“El tímido se acepta a sí mismo cuando ya no le da vergüenza sentir vergüenza” Patxi Irurzun
Cubierta de Lacha, publicado por Alkibla. La mano de Jorge Luis Borges toca un busto de Julio César. (foto de Ferdinando Scianna)
En “Lacha”, su nueva
obra, Irurzun reflexiona sobre un rasgo de carácter, la timidez, que
ha determinado todo en su vida, así como su vocación literaria. El
texto describe experiencias propias, a menudo tan tormentosas como
cómicas, provocadas por su introversión, e incluye conversaciones y
anécdotas de otros tímidos audaces (o “apalharroak”, en
palabras de Gorka Urbizu) además de varias fotografías del
prestigioso artista siciliano Ferdinando Scianna.
Cuando entrevistamos a Patxi Irurzun lo encontramos preparando la
maleta para un viaje a Eslovenia, donde permanecerá durante dos
semanas presentando la traducción de uno de sus libros más queridos
−y de
sus lectores−,
“Atrapados en el paraíso”, en el que narraba sus peripecias de
otro viaje, en aquella ocasión al basurero de Payatas, en Manila,
donde recaló gracias a un premio literario, que a su vez le
posibilitó ir a Chiapas, La Habana o Bangkok… “Para ser tan
parado, ya me he movido lo mío…”, bromea. Quienes conocemos bien
al escritor iruindarra sabemos que, en efecto, el retraimiento y la
timidez son los rasgos más acentuados de su personalidad. Cuesta
imaginarlo escalando montañas de detritus en un vertedero
gigantesco, al otro lado del mundo. Y cuesto imaginar que alguien
como él sea el autor de libros tan descarados como “Cholita
voladora marciana” o “Tratado de hortografía”. En la obra
sobre la que vamos a hablar en esta ocasión, “Lacha” reflexiona
sobre todo ello, sobre esa dicotomía, o sobre su extremada
introversión, que ha padecido desde niño, convirtiendo su vida en
un pequeño viacrucis diario.
¿Qué le ha llevado a escribir sobre este tema?
Hacía tiempo que quería reflexionar sobre algo que ha condicionado tanto mi vida. Si hay un rasgo de mi carácter que me define creo que es la timidez, y eso ha determinado todo: lo que hecho, y, sobre todo, lo que he dejado de hacer, las oportunidades que he dejado pasar, mi manera de relacionarme (o no) con la gente… Y todo el sufrimiento que eso me ha supuesto y me sigue suponiendo. A la mayoría de las personas creo que en algún momento les da vergüenza decir o hacer algo, o tienen miedo del juicio que los demás puedan hacer sobre ellas, pero en el caso de los tímidos enfermizos como yo eso es algo que nos sucede en todo momento, una carga que acaba haciéndose muy pesada. Por otra parte, también quería escribir sobre eso porque, precisamente, creo que, en gran medida, si me dedico a escribir es porque soy una persona tímida que encuentra en la literatura, entre otras cosas, una manera de socializar, de expresarse o de compensar sus carencias.
Patxi Irurzun presentando la traducción al esloveno de «Atrapados en el paraíso» en Liubliana
Pero, como cuenta en el libro, hay un hecho concreto que le pone manos a la tarea…
En realidad, yo ya había escrito sobre la timidez de una manera
periférica en muchos de mis libros, algunos de mis personajes
comparten conmigo esa manera de ser, o, ahora, al releer “Atrapados
en el paraíso”, veo que también en algunos pasajes hablo sobre
eso, sobre la inseguridad y el desvalimiento que me hace sentir mi
carácter. Pero, sí, fue al leer un poema del cantante Diego Vasallo
en el que hablaba de la audacia de los tímidos, en el que me sentí
muy representado, cuando empecé a darle vueltas a la idea de
escribir sobre el tema. Más tarde tuve ocasión de entrevistar a
Diego, por otros motivos, pero al acabar tuvimos una charla al
respecto que creo que me dio todas las claves. Aunque el empujón
definitivo vino cuando Clemente Bernad y Carolina Martínez me
propusieron desde Alkibla participar en su colección “Emergencias”,
en la que proponen a los autores escribir sobre sus contradicciones,
dilemas, conflictos…
¿A qué se refiere cuando habla de la audacia de los tímidos?
