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CÁSCARAS

sep 8, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) 08/09/2018

 

Cuando yo era pequeño lo habitual era tirar al suelo los envoltorios de las chuches, por ejemplo, de aquellos chicles Cosmos que te dejaban la lengua negra, o de los Cheiw (“Deme cinco chicles”. “¿Cheiw?” “No, chinco”); o las cáscaras de las pipas. Comíamos muchas pipas. Comíamos pipas a todas horas. Había parques enteros y  cines de barrio enmoquetados con sus cáscaras. Ahora ya casi no se comen pipas. Las palomas del parque ya no hablan conmigo. Y nadie siente dejar este mundo sin probar las pipas Facundo. Tampoco hace ya nadie rimas publicitarias de ese tipo, tan rotundas y efectivas: “¿Qué tal? Muy bien con Okal”. “¿Qué hora es? ¡La hora 103!”.  Ahora los publicistas se ponen estupendos, sin darse cuenta de que después hay un comercial que tiene que vender su creatividad de mierda. Recuerdo hace unos años el anuncio de un coche con “ziritione”. ¿Qué era el ziritione? Nada. La ocurrencia de un copy que después no tenía que recibir a quienes se acercaban al concesionario a preguntar: “¿Y este coche tiene ziritione?”. “Claro, ejem, todos nuestros coches tienen ziritione”. “¿Pero qué es exactamente el ziritione?”. “Eh, bueno, sí, la satisfacción que da conducir nuestros coches”. “¿Qué satisfacción: el asiento te masajea el culo, el coche te aplaude si haces un adelantamiento correcto…?”. “No, je, je, eso si quiere puedo hacerlo yo cuando usted lo pruebe”. “¿Lo primero o lo segundo”. “Lo de aplaudir, claro”. “Pues vaya”…

Tiene que ser en todo caso difícil ser publicista en estos tiempos, competir contra tantos hombres y mujeres-anuncio, que trabajan gratis, que pagan en realidad por pasear sus camisetas con las marcas —LEVIS, NIKE, ESPAÑA…—,  en letras que vería hasta Rompetechos con conjuntivitis.

Pero estábamos hablando de la basura. Ahora, si nuestros hijos tiran un papel al suelo los obligamos, como buenos ciudadanos que somos, a recogerlo y a llevarlo a la papelera; o al contenedor azul. Bueno, si el papel está sucio, ¿va al azul o al orgánico?… Da igual, la basura está, en todo caso, perfectamente clasificada y las aceras limpias de cáscaras y de plastones de chicles. Todo está bajo control. ¿Todo? ¡No! En realidad generamos más porquería que nunca. Cartón, plástico, plástico para envolver el cartón, cartón para envolver el plástico que envuelve al cartón… Y la guardamos bajo la alfombra, en los vertederos, que ahora se llaman centros de tratamientos de residuos, o enviándola a África, donde junto a las minas expoliadas de coltán se levantan montañas de inmundicia electrónica, contaminante y  cancerígena. Un crimen perfecto y circular. La mierda, en todo caso, acabará por comernos a todos. El principal problema de la humanidad en el siglo XXI será la basura (aparte de Albert Rivera o Pablo Casado, quien, por cierto, propuso un plan Marshall para África; para mí que se refería a eso, a enviarles comida caducada y ordenadores descacharrados).

Hablando de electrónica, hace unos días aparecía en el telediario una horda de adolescentes a los que sus padres llevaban a la estación para viajar rumbo a un festival veraniego de música. Y los abnegados progenitores sacaban de los maleteros de sus coches para meterlos al del autobús los equipajes, en los que a los “mochileros” no les faltaba de nada: ordenadores portátiles, consolas, palos selfie, aparte de sillas y mesas de camping, tablas de surf… Tenemos artefactos, con sus envoltorios y su ziritione, para todo: tampones con bluetooth, sandalias con capota para los días de lluvia, gafas inteligentes para picar cebolla… Y no podemos vivir sin ellos. En lugar de irnos de vacaciones nos vamos de mudanza. Nuestra huella ecológica es la de un dinosaurio en vías de extinción. Pero “a mí plin, yo duermo en Pikolín”. Con mucha suerte, acabaremos todos comiendo pipas otra vez. Y sus cáscaras.

