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De qué hablamos cuando hablamos de amor / Principiantes (Raymond Carver)

Ago 23, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Club de lectura de verano

Artículo recomendado: Carver y los recortes editoriales de Gordon ...
Raymond Carver y Gordon Lish

Es curioso, Raymond Carver está considerado uno de los maestros del género del cuento o el relato corto y entre sus virtudes se destaca siempre su minimalismo, la austeridad, la económica precisión de sus narraciones, en las que elude las descripciones innecesarias, los adornos y fuegos de artificio, hasta conseguir esos cuentos fibrosos y desapasionados, como una cuchillada limpia y certera, en la que la sangre brota una vez acabada la lectura; y, sin embargo, todo ello no se lo debemos a él, si no a Gordon Lish, el editor de sus primeros libros de relatos, como De qué hablamos cuando hablamos de amor, quien, corrigió, cambió los finales con frases propias y podó los relatos de Carver hasta eliminar en ocasiones el setenta u ochenta por ciento de lo que el escritor de Oregón le había entregado.

Los relatos originales de De qué hablamos cuando hablamos de amor fueron publicados (en España por Anagrama) tiempo después bajo el título igualmente original de Principiantes (esto también es curioso, que el barroco Carver eligiera un título corto y el podador Lish uno tan largo), de modo que quien sienta curiosidad por la vivisección puede comparar los respectivos trabajos y juzgar.

Dos versiones del mismo cuento

Veamos, por ejemplo, uno de los relatos más famosos de Raymond Carver, El baño (o Parece una tontería en la versión original). En él, una madre encarga para el cumpleaños de su hijo un pastel, pero el chico es atropellado por un coche y la fiesta debe ser suspendida, pese a lo cual, mientras el niño permanece en coma en el hospital, el pastelero, que desconoce esa circunstancia, reclama insistentemente por teléfono a la familia que pasen a recoger su pastel. El relato de Carver-Lish (¡atención, spoiler! — aunque, de todos modos, los suyos no son cuentos cerrados, que se resuelven con un giro sorprendente, sino más bien escenas cotidianas bajo las cuales se adivina una grieta, un latido del horror; en el caso de El baño, por ejemplo, ese teléfono terrorífico repiqueteando—),el relato de Carver-Lish, decíamos, finaliza precisamente con una de esas llamadas, en la que no sabemos muy bien si quien llama (“Se trata de Scotty”, dice) lo hace desde la pastelería o desde el hospital. En el cuento de Carver-Carver, por el contrario, esta escena final se alarga de tal modo que sabemos que Scotty, el niño,  finalmente morirá e incluso vemos más tarde al pastelero reuniéndose con la familia.

De qué hablamos cuando hablamos de amor - Carver, Raymond - 978-84 ...
De qué hablamos cuando hablamos de amor - Carver, Raymond - 978-84 ...

Es evidente que Gordon Lish talla el diamante en bruto hasta convertirlo en una piedra preciosa lo cual no quiere decir que Carver carezca de talento. Gordon Lish descubre con su poda una voz, un estilo propio. Sin su trabajo de edición probablemente Carver nunca habría sido Carver, pero también es cierto que cuando este, frustrado, se rebeló contra su editor y decidió plantarse, obligarle a respetar su trabajo, dio a la imprenta trabajos notables como Catedral.

El cuento y sus decálogos

Carver, además, teorizó a menudo sobre el género del cuento, demostrando que conocía perfectamente sus mecanismos y secretos (la importancia de un inicio y un final contundentes, la necesidad de mantener la intensidad, el ritmo y la unidad…).

Son muchos los autores de relatos, además de Carver, que han reflexionado sobre un género cuya mejor definición quizás sería que un buen cuento es aquel que se escabulle de todas las definiciones (algo que, por lo demás, se puede aplicar a la novela, la música, la pintura…). Cortázar, por ejemplo, decía en un decálogo sobre el género que “no existen leyes para escribir un cuento, a lo sumo puntos de vista”. Y fue Cortázar también quien, en las Clases de literatura que impartió a regañadientes en la Universidad de Berkeley dijo que, extrapolándolo al lenguaje del cine,  si una novela era la película, un cuento era la fotografía (o, llevándolo al mundo del boxeo, que “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por K.O.”).

