Aarón Romero y Asier González Foto: Jagoba Manterola / FOKU
“Robe
no pudo participar en ninguna de nuestras canciones, pero nos dejó
una colaboración más íntima y personal”
Publicado en Gara/Naiz (08/10/26)
Patxi
Irurzun, Iruñea
Este
viernes el joven grupo de Berriozar finaliza su exitosa gira con un
concierto en el Navarra Arena en el que compartirán cartel con
Ultraligera o los también navarros Cobardes
“Queremos
reventar todas las salas”. Ese fue el titular de la entrevista que
mantuvimos hace año y medio con Aarón Romero, cantante de Linaje, y
Asier Cuiral “Cuiri”, guitarrista de la banda. Por entonces este
grupo de veinteañeros acababan de publicar su primer disco,
Desataron
a los perros,
y estaban a punto de comenzar la gira para presentarlo. La
declaración de intenciones sonaba a fanfarronería (“Fue una
vacilada”, confiesa ahora Aarón), pero acabó convirtiéndose en
un vaticinio. A punto de poner el broche final a dicha gira este
viernes 9 de octubre con el concierto final, en casa -y en el Navarra
Arena, ni más ni menos-, Linaje deja a sus espaldas casi treinta
sold
out
(que es como se llama ahora a lo que antes eran llenazos), algunos de
ellos en salas con pedigrí y gran aforo, como La Riviera de Madrid.
Un recorrido meteórico para un grupo debutante, a lo largo del cual
confiesan que han madurado tanto musical como personalmente, y
también que, a pesar del éxito, no han apartado sus pies de la
tierra, de su Berriozar natal, o que no sienten especial presión de
cara al segundo disco.
Manteniendo
vivo el legado “Sí,
hemos superado todas las expectativas que teníamos”, nos cuenta
Asier González “Bayer”, baterista de la banda. “Y hemos
madurado, sobre todo musicalmente, nos entendemos mejor en el
escenario, la convivencia entre nosotros es buena… No nos podemos
quejar”. “Aunque sí hubiésemos llenado solo tres salas también
estaríamos contentos”, apostilla Aarón.
Es cierto que Linaje se colocó en la rampa de salida con todos los ojos clavados en ellos. Eran el grupo llamado a recoger, tal y como reivindican sin pudor con su propio nombre, el legado del rock urbano. Aarón es hijo de Kutxi Romero, de Marea, y los derroteros del grupo transitan por esos caminos: Extremoduro, Rosendo, Barricada, Albertucho, Cobardes, Poncho K… Pero también es cierto que, como ellos mismos dicen, no se han saltado ningún paso: “Al final como vender entradas o llegar arriba no lo decides tú, tampoco se nos puede echar en cara nada”, dice Aarón. “Nosotros empezamos haciendo lo que hace cualquier grupo, primero tocar en los bares de tu barrio, luego los barrios de alrededor, luego por Euskal Herria… Y lo de Madrid tampoco fue llegar y besar el santo, fuimos poco a poco, haciendo de conejillos de indias de nosotros mismos: primero pillamos una sala pequeña, se llenó, a los tres meses otra más grande, se llenó… Así hasta seis veces, hasta llegar a la Riviera y llenarla también dos veces”.
La
quintuple A Confiesan,
no obstante, que a su favor cuentan con algunas ventajas como el
hecho de no tener responsabilidades. Tanto Aaron y Asier como el
resto de la quintuple A (el nombre todos los miembros del grupo
comienza por A: además de los ya mencionados Aarón y los dos Asier,
están Alain García, bajo, y Aimar Goikoa, guitarra) son
universitarios y no se encuentran con las dificultades familiares y
laborales que limitan a otros grupos a la hora de ofrecer conciertos.
“Además”, añaden, “somos amigos, y nuestro entorno, en El
Dromedario -su compañía discográfica- es muy familiar”.
Todo ello, en definitiva, les ha permitido un rodaje de unos cien bolos en apenas dos años, cuya última parada será el concierto del Navarra Arena, antes de fijar la vista en el siguiente disco, hacia el que miran más con la ilusión de volver a componer canciones -algo que, con el ajetreo de la gira, ha sido difícil- que con la responsabilidad de un segundo trabajo, tras un estreno que ha funcionado como un tiro. “No sentimos esa presión, nosotros ya partimos con ella puesta, porque para muchos éramos solo el grupo del hijo de Kutxi”, dice Aarón.
