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AGUJERITO EN LA NIEBLA

Jun 23, 2009   //   by admin   //   Blog  //  2 Comments

Llevo unos cuantos días perdido en la niebla. Entrando y saliendo de ella. Encontrando el camino en su espesura, con la brújula de un culo redentor, y perdido cuando la abandono, cuando vuelvo a asomarme al mundo exterior, expuesto a toda su miseria, a su crueldad, a la voracidad con que se abalanza sobre quien sea sale de la raya, quien respira con puntos suspensivos, quien se hace preguntas, quien no regala su propia vida ni se resigna a vivir la de otros que no son otros porque son iguales entre sí. La cámara de niebla, de Alfonso Xen Rabanal (Bufa), me ha acompañado estos días en mis viajes de ida y vuelta en autobús hasta esa vida que yo también tengo que regalar por horas para sobrevivir. Me ha alimentado, me ha reforzado, me ha hecho volver a sentirme un perro verde y a ladrarle al mundo, orgulloso de serlo, a babear con rabia la espuma de sueños que parecían haberse retirado pero vuelven en una marea de sangre palpitante, que me mantiene en pie… La cámara de niebla no es una lectura fácil, ni falta que hace, pues es necesario más que nunca escarbar en la superficie, en la montaña de basura que se esconde bajo ella, romper los monitores, las pantallas de plasma, bucear entre profundidades de desperdicios amontonados para encontrar las claves, las contraseñas para desprogramarnos, para arrancar los tubos, para volver a sentir como propios la piel, el corazón, el sexo, para tener un cerebro en lugar de una antena de repetición.
La cámara de niebla es un libro raro, gracias a dios, o al diablo al que Bufa vendió el alma para escribirlo en un cruce de cuatro caminos, con el cadáver del hombre corriente balanceándose ahorcado en un árbol muerto; y el mío, mi ejemplar, un libro doblemente raro (no sé si en realidad toda la tirada), pues de las páginas 147 a la 154 el encabezado de las páginas reza: “Ajuste de cuentos. Patxi Irurzun”. Un error de imprenta (comparto editorial con Alfonso) que agradezco a los duendes informáticos, y que me concede el increíble privilegio de abrir para mí un inmerecido agujerito en la niebla.

La cámara de niebla. Alfonso Xen Rabanal. 2008 .Editorial Eclipsados. 268 páginas. 10 euros.

Gamberro y transgresor. Teoría del cuento sanferminero.

Jun 21, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

El otro día escribí algunas consideraciones sobre un microrrelato sanferminero: aquí va el prólogo con el que abrí mis Cuentos sanfermineros (Altafaylla kultur taldea, 2005), con algunas teorías -de chichinabo- sobre lo sanferminero como subgénero cuentistico. Un hiperlocalismo, que diría Eduardo Laporte, quien por cierto, formó parte del jurado del I premio de microrrelatos sanfermineros, una gran y exitosa idea. La imagen de arriba es la ilustración de la portada del libro, del gran Javier Etayo, Tasio, que también hizo los dibujos de cada relato. Y por cierto, uno de esos relatos, el polémico Ese tocho, en el que se nara la aventura erótico-festiva de un portero argentino de Osasuna y una alcaldesa de Pamplona, quizás sea publicado en Argentina (en una edición limitada), siguiendo su particular carrera, después de aparecer en antologías como Golpes (DVD ediciones, 2004), en España o en Italia, Cuentos de fútbol 2 (Mondadori, 2006) junto a autores como Julio Llamazares, Javier Marías, Roberto Fontanarrosa o Juan Villoro. Y todo eso después de recuperarlo de la papelera cuando el periódico que me lo encargó decidiera no publicarlo . Ahí va el prólogo:
Gamberro y transgresor. Teoría del cuento sanferminero.
Escribo este prólogo en plena Nochevieja. Es decir, justo en mitad del año. Ya saben: 1 de enero, 2 de febrero, 3 de marzo, 4 de abril, 5 de mayo, 6 de junio, 7 de julio ¡San Fermín! A Pamplona hemos de ir. Etcétera. Después, ocho días después, viene el Pobre de mí. Todo termina. Y todo vuelve a empezar. Para los pamploneses, en definitiva, el calendario lo determinan sus fiestas.