Los decálogos sobre el cuento son un subgénero por sí mismos, que han cultivado autores como García Márquez (“Cuenta un cuento que te gustaría leer”), Julio Ramón Ribeyro (“El cuento debe solo mostrar, no enseñar”) u Horacio Quiroga (“No adjetives sin necesidad”)… A este último, por cierto, la escritora argentina Silvina Bullrich contestó con una refutación en la que, por ejemplo, detecta dos adjetivos prescindibles en una frase de un cuento del escritor uruguayo.

Por el rabillo del ojo

Otra escritora, autora de grandes cuentos, Flannery O’Connor, reflexiona sobre el género en un texto titulado El arte del cuento en el que señala que este es “una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana”. Y, si lo pensamos bien, estamos constantemente contando cuentos. Un chiste es un pequeño cuento. Cada vez que le explicamos a alguien por qué hemos llegado tarde a una cita, con quién nos hemos encontrado en la calle, qué hicimos el fin de semana, estamos contando un cuento y utilizando inconscientemente los recursos y estructuras del género: un inicio que atrape su atención, un discurso que mantenga la tensión, un final que resulte revelador, sorprendente o cómico o que deje en el tejado de nuestro interlocutor la pelota…  

Film probes O'Connor, her place in "Christ-haunted South"
Flannery O’Connor

Joseba Sarrionandia, por su parte, escribió un cuento reivindicándolos en el que decía que son cuentos lo que los niños piden a sus padres cuando van a dormir, no novelas. Lo cual, nos lleva a aclarar algo que a los cuentistas nos preguntan a menudo —incluso en entrevistas— y que encajamos con una sonrisa glacial: “¿Pero lo que usted escribe, son cuentos para niños?”. Esperamos que a estas alturas del artículo todos quienes los estén leyendo comprendan que no, o que igual también sí, pero que eso es otra cosa, y estamos hablando de relatos, historias cortas, de un género literario (o un subgénero, si nos ponemos quisquillosos), porque si no, corremos el riesgo de que alguien vaya a la librería y se lleve para su hijo de seis años un libro de Bukowski.

Volviendo, para acabar, a Raymond Carver, en su artículo Escribir un cuento señala: “La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo” otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado”.

Algo que nos sirve para concluir con una definición, de nuestra propia cosecha,  que puede servir para aproximarse a este género tan escurridizo y que tanto nos apasiona y que vendría a decir, en fin,  que el cuento es como encender una cerilla en un cuarto a oscuras: todo aquello que se ve mientras permanece encendida la llama.

PATXI IRURZUN
Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 22/08/2020

“Yo no sé si lo que he hecho es ilegal, pero es muy bonito” El tenista de Krakovia.

Ago 23, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Si lo llega a hacer Banksy sale hasta en la sopa. Pero lo hizo “El tenista de Krakovia”, un anónimo artista urbano de Iruña quien se coló en una casa preparada para ser derribada y pintó un mural que ha permanecido oculto  durante cuatro años y solo ha visto la luz cuando han entrado las máquinas de demolición. Jugada maestra.

Patxi Irurzun / Gara 23/08/2020

La cita con el tenista es en la escena del crimen, un solar en obras en el barrio de Buztintxuri de Iruñea, al inicio de la calle Ferrocarril.  Hemos tomado precauciones y acordado que el periodista espere leyendo un periódico con agujeros para los ojos, pero finalmente desechamos la idea porque eso, en realidad, levantaría más sospechas (lo de leer un periódico, queremos decir).

Pero ¿quién es el tenista de Krakovia? —intentamos desenmascarar con nuestra primera pregunta al autor de esta singular intervención—. “Todo empezó hace doce años”, comienza a contarnos una historia en la que se entremezclan redes sociales para ligar, vagabundos polacos y protohipsters. “Un grupo de amigos solíamos juntarnos a jugar al frontenis en un frontón que había por donde el Edificio Singular. En aquella época, cuando todavía no había hipsters ni barberías en cada esquina, a mí me había dado por no cortarme el pelo ni la barba durante casi un año. Haciendo el chorra me las despeiné y un amigo me sacó una foto. “¡El tenista de Krakovia!”, dijo alguien, no sé muy bien por qué, supongo que por la raqueta y porque le recordé a un chaval polaco que por entonces andaba pidiendo en la puerta de un Eroski cercano. Así es como surgió el personaje”.  

