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NUESTRA ALEGRE JUVENTUD

ene 12, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 12/01/2019

 

Siempre solía mear en el mismo árbol. El del camino negro. El que crecía al borde del barranco. Era un tributo, una contraseña, un rito que cumplía cada noche, los fines de semana, cuando bajaba de lo viejo al barrio con el estómago lleno del alcohol que había cambiado en los bares por espejitos de colores.

El árbol tenía una hendidura en su tronco que parecía una vagina, la boca de un túnel,  la llave de una cerradura, y yo me pegaba a ella y convertía mi orina en la llave que me permitía entrar al país de las maravillas, al cuarto de los juegos, allá donde la lengua de trapo convertía las palabras en puñales, en antorchas que luego iluminaban y rasgaban las páginas que ya por entonces emborronaba en casa.

Cada vez que meaba en aquel árbol sentía que estaba entrando a un mundo subterráneo, lleno de galerías secretas y respiraderos, por el que escapaba a aquel otro que quedaba arriba, desde el que todavía llegaban el estallido hueco de los disparos de bocachas, pero ya no era necesario agacharse, en aquel gesto reflejo y extrañamente rutinario, para esquivar las pelotas de goma y los botes de humo, mientras seguíamos bebiendo impertérritos, acostumbrados a la violencia.

Años después, descubrí que yo no era el único que caía por aquel túnel de Alicia orinando en dispersión un reguero de letras y pájaros; lo descubrí cuando El Drogas me pidió que escribiera el prólogo de su libro Tres puntadas, uno de cuyos poemas decía:

 

Hace algún tiempo

cuando la noche me mordía

bajaba pa casa por el camino negro

y siempre paraba a mear en algún árbol

aunque no tuviese ganas.

El caso era filosofar con él

de lo que fuese

Unas veces le contaba mis penas

y otras, mis alegrías.

Nunca ningún árbol

 me contestó, pero daban a entender que me escuchaban

(o eso me parecía a mí).

Así que, supongo, los dos meamos alguna vez en el mismo árbol. El del camino negro. El que crecía al borde de aquel barranco, a cuya cuesta llamábamos la Rompeculos.

Algo más adelante estaba el puente medieval, que ya con la vejiga vacía, atravesaba mientras escuchaba cómo desde el río se elevaban voces que me llamaban por mi nombre.  Yo, entonces, les rompía la crisma a aquellas sirenas transgénicas arrojándoles paquetes de Lucky Strike, que me prometía que serían los últimos que sacaría de las máquinas de los bares, y continuaba caminando hasta el otro lado del puente, donde comenzaba el barrio conflictivo, el de las barricadas de fuego y los navajeros, y en el que, sin embargo, apenas ponía el pie, me sentía a salvo.

Los gatos salían entonces a recibirme como un ejército en desbandada de panteras enanas, de tigres jíbaros con los ojos en llamas. Desertaban de las esquinas de las primeras casas, cuando llegaba el camión de la basura y dos o tres curriquis bajaban de él y arrojaban las bolsas a su vientre hambriento a una velocidad endemoniada. Luego, el camión continuaba su ruta, dejando el olor a puchero y orinal de las casas en el aire y en el suelo las radiografías de las almas y los huesos rotos de los vecinos, que nadie veía nunca porque el relente de la madrugada y la lluvia los borraban antes de que amaneciera. Con el tiempo yo mismo sería uno de esos curriquis y sabría que no corríamos para ocultarle a la mañana todas aquellas miserias domésticas sino porque cuanto antes acabáramos la ronda antes nos tomaríamos el primer Sol y Sombra, que para nosotros era a la vez desayuno y cena.

El camino de regreso terminaba en otro barranco, que hoy es una carretera de circunvalación, y que yo recorría haciendo eses, digamos que para evitar los socavones y el precipicio. Una vez en casa, me lavaba los dientes antes de darle un beso a mi madre, como si de ese modo pudiera ocultarle algo, y me metía en mi cama, que muchas noches se convertía en un barco en mitad de una tormenta a la que solo llegaba la calma cuando me colocaba la almohada bajo la espalda.

