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LA POLICÍA DEL PENSAMIENTO

dic 3, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Artículo publicado en magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) / Rubio de bote/ 2/12/17

Desde hace unos días parezco una lagartija: cada vez que salgo o entro de casa o del trabajo voy andando pegado a la pared y asomándome en la bocacalle para ver si ha venido ya la guardia civil a llevarme.

Y todo por un tuit.

Fue hace unos días, cuando falleció el fiscal general del Estado, Maza, al que sustituyó provisionalmente el fiscal Navajas. No me dirán que no inquieta un poco. Si no fuera porque el ministro de Justicia se llama Catalá, se diría que a la hora de adjudicar algunos cargos el apellido es determinante. Eso, o algo parecido, fue lo que escribí en twiter. Después, cuando escuché en las noticias que la policía iba a investigar todos los tuits sobre la muerte de Maza que pudieran constituir un delito, releí el mío una y mil veces. “No, no puede ser, aquí no hay ninguna intención ofensiva, es solo una ironía, un chiste, y ni siquiera me parece de mal gusto. Creo que hasta podría contarse en el funeral del fiscal sin que ninguno de sus familiares o allegados se molestara”, me decía para mí, pero a la vez me daba cuenta de que también era lo que iba preparando para, llegado el caso, declarar ante el juez (al tiempo que pensaba en otros detalles logísticos: ¿cómo consigue uno un abogado, quién lo paga, los retretes de la cárcel tienen puerta?…).

Hace algunos meses Kutxi Romero, el cantante de Marea, me decía en una entrevista: “El día que pongan la policía mental para detenerte por lo que piensas, que va a ser mañana, a mí va a ser al primero que se lleven. Bueno, ya te detienen por lo que piensas, pero tienes que decirlo”. Y yo entonces creía que exageraba, pero lo cierto es que hoy ya es mañana, ya está instaurada la policía del pensamiento, ya no es solo un augurio en 1984, la novela de Georges Orwell. Es decir, la guardia civil probablemente no venga a buscarme a casa o al trabajo, porque ya la tengo metida en la cabeza, decidiendo qué es lo que puedo escribir o lo que no, con qué debo de tener cuidado, qué podría considerarse, llegado el caso, un delito de odio, de ultraje, de enaltecimiento o de sedición (la lista es cada vez más larga).

Hace unos años, por ejemplo,  a uno no se le pasaba por la cabeza la idea de que expresar lo que cada cual siente cuando una persona muere pudiera convertirte en un delincuente. ¿De verdad se puede juzgar penalmente, más allá del mal o el buen gusto o del nivel ético, que alguien se alegre o desee la muerte de otra persona? Hoy parece ser que sí y quizás mañana la policía del pensamiento obligará a loar a determinados muertos, da igual que hayan sido corruptos, fascistas redomados o fans de Enrique Iglesias.

O sea, que vamos para atrás. Hace unos años yo escribía cosas por las que hoy me fusilarían al amanecer. Aunque quizás solo se tratará de que entonces no tenía miedo ni a la policía del pensamiento apuntándome desde dentro de mi cabeza. De hecho, en una ocasión una emisora de radio estuvo a punto de denunciarme por un cuento, que leyó un colaborador en antena, en la que el protagonista —un atracador de bancos— profería un “¡Vaya pedazo de cabrón!” tras oír una noticia en la que se decía que Su Majestad el Rey había abatido un macho cabrío de más de cien kilos de peso. En realidad, yo me enteré años después, cuando ese colaborador me lo contó (y también que lo habían despedido a cuenta de ese cuento, a pesar de lo que no me guardaba rencor), de modo que esa vez me ahorré muchas horas pensando argumentos para defenderme ante el juez, del tipo: “Señoría, se trata todo de un problema de comprensión lectora”, “En todo caso, a quién usted debería juzgar es al atracador de bancos, no a mí”, etcétera.

