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RITOS DE INICIACIÓN. Reportaje y portada en ON

jul 27, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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El encierro txiki, un tropezón de la giganta Braulia, los sanfermines del 78, un reventa de trece años… El escritor pamplonés Patxi Irurzun rememora en estas páginas recuerdos en blanco y rojo de sus sanfermines de niñez y adolescencia.

Como diría Lemmy Kilmister: mis primeros sanfermines fueron maravillosos, no me acuerdo de nada. Bueno, eso en realidad y en el sentido al que se refería el cantante de Motorhead, sucedería más tarde, siendo ya veinteañero, pero mis primeros recuerdos sanfermineros también vienen a mi mente de un modo difuso, en una nebulosa en la que —¿ a qué huelen las nubes?— predominan los olores y los hedores: a orina y a algodón de azúcar, a churros y a vino peleón, a sobaco y a rabas…

Pero hay también imágenes: la giganta Braulia trastabillando y a punto de caer sobre nosotros, un mediodía en Carlos III, cuando todavía en medio de la avenida había “hierbín” y árboles altos (yo creo que Braulia se golpeó con uno de ellos); la primera persona vestida de blanco nuclear atisbada desde la ventana, la mañana del 6 de julio; Donan Pher, un misterioso explorador, con salacot y unas fotos con serpientes al cuello, vendiendo bolígrafos en el Paseo Sarasate…; y hay, además, sonidos: el corazón de la ciudad convertido en un bombo; los charlatanes de las barracas, que alegría, qué alboroto, y otro perrito piloto; la voz de veinte mil personas elevándose al cielo en una sola desde el redondel, como una gran boca, de la plaza de toros…

“¡Montón, montón!”

Quizás el primer recuerdo sanferminero completo que guardo en mi memoria es el de un encierro en la plaza de toros, precisamente, que mi madre nos llevó a ver cuando yo tenía siete u ocho años. Conseguimos localidades frente al callejón. Vimos al entrar al primer corredor, un borrachín descamisado, al que el público silbaba y tiraba almohadillas, que esquivaba con gracia torera. Después llegaron algunos corredores más, y luego más y muchos más, hasta que sus figuras dejaron de perfilarse, se convirtieron en un borrón que sin embargo se extendía con una precisión casi geométrica a ambos lados de la plaza (a aquello le llamaban hacer el abanico, yo no sabía por qué, pues me resultaba imposible identificar esa imagen; tal vez debía su nombre al flujo de corredores, que cada vez se aceleraba más, a medida que subía la temperatura de la carrera). Y de repente, sucedió algo, algo que no estaba previsto, algunos mozos tropezaron en el callejón, y después otros con ellos, y en apenas unos segundos, aquel flujo se detuvo.

—¡Montón, montón! —gritaba excitado el público, señalando la pared humana, en la que no tardaron en dibujarse las cabezas de algunas reses, que trataban de abrirse paso entre los mozos, pisoteándolos torpemente.

No sé cuánto tiempo duró aquello. En la plaza se oían gritos, lloros, había madres que cogían en brazos a sus hijos y les tapaban los ojos, o los sacaban fuera…. La mía, mi madre, apretó con fuerza mi mano, y fue disminuyendo la presión a medida que la montonera humana fue deshaciéndose, gracias a los corredores que sacaban a estirones a los que estaban atrapados. A alguno de ellos se lo llevaron en brazos, amoratados e inconscientes. Al día siguiente supimos que un joven de 17 años había muerto asfixiado. Vivía a solo cien metros de nuestro portal.

Sanfermines 1978

Los sanfermines, como el fútbol,  son así. Unas fiestas de extremos, en las que el vino deja siempre un regusto a sangre, y al revés.  Unas fiestas que se viven con una alegría desbordante, mientras, como una amenaza imprecisa, la tragedia y la violencia sobrevuelan nuestras cabezas. Unas fiestas en los que los padres se empeñan en llevar a sus hijos a ver al encierro o a que los kilikis les golpeen con una verga.

Un año después de aquel encierro, por ejemplo, en 1978, las fiestas fueron interrumpidas el día 8 de julio, cuando la policía asesinó a Germán Rodríguez, tras irrumpir en la plaza de toros, donde unos mozos habían desplegado una pancarta pidiendo Amnistia. “¡Tiren con todo lo que tengan!”, ordenaba un mando por la radio interna. Y tiraban, tiraban, por ejemplo pelotas de goma cuando te asomabas a la ventana al ver pasar las furgonas de los grises, que entonces creo que eran ya marrones, eso también lo recuerdo, como recuerdo cómo abandonamos la ciudad, en el 127 de mi madre, y a aquel manifestante que se acercó enarbolando con las dos manos sobre su cabeza una piedra enorme, cuando intentamos atravesar una barricada, y cómo al vernos a los cuatro niños en el asiento de atrás tiró la piedra al suelo y él mismo nos franqueó el paso. “Gora San Fermín!”, gritó levantando el puño. Pues gora.