Teniendo esto en cuenta es lógico que un escritor pamplonés considere del mismo modo que así como existen cuentos de navidad (o cuentos de fantasmas, cuentos de terror, ¡cuentos de fútbol!…) las fiestas de su pueblo aporten al género el material, la trascendencia, la entidad suficiente para que también existan cuentos sanfermineros.

Lo que en principio puede parecer una consideración chauvinista e incluso aldeana trasciende en realidad lo local. Porque los sanfermines son unas fiestas universales. Y no lo son únicamente por la concurrencia de visitantes de las cuatro esquinas del planeta tierra y de algún que otro marciano. Los sanfermines son unas fiestas universales porque, por unos días, Pamplona, sus calles, se convierten en un escenario en el que se desarrolla el gran teatro del mundo (que diría Calderón). Por unos días en esta ciudad se confunde el día y la noche, lo divino y lo pagano, el vino y la sangre…

Pero vayamos por partes (que diría Jack el destripador).

En primer lugar, para un pamplonés los sanfermines suponen su particular rito de iniciación a la vida. La mayoría de los adolescentes pamploneses tienen durante ellos sus primeros encuentros con el amor, la muerte, el alcohol o el relente de la mañana. Por primera vez ese adolescente duerme, o más bien no duerme, fuera de casa. Por primera vez se emborracha y vomita su estómago de niño en una esquina meada por sus mayores. Por primera vez siente el escalofrío de la muerte enroscado a su columna, mientras corre delante de seis toros de lidia y unos 10.000 atolondrados. Por primera vez —en los fosos de las murallas o al abrigo de la media luna— acaricia otro corazón entre unas piernas ajenas… (Si nuestro adolescente, por otra parte, y si se me permite la digresión, cumple los ritos durante esos 9 intensos días de julio será un “peteuve”, un pamplonés de toda la vida. Si lo hace durante el resto del año será uno de “los de siempre”, que parece lo mismo pero es todo lo contrario: un gamberro, un macarra, un terrorista…)

En segundo lugar, los sanfermines son como un pozal de sangría, en el que casan todos los ingredientes y del que todo el mundo bebe y se achispa, un calderete en el que hierve lo mismo la carne que la patata y que se sirve en plato de plástico para todos los comensales. Una fiesta que se vive a pie de calle hasta desgastar y hacer desaparecer las aceras. En ella, en consecuencia se producen relaciones, encuentros de igual a igual entre personas de diferentes clases sociales, ideologías, religiones, cuya sangre por unos días es más semejante que nunca. Tal vez porque, reconozcámoslo San Fermín es una fiesta, hip, eminentemente etílica en la que lo que circula por las venas de todos y nos hermana es en realidad vino. Una fiesta, en suma, de lo más democrática, para todos, si bien es cierto que durante ella se observan dos clases sociales diferenciadas e incluso en ocasiones enfrentadas: los que disfrutan las fiestas y los que trabajan para que los primeros las puedan disfrutar: barrenderos, los naranjitos de protección civil, camareros, muchos camareros, etc.

En tercer lugar, San Fermín es una fiesta (aunque sería más apropiado hablar de “unas fiestas”, tantas como personas las sufren o disfrutan) en la que el protagonismo es compartido o anónimo. Las leyendas urbanas hablan, por ejemplo, de un joven Bill Clinton fumándose tranquilamente un puro a la hora del vermú en la Estafeta; o de un alcalde en funciones dando tumbos en el tendido de sol bajo un sombrero de ala mejicana: o de Donald Rumsfeld, el secretario de defensa norteamericano, subido a una farola durante un encierro. Y Arthur Miller, Javier Patarroyo… Y Hemingway, siempre Hemingway.

