengo además esta propensión natural a la escritura, casi me siento obligado a hacerlo, no sé cuándo acabará esto, pero de momento creo que voy a seguir haciéndolo.

 

 

 

 

 

 

ESCÚPELE A LA CARA

jun 17, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  2 Comments
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Publicado en Rubio de bote, magazine ON (diarios Grupo Noticias), 16/06/2018

 

En alguna otra ocasión ya he contado por aquí mis peripecias baloncestísticas, pero nunca había revelado que una vez jugué contra los Lakers. Eran los Lakers de La Culebra, un pueblo de Chiapas, pero bueno, yo me sentí como si enfrente tuviera igualmente a Magic Johnson. Fue en 2005, durante un viaje que hice con el sindicato CGT a una comunidad zapatista, en la que iban a volver a pintar un mural —el mural de Taniperla— que el ejército había destruido años atrás y que, por arte de magia y de los observadores internacionales que estuvieron presentes cuando los militares asaltaron el pueblo, había reaparecido en diferentes lugares del mundo: San Francisco, Barcelona, Munich, Alsasua… Por entonces yo trabajaba en la biblioteca de esta última localidad —que últimamente también se ocupa militarmente de vez en cuando— y escribí un reportaje sobre ese mural trotamundos, gracias al cual la CGT me ofreció la posibilidad de acompañarles en su viaje a La Culebra. Además, el sindicato haría entrega a la comunidad de los fondos que habían recaudado para levantar allí un hospital.

Tras unos días en San Cristóbal de las Casas, que por entonces era la frontera entre la realidad y los sueños, nos internamos en el Desierto de la Soledad, como llamaron a aquel lugar los monteros que deforestaron gran parte de la Selva Lacandona en el siglo XIX, trabajando para los madereros tabasqueños en régimen de semiesclavitud. Los mismos monteros que aparecen en algunos libros de B. Traven, el autor de El tesoro de Sierra Madre, quien pasó buena parte de su enigmática vida entre los indígenas de Chiapas, y cuyas cenizas fueron esparcidas no muy lejos de allí, en el río Jataté.

En nuestro caso nos dirigimos al caracol zapatista de La Garrucha, también conocido como “Resistencia hacia un nuevo amanecer”, una especie de centro administrativo en territorio rebelde, el lugar donde debíamos entregar el dinero. A pesar de esto último, el recibimiento fue algo frío. Tuvimos que aguardar algunas horas, antes de que la Junta de Buen Gobierno decidiera si aceptaba ese dinero. En el caracol, además de atender a güeros como nosotros, se solucionaban todo tipo de demandas, quejas, litigios de campesinos, algunos de los cuales habían caminado durante días para llegar allí, así que tuvimos que esperar religiosa o, más bien, zapatistamente nuestro turno.

A la mañana siguiente, una vez hecha por fin la donación, continuamos el viaje hasta La Culebra. Allí, entre los actos organizados para festejar la reaparición del mural de Taniperla se incluía un campeonato de baloncesto. Tras eliminar a Las payasas (no lo digo en plan faltón, eran realmente un grupo de payasas italianas) nos tocó enfrentarnos a los Lakers. Cuando los vimos se nos saltó la risa. Para completar un Magic Johnson nuestros rivales debían ponerse uno encima de otro y encima de este otro uno más. Iban descalzos (sobre una pista que era una placa ardiendo) y habían pintado a mano sobre sus camisetas raídas o directamente sobre la piel aquello de Lakers. Pero nos dieron una paliza terrible y una lección de humildad. Nunca había visto a nadie correr de aquella manera.

Cuando acabó el campeonato comenzaba ya a caer la noche. Nos tumbamos exhaustos sobre la pista de baloncesto, que acumulaba el calor de todo el día.   El sol, como un gran balón de color naranja, se ocultaba tras los tableros negros, con una estrella roja en el centro. En el cielo brillaban miles de estrellas más y sus destellos se confundían con los de las luciérnagas,  posadas en las copas de los árboles. Fue entonces cuando vi escrita, en uno de los murales que adornaban los barracones, aquella frase de B. Traven, que sin duda los Lakers tenían como lema y que, desde entonces, hice también mía: “Persiste. Continúa luchando. No te rindas. Escúpele a la cara a la muerte y vuélvete hacia el otro lado. El sol todavía está en el cielo, rodeado de estrellas”.