Me pregunto si hoy volvería a escribir aquel cuento. Y también si lo que me  convertiría realmente en una lagartija sería escribirlo o no hacerlo.

 

 

 

 

CIEN RUBIOS DE BOTE

nov 19, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Esta mañana, cuando volvía a casa después dejar a la niña en el cole, otro padre me ha adelantado por la derecha con una maniobra que casi me hace chocar contra un árbol y después de reprochárselo con un diplomático “¡A ver si miras por dónde vas”!, porque a mí lo que me pedía el cuerpo era un buen ¡microrrelatista!, nos hemos enzarzado en un encendido debate, en el que entre otras lindezas, él me ha afeado mi querencia por el realismo sucio, todo ello mientras los dos seguíamos conduciendo nuestros respectivos patinetes.

En nuestro barrio es auténtica devoción la que hay —aparte de por el género literario del cuento— por los patinetes. Cada mañana cientos de niñas y niños se dirigen a la escuela subidos en sus scooters y después son los padres y madres  quienes regresan a casa en ellos, dejando que el viento les desmadeje el pelo y el aire fresco de la mañana rejuvenezca sus rostros y los bordillos de las aceras rompan sus caderas.

La discusión me ha puesto tan nervioso que hasta me han entrado ganas de fumar, después de más de veinte años de abstinencia, así que antes de entrar a la panadería a comprar una chapata y el periódico, con el que regalaban una antología de cuentistas crudiveganos uzbekos, le he pedido un piti a un tipo que había en la terraza.

—¿Tienes un cigarrico? —le he dicho.

Y, aunque sobre la mesa, junto a El rockanroll es un martillo (el último disco-libro de La banda del abuelo, que incluye seis relatos de Josu Arteaga), había un flamante paquete de tabaco rubio, él me ha contestado tajante:

—No.

Y además me ha escupido un aro de humo a la cara.

Se han perdido las buenas costumbres. Hace veinte años existía una especie de solidaridad entre fumadores. Uno podía ir por la calle y, si se le había acabado el tabaco, le pedía un cigarro a un compadre fumanchú y este se lo daba amablemente, porque al día siguiente le podía suceder lo mismo a él y si se cruzaba contigo eras tú quien le invitabas a fumar (todo eso dentro de unas normas no escritas, por ejemplo, si veías que a quien le pedías un cigarro solo le quedaban dos o tres decías “Ah, no, no, entonces no”, y parecía además que eras tú quien le hacías el favor). También se compartían las pavas de los cigarrillos. Se fumaba, en definitiva, en auzolan y nadie se quedaba sin fumar.  Fumaban incluso los que no fumaban, porque se fumaba en los bares, en los autobuses, en el médico…

A pesar de todo, he comprendido que el tipo de la puerta en realidad me estaba haciendo un favor, puesto que con su desplante se me han quitado las ganas de nicotinarme.  He entrado entonces a por el pan y el disco-libro, pero justo entonces ha llegado un abuelo, con un cochecito de niños, al que amablemente he sostenido la puerta y le he dejado pasar. Craso error. El señor no solo no me ha dado las gracias, sino que una vez dentro de la panadería se ha colocado en la fila delante de mí, dándome la espalda. Podía haber caído antes en la cuenta de qué clase de persona era si me hubiera fijado que bajo el brazo llevaba un libro de Alfonso Ussía.

Luego he entrado en el portal, me he encontrado en el ascensor con el cartero, que era clavadito a Buskowski, y con un vecino que es un fanático de Edgar Allan Poe y va siempre disfrazado de orangután,  he subido a casa, he encendido el ordenador y he empezado a escribir esta columna, con la que  cumplo cien colaboraciones, cien rubios de bote, y en la que pretendía escribir algo especial para la ocasión, algo original, pero no ha podido ser, porque a mí nunca me pasa nada extraordinario, ya me disculparán ustedes.

