Tagged with "rubio de bote Archivos - Página 37 de 56 - Patxi Irurzun"

Rubio de bote. Colaboración quincenal en magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) / 16/12/2017
Cada vez que pronunciamos una palabra sale un animal palpitante de nuestra boca. Las palabras tienen vida, memoria, crecen, envejecen, mueren, resucitan, se ponen y pasan de moda, se contagian, enferman, quedan viejunas… ¿Es viejuna ya la palabra viejuna? ¿Quién recuerda ya lo qué es un taquillón? ¿Qué ámbito geográfico tienen términos como pantaloneta o txirrinta? ¿Por qué decir muffin cuando con la esponjosa magdalena se te llena toda la boca? ¿ “Alabuyé” o “anganga” son palabras, animales domésticos que solo se pasean por mi casa a la hora de comer? ¿Alguien recuerda si alguna vez Mortadelo y Filemón utilizaron “mono-cactus” como insulto o es un recuerdo inventado? ¿Hay alguna palabra para denominar a los recuerdos inventados? ¿Qué demontre son engendros como poner en valor o monitorizar? ¿Alguien menor de sesenta años utiliza la palabra demontre?…
Y así podríamos seguir, ad infinitum.
Son dudas que llevan corroyéndome desde hace unos días, cuando en un grupo de wathsapp (por cierto, ¿qué esperanza de vida tienen términos como whatsapp o tuitear, a los que sin duda no tardarán en barrer y borrar de nuestro vocabulario las nuevas- nuevas tecnologías?); decía —disculpen la interrupción, las palabras a veces también se amontonan, se interrumpen unas a otras, crean bucles… ¡lo ven!—; en fin, al grano: decía que decía que estas dudas filológicas llevan corroyéndome desde hace unos días, cuando en un grupo de whatssap utilicé la palabra carroza y alguien me hizo ver que, como sucede con viejuno, también era de carrozas decir carroza.
Herido el adolescente que todavía habita al fondo de mi cuerpo ya casi cincuentagenario realicé dos encuestas, una entre mis hijos, que, por una parte, me confirmó que soy un hombre con un vocabulario desactualizado (o un viejales, que es como al parecer se dice ahora carroza), pero, por otra, me hizo ver la relatividad de tal afirmación, pues aguzando el oído les oía repetir coletillas como jambo, chacho o primo que estaban ya pasadas de moda cuando yo tenía su edad.
La segunda encuesta la hice a través de las redes sociales y diversos informantes me hicieron saber que, para gran dolor de mi muchachil corazón, también habían caído en desuso otras como “dabuten” o “¿Qué pasa, tron?, a las que yo todavía otorgaba preponderancia en la jerga juvenil.
Qué le vamos a hacer, jambos, tal vez de aquí a unos años estas moribundas criaturas vuelvan a convertirse en animales majestuosos que pueblen los argots de las faunas modernas. ¿Volverá a parecerles demasié algo a los jóvenes? ¿Saldrán de naja, se comerán el tarro, fliparán en colores? Y, por otra parte, ¿me dan repelús solo a mí locuciones como “No, lo siguiente” o el pomposo “Tengo para mí” que escriben algunos columnistas en los periódicos? ¿Todas las catástrofes —hablando de periodismo— son por decreto dantescas y todos los artistas que se mueren legendarios y míticos y todos sus discos las bandas sonoras de nuestras vidas? ¿Cuándo se llenó el mundo de monstruos y de cracks? ¿Qué diferencia hay entre un crack y un pro? ¿Utilizar ciruelo para referirse al miembro viril da gracia o resulta zafio? Y, sobre todo, si colocas el taquillón en otra parte de la casa que no sea la entrada ¿deja de ser taquillón? ¿Y entonces cómo se llama?…

Artículo publicado en magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) / Rubio de bote/ 2/12/17
Desde hace unos días parezco una lagartija: cada vez que salgo o entro de casa o del trabajo voy andando pegado a la pared y asomándome en la bocacalle para ver si ha venido ya la guardia civil a llevarme.
Y todo por un tuit.
Fue hace unos días, cuando falleció el fiscal general del Estado, Maza, al que sustituyó provisionalmente el fiscal Navajas. No me dirán que no inquieta un poco. Si no fuera porque el ministro de Justicia se llama Catalá, se diría que a la hora de adjudicar algunos cargos el apellido es determinante. Eso, o algo parecido, fue lo que escribí en twiter. Después, cuando escuché en las noticias que la policía iba a investigar todos los tuits sobre la muerte de Maza que pudieran constituir un delito, releí el mío una y mil veces. “No, no puede ser, aquí no hay ninguna intención ofensiva, es solo una ironía, un chiste, y ni siquiera me parece de mal gusto. Creo que hasta podría contarse en el funeral del fiscal sin que ninguno de sus familiares o allegados se molestara”, me decía para mí, pero a la vez me daba cuenta de que también era lo que iba preparando para, llegado el caso, declarar ante el juez (al tiempo que pensaba en otros detalles logísticos: ¿cómo consigue uno un abogado, quién lo paga, los retretes de la cárcel tienen puerta?…).