Los consejos de Robe Iniesta Linaje, sin embargo, ha demostrado de sobra su valía sobre las tablas. Atrás quedan experiencias intensas, como su aparición en prime time televisivo en “La Revuelta”, donde estrenaron un tema nuevo “La serenata”, o momentos también dolorosos, como la muerte de Robe Iniesta, uno de los grandes referentes de la banda. En nuestra anterior entrevista, de hecho, mostraban su deseo de que en alguna ocasión el de Plasencia pudiera llegar a colaborar en alguno de sus canciones. “No pudo ser, pero yo siento que Robe nos dejó otro tipo de colaboración, más íntima y personal. Tuvimos la suerte y el orgullo de conocerlo y nos dio unos cuantos consejos -a mí, por ejemplo, me repetía mucho que cuidara mi voz-, además de otras cosas que nos guardamos para nosotros”.
Les
preguntamos a continuación por el perfil de su público, y nos
comentan que ha ido cambiando desde los inicios, cuando quienes se
acercaban a ellos eran, sobre todo, viejos rockeros, seguidores de
Marea… “Ahora hay también chicos y chicas jóvenes, gente desde
sesenta hasta la muerte, perros, gatos, patos, de todo…”, bromea
Aarón “Aunque igual lo que más ilusión nos hace son gente de
nuestra edad que nos dicen que han hecho un grupo en su barrio,
porque veían que si cinco chavales como nosotros habíamos podido,
ellos también”.
El
concierto del viernes En
cuanto al concierto del Navarra Arena, en el que compartirán cartel
con Ultraligera y Cobardes, es un reto por una parte, pero por otra
lo afrontan con la tranquilidad de que juegan en casa, con su gente,
y con ánimo festivo, casi como una recompensa de la que disfrutar de
todo el recorrido hecho. Habrá colaboraciones de varios de los
músicos que han participado en el disco -Kolibrí, de Marea, Javier
Janices “Cordobés”, cantante de Cobardes, o, entre otros, “los
gitanos que colaboraron en la rumba que sale en Desataron
a los perros”,
adelanta Aarón-. Será este viernes 9 de octubre, a partir de las
19:30h, dentro del primer festival Rockarena, organizado por El
Dromedario, desde donde -el día que realizamos este entrevista- nos
comunican que todavía quedan entradas a la venta.
VERANOS CALIENTES Serie estival para magazine ON (diarios Grupo Noticias)
Revoluciones,
bombardeos, apagones… Los veranos no siempre transcurren en una
calma chicha; al contrario, han sido a menudo testigos de algunos de
los acontecimientos más convulsos de la historia.
1967,
el verano del amor
Jimi
Hendrix se postra de rodillas ante su Fender Stratocaster, la
rocía con gasolina, enciende una cerilla, y prende fuego a la pira
sacrificial. Los largos dedos del guitarrista zurdo bailan alrededor
de la llama eléctrica, la avivan como si todavía siguieran rasgando
las cuerdas de la guitarra. El fuego dibuja en el aire arabescos.
Hendrix es un chamán, por sus venas corre la sangre mestiza de los
indios cherokees y los griots africanos. El público que ha
acudido al Festival de Monterrey observa atónito la escena, incapaz
de calibrar todavía que esta se convertirá en un icono. Después,
cuando la llama se extingue, Hendrix agarra la guitarra por el traste
y la golpea violentamente contra el suelo, reduce a astillas el
instrumento, suspende de manera abrupta la hipnosis del fuego, como
una metáfora de aquello en lo que se convertiría la ensoñación
que fue el verano del amor, el cual, en teoría, debía de dar inicio
con aquel festival, celebrado del 16 al 18 de junio de 1967 en la
localidad californiana de Monterrey.
Flores
en el pelo
El
“Monterrey Pop Festival” fue, dos años antes que el de
Woodstock, el primer gran festival de
música al aire libre.
Por él desfilaron artistas como Janis
Joplin, Simon & Garfunkel, Otis Redding,
The Who, Jefferson
Airplane, The Mamas & The Papas…
John Philips, miembro de este último grupo, fue uno de los organizadores del evento y el compositor de la canción “San Francisco”, cuyo estribillo decía: “Si vas a San Francisco/asegúrate de llevar flores en el pelo/el verano será una celebración del amor”. San Francisco era, en efecto, el epicentro del flower power, en concreto el barrio de Haight-Ashbury hasta el que se habían desplazado en los últimos años jóvenes inconformistas de todo el país: hippies, desertores del ejército, vagabundos, testadores de hierbas y ácido lisérgico… Vivían en casas okupas, acudían a conciertoso marchas contra la guerra de Vietnam, frecuentaban City Lights -la librería fundada años atrás por Lawrence Ferlinghetti y desde la que aullaron al cielo de color napalm sus versos rabiosos otros poetas como Allen Ginsberg o Charles Bukowski-, enhebraban collares de flores, dibujaban, en fin, en mandalas la arquitectura para un mundo sin amos ni guerras.