 

SALVAJE

ago 25, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en semanario ON 25/08/18 . Ilustración: PEDRO OSÉS (incluida en la novela PAN DURO, Patxi Irurzun)

 

Era su semana salvaje. Así la llamaba. La esperaba como una fiera hambrienta a su presa, tachando a zarpazos en el calendario los días que faltaban para sus vacaciones.

Al llegar el verano, cada año, conducía hasta el viejo caserón familiar en un pueblo abandonado y se convertía en uno más de los animales —arañas, ratas, culebras— que se enseñoreaban de aquellas ruinas.

Una vez allí, se abría camino entre la maleza y la basura, los huesos, las botellas y latas vacías, las hojas amarillas de otros años y subía las escaleras de la casa, que crujían temblorosas. Abría después el grifo de la cocina, escuchaba el glugú de las cañerías y veía caer aquella agua marrón, oxidada, que parecía sangre sucia. Entraba por último en su habitación, retiraba las telarañas y las cagadas de ratón de la cama, cambiaba las sábanas, se tumbaba sobre el viejo colchón y, simplemente, esperaba, hasta que su cuerpo le dijera qué quería hacer.

Algunos días, no quería hacer nada, se quedaba allí, tirado en el catre, escuchando aquel silencio colosal, que solo interrumpía el ladrido de algún perro a lo lejos, el rumor entre las zarzas de una culebra o, al anochecer, el viento ululando allá en lo alto de La Cerda;  otros días ponía la música a todo volumen, Black Sabbath, Beethoven, Pink Floyd, se tomaba una pastilla y miraba cómo temblaban las paredes, cuando las pateaban los elefantes rosas; o leía durante horas, e iba arrancando las páginas a medida que lo hacía y arrojándolas a la cuadra por un agujero en el suelo, que también utilizaba a veces para  orinar o defecar, si no le apetecía salir de la habitación. A veces, se limpiaba el culo con los libros que no le gustaban, que eran la mayoría. Otras, se masturbaba frenéticamente, como un mono, como un bonobo, hasta que las sábanas se acartonaban y el vello del vientre y del pubis se le convertían en un remolino de semillas secas; u olisqueaba como un Narciso en celo sus manos, después de hurgarse la hendidura entre las dos nalgas.

Bebía mucho. Y arrojaba las botellas vacías por la ventana.  Algunas noches, cuando se emborrachaba, bajaba desnudo a recorrer las calles vacías del pueblo y hablar con los muertos, o a asesinarlos con un cuchillo jamonero; otras, subía a la montaña, desafiando a aquella Cerda, como la llamaban, que decían que devoraba a quienes se perdían en ella, desorientados entre la niebla o tragados por un desfiladero. Esperaba acurrucado bajo un árbol, temblando de frío y excitación, hasta el amanecer, hasta que veía pasar a algún excursionista sonriente y confiado. Y después, regresaba al caserón, donde dormía durante horas, como una fiera que ha saciado su apetito.

Un día antes de que finalizaran sus vacaciones, cada año, abandonaba la casa y hacía noche en la ciudad más próxima, en un hotel, siempre el mismo hotel, donde ya lo conocían y lo esperaban y no se asustaban de su aspecto. Sentía un enorme placer al asearse, después de tantos días sin hacerlo, al dormir en sábanas limpias, al comer un menú de cincuenta euros… A veces pensaba que hacía todo aquello solo para eso, para disfrutar de aquellos momentos, de una cerveza fría y bien tirada,  de la lectura de un periódico del día,  pero, sobre todo, de aquella ducha en el hotel, bajo la que permanecía durante más de una hora, dejando que el agua caliente y el vapor limpiaran en su piel la tierra, el semen, la sangre, todos los rastros de su semana salvaje.