Los tímidos somos como una botella de champán, personas contenidas,
pero con una gran agitación interior, así que a vece eso explota,
se desborda… Por una parte, lo que para otras personas puede ser
algo natural, no sé, pedir la vez en la tienda o que te atiendan en
la barra de un bar, para nosotros se convierte en una hazaña, casi
como subir el Everest. Peleamos constantemente con ello y una manera
de sacudirse esa ansiedad, o de rebelarse frente a ella, es
desmelenarse, arrojarse desde esa cima que tan costosamente has
alcanzado, a veces sin medir las consecuencias o la posibilidad de
estrellarte. Además, si alguien es retraído, llama mucho más la
atención cuando se suelta. En mi caso, todo el pudor que puedo
sentir en mi vida diaria, lo venzo en mis libros, que suelen tener un
tono desenfadado.
Lacha también lo tiene, en él habla de todos esos padecimientos
pero en muchas páginas lo hace con un tono divertido, incluso
autoparódico.
Sí, porque todas esas cosas y comportamientos que tenemos los
tímidos, los rodeos, las “espantás”, el rubor, tienen un punto
cómico, a pesar de todo lo que nos hacen sufrir. Somos como Peter
Sellers en “El guateque”, torpes, desastrosos… En “Lacha”
cuento varias peripecias personales patosas de ese tipo. Lo bueno es
que a la vez todo eso suele provocar en los demás un sentimiento de
empatía o de cariño, incluso de protección, y con el tiempo
aprendes a beneficiarte de ello.
Sorprende la colaboración en “Lacha” de Ferdinando Scianna,
con unas fotografías que aparentemente no tienen mucho que ver con
su texto.
Para mí es un lujo que un fotógrafo con ese prestigio a nivel internacional acompañe mi texto. Esa es precisamente la palabra, acompañar, que, como bien escribe Carolina Fernández en la introducción a las fotos de Ferdinando, explica su presencia. No se trate de que el texto y las fotos se complementen o expliquen lo uno a lo otro. Ferdinando me acompaña porque, aunque él es una persona con un carácter completamente opuesto al mío, extrovertido, expansivo, sus fotos tienen ese punto de ser tomadas desde el respeto, la fragilidad, la no invasión… Ese es el vínculo, además de la portada, que es una foto de Ferdinando en la que aparece una de las manos de Jorge Luis Borges, a quien retrató, y que también era un gran tímido. Alkibla, por otra parte, es una editorial muy orientada a la fotografía, no puede ser de otro modo estando al frente de ella Clemente Bernad, y esta es un poco su política, publicar este tipo de libros interdisciplinares. Son ellos lo que propusieron esta colaboración.
Ferdinando Scianna
Y por el libro, además de Ferdinando Scianna, desfilan anécdotas
de otros tímidos ilustres…
Sí, por una parte, además de mis propias experiencias personales
(en ese sentido, “Lacha” es un libro que lo emparenta con otros
míos de carácter autobiográfico como “Atrapados en el paraíso”
o “Dios nunca reza”), he hablado con un especialista médico, con
músicos como Isabel Marco o Gorka Armendariz (Leihotikan), con
bertsolaris como Iñigo Ibarra… Y, por otra parte, en el libro
cuento algunas anécdotas de tímidos ilustres como Agatha Christie,
Angus Young, Andoni Egaña, Gorka Urbizu… o reflexiones sobre la
vergüenza de escritoras como Annie Ernaux, Eider Rodríguez…
¿A quién cree que puede interesar este libro y en qué puede
ayudarle?
