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LA MALA PENA

oct 20, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Ilustración: Santiago Sequeiros
(Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para el magazine ON (Diario de Noticias de Navarra, Álava, Gipuzkoa y Deia) 20/10/18)

LA MALA PENA
Patxi Irurzun

 

Solo se me ocurre a mí. Regalarle un libro titulado Resaca a un ex alcohólico.

El dibujante e ilustrador Santiago Sequeiros es el creador de uno de los territorios más míticos del cómic estatal, de uno de los universos propios más sólidos y al tiempo más lleno de grietas y agujeros (algunos de ellos gloriosos y sórdidos como ojos del culo, que son a la vez la puerta de entrada a un panteón de carne y tinieblas): la ciudad de La Mala Pena, construida sobre las lindes del cementerio en que enterraron a Dios y en el que llueven diluvios de orujo.

Sequeiros fue uno de los autores invitados al IX Salón del Cómic de Navarra, celebrado hace unos días, y en el que se expuso íntegramente y en su formato original  Romeo Muerto, la obra en la que ha trabajado durante los últimos veinte años de su intensa vida (Sequeiros se ha bebido mares de vodka, ha naufragado durante años en sofás de amigos, e incluso en una ocasión acarició el lomo de una sirena en una película porno); veinte años en los que Sequeiros ha estado en el infierno pero también se le ha aparecido Sampedro.

Romeo Muerto –un portero de hotel que vive dentro del cadáver de su mujer— es un cómic todavía inédito, y quienes lo leímos de pie no solo tuvimos el privilegio de la exclusiva, sino además el de leer a la vez su making of, pues en los márgenes de cada una de las planchas expuestas se apreciaban las anotaciones del autor: correcciones, ideas, dudas… En una de ellas incluso aparecía un teléfono, cuyo número apunté y al cual llamé y me cogió el demonio y el demonio me dijo que Sequeiros se le había escapado por los pelos (que no tiene, ni siquiera en las cejas ni en las pestañas, pues los ha perdido todos tras depresiones o tratando de apagar el fuego del alcohol que le quemaba el corazón).

Sequeiros tardó años en comprender que su obra y su mundo no hablaban solo o principalmente sobre el vacío o el desamor, como él pretendía, sino sobre el alcohol, sobre su propio alcoholismo, cuyas consecuencias estaba dibujando con años de anticipación. “Hay una correlación entre lo que dibujo y mi propia vida, todo está muy imbricado, yo encuentro ahora en mis cómics signos y símbolos que había colocando inconscientemente. Mi obra me cuenta cosas sobre mí mismo”, me dice, y yo le pregunto si eso acojona. “No, lo que acojona es levantarse un noche a las cuatro de la mañana con un mono terrible y no encontrar vodka en la nevera; o el vacío, el que encontré en mi último año de alcoholismo, el vacío absoluto, sobre el que yo creía que había escrito y dibujado, pero ¡una mierda! el vacío no tiene palabra, ni imagen”.

A Sequeiros lo sacaron de ese agujero sin nombre la terapia y Sampedro; José Luis Sampedro, cuyo libro El mercado y la globalización ilustró en el año 2001 y gracias a  cuyos royalties pudo por fin pagarse la fianza para un alquiler, comprar un  ordenador y volver a entrar en el circuito de la ilustración en prensa, donde actualmente es uno de los autores más destacados. “Todo lo que yo aprendí para dejar el alcohol, todo lo relacionado con el autoengaño, la justificación, me es muy útil ahora para deconstruir la actualidad o el lenguaje de los políticos”, dice.

Y a pesar de todo lo dicho, la obra de Sequeiros trasciende, y además de una manera magistral, un mero relato del proceso alcohólico. En ella hay literatura de altos vuelos y un mundo radicalmente original, el de La Mala Pena, que arroja como pocos una luz de endoscopio en nuestras zonas más oscuras y perturbadoras, en nuestros pequeños infiernos.