A propósito de Hemingway, en lo que toca a lo estrictamente literario, a pesar de “Fiesta”, no existe demasiada ficción literaria sobre San Fermín. “Fiesta”, de hecho, pasa por ser la novela sanferminera por excelencia, incluso la única –ninguneando a otras, como “Plaza del Castillo”, de Rafael García Serrano- pero lo cierto es que ni transcurre en su integridad en Pamplona, ni trata en realidad sobre las fiestas.

Por último, los sanfermines son un compendio inigualable de situaciones y escenas rocambolescas, desternillantes; una colección de estampas siempre altamente sugestivas: esos borrachos tirados como guiñapos en mitad de calles abarrotadas, ruidosas y sucias, durmiéndome plácidamente sobre un bordillo al arrullo del chun-chun de las peñas; esa pareja de jóvenes rebozados de harina y champán besándose tras el chupinazo en mitad de una plaza del ayuntamiento ya desierta –“Triunfo del amor en el campo de batalla”, podíamos titular el cuadro—; esos corredores del encierro a los que un asta como un cuchillo afilado roza el corazón sin hacer un rasguño; esos guiris emulando a Supermán incluso en sus parapléjicas consecuencias, al lanzarse desde lo alto de la fuente de Navarrería…

Existen, en definitiva, lances y argumentos de sobra para llenar hasta romperle las costuras el morral de un escritor. En estos “Cuentos sanfermineros” que aquí presento he intentado aligerar peso con algunos de ellos. Y así, aparecen en los mismos el adolescente al que por primera vez el corazón le rezuma esperma y se le encabrita hasta hacerse añicos arrojado a un foso, mientras en el cielo estallan fuegos de artificio; el portero de Osasuna de extracción humilde que durante el relax moral que proporcionan los sanfermines es capaz de enamorar a una alcaldesa estirada y pacata; el piesnegros que confraterniza con una estrella de Hollywood; el barrendero que encuentra sentido a su vida entre montañas de katxis destripados, carteras desvalijadas o fajas chitas de orina y kalimotxo; el “peteuve” que vive horrorizado sus primeros sanfermines lejos de Salou…

La mayoría de los relatos aquí reunidos, por otra parte, han sido publicados en prensa –alguno de ellos incluso ha sido censurado en prensa- y han visto la luz durante las propias fiestas lo cual determina su estructura, tono y carácter. En lo correspondiente a la estructura, muchos de ellos aparecieron por capítulos, uno por cada día. En cuanto al tono, hay que tener en cuenta el medio para el que son escritos y el modo en que se leen los periódicos en San Fermín: a salto de mata, en los intervalos y treguas que concede la parranda; con los periódicos recién salidos del horno, a las dos o las tres de la mañana, cuando la ciudad todavía está en danza; o esperando al encierro; o combatiendo la resaca… El cuento sanferminero debe ser, por tanto, un cuento ágil, humorístico, gamberro, chabacano incluso, por una parte; por otra, y en lo referido al carácter, corrosivo y transgresor. Un cuento, en resumidas cuentas, en consonancia con el espíritu festivo, pagano y subversivo de una ciudad más bien ñoña que por unos días se desmelena y esconde sus pelusas debajo de la alfombra: Pamplona por San Fermín. Feliz año nuevo.

CARTA ABIERTA AL GREMIO DE LIBREROS

Jun 21, 2009   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Abundando en la entrada anterior, recupero este texto que escribí para la revista TK de Asnabi, la asociación navarra de bibliotecarios (una asociación que se merece un monumento, pues el segundo adjetivo -navarra- la obliga a estar casi permanentemente en pie de guerra). Este número de la revista, de diciembre de 2003, estaba dedicado a los libreros navarros y me solicitaron un texto sobre ellos. Yo por entonces, por cierto, trabajaba en la red de bibliotecas, haciendo sustituciones, y me entusisamaba el trabajo (uy, qué raro me suena oirme decir eso). Ahí va el texto:

Que lo sepan (carta abierta al gremio de libreros)