Creo que cualquier persona puede sentirse reconocida en muchas de las
cosas que cuento, porque, como digo, la mayoría tenemos momentos de
timidez o vergüenza, en los que queremos que nos trague la tierra
(por ejemplo, cuando vamos a un espectáculo en el que piden
“voluntarios”). En lo que se refiere a los tímidos, la intención
no es que sea un libro de autoayuda, que me parecen horrorosos,
además un tímido no va a dejar de serlo nunca, eso no lo remedia
nada y menos un libro, pero sí que me parece que las personas
tímidas que lean “Lacha” quizás puedan entender que sentir
vergüenza de esa manera tan dramática no es algo que le sucede solo
a ellas, o que se puede llegar a convivir con la timidez. Uno aprende
a aceptar su timidez cuando se da cuenta de que ya no le da vergüenza
sentir vergüenza. E incluso puede aprovecharse. La timidez te hace
sufrir, pero también te hace más introspectivo, más observador,
incluso más creativo. Y más fuerte. Hay que ser muy fuerte
mentalmente para soportar toda esa presión diaria. En mi caso
concreto, la conclusión que he sacado es que si yo no fuera tímido,
seguramente tampoco habría sido escritor, y eso es algo muy
importante y a lo que debo estar agradecido, porque yo no me imagino
a mí mismo, mi vida de otro manera que no sea así, escribiendo.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 02/08/2025
El
gorila, de nombre Pechotoro, era un magnífico ejemplar albino, con
el pelaje plateado y lustroso y un cuerpo cincelado por el ejercicio
al aire libre y una crianza a cuerpo de rey en los bosques de la
ganadería de Dolores Fuertes, cuyo hierro llevaba marcado a fuego en
uno de sus poderosos glúteos.
El
combate contra Pechotoro le correspondió al gorilero de moda,
Macaquito, el Niño de la Sabana (sin tilde, a pesar de que
últimamente han sido muy sonadas sus correrías entre las sábanas,
con tilde, de una famosa mocatriz).
Compareció
con chistera de terciopelo azul purísima, un elegante traje a juego,
diseñado por el famoso diseñador Golondrino Spagna, y unas
resplandecientes Adidas-Cartier, atuendo que en su conjunto componía
una auténtica y refinada obra de arte, a la que no tardó en sumarse
la magistral faena del matador.
El
gorila, por su parte, saltó al ruedo empoderado y rugiente,
golpeándose el pecho con furia y adornado con una descomunal
erección, que mermó, no obstante, en un santiamén El Niño de la
Sabana con el primero de sus antológicos estacazos, propinado de
manera certera en las partes pudendas del súbitamente apaciguado
primate. Macaquito, como ustedes saben, es un maestro manejando el
bate de béisbol, como demostró en los siguientes lances del
combate, en los que golpeó con destreza a Pechotoro en la cabeza,
los riñones y de nuevo en las criadillas. Tuvo, no obstante, un
ligero traspiés en mitad de la faena que a punto estuvo de costarle
un disgusto serio, porque el gorila aprovechó el descuido para
zarandearlo brutalmente e intentar morderle una oreja. Macaquito, de
hecho, sería a estas horas un hombre desmochado, de no ser por la
rápida intervención de sus subalternos, que acuchillaron con
habilidad al animal, debilitándolo y tiñendo su argentina
pelambrera de sangre, cuyos rutilantes reflejos vinieron a
confundirse con los últimos rayos de un sol igualmente moribundo.
Salvado
este pequeño traspiés, el combate continuó con la delicadeza que
caracteriza al maestro, el cual remató su impecable trabajo
partiendo de un solo golpe la cabeza a Pechotoro con un machetazo que
hundió el filo hasta el mismísimo encéfalo del gran simio.
Pechotoro cayó desplomado entre los entusiastas aplausos del
respetable, que pidió para el diestro las dos garras del gorila,
premio que fue concedido y al que el presidente del combate sumó,
con buen criterio, el de su badajo (el de Pechotoro, queremos decir).
El gorilero, por último, brindó el trofeo a la ministra de Cultura,
presente en el palco, a la cual agradeció su decidido apoyo a la
gorilomaquia, sobre todo en estos momentos en que, de manera
incomprensible, la Unión Europea ha señalado nuestra Fiesta
Nacional como un espectáculo bárbaro y vergonzante, impropio de una
sociedad civilizada.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 16/08/2025
Ojos
barrenderos. La expresión la utiliza el escritor Miguel Salabert en
su novela El exilio interior
para referirse a alguien
cabizbajo, con una mirada humillada. Y la utiliza de una manera tan
natural que al leerla pensé que se trataba de un término de uso
común, más o menos habitual en algunos lugares.