Hace algunos meses Kutxi Romero, el cantante de Marea, me decía en una entrevista: “El día que pongan la policía mental para detenerte por lo que piensas, que va a ser mañana, a mí va a ser al primero que se lleven. Bueno, ya te detienen por lo que piensas, pero tienes que decirlo”. Y yo entonces creía que exageraba, pero lo cierto es que hoy ya es mañana, ya está instaurada la policía del pensamiento, ya no es solo un augurio en 1984, la novela de Georges Orwell. Es decir, la guardia civil probablemente no venga a buscarme a casa o al trabajo, porque ya la tengo metida en la cabeza, decidiendo qué es lo que puedo escribir o lo que no, con qué debo de tener cuidado, qué podría considerarse, llegado el caso, un delito de odio, de ultraje, de enaltecimiento o de sedición (la lista es cada vez más larga).
Hace unos años, por ejemplo, a uno no se le pasaba por la cabeza la idea de que expresar lo que cada cual siente cuando una persona muere pudiera convertirte en un delincuente. ¿De verdad se puede juzgar penalmente, más allá del mal o el buen gusto o del nivel ético, que alguien se alegre o desee la muerte de otra persona? Hoy parece ser que sí y quizás mañana la policía del pensamiento obligará a loar a determinados muertos, da igual que hayan sido corruptos, fascistas redomados o fans de Enrique Iglesias.
O sea, que vamos para atrás. Hace unos años yo escribía cosas por las que hoy me fusilarían al amanecer. Aunque quizás solo se tratará de que entonces no tenía miedo ni a la policía del pensamiento apuntándome desde dentro de mi cabeza. De hecho, en una ocasión una emisora de radio estuvo a punto de denunciarme por un cuento, que leyó un colaborador en antena, en la que el protagonista —un atracador de bancos— profería un “¡Vaya pedazo de cabrón!” tras oír una noticia en la que se decía que Su Majestad el Rey había abatido un macho cabrío de más de cien kilos de peso. En realidad, yo me enteré años después, cuando ese colaborador me lo contó (y también que lo habían despedido a cuenta de ese cuento, a pesar de lo que no me guardaba rencor), de modo que esa vez me ahorré muchas horas pensando argumentos para defenderme ante el juez, del tipo: “Señoría, se trata todo de un problema de comprensión lectora”, “En todo caso, a quién usted debería juzgar es al atracador de bancos, no a mí”, etcétera.
Me pregunto si hoy volvería a escribir aquel cuento. Y también si lo que me convertiría realmente en una lagartija sería escribirlo o no hacerlo.

Esta mañana, cuando volvía a casa después dejar a la niña en el cole, otro padre me ha adelantado por la derecha con una maniobra que casi me hace chocar contra un árbol y después de reprochárselo con un diplomático “¡A ver si miras por dónde vas”!, porque a mí lo que me pedía el cuerpo era un buen ¡microrrelatista!, nos hemos enzarzado en un encendido debate, en el que entre otras lindezas, él me ha afeado mi querencia por el realismo sucio, todo ello mientras los dos seguíamos conduciendo nuestros respectivos patinetes.
En nuestro barrio es auténtica devoción la que hay —aparte de por el género literario del cuento— por los patinetes. Cada mañana cientos de niñas y niños se dirigen a la escuela subidos en sus scooters y después son los padres y madres quienes regresan a casa en ellos, dejando que el viento les desmadeje el pelo y el aire fresco de la mañana rejuvenezca sus rostros y los bordillos de las aceras rompan sus caderas.
La discusión me ha puesto tan nervioso que hasta me han entrado ganas de fumar, después de más de veinte años de abstinencia, así que antes de entrar a la panadería a comprar una chapata y el periódico, con el que regalaban una antología de cuentistas crudiveganos uzbekos, le he pedido un piti a un tipo que había en la terraza.
—¿Tienes un cigarrico? —le he dicho.
Y, aunque sobre la mesa, junto a El rockanroll es un martillo (el último disco-libro de La banda del abuelo, que incluye seis relatos de Josu Arteaga), había un flamante paquete de tabaco rubio, él me ha contestado tajante:
—No.
Y además me ha escupido un aro de humo a la cara.