 

 

EL HOMBRE INVISIBLE

nov 6, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Colaboración para “Rubio de bote”, en magazine ON (diarios de Grupo Noticias). 4/11/17

 

Yo soy invisible desde que era muy pequeño, pero tardé años en descubrir mis superpoderes. Entonces, siendo un niño, no me daba cuenta. Es más, como todos los niños del mundo soñaba con que me fuera concedido el don. Me imaginaba a mí mismo colándome en las tiendas de chuches, en los vestuarios de las chicas, en el despacho donde el profesor de matemáticas preparaba los exámenes…

No me daba cuenta de que YA era invisible —o intermitentemente invisible—, a pesar de algunos indicios. Por ejemplo, cuando mi madre me mandaba a comprar el pan y todos los mayores se me colaban. “Uy, ¿estabas ahí, bonito?, no te había visto”, decían, cuando después de armarme de valor reclamaba mi turno. O en el colegio, cuando elegían a pies los equipos de fútbol y yo me quedaba siempre el último. Más tarde, cuando me cansé de eso y me pasé al baloncesto junto con otros niños invisibles, los demás seguían sin vernos, y teníamos que jugar nuestros partidos esquivando los balonazos de los futbolistas, que disputaban los suyos invadiendo nuestra pista sin ningún complejo.

Más tarde, llegó la adolescencia, y yo pensaba que las chicas no me veían solo porque era un chico tímido, con aparato, gafas y la nariz torcida. Y los chicos porque no me gustaba el fútbol, ni los coches, ni el patxarán… Sin embargo, a veces  tenía la curiosa y equivocada impresión de que me sucedía justo lo contrario, que todos me miraban, me señalaban, se reían de mí. Incluso comencé a caminar de otra manera, como si sus miradas me obligaran a encogerme. Luego descubriría que ese era uno de los primeros síntomas de la invisibilidad, uno va retrayendo su cuerpo hasta que consigue ocultarlo a los demás por completo.

Aunque cuando de verdad empecé a sospechar que realmente era invisible fue ya entrada la edad adulta. Fue por pequeños detalles.  Por ejemplo, cuando leía algún libro, en el autobús o en la playa, me daba cuenta de que la gente pasaba a mi lado y me llenaba las páginas de arena o se sentaba junto a mí y empezaba a hablar en voz alta sobre cosas insustanciales como el tiempo o sus dolores de cabeza. Era invisible también en las colas, o cuando iba a manifestaciones de invisibles, que, si uno atendía a las noticias de periódicos y telediarios, nunca se había celebrado.

Por el contrario, cuando se trataba de pagar las letras del banco o del coche, no había invisibilidad que valiera, así que como el resto de los mortales tuve que buscarme un trabajo (por eso y porque por aquella época yo era una persona honrada). Casi siempre eran trabajos “sencillos”. Como camarero, limpiando oficinas, de mensajero… Conocí a todo tipo de gente y escuché todo tipo de conversaciones: entre políticos y jueces, entre jueces y periodistas, entre periodistas y políticos, entre todos ellos y delincuentes de todo tipo, constructores, pirómanos, agentes del CNI… Siempre me impresionaba la manera tan impúdica en que hablaban de sus chanchullos ante mí, como si no estuviera presente, como si fuera solo una parte más del mobiliario. Su falta de escrúpulos me hizo abandonar aquellos trabajos honrados y dedicarme por completo a la invisibilidad, a los pequeños hurtos, el escaqueo… Descubrí alborozado que, al contrario que en las películas, en donde las ropas de los hombres invisibles flotaban en el aire, en la realidad estas desaparecían también contigo. Pero aquello no era vida, yo no era como ellos, yo tenía remordimientos, así que empecé a tirar de la manta, a hablar, por fin, a contar todas las cosas que había oído… Fue entonces cuando descubrí que en realidad no era invisible sino que hasta entonces los otros habían hecho como que no me veían.