 

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ENTREVISTA A FÉLIX GUERRERO

jun 13, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Foto: Jagoba Manterola

“Angelín me nació indeliberadamente, sin haber ido a buscarlo”
Félix Guerrero, escritor

El escritor zangozarra Felix Guerrero publica Colgados frente a frente, una novela protagonizada por un peculiar personaje, Angelín, que nació de una anécdota y que se adueñó casi sin querer de la obra y, en parte, del autor. Angelín, haciendo honor a su nombre, tiene un aspecto angelical y una inagotable y admirable capacidad para amar y para encajar los desaires. Angelín es… diferente.

Patxi Irurzun. Publicado en Gara 12/06/2018

Colgados frente a frente, publicada por la editorial navarra Eunate, es la quinta novela de Felix Guerrero (1942). Curtido en las redacciones de periódicos como Navarra hoy o Diario de Noticias, donde a menudo escribió agazapado bajo seudónimo, anteriormente publicó obras de corte histórico como Esperando a nadie (finalista del Premio Fernando Lara) o Alboradas de estraperlo, sobre el mundo del contrabando en el Pirineo navarro.

Las novelas a menudo surgen de situaciones muy concretas, una imagen, una frase… En su caso fue la visión de una bata colgada de un tendedero…

Durante muchos años he vivido en el barrio de San Juan pamplonés. Día a día y desde la terraza de mi casa veía una bata colgada en el balcón de un sexto piso situado en un inmueble cercano al mío y que nadie recogía. Así, durante no sólo meses sino años. Yo me preguntaba qué narices pintaba ahí esa bata. Bata viuda o, cuando menos, divorciada. Jamás vi subir las persianas de ese balcón ni las de las ventanas colindantes. Empecé a suponer que ahí no habitaba nadie o, que de habitar, habitaba una familia rarita de verdad, rarita cuanto cabe. Un día me dije: “¿Y si le doy yo vida a esa familia tan llamativamente peculiar?” Pero en vez de situarla en ese piso, la voy a instalar en el mío, un octavo, en un cara a cara con la bata. Una familia que tenga un miembro con algún sello también especial, como el que en mi mente suscitaba aquella eterna bata y relacionado con ella. Y allí nació Angelín, el protagonista de la novela. Angelín me nació indeliberadamente, sin haber ido a buscarlo.

 

A partir de esa anécdota desarrolla una trama, pero sobre todo a partir del personaje de Angelín, un tipo muy particular. Cuéntenos quién es y si tiene algo de usted mismo.

Angelín es una persona diferente al resto de lo que la mayoría de congéneres catalogamos de individuo normal. Angelín nació con ciertos desarreglos psíquicos, de ésos tan fáciles de percibir como difíciles de cuantificar y corregir. Angelín pertenece al grupo humano conocido como con discapacidad mental. Aunque yo  a este entrañable conjunto de personas más que discapacitado mental lo llamaría diferente mental. Ese término, discapacitado, me resulta demasiado abstracto e inasible como para valorarlo de tal. Pensemos que hubo una época en la que a los zurdos se les consideró discapacitados. Leonardo da Vinci era zurdo, sin comentarios. De todas las cualidades que visten la personalidad de Angelín debemos destacar su capacidad para amar. Para él no existe enemigo ni tan siquiera adversario. En cualquier artesa humana se hace merengue. Ya de cómo ésta deguste dicho merengue… Personajes variados tiene la novela que nos lo dirán. Algunos de ellos… me voy a callar

¿La personalidad singular de Angelín determina también el estilo del libro, ese tono humorístico o irónico que lo recorre?

La personalidad singular de Angelín no es determinante del estilo del libro. El tono mezcla de humor e ironía que recorre las páginas de “Colgados frente a frente” es marca de la casa, en casi todas mis obras aparece. Sí que en ésta hay que añadir que la influencia del protagonista en mí ha sido llamativa. Por primera vez me he dado cuenta de que no siempre el autor crea al personaje, es el personaje quien a veces va creando al autor.

 

La novela también mantiene un tono de intriga, ¿qué se puede contar sobre eso —sin destriparla, claro—?

La intriga es un factor que, en mayor o menor grado, depende del contexto, no puede faltar en una obra creativa. Sin cierta intriga, ésta tiene muchos boletos de  desfallecer o de despeñarse.

 

Sus anteriores novelas son de género histórico ¿por qué este cambio?