 

Patxi Irurzun

MIS PRIVILEGIOS

jun 2, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  1 Comment

 Publicado en Rubio de bote (magazine ON, diarios grupo Noticias) 02/06/2018

 

Sí, es verdad: tengo privilegios por saber euskara. Me sentí privilegiado cuando me enamoré en euskara de mi mujer. O cada vez que puedo leer en esa lengua a Iban Zaldua o Karmele Jaio. Cuando escucho a Mikel Laboa o a Berri Txarrak. Cada vez que puedo atender en euskara a los usuarios vascohablantes de la biblioteca en la que trabajo. Siento que es un privilegio cada día que oigo a mis hijos hablar en la lengua que perdieron mis abuelos. Me siento privilegiado sabiendo que sé euskara –con todas mis carencias—  gracias a todos los esfuerzos que he tenido que hacer y a todas las dificultades que he tenido que superar.

Supe —es muy triste— que donde yo vivía se hablaba otra lengua que también era la mía  demasiado tarde, cuando tenía diez o doce años, a pesar de mis apellidos (una casualidad del destino) o del nombre de la casa de mi madre: Casa Oberena. Todavía tardaría varios años más en pisar por primera vez un euskaltegi y la primera estuvo a punto también de ser la última, pues me tocó hacer un antzerki, un teatrillo,  y jugar al balón con un señor con barba. Aguanté, a pesar de todo, un par de años, hasta que me salió un trabajo a turnos en una fábrica, un trabajo agotador que me quitaba hasta el habla. Después, cuando me despidieron, me tomé la revancha y me fui a un barnetegi, un internado, durante nueve meses. Como un embarazo. Allí conocí a mi mujer y me enamoré de ella. Durante nuestros primeros meses juntos solo hablamos en euskara. Después, un día, de repente, el corazón eligió otra lengua para nosotros, el castellano, nuestra lengua materna, y no pudimos hacer nada en contra. No tengo, sería absurdo, nada en contra del castellano (al contrario, soy licenciado en Filología Hispánica, he escrito más de treinta libros en esa lengua, es la materia prima de mi trabajo, a la que amo, con la que disfruto y me sorprendo a mí mismo cada día; es la lengua que hablo habitualmente). No creo tampoco que ningún euskaldun tenga nada en contra del castellano, porque sabe y no tiene que explicar a nadie que es también su lengua, una de sus lenguas.

Cuando nacieron mis hijos quisimos matricularlos en una escuela infantil en euskara. No fue posible, porque en Pamplona solo había dos, entre más de una quincena, a pesar de que la demanda era mucho mayor. Tuve que manifestarme y pagarme el autobús para ir a las manifestaciones para que en el colegio público de mi hijo abrieran una línea en ese modelo (a la que finalmente se apuntaron el doble de niños que en los demás). He tenido que escuchar, hace solo unos días, en una cafetería, que los padres que decidimos educar a nuestros hijos en euskara los adoctrinamos, hablándoles en esa lengua desde que comenzamos a darles el biberón…

Siento por todo eso mucha tristeza cuando oigo, sin embargo, a algunos decir que “quieren imponernos el euskara”. Me parece injusto y falso. Dicen también que no  tienen nada contra el euskara pero a muchos incluso les cuesta pronunciar su nombre y prefieren llamarlo vascuence; pero lo menosprecian y se mofan de él…  Algunos de ellos incluso dicen que lo aman. Y es que hay amores que matan. El euskara es una lengua minorizada y, por tanto, amenazada. Una lengua que hay que fomentar y proteger e incluso discriminar positivamente, que es lo lógico y lo que recomiendan algunos de los organismos europeos a los que apelan quienes hoy convocan la manifestación contra la política lingüística del Gobierno de Navarra.  Para ellos la mejor política lingüística es que no haya ninguna; o la de antes, cuando alguno de los directores generales de esa área incluso desconocía una de las dos lenguas de su comunidad. El euskara, en definitiva, no es una lengua que se habla para fastidiar a quien la ignora, sino para enamorarse, para desenamorarse, para protestar, para educarse y trabajar en ella, para cantar, leer, escribir… Para dar el biberón. Como cualquier otra lengua. Como cualquiera que no tiene, por el contrario, la obligación de justificarse una y otra vez por existir.