El
exilio interior refleja los
años, lúgubres, terribles, de la posguerra española, en los que
millones de personas tuvieron que vivir de esa manera, con los ojos
barrenderos, enterrados en vida por una losa de silencio durante los
cuarenta años de paz franquista −la
paz de los cementerios−,
habitando ese exilio interior al que Salabert alude en el título.
Escrita en la década de los 50 del pasado siglo, la novela fue
traducida y publicada por primera vez en francés en 1961. Después
vendrían otras ediciones en inglés, húngaro o griego. Y solo en
1988 llegaría a las librerías de España, en su idioma original.
Curiosamente,
si bien la novela fue silenciada durante todo ese tiempo, el título
de la misma, El exilio
interior, se socializó hasta
convertirse en un concepto recurrente para referirse a ese último
reducto de libertad, ese búnker que son la mente y las ideas y
principios de cada persona, que el totalitarismo, la injusticia, las
circunstancias adversas, no pueden asaltar. El propio Adolfo Suárez
utilizó el término, ante lo cual Miguel Salabert replicó: “Cuando
un Adolfo Suárez u otro cualquiera de sus congéneres emplea una
expresión de cuño literario, ya puede decirse que esta se ha
convertido en un lugar tan común como un urinario público, aunque
de mucha menos utilidad”.
Por
lo demás, la novela nos regala hallazgos literarios maravillosos,
esos ojos barrenderos que el autor deja caer, sin darle importancia,
en una frase corriente de la misma; pinceladas de humor (la primera
parte es casi una novela picaresca, ubicada en la infancia del
personaje durante la guerra y los primeros años de posguerra, los
años inhabitables, como los llama él); o un demoledor retrato de la
universidad franquista y la desesperada autodestrucción de sus
mentes más brillantes, con algunos descensos a los infiernos que
anteceden a los que describiera Luis Martín-Santos en Tiempo
de silencio.
Reeditada
por Hoja de lata, con prólogo de Isabelle Touton y Germán Labrador,
y con epílogo de la hija del autor, la escritora Juana Salabert, la
lectura de El exilio interior
nos hace recordar, por otra parte, que también hoy en día hay
millones de personas exiliadas dentro de sí mismas (por ejemplo,
aquellas a quienes no se reconoce su talento, usurpado por
oportunistas o por otros con menos escrúpulos y más dotados para la
sociedad del espectáculo) u obligadas a sobrevivir −sin
papeles, acechadas por la violencia machista, la pobreza, el
desahucio, el racismo…−
con ojos barrenderos.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 02/08/2025
Hace
unas semanas me acredité como periodista para escribir una crónica
del concierto que Scorpions ofreció en Iruña el pasado 15 de julio.
No todos los días se ve la gira de sesenta aniversario de un grupo.
A lo largo de esas seis décadas los alemanes han ofrecido más de
cinco mil conciertos. De hecho, Scorpions ya tocó en Pamplona en
1997. Como cantaba Pablo Milanés, “el tiempo pasa, nos vamos
poniendo viejos” y la imagen que yo guardaba de Klaus Meine, el
cantante de Scorpions, que se movía por aquella época como un
huracán, distaba lógicamente bastante del ancianito heavy de
setenta y siete años que el pasado día 15 se mantenía a duras
penas −aunque
con una envidiable dignidad−
sobre
el escenario del Navarra Arena (yo, por mi parte, regresé a casa con
la espalda convertida en un acordeón tras tres horas de pie sobre la
pista -un lugar, amigos promotores, terrible para que los periodistas
veteranos tomen notas en los conciertos−).