Fue la mía y la de muchos de nosotros una  juventud triste y salvaje, feroz y soñadora, solitaria y de turbamulta, hermosa en su fealdad, como lo es siempre la juventud. No la echo en absoluto de menos.

 

DOBLES

dic 30, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

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Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine ON de diarios de grupo Noticias (29/12/2018)

 

 

Hace dos semanas escribía aquí un artículo de remedios caseros contra los días infecciosos en el que proponía, entre otras sandeces, autoenviarse correos electrónicos en los que al recibirnos nos convertíamos en personas que nos gustaría ser o nos hacían gracia (“A la atención del Señor Lobo”, “A la atención del del medio de Los Chichos”…). Se titulaba Suplantación de identidad.  Pues bien, el mismo día en que ese sesudo artículo fue publicado alguien me enviaba un whatsapp con la foto del catálogo de una conocida cadena de bricolaje en la que aparecía yo repantigado en un sofá, junto a una chimenea —que era lo que anunciaban—, leyendo plácidamente; o al menos eso es lo que le pareció a esa persona e incluso a mí mismo a primera vista. Después, ya me fui fijando en algunos detalles (la ropa que el doble llevaba, sus manos, el doble de gordas que las mías, su pelo, todavía sin platear por las luces del tiempo) y me di cuenta de que yo no era yo. Sin embargo, la situación me preocupó y decidí espantar aquel fantasma colgando la foto en Facebook, para que las personas que me conocen también lo hicieran, publicando comentarios del tipo “Tú eres mucho más guapo que ese”.

Uno de esos comentarios me hizo ver que yo no podía ser el de la foto puesto que estaba cometiendo lo que para mí habría supuesto un sacrilegio, que me había pasado desapercibido como consecuencia de mi presbicia (a lo cual se sumaba, por cierto, que el modelo tampoco llevaba gafas): el libro que estaba leyendo aquel tipo ¡estaba en blanco! (claro que aún podría haber sido peor y tratarse de un libro de, no sé, Alfonso Ussía). Era uno de esos libros de atrezzo que usan en ese tipo de grandes tiendas, quizás como una anticipación del futuro de la literatura: de aquí a unos años los escritores solo tendremos que escribir títulos de novelas para lomos de libros de pega.  Cuando eso suceda yo, parafraseando al poeta José María Fonollosa, tendré  ya preparadas las respuestas para las entrevistas y diré, por ejemplo, que mi última obra, una autobiografía,  he tardado toda una vida en escribirla y que se titula Pachorra.

Pero no nos despistemos. El caso es que tengo un doble, o incluso un triple, ya que hace algún tiempo también me advirtieron de mi sorprendente parecido con un periodista de Radio Nacional que presenta un programa en el que, además, hablan a menudo de libros.juan-carlos-morales

El tema del doble, el sosias o el doppelgänger ha sido recurrente en la literatura, lo han abordado Borges, Cortázar, Saramago, Stevenson.., a los cuales cito en realidad para darle un poco de enjundia a este artículo repleto nuevamente de sandeces, si bien es cierto que, si uno lo piensa, resulta algo inquietante. Tanto como otro de los comentarios que recibí, que me decía que ese supuesto doble mío en realidad sí era yo,  pero no lo sabía todavía. Piénsenlo. ¿Se imaginan que en algún lugar del mundo, quizás en su misma ciudad, hay una persona clavadita a ustedes haciendo cosas de las que tal vez no tienen constancia, pero que las personas que les conocen les atribuyen? En ese caso, para esas personas sus doble en realidad serían ustedes. Y así, yo me convertiría — de hecho lo fui para la persona que me envió el whatsapp y para mí mismo durante unos segundos— , en el modelo del catálogo.

No me puedo quejar, de todos modos, puesto que mis dobles parece que ser que tienen gustos y hábitos bastante relacionados con los míos. Me pregunto también por eso si la apariencia física determina la propensión a ciertas actividades o incluso a ciertos caracteres. Me gustaría pensar que sí, puesto que de lo contrario en alguna parte del mundo habrá alguien que podría ser yo que se gana la vida como antidisturbios, al que le apasiona el reguetón o al que no le resultan repelentes y peligrosos personajes como Albert Rivera o Pablo Casado.  Resulta aterrador, no me lo negarán.  Por lo demás, los de la tienda de bricolaje todavía no me han pagado la sesión fotográfica.

