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Entrevista a LINAJE

Oct 8, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Aarón Romero y Asier González
Foto: Jagoba Manterola / FOKU

“Robe no pudo participar en ninguna de nuestras canciones, pero nos dejó una colaboración más íntima y personal”

Publicado en Gara/Naiz (08/10/26)

Patxi Irurzun, Iruñea

Este viernes el joven grupo de Berriozar finaliza su exitosa gira con un concierto en el Navarra Arena en el que compartirán cartel con Ultraligera o los también navarros Cobardes

“Queremos reventar todas las salas”. Ese fue el titular de la entrevista que mantuvimos hace año y medio con Aarón Romero, cantante de Linaje, y Asier Cuiral “Cuiri”, guitarrista de la banda. Por entonces este grupo de veinteañeros acababan de publicar su primer disco, Desataron a los perros, y estaban a punto de comenzar la gira para presentarlo. La declaración de intenciones sonaba a fanfarronería (“Fue una vacilada”, confiesa ahora Aarón), pero acabó convirtiéndose en un vaticinio. A punto de poner el broche final a dicha gira este viernes 9 de octubre con el concierto final, en casa -y en el Navarra Arena, ni más ni menos-, Linaje deja a sus espaldas casi treinta sold out (que es como se llama ahora a lo que antes eran llenazos), algunos de ellos en salas con pedigrí y gran aforo, como La Riviera de Madrid. Un recorrido meteórico para un grupo debutante, a lo largo del cual confiesan que han madurado tanto musical como personalmente, y también que, a pesar del éxito, no han apartado sus pies de la tierra, de su Berriozar natal, o que no sienten especial presión de cara al segundo disco.

Manteniendo vivo el legado
“Sí, hemos superado todas las expectativas que teníamos”, nos cuenta Asier González “Bayer”, baterista de la banda. “Y hemos madurado, sobre todo musicalmente, nos entendemos mejor en el escenario, la convivencia entre nosotros es buena… No nos podemos quejar”. “Aunque sí hubiésemos llenado solo tres salas también estaríamos contentos”, apostilla Aarón.

Es cierto que Linaje se colocó en la rampa de salida con todos los ojos clavados en ellos. Eran el grupo llamado a recoger, tal y como reivindican sin pudor con su propio nombre, el legado del rock urbano. Aarón es hijo de Kutxi Romero, de Marea, y los derroteros del grupo transitan por esos caminos: Extremoduro, Rosendo, Barricada, Albertucho, Cobardes, Poncho K… Pero también es cierto que, como ellos mismos dicen, no se han saltado ningún paso: “Al final como vender entradas o llegar arriba no lo decides tú, tampoco se nos puede echar en cara nada”, dice Aarón. “Nosotros empezamos haciendo lo que hace cualquier grupo, primero tocar en los bares de tu barrio, luego los barrios de alrededor, luego por Euskal Herria… Y lo de Madrid tampoco fue llegar y besar el santo, fuimos poco a poco, haciendo de conejillos de indias de nosotros mismos: primero pillamos una sala pequeña, se llenó, a los tres meses otra más grande, se llenó… Así hasta seis veces, hasta llegar a la Riviera y llenarla también dos veces”.

La quintuple A
Confiesan, no obstante, que a su favor cuentan con algunas ventajas como el hecho de no tener responsabilidades. Tanto Aaron y Asier como el resto de la quintuple A (el nombre todos los miembros del grupo comienza por A: además de los ya mencionados Aarón y los dos Asier, están Alain García, bajo, y Aimar Goikoa, guitarra) son universitarios y no se encuentran con las dificultades familiares y laborales que limitan a otros grupos a la hora de ofrecer conciertos. “Además”, añaden, “somos amigos, y nuestro entorno, en El Dromedario -su compañía discográfica- es muy familiar”.

Todo ello, en definitiva, les ha permitido un rodaje de unos cien bolos en apenas dos años, cuya última parada será el concierto del Navarra Arena, antes de fijar la vista en el siguiente disco, hacia el que miran más con la ilusión de volver a componer canciones -algo que, con el ajetreo de la gira, ha sido difícil- que con la responsabilidad de un segundo trabajo, tras un estreno que ha funcionado como un tiro. “No sentimos esa presión, nosotros ya partimos con ella puesta, porque para muchos éramos solo el grupo del hijo de Kutxi”, dice Aarón.