Santiago Sequeiros habla del suyo, de los años de trago duro y vacío innombrable, sin tapujos, con una sincera honestidad. Sin embargo, o tal vez por ello, antes de despedirnos, me devolvió con mucha educación el ejemplar de Resaca que solo a mí, estúpidamente, se me había ocurrido regalarle.

 

PLAGIOS Y PUFOS

oct 7, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Resultado de imagen de chicles Cosmos
Publicado en suplemento semanal On (diarios Grupo Noticias) 07/10/2018

 

En segundo de EGB, al inicio de curso, nos pusieron por primera vez un examen. Mi compañero de pupitre, que se llamaba Pablo Casado, me lo copió entero. Luego, cuando el profesor nos pidió explicaciones, tuvo la jeta de decir que había sido yo quien le copiara a él. Claro que el muy imbécil me había copiado también, en el encabezamiento del examen, el nombre y el número de clase.

Por entonces nos ponían un número. Para que fuéramos acostumbrándonos, supongo. Yo estaba siempre por la mitad de la lista y solía ser el  24 o el 25. Siempre he estado en medio de todo, diluido, desapercibido. No creo en los astros, pero lo cierto es que nací un miércoles y un 2 de julio, que es el día que está justo en mitad del año.

Y luego está lo de mi voz. Tengo una onda de voz que muchas personas no sintonizan. Me doy cuenta muchas veces, en los grupos, cuando digo algo y me doy cuenta de que nadie me ha escuchado; o me ha escuchado en una frecuencia remota, porque a veces me pasa que el mismo chiste que acabo de contar, sin que a nadie le haga gracia, lo repite alguien del grupo a los cinco o diez segundos y todos se echan a reír como locos.

Siempre, en esas ocasiones, me quedo esperando a que esa persona reconozca cuando acaben las risas que en realidad la ocurrencia ha sido mía, pero nunca sucede. Creo incluso que en realidad están convencidos de que la vocecita que han escuchado en su cabeza es la suya propia; o tal vez no, tal vez por un momento han visto mi nombre y mi número escritos en la parte superior de la página, pero se les olvida enseguida, qué más da, son un número y un nombre en los que nunca nadie repara.

Por eso me extrañó que, también en segundo de EGB, me nombraran chiclero de la clase. El chiclero era un puesto de responsabilidad. Una especie de tesorero que se ocupaba de recaudar y custodiar las multas y castigos que el profesor imponía (por hablar en clase, un chicle; por no hacer la tarea, cinco chicles; por comer chicle, diez chicles; por ofensas a los sentimientos religiosos veinte chicles y una hostia bien dada…). Yo tenía que ir apuntando todo aquello y guardando los chicles, que se repartían entre todos los alumnos al final de curso.

Fue el peor curso de mi vida. Todo el día con la bolsa de chicles de clase a casa, de casa a clase. A veces no me podía contener y me comía de un atracón un puñado de aquellos chicles tan tentadores: chicles Bang-Bang, chicles Cosmos, chicles con sabor a melón…   Putos chicles. Después tenía pesadillas, no podía dormir, pensando en que debía reponerlos en cuanto me dieran la paga.

—Yo no sé para qué sufres así —me dijo en una ocasión otro compañero de clase, que se llamaba Luis Bárcenas y que había sido chiclero el año anterior—. Si eres tú el que apunta lo que hay que pagar, apuntas lo que te conviene y punto, nadie se va a dar cuenta.

Pero yo no tenía el valor suficiente para hacer eso, ni me parecía correcto.

Al acabar el curso, cuando entregué la bolsa de los chicles al profesor, este se sorprendió al verla tan llena.

—¡Vaya, este año no os habéis portado muy bien que se diga!—dijo, y luego, no obstante, me felicitó por haber desempeñado con honestidad mi cargo de chiclero, aunque a continuación añadió—: Y eso que empezaste torcido, copiando en aquel examen.

Yo me quedé patidifuso, incapaz de replicarle. Supuse que se había liado, o que se le había olvidado cómo había sucedido en realidad el episodio.

