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DIARIO DE UNA ACTIVISTA

ago 18, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Resultado de imagen de avioneta hazteoirPublicado en “Rubio de bote”, semanario ON 12/08/2017

 

Ave María Purísima. Antes que nada, padre: le ruego que sea cuidadoso y una vez que termine mi confesión, elimine este correo. Mire, que usted es muy manazas. Como bien sabe, desde hace unas semanas recorro nuestro país a bordo del autobús de gritaloalto.org, en calidad de community manager. A usted todo eso le sonará a chino, pero las nuevas tecnologías para una persona con mi discapacidad son una bendición del cielo y yo me manejo en ellas con soltura, aunque no han faltado desalmados a los que les parece muy gracioso que una persona muda sea la portavoz en internet de gritaloalto.org.  Que Dios los perdone.

Hace ya casi un mes que salimos de casa y a mí me parece que ha pasado toda una vida. No soy la misma persona, mis convicciones se han tambaleado y por eso le escribo, buscando consuelo y si soy digna de él, perdón. No sé muy bien por dónde empezar, me siento confusa, así que me ha parecido conveniente adjuntarle algunos extractos de mi diario personal:

Lunes, 8 de mayo: Por fin ha llegado el día. Arrancamos. Conmigo viajan Jesús María, el presidente de nuestra organización y Fer, el chófer, un chico con el pelo largo y algún trozo de piel entre los tatuajes. También tiene un piercing en la lengua. A mí no me parece ni medio normal, pero Jesús María me ha dicho que nos vendrá muy bien alguien con ese aspecto de delincuente. El autobús es fosforito y tiene unos rótulos enormes en los que se lee: “SER HOMOSEXUAL O TRANSGÉNERO NO ES OBLIGATORIO. TAMBIÉN PUEDES SER NORMAL”.

Jueves, 11 de mayo: Tres días parados. Nos han denunciado por un delito de odio. Apenas salimos del autobús porque fuera siempre hay radicales y separatistas gritando. Qué feos son todos. Poco a poco me voy acostumbrando a la convivencia, a ver a Fer paseándose sin camiseta, peinándose ese pelazo, pasando su lengua con piercing por el papel de liar cuando prepara esos cigarrillos tan raros… Me acuerdo a menudo de mi difunto, me pregunto qué pensaría él si me viera ahora. Él siempre decía que el mío era un trabajo callado, en casa, preparando su agenda, sus conferencias, sus facturas. Creo que todo esto no le haría mucha gracia.  

Domingo, 14 de mayo: De nuevo en la carretera. Jesús María tapó con unas pegatinas la primera frase de nuestro mensaje y ahora los jueces han estimado que no hay nada ofensivo en él. En realidad fui yo quien le dio la idea. Jesús María me lo agradeció efusivamente, me dio dos besos, y yo me ruboricé como una adolescente. Por la noche tuve sueños raros.

Jueves, 18 de mayo: La misión está siendo un éxito. Allá por donde pasamos hablan de nosotros. Hasta nos han salido imitadores y ya hay varios autobuses de otras organizaciones circulando por las carreteras. Ayer coincidimos en un área de servicio con uno a favor de la III República y otro de antitaurinos. Estuvimos cenando todos juntos, contando anécdotas de nuestros viajes, las veces que nos han apedreado o nos han pinchado las ruedas. A mí me pareció muy bonita esa hermandad y ese respeto por las ideas y las vidas de los demás. A Jesús María no y se fue a dormir pronto. Fer y yo nos quedamos un poco más, bebimos alguna cerveza, liamos algún cigarrillo. Después, al subir al autobús, sucedió: Fer me agarró por la cintura, yo me volví hacia él y nos besamos. Ahora entiendo lo del piercing

Sin pecado concebida.  Estimada María Jesús: he preferido no seguir leyendo su pecaminoso diario, entre otras cosas porque las confesiones virtuales no tiene valor y no puedo absolverla, aunque sí ayudarla, pues tiene usted razón, soy un manazas y, como a estas alturas ya sabrá, envié por error una copia de su email a nuestro presidente y de acuerdo con la junta de gritaloalto.org,  hemos decidido suspender la campaña del autobús y sustituir este por una avioneta y a usted como portavoz. Lo siento. Que Dios la perdone a usted también.