Los consejos de Robe Iniesta
Linaje, sin embargo, ha demostrado de sobra su valía sobre las tablas. Atrás quedan experiencias intensas, como su aparición en prime time televisivo en “La Revuelta”, donde estrenaron un tema nuevo “La serenata”, o momentos también dolorosos, como la muerte de Robe Iniesta, uno de los grandes referentes de la banda. En nuestra anterior entrevista, de hecho, mostraban su deseo de que en alguna ocasión el de Plasencia pudiera llegar a colaborar en alguno de sus canciones. “No pudo ser, pero yo siento que Robe nos dejó otro tipo de colaboración, más íntima y personal. Tuvimos la suerte y el orgullo de conocerlo y nos dio unos cuantos consejos -a mí, por ejemplo, me repetía mucho que cuidara mi voz-, además de otras cosas que nos guardamos para nosotros”.

Les preguntamos a continuación por el perfil de su público, y nos comentan que ha ido cambiando desde los inicios, cuando quienes se acercaban a ellos eran, sobre todo, viejos rockeros, seguidores de Marea… “Ahora hay también chicos y chicas jóvenes, gente desde sesenta hasta la muerte, perros, gatos, patos, de todo…”, bromea Aarón “Aunque igual lo que más ilusión nos hace son gente de nuestra edad que nos dicen que han hecho un grupo en su barrio, porque veían que si cinco chavales como nosotros habíamos podido, ellos también”.

El concierto del viernes
En cuanto al concierto del Navarra Arena, en el que compartirán cartel con Ultraligera y Cobardes, es un reto por una parte, pero por otra lo afrontan con la tranquilidad de que juegan en casa, con su gente, y con ánimo festivo, casi como una recompensa de la que disfrutar de todo el recorrido hecho. Habrá colaboraciones de varios de los músicos que han participado en el disco -Kolibrí, de Marea, Javier Janices “Cordobés”, cantante de Cobardes, o, entre otros, “los gitanos que colaboraron en la rumba que sale en Desataron a los perros”, adelanta Aarón-. Será este viernes 9 de octubre, a partir de las 19:30h, dentro del primer festival Rockarena, organizado por El Dromedario, desde donde -el día que realizamos este entrevista- nos comunican que todavía quedan entradas a la venta.

VERANOS CALIENTES: 1967, el verano del amor

Ago 3, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

VERANOS CALIENTES
Serie estival para magazine ON (diarios Grupo Noticias)

Revoluciones, bombardeos, apagones… Los veranos no siempre transcurren en una calma chicha; al contrario, han sido a menudo testigos de algunos de los acontecimientos más convulsos de la historia.

1967, el verano del amor

Jimi Hendrix se postra de rodillas ante su Fender Stratocaster, la rocía con gasolina, enciende una cerilla, y prende fuego a la pira sacrificial. Los largos dedos del guitarrista zurdo bailan alrededor de la llama eléctrica, la avivan como si todavía siguieran rasgando las cuerdas de la guitarra. El fuego dibuja en el aire arabescos. Hendrix es un chamán, por sus venas corre la sangre mestiza de los indios cherokees y los griots africanos. El público que ha acudido al Festival de Monterrey observa atónito la escena, incapaz de calibrar todavía que esta se convertirá en un icono. Después, cuando la llama se extingue, Hendrix agarra la guitarra por el traste y la golpea violentamente contra el suelo, reduce a astillas el instrumento, suspende de manera abrupta la hipnosis del fuego, como una metáfora de aquello en lo que se convertiría la ensoñación que fue el verano del amor, el cual, en teoría, debía de dar inicio con aquel festival, celebrado del 16 al 18 de junio de 1967 en la localidad californiana de Monterrey.

Flores en el pelo

El “Monterrey Pop Festival” fue, dos años antes que el de Woodstock, el primer gran festival de música al aire libre. Por él desfilaron artistas como Janis Joplin, Simon & Garfunkel, Otis Redding, The Who, Jefferson Airplane, The Mamas & The Papas…

John Philips, miembro de este último grupo, fue uno de los organizadores del evento y el compositor de la canción “San Francisco”, cuyo estribillo decía: “Si vas a San Francisco/asegúrate de llevar flores en el pelo/el verano será una celebración del amor”. San Francisco era, en efecto, el epicentro del flower power, en concreto el barrio de Haight-Ashbury hasta el que se habían desplazado en los últimos años jóvenes inconformistas de todo el país: hippies, desertores del ejército, vagabundos, testadores de hierbas y ácido lisérgico… Vivían en casas okupas, acudían a conciertoso marchas contra la guerra de Vietnam, frecuentaban City Lights -la librería fundada años atrás por Lawrence Ferlinghetti y desde la que aullaron al cielo de color napalm sus versos rabiosos otros poetas como Allen Ginsberg o Charles Bukowski-, enhebraban collares de flores, dibujaban, en fin, en mandalas la arquitectura para un mundo sin amos ni guerras.