Primeras jugadas
A partir de ahí nuestro protagonista decide subir a una incipiente red social de contactos algunos fotomontajes del tenista junto a varios famosos, pero su belleza asalvajada y sus amistades no parecen excitar a nadie, de modo que recurre al arte como terapia y consuelo, realizando nuevos fotomontajes, que comienza a publicar en Facebook (el tenista abriéndose una gabardina delante del rey, el tenista exhibiendo musculatura ante un Santiago Abascal orinado por un perro, el tenista vestido de cuero en un campeonato de curling…) y varias plantillas que disemina por diferentes muros de la ciudad (todas ellas relacionadas con el cine, como la del tenista haciendo un cameo en Ghost, junto a Patrick Swayze, que todavía permanece en una belena, un callejón de la Plaza del Castillo).

Son los inicios del tenista, que desembocan en esa jugada maestra que es el mural de la calle Ferrocarril, algo que, que tengamos constancia, no ha hecho nunca nadie en el mundo, una intervención única en el arte urbano. La idea de pintarlo surge cuando llega a oídos del tenista que el edificio va a ser derruido. Tras los primeros desalojos de vecinos, consigue colarse en el portal y acceder a los pisos superiores. “Entraba como Chiquito de la Calzada, de puntillas, porque todavía quedaba alguna familia viviendo”, dice. “Y para pintar en una de las habitaciones usaba una luz frontal, porque habían tapiado las ventanas. En otras, por el contrario, las ventanas habían sido desmontadas, y habían entrado un montón de palomas. Encontraron hasta alguna especie protegida, rara, salió en los periódicos”. (Consultamos la hemeroteca y, en efecto, se trata de varios nidos de avión común, lo cual no deja de tener su gracia, como veremos en el siguiente párrafo)

La tensa espera
El tenista no recuerda muy bien durante cuánto tiempo estuvo pintando el mural, “tal vez dos semanas”. Sí los preliminares: que se retrató a sí mismo desnudo en casa hasta conseguir la foto correcta (“Una en la que no se me vieran los huevicos”, aclara), que midió paredes, tiró de Photoshop, preparó bocetos…  Y que su idea original, la réplica de King-Kong, quedó inconclusa, porque pretendía pintar también un avión al que él derribaba de un raquetazo, pero entonces tapiaron el portal (a pesar de lo cual, como hemos visto en el párrafo anterior, en esta historia sí hay aviones —comunes—).

Después, llegó la espera. Según sus previsiones, el edificio debía de ser demolido en un año, pero finalmente tardó cuatro años en caer. “A veces me despertaba por las noches, pensando que sería ese día; o me preguntaba si cuando derribaran la casa también tirarían esas paredes”. Finalmente, a finales de julio de este año las máquinas de demolición se pusieron en marcha y… ¡oh, sorpresa!, allí apareció, triunfal  el tenista de Krakovia. “Durante los primeros días pasaba mucha gente por allí a verlo, es además una zona de mucho tráfico. Y había muchos comentarios, mucho runrún en el barrio, ¿quién habrá hecho algo así?, decían algunos, otros que  podían haber sido los propios vecinos desalojados…”.