Por un puñado de pipas

Después de eso, vinieron los años de exilio (los pamploneses se dividen en dos grupos, los que adoran sus fiestas y los que huyen despavoridos del tumulto, el ruido  y la suciedad). Fueron cuatro o cinco años, y para cuando volvimos a quedarnos a pasar las fiestas en Pamplona, yo ya estaba talludito y salía con mis amigos, sin padres, libres y salvajes. Tirábamos petardos, bebíamos culos de vasos olvidados en las barras… Un año, hasta nos hicimos reventas.

—Eh, chavales—nos dijo una tarde, en las inmediaciones de la plaza de toros un gitano con una barriga enorme y una camisa llena de bolsillos—. Si os ponéis en esa fila —señaló las taquillas de la plaza— os damos veinte duros. Y os compramos una bolsa de pipas de las grandes, para que os entretengáis mientras esperáis.

Y antes de contestar ya nos estaban agarrando del brazo, con las manos sudadas y las uñas negras por la tinta de las entradas y la roña de los billetes, y llevándonos hasta la cola.

—El dinero luego, las pipas aquí las tenéis —dijo.

Y allá nos pusimos a esperar a que abrieran las taquillas, pelando pipas, clic, clac, y cada una sonaba como algo que se quebraba por dentro de nuestros cuerpos. Sin atrevernos a mover un solo músculo (que no fuera el de cascar pipas).  Después apareció un borracho, y empezó a decir tonterías de borracho, y más tarde un antitaurino, que era mudo, con sus carteles escritos abigarradamente a mano, y el borracho se solidarizó con él: “¡Las plazas de toros hay que reconvertirlas!”, gritaba, “¡Concursos, concursos de polvos sobre la arena, habría que hacer!”, y las familias enteras de gitanos que también guardaban cola junto a nosotros se retorcían de risa en sus sillas de camping, oyéndole e imaginándose a unos cuantos payos blancuchos con el culo al aire, y nosotros poco a poco fuimos relajándonos y sacudiéndonos el miedo…

Recuerdo que después se fueron los dos, el borracho y el antitaurino, y los gitanos se echaron una siesta, y que a nosotros se nos acabaron las pipas, y que también decidimos largarnos.

Al día siguiente, quedamos donde la estatua de Hemingway, como siempre. Y como siempre mis amigos llegaron tarde. En realidad, ni siquiera sé si llegaron, porque mientras estaba esperándoles, de repente vi venir pisando muy fuerte y con el ceño convertido en una grapa al gitano de la gran barriga y la camisa llena de bolsillos. Salí pitando. Durante todos aquellos sanfermines no pude quitarme del brazo el olor a tabaco negro y a billetes que pasaban de mano en mano. Y, por supuesto,  estuve una buena temporada sin comer pipas.

Encierro txiki

Aquella se podría decir que fue, aunque precaria y sin contrato, mi primera experiencia laboral. Los sanfermines de hecho son casi siempre, para un pamplonés, la primera vez de algo. Primeros trabajos (como camarero, como “naranjito” —como se conoce popularmente a los vigilantes de protección civil —,  como operario de limpieza…). Primeros besos. Primeras heridas.… Ritos de iniciación. La vida convertida en un método de ensayo/error: primeras borracheras/ primeros viajes en la ambulancia de la DYA; primeros intentos de gaupasa/ primeras noches durmiendo y temblando en jardines o bancos; primeras incursiones en la calle Jarauta / primeros efectos radioactivos del kalimotxo en polvo y los bocatas de txistorra de los puestos callejeros…

Hubo un tiempo incluso en que durante  los sanfermines los niños y adolescentes de Pamplona corrían su primer encierro, con animales de verdad, no de cartón, becerras con sus cuernos incipientes asomando en la testuz, con la que rompían indiscriminadamente fémures y crismas entre la chavalería, todo ello sin que ningún  padre demandara al ayuntamiento. Eran otros tiempos, tiempos bárbaros en los que se fumaba en las villavesas y en la consulta del médico y el que más fumaba era el médico.