Sobre
eso, el tempus
fugit,
o sobre la transformación radical que sufrió la ciudad en apenas
unas horas (del blanco sanferminero al negro con el que se vestían
las huestes metaleras) podía haber hablado en mi crónica, en esta
crónica, de no ser porque la acreditación tardó en llegar y cuando
llegó parecía una broma de mal gusto.
“Al
recoger su entrada deberá abonar en taquilla veinte euros para
charity”,
decía
el mensaje que me enviaron. Respondí indignado que no pensaba pagar
por trabajar y que qué demonios era eso de charity.
Tardaron, pero me respondieron que esa aportación era algo que
pedían a todos los periodistas e invitados y especificaron que el
“donativo” era para un refugio de gatos, a los cuales no pude
evitar imaginarme gordos y lustrosos y maullando el Still
loving you con
un collar de diamantes al cuello.
Contesté
de nuevo, explicando que mis aportaciones solidarias ya las hacía en
mi vida privada y para los fines que yo decidía y preguntando si esa
mordida (o ese clavada −de
aguijón, en
este caso−)
también la aplicaban a quienes montaban el escenario, probaban el
sonido, o a los propios músicos…
Finalmente,
la promotora, ante las quejas, decidió que la aportación fuera
voluntaria. Yo, por supuesto, no pagué. El periodismo ya es una
profesión bastante precarizada para encima tener que soportar estos
pequeños impuestos revolucionarios y este menosprecio por nuestro
trabajo (a ello se suman últimamente otras pretensiones igualmente
lamentables, como que sean las propias promotoras las que decidan qué
fotos deben publicar los medios). El concierto, por lo demás, muy
bonito.
SEIS
GRADOS
La
teoría de los seis grados de separación dice
que podemos conectarnos con cualquier otra persona del Planeta Tierra
a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco
intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.
Publicado en magazine ON, 30/08/25
A lo largo de sus cerca de cien metros de recorrido, la pequeña calle Mañueta de Pamplona alberga o ha albergado emblemáticos y populares comercios de la ciudad: su centenaria y famosa churrería, en la que hacen cola cientos de personas todas las mañanas de sanfermines y todos los domingos de octubre; las aceitunas Valero; la zapatería Calzados La Mañueta, en la que muchos pamploneses hemos comprado alpargatas o zapatillas económicas para destrozarlas sin remordimientos en fiestas, etc. Pero además de todo eso, la Mañueta también ha sido hogar de famosos artistas, como uno de los más grandes guitarristas de la historia del flamenco, Sabicas, o como el irreverente poeta Ramón Irigoyen.
Ramón Irigoyen
El Zinc Palace
También en la Mañueta se ubica un pequeño frontón, que tuvo antaño días de esplendor, cuando fue conocido popularmente como el Zinc Palace, a cuenta de su tejado de zinc. El frontón fue inaugurado en 1913 por don Gerardo Areta, un emprendedor hortelano del barrio de la Magdalena, y su esposa doña Agapita Labiano, quienes compraron un edificio entero de la pequeña milla de oro pamplonesa y convirtieron su patio en el Frontón Moderno −ese era su nombre oficial−, una cancha que pronto adquiriría carácter propio, llegando a designar un estilo, el mañuetero, a cuenta de las apuestas y los heterodoxos partidos que en ella tenían lugar, en los que las normas cambiaban en cada desafío (un pelotari contra tres, o contra dos con las piernas amarradas, o contra uno con una silla a la espalda, etc.) y en los que tomaban parte todo tipo de pícaros, ganapanes y trotamundos, como Luis Zubielqui, “Limpias”, un pastor y carbonero nacido en la localidad navarra de Espronceda. La especialidad mañuetera de “Limpias” era fingirse débil, incluso expectorar sangre (que absorbía de una muela picada), y acabar remontando partidos con una clara desventaja en el marcador, dando de esa manera la vuelta a las apuestas.