Qué mejor ocasión que esta que gentilmente me brinda TK para confesar públicamente el odio que profeso al gremio de libreros; odio que los susodichos exacerbaron hasta extremos insostenibles colocándome a firmar ejemplares de una de mis novelas en una caseta de feria. Aunque fuera una feria del libro. En pocas ocasiones me he sentido tan ridículo. Una especie de muñeco del pim pam pum, expuesto a las miradas de transeúntes, curiosas unas, piadosas otras, las más, tristemente divertidas: aquellas de los transeúntes menos familiarizados con esos extraños artefactos, los libros, y acostumbrados a señalar entre carcajadas a los fenómenos de feria en la caseta de los monstruos en que se han convertido sus televisores.

Uno de estos transeúntes despistados hasta me pidió, aquel infausto día, seis boletos. “Esto es la tómbola ¿no?”, dijo, sin saber hasta que punto tenía razón, ignorante de la lotería en que se convierte que alguien compre no sólo libros sino además uno de tus libros.

Odio a los libreros por saber eso perfectamente, por tener que verse obligados a hacer cualquier cosa por los libros, como si fueran hijos desvalidos: colgarse los cupones y salir a pregonar en las esquinas: “¡Para hooooy!” “¡Tengo un Sánchez Ostiz con premio, oiga!”; o montar casetas de feria y colocarte a ti, que para eso estás también en la feria, en una de ellas, a ver si alguien te echa cacahuetes.

Es un odio éste, lo confieso, que me viene de lejos. Odio a los libreros —que en Pamplona, no sé por qué, tienden a ser señores de mediana edad con barbas— por provocarme estados de ansiedad cada vez que he tenido que pisar sus dominios. La idea de entrar en las librerías y ser perfectamente consciente de que se encuentran repletas de libros, además de ser una idea de perogrullo, quiere decir que todos esos libros están ahí, engañosamente al alcance de tu mano, que nunca podrás leerlos todos, que debes elegir solo algunos de ellos… Odio a los libreros por tener el mundo encerrado entre un puñado de metros cuadrados y a la vez hacerlo más inabarcable que el mundo que queda al otro lado del escaparate (últimamente, eso sí, este odio se ha atemperado un poquito porque ando vagando por diferentes bibliotecas de Navarra —Alsasua, Falces…— y he terminado por acostumbrarme a la idea de ver a mi lado las estanterías repletas de libros, más pendiente —la feria, el circo continúa— de domar a esas fierecillas merodeadoras de bibliotecas públicas que son los preadolescentes).

Pero odio todavía a los libreros. Los odio hasta tal punto que la única forma con la que he dado para superar ese odio es convertirme en uno de ellos. Mi idea de la felicidad es hoy por hoy transformarme en un señor de mediana edad con barbas. Y por ello, y esto no es ninguna licencia literaria, he enviado en más de una ocasión mi “ridiculum vitae” a diferentes librerías (¿cómo va a ser una licencia literaria? Un escritor, y un encargado de biblioteca interino, debe estar siempre ingeniando nuevas maneras de llenar el estómago con algo más que con cacahuetes).

Señores libreros, sepan pues que haré lo que sea, desembalaré las cajas y colocaré en las estanterías las novedades —la única condición que pido es oler durante un segundo las páginas nuevas, leer la contraportada y la última línea del libro y pasarle la mano al lomo como quien acaricia la piel de un ser querido—; atenderé amablemente a las señoras que pidan la última de Gala y a los quinceañeros que vengan en busca de las memorias de Bisbal; soportaré aguaceros y rayos de sol bajo la uralita en las ferias del libro antiguo y de ocasión… Me lo tomaré, en suma, como un nuevo paso en el proceso, una nueva etapa en una vida irremediable y tal vez condenadamente unida a los libros. He escrito libros en mi casa, los he firmado con mi nombre y con el de otros, los he reseñado en periódicos, los he ordenado y prestado en bibliotecas, por supuesto los he leído, y ahora me gustaría venderlos —entre otras cosas para ver si es cierto que eso sucede, que alguien compra libros, paga un dinero, y que ese dinero existe, va a parar a algún bolsillo, que probablemente no sea el del librero y desde luego nunca, excepto en casos como los de Gala o Bisbal, el del escritor—.