El espíritu del tenista
Aunque el tenista de Krakovia no es Banksy, lo cierto es que su intervención está teniendo eco: ha aparecido en diferentes medios —Diario de Noticias de Navarra fue quien destapó la noticia— sus seguidores en Facebook se han multiplicado e incluso ha recibido mensajes inquietantes a través de su Instagram, desde perfiles anónimos en los que le envían fotos con su rostro de paisano, desenmascarándolo. “Yo no sé si lo que hice fue ilegal, pero es muy bonito”, se defiende él, ante las sospechas de que pueda estar siendo investigado o advertido. Y es verdad: lo que ha hecho es tan bonito y tan fuera de lo común que siente cierta presión, pues no sabe si podrá superar eso en alguna futura acción. De momento ha fantaseado con la idea de ofrecer sus servicios a empresas de demolición. No parece mala idea. Esas empresas podrían convertir sus derribos en una obra de arte o en poesía visual. En cuanto al futuro del mural de la calle Ferrocarril, no sabemos cuánto tiempo permanecerá a la vista. Puede que cuando este reportaje vea la luz ya haya sido cubierto. En todo caso, el tenista de Krakovia le augura más vidas. “Igual lo cubren con esa pintura amarilla de las obras, pero seguirá ahí, debajo, como un espíritu, que un día se aparecerá a los habitantes de las nuevas casas que van a construir”. Quizás, pensamos nosotros, la constructora debería conservar el mural u ofrecerlo como un plus a los compradores (quién sabe, tal vez un día en los libros de historia del arte se hable de esta pionera intervención urbana). O quizás no, quizás su verdadero valor sea lo efímero de la acción. Lo que sí es seguro es que el tenista de Krakovia, con su imaginación y su originalidad, nos ha dado una gran alegría, en estos tiempos de desconcierto y oscuridad. ¡Apúntate un tanto, tenista!

Entrevista a Miguel Sánchez-Ostiz («Breves del desconcierto»)

Ago 18, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Breves del desconcierto: Soliloqueos, apostillas, enojos y ...

“La utilización política de la pandemia ha sido un asunto canallesco”

Miguel Sánchez-Ostiz, escritor

En Breves del desconcierto, la última obra de Miguel Sánchez-Ostiz, publicada por Pamiela, el escritor navarro anota, a través de textos breves (o boteprontos) sus reflexiones sobre los tiempos de incertidumbre que vivimos, incluidos los últimos meses de pandemia y esa llamada nueva normalidad, apuntalada con “porras viejas y mordazas ya muy mordidas”. 

Patxi Irurzun / Gara 18/08/20

En el último de los breviarios de Miguel Sánchez-Ostiz, género en el que se ha prodigado últimamente (recordemos, El asco indecible, Diario volátil o A cierta edad) late, como señala él mismo en el quevediano prólogo, una alegría feroz y la convicción profunda de no arrojar la toalla, a pesar de los pesares, a pesar de los empujones, que nunca hay que dejar sin devolver, o del fango de los tiempos en el que chapotean con chulería cayetanos, matones (“Me pregunto si el futuro no estará en manos de matones iletrados”, anota siempre certero en su desconcierto el escritor navarro), trepas, mangutas de guante blanco y máscara benemérita y rojigualda… Todo ese aire a podrido se ventila en estos breves o,  como se subtitula la obra,  boteprontos, enojos o soliloqueos. Sánchez-Ostiz no escribe para gustar a todos, señala también el autor al inicio del breviario, y todos quienes le leemos lo agradecemos.

Este es un libro que, como casi todo, dio un vuelco forzoso con el confinamiento, tal y como explica en la introducción. ¿Cómo afectó al mismo y en que ha cambiado lo que iba a ser?

Cambios no ha habido muchos, ni de tono ni de contenido. Lo que ocurre es que de pronto se impuso una realidad  que obligaba a hablar de ella. Por ejemplo, algunos capítulos como el de «Oigo patria a tu afición…» cogieron con la pandemia un volumen cayetanesco y rojigualdo inaguantable. La utilización política de la pandemia ha sido un asunto canallesco.

“Breves del desconcierto”… Vuelve a los breviarios, los textos cortos, que ha frecuentado durante los últimos años. ¿Se siente cómodo en ese formato del botepronto, el soliloqueo (maravillosa invención, por cierto)…?

Pues sí, me siento tan  cómodo que hasta he pensado poner un negocio de epitafios en Beritxitos (cementerio de Iruñea)… Ahora en serio, los discursos de recio y apretado discurrir se leen con dificultad creciente. El tiempo lector de las redes sociales se impone y esos boteprontos se leen con gusto porque más allá de las diez líneas lo que digas se sigue a ratos o con desgana.