 

SUPLANTACIÓN DE IDENTIDAD

dic 17, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine ON de diarios de Grupo Noticias (15/12/2018)

 

El otro día pedí cita por internet para el médico y no me pude resistir. Una vez que has elegido la hora y las has confirmado, tienes la opción de autoenviarte un email para recordar los datos y una de las casillas te permite escribir tu nombre. Pues bien, yo suelo robarme a mí mismo la identidad y relleno esa casilla con lo primero que se me viene a la cabeza, de tal modo que cuando recibo el correo en este puedo leer, por ejemplo: “A la atención de Charles Bukowski”,  “A la atención de Señor Lobo”…

Es una gansada, pero las pequeñas gansadas de ese tipo a mí me hacen feliz, o refuerzan mi autoestima (“A la atención del Mejor Columnista del Mundo”). Y, además, no haces mal a nadie; o eso creo, pues supongo que tú eres la única persona que ve esos nombres falsos. En la consulta, al menos, ningún médico ha salido hasta hoy a preguntar por “Perra roja del infierno” o “Chiquito de la Calzada”. Pero nunca se sabe. Hace unos meses se nos quedó el dedo tonto dándole a “Aceptar” a todo tipo de permisos para que, de acuerdo con la Ley de protección de datos, pudieran seguir enviándonos las newletters, boletines o catálogos a los que voluntariamente estábamos suscritos,  y ahora resulta que, sin embargo, los partidos políticos tienen  barra libre para obtener toda nuestra información personal e incluso ideológica a través de redes sociales y para bombardearnos por tierra, agua,  aire, correo electrónico y móvil con su propaganda electoral, todo ello sin nuestro consentimiento.

En fin, el caso es que la broma de los autocorreos, que viene a ser una versión actualizada de las postales que nos enviábamos antes cuando nos íbamos de vacaciones y que solían llegar días después que nosotros y nos convertían igualmente en alguien que nos gustaría ser (nosotros mismos, de vacaciones, unos días antes), también pueden transcender el ámbito de lo privado y llevarse a cabo en alguna de esas cafeterías o restaurantes de comida rápida que te piden tu nombre mientras preparan la comanda y que después te llaman por los altavoces para recogerla. Claro que, en este caso, hay que carecer de sentido del ridículo o, simplemente, ser un poco notas.

Hace unos días estuve en uno de esos lugares, en los que el camarero estaba ya de vuelta de todo.

—¡Batman, pase a recoger su café! —decía, con un tono resignado y automático de máquina expendedora—. ¡Lady Gaga,  su hamburguesa está lista!…

Una vez, de hecho, dijo “¡José Luis, ya tiene su helado!”, y todo el mundo empezó a reírse y a darse codazos y a señalar al pobre José Luis.

Recuerdo también, en la era A.G. (antes de Google), cuando todavía no había móviles, que en la piscina si alguien quería hablar contigo podía llamar al portero y este decía por los altavoces: “¡Fulanito, acuda al teléfono!” y que siempre había graciosos que conseguían colarle un Aitor Menta, un Kepa Jamecho o una Miren Amiano. En nuestra piscina cada vez que se abría la megafonía se creaba una expectación que rara vez veces era defraudada, pues cuando no se trataba de una de esas bromas de precursores de Bart Simpson, el propio portero anunciaba que se había encontrado un reloj vegetal o que se había perdido un niño con un bañador amarillo, rubio y a rayas.

Son, en definitiva,  pequeñas e insignificantes píldoras de humor, placebos de tontorronería que ayudan a sobrellevar los días grises e infecciosos. A mí a veces, incluso, cuando recibo uno de esos emails, “A la atención de Puto Amo”, se me quita por unos momentos el dolor de cabeza o la otitis. Lo cual me lleva a concluir que quizás deberían de vender deuvedés de Gila o de Faemino y Cansado en las farmacias.