CARTAS AL DIRECTOR: INTRUSOS

may 6, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  2 Comments

Publicado en “Rubio de bote”, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) / 05/05/2018

 

Desde EDEMA, la asociación de Escritores de Mágico-Realismo y Amanescismo-Berlanguista, queremos una vez más mostrar nuestra más honda y yamaha preocupación por las cada vez más frecuentes e intolerables muestras de intrusismo profesional que amenazan nuestra supervivencia como creadores y también la de nuestras ingles.
Ya, maja.
Anteriormente tuvimos que denunciar la situación de precariedad a la que nos vemos abocados y a patadas en un país en el que gran parte de sus habitantes intenta y a menudo consigue vivir del cuento (familia real, consejeros de cultura, turismo y culturismo, jueces y fiscales de la Audiencia Nacional, coachs, youtubers, tertulianos e influencers…, todo el mundo menos quienes de verdad nos dedicamos a escribir cuentos), pero ahora la situación ha dado otra inverosímil vuelta de rosca con el golpe de estado ejecutado por la realidad contra la ficción.
La gota que ha colmado el vaso ha sido la reciente noticia que hemos conocido según la cual uno de nuestros más desleales y entrometidos competidores, la Guardia Civil, ha creado su propio territorio mítico, es decir, para los legos y playmobils en literatura, un lugar imaginario convertido en escenario de, a menudo, esperpénticos relatos. El Macondo de García Márquez, el Obaba de Atxaga, el Comala de Juan Rulfo, el Zarraluki de Patxi Irurzun, el condado Yoknapatawpha de Faulkner (¡por supuesto!), … y ahora el benemérito Sant Esteve de les Roures.
Pero pongámonos en antecedentes (penales): en un informe enviado por la Guardia Civil al juez Llanera sobre acciones contra cuerpos policiales tras el referéndum del 1 de Octubre en Catalunya se informaba de una aldea poblada por irreductibles payeses en la que se había registrado más de trescientos incidentes violentos. Una auténtica proeza, sobre todo teniendo en cuenta que este pueblo es tan pequeño que no se ve en los mapas (aunque bebiendo cava y pegando patadas en el culo a los picoletos lo conozca hasta el Papa). Que no existe, vamos. O que no existía hasta que la Guardia Civil se lo inventó, porque ahora, gracias al ingenio de miles de internautas, muchos de ellos, evidentemente, asociados a EDEMA, Sant Esteve de les Roures tiene sus propias redes sociales con miles de seguidores, universidad, metro o está hermanado con otros territorios míticos como Arralde, el pueblo ficticio en el que transcurría la serie Goenkale y al que otro juez, Baltasar Garzón, envió a la policía (a la de verdad) para prohibir una comida popular de apoyo a los presos de ETA.
Se ha producido un efecto rebote, además, en otros intrusos en la literatura surrealista como el perito en el juicio contra los jóvenes de Altsasu, presunto experto en el “tema vasco” e inventor del partido político “Jeroa bai” o el fiscal creador del movimiento “Seji”, aunque nada comparable a ese episodio relatado por un agente en el que cuenta como a uno de los acusados no pudieron detenerlo porque fueron a buscarlo a casa y su padre se lo impidió, “¿Está el chaval?”, “Sí, pero si es para irse con la guardia civil que no sale”, “Ah, vale, pues ya si eso venimos otro día”.
Si a todo esto le sumamos presidentas de comunidades autónomas a las que en un Eroski se les caen cremas antiedad al bolso (lo peor no nos parece el robo, si no que alguien con esa responsabilidad crea que esas cremas sirven para algo), directores de bancos que se dedican a asaltarlos, policías que obligan a desnudarse a quienes visten de amarillo… ¿qué nos queda a los escritores amanecista-berlanguianos y mágico-realistas y a nuestras ingles? ¿Tal vez dedicarnos al realismo sucio o social? ¿Opositar para jueces? ¿Presentarnos a las elecciones? No nos sigan dando ideas, no nos sigan dando ideas…

ARMADURA

mar 30, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, magazine ON (diarios de grupo Noticias) 30/03/2018

 

