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ESTAMPA DE BUDAPEST

Mar 4, 2024   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diario Grupo Noticias) 04/03/24.

En Budapest no hay rascacielos. Los puntos más altos de la ciudad son las torres del parlamento y de la basílica de San Esteban. Nada por encima del imperio de la ley y de Dios. Pero los cuervos, de ese modo, vuelan a sus anchas y pueden cagarse más a gusto sobre las estatuas de los héroes y los santos. En las afueras de la capital húngara hay, por cierto, un museo con las estatuas retiradas tras la caída del comunismo. Para llegar hasta él hay que tomar dos o tres metros o autobuses que conducen hasta el desangelado museo, que se ubica en un solar, entre otras parcelas con chatarra o material de construcción. Las estatuas de Béla Kun o las dedicadas a la amistad húngaro-soviética, construidas a escala gigante para convertir a quienes las contemplaran en hormigas, se desparraman al aire libre y pierden así toda su majestuosidad. En un almacén medio oculto y lúgubre se amontonan sobre palets viejos varios bustos de Lenin y Stalin. El museo se llama Memento Park y el folleto que venden a la entrada explica que su creación se debatió entre la idea de rememorar los horrores de la dictadura o la de ridiculizarla. El resultado es una mezcla de ambas cosas (y podría ser una pista para el destino de algunos de nuestros mamotretos fascistas, como el Valle de Cuelgamuros o el Monumento a los Caídos de Iruña: desmontarlos pieza a pieza o, para el caso, volarlos por los aires, y exponer sus escombros en un solar de extrarradio).

No hay apenas visitantes, de todos modos, en Memento Park, los turistas, puestos a fotografiar estatuas, prefieren la del inspector Colombo o las miniaturas de Drácula, el osito de Mr.Bean o la rana Gustavo que se distribuyen por varios puntos estratégicos de la ciudad. Por ejemplo, en la barandilla de uno de los puentes que separan y unen a la vez Buda y Pest, representado en una de esas miniestatuas, Francisco José I, el marido de Sissí Emperatriz, se balancea sobre el Danubio azul, que en realidad es marrón. La leyenda dice que quienes ven el agua del río de color azul están enamorados. Y deben de ser unos cuantos, a juzgar por los candados con los que está cubierta dicha barandilla. Aunque para mí que lo único que significan esos candados es que quienes los han amarrado son o bien unos gilipollas incivilizados o bien daltónicos.

Algo más allá, en la plaza Deák Ferenc, una anciana, escoltada por dos enormes San Bernardos sucios, toca en el acordeón una canción que se parece sospechosamente a Baldorba, de Benito Lertxundi, mientras a su alrededor los peatones deambulan entre starbucks y burrikins. El mundo es cada vez más global, y más frío, pero en Budapest, a pesar de todo, todavía uno puede tomarse una cerveza en el Kakas bar, visitar un museo de máquinas de petaco o darse un baño en una piscina termal mientras fuera de ella el termómetro hace una muesca debajo del cero.

LOS DÍAS DE LLUVIA SON MI TÚNEL DE LAVADO

Feb 19, 2024   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Un taxista escribe "lavalo guarro" en un Cabify

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 17-02-2024

¿Por qué en las películas siempre que llega un alumno nuevo al colegio lo hace en mitad de una clase? Me imagino que por el mismo motivo por el que, cuando hay una escena dentro de un coche, quien conduce mira al copiloto en lugar de a la carretera o que cuando dos de los protagonistas orinan en un baño público deben de haberse bebido previamente una kupela de sidra, a juzgar por el tiempo que dura su evacuación.

Son códigos, convenciones aceptadas por el espectador y que, además, tienen su lógica: durante la matusalénica meada alguien revelará, mientras mira de reojo el aparato urinario de su interlocutor, algún dato clave en una investigación; el conductor despistado nunca se va a estrellar porque lo que se ve por la ventanilla es a todas luces un paisaje falso; y si el nuevo alumno llega en mitad de la clase es porque se subraya de ese modo su protagonismo o su diferencia frente al resto de los alumnos que esa mañana han tenido que madrugar como pobres pringados.

En la vida real a algunas cosas resulta más difícil encontrarles sentido: el otro día, por ejemplo, en una tienda de ropa vi unas chanclas con piel de borrego. ¿Cuándo se supone que vas a usarlas? En verano tus pies se van a convertir en chuletillas al horno, y en invierno la parte que quede en ellos al descubierto se te va a congelar (y tampoco puedes ir a la moda, esa horrible moda actual de los calcetines con chanclas, porque estas de la tienda en cuestión eran de las que se enganchan entre el dedo gordo y el siguiente, que no sé cómo se llama).

¿Los dedos de los pies tienen nombre, por cierto? Si extrapolamos la nomenclatura de los de las manos, ese segundo dedo debería ser el índice, pero, ya que hablamos de lógica, yo no conozco a nadie que señale en una dirección o que escriba “Lávalo, guarro” en la ventana trasera de un coche sucio con el pie (esto último está un poco forzado, sí, pero es que he empezado este artículo con la idea de introducir en algún momento del mismo la siguiente frase: “Los días de lluvia son mi túnel de lavado”, a la que ya me he acercado con este discurso, pero a la que ahora tampoco le veo ningún sentido; y, además, la frase en cuestión ya la había escrito en el título).