Y en este caso los breves son del desconcierto… Más allá de mostrar este desconcierto, ¿el breviario intenta buscar respuestas o un camino para seguir adelante?

El de resistir y el de plantar cara a lo que no es dañino en lo público y en lo privado, en la medida de nuestras posibilidades, que no son muchas, pero porque no lo tengan fácil que no quede.

-Al libro no le falta el tono zumbón, burlesco, aunque a muchos quizás no se lo parezca…

¿Burlesco? Mucho, empezando por mí mismo. Auténtico pitorreo de mis bajonazos, torpezas e hipocresías. Una cosa es lo que te propones o quisieras hacer, y otra bien distinta lo que haces o logras hacer. Muchas veces te quedas por el camino. Por no hablar de en qué paran tus propios discursos en plan Espartaco.

En relación con lo anterior, también se advierte en su breviario, como en otros de sus libros cierto optimismo, diría, me refiero a esa posición de resistencia, de no ceder (“No cedas”, aparece en la penúltima entrada) o de no resignarse, no callar, devolver los empujones…

Sí, ese «no cedas viejo perro» es un verso de un amigo poeta boliviano que me gusta mucho, el Humberto Quino. Somos quintos, para allá viejitos, pero el Humberto no deja de dar la cencerrada, no tira la toalla, te guste o no lo que dice, se enfrenta, resiste.

-Hay temas recurrentes, de los que ya ha hablado a menudo: el matonismo, el abuso de la fuerza y los uniformados, el patrioterismo, convertirte en enemigo y repudiado solo por no aplaudir o seguir las consignas oficiales… ¿Tenemos para rato con todo esto?

Para rato… como dices. Es el asco de nunca acabar. No hay más que fijarse en lo que parece invisible, salvo para el que recibe los porrazos, lo sucedido en esta mandanga de la «nueva normalidad» con porras viejas y mordaza ya muy mordida. Ahora estamos de veraneo, dándole al balonico hinchable de colorines, como focas amaestradas, pero la incertidumbre de lo que pueda venir sigue ahí. Somos frágiles y vulnerables, y se ve que el sistema no llega a todo, y no a todos. Iban a hacer y no solo no han hecho, sino que ni intención parece que tengan. De pronto todo a vuelto a «las altas esferas» que es donde la inmensa mayoría no estamos.

En la parte final, dedicada a “la plaga”, reflexiona sobre lo que vendrá tras ella… ¿Qué espera de esta “nueva normalidad”, como la llaman?

Nada bueno, salvo que en lo público se reconstruya la cohesión social, pero desde abajo. Esos movimientos vecinales de solidaridad son un ejemplo de lo que puede hacerse o ese movimiento de artistas madrileños  «Salva lo Público», que hacen calle y no bureo de redes sociales, a favor de la Sanidad pública y en contra de la privatización de todos los servicios a ellos aparejados. Nuestras vidas no pueden ser un negocio.

-Por último, también comenta en relación con esto sus temores respecto al futuro de las pequeñas editoriales, librerías… e incluso el desconcierto respecto a sus propios libros futuros. ¿Qué cree que puede pasar?

No tengo ni idea, pero me temo que el lector está muy dañado, las redes nos han quitado capacidad lectora, perdemos en ellas el tiempo de la lectura, nos achatamos… La gran mayoría ha estado colgada de las pantallas durante esta pandemia.  Pequeñas editoriales, pequeñas librerías… no sé cuál puede ser su futuro y si van a poder mantenerle el reto a los grandes grupos que lo abarcan todo e imponen sus criterios comerciales (los literarios son otra cosa), como no sé cuál puede ser el futuro de un escritor que vaya a contrapelo y no puedan hacer con él negocio editorial y mediático, aunque no creo que sea bueno.