 

 

BAR PARÍS

jul 3, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Posando muy cerca del Bar París, en la calle Jarauta. Foto: Noticias de Navarra (Oskar Montero)

 

Hay algunos bares que están gafados. Bares a los que no entra nadie, aunque todos los de alrededor parezcan una olla hirviendo. Bares con camareros campeones de sudokus y carteles en la puerta del baño que dicen “Solo para clientes”, porque, bueno, de vez en cuando alguien sí entra, pero solo para mear.  Nadie sabe muy bien a qué se debe su maldición. A veces esos bares cambian de dueño, de estilo, se remodelan, llaman a Chicote, pero la gente sigue sin atravesar su puerta, como si al hacerlo fuera a absorberlos un agujero negro, a tragárselos una bacteria gigante de la salmonella o a morderles entre las piernas una cucaracha carnívora emergida del  baño turco.

Cuando yo era joven, o sea más joven, solía andar con mis amigos por los bares de la calle Jarauta de Pamplona. Como además de jóvenes éramos también bobos nos gustaba entrar a aquellos que parecerían un vagón de metro de Tokio en hora punta si en los metros japoneses se pudiera fumar, poner la música a todo volumen o derramarte los katxis de cerveza por la cabeza. La música que cantábamos a pleno pulmón podía ser, por ejemplo, aquel estribillo de Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, sin que eso nos supusiera ninguna contradicción. Por entonces, con veinte años, no se nos pasaba por la cabeza pensar que, al cabo de otros veinte años, más de cinco personas esperando para ser atendidas en la barra nos parecerían una muchedumbre.

A mí de todos modos, que no sé si era menos bobo o más raro y eskorbutiano—o quizás solo que no me gustaba pedir, abrirme paso hasta aquellas barras como trincheras,  en las que mis disparos nunca alcanzaban a los camareros— ya por entonces me agobiaban los tumultos y de vez en cuando solía salir del Zagit o del Depor o del 84 y cruzaba la acera hasta uno de aquellos bares gafados que había enfrente, el Bar París, para respirar un poco, es decir para fumarme tranquilamente un cigarro.

El Bar París era un bar pequeñito que estaba siempre vacío, a pesar de su leyenda: la París-Niza, un poteo mortal que se iniciaba en él y que, con parada en decenas de establecimientos de Jarauta y Estafeta, acababa en el Bar Niza, cerca de la plaza de toros. Yo creo que nadie lo ha completado jamás, como no sea por etapas, o para hacer fuagrás con su hígado. El caso es que en el París uno solo se encontraba con algún txikitero sin cuadrilla, algún insomne, algún borrachín… Y que a mí que, fíjate si era raro, ya por entonces escribía, al observarlos se me encendía el botón, modo literatura, y comenzaba a fantasear con sus historias.

Fue de ese modo como imaginé una novela en la que la camarera del París se llamaba Esperanza y cada día cocinaba un puchero de pisto con el que alimentaba a aquellos náufragos de la noche. Una novela que nunca escribí, porque aquella no era la realidad de Pamplona en aquellos años y mi historia se parecía más a los libros de borrachos de Bukowski o de vagabundos de Steinbeck que yo leía por entonces. Y una novela también, que sin embargo, al cabo de los años  acabaría convirtiéndose en una historia real, pues aquel bar París terminaría siendo la primera sede del comedor solidario Paris 365.