Hablando de cosas sin sentido, y de cine, todavía me pregunto qué pintaba Quique en Verano Azul o por qué todavía hay a quien la monarquía le parece defendible cuando esto no es una película de época sino la vida real −nunca mejor dicho− del siglo XXI. No sé, yo no le veo utilidad alguna, es como tener una puerta con ventana y mirilla a la vez, es decir, una bobada.

Por lo demás, he consultado en internet y el nombre del segundo dedo del pie es “digitus secundus pedis”, o sea, segundo dedo del pie.

ABESTI BAT

Feb 5, 2024   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 03/02/24

A medianoche, justo cuando arrancaba el lunes más triste del año, Gorka Urbizu nos alegró el día, nos convirtió en cenicientas al revés, poniendo a nuestros pies esas zapatillas de cristal que son las canciones de su nuevo disco, Hasiera bat, el primero en solitario tras su largo y exitoso periplo en grupos como Berri Txarrak o Peiremans.

Lo publicó por sorpresa, sin meter ruido, sin adelantar exploradores o batiscafos en busca de likes en el proceloso mar de internet o a nadie con un bombo para aporrearlo ante las puertas de las revistas, las radios y las redes sociales. A pesar de lo cual los más devotos, los que algo habíamos husmeado como sabuesos hambrientos en las últimas e intrigantes pistas dejadas en el aire, allí estábamos, con los párpados cargados por el plomo de la madrugada, desafiando al madrugón.

Y mereció la pena.

El músico de Lekunberri ha contado en algunas de las entrevistas concedidas tras el estreno de Hasiera bat que una de las razones por las que publicó su trabajo de esa manera fue para defenderlo de la dictadura de los singles, de las canciones que se desguazan de la nave antes incluso de que esta esté en órbita y caen como meteoritos en nuestros oídos, convirtiendo los discos, en esta época en la que siempre andamos con prisas (la mayoría de las veces para perder el tiempo mirando una pantalla), en chatarra espacial. “Si crees que no puedes dedicarle 34 minutos, igual no es tu disco”, ha dicho Gorka. Y es cierto, hay que escuchar el disco completo para comprender toda su sutileza, para disfrutar de hallazgos como esa teoría de una simpleza tan maravillosamente esclarecedora: “Gauzak ez dira horrela, gauzak horrelaxe daude” (Las cosas no son así, las cosas están así); pero también es cierto −al menos en mi caso lo es, y creo que no soy el único− que resulta difícil no caer rendido ante la belleza elemental de uno de los temas en particular: Etxe bat.

En estos tiempos en que algunos artistas jóvenes nos hablan de sus ambiciones desmedidas o alardean de sus sold outs, el rockero al que no se le cayeron los anillos al tocar frente a un solo espectador en una sala de Nantes nos dibuja en la letra de Etxe bat una escena doméstica y familiar: su aita leyendo las esquelas en el cuarto de estar, su ama pidiéndole que ponga la mesa, el perro demandando sus caricias, y el artista, entre todos ellos, componiendo ya, sin saberlo todavía, esta hermosa canción sobre las cosas pequeñas e importantes y el temor a perderlas…

Gorka Urbizu ha tenido, además, el acierto de contar y cantar todo eso con una desnudez que redobla la emoción transmitida por este trozo de su vida, al que nos permite asomarnos a través de una ventana que es, en realidad, un espejo. Un espejo en el que apreciamos, gracias a la magia de la música, el reflejo, como un cristal precioso, de nuestras zapatillas de casa, o sea, de nuestras vidas y nuestros días.

GAINSBOURG IN MEMORIAM

Ene 22, 2024   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
GAINSBOURG Y YO - Patxi Irurzun Patxi Irurzun

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine On (diaarios Grupo Noticias) 06/01/24

Hace unas semanas murió Gainsbourg, nuestro conejo enano bélier. Algunos de ustedes se acordarán de él, porque lo he convertido en protagonista de esta página en más de una ocasión.

Me lo encontré una mañana tumbado en una esquina de la jaula, inmóvil, con los ojos detenidos, mirando hacia la luz de la ventana, la boca abierta y sus dientecillos asomando a través de ella. Cuando lo cogí para ver si todavía le latía el corazón, estaba frío. Me pareció, además, que apenas pesaba, como si estuviera vacío por dentro, como si en realidad fuera una copia en 3D de sí mismo. Alrededor de su cuerpo sin vida revoloteaba un moscardón gordo y zumbón.

Los moscardones son los cuervos de las mascotas domésticas.