 

 

 

LA LEY DEL CEMENTO

sep 10, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, semanario ON 09/09/2017. Foto: fotograma de Secretos del corazón (Montxo Armendariz). Antiguas pasarelas de Pamplona

 

 

El  skyline de Pamplona recortándose sobre el parque de la Media Luna, con el río Arga como una culebra de agua a sus pies, que es además el skyline de mi infancia, está amenazado por la construcción de varios rascacielos, lo cual me hace pensar también que Gainsbourg, mi conejo enano belier, suele sentarse siempre en el punto más elevado de su jaula.

Algunas veces subo andando desde la Txantrea y veo las torres de la catedral, la muralla, las lomas grises sobre el río, la cruz del Seminario; otras, paseo por la Media Luna y diviso de un solo golpe todo el paisaje de mi niñez, el que fue mi territorio: desde mi colegio, los Escolapios, hasta mi casa, en los bloques beige de Orvina 3. Y siento que todo se me remueve por dentro, que los recuerdos brotan, vuelven a mí, se abren como palomitas de maíz en el microondas de la memoria.  Y apoyado en la barandilla verde, con el barranco de la mediana edad a mis pies, veo pasar como una película escenas de los primeros años de mi vida.

Me veo a mí mismo, cruzando las pasarelas sobre el Arga, y a aquel gran perro lobo viniendo de frente,  y recuerdo cómo me arrojé al agua antes de que se me comiera mi corazón en piel de gallina; aquellas pasarelas, que tampoco son las mismas de hoy, a las que en invierno quitaban las tablas de madera para que no se las llevasen las crecidas, de modo que quedaban solo los bloques de piedra; recuerdo también que nosotros debíamos saltar de uno en uno esos pilones, con el rumor hipnótico del agua  bajo las Jhon Smith llamándonos por nuestro nombre, cuando el Pisahuevos nos mandaba, en clase de gimnasia, a hacer “el cross de Beloso”, así lo llamábamos.

Me veo, algo más allá, subiendo a los trampolines del Club Natación, para tirarme del cuarto con carrerilla o del tercero de cabeza. Y la pista de baloncesto, en la que encesté mis mejores canastas, cuando nadie miraba. Me veo en la chopera detrás de las gradas, entre la piscina y los caballos de Goñi, jugando, muerto de vergüenza, a verdad o atrevimiento. Veo, entre la piscina y las pasarelas,  el hueco donde estuvo el antiguo lavadero, y recuerdo cuando el suelo de madera carcomida me tragó, se hundió bajo mis pies, aunque yo fuera el más flaco de la clase. Veo las volutas de humo de los primeros cigarrillos, en el banco detrás de los bomberos donde nos juntábamos, después del colegio, a jugar  —bote-bote Lázcoz, arenado Juangarcía…—, a mirar revistas prohibidas, a fumar…;  veo también otro humo más negro, elevándose desde el fortín de San Bartolomé cuando nos colábamos en él y hacíamos fuego con las papeletas de propaganda electoral. Veo la muralla, desde la que arrojábamos bolas de nieve a las villavesas que subían por la cuesta de Labrit, o castañas pilongas a los del colegio del al lado, los alumnos de Salesianos.  Veo, más allá, el puente de la Magdalena, y recuerdo cómo me sentía seguro, a salvo de los navajeros, cada vez que lo atravesaba, de vuelta al barrio conflictivo. Veo Irubide, mi instituto, y recuerdo lo feliz y lo tímido que fui en él, las fiestas, las huelgas, las chicas…

Veo todo eso, desde la barandilla verde de la Media Luna, desde el skyline de la ciudad que es su memoria y la mía y en el que, dicen, quieren incluir varios rascacielos, sin que nada pueda al parecer impedirlo, porque el pacto está sellado con cemento; lo veo y pienso qué verán, qué sentirán, desde las ventanas más altas, quienes ocupen esas torres, con sus magníficas vistas, por las que pagarán mucho dinero y que sin embargo, nunca les pertenecerán, al menos como me pertenecen a mí y le pertenecen a la ciudad. Veo todo eso y pienso también en Gainsbourg, mi conejo enano belier, a quien su instinto de dominación o de protección, no sé,  lo hace buscar siempre el sitio más elevado de la jaula, y no le importa que este sea el mismo lugar en el que hace sus necesidades, con tal de estar allí, en lo más alto, aunque sea sentado sobre sus propias cagarrutas.