Para acabar sepan también, señores libreros, que el odio y el amor son el reverso el uno del otro, y que se puede odiar con todo el amor de tu corazón; o que a veces lo que llamamos odio no es sino envidia. Que cada vez que en las líneas anteriores he escrito “odio a los libreros” debí haber escrito “envidio a los libreros”. Los envidio por tener una de las profesiones más rematadamente hermosas del mundo. Una profesión para supervivientes y soñadores. Una profesión que odio, o sea envidio y admiro tanto, que por ustedes hasta volvería a encerrarme en la caseta del monstruo, a convertirme en el muñeco del pim pam pum. Que lo sepan.

25 años de Xalbador-Elkar

Jun 19, 2009   //   by admin   //   Blog  //  7 Comments

Zergatik ez? Euskaraz saituko naiz, hiruzpalau lerrotan behintzat–akatsez josita, ziur aski, baina tira-: gaur joan naiz Iruñeko Elkar megadendara, ospatzera liburudendaren 25. urteurrena. Ekitaldia bukatzeko jende guztiak abestu du goian dagoen kanta, Xalbadorrren heriotzean: unkigarria, dudarik gabe, beti unkigarria, baina ez dakit aproposa den abestia Xalbador izena zuen liburudenda baterako. Batez ere, ziur nago, Xalbador edo Iruñeko Elkar edo Comedias kaleko Elkar, ez dakit nola duen izena orain, bizia izango da hemendik datozen 25 urtetara gutxienez.
Y ahora sigo en castellano antes de que Euskaltzaindia me denuncie. Decía arriba, que hoy he estado en el acto que han celebrado en la librería Elkar de Pamplona con motivo de su 25 aniversario (como han dicho, la librería se inauguró en 1984, un año orwelliano, que no era mal augurio –y también en lo que a música se refiere, el año en que se publicó el disco blanco de Hertzainak –y yo añado, ya que El Drogas andaba por ahí y es asiduo a esa librería, el año también en que Barricada publicó Barrio conflictivo). El acto ha acabado con la siempre emocionante Xalbadorren heriotzean (La muerte de Xalbador), la canción que compuso Xabier Lete sobre la muerte del bertsolari del cual tomaba hasta hace poco nombre la librería (ahora es solo Elkar, o Elkar de la calle Comedias, no sé muy bien, para muchos de nosotros sigue siendo Xalbador, a secas), y no sé si esa canción, aunque la hemos cantado a capella todos los que allá estábamos –y no venían nada mal unos escalofríos en una tarde de bochorno como la de hoy-, si esa canción, decía, es muy apropiada, porque Xalbador, la librería, va a seguir viva al menos otros 25 años, estoy más que seguro.
Xalbador-Elkar, es una librería de referencia, como los son la familia Abarzuza, en Pamplona, que los lectores y escritores de esta ciudad, al menos yo, asociamos con momentos emotivos. Siempre es emotivo topar con un buen libro, pero en mi caso, además, he presentado dos de los míos en esa librería. Mis Cuentos sanfermineros (por cierto, durante los próximos sanfermines tengo intención de subir por capítulos, uno al día, uno de ellos), para el que me acompañó Idoia Saralegui, que ese mismo año, solo unos días después tiró el chupinazo; y Ciudad Retrete, que