El encierro txiki, así se llamaba, arrancaba al final de la calle Estafeta, donde desencajonaban desde un camión a las pobres y asustadas becerras,  que salían en un trote alocado y nervioso llevándose todo lo que se encontraban por delante, por ejemplo a mi amigo Natxo, que en una de las carreras se fue al suelo con un trompazo, rompiéndole a él la clavícula y a nosotros, al resto de interesados amigos, la racha de noches que llevábamos cenando gratis en una pizzería en el barrio de San Juan que regentaba su familia y que, en aquella época, era el súmmum del exotismo gastronómico (yo, de hecho hasta entonces nunca había probado la pizza y, como generalmente solíamos cenar durante los fuegos artificiales,  cada vez que me llevaba a la boca un trocito notaba una explosión de sabor en el cielo de mi paladar).

Algunas veces, en vez de con mis amigos, yo corría con mis hermanos, y de hecho en una ocasión a mi hermana la entrevistaron al acabar la carrera para un documental titulado “Porque llegaron las fiestas”, que exhibieron meses después en los cines. Nosotros lo vimos en el Príncipe de Viana, bajo una gran lámpara de araña, antes de que las salas de cine fueran borrándose del centro de la ciudad, primero atomizándose en multicines, después tragadas por la voracidad inmobiliaria. Nos meábamos de la risa, señalando a mi hermana en la pantalla grande, tan seria, tan guapa, diciendo que a ella no le daban miedo las vaquillas.

He buscado después muchas veces aquella película, que dirigió Jesús Sastre, sin éxito. Nunca la he vuelto a ver, y por eso no sé si algunos de las imágenes que conservo en la memoria asociadas a ella aparecían en el documental o pertenecen a esa nebulosa de recuerdos sanfermineros infantiles y de adolescencia, anteriores a la otra nube, esta psicotrópica,  que vendría después, en los sanfermines de juventud, sanfermines de noche en los que la única luz que veíamos era la de los bares y la de los mecheros (pero esa es otra historia).

Creo recordar, por ejemplo, en aquel documental, un gran polo de hielo naranja pasando de lengua en lengua por el tendido de sol; a un tipo con la cara ensangrentada que se había caído muralla abajo y que aseguraba ser cura, todo lo cual no cuadraba con lo que, con una voz nicotínica y apatxaranada, añadía a continuación: “¡Me he metido una hostia!”; otro al que le preguntaban de qué peña era y contestaba embrutecido que de la ETA…

Sí, todo ello se mezcla en mi cabeza con otras imágenes, sonidos, sabores: la música de las charangas que se podía palpar con los dedos; un tigre dentro de mi estómago devorando los churros de la Mañueta después de que lo hiciera yo; un lecho de boletos sin premio de la tómbola en el suelo;  la voz de alguien revelándome que Donan Pher, el nombre del explorador del salacot, en realidad era Fernando al revés…

No evoco todos estos recuerdos con nostalgia ni añoranza. No echo nada de menos. Algunas cosas, de hecho, como la dimensión y sobredimensión taurina de la fiesta no las entiendo ni las comparto. Creo que hay otros sanfermines posibles, y tantos sanfermines como personas que los viven o sufren. Sanfermines de día, sanfermines trabajando, sanfermines en Salou… Pero lo que no se puede negar es que gran parte de los recuerdos de cada pamplonés, para bien o para mal,  están irremediablemente asociados a sus fiestas, y que conforme estas se acercan la memoria y la piel se erizan. Estos sanfermines, por tanto, como los pasados o lo que vengan serán de nuevo inolvidables para muchas personas; incluso, o sobre todo, para aquellos que cuando terminen no recuerden nada, como si todo hubiese sido un sueño.   ¡Felices fiestas!

 

 

DE CERVANTES A LA BRUJA AVERÍA, Y VUELTA A EMPEZAR

jul 25, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog, seis grados  //  No Comments
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Publicado en ON, semanario de Grupo Noticias, 22/07/2017
SEIS GRADOS

La teoría de los seis grados de separación dice que podemos conectarnos con  cualquier otra persona del planeta Tierra a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.


DE CERVANTES A LA BRUJA AVERÍA
y vuelta a empezar

 

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro ­­­—que en nuestra edad de hierro tanto se estima— se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.

Así escribe en el capítulo XI de la primera parte del Quijote un Cervantes libertario del cual, aprovechando el 501 aniversario de la publicación  de su universal obra, nos vamos a ocupar hoy en esta sección, que arranca con el manco de Lepanto —que en realidad no lo era—  y acabará desembocando  en los bares de rocanrol del Casco Viejo de Pamplona y otras cuevas, como la de la Bruja Avería.