Nunca escribí esa novela, pero en una de esas carambolas del destino, sí un libro que acaba de publicarse titulado De igual a igual. 8 historias del comedor solidario Paris 365 en el que he tenido el privilegio y la responsabilidad de poder contar las historias de algunas de las personas que acuden cada día a esta asociación y que gracias a ella han tenido una oportunidad de rehacer sus vidas. Personas de aquí y de allá, de Senegal y de Donosti, de Pamplona y de Quito, que cayeron e intentan levantarse. Historias duras, pero, en cierto modo, también esperanzadoras. Historias que pudieron ser o pueden ser también las nuestras.  Y es que, después de todo, entre un bar con mala suerte y otro en el que parece que regalan algo casi siempre solo hay unos pasos de distancia.

Publicado en ON, suplemento de diarios de Grupo Noticias (01/07/2017)

LA METAMORFOSIS DE GABILONDO

may 21, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en Rubio de bote (magazine ON, diarios de Grupo Noticias) 20/05/2017

LA METAMORFOSIS DE GABILONDO

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gabilondo se levantó convertido en un monstruoso culturista con músculos por todo el cuerpo menos en la cabeza.

Gabilondo, que en su anterior vida había sido de complexión tirillas y de oficio corrector de textos, al principio se sintió sumido en una especie de nebulosa, confundido por su acojonante aspecto físico y la clamorosa falta de ortografía en el tatuaje que atravesaba su pechotoro: Gora gu eta gitarrak! Pero fue solo un momento, casi inmediatamente le entraron ganas de repartir estopa al primer facha o para el caso aficionado del Betis (o del Sevilla, o del Coria del Río Club de Fútbol,  españolitos de mierda todos, en definitiva) que se cruzara por la calle y de mandar whatsapps a la peña, del tipo “Haber, peña, ya en puta Seviya, pasada de biaje, gora gu eta gorrotoak!”.

Gabilondo, que como todo el mundo sabía era uno de los jefes de los proetarras, desayunó un lingotazo de anís, dos tazas de café y un puñado de trankimazines, salió a la calle y se metió en el primer bar que vio, en el que pidió dos katxis de cerveza, uno para bebérselo de un trago y otro para tirárselo por encima a un tipo que había en la terraza leyendo el Marca, El País, La Razón o algún otro de esos diarios fascistas.

Se acercó al provocador y tras ponerle en la cara una ikurriña, una bandera del Athletic o algún otro símbolo terrorista, no recordaba, le vertió el katxi en la cabeza y le dio una colleja y un patadón que mandó a al perrito que lo acompañaba hasta Bormujos, todo ello mientras un compañero que iba con él y del que no hemos dicho nada todavía porque lo único que hacía era reír las gracias de su amigo con una risita de ababol, grababa todo en el móvil (en realidad el colega de Gabilondo era profesor de lengua y literatura, pero esa mañana se había levantado convertido en rata).

El Rata, pues, grabó la ekintza y no tardó ni dos minutos en subir el video a dieciséis redes sociales, con lo cual no había pasado ni media hora (es decir, un kilo de trankimazines, tres cafés y seis copas de anís más —que como todo el mundo sabe es la bebida preferida por los cachorros de ETA—) y ya todo Bilbao, todo Sevilla y todo Coria del Río sabían qué había pasado, si bien la guardia civil no detuvo a los dos energúmenos hasta bien entrada la madrugá.

Conducidos hasta el cuartelillo, pasaron la noche en el calabozo, y, tras un sueño intranquilo, se levantaron convertidos de nuevo en un corrector de textos de cincuenta kilos de peso y un anodino profesor de lengua y literatura que se habían desplazado hasta Sevilla para participar en una cacería de erratas ortográficas; o al menos eso fue lo que le contaron al juez, y también lo que corroboró al día siguiente la madre de Gabilondo cuando, desplazada hasta la capital hispalense, declaró ante una marabunta de micrófonos que su hijo era un chaval muy zintzo, que nunca había hecho mal a nadie y que siempre  miraba a ver si en los autobuses viajaban niños o mujeres antes de pegarles fuego.