Un mes antes de que Nirvana publicara Nevermind, de que yo ni siquiera supiera que ese grupo existía ni qué era el grunge,  me compré por fin la camisa de leñador. Aquella camisa de leñador fucsia. Solía verla cada vez que pasaba por delante de Ortega, una tienda en la Calle Mayor de Pamplona en la que vendían ropa de trabajo. Me preguntaba quién llevaría aquellas camisas. Quizás alguna brigada nocturna de tala, en los arcenes de una autopista de montaña. Me daba lo mismo. A mí me encantaba. Pero me daba vergüenza entrar a pedirla, primero, y una vez que la compré, salir con ella a la calle. Todo me daba vergüenza y miedo en aquella época: las chicas, el trabajo, el paro, la policía, la gente, el teléfono, las drogas, yo mismo… A veces me pasaba semanas enteras sin salir de casa, encerrado en mi habitación, escribiendo y oyendo discos, con el pelo sucio y aquella camisa de leñador que ni siquiera me quitaba para dormir. La camisa era mi armadura. Con ella puesta podía hacer astillas todos mis problemas, mi timidez, convertir en leña mis complejos y levantar con ella refugios de palabras, cabañas en el bosque,  bajo los que me resguardaba de la intemperie de la soledad.

En aquella época, comenzaron a verse los primeros canales de televisión de otros países. En casa solíamos poner la MTV en alemán. Había un presentador con el pelo largo y aros en las orejas que se llamaba Nino y que ponía videos de Aerosmith, Europe, Bon Jovi… Yo salía de vez en cuando de mi habitación para verlos junto a mis hermanas. Ninguno de nosotros entendíamos nada de lo que decían, pero a ellas les gustaba Nino y a mí el AOR. Y el hard rock. Y el punk. El reggae. El heavy metal. El blues… Tenía más de quinientas cintas, la mayoría de ellas grabadas, de grupos como Eskorbuto, Leño, Iron Maiden, Led Zeppelin, Barricada, Gari Moore, Hertzainak, Dire Straits, Bob Marley… Pensaba que lo había escuchado ya todo y que todo estaba inventado. Y de repente un día, Nino puso aquel video: un gimnasio lleno de humo, unas animadoras vestidas de negro, moviendo desganadamente los pompones, un barrendero viejo y rijoso cabeceando al ritmo de la música, aquella música, sobre todo aquella música, como una válvula de escape, la espoleta de una bomba de mano a punto de estallar, un mantra de guitarras sucias, como mi pelo, y atormentadas, como yo… No sé cuantas veces oí ese año aquella canción, aquel disco. Muchas. Como se escuchaban entonces los discos. Aprendiéndolos de memoria. Recitando cada estrofa, cada rasgueo de guitarra como una oración. Nosotros que no creíamos en nada… Recuerdo las navidades de aquel año, cuando Nino hizo un resumen de los mejores discos del año y volvió a poner Smells like teen spirit. Mis hermanas y yo cabeceando en el cuarto de estar. La mente llenándose de niebla y sangre al compás de la canción, del mantra, de la oración de los descreídos… Yo con mi camisa de leñador, talando de cuajo los nudos que crecían en mi estómago muerto de hambre, en mi corazón en piel de gallina, cercenando las ramas podridas, arrancando las raíces, despejando la espesura que me separaba del mundo, al otro lado de la puerta de mi habitación y de casa, degollando los monstruos del miedo y la introversión.

No convertí, sin embargo,  a Nirvana, ni al grunge en mi religión… No lloré, ni sentí que mi corazón se abrasaba cuando Kurt Cobain se extinguió como una llama. No me compré todos sus discos. No me masturbé pensando en Courtney Love. Nunca tuve curiosidad por saber en qué se convirtió el niño desnudo nadando detrás del billete. Pero siempre supe, cuando escuché por primera vez aquella canción, que jamás había escuchado nada parecido. Y que era la primera vez que me sucedía algo así. Y, sobre todo,  a partir de entonces comencé a salir a la calle, alguna que otra vez,  con mi camisa de leñador. Mi armadura. Mi camisa de leñador fucsia.

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