¿Que por qué 501 aniversario?, pregunta una voz al fondo. Pues para romper con la tiranía de las fechas y las horas redondas. ¿Por qué fijar las citas a las horas en punto o a su cuarto o su mitad? ¿Por qué no a las dos y veintitrés o a las veintitrés y dos? ¿Por qué los centenarios y no los cientounarios? ¿Y qué mejor homenaje para dos locos maravillosos como Alonso de Quijano y Cervantes que una sandez como esta?…
Resultado de imagen de el quijote de alcaláLocos, libertarios y antisistema, así al menos ha titulado el historiador Emilio Sola un libro dedicado al escritor de Alcalá de Henares: Cervantes libertario. Cervantes antisistema. A menudo se nos ha hecho tragar ruedas de molino para acabar identificando al Quijote con las esencias patrias más rancias y carpetovetónicas, pero en esta obra Emilio Sola deja constancia de cómo también los anarquistas han reivindicado para sí su triste figura y la de Cervantes. Y así, en Cervantes libertario. Cervantes antisistema se nos cuenta la peripecia de un grupo de exiliados republicanos a Argel que promovieron un homenaje al escritor colocando una placa en la gruta en la que este se refugió tras escapar de su cautiverio a manos de corsarios berberiscos.

Al frente de este grupo se encontraba el periodista y escritor navarro José María Puyol. Nacido en Cascante en 1881, Puyol fue una de las 2638 personas que en marzo de 1939 lograron embarcar en un cascarón llamado Stanbrook y huir desde Alicante hasta Orán sorteando las bombas fascistas. Tras permanecer a bordo del barco cuarenta días, sin apenas agua ni alimentos, Puyol sería confinado en diferentes campos de concentración y liberado tras largos sufrimientos. En los años posteriores colaboraría prolíficamente en diferentes periódicos libertarios, como Solidaridad obrera, primero en Orán y más tarde en Francia, bajo cuyo sello también publicó un libro titulado Don Quijote de Alcalá de Henares, con el que intentó propagar su devoción laica por Cervantes, a quien consideraba una especie de santo ácrata.La imagen puede contener: texto

No sería este el único libro que escribiera el cervantista PUYOL (así, solo con su apellido y en mayúsculas lo firmó); publicó también la novela El rodar de las almas y fue autor de una biografía, que nunca llegó a editarse y acabaría perdiéndose, sobre quien fuera su compañero de correrías, el legendario Pedro Luis de Gálvez, icono de la bohemia literaria de principios del siglo XX (aunque la vida del propio Puyol tampoco se queda manca —como no se quedó Cervantes— y necesitaríamos otro artículo entero para contarla).

De Pedro Luis de Gálvez se narran decenas de desmesuras: sablazos, borracheras, asesinatos en serie de monjas, presidio, finalmente ejecución ante un pelotón de fusilamiento… Pero sin duda la más conocida y escabrosa de todas es aquella que recoge Pío Baroja en La caverna del humorismo, donde lo retrata recorriendo los cafés madrileños con una caja de pasas bajo el gabán en la que transportaba el cadáver de su hijo, fallecido al nacer. Gálvez pedía limosna para enterrarlo y para un vaso de vino que le aliviara el dolor.

Gálvez aparece además en Luces de bohemia, la magistral obra de teatro de Valle-Inclán, haciendo de sí mismo en el coro de modernistas que aclaman a Max Estrella (personaje que probablemente también inspiró el propio Gálvez junto con otros bohemios hardcore como Alejandro Sawa). Por cierto, que de los espejos deformantes del Callejón del Gato que aparecen en la obra de Valle y que deberían ser hoy en día, cuando el esperpento gobierna el mundo, más que nunca monumento nacional, solo quedan una réplicas birriosas que adornan con más pena que gloria la fachada del bar Las Bravas, en Madrid, famoso por sus patatas ídem (aunque los dueños del bar aseguran que los originales pueden verse dentro).

De Gálvez se ha ocupado mucho y bien otro escritor, el baracaldés, sí, baracaldés —al menos de nacimiento— Juan Manuel de Prada, por ejemplo en su inspiradísima novela Las máscaras del héroe;  de él y de otros escritores raros, bohemios y generalmente malogrados, como Armando Buscarini, Emilio Carrere o Ramón Gómez de la Serna. Emulando a este último, autor además de sus famosas greguerías, de una obra titulada Senos, Prada publicó la Resultado de imagen de JUAN MANUEL DE PRADA COÑOScolección de relatos  Coños, sí, Coños, así se las gastaba por entonces (y últimamente también) el columnista de ABC, cuya firma durante la década de los 90 no era extraño encontrar en fanzines revoltosos como Monográfico, junto a la de otros autores emergentes como Ray Loriga, Lucía Etxebarría, o, ejem, ejem, Patxi Irurzun.