CAPITANES DE LA ARENA, de Jorge Amado (y otros libros sobre y de sintecho)

Ago 13, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Club de lectura de verano

Capitanes de la arena - 89071 - Biodiversidad Virtual / Etnografía

Publicado en magazine On, suplemento semanal de diarios de Grupo Noticias (15/08/20)

Uno de los libros más emocionantes y bonitos que he leído es, sin duda, Capitanes de la arena, de Jorge Amado. Pero no me hagan mucho caso. Lo que a uno le parece bonito a otros les puede parecer un horror. Tengo comprobado, además, que hay un nada despreciable (en cuanto a número) grupo de lectores a los que no les gustan los libros que hablan sobre desgracias (es decir, el ochenta por ciento de la literatura universal), a los cuales les recomiendo que no sigan adelante con este artículo en el que, además de esta novela del escritor brasileño Jorge Amado, vamos a hablar de literatura sobre sintecho o escrita por sintecho.

Capitanes de la arena cuenta las peripecias de una banda de niños de la calle, de meninos da rua de Salvador de Bahía (el libro se publicó en 1937, pero, por desgracia, sigue siendo terriblemente actual), sus temores, sus sueños y las razones que les llevaron a la marginación y la delincuencia. Las novelas de Jorge Amado, el gran narrador de la ciudad de Bahía, pobladas por prostitutas, vagabundos, campesinos, obreros, siempre lo hacen, siempre nos enseñan que tras cada una de esas historias hay una injusticia y que nadie nace ni se hace pobre por vocación. En el caso de Capitanes de la arena, por ejemplo, hay dos momentos de la novela que resumen perfectamente la misma: la escena de los meninos da rua subidos a un tiovivo en el que por unos momentos son capaces de olvidarse de la miseria, la violencia, el hambre en la que viven sumidos; o el capítulo en el que uno de ellos, Sin-Piernas,  es adoptado por una acomodada familia y se debate entre la misión por la que se deja acoger por esa familia: marcar la casa y facilitar al resto de la banda el asalto de la misma, y la felicidad que, repentina e inesperadamente, encuentra al sentirse por una vez querido —más allá de la camaradería de sus compinches—. Los niños de la calle, se puede concluir, son solo niños, y lo que le añade la apostilla “de la calle” es la persistencia a lo largo de los siglos de miseria, desigualdades y atropellos.

El pan desnudo de Mohamed Chukri
Jorge Amado narra la historia desde una óptica cercana al realismo social e incluso socialista, y así algunos de los capitanes de la arena evolucionarán a lo largo de la narración hasta convertirse en una brigada de choque de lucha obrera. Todo ello sin que de las páginas de esta novela se borren nunca los trazos profundamente líricos con que es contada.

Al igual que en las novelas de Jorge Amado, la literatura se ha ocupado en muchas otras ocasiones de quienes no tienen nada: vagabundos, alcohólicos, mendigos…, a veces con un halo romántico que se desvanece cuando los propios autores han sido sintecho y han escrito sobre ello, como el escritor bereber Mohamed Chukri, que fue otro niño de la calle y escapó a la pobreza a través de la literatura (aprendió a escribir con veinte años) dejándonos una obra memorable, a la altura de Capitanes de la arena  como es El pan desnudo (o El pan a secas, así ha sido traducido en sus últimas ediciones). 

Tom Kromer y Victor Hugo Viscarra
Otro escritor sintecho es el estadounidense Tom Kromer, autor de Nada que esperar, un clásico de la literatura de la Gran Depresión, que narra los cinco años que el autor pasó deambulando por albergues, vías de ferrocarril, descampados o pensiones de mala muerte. 

La vida de los vagabundos estadounidenses de ese periodo (retratada también en otros libros, como el magnífico Tallo de hierro, de Willian Kennedy, adaptado al cine por Héctor Babenco e interpretada en su papel protagonista por Jack Nicholson), está escrita en Nada que esperar sobre papeles de fumar o en los márgenes de los folletos religiosos de los albergues cristianos. Kromer refleja la desesperanza de un ejército de pobres vencido por el hambre y el desempleo, sus triquiñuelas para pedir limosna, la muerte de algunos compañeros, desmembrados al intentar subir en marcha a trenes de mercancías, las palizas de la policía…

homenaje a victor hugo viscarra Marco Tóxico | Victor hugo ...