Monterey International Pop Music Festival 1967. El primer gran festival - Dirty Rock Magazine

Volutas de humo azul

Desde Haight-Ashbury fueron decenas de miles quienes viajaron a Monterrey, pero además allí estuvieron también veteranos del movimiento beat, forjados en las catas de LSD que había llevado con su autobús mágico a diferentes puntos del país el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”; allí estuvieron los estudiantes de la insurrecta universidad de Berkeley, y los Ángeles del infierno, y los Diggers, que promulgaban la abolición del dinero; allí estuvo, quizás, hasta la novia de Forrest Gump, o Bill Clinton, fumándose un porro pero sin tragarse el humo…

John Philips además de organizar el festival lo inmortalizó en el documental que produjo, Monterey Pop Festival 1967 (se puede encontrar en Youtube), en el que junto a las actuaciones musicales (The Who, con una bomba escondida en la batería, Ottis Reading silbándole a la bahía, Janis Joplin haciendo el amor con su garganta a miles de espectadores…) se intercalan imágenes de los asistentes, que, con sus túnicas y ponchos, sus sombreros con plumas, sus pantalones de pata de elefante, desprendían un halo de inocencia y de entusiasmo, una fe inquebrantable en la idea de que podían cambiar el mundo escupiéndole volutas de humo azul a la cara.

Dos cosas llaman, sin embargo, la atención. La primera, a diferencia de otros festivales posteriores, como el de Woodstock, la ausencia de escenas tumultuosas: el público asiste formal a los conciertos sentado en sillas pulcramente limpias y alineadas, en una inquietante laxitud (el Festival transcurrió sin incidentes, en armonía incluso con los cientos de policías que también acudieron a vigilarlo). La segunda: la mayoría de las personas presentes son blancas y de clase media, hijos descarriados de familias temerosas de Dios y adormecidas por el sueño americano.

Dormíamos debajo de la mesa por miedo a las explosiones y los disparos”:  cómo un niño se salvó de los disturbios raciales que estremecieron Detroit  hace medio siglo - BBC News Mundo

¿Para qué sirve una utopía?

No es este un detalle menor, pues mientras los hippies en Monterrey ponían flores en los cañones de los fusiles, en el resto del país comenzaban a estallar una serie de disturbios que convertirían lo que iba a ser el verano del amor en el llamado largo y cálido verano del 67, que, en Atlanta, en Newark, en Detroit… dejaría un reguero de muertos -más de ochenta- entre la población negra, la cual protestaba contra la discriminación racial, el desempleo, la precariedad a la que se veía abocada…

Unos meses más tarde el Che Guevara sería abatido en Bolivia. Su imagen, y la de Jimi Hendrix inmolando su guitarra, no tardarían en convertirse en pósteres. John Philips, por otra parte, sería acusado años después por su propia hija de abusos sexuales. El verano del amor fue el principio del fin, la muerte de, hasta hoy, la última gran utopía. Y, sin embargo, no sería justo decir que fue en balde, ni esa ni ninguna de todas las otras revoluciones sofocadas a lo largo de la historia. “¿Para qué sirve una utopía?”, se preguntó en cierta ocasión el cineasta argentino Fernando Birri. Y Eduardo Galeano parafraseó y popularizó la respuesta, bastante hippi, por cierto, en el encabezamiento de uno de sus poemas: “Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: Para caminar.

Publicado el 01/08/26 en magazine ON

EUSKADI TROPICAL, ESPAÑA TRACATÁ

Ago 3, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Puede ser una imagen de texto que dice "NO NOS DES LA VARA ¡¡ABAJO EL FUMBOL!! EN ESTE LOCAL NO SE ADMITEN COMPORTAMIENTOS HOMÓFOBOS, NI QUE ATENTEN CONTRA LA DIGNIDAD DE LAS PERSONAS, POR LO TANTO: QUEDAN TERMINANTEMENTE PROHIBIDAS LAS DISCUSIONES FUTBOLÍSTICAS. TME"

Ilustración: Ernesto Murillo «Simonides»

Como se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su cielo eterno de panza de burro.

Claro que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.

Recuerdo que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna religión que es el fútbol −subirse a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la “obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres− ; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este nuevo opio del pueblo.

Reconozco que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me parece un infierno.

Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!

Patxi Irurzun

VERANOS CALIENTES: SANFERMINES DEL 78

Jul 26, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Detalle de la portada de la revista '¡Viva San Fermín!'. / Cedida

VERANOS CALIENTES
Serie estival para magazine ON (diarios Grupo Noticias)

Revoluciones, bombardeos, apagones… Los veranos no siempre transcurren en una calma chicha; al contrario, han sido a menudo testigos de algunos de los acontecimientos más convulsos de la historia.

