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GAINSBOURG Y YO

ago 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, suplemento ON de diarios de Grupo Noticias (24-8-2019)

 

Vaya, el tiempo está loco, estamos a finales de agosto y ¡ahora se pone a nevar!, ah, no, no, que es Gainsbourg, mi conejo enano belier, que está con la muda y se le cae el pelo en unos mechones que parecen copos, tan grandes, tan blancos, tan leves… Gainsbourg es pequeño, peludo, suave, a veces lo peino y se me ponen las manos hechas un poema, llenas de volutas, que recojo y con las que me estoy haciendo un jersey de punto inglés para cuando llegue el invierno.

—¡No es buena idea! —me dice  Gainsbourg—. Ir por la calle vestido de conejo, digo. La calle está llena de depredadores, de lobos solitarios, de asesinos, de gente que vota en silencio a la ultraderecha, de comerciantes que van a darte mal el cambio, de conductores a los que no les importa convertirte en una calcomanía sobre un paso de cebra…

Sí, mi conejo Gainsbourg habla. Mantengo con él largas conversaciones, mientras lo peino. Y no me guarda rencor, aunque sea su carcelero. De hecho, cuando lo dejo salir de su jaula intenta hacerme el amor, pero en verano a mí no me gusta porque voy en pantalones cortos y me araña las pantorrillas, así que lo rechazo,  y tampoco por eso se enfada, Gainsbourg, y en lugar de follando como conejos acabamos otra vez los dos hablando sobre Dostoievski o sobre el capitalismo feroz.

—No hace falta salir a la calle para que intenten desollarte —le digo, por ejemplo, a Gainsbourg y le cuento también que esa misma mañana me han sacado la faca tres veces por teléfono.

Primero, los de una compañía telefónica. “No me interesa”, les he dicho y mientras colgaba oía al operador gritarme: “¡Pero cómo sabe que no le interesa si aún no le he contado nada!”. Me pregunto, por cierto, qué pensarán sobre nosotros y sobre nuestras madres los teleoperadores cuando les cuelgas el teléfono.

“¿La señora de la casa?”, me ha dicho el segundo atracador. A este le he colgado sin remordimiento alguno. Y creo, además, que le he hecho un favor, porque una llamada desde el siglo pasado debe de costar un pastón.

—Deberías hacer como yo —me recomienda Gainsbourg—. “¿La señora de la casa? Sí, soy yo”,  le habría contestado, y habría puesto la voz bien grave y varonil. Otras veces les digo que sí a todo—continúa explicando—, que me pongan todo lo más caro que tengan. O empiezo a reírme como un bugsbuni, como un conejo loco. Y siempre consigo que sean ellos los que cuelguen.

—Mi pequeño Viernes —murmuro orgulloso, y le acaricio, pues me imagino que con esos métodos Gainsbourg estará consiguiendo hacernos subir muchos puestos en la lista Robinson (ya saben, esa a la que podemos apuntarnos para restringir la publicidad no deseada).

La tercera llamada era desde una centralita de la mafia china, a juzgar por el acento de la chica, que me ha preguntado si tenía computadora y después, cuando le he contestado que sí,  me ha dicho que esta estaba infectada con un virus horrible que iba a destruir mi equipo en unas horas pero antes iba a enviar videos míos sodomizando cabras a toda mis lista de contactos. También he colgado, claro, porque me sonaba todo a chino (por ejemplo, ¿cómo sabía esa chica que mi ordenador estaba infectado si primero me ha preguntado si tenía ordenador —bueno, computadora—?) y, sobre todo,  porque yo con conejos igual, pero con cabras nunca he tenido nada.

En fin, son de estas cosas (y de otras como el G 7, la ETA o las sumas y pactos políticos, pero esas se las dejo a otros columnistas) de las que hablo en la intimidad con mi conejo, mientras en la calle nieva pelo. Después, cuando nos aburrimos, le echo al suelo a Birkin, su mono de peluche (otro día ya les hablaré de él) y Gainsbourg le hace el amor salvajemente pero sin aspavientos, porque los conejos —o al menos mi conejo enano belier— hablan pero no gimen, como todos ustedes bien saben.

DIARIO DE UN INSOMNE

ago 11, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para el magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias), 10/08/2019

 

Lunes, 5 de agosto

Hoy he recibido otra de esas extrañas solicitudes de amistad en Facebook. La chica se llama Irina y en su perfil tiene escrito: “Necesito un pollo en mi vagina”. Me pasa desde pequeño. Siempre se me arrima la gente más rara. Es como un imán. Si en un bar hay, pongamos, un borracho bailando con un orinal en la cabeza, va a acabar impepinablemente vertiéndome toda su diarrea mental encima.

Son las tres de la mañana. Hoy tampoco  puedo dormir. El termómetro del móvil marca treinta grados.

Martes, 6 de agosto

 Otra noche en blanco. El calor no es, porque hoy estamos a nueve grados. He tenido que sacar la manta. El tiempo está loco. Con estos cambios de temperatura vamos a acabar todos hechos polvo, convertidos en arena del desierto. Para combatir el insomnio me pongo música en Youtube. De vez en cuando, las canciones se paran a la mitad y sale un anuncio. No sé a qué genio del marketing se le ha ocurrido. A mí, al menos, eso solo me hace odiar los productos que anuncian. Cortar una canción es un crimen. Es como cortarte la respiración. Ya no saben qué inventar. Son capaces de cualquier cosa, hasta de matar, con tal de venderte algo.