Volutas
de humo azul
Desde Haight-Ashbury fueron decenas de miles quienes viajaron a Monterrey, pero además allí estuvieron también veteranos del movimiento beat, forjados en las catas de LSD que había llevado con su autobús mágico a diferentes puntos del país el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”; allí estuvieron los estudiantes de la insurrecta universidad de Berkeley, y los Ángeles del infierno, y los Diggers, que promulgaban la abolición del dinero; allí estuvo, quizás, hasta la novia de Forrest Gump, o Bill Clinton, fumándose un porro pero sin tragarse el humo…
John
Philips además de organizar el festival lo inmortalizó en el
documental que produjo, Monterey
Pop Festival 1967
(se puede encontrar en Youtube),
en el que junto a
las actuaciones
musicales (The
Who, con una
bomba escondida en la batería, Ottis
Reading silbándole
a la bahía, Janis
Joplin haciendo
el amor con su garganta a miles de espectadores…) se intercalan
imágenes de
los asistentes, que,
con sus túnicas y ponchos, sus sombreros con plumas,
sus pantalones de
pata de elefante,
desprendían un halo de
inocencia y de entusiasmo, una fe inquebrantable en la idea de que
podían cambiar el mundo
escupiéndole volutas de humo azul a la cara.
Dos cosas llaman, sin embargo, la atención. La primera, a diferencia de otros festivales posteriores, como el de Woodstock, la ausencia de escenas tumultuosas: el público asiste formal a los conciertos sentado en sillas pulcramente limpias y alineadas, en una inquietante laxitud (el Festival transcurrió sin incidentes, en armonía incluso con los cientos de policías que también acudieron a vigilarlo). La segunda: la mayoría de las personas presentes son blancas y de clase media, hijos descarriados de familias temerosas de Dios y adormecidas por el sueño americano.
¿Para
qué sirve una utopía?
No
es este un
detalle menor, pues
mientras los hippies en Monterrey ponían flores en los cañones de
los fusiles,
en el resto del país comenzaban a estallar una serie de disturbios
que convertirían lo que iba a ser el verano del amor en el llamado
largo y cálido verano del 67, que, en Atlanta, en Newark, en
Detroit… dejaría un reguero de muertos -más de ochenta- entre la
población negra, la
cual protestaba contra
la discriminación racial, el desempleo, la precariedad a la que se
veía abocada…
Unos meses más tarde el Che Guevara sería abatido en Bolivia. Su imagen, y la de Jimi Hendrix inmolando su guitarra, no tardarían en convertirse en pósteres. John Philips, por otra parte, sería acusado años después por su propia hija de abusos sexuales. El verano del amor fue el principio del fin, la muerte de, hasta hoy, la última gran utopía. Y, sin embargo, no sería justo decir que fue en balde, ni esa ni ninguna de todas las otras revoluciones sofocadas a lo largo de la historia. “¿Para qué sirve una utopía?”, se preguntó en cierta ocasión el cineasta argentino Fernando Birri. Y Eduardo Galeano parafraseó y popularizó la respuesta, bastante hippi, por cierto, en el encabezamiento de uno de sus poemas: “Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: Para caminar.
Como
se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por
ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la
Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las
rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí
estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su
cielo eterno de panza de burro.
Claro
que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso
de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón
de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo
sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele
pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los
resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que
voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el
pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al
fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.
Recuerdo
que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que
España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para
ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin
tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque
curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que
deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que
sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación
patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con
la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado
de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna
religión que es el fútbol −subirse
a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la
“obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado
que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi
en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en
uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres−
; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este
nuevo opio del pueblo.
Reconozco
que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de
cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba
Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y
cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me
parece un infierno.
Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!
VERANOS CALIENTES Serie estival para magazine ON (diarios Grupo Noticias)
Revoluciones, bombardeos, apagones… Los veranos no siempre transcurren en una calma chicha; al contrario, han sido a menudo testigos de algunos de los acontecimientos más convulsos de la historia.