recuerdo –el de su presentación-como uno de los mejores días de mi vida (presenté el libro acompañado de Kutxi Romero y El Drogas, la editorial, Txalaparta, invitó a fritos, hizo marcapaginas, de ahí cogí el coche y me fui al barnetegi de Lazkao, en el que había estado internado 9 meses -euskera no sé si aprendí mucho, pero allá conocí a mi compañera y madre de mis hijos- y donde celebrábamos la fiesta de despedida, en la que me pillé una de las borracheras más felices de mi vida, a base de sidra y de besos, dos días más tarde me subí, todavía ebrio, al avión para Manila…). En Xalbador, también, hablé por primera vez con El Drogas, Patxo Abarzuza me montó un expositor con mi libro Atrapados en el paraíso para compensar la horrorosa edición y distribución que me hizo el Gobierno de Navarra, han mantenido durante meses alguno de mis libros en el escaparate… Son libreros, en definitiva, de los de antes, libreros-lectores y libreros que cuidan a los escritores que tienen más a mano.
Xalbador, además, ha sido un txoko para la cultura euskaldun, que en Pamplona es casi como decir un bunker, un refugio antiaéreo, porque al euskera, la lingua navarrorum se le zumba en Navarra por tierra, aire y mar; así que ha sido natural que hoy en la mayor parte del cumpleaños haya sido esa la lengua que se ha escuchado. Castillo Suárez ha leído un texto, hasta donde mis conocimientos me lo han permitido, hermoso, sobre trapecistas, los riesgos a los que se expone y que asume quien escribe (¿el trapecista se sube al alambre para tener una visión más completa desde las alturas o para que todos le miren?). Además de ella, por Xalbador andaban, como digo, El Drogas, recién llegado de Finlandia, donde los Barri han grabado disco, y comprando más libros sobre la guerra civil (hoy La pólvora y el incienso), Kutxi, que cada vez fuma más pero no se le nota y que permanece fiel a los suyos (él se ha llevado Poemas de la última noche en la tierra, de Bukowski), Oscar Beorlegui, el piloto suicida, siempre con su intepretación peculiar y socarrona de la realidad, me ha parecido también ver, al salir, al imprescindible Jose Mari Esparza, de Txalaparta (una editorial que tiene un catálogo que si algunas cosas son como deberían ser habría que enmarcar, todavía recuerdo cuando fui a Tafalla a corregir las galeradas de mi primer libro y los ojos mi hicieron chiribitas al ver unos poemas inéditos de Bukowski, otra vez, sobre la mesa, El infierno es un lugar solitario, antes de que casi nadie publicara la poesía del viejo indecente por aquí; o las Poniatovskas, Marcelas Serrano, tantos otros, antes de que las “descubrieran” las grandes editoriales…). He echado de menos a Miguel Sánchez-Ostiz, que creo que debe de estar ya regresando -y ya se sabe que regresar a Pamplona es irse, como decía María Luisa Elío– de Bolivia, con la maleta y el magín repleto.
Y más gente a la que no conocía o no he distinguido. Un feliz aniversario, en definitiva. Y el cava, muy bueno, Patxo. Eskerrik asko eta zorionak!