A las palizas de la policía, precisamente, achacaba otro escritor vagabundo, el boliviano Víctor Hugo Viscarra, su ruina física, en lugar de a los treinta años malvividos en las calles de La Paz, o al alcohol trasegado durante todo ese tiempo. Víctor Hugo Viscarra, que murió en 2006 a los 49 años cuando parecía que tenía 70, dejó títulos como Alcoholatum y otros drinks, en los que describe la vida de los borrachos, delincuentes y vagabundos de La Paz, es decir, su propia vida: los bares como pudrideros (bares con nombres como El pezón de la mariposa o El Averno; bares en los que es posible encerrarse bajo candado para beber hasta reventar, literalmente); el sexo indigente,  buscando calor en la pestilencia y la llaga; el mundo y el lenguaje del pequeño hampa paceño… De Víctor Hugo Viscarra, una leyenda de la noche y de la literatura maldita boliviana, se han ocupado más y mucho mejor otros autores como Alex Ayala o Miguel Sánchez-Ostiz; y la editorial gasteiztarra Mono Azul, con Jabo H. Pizarroso al frente, publicó su título quizás más conocido y accesible, Borracho estaba, pero me acuerdo.

El escritor apestado, y Miquel Fuster
El mexicano Carlos Flores Vargas no es propiamente un escritor sintecho, pero sí se puede decir que vive y trabaja en la calle, que la recorre cada día de arriba abajo con sus libros a cuestas, y con los recortes de prensa que hablan de “su caso”. Ganador del prestigioso concurso internacional de cuentos Max Aub en 1988, Flores firmó un contrato con la editorial mexicana Diana, pero esta retuvo sus cuentos, dilató ad infinitum la publicación de los mismos, ante lo cual el escritor inició una huelga de hambre frente a sus oficinas e incluso amenazó con amputarse y comer su propio brazo si la editorial no cumplía el contrato. La editorial finalmente indemnizó al escritor pero su pequeña victoria fue a la vez su tumba, pues a partir de ese momento ninguna otra editorial quiso publicar a un autor con fama de conflictivo como Flores Vargas. Desde entonces, este vende de manera ambulante sus libros, que él mismo edita bajo sello propio (El patito feo), por el Zócalo de México DF. Por cada uno de ellos pide 0,60 pesos, y además tiene una página web, www.elescritorapestado.com, en las que se pueden leer algunas de sus obras, como Cuentos de sexo o Estela y la sangre.

Un caso más cercano es el del dibujante e ilustrador barcelonés Miquel Fuster, que tras entrar como aprendiz con dieciséis años en la Bruguera y trabajar como ilustrador durante un tiempo en otras editoriales de prestigio, como Norma, o agencias de prestigio como Selecciones Ilustradas, se vio en la calle a causa de una acumulación de desgracias: una ruptura sentimental, el refugio en el alcohol, el incendio fortuito de su vivienda… Miquel Fuster pasó quince años viviendo al raso, sobreviviendo gracias  a la mendicidad, hasta que en 2007 comenzó a publicar sus vivencias en un blog que finalmente se convertiría en una novela  gráfica titulada Miquel, 15 años en la calle. Miquel mantiene además un blog  (www.miquelfuster.com) en el que se pueden ver algunas páginas de este trabajo, y otras ilustraciones de trazo desgarrado y oscuro que dejan constancia de sus años como sin techo.

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Fuster, Viscarra, Flores, Jean-Marie Roughol, cuya autobiografía se convirtió en un best-seller en Francia, los cuatro vagabundos polacos autores de Invisible, un curioso libro cuya tinta solo es visible bajo cero, de modo que quienes lo lean sientan qué es vivir a la intemperie, el Diario de una vagabunda de la japonesa Fumiko Hayashi… Hay, en definitiva y por desgracia, muchos capitanes de la arena y, para disgusto de esos “lectores” que citábamos más arriba, nos tememos que, como decía el tango de Discépolo, puesto que “el mundo fue y será una porquería”  seguirá habiendo también quien, afortunadamente, dé cuenta de ello en novelas crudas y hermosas como las de Mohamed Chukri o Jorge Amado.