Entrada al Zinc Palace o Frontón Moderno
Las
correrías de “Limpias” (vida
nocturna, partidas de póker, desafíos inverosímiles −por
citar uno que no llegó a cumplir: arrojarse en paracaídas
y caer sentado sobre la estatua del caballo de Espartero en Logroño−)
se harían famosas en diversas localidades, como Barcelona, Zaragoza
o Bilbao, donde pasaría sus
últimos años de vida, convirtiéndose en un “xelebre” de la
ciudad, con sus camisas estampadas y su enorme Montecristo al morro,
y donde moriría dos veces, pues en una ocasión unos “amigos” le
gastaron la funesta broma de publicar en un periódico una
necrológica falsa. Zubielqui fallecería realmente en 1986, dejando
hasta sus últimos días su impronta, pues al parecer acostumbraba a
escaparse del hospital a los bares de copas próximos, en los que se
juntaba al amanecer lo mejor de cada casa.
De
Iruña a Nueva York
El Frontón Moderno o Zinc Palace, en el que “Limpias” campó a sus anchas, se ubicaba en el número 13 de la Mañueta y es más que probable que muchos de quienes entraban o salían por esa puerta se encontraran unos metros más adelante a un gitanico trasteando con su guitarra española en un balcón y quedaran admirados ante la destreza y el duende de aquel renacuajo, que no era otro que el genial Sabicas, uno de los grandes maestros del flamenco. Agustín Castellón Campos “Sabicas” nació, en efecto, en el número 7 de la calle Mañueta, y vivió en Pamplona hasta los diez años, edad en la que se trasladó a Madrid, ciudad en la que asombró con su arte a los círculos flamencos y en la que permaneció, ya convertido en una estrella, hasta el año 1936, cuando con la ayuda de la ministra anarquista Federica Montseny (de la cual el novio de su hermana era chófer) acabaría exiliándose a América en un periplo que le llevaría a Argentina, México y, finalmente, Nueva York, donde se establecería hasta su muerte y hasta donde acudían a visitarlo en peregrinación jóvenes guitarristas como Paco de Lucía, que se reconocían pupilos de Sabicas (y ante los que Sabicas intentaba mantener su autoridad, poniendo en sus manos guitarras con las cuerdas desgastadas, reservándose para sí mismo las nuevas, pues, decía, el maestro no podía sonar peor que el alumno).
Más
Seis grados
Sabicas también frecuentó o compartió apariciones en galas benéficas o programas de radio en Estados Unidos con otras celebridades como Dean Martin, Judy Garland, Sammy David Jr… o Frank Sinatra, cuyo nombre serviría de apodo al protagonista de una de las novelas del escritor argentino-catalán Raúl Núñez, autor “underground” de culto, precursor del realismo sucio en España, cuya obra está recuperando estos últimos años la editorial Efe Eme. Sinatra, así se titulaba también la novela en cuestión, fue publicada originalmente por Anagrama hace más de cuarenta años (en la novela, por cierto, ambientada en el Barrio Chino de Barcelona, habría podido figurar con total naturalidad un personaje como Luis Zubielqui “Limpias”) y tuvo cierto éxito, reforzado sin duda por la adaptación cinematográfica que hizo Francesc Betriu, protagonizada por Ana Obregón, Maribel Verdú o, en el papel principal, el pamplonés Alfredo Landa.
Por
cierto, el
segundo apellido de Alfredo Landa no era otro que Areta, apellido que
el actor portaba con orgullo, como demuestra que sirviera para
bautizar a uno de sus personajes
más recordados, el de Germán
Areta,
el detective de El
Crack, la
película de José
Luis Garci. Pues
bien, Landa
heredó dicho
apellido de
su abuelo materno Gerardo Areta, que no era otro que aquel hortelano
pamplonés que inauguró en 1913
el Frontón Moderno, más conocido como el Zinc Palace, y a cuya
puerta, como recordó el actor navarro en alguna entrevista, su
abuela Agapita Labiano cortaba las entradas, allí, en el número 13
de la calle Mañueta de Pamplona, a donde hemos regresado, cerrando
el círculo y dando
por concluidas también
estas
colaboraciones estivales,
que esperamos hayan sido de su agrado, y que pueden volver a
consultar, junto con otros “Seis grados” publicados en veranos
anteriores, en este enlace:
https://patxiirurzun.com/category/seis-grados/