 

 

POLLAVIEJA

dic 1, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Colaboración para Rubio de bote (Magazine ON, diarios de Grupo Noticias) 1/12/2018

 

Ayer acabé de escribir la novela y hoy he empezado a andar. No sé si es lo más recomendable después de un parto. Pero creo que me hará bien. Me siento débil y ausente, tras tantos meses sentado, encerrado en mi mundo. Necesito salir a estirar las piernas. Y a que me dé un poco el sol.

Llueve. Y me ha vuelto a brotar la psoriasis. Siempre se localiza en el mismo punto, en los párpados, que se vuelven pesados, como persianas metálicas. Suele suceder así, la psoriasis salta cuando me relajo, es como una fiera acechando, que me araña en la cara justo después de que se curen las heridas. Del mismo modo, la gente tiende a ponerse enferma durante las vacaciones. Somos animales amaestrados, domesticados para el trabajo. Cuando nos relajamos somos muy malos.

Mientras andaba me he cruzado con un runner con el chándal de Osasuna, por cierto —ahora creo se dice así, runner—. Y después con otro. Y con varios ciclistas. Iban a toda velocidad, dibujando sobre el asfalto serpientes de agua. Algunos eran más viejos que yo. Algunos bastante más viejos que yo. Me avergüenzo de mí mismo. A su lado, andando deprisa, me siento un señoro, un mariano, un viejales. Ahora creo que se dice pollavieja. Cuando uno no sabe cómo se dicen las cosas es un pollavieja. Sin embargo, ello no te convierte en un runner.  Y eso que todo el mundo es runner ahora. Los más radicales, los que hacen mejores marcas y fardan de ellas en sus redes sociales, son los que se ahogaban durante los crosses del colegio o no conseguían saltar el plinto. No sé qué ha pasado durante todos estos años. Pero me alegro por ellos. Es su venganza, su justicia poética. Lo que no soporto es que te lo recuerden a todas horas, que pretendan que todos nos convirtamos en runners y nos vistamos de marcianos. Que salgamos a correr incluso cuando llueve. A mí también me da un infarto cada vez que leo en los mensajes de whatsapp un “haber” en lugar de un “a ver”, y no voy dando la matraca. Quizás debería hacerlo. Un grupo de guerrilla ortográfica. Saldremos a la calle a corregir todas las faltas que encontremos en carteles y letreros. Y así de paso hacemos gimnasia. Y todos tan contentos. Igual se apunta Pérez-Reverte, eso sí.

Me he cruzado también, mientras andaba, con varios runners que iban con ropa de calle. “Quizás después tengan que ir a trabajar y no les dé tiempo a cambiarse”, he pensado. Pero luego ya me he dado cuenta de que era por el Black Friday y de que iban corriendo a la puerta de El Corte Inglés. No sé por qué tenían tantas prisas, pues los viernes negros duran ahora todo un mes.  Black November. Parece el nombre de un grupo heavy. Seguro que venden sus camisetas en las rebajas. Ahora los que antes se ahogaban en los crosses y no saltaban el plinto y escuchaban a Mecano también se han hecho, además de runners, heavys, o punks, y llevan camisetas de los Ramones y de Gun’s Roses. Me alegro por ellos. A mí también me gustó mucho el último disco de Duncan Dhu. Mecano no. Mecano nunca. Mecano cantaba aquello de “Y tú contestastes que no”. Cuando formemos el comando de guerrilla ortográfica lo primero que haremos será secuestrar a Ana Torroja y pedir un rescate para compensar todos los pitidos en los oídos que padecimos por su culpa.

En fin. Esto de andar parece que, después de todo, hace circular la sangre y ayuda a pensar con más claridad.  Y así, ahora me doy cuenta de que acabar un libro no tiene nada que ver con un parto. Es una exageración. Una parida. Yo vi nacer a mi hija, escuché gritar a mi mujer cuando se partió en dos. Y recuerdo que pensé que ningún hombre podrá entender jamás cuánto dolor hay detrás de cada alumbramiento, ni apreciar el verdadero valor de cada vida humana. Incluso la de aquellos que escriben “haber” en lugar de “a ver”, o la de los que se han hecho runners radicales.