SANFERMINES DEL 78
El día que, en los
sanfermines de 1978, la Policía Nacional irrumpió armada -y
haciendo uso de la fuerza- en la plaza de toros de Pamplona al final
de la corrida, aquel 8 de julio fatídico en que una bala disparada
por un miembro de este mismo cuerpo asesinaba en las inmediaciones
del coso pamplonés a Germán
Rodríguez, un
grupo de dibujantes navarros se habían citado a la hora de la salida
de las peñas para vender una revista titulada “¡Viva San Fermín!”
en la que el argumento de una de las historietas era que la policía
irrumpía armada -y haciendo uso de la fuerza- en la plaza de toros
de Pamplona.
Distopía sanferminera
Ernesto Murillo “Simonides”
fue el dibujante pitoniso, si bien el murchantino resta importancia a
sus dotes adivinatorias, alegando que situaciones de ese tipo -cargas
y detenciones policiales indiscriminadas, asaltos y palizas en bares
a cargo de cuerpos parapoliciales o guerrilleros de Cristo Rey, etc.-
eran por entonces el pan nuestro de cada día. De hecho, en “Viva
San Fermín”, revista en la que participaron, entre otros, los
pintores Joaquín
Resano, Alicia y
Pedro Osés, los
escritores Ramón
Irigoyen y Javier
Mina o el músico y
productor Marino
Goñi, apareció
otra colaboración, un relato futurista firmado por F.
de Fran, en el que
los antidisturbios -o los provocadisturbios, como son llamados-
cargan contra la población en los días previos a las fiestas.
También la historieta de Murillo recurre a la ciencia ficción, en una delirante distopía en la que una Iruña poblada por alienígenas obligados a defecar de manera industrial se rebelan y acaban devorando a los “carcamales”, una especie de reses androides que han sustituido a los toros en los encierros. Como respuesta, la autoridad decide prohibir estos, lo cual desata, por una parte, una revuelta popular, y, por otra, el asalto de las Fuerzas de Orden Público a la plaza de toros, durante una de las corridas de feria, temiendo que la famélica multitud vuelva a hincar el diente a los carcamales lidiados esa tarde.
Cubos de sangría llenos de
piedras
La catástrofe, en definitiva,
se mascaba en el aire. “Aquel 8 de julio -recuerda Simonides-
merendamos en la Rotxa. Necesitábamos cargarnos de energía para
salir a vender nuestra flamante revista. Después de merendar, nos
topamos con multitud de gente, madres con niños y ancianos, que
bajaba huyendo de Pamplona. Los grises habían cargado contra las
peñas en la plaza de toros, sembrando el terror. No nos extrañó.
Precisamente, mientras confeccionábamos la revista en un piso
alquilado de la calle Navarrería, habíamos tenido problemas para
entrar y salir por culpa de la represión policial de las
manifestaciones diarias pidiendo amnistía. Suspendimos la venta
antes de haber comenzado. La Jesusa -la compañera del dibujante- y
yo avanzamos hacia la Plaza del Castillo a ver qué pasaba. Las
terrazas estaban totalmente vacías. Nos sentamos en la del Iruña,
se acercó un camarero, le pedimos dos gin-tonics y allí nos
quedamos. Una cadena humana cruzaba la plaza transportando piedras en
los cubos de sangría. Los cargaban en el Arga, cruzaban la plaza y
se internaban en Carlos III. Allí los perdíamos de vista entre una
suave neblina de polvo y botes de humo. Al parecer los mozos de las
peñas, repuestos de la inicial sorpresa, estaban haciendo retroceder
a la policía hasta las inmediaciones del Gobierno Civil. Oímos un
gran estruendo producido por la gente que golpeaba al unísono las
persianas metálicas de los comercios, además de disparos y gritos.
Por las ventanas bajas de la Diputación salían llamas y humo. La
gente que estaba en el Gayarre viendo el cabaret no pudo abandonarlo
hasta el día siguiente”.
Una noche en el Toki Leza
El pintor Pedro Osés, por su parte, refiere una situación similar, un grupo de gente atrapado durante toda la noche, en este caso en el bar Toki Leza de la calle Calderería. Osés no iba a participar en el reparto de la revista, pues su compañera trabajaba esa tarde en dicho bar y él se fue con la hija de ambos, de tres años, al parque de la Taconera. “No supe nada de los del grupo ni de lo que estaba pasando en el centro y a última hora volví a casa. Al amanecer llegó Carmen y me contó que un grupo de gente se quedaron encerrados en el bar por la bronca que se había liado en lo viejo. Estuvieron horas tumbados en el suelo, en silencio y a oscuras porque la policía estuvo patrullando por allá, hostigando y con ganas de machacar a alguien. Así que si tengo alguna imagen es la del interior del bar a oscuras y unas siluetas policiales pasando por delante de la puerta”.