Las novelas que he publicado anteriormente tienen una carga histórica sin duda, dado que por mi edad soy dueño de muchas historias, pero no todas las que salgan de mi pluma serán históricas necesariamente.

 

Usted es un autor relativamente tardío, empezó a escribir con 40 años, ahora tiene más de 70 y no ha publicado muchas novelas, ¿cómo es el proceso de escritura de sus obras?

Yo me fui curtiendo como escritor en los periódicos “Navarra hoy”,  “Diario de Noticias” y, por encargo, en alguna que otra revista. Eso sí, con seudónimo, de una forma anónima que jamás volvería a repetir y que no se la recomiendo a nadie. Ésta es la quinta novela que publico, tengo otra sexta calentándose ya en la imprenta y otras varias que esperan su momento. No sé si hice bien o mal, aposté por crearme un patrimonio literario e ir tirando de él según los tiempos.

 

 

 

ENTREVISTA A JAVIER SERENA

jun 11, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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“Me interesaba la vida de Bolaño porque creo que es el viaje del héroe”

Javier Serena. Escritor

 

En Últimas palabras en la tierra el pamplonés Javier Serena recrea la vida de Roberto Bolaño a través de Ricardo Funes un personaje, trasunto del escritor chileno, en una historia que completa el periplo de un héroe literario.

Patxi Irurzun. Publicado en Gara 10/06/2018

Como ya hiciera en su anterior novela, Atila, en la que novelaba la vida de otro escritor, en aquel caso el hermético y misterioso Aliocha Coll, Javier Serena (Pamplona, 1982) utiliza el esqueleto de la peripecia vital y literaria de Bolaño para encarnar con su fantasía la historia de Ricardo Funes, el personaje de Últimas palabras en la tierra, publicada por la editorial Gadir. Funes/Bolaño es un sacerdote de la literatura, a la que se entrega sin concesiones, sufriendo todo tipo de precariedades, ninguneos y sufrimientos, para conseguir finalmente un éxito universal, al que, sin embargo, empaña la amargura de la enfermedad y la muerte que acecha. Serena narra esta viaje del héroe, con una prosa y una sintaxis pulcras y brillantes, que lo convierten en un autor con un futuro prometedor y, a la vez, una trayectoria ya a tener en cuenta.

 Su anterior novela, Atila, también recreaba la vida de otro escritor, Aliocha Coll, de vida azarosa, con una vocación literaria sin concesiones… ¿Por qué se siente atraído por estos autores?

La verdad es que no responde a un plan preconcebido, quizás mi imaginación trabaja en torno a autores que me gustan, y de los que me interesan mucho sus vidas. En el caso de Ricardo Funes está inspirado en un autor real—cualquiera que lo lea se  dará cuenta de que es Roberto Bolaño— del que a partir  de los elementos reales de su vida, he escrito con completa libertad una novela, una ficción; es decir, he creado una historia, intercambiando elementos y haciendo que, por así decirlo, el trayecto principal de su vida fuera el mismo, el esqueleto de la novela, y las escenas, todo lo que hay dentro de ese cuerpo sea invención mía. De la vida de Bolaño me interesaba sobre todo que completa el trayecto del héroe. En su vida hay tres fases: en un primer momento, siendo muy joven, quería ser un escritor visceral, revolucionario, subversivo, y triunfar mundialmente. Parte al exilio, a México, después a España, y durante años lleva una vida nómada y bohemia, es vendedor ambulante, trabaja en bares, en un campings; después, durante otros diez años vive prácticamente de su mujer, en un pueblo de la costa catalana; y por último, cuando triunfa en la literatura, es siete años antes de morir, y ese triunfo es completo, mundial. Me parece que es el viaje del héroe: hay una salida a la aventura muy atrevida y entusiasta, una penalidad muy larga y un encuentro con su sueño y su propósito inicial, ese triunfo en la literatura, que le completa, aunque en su caso, es un triunfo amargo, porque cuando eso sucede y sabe que está enfermo y va a morir.