Recuerdo que, al principio, no sentí pena, sino una especie de alivio, más por mí mismo que por el propio conejo. Pensé que ya no tendría que limpiarle más el cagadero. Y puede incluso que consiguiera vender la jaula en eBay. Tal vez fuera porque llevaba ya un tiempo esperando este momento. Hacía meses que Gainsbourg estaba sordociego. Y en las últimas semanas le había salido una especie de tumor en el culo, tenía incontinencia, se meaba en aspersión por toda la jaula y fuera de ella… Pero después me invadió un sentimiento de congoja y de culpa que todavía hoy, cuando cada mañana encuentro un hueco en el lugar el que estaba su jaula, perdura y me roe el corazón como si este fuera una zanahoria.

No puedo parar de preguntarme, desde aquel día de su muerte, si cuando compré a Gainsbourg, siendo solo un gazapo, lo salvé, le ofrecí una vida cómoda y sin sobresaltos, o por el contrario lo condené a una reclusión y un celibato perpetuos; si acaso lo privé de su “conejidad” y lo convertí en un animal triste y sin otras expectativas que salir unos minutos cada día de la jaula, arañarme las pantorrillas mientras cocinaba, roer el cable del ordenador −acaso para que no escribiera más columnas sobre él−, darle de vez en cuando un revolcón a Bardot, el mono de peluche que le compramos para que se desfogara…

¿Cómo habría sido Gainsbourg en otro ambiente? ¿Determina el medio, las condiciones de vida, nuestra personalidad? Tal vez, no sé, Gainsbourg era un conejo aventurero y follador y yo le había cortado las alas, lo había hecho infeliz.

En fin, ya da lo mismo, ya es tarde para lamentarse y para cambiar nada. Puede que ahora Gainsbourg, en el cielo de los conejos, si lo hay, sea un conejito libre y alegre o tenga siempre alguien que le compre zanahorias frescas y le corte las uñas antes de que parezcan garfios.

Espero que sí.

Descansa en paz, Gainsbourg, amigo, fuiste un buen conejo.

EL BADAJO Y LA MUERTE

Ene 22, 2024   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Sharon Olds: vitalidad, intimidad y eso que sólo puede ser dicho por la  poesía - Infobae
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias. 20/01/24) Foto: Shuterstock

Hace unos días, a la misma hora que en Pamplona el badajo de una de las campanas de la Iglesia de San Nicolás caía sobre las terrazas de la plazuela, yo estaba leyendo un poema de Sharon Olds que se titula El pene del papa. El poema, recogido en la antología Óvulos en la mano, casualmente dice lo siguiente: “Cuelga bajo la sotana un badajo / delicado en el centro de una campana. / Se mueve cuando él se mueve, un pez fantasmagórico / en un halo de algas plateadas, el vello / balanceándose en la oscuridad y el calor, y por la noche / mientras sus ojos duermen, se levanta / en alabanza a Dios”.

Los poemas de Sharon Olds golpean de esa manera, con una contundencia que te dejaría fuera de combate si no fuera porque siempre hay en ellos también algo que te salva por la campana, una imagen brillante − un pez fantasmagórico− o un destello de delicadeza.

En otro de los poemas, Solsticio de verano, ciudad de Nueva York, un suicida depone su actitud gracias a las palabras de un policía. Tras bajar de la azotea juntos, el policía ofrece al suicida un cigarrillo, que este prende a la vez que los curiosos que esperaban ver el dramático desenlace. “Luego todos encendieron cigarrillos, y el / rojo refulgente de los extremos ardía como / las hogueras pequeñas que encendimos en la noche, / al principio, en el origen del mundo”, escribe Sharon Olds.

Casualmente también, ese mismo día yo había leído un cuento del polaco Slawomir Mrozek en el cual el bombero que hace desistir a otro suicida llega a la conclusión de que este podría en realidad haberse arrojado al vacío mucho antes de que él apareciera o de que bajo los pies de ambos se congregara un enjambre de espectadores que, en el fondo, anhelan morbosamente el salto fatal. En ambos textos hay un tránsito redentor de lo individual a lo colectivo: los suicidas salen de las burbujas asfixiantes de su existencia para arrimarse al calor común de la hoguera y ser aceptados en el grupo que, alrededor del fuego, se reúne, fuma, conversa o incluso comparte sus deseos más insanos.

A propósito de la muerte, y regresando a la plazuela de San Nicolás, fue realmente un milagro que aquel badajo suicida y volador no se llevara consigo a nadie por delante, pues cayó sobre las habitualmente concurridas terrazas durante el mediodía de un domingo de Navidad en el que, por fortuna, llovía a mares. Habría sido, desde luego, una muerte absurda, aunque ¿cuál no lo es, cuál no es una estafa y a la vez la única certeza?

También sobre la muerte reflexiona a menudo Sharon Olds en sus poemas. Como cuando en Fotografía de la niña su mirada se fija en una muchacha en el umbral de la pubertad que, durante una hambruna en Rusia a principios del siglo XX −escribe Olds− “va a morir de hambre ese invierno/junto a otros millones de personas. En la profundidad de su cuerpo/los ovarios dejan salir los primeros óvulos/dorados como gotas de grano”.

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