 

AUTOTURISMOFOBIA

ago 27, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en semanario ON (26/08/17)

 

Yo me acuso y me desprecio a mí mismo por haber echado al plato más de lo que podía comer en el buffet libre; por haberme sacado selfies en los monumentos más emblemáticos de las ciudades que he visitado (y por haber incluido con absoluta naturalidad el término selfie en mi vocabulario); por no planificar las paradas del viaje en coche y detenerme siempre y sin querer, cuando ya tengo el culotabla, en el área de servicio más cutre…

Yo me acuso, en fin, de ser turista de vez en cuando, que es siempre que puedo. Como casi todos, creo. Por eso me sorprende y no entiendo como a la serpiente de verano sobre lo que se ha dado en llamar turismofobia todo el mundo le pone el cascabel sin que les tiemble el pulso, con opiniones firmes, sin medias tintas, con el tono airado y gritón y el dedo acusador. Y que nadie muestre dudas, ni tenga contradicciones.

Yo las tengo.

Por un tubo.

Me pregunto, por ejemplo, si puedes manifestarte contra el turismo en tu ciudad un día y al siguiente hacer la mochila e irte a los Pirineos o a la India, supongo que parapetado con la excusa de que tú no eres un turista sino un viajero. Y del mismo modo que digo eso digo también que no considero que hacer pintadas en un autobús turístico, ni siquiera pinchar ruedas de bicicletas, te convierta en un terrorista.  Todo lo contrario, me parece que esas acciones han abierto de manera eficaz el melón de un problema evidente y al que, sin embargo, no se había prestado atención porque durante años ha sido la gallina de los huevos de oro: un tipo de turismo depredador e insostenible, o sostenido sobre la precariedad de los trabajadores del sector, el deterioro progresivo en la calidad de vida de la población autóctona y la esquilmación de recursos naturales.

¿Qué es más vandálico, tirar confetis en un puerto deportivo o lanzarse desde un balcón a la piscina del hotel? ¿Los turistas que se cagan en mitad del paseo marítimo son también nuestros amigos? ¿Qué quiere decir “turismo de calidad”, esa especie de mantra que alcaldes, consejeros de turismo repiten a menudo contraponiéndolo a estos comportamientos? ¿Van a prohibir en Donosti calzarse sandalias con calcetines?…

Me pregunto si en realidad tras esa expresión, turismo de calidad, no se esconde también cierto clasismo. Si tras esa expresión y tras la demonización del turismo, de un tipo de turismo, no se agazapa la idea de que los pobres no deberían tener derecho a viajar, a disfrutar de sus vacaciones.

Muchas preguntas y mucho ruido por respuesta, en la redes sociales, en los debates-espectáculo de la televisión —con expertos como Terelu Campos—, en los periódicos (por cierto, cada vez es más difícil conseguir un periódico en ciudades de veraneo, hay que andar y andar hasta encontrar un quiosco, la gente ya no lee la prensa ni de vacaciones, luego que aumenta la turismofobia)…

Una pequeña parte de la solución, supongo, la que nos atañe a los turistas de a pie, pasa por aplicar el sentido común (por ejemplo, no darte duchas de media hora en los hoteles, del mismo modo que no lo harías en tu casa), pero el problema del turismo, de ese turismo autodestructivo y salvaje, seguramente tiene que ver con aspectos de la macroeconomía, del capitalismo voraz, con los modelos de consumo y los comportamientos individualistas fomentados en las últimas décadas y ante los cuales uno se siente muy pequeñito, impotente, con tantas posibilidades de propiciar cambios como de que la palabra autorretrato sustituya al anglicismo selfie.

 

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