EL OSO MITROFÁN

Ago 13, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 23/08/20

Yo lo supe años después, pero en una ocasión estuve a punto de ser denunciado acusado de injurias al rey, a cuenta de un cuento en el que hablaba del cabrón del rey (me refiero a un macho cabrío —¿o era un oso?, no recuerdo bien— que este abatió en una de sus cacerías, que nadie piense mal; bueno, que cada uno piense lo que quiera, a ver si al final también van a estar penado pensar). La cuestión es que alguien leyó en una radio mi cuento, que yo había publicado previamente en un fanzine revoltoso, y algún jefazo de la cadena, al que no le hizo ninguna gracia el juego de palabras, amenazó con emplumarme. Por suerte, para mí, quien leyó ese cuento —el mismo que me lo contó años después— al parecer no solo intercedió en mi favor sino que ofreció a cambio su cabeza, es decir se le invitó a dejar de colaborar con la emisora.

El rey, por entonces, era intocable, a pesar de que se caía mucho. Sigue siéndolo, de hecho, ahora que su figura parece tambalearse más que nunca (en realidad es el falso balanceo de un tentetieso que es a la vez una muñeca rusa y que al final dejará todo en su sitio; la única manera de acabar con la monarquía es tirar el juguete a la basura).  El rey, decíamos, sigue siendo intocable, hace apenas unos días, por ejemplo, hemos sabido que la fiscalía investiga a dirigentes de varios partidos por sus comentarios sobre el emérito, que es de momento a quien nos referimos, luego ya le tocará al preparao. El rey nos trajo la democracia, el rey nos salvó del golpe de estado, el rey era un tío cojonudo, como los espárragos a los que daba nombre una de sus ocurrencias, el rey era un profesional, ¡viva el rey! Y si no a la audiencia nacional. Como los del oso Mitrofán.

La Audiencia Nacional reabre la causa del 'Osito Mitrofán'

Porque, ahora me acuerdo, sí, al final, era un oso (y esto no es un cuento, es rigurosamente cierto). El oso Mitrofán. Lo emborracharon con cóctel de vodka y miel —eso fue al menos lo que reveló un funcionario ruso— para que don Juan Carlos-escopeta caliente lo abatiera en una cacería a quinientos kilómetros de Moscú. Y así fue, el oso Mitrofán, que era “bondadoso y alegre”, de ese modo lo describen las crónicas, cayó muerto de un solo disparo. “Estaba cocido”, rotularon, junto al sonrosado rostro del monarca, en una viñeta que apareció publicada en los diarios Deia y Gara. Y sus autores, claro, fueron llamados a declarar, daba igual que evidentemente se refirieran al oso, del mismo modo que yo en mi cuento me refería al cabrón, es decir, al macho cabrío.

Por cierto, y por si a alguien se le ocurre rematar la faena y demandarme ahora, la denuncia contra aquellos humoristas no prosperó (claro que el acojone, en plan matón togado, no nos lo quita nadie). Eso es en el fondo, lo que perpetúa la monarquía, no tanto la propia familia real (da lo mismo, en realidad, si quienes la componen son ejemplares o unos golfos, la institución per se es anacrónica y antidemocrática, ni siquiera deberíamos plantearnos un referéndum, del mismo modo que no se vota sí o no al cinturón de castidad), sino sus palanganeros y porteadores. Los “yo no soy monárquico sino juancarlista”, aquellos a los que les parecían tan graciosos la peineta en Vitoria y el ¿por qué no te callas? en Chile, o un negocio redondo para el país los chanchullos con sus hermanos los señores feudales saudís… Muchos de ellos son los que ahora han colaborado en la huida del campechano; otros meten tanto ruido como antes era atronador su silencio. Y todos, en cuanto pase este agostazo mal medido pero agostazo a fin de cuentas, volverán a doblar lacayunos la cerviz ante el preparao, del que a su vez airearán otros sus miserias —es un decir— cuando le hayan hecho hueco en el trono al culo trasparente y constitucional de la que venga detrás por la gracia de Dios y de Francisco Franco. 

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