UN MICRORRELATO SANFERMINERO (Y UNA PARRAFADA/ DESAHOGO SOBRE CONCURSOS LITERARIOS)

Jun 17, 2009   //   by admin   //   Blog  //  7 Comments
Con Ernesto y Carla Badillo tomando unas birras en el Café Iruña

A veces me da la venada y me presentó a algún concurso, lo reconozco (este blog lo abrí, además de para autobombo, como trastienda literaria, para enseñar todas mis vergüenzas y miserias).
Cada vez menos, lo de los concursos, pero cada vez peor, porque antes si tenía algo escrito que cuadraba con las bases lo enviaba, pero últimamente, en alguna ocasión, he llegado a escribir alguna cosilla ex-profeso para un certamen. Como hace unos días para uno de microrrelatos de San Fermín. Y así va la cosa, salen abortos como el de abajo. Y encima claudicando, los microrrelatos no me gustan demasiado, eso de ceñirse a un número de caracteres, de comprimir la historia… La historia tendrá que salir como sea, y si sale comprimida, porque a ella se lo pide el cuerpo, vale, si no…
Los microrrelatos, como fórmula o moda a impulsar me parecen una rendición ante estos tiempos de prisa y de pasar por todo por la superficie, algo propio de esa gente que dice que no encuentra tiempo para leer -y sí para tragarse cuatro horas de tele, por ejemplo; no todos claro-.
Pero me estoy dispersando, el caso es que en este concurso en particular me ha dolido no llegar ni siquiera a estar entre los 20 finalistas (¿tan malo soy? Yo que he escrito tantos cuentos sobre sanfermín…), y quedarme sin el dinero y las botellas de vino y sin esa minicuota de popularidad (la fotito en el periodico, alguna entrevistilla en una radio local…) de la que renegamos con una falsa modestia pero que tanto nos sube el ego y la autoestima.
Y a la vez me ha aliviado no ser ni siquiera seleccionado, permanecer en la sombra, uno, porque después de presentarlo he visto que en el jurado había alguien a quien conozco y con el que me escribo, y dos, porque incluí mis datos, mi ridiculum vitae -creo que equivocadamente- junto al microrrelato. No me hubiera gustado nada que luego hubiera suspicacias (aunque sean moneda corriente los amaños, los favores prestados y devueltos y otros pufos en muchos concursos literarios; algún día contaré alguna cosita sobre alguno que conozco de primera mano).
Por cierto, que en este tipo de concursos modestos, a veces queda como mal que resulte ganador un autor con «carrera» (o que «hace la carrera» literaria), con varios libros editados, algún otro premio, «Deja a los demás», recuerdo que pensaba yo cuando empecé a presentar cosas, pero ahora lo veo desde otra perspectiva, uno se pasa la vida escribiendo, con derechos de autor escamoteados, yendo a todos los sitios por la cara… ¿Por qué no puede optar a, por una vez o de vez en cuando llevarse quinientos euros?, ¿por qué tiene más derecho un «aficionado» o «uno que está empezando»?…
Bien, seguimos dispersos. El caso es que por lo demás, al microrrelato de abajo, le fueron cortando las alas ya desde que pensé la idea, primero con esa gilipollez consitorial de homenajear a Hemingway con un concursode dobles, por ejemplo, segundo cuando soprendido, descubrí unos días después de escribirlo en la Estafeta a una estatua humana que bien podría ser el protagonista de mi texto. Contra esto no pude hacer nada, pero lo primero modificó algo mi texto, y me alegro, ese es mi pequeño consuelo porque mi claudicación ante los concursos no es para tanto, puedo escribir cuentos ex-profeso para un concurso, pero no cuentos ex-profeso para ganar un concurso, con los ingredientes, la perspectiva esperada, o tópica (¿se puede premiar un concurso de cuentos sobre invierno en el que no nieve?). Espero que no sea el caso, este certamen de microrrelatos y quienes lo han impulsado pintan bien, veremos, mañana, cuando den el fallo. De momento, aquí tenéis un microrrelato que no va a ganar.

EL GITANO RUBIO

Clin-clin, me encanta oír las monedas cuando caen al vaso, “zenkiú”, digo después, y también “Goua San Feumín”, y los payos se parten la caja, y me echan más dinerico. Ya hasta me he quitado de la reventa. Vengo de par de mañana, me pongo junto a la estatua, y enseguida empiezan a hacerme corro.
-Este sí que se le parece de verdad- dicen.
A mí me costó caer. Todo empezó el día 7. Estaba tomándome una cerveza fresca y cuando le pegué el último trago…
-Clin-clin- oí.
Me había quedado muy quietico, con los ojos cerrados y, al abrirlos, ahí estaban: unos cuantos pasmados mirando, un rato a mí y otro algo a mis espaldas. Me volví y vi entonces la estatua. “He-ming-way”, leí en la placa. No había oído hablar de él en la vida, aunque fuera clavadico a mí. Después ya me han ido explicando: “uno que bebía mucho” o “un escritor yanqui o inglés, no sé”…

Lo que no he encontrado todavía es a nadie que me diga de qué hablaba en sus libros. Pero no me importa, yo a lo mío, “zenkiu, Goua San Feumín”, digo y ellos, clin-clin, siguen llenándome el vaso.

A este paso a Hemingway lo hacen santo en Pamplona, de momento lo han puesto a rezar: «Que alguien se lea mis libros en esta ciudad, señor, que alguien se lea mis libros en esta ciudad»

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