Eso y que aquel profesor era también el padre de Pablo Casado, mi compañero de pupitre.

 

ODIADORES

sep 24, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración para el magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) 22/09/2018

 

 

Lo mejor es no leerlos. Los comentarios en la página de reservas del hotel que acabas de contratar para tus vacaciones, digo. Porque siempre vas a encontrar alguno que diga que las sábanas estaban llenas de cascarrias, que lo de “Se admiten mascotas” se refiere a las cucarachas del tamaño de mastines que se pasean por las habitaciones o que la comida sabe a rayos y la sirven unos camareros con cara y modales de afiliados de VOX en mitad de una Diada.

La parte buena de todo eso es que te plantas en el hotel como un reportero de guerra, parapetado con chaleco antibalas, mosquitera y potabilizador para el agua, y a nada que el establecimiento cumpla unos mínimos de habitabilidad, te parecerá que estás en el Hilton (claro que al revés también pasa y puede ser que la piscina climatizada que anuncia en su web el Hotel Jilton sean en realidad unos cuantos niños gritones meándose en tu bañera).

—Tiene que haber alguien que se dedique a ello —me digo—, alguien al que le paguen para escupir toda esa bilis en Booking o en Tripadvisor  sobre las reseñas de la competencia. ¿Será alguien del gremio, un negro literario? ¿Una especie de inspector de la Guía Michelín al revés? ¿Alguien que se pase la vida en un verano perpetuo, a la caza de la fideuá de bufet más reseca y los zumos de máquina más flatulentos, de la alcachofa de ducha con menos presión, del colchón que te succione con más fuerza? ¿Cuál será su esperanza de vida?…

Reconcomido por todas esas dudas existenciales me dirijo a una oficina de empleo para iniciar este reportaje de investigación, pero estoy a punto de abandonarlo a las primeras de cambio porque a sus puertas me encuentro a un montón de personas gritando “¡Viva el rey!”. Después, recuerdo que me pasó lo mismo ayer en el centro de salud, y el otro día cuando pasé por delante del comedor social. “¡Viva el rey!”, gritaban todos con lágrimas en los ojos, “¡Viva el rey, mecagoendiós!”, gritaba enardecido un actor a la puerta de un juzgado, “¡Viva el rey!” grita todo el mundo en el mercado, cuando echa gasolina, en el banco, al sentarse en la taza del baño…

Así que vuelvo más tranquilo sobre mis pasos y entro de nuevo a la oficina del INEM.

—Sí, sí, los haters y los trolls están muy solicitados —me responde muy amablemente un funcionario, tres días después, cuando regreso tras pedir mi cita previa, y me explica que hater quiere decir odiador (“Odiador, qué bonito. Amo la palabra odiador. Donde esté un buen odiador que se quiten todos los haters”, pienso yo).

Pero nos los piden para todo, no se crea, no solo para lo de los hoteles —continúa el funcionario—. Hay trolls para comentar las noticias y columnas de los periódicos digitales, haters que destrozan los libros de autores de otras editoriales (estos tienen menos salida porque hay muchos escritores que ya lo hacen gratis y también porque se lleva más la tendencia contraria, es decir, ensalzar como obras maestras novelas que son porquerías como una catedral de grandes)…

—¿Y que hay que hacer para ser un troll? —le interrumpo, y ya me imagino a mí mismo frente al ordenador, escribiendo con el pelo peinado para arriba y teñido de lila y con orejas puntiagudas de goma.

—Huy, no se lo recomiendo, hay mucha lista de espera, ¿no ve que la gente viene ya muy preparada, con lo de las redes sociales y eso?…

—Vale, vale —me despido, dando por concluida la investigación, pero antes de que pueda levantarme el funcionario me retiene un poco molesto, agarrándome por el brazo y pregunta:

—¿Qué se dice?

—¿Viva el rey? —contesto yo.