Monográfico, que además de un fanzine era la mejor guía de garitos del país, pues en sus páginas aparecían anunciados todos aquellos que la distribuían, se podía encontrar, por ejemplo y si no recuerdo mal, en bares míticos de La Kutxi gasteiztarra o de lo viejo de Pamplona, como el Toki Leza (el bar, por cierto, al que Barricada bautizó como La esquina del zorro en su canción homónima, aunque en realidad no hiciera esquina, del mismo modo que el manco de Lepanto no era estrictamente manco, es decir no perdió la mano en aquella batalla, sino que se le quedaría tonta como consecuencia de un arcabuzazo) o el Terminal, que este año celebra treinta años programando conciertos (a nosotros para este artículo nos habría venido mejor que fueran 29 o 31, pero todo no puede ser).Resultado de imagen de FANZINE MONO GRÁFICO

Por el apretado escenario del Terminal (menudo nombre para un bar, por cierto, si uno tiene problemas con la bebida, al menos) han pasado infinidad de grupos, algunos de los cuales acabarían años después llenando pabellones, como es el caso de los madrileños Pereza. “¿Y para cuándo lo de la Bruja Avería?, pregunta impaciente la voz del fondo. A eso vamos, pues resulta que Pereza grabó una versión de La bruja avería en un disco recopilatorio y solidario titulado Patitos feos en el que diferentes grupos de rock versionaban clásicos infantiles, como, entre otros, Casimiro, a cargo de La Cabra Mecánica, Mi mono Amedio y yo, que interpretaron Los piratas, y en el que también participaba Mago de Oz que revisitaba (atención, porque con esto cerramos el círculo) la canción Sancho, Quijote de la recordada serie de dibujos sobre el ingenioso hidalgo al que en buena hora dio vida Miguel de Cervantes Saavedra.

 

 

 

 

 

 

“Bajo los robles navarros”, una novela escrita con hambre

jul 18, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Gara (16/07/2017)

Tras El barrio maldito y Centauros del Pirineo, Txalaparta publica la tercera entrega de la serie navarra del escritor Félix Urabayen,  Bajo los robles navarros, novela póstuma, escrita bajo la sombra amenazante del golpe militar,  de la que el autor trata de zafarse trazando luminosas estampas de los paisajes, el paisanaje y la gastronomía navarros.

¿Por qué escribiría Urabayen (1883-1943) Bajo los robles navarros, un locus amenus, en cierto modo, una novela de estampas idílicas sobre la geografía y los tipos humanos de Navarra, en mitad de una guerra sanguinaria y genocida? Porque tenía hambre. Así lo explica su hija en el prólogo que se incluye a la magnífica edición de esta, la tercera de las novelas que componen la serie navarra del autor de Ulzurrun. “Urabayen tenía hambre”, escribe María Rosa Urabayen. “Hambre de paz, de silencio, de olvido, pero sobre todo de pan. Fue un escritor de evasión, como decimos ahora, que intentó anegar en los recuerdos de su infancia montañesa el horror desencadenado a su alrededor por el galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Por eso se recrea, página tras página, en la descripción de los banquetes pantagruélicos de las fiestas pueblerinas, se deleita en los detalles de los guisos y condimentos, en la abundancia y suculencia de los platos regionales, a la manera del hambriento que mitigase sus ayunos leyendo un libro de cocina”.

Bajo los robles navarros  no es, sin embargo, un libro de cocina, aunque en él se sucedan las loas al cordero al chilindrón, al cochinillo torrado con almendras y castañas, al carnero con caracoles, a la Baztan–zopa, a  la trucha a la navarra… y uno de sus protagonistas, Eraso, el tabernero, sea una especie de inspector de la guía Michelín avant la lettre que durante el verano se dedica a recorrer Navarra en fiestas, de banquete en banquete, en los que es siempre convidado porque su “opinión es dogma, que nadie osa discutir”.