Libros y documentales
“Viva San Fermín” sería finalmente distribuida con gran acogida durante aquel verano caliente del 78 en otros acontecimientos festivos como el Festival de Jazz de Donostia o los memorables y familiares sanfermines txikitos de finales de septiembre. Simonides, por su parte, publicaría tiempo después otro cómic titulado “Preludio de los sanfermines 78” en el que retrataba el clima social que se vivía en la ciudad durante los días previos a aquel fatídico 8 de julio. Y los sanfermines del 78 serían igualmente reflejados en documentales como “Sanfermines 78”, de Juan Gautier y José Ángel Jiménez, o libros como el diario “1978”, de Vicente Huici Urmeneta (quien fue, además, compañero de pupitre de Germán Rodríguez), la exhaustiva novela de Juan Retana “22 de septiembre, San Fermín”, o la crónica “¡No os importe matar!” de Sabino Cuadra, a la cual da título una de las frases recogidas por la frecuencia de radio de la policía aquel 8 de julio, y a la que se sumaron otras perlas dialécticas como la infame “Al fin y al cabo lo nuestro serán errores, pero lo otro son crímenes”, de Rodolfo Martín Villa, por entonces ministro de Interior, y en consecuencia uno de los máximos responsables de lo acontecido, sin que hasta el momento nadie haya pagado por ello o se hayan desclasificado los documentos oficiales referidos a aquellos funestos sanfermines de 1978.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 18 de julio de 2026
Ian
Gillan, el vocalista de Deep Purple, fue también Jesucristo
Superstar, la famosa ópera rock, que posteriormente Camilo Sesto
adaptaría en una visceral y estremecedora versión en castellano.
El
grupo británico ofreció un concierto en Pamplona el pasado 5 de
julio, víspera de las vísperas de San Fermín, y, ciertamente se
diría que sobre el escenario el cantante británico todavía
consigue que su prodigiosa voz camine sobre el agua -el milagro se
obra también en las facultades del resto de miembros del grupo,
todos ellos igualmente históricos del rock-.
Deep
Purple se fundó en 1968 y desde entonces han ofrecido miles de
conciertos, han vendido millones de discos e incontables aprendices
de guitarrista se han iniciado en el rock trasteando los famosos
acordes de Smoke on
the water (yo
mismo, que estoy tan dotado para la música como Donald Trump para la
diplomacia, soy capaz de perpetrarlos).
Gillan
tiene ya 80 años y lógicamente se movía con cautela por el
escenario, reservando los alardes físicos para los gorgoritos de su
voz superdotada. Y entre el público abundaban los espectadores de la
misma quinta que el cantante. Mi localidad en la grada estaba justo
al inicio de una escalera, por la que vi bajar a varios de ellos con
las rodillas hechas puré, todo ello mientras me preguntaba si la
banda interpretaría uno de sus clásicos, Child
in time. La leyenda
cuenta que durante la grabación del famoso disco Made
in Japan, a mitad
de esta hipnótica canción, un espectador, tras alcanzar el nirvana,
decidió quitarse la vida con un disparo que quedó registrado en la
grabación. En realidad, parece ser que la detonación obedeció a
algún tipo de accidente o error en el sonido; de hecho, en el
concierto de Osaka no apareció ningún cadáver, algo que, sin
embargo, podía haber sucedido perfectamente en el Navarra Arena, a
juzgar por las dificultades de los jevis
de la tercera edad para descender los peldaños. Tal vez para evitar
desgracias, el grupo no interpretó finalmente Child
in time.
Fuera
bromas (macabras), hace dos semanas hablábamos en esta misma página
de la capacidad que tiene la cultura para hacernos sobrevivir, algo
que corrobora la admirable vitalidad y pasión de personas como
Gillan, o como muchos de quienes fueron a verle, a quienes la música,
el rock, en este caso, todavía consigue transmitirles la energía
necesaria para levantar una mano cornuda frente al rostro de la
muerte.
Por
último, cabe señalar que, en el concierto de Pamplona, el teclista
de Deep Purple, el legendario Don Airey, interpretó la notas del
“Uno de enero, dos de febrero…siete de julio, San Fermín”. Un
dato que, sin duda, debe constar en los anales (con perdón) del
rock.