El personaje de su novela, Ricardo Funes, se instala en Lloret de mar, un paisaje no muy literario…

Bolaño era un hombre con una ambición y un talento tremendos, al que se le negó el reconocimiento durante mucho tiempo. Durante buena parte de su vida vivió en Blanes, escribiendo en un sótano, algo que me parece muy representativo. Blanes, es un pueblo costero (en mi novela es Lloret de Mar, por esos intercambios de los que he hablado antes que me han permitido tomarme las libertades oportunas), un lugar desangelado, en ciertos momentos, y no es el lugar en el que cabría imaginarse a un escritor, ni probablemente el que él había imaginado para sí mismo, cuando era joven. Un pueblo vacío en invierno, lleno de turistas en verano, sin un entorno literario, donde vivió sin ningún reconocimiento que lo avalara… A la vez creo que todo eso le dio mucha fuerza, cuando empezó a publicar en Anagrama y en cinco o seis años él, un hombre que está muy enfermo, fue capaz de escribir una obra que seguramente es una de las más importantes de su generación.

Como sucedió con Aliocha Coll, Ricardo Funes es una especie de sacerdote de la literatura, alguien entregado por completo a ella, pero a la vez, en el libro, se lamenta de todo lo que dejado de hacer o de vivir por ella…

Sí, tiene esa contradicción muy marcada. Ricardo Funes comparte con Aliocha Coll, el protagonista de mi anterior novela, ese romanticismo ante la vida, en el que su vocación literaria es lo principal, lo único casi, y no admiten ninguna concesión. Esto además pasa durante mucho tiempo, no se trata de algo que sucede solo durante una fase juvenil. Los dos  tienen una visión muy integra de la literatura, de la que son sacerdotes, y por eso son ejemplares, porque en un mundo tan pragmático, ellos se lanzan sin red a esa carrera literaria. Se diferencian en que Bolaño tuvo finalmente mucho éxito, pero en su caso tiene esa contradicción de ser un hombre en espíritu muy vitalista pero en la práctica sedentario, consumido por el trabajo y la escritura, una contradicción sobre la que él hablaba mucho. A mí me llamaba mucho la atención imaginármelo en Blanes solo, sin haber publicado, escribiendo libros sobre escritores jóvenes, atrevidos, con una vida plena, mientras él era un hombre encerrado. Y creo que sufrió mucho por esa paradoja.

La novela se estructura desde tres planos, tres voces diferentes.  ¿Con cuál se ha sentido más cómodo?

Sí, el primero de esos planos es el de un escritor muy diferente a él, conocido, de Barcelona, que publica en La Vanguardia, con un éxito paulatino y constante, que puede identificarse con muchos escritores, podría recordar en parte a Vilamatas…

Yo pensaba en Cercas

Sí, al también lo conoció de joven aunque luego tuvo menos trato, pero podría ser cualquiera de los dos, un escritor en todo caso con un éxito más o menos continuado, que aporta la mirada del otro escritor que pudo haber sido; luego está la mirada de su mujer, que nos da la mirada más íntima, la de la mujer a la que Funes conquista y le ofrece la promesa de una vida brillante, divertida, llena de imaginación, y que no se da, sino que acaba convirtiéndose en un hombre que vive de ella, que sufre, y que incluso en algún momento ve tambalearse sus convicciones; y luego habla él, desde la muerte, retomando su vida y sus sensaciones. Yo creo que todo el libro se encamina a esa voz, y va completando muchos misterios en torno a él, porque Bolaño es un hombre con muchos misterios: de qué vivió de joven, a qué se dedicaba, cómo era en realidad… Es la primera vez que escribo algo así, a tres voces, pero yo creo que en el libro eso le daba varias dimensiones al personaje.

¿Volverá a escribir sobre escritores?

La verdad es que la idea de este libro se me cruzó cuando estaba trabajando en otro, yo no tenía en mi cabeza escribir otro libro sobre escritores y mucho menos sobre Bolaño, pero me di cuenta de que tenía construida en mi mente una especie de fábula sobre él y enseguida tuve la sensación de que la historia iba a funcionar. No sé,  hay algo azaroso en lo que escribes, a veces tu imaginación está trabajando hacia algo que no te esperas. Y es cierto que mis dos últimos libros son libros de escritores, pero a la vez, aunque suene redundante, son también personas. Me interesan los escritores en su parte más humana, al menos estos dos, y yo los convierto en personajes como podía convertir a otras personas con otras profesiones, pero en mi caso es así por mis inclinaciones literarias, la admiración que siento por ellos, con lo cual la fantasía y la imaginación es lógico que salga por ese lado. Pero, como digo, no es nada premeditado y, de hecho, ahora estoy trabajando en otras cosas, que no son sobre escritores, aunque nunca sé hasta que no acabo un libro si va a funcionar o puede ser publicado.

 

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