Bajo los robles navarros quizás es una novela más deslavazada que aquellas por las que Urabayen es más conocido (las dos que anteceden a esta en la serie navarra, El barrio maldito y Centauros del Pirineo,  también editadas por Txalaparta, y a las que seguirá La última cigüeña, que completa la tetralogía), pero también están en las páginas de esta novela todo cuanto caracteriza la literatura de Urabayen: su talento para la ironía o la facilidad para trazar estampas (a Bajo los robles navarros, por cierto, la acompaña en la edición Estampas de mi raza, un antología de artículos publicados en El sol en los que Urabayen retrata también ambientes y paisajes de Gipuzkoa, entre otros textos).

El propio argumento trae reminiscencias de El barrio maldito y el tema del amor imposible (en aquel, entre el arizkundarra Pedro María Etchenique y una agote, en este entre el molinero cantor, Larumbe y la sobrina de Eraso, el tabernero, Juana-Mari). A Urabayen se le ha achacado a menudo la debilidad de sus tramas (y en el caso de Bajo los robles navarros cierto es, pero tampoco importa demasiado, porque como señala su hija en el prólogo: “Todo el que haya leído una página de Urabayen volverá a encontrarlo en este libro”), pero es curioso que novelas como Centauros del pirineo (sobre los contrabandistas) o El barrio maldito (sobre la raza maldita) no encontrarían hoy ninguna dificultad en ese sentido para convencer a un agente literario, y lo que jugaría en su contra sería es estar demasiado bien escritas.

Es ese uno de los argumentos, su aporte de calidad a la literatura actual, que desde Txalaparta señalan para recuperar a Urabayen. Consideran además que “las cuatro obras que van a ver la luz en nuestra editorial podrían estudiarse en cualquier facultad de historia”, e incluso esta estampa idealizada que es Bajo los robles navarros aparece rasgada en sus últimas páginas por el zarpazo fascista y la irrupción en ellas del golpe militar. Una obra, en definitiva, y un autor a menudo olvidados, y reivindicados en la magníficamente editada, por otra parte, tetralogía de Txalaparta.

 

***

Félix Urabayen

Felix Urabayen (Ulzurrun 1883, Madrid, 1943) es uno de los prosistas más destacados de la generación literaria de preguerra y la figura más destacada de la narrativa navarra del primer tercio del siglo XX. Fue profesor y ocupó el cargo de consejero de Cultura en el Gobierno de Azaña. Detenido y encarcelado durante la guerra civil, compartió celda con intelectuales como Miguel Hernández o Antonio Buero Vallejo. Fue liberado en 1940, enfermo de cáncer de pulmón,  y pasaría sus últimos años en Pamplona, donde terminaría de escribir Bajo los robles navarros. Sus obras más destacadas son Centauros del pirineo, en la que recrea la vida de los contrabandistas, y El barrio maldito, sobre  los agotes de Arizkun y donde recrea literariamente los sanfermines, anticipándose a Hemingway y su Fiesta.

DEDÍCATE A LA POESÍA

jul 18, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  2 Comments

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Publicado en Rubio de bote (semanario ON de Grupo Noticias 15/07/2017)

 

Recuerdo que mis tíos solían llevarnos al fútbol, a mi hermano y a mí, cuando éramos pequeños, y que nosotros íbamos al campo con unos tebeos de Mortadelo y Filemón para leerlos durante los partidos. Las cabalgadas de Martín por la banda o los goles hasta con el bigote de Iriguibel nos provocaban muchísimo menos regocijo que cualquiera de las contraseñas de los dos patosos agentes de la T.I.A., como, por ejemplo, “Los calvos con melena me dan pena”, “En Albacete son ahora las siete” o “Los tipos que fuman puro tienen cara de canguro”.

Esta última nos hacía mucha gracia, porque estábamos rodeados de canguros.

Creo que fue allí, en un campo de fútbol, cuando escuché por primera vez algún comentario despectivo hacia  una actividad artística. Un jugador falló un  penalti o el árbitro pitó algo con lo que la afición no estaba de acuerdo y un tipo que estaba  a mi lado le gritó:

—¡Dedícate a la poesía!

La poesía debía de ser algo terrible y humillante, todavía mucho peor que ser linier, esos señores a quienes durante los partidos ametrallaban con escupitajos y bolazos de papel de plata y mecagüentuputamadres.

Luego, a lo largo de mi vida he escuchado muchas otras expresiones parecidas: no seas teatrero, deja de filosofar, menudo cuentista estás hecho, vaya payaso,  y así hasta el anuncio (retirado) de Mahou en el que pagan a los músicos con cerveza.

Últimamente también les ha dado por las performances (y eso incluso antes de la aparición de la navarrísima penitente que se fustigaba con una txistorra). Cuando algún político, como Albert Rivera, quiere ridiculizar, por ejemplo, la moción de censura de Podemos o el referéndum de autodeterminación catalán, dice que es una “performance”.