Se han perdido las buenas costumbres. Hace veinte años existía una especie de solidaridad entre fumadores. Uno podía ir por la calle y, si se le había acabado el tabaco, le pedía un cigarro a un compadre fumanchú y este se lo daba amablemente, porque al día siguiente le podía suceder lo mismo a él y si se cruzaba contigo eras tú quien le invitabas a fumar (todo eso dentro de unas normas no escritas, por ejemplo, si veías que a quien le pedías un cigarro solo le quedaban dos o tres decías “Ah, no, no, entonces no”, y parecía además que eras tú quien le hacías el favor). También se compartían las pavas de los cigarrillos. Se fumaba, en definitiva, en auzolan y nadie se quedaba sin fumar. Fumaban incluso los que no fumaban, porque se fumaba en los bares, en los autobuses, en el médico…
A pesar de todo, he comprendido que el tipo de la puerta en realidad me estaba haciendo un favor, puesto que con su desplante se me han quitado las ganas de nicotinarme. He entrado entonces a por el pan y el disco-libro, pero justo entonces ha llegado un abuelo, con un cochecito de niños, al que amablemente he sostenido la puerta y le he dejado pasar. Craso error. El señor no solo no me ha dado las gracias, sino que una vez dentro de la panadería se ha colocado en la fila delante de mí, dándome la espalda. Podía haber caído antes en la cuenta de qué clase de persona era si me hubiera fijado que bajo el brazo llevaba un libro de Alfonso Ussía.
Luego he entrado en el portal, me he encontrado en el ascensor con el cartero, que era clavadito a Buskowski, y con un vecino que es un fanático de Edgar Allan Poe y va siempre disfrazado de orangután, he subido a casa, he encendido el ordenador y he empezado a escribir esta columna, con la que cumplo cien colaboraciones, cien rubios de bote, y en la que pretendía escribir algo especial para la ocasión, algo original, pero no ha podido ser, porque a mí nunca me pasa nada extraordinario, ya me disculparán ustedes.
%20(still)%20113.jpg)
Colaboración para «Rubio de bote», en magazine ON (diarios de Grupo Noticias). 4/11/17
Yo soy invisible desde que era muy pequeño, pero tardé años en descubrir mis superpoderes. Entonces, siendo un niño, no me daba cuenta. Es más, como todos los niños del mundo soñaba con que me fuera concedido el don. Me imaginaba a mí mismo colándome en las tiendas de chuches, en los vestuarios de las chicas, en el despacho donde el profesor de matemáticas preparaba los exámenes…
No me daba cuenta de que YA era invisible —o intermitentemente invisible—, a pesar de algunos indicios. Por ejemplo, cuando mi madre me mandaba a comprar el pan y todos los mayores se me colaban. “Uy, ¿estabas ahí, bonito?, no te había visto”, decían, cuando después de armarme de valor reclamaba mi turno. O en el colegio, cuando elegían a pies los equipos de fútbol y yo me quedaba siempre el último. Más tarde, cuando me cansé de eso y me pasé al baloncesto junto con otros niños invisibles, los demás seguían sin vernos, y teníamos que jugar nuestros partidos esquivando los balonazos de los futbolistas, que disputaban los suyos invadiendo nuestra pista sin ningún complejo.
Más tarde, llegó la adolescencia, y yo pensaba que las chicas no me veían solo porque era un chico tímido, con aparato, gafas y la nariz torcida. Y los chicos porque no me gustaba el fútbol, ni los coches, ni el patxarán… Sin embargo, a veces tenía la curiosa y equivocada impresión de que me sucedía justo lo contrario, que todos me miraban, me señalaban, se reían de mí. Incluso comencé a caminar de otra manera, como si sus miradas me obligaran a encogerme. Luego descubriría que ese era uno de los primeros síntomas de la invisibilidad, uno va retrayendo su cuerpo hasta que consigue ocultarlo a los demás por completo.
Aunque cuando de verdad empecé a sospechar que realmente era invisible fue ya entrada la edad adulta. Fue por pequeños detalles. Por ejemplo, cuando leía algún libro, en el autobús o en la playa, me daba cuenta de que la gente pasaba a mi lado y me llenaba las páginas de arena o se sentaba junto a mí y empezaba a hablar en voz alta sobre cosas insustanciales como el tiempo o sus dolores de cabeza. Era invisible también en las colas, o cuando iba a manifestaciones de invisibles, que, si uno atendía a las noticias de periódicos y telediarios, nunca se había celebrado.