SANFERMINES DEL 78

El día que, en los sanfermines de 1978, la Policía Nacional irrumpió armada -y haciendo uso de la fuerza- en la plaza de toros de Pamplona al final de la corrida, aquel 8 de julio fatídico en que una bala disparada por un miembro de este mismo cuerpo asesinaba en las inmediaciones del coso pamplonés a Germán Rodríguez, un grupo de dibujantes navarros se habían citado a la hora de la salida de las peñas para vender una revista titulada “¡Viva San Fermín!” en la que el argumento de una de las historietas era que la policía irrumpía armada -y haciendo uso de la fuerza- en la plaza de toros de Pamplona.

Distopía sanferminera

Ernesto Murillo “Simonides” fue el dibujante pitoniso, si bien el murchantino resta importancia a sus dotes adivinatorias, alegando que situaciones de ese tipo -cargas y detenciones policiales indiscriminadas, asaltos y palizas en bares a cargo de cuerpos parapoliciales o guerrilleros de Cristo Rey, etc.- eran por entonces el pan nuestro de cada día. De hecho, en “Viva San Fermín”, revista en la que participaron, entre otros, los pintores Joaquín Resano, Alicia y Pedro Osés, los escritores Ramón Irigoyen y Javier Mina o el músico y productor Marino Goñi, apareció otra colaboración, un relato futurista firmado por F. de Fran, en el que los antidisturbios -o los provocadisturbios, como son llamados- cargan contra la población en los días previos a las fiestas.

También la historieta de Murillo recurre a la ciencia ficción, en una delirante distopía en la que una Iruña poblada por alienígenas obligados a defecar de manera industrial se rebelan y acaban devorando a los “carcamales”, una especie de reses androides que han sustituido a los toros en los encierros. Como respuesta, la autoridad decide prohibir estos, lo cual desata, por una parte, una revuelta popular, y, por otra, el asalto de las Fuerzas de Orden Público a la plaza de toros, durante una de las corridas de feria, temiendo que la famélica multitud vuelva a hincar el diente a los carcamales lidiados esa tarde.

Cubos de sangría llenos de piedras

La catástrofe, en definitiva, se mascaba en el aire. “Aquel 8 de julio -recuerda Simonides- merendamos en la Rotxa. Necesitábamos cargarnos de energía para salir a vender nuestra flamante revista. Después de merendar, nos topamos con multitud de gente, madres con niños y ancianos, que bajaba huyendo de Pamplona. Los grises habían cargado contra las peñas en la plaza de toros, sembrando el terror. No nos extrañó. Precisamente, mientras confeccionábamos la revista en un piso alquilado de la calle Navarrería, habíamos tenido problemas para entrar y salir por culpa de la represión policial de las manifestaciones diarias pidiendo amnistía. Suspendimos la venta antes de haber comenzado. La Jesusa -la compañera del dibujante- y yo avanzamos hacia la Plaza del Castillo a ver qué pasaba. Las terrazas estaban totalmente vacías. Nos sentamos en la del Iruña, se acercó un camarero, le pedimos dos gin-tonics y allí nos quedamos. Una cadena humana cruzaba la plaza transportando piedras en los cubos de sangría. Los cargaban en el Arga, cruzaban la plaza y se internaban en Carlos III. Allí los perdíamos de vista entre una suave neblina de polvo y botes de humo. Al parecer los mozos de las peñas, repuestos de la inicial sorpresa, estaban haciendo retroceder a la policía hasta las inmediaciones del Gobierno Civil. Oímos un gran estruendo producido por la gente que golpeaba al unísono las persianas metálicas de los comercios, además de disparos y gritos. Por las ventanas bajas de la Diputación salían llamas y humo. La gente que estaba en el Gayarre viendo el cabaret no pudo abandonarlo hasta el día siguiente”.

Una noche en el Toki Leza

El pintor Pedro Osés, por su parte, refiere una situación similar, un grupo de gente atrapado durante toda la noche, en este caso en el bar Toki Leza de la calle Calderería. Osés no iba a participar en el reparto de la revista, pues su compañera trabajaba esa tarde en dicho bar y él se fue con la hija de ambos, de tres años, al parque de la Taconera. “No supe nada de los del grupo ni de lo que estaba pasando en el centro y a última hora volví a casa. Al amanecer llegó Carmen y me contó que un grupo de gente se quedaron encerrados en el bar por la bronca que se había liado en lo viejo. Estuvieron horas tumbados en el suelo, en silencio y a oscuras porque la policía estuvo patrullando por allá, hostigando y con ganas de machacar a alguien. Así que si tengo alguna imagen es la del interior del bar a oscuras y unas siluetas policiales pasando por delante de la puerta”.