En la mayoría de los casos estas expresiones son frases hechas, pero es llamativa la facilidad con que se convierten en frases hechas estas y no otras, como por ejemplo “Dedícate a la nanotecnología” o “Eres menos original que las declaraciones de un futbolista”. Al contrario, las declaraciones de futbolistas, siguen llenando cada día periódicos, telediarios y boletines de radio.

Las actividades artísticas siempre se han mirado con recelo, o por encima del hombro. No está bien visto dedicarse a lo que a uno le gusta, lo cual ya es el colmo, porque la mayoría de los artistas en realidad no pueden dedicarse a “lo suyo”, no viven de ello, aunque a algunos les cueste creerlo.  Siempre me sorprende que a la gente le sorprenda o no sepa que un escritor percibe —cuando lo percibe— tan solo el 10%  de las ventas de sus libros (y que una edición que logra vender hoy en día más de quinientos ejemplares es ya un superventas; calculando que una novela puede costar entre quince y veinte euros y que al autor puede haber tardado dos o tres años en escribirla, el beneficio es de unos trescientos euros al año; ni para pipas, vamos). Del mismo modo, la mayoría de los actores, fotógrafos, pintores,  músicos, no se ganan el pan con sus cuadros, actuaciones, exposiciones, discos y conciertos, sino volviéndose vulgares cada vez que se bajan de un escenario y trabajando como pintores de brocha gorda, operarios o profesores (lo cual tampoco es de extrañar si es moneda corriente pagarles con cerveza; o no pagarles, en el caso de escritores y komikilaris, que como todo el mundo sabe siempre están dispuestos a enrollarse y no les cuesta nada escribir cuatro líneas o hacer un monigote).

Todo ello, en definitiva, creo que es muy significativo del aprecio que, en general, se tiene hacia la cultura por estos pagos (o sea, por estos no pagos). Quizás la solución sea titular a todos los libros de poesía Partido a partido y llenar sus páginas con estribillos futboleros como “No hay rival pequeño”, “Cuando el balón no quiere entrar no entra” o “Ni antes éramos los mejores ni ahora los peores”.

 

DE EL DROGAS A FIDEL CASTRO. Y DE LA HABANA DE VUELTA A PAMPLONA

jul 17, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog, seis grados  //  No Comments

 

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Publicado en ON, suplemento semanal de Grupo Noticias 15/07/2017

 

SEIS GRADOS/ La teoría de los seis grados de separación dice que podemos conectarnos con  cualquier otra persona del planeta Tierra a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.

Patxi Irurzun

DE EL DROGAS A FIDEL CASTRO
y de La Habana de vuelta a Pamplona

En los años 80 y 90, quienes en realidad aborrecían el heavy metal pero les daba reparo reconocerlo (o al revés, quienes lo escuchaban en secreto) decían aquello de que los heavys  también tenían su corazoncito; y el corazoncito de los heavys, por lo visto,  en vez de sangre debía de bombear melaza, porque se referían a la típica balada empalagosa que por cupo, o para colarse en las emisoras comerciales, debían incluir en cada disco: por ejemplo, el Nothing Else Matters de Metallica o el Still Loving you de Scorpions; bueno Scorpions acabó sacando discos de baladas en los que, por cupo, metían alguna canción heavy.

En el primer trabajo de Barricada, Noche de rock & rol  —en cuya portada vemos a El Drogas y al resto del grupo jugando al billar en el legendario y subterráneo bar Viana de Pamplona, aquel al cual le sudaban las paredes—, la canción Pídemelo otra vez podía ser la balada del disco. Como la mayoría de los temas que lo formaban, la cantaba de manera poderosa Sergio Osés, quien después abandonaría la banda. Sin embargo, hay una sorprendente maqueta previa que grabó Marino Goñi en los estudios que Soñua tenía en el pamplonés barrio de la Txantrea, en la que podemos escuchar a ¡Ramoncín! entonando el tema. ¡Horror!, exclamarán algunos. Pero lo cierto es que Ramoncín, en aquella época y por estos lares era capaz de llenar pabellones, como el Anaitasuna, donde grabó un directo; pabellones en los que además se le jaleaba con un cariñoso

“¡Ramontxo, Ramontxooo!”