CÁSCARAS

sep 8, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) 08/09/2018

 

Cuando yo era pequeño lo habitual era tirar al suelo los envoltorios de las chuches, por ejemplo, de aquellos chicles Cosmos que te dejaban la lengua negra, o de los Cheiw (“Deme cinco chicles”. “¿Cheiw?” “No, chinco”); o las cáscaras de las pipas. Comíamos muchas pipas. Comíamos pipas a todas horas. Había parques enteros y  cines de barrio enmoquetados con sus cáscaras. Ahora ya casi no se comen pipas. Las palomas del parque ya no hablan conmigo. Y nadie siente dejar este mundo sin probar las pipas Facundo. Tampoco hace ya nadie rimas publicitarias de ese tipo, tan rotundas y efectivas: “¿Qué tal? Muy bien con Okal”. “¿Qué hora es? ¡La hora 103!”.  Ahora los publicistas se ponen estupendos, sin darse cuenta de que después hay un comercial que tiene que vender su creatividad de mierda. Recuerdo hace unos años el anuncio de un coche con “ziritione”. ¿Qué era el ziritione? Nada. La ocurrencia de un copy que después no tenía que recibir a quienes se acercaban al concesionario a preguntar: “¿Y este coche tiene ziritione?”. “Claro, ejem, todos nuestros coches tienen ziritione”. “¿Pero qué es exactamente el ziritione?”. “Eh, bueno, sí, la satisfacción que da conducir nuestros coches”. “¿Qué satisfacción: el asiento te masajea el culo, el coche te aplaude si haces un adelantamiento correcto…?”. “No, je, je, eso si quiere puedo hacerlo yo cuando usted lo pruebe”. “¿Lo primero o lo segundo”. “Lo de aplaudir, claro”. “Pues vaya”…

Tiene que ser en todo caso difícil ser publicista en estos tiempos, competir contra tantos hombres y mujeres-anuncio, que trabajan gratis, que pagan en realidad por pasear sus camisetas con las marcas —LEVIS, NIKE, ESPAÑA…—,  en letras que vería hasta Rompetechos con conjuntivitis.

Pero estábamos hablando de la basura. Ahora, si nuestros hijos tiran un papel al suelo los obligamos, como buenos ciudadanos que somos, a recogerlo y a llevarlo a la papelera; o al contenedor azul. Bueno, si el papel está sucio, ¿va al azul o al orgánico?… Da igual, la basura está, en todo caso, perfectamente clasificada y las aceras limpias de cáscaras y de plastones de chicles. Todo está bajo control. ¿Todo? ¡No! En realidad generamos más porquería que nunca. Cartón, plástico, plástico para envolver el cartón, cartón para envolver el plástico que envuelve al cartón… Y la guardamos bajo la alfombra, en los vertederos, que ahora se llaman centros de tratamientos de residuos, o enviándola a África, donde junto a las minas expoliadas de coltán se levantan montañas de inmundicia electrónica, contaminante y  cancerígena. Un crimen perfecto y circular. La mierda, en todo caso, acabará por comernos a todos. El principal problema de la humanidad en el siglo XXI será la basura (aparte de Albert Rivera o Pablo Casado, quien, por cierto, propuso un plan Marshall para África; para mí que se refería a eso, a enviarles comida caducada y ordenadores descacharrados).

Hablando de electrónica, hace unos días aparecía en el telediario una horda de adolescentes a los que sus padres llevaban a la estación para viajar rumbo a un festival veraniego de música. Y los abnegados progenitores sacaban de los maleteros de sus coches para meterlos al del autobús los equipajes, en los que a los “mochileros” no les faltaba de nada: ordenadores portátiles, consolas, palos selfie, aparte de sillas y mesas de camping, tablas de surf… Tenemos artefactos, con sus envoltorios y su ziritione, para todo: tampones con bluetooth, sandalias con capota para los días de lluvia, gafas inteligentes para picar cebolla… Y no podemos vivir sin ellos. En lugar de irnos de vacaciones nos vamos de mudanza. Nuestra huella ecológica es la de un dinosaurio en vías de extinción. Pero “a mí plin, yo duermo en Pikolín”. Con mucha suerte, acabaremos todos comiendo pipas otra vez. Y sus cáscaras.