El juez, sin embargo, no se creyó una palabra y mandó a Gabilondo y a su compinche directamente a la Audiencia Nacional, donde decretaron para ambos prisión sin fianza y donde todavía siguen a espera de juicio, en el cual el fiscal pedirá ocho años de cárcel por un delito de terrorismo. “Hombre, si esto hubiera sido al revés y en Bilbao, con nueve mil eurillos lo arreglábamos”, dicen que les dijo su abogado,  y que, a pesar de todo, ellos mantuvieron el ánimo alto y contestaron: Gora gu eta orangutarrak!

 

Para saber más: http://www.antena3.com/programas/espejo-publico/noticias/la-declaracion-del-ultra-del-betis-al-juez-le-di-una-torta-porque-me-pusieron-una-bandera-proetarra-en-la-cara_20170509591191860cf22906e6bafe3d.html

 

RESACA

may 17, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Resultado de imagen de RESACA HANKOVER

Esta es una historia real. Me sucedió en una época de mi vida en que había un montón de gente empeñada en que me alargara el pene, me casara con una chica rusa o heredara la fortuna de una desconsolada viuda nigeriana. También tenía roto el antivirus.

El caso es que algunos meses antes había coordinado junto a mi amigo, el escritor Vicente Muñoz Alvarez, una antología de cuentos y poemas sobre Charles Bukowski que llevaba por título Resaca / Hankover.  La portada del libro era obra de Miguel Ángel Martín y en ella aparece una chica tumbada en un sofá, rodeada de latas de cerveza vacías, en calzoncillos, desgreñada y con claros síntomas de que por la cabeza se le está pasando una de las frases que más veces se han incumplido  a lo largo de la historia de la humanidad: “No pienso volver a beber nunca más”.

A pesar de que el libro tuvo dos ediciones,  cierta repercusión y buen ojo —entre los participantes había autores como Manuel Vilas o Agustín Fernández Mallo, antes de que escribieran Los inmortales o Nocilla Dream—, como sucede con la mayoría de los libros, no tardó en desaparecer  de la circulación, sepultado por pilas de best-sellers, trilogías y novelas escritas por presentadores de televisión y cocineros.

Sin embargo, pocos meses después, en uno de aquellos spam que recibía regularmente en mi correo electrónico volví a toparme con la ilustración de la portada. En esta ocasión no se trataba de un email de un banco del que nunca había sido cliente pidiéndome que confirmara los datos de mi cuenta, ni de un mensaje en cadena que debía mandar a diez personas si no quería que me pasara algo horrible, sino de publicidad de unas pastillas contra la resaca (de ahí la elección de la imagen). Por supuesto, en el mensaje no se mencionaba en ningún momento la autoría de la ilustración ni que era la portada de nuestro libro.

Nosotros decidimos tomárnoslo con buen humor y escribir a la empresa que distribuía aquellas pastillas, comunicándoles que no emprenderíamos acciones legales contra ellos si citaban los créditos del dibujo y, sobre todo, si nos enviaban algunas cajas de pastillas para repartir entre los participantes de la antología, dado que éramos todos bastante borrachuzos. Las pastillas, además, según rezaba la publicidad, eran la pera, se llamaban RU-21, y las utilizaba la KGB para que los espías se mantuvieran sobrios mientras invitaban a vodka a las personas de las que querían obtener información.

Sorprendentemente, la empresa accedió a nuestra petición, y aún tuvieron el valor de pedirnos permiso para incluir en su catálogo nuestro libro. Y todos tan contentos.

Yo, por mi parte me conformé con el tamaño de mi picha, actualicé el antivirus y mi vida dejó de ser intensa y divertida (a veces contestaba a los spam, por ejemplo, enviaba la foto de algún imputado del Partido Popular y le ponía “curriculum” al nombre del archivo, cuando me escribían para decirme que me daban un trabajo en el que en dos semanas iba a ganar montañas de dinero sin dar ni golpe). En cuanto a las pastillas, todavía las guardo, intactas. Nunca he hecho uso de ellas, no porque no haya habido motivos, sino porque nunca he tenido cuerpo de espía ruso, que como todo el mundo sabe nunca se emborrachan pero cagan de color verde.