Por el contrario, cuando se trataba de pagar las letras del banco o del coche, no había invisibilidad que valiera, así que como el resto de los mortales tuve que buscarme un trabajo (por eso y porque por aquella época yo era una persona honrada). Casi siempre eran trabajos “sencillos”. Como camarero, limpiando oficinas, de mensajero… Conocí a todo tipo de gente y escuché todo tipo de conversaciones: entre políticos y jueces, entre jueces y periodistas, entre periodistas y políticos, entre todos ellos y delincuentes de todo tipo, constructores, pirómanos, agentes del CNI… Siempre me impresionaba la manera tan impúdica en que hablaban de sus chanchullos ante mí, como si no estuviera presente, como si fuera solo una parte más del mobiliario. Su falta de escrúpulos me hizo abandonar aquellos trabajos honrados y dedicarme por completo a la invisibilidad, a los pequeños hurtos, el escaqueo… Descubrí alborozado que, al contrario que en las películas, en donde las ropas de los hombres invisibles flotaban en el aire, en la realidad estas desaparecían también contigo. Pero aquello no era vida, yo no era como ellos, yo tenía remordimientos, así que empecé a tirar de la manta, a hablar, por fin, a contar todas las cosas que había oído… Fue entonces cuando descubrí que en realidad no era invisible sino que hasta entonces los otros habían hecho como que no me veían.

El mayor problema que existe hoy en día el mundo es la violencia contra las mujeres. Se hace evidente de manera sangrante cada día, en cada nuevo asesinato, en cada agresión sexual, pero hay además detalles que a menudo pasan desapercibidos y que hacen posible o al menos ayudan a que eso suceda. Por ejemplo, durante las últimas semanas, tal vez por el aluvión de andanadas y enormidades escupidas a cuenta del procés catalán, pasó sorprendentemente inadvertida, en mi opinión, la manera en que el portavoz del gobierno español, Íñigo Méndez de Vigo trató de descalificar el referéndum del 1 de octubre. Un referedum antisistema, anticapitalista y antipatriarcal, soltó.
Y se quedó tan ancho.
La frase, por supuesto, pretendía ser una mofa (o un chistecito, que por lo que se ve es la nueva manera de hacer política) de los postulados del nuevo enemigo público número uno, la CUP, más enemigo, o enemiga aún que nunca porque viene con rostro de mujer, sobre todo si tomamos en cuenta que por otra parte esa frase trae implícita que lo que Méndez de Vigo y los suyos representan y defienden es, por tanto y por contraposición, un sistema capitalista y patriarcal (es decir, en lo referido a esto último y atendiendo a los diccionarios “el predominio o mayor autoridad del varón en un grupo o sistema social”)
Eso, o que Méndez de Vigo se explicó mal; o que yo lo entendí mal; o que lo soñé, pues todo puede ser en estos tiempos en los cuales tus ojos ven cosas que no han pasado, como las cargas policiales y los heridos el día de ese mismo referéndum; la proliferación de aguiluchos e individuos con los brazos en alto que ya no se llaman fascistas sino grupos de manifestantes (por cierto, la ultraderecha es también patriarcal, o ultrapatriarcal, pues rara vez se ve entre sus manadas a mujeres); las denuncias de agresiones sexuales en la intervención policial en las que a quien se investiga es a la denunciante; o los sorprendentes alegatos “antinacionalistas” aplaudidos por multitudes que ondean banderas o se envuelven en ellas.
Uno de los que lo hacía con más brío era precisamente el líder del PP en Cataluña, Xabier García Albiol, quien días antes quiso hacer otro chiste a cuenta de las urnas empleadas en el referéndum y le salió el tiro por la culata, o la patita por debajo de la puerta. “Mi mujer tiene una igual para la ropa sucia”, dijo. Es decir, que el cubo de la ropa sucia en casa del señor Albiol no es el cubo de la ropa sucia de la casa sino el cubo de la ropa sucia de su mujer; a no ser que él tenga otro para él (y en cualquier caso nunca con forma de urna), que todo puede ser.
Por no hablar, porque ya se ha hablado mucho y se ha repetido hasta la náusea la gracia —que no la tiene— de los ataques a Anna Gabriel y algunas de sus compañeras de la CUP, no rebatiendo sus ideas independentistas o republicanas sino su corte de pelo, su manera de vestirse o su supuesta falta de higiene, entre otras lindezas.
Es solo un ejemplo, en este caso referido al monotema de estas últimas semanas, pero que podría trasladarse a cualquier otro e incluso, o sobre todo, al ámbito de lo privado, a las conversaciones, los detalles o los comportamientos machistas en que a menudo incurrimos, sobre todo los hombres, y que no debemos pasar por alto si de verdad queremos combatir la violencia contra las mujeres, que es repito, a mi juicio, el mayor de nuestros problemas, aunque a menudo lo olvidemos o sea, paradójicamente, la propia y sangrante realidad la que lo convierta en algo asumido como inevitable y cotidiano.
Patxi Irurzun. Rubio de bote, colaboración para ON, magazine de los diarios de Grupo Noticias (21/10/2017)