 

SALVAJE

ago 25, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
cap-20
Publicado en semanario ON 25/08/18 . Ilustración: PEDRO OSÉS (incluida en la novela PAN DURO, Patxi Irurzun)

 

Era su semana salvaje. Así la llamaba. La esperaba como una fiera hambrienta a su presa, tachando a zarpazos en el calendario los días que faltaban para sus vacaciones.

Al llegar el verano, cada año, conducía hasta el viejo caserón familiar en un pueblo abandonado y se convertía en uno más de los animales —arañas, ratas, culebras— que se enseñoreaban de aquellas ruinas.

Una vez allí, se abría camino entre la maleza y la basura, los huesos, las botellas y latas vacías, las hojas amarillas de otros años y subía las escaleras de la casa, que crujían temblorosas. Abría después el grifo de la cocina, escuchaba el glugú de las cañerías y veía caer aquella agua marrón, oxidada, que parecía sangre sucia. Entraba por último en su habitación, retiraba las telarañas y las cagadas de ratón de la cama, cambiaba las sábanas, se tumbaba sobre el viejo colchón y, simplemente, esperaba, hasta que su cuerpo le dijera qué quería hacer.

Algunos días, no quería hacer nada, se quedaba allí, tirado en el catre, escuchando aquel silencio colosal, que solo interrumpía el ladrido de algún perro a lo lejos, el rumor entre las zarzas de una culebra o, al anochecer, el viento ululando allá en lo alto de La Cerda;  otros días ponía la música a todo volumen, Black Sabbath, Beethoven, Pink Floyd, se tomaba una pastilla y miraba cómo temblaban las paredes, cuando las pateaban los elefantes rosas; o leía durante horas, e iba arrancando las páginas a medida que lo hacía y arrojándolas a la cuadra por un agujero en el suelo, que también utilizaba a veces para  orinar o defecar, si no le apetecía salir de la habitación. A veces, se limpiaba el culo con los libros que no le gustaban, que eran la mayoría. Otras, se masturbaba frenéticamente, como un mono, como un bonobo, hasta que las sábanas se acartonaban y el vello del vientre y del pubis se le convertían en un remolino de semillas secas; u olisqueaba como un Narciso en celo sus manos, después de hurgarse la hendidura entre las dos nalgas.

Bebía mucho. Y arrojaba las botellas vacías por la ventana.  Algunas noches, cuando se emborrachaba, bajaba desnudo a recorrer las calles vacías del pueblo y hablar con los muertos, o a asesinarlos con un cuchillo jamonero; otras, subía a la montaña, desafiando a aquella Cerda, como la llamaban, que decían que devoraba a quienes se perdían en ella, desorientados entre la niebla o tragados por un desfiladero. Esperaba acurrucado bajo un árbol, temblando de frío y excitación, hasta el amanecer, hasta que veía pasar a algún excursionista sonriente y confiado. Y después, regresaba al caserón, donde dormía durante horas, como una fiera que ha saciado su apetito.

Un día antes de que finalizaran sus vacaciones, cada año, abandonaba la casa y hacía noche en la ciudad más próxima, en un hotel, siempre el mismo hotel, donde ya lo conocían y lo esperaban y no se asustaban de su aspecto. Sentía un enorme placer al asearse, después de tantos días sin hacerlo, al dormir en sábanas limpias, al comer un menú de cincuenta euros… A veces pensaba que hacía todo aquello solo para eso, para disfrutar de aquellos momentos, de una cerveza fría y bien tirada,  de la lectura de un periódico del día,  pero, sobre todo, de aquella ducha en el hotel, bajo la que permanecía durante más de una hora, dejando que el agua caliente y el vapor limpiaran en su piel la tierra, el semen, la sangre, todos los rastros de su semana salvaje.

 

Patxi Irurzun

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