Publicado en Rubio de bote (6/5/2017)

500 gotas en el grifo del tiempo

abr 24, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

 

Publicado en el número 500 de ON, magazine semanal de los diarios de Grupo Noticias (22/5/2017)

Hoy este semanario cumple quinientos números, una cifra importante tratándose de una revista de papel. Del mismo modo que la televisión mató a la estrella de la radio, internet desliza sus dedos de éter sobre la prensa escrita borrando poco a poco la tinta de las cabeceras de los periódicos.

O eso dicen.

A menudo me asalta una idea para un relato futurista o apocalíptico.  Me imagino una vieja librería o una biblioteca abandonadas y, entre sus ruinas, a un ermitaño, que,  alejado del mundanal ruido de las redes sociales y las nuevas tecnologías,  sobrevive  entre pilas de libros y discos. El hombre es una especie de yogui, que puede alimentarse solo de ellos, de los campos de fresas que encuentra entre sus surcos o de los dinosaurios que velan su sueño tumbados sobre dos líneas entre las páginas de un cuento. En el exterior, de todas maneras, el resto de humanos tampoco come cosas mucho más saludables que celulosa o vinilo. Por ejemplo, ya no quedan vacas sobre la faz de la tierra, porque se las han llevado todas a una megagranja en Soria y les han puesto wifi en las tetas.

Vale, no sé si es un relato con muchas posibilidades.

Lo que yo quiero decir es que a veces me siento como un ser de otra época (una época en el que, por ejemplo, se escuchaban los discos enteros, los chavales no querían ser youtubers sino formar grupos de rock o en la que las personas se avergonzaban de su ignorancia en vez de exhibirla orgullosas).  Sentirse parte de un mundo que desaparece en realidad no tiene nada de particular, es ley de vida: nuestros abuelos vieron cómo sus pueblos se sumergían en pantanos que nos liberarían de la pertinaz sequía y a nuestros nietos les contaremos qué inmenso placer era sentarse un domingo soleado por la mañana en una terraza a tomarse un marianito  mientras leías el periódico. Todos, en fin,  nos tendremos que tragar nuestros propios recuerdos diluidos por el cloro en el grifo del tiempo.

Lo que me inquieta es saber si siempre el ser humano ha sentido la misma duda  aterradora que a mí me asalta ahora; si a lo largo de toda su historia se ha preguntado si tal vez el mundo que deja a quienes ha dado la luz será más oscuro.  Para alguien que como yo, a pesar de todo (a pesar, por ejemplo, de la entrevista de Bertín Osborne a José María Aznar), cree en el progreso de la civilización, la respuesta es que no, que la especie humana por naturaleza mejora en cada generación y, aunque de manera tal vez desesperadamente lenta, hace del planeta que vive un lugar más habitable y más justo. Visiones catastrofistas las ha habido en cada nueva era, con cada gran invento que ha cambiado el curso de la historia, como el fuego, la imprenta o los preservativos, es cierto, como lo es que al final no ha sido para tanto. La televisión, por ejemplo, es solo una presunta asesina, pues para muchos de nosotros el medio de comunicación y entretenimiento al que más recurrimos, aunque sea solo como un ruido de fondo, es la radio, cuya estrella sigue brillando con fuerza. Pero también es cierto que en esos cambios de era nos hemos dejado a menudo muchos pelos en la gatera. La industrialización y el despoblamiento rural, por ejemplo, rompieron una relación de equilibrio y respeto con la naturaleza. Y en este tránsito de una cultura y un conocimiento adquiridos sólidamente por la vía escrita  a la modernidad líquida de la que hablaba Bauman, dominada por la imagen, la supervivencia de la prensa de papel, como este semanario que hoy cumple 500 números (¡zorionak!), creo que contribuye a un tipo de lectura que preserva determinados valores —reflexión, memoria, concentración…— que quizás eviten que en ese cambio de estados lleguemos alguna vez al gaseoso, en el que nos comuniquemos solo a través de eructos.

 

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