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Sí, sí, el de Vallecas era un auténtico ídolo de masas entre la chavalería, y los grupos que comenzaban a abrirse camino en el mundo del rocanrol, como Barricada, recurrían a él de un modo referencial y reverencial. Después, con el tiempo, Ramoncín se convertiría en el muñeco del pinpanpún, no vamos a entrar aquí a profundizar si justa o injustamente (en mi opinión y la de los jueces muchas veces lo segundo), pero el odio, que a menudo va de la mano de la ignorancia, no puede cegar nuestros ojos ni taponarnos los oídos y permitir que generaciones de millenials crezcan sin saber o sin querer saber que Ramoncín también compuso algunos temas inolvidables del rock urbano en castellano como Muerte en Putney Bridge,  Ángel de cuero El Chuli, Hormigón, mujeres y alcohol, Como un susurro o La chica de la puerta 16.

El mismo desparpajo que Ramoncín mostraba  para escribir canciones lo guiaba para moverse por platós de televisión o por los corros en los que aquellos años el dinero que estaba en el aire lo recogían a manos llenas los más listos. Escribir la biografía de Ramoncín sería un trabajo apasionante, porque sería escribir también un libro de historia que explicara las últimas décadas del siglo XX en España.Resultado de imagen de ramoncín

En la televisión el cantante presentó desde un programa didáctico-lingüístico llamado Lingo hasta La tarde, un magazine de sobremesa  en el que hay quien todavía cree recordar que apareció con un pin en la solapa de la chupa de cuero que se parecía mucho a la ikurriña multicolor que Herri Batasuna utilizó como emblema en unas elecciones europeas (Ramoncín era mucho de agitar ikurriñas o banderas sandinistas en los conciertos que daba por aquí).  Todo eso antes de convertirse en tertuliano todoterreno en programas como Crónicas Marcianas o en jurado de Operación Triunfo.

Pero sin duda la cima en el ascenso social de este chaval de barrio bajo fue frecuentar la famosa bodeguilla de Felipe González, el “txoko” en La Moncloa en el que el ex presidente del Gobierno lo mismo compartía unas angulas con Helmut Khol que se echaba unas partidas al billar con lo más aristocrático de la farándula progre (con la que quizás entre carambola y carambola, comentaba algunas de sus mejores jugadas o jugarretas, llámalo X , como aquel “Otan de entrada no”, sus vacaciones en el Azor, el yate de Franco, o la promesa electoral de  los ochocientos mil puestos de trabajo que se convirtieron en cuatro millones de parados).
Por la bodeguilla, además, desfilaron ilustres escritores como Gabriel García Márquez (con quien, por cierto, tanto Ramoncín como Felipe González comparten segundo apellido). El autor de Cien años de soledad,  mantuvo otras amistades peligrosas, además de la de Felipe González, como la de Fidel Castro, quien lo acogió en La Habana en diversas ocasiones.

Y a caballo entre La Habana y Mexico DF, precisamente, vivió su exilio la escritora María Luisa Elío, una pamplonesa desconocidamente universal a la que Gabo dedicó su obra Cien años de soledad, y así figura en las primeras páginas de millones de ejemplares impresos de la famosa novela, mientras en su ciudad natal no existe ni siquiera un callejón sin salida con su nombre que la recuerde. María Luisa Elío es hija del juez republicano Luis Elío, uno de los primeros detenidos tras el golpe militar de 1936, que permaneció emparedado vivo durante tres años, hasta que consiguió huir a Francia, donde a su vez sería confinado en el campo de prisioneros de Gurs. Tras reunirse con su familia, los Elío se exiliaron  en México y allí el padre escribió Soledad de ausencia, el libro donde cuenta su experiencia como topo humano, mientras que una de sus hijas, María Luisa Elío, frecuentaría, tanto en el DF como en la capital cubana —donde se estableció durante una temporada con su marido el cineasta Jomi García Ascot—, a intelectuales  como Carlos Fuentes, Octavio Paz, Álvaro Mutis, Alejo Carpentier o García Márquez, quien le contaría, antes de escribirla, Cien años de soledad.  María Luisa Elío fue, pues, una de las primeras y entusiastas lectoras de la novela, cuando a Gabo lo atormentaban las deudas y las dudas, muchísimo tiempo antes de que el escritor colombiano conociera el hielo del éxito que lo haría inmortal, y cuando El Drogas, con el que hemos comenzado este viaje, todavía hacía txipi-txapas en el río Arga y con quien tal vez la propia Maria Luisa Elío se cruzara por las calles de Pamplona a mediados de los sesenta, cuando  esta regresó a su ciudad natal para irse definitivamente de ella, y de cuyo viaje dejara constancia en su libro Tiempo de llorar.

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