 

 

AGUR, CÓRDOBA

nov 19, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en “Rubio de bote”, colaboración quincenal para el magazine ON de los diarios de Grupo Noticias (17/11/2018)

 

¿Quién me iba a decir a mí, por muy rubio de bote que sea, que un día acabaría escribiendo sobre coches? A mí, que en lugar de por marcas y modelos los distingo por colores. A mí, que aborrezco conducir —aunque tenga que hacerlo todos los días—. A mí, que me saqué el carnet ya siendo MILF y solo para poder volver a escuchar música y cantarla a pleno pulmón (no hay nada mejor que cantar mientras conduces, no sé cómo todavía nadie, ni siquiera Tom Waits, ha grabado un disco en un coche). A mí, en fin, que cuando voy a un taller me siento como un pulpo en un garaje (perdón por el tópico, pero aquí no me negarán que está bien traído)…

Hace dos meses jubilé mi SEAT Córdoba, veinte años y cuatrocientos mil kilómetros después. El pobre ya no aguantaba más: era incapaz de controlar los esfínteres y me dejaba el suelo perdido de manchas de gasoil (cada vez que aparcaba tenía que poner antes un trapo o una bandera en el suelo); la artritis se extendía por todo su cuerpo (debía bajarme en los peajes a pagar porque el elevalunas había dejado de funcionar); se olvidaba cosas por el camino (una vez salieron volando los limpiaparabrisas)… Eso sí, nunca se volvió loco, como mi primer buga, con el que tenía que dar las luces para poner la radio, colocarme unas botas viejas cada vez que entraba en él porque los pedales me escupían minilapos de aceite en los pies, o poner la radio para dar las luces. No, mi SEAT Córdoba  fue toda su vida un coche cuerdo, educado, discreto y gris, y cuando  me dejó tirado siempre lo hizo en el garaje de casa, o en un lugar en el que pudiera aparcar sin molestar a nadie ni ponérselo difícil a la grúa.

Aunque eso pasó pocas veces. Recuerdo emocionado cómo al final de cada viaje le daba unas palmaditas de agradecimiento sobre el salpicadero, como si fuera un ser vivo, un caballo, 98 caballos. Mi viejo SEAT Córdoba me llevó desde las puertas del bar Los Pepes en el Puerto de Santa María  a La esquina del Zorro, en el Valle del Kas. Del salvaje oeste al sur, en el desierto de Tabernas, al cabezo del bandido Sanchicorrota, en  las Bardenas. Sin aire acondicionado ni GPS. Y también de la guardería al euskaltegi, de la fábrica a la oficina del INEM…

Es todo eso lo que echo de menos, no sus hierros, ni sus manguitos, ni su motor TDI, que nunca supe qué era. Los momentos que pasé dentro de él:  el tetris en el maletero cada vez que nos íbamos de vacaciones; las monedas que aparecían como un tesoro, al levantar los asientos traseros, entre pelusas y gusanitos de maíz resecos, cuando lo llevábamos a lavar —o sea,  cada seis  u ocho meses—; las novelas que imaginé, en lugar de sacarme mocos,  mientras esperaba la luz verde de los semáforos; todos los besos que me dio mi mujer cuando la recogía del trabajo; el día que nos pilló la madre de todas las granizadas y los niños lloraban atrás y yo trataba de tranquilizarlos, mientras conducía, y cuando salimos de aquel infierno de hielo les pregunté qué tal estaban y ellos no contestaban y era que se habían quedado sopas; todas las veces que cantamos  juntos Cocody Rock y Starman y por ahí viene Joselito, el de la voz de oro…

Toda una vida, en fin, que vendí después por cien miserable euros en un taller con fotos de tías en bolas y de coches tuneados. No me lo perdonaré jamás. Tengo pesadillas en las que me cruzo  un día el Córdoba por la carretera y lo conduce a toda pastilla un tío con la gorra para atrás que va escuchando a Maluma. Eso es lo peor de todo. Y por eso me ha salido este artículo sobre coches. A mí, que tengo corazón de peatón. Para despedirte, en condiciones, viejo amigo. Agur, agur betirako, mi querido Córdoba.

 

 

 

 

 

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