Detalle del cómic de Simonides.

Libros y documentales

“Viva San Fermín” sería finalmente distribuida con gran acogida durante aquel verano caliente del 78 en otros acontecimientos festivos como el Festival de Jazz de Donostia o los memorables y familiares sanfermines txikitos de finales de septiembre. Simonides, por su parte, publicaría tiempo después otro cómic titulado “Preludio de los sanfermines 78” en el que retrataba el clima social que se vivía en la ciudad durante los días previos a aquel fatídico 8 de julio. Y los sanfermines del 78 serían igualmente reflejados en documentales como “Sanfermines 78”, de Juan Gautier y José Ángel Jiménez, o libros como el diario “1978”, de Vicente Huici Urmeneta (quien fue, además, compañero de pupitre de Germán Rodríguez), la exhaustiva novela de Juan Retana “22 de septiembre, San Fermín”, o la crónica “¡No os importe matar!” de Sabino Cuadra, a la cual da título una de las frases recogidas por la frecuencia de radio de la policía aquel 8 de julio, y a la que se sumaron otras perlas dialécticas como la infame “Al fin y al cabo lo nuestro serán errores, pero lo otro son crímenes”, de Rodolfo Martín Villa, por entonces ministro de Interior, y en consecuencia uno de los máximos responsables de lo acontecido, sin que hasta el momento nadie haya pagado por ello o se hayan desclasificado los documentos oficiales referidos a aquellos funestos sanfermines de 1978.

HUMO EN EL AGUA

Jul 26, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Puede ser una imagen de texto que dice "dEEPPURPLE madeinjapan"

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 18 de julio de 2026

Ian Gillan, el vocalista de Deep Purple, fue también Jesucristo Superstar, la famosa ópera rock, que posteriormente Camilo Sesto adaptaría en una visceral y estremecedora versión en castellano.

El grupo británico ofreció un concierto en Pamplona el pasado 5 de julio, víspera de las vísperas de San Fermín, y, ciertamente se diría que sobre el escenario el cantante británico todavía consigue que su prodigiosa voz camine sobre el agua -el milagro se obra también en las facultades del resto de miembros del grupo, todos ellos igualmente históricos del rock-.

Deep Purple se fundó en 1968 y desde entonces han ofrecido miles de conciertos, han vendido millones de discos e incontables aprendices de guitarrista se han iniciado en el rock trasteando los famosos acordes de Smoke on the water (yo mismo, que estoy tan dotado para la música como Donald Trump para la diplomacia, soy capaz de perpetrarlos).

Gillan tiene ya 80 años y lógicamente se movía con cautela por el escenario, reservando los alardes físicos para los gorgoritos de su voz superdotada. Y entre el público abundaban los espectadores de la misma quinta que el cantante. Mi localidad en la grada estaba justo al inicio de una escalera, por la que vi bajar a varios de ellos con las rodillas hechas puré, todo ello mientras me preguntaba si la banda interpretaría uno de sus clásicos, Child in time. La leyenda cuenta que durante la grabación del famoso disco Made in Japan, a mitad de esta hipnótica canción, un espectador, tras alcanzar el nirvana, decidió quitarse la vida con un disparo que quedó registrado en la grabación. En realidad, parece ser que la detonación obedeció a algún tipo de accidente o error en el sonido; de hecho, en el concierto de Osaka no apareció ningún cadáver, algo que, sin embargo, podía haber sucedido perfectamente en el Navarra Arena, a juzgar por las dificultades de los jevis de la tercera edad para descender los peldaños. Tal vez para evitar desgracias, el grupo no interpretó finalmente Child in time.

Fuera bromas (macabras), hace dos semanas hablábamos en esta misma página de la capacidad que tiene la cultura para hacernos sobrevivir, algo que corrobora la admirable vitalidad y pasión de personas como Gillan, o como muchos de quienes fueron a verle, a quienes la música, el rock, en este caso, todavía consigue transmitirles la energía necesaria para levantar una mano cornuda frente al rostro de la muerte.

Por último, cabe señalar que, en el concierto de Pamplona, el teclista de Deep Purple, el legendario Don Airey, interpretó la notas del “Uno de enero, dos de febrero…siete de julio, San Fermín”. Un dato que, sin duda, debe constar en los anales (con perdón) del rock.

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