Miércoles, 7 de agosto

 Igual va a ser el jet lag. Han pasado ya unos días desde que volví de vacaciones.  “¿Cómo vas a tener jet lag si no te has ido a ningún sitio?”, me dice un compañero de trabajo que es un aguafiestas.  “Ya, pero no madrugaba, comía  a deshoras, me echaba la siesta, me quedaba por las noches viendo el curling…”. “¿Curling, quién es ese, el niño de Solo en casa?”. “No, un deporte de invierno”, le contesto. “Ah, ya,  ese en el que echan un aspirador rumba por una pista de hielo y por delante van unos cuantos frotando el suelo, ¿no?”. “El mismo”, digo. “Listo, que eres un listo” (bueno, esto último  lo digo solo para mí).

Jueves, 8 de agosto

 Como no pudo dormir y como hoy vuelve a hacer un calor insoportable no hago más que darle vueltas al tema del curling. ¿Y si monto un equipo? Seguro que es una buena forma de viajar. Finlandia, Rusia, Islandia. He mirado en Google y en España solo hay catorce equipos. Y en Navarra, ninguno. O sea, que de primeras ya eres campeón de tu comunidad. Y después, con un poco de esfuerzo,  en la liga nacional fijo que no resulta difícil clasificarse para la UEFA, o como se llamen las competiciones europeas de deportes de invierno.

Viernes, 9 de agosto

Hoy ha entrado el cierzo y han bajado las temperaturas veinte grados en unas horas. Todo el mundo habla de eso. También en el telediario. El telediario es cada vez más como un ascensor. Se habla del tiempo por no hablar de otras cosas. Por ejemplo, del cambio climático. Y aún así, nunca llueve a gusto de todos. Para algunos veinte grados en agosto es mal tiempo. Para mí es el paraíso. Si en el paraíso pudiera dormir, claro.

Sábado, 10 de agosto

Maldito insomnio. Sigo sin pegar ojo.  No hago más que darle vueltas a la cabeza, con preguntas absurdas. ¿Se podrá competir en el curling con la mopa de casa? ¿Después de Unamuno y Orwell, a quién tendrá los santos cojones de citar Santiago Abascal en su próxima intervención parlamentaria? ¿A Simone de Beauvoir? … Me voy a volver loco. No puedo parar. ¿Cuando me levante tendré que ponerme una camiseta o una camiseta térmica?¿Un diario, como este, escrito por las noches no debería en realidad llamarse nocturnario? ¿Para qué querrá Irina el pollo?…

YO HE VENIDO AQUÍ…

jul 28, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en semanario ON, con diarios de Grupo Noticias (27/07/2019)

 

…a hablar de mi libro, en efecto, y ustedes me lo van a permitir, porque es una cuestión de vida o muerte. Diez mil heridas, así se titula, se publicó hace más de tres meses, lo cual quiere decir que es ya un libro viejísimo al que las novedades que han ido llegando imparables a las librerías y sepultándolo en sus estanterías desahuciarán hasta que en septiembre sea ya un cadáver literario.

Hasta ahora he intentado mantenerlo con vida con toda esa serie de maniobras y ejercicios de reanimación que acompañan a la promoción de un libro (presentaciones, entrevistas) y que para un escritor tímido  como yo se convierten en un via crucis, que a pesar de todo hay que padecer con una sonrisa como una cicatriz,  porque uno por sus libros está dispuesto a todo, a morir incluso (o a ir a firmar a las ferias). Lo cual no quita para que ahora, desde este Gólgota que es el verano, uno no pueda echar la vista atrás sobre cada uno de los pasos de ese calvario.

En cuanto a las presentaciones, por ejemplo, aunque las ha habido multitudinarias (es decir, con unas treinta personas entre el público) también me he encontrado con algún desganado presentador que ni siquiera recordaba el título del libro o me ha tocado hacer un “Berri Txarrak”, es decir, hablar para un solo asistente (y al igual que cuando el grupo de Lekunberri lo dio todo en Nantes ante su único espectador, resultó que fue una de mis mejores presentaciones o en las que más recompensa obtuve,  pues me encontré con un lector apasionado, voraz, con olfato y buen gusto -por eso, ejem, ejem,  estaba allí, evidentemente-).

Las firmas en las ferias o días del libro son aún peores, a no ser que uno sea un charlatán o un youtuber. Por cierto, lo segundo peor que te puede suceder en una firma de libros es que en la caseta de al lado pongan a un youtuber (o a un cocinero mediático, un presidente autonómico…). Ver las filas interminables, mientras a ti te compra por pena tu libro el propio librero; pensar en los treinta años que llevas leyendo, escribiendo, peleando, para que después cualquier intruso al que la literatura le importa un bledo venda en una mañana todo lo que a ti, con suerte, te va a costar otros treinta años.

Lo primero peor que te puede suceder,sin embargo, es que  te confundan con el librero y te pidan el libro de tu autor más odiado. Si no es que tu escritor más odiado está compartiendo caseta contigo y con la mano tonta de echar autógrafos. Siempre, en realidad, los escritores que comparten caseta contigo, además de ser mucho peores que tú,  firman más libros. Y los que no lo hacen se dedican a boicotearte, a espantarte a quienes se interesan por tu novela, acercándose en ese momento a saludarte (da igual que hasta entonces te hayan mirado con dos puñales en los ojos) o a darte una chapa insufrible sobre la influencia de Dostoeivski o de Dolores Redondo en su literatura.

Son todas estas cosas -las decepciones, las humillaciones, la frustración, el desgaste, incluso el coste económico, las pérdidas que supone hacer cientos de kilómetros para vender en una buena tarde seis libros de los que te llevas el diez por ciento- de las que los escritores no hablamos, sobre todo en ese mundo feliz que son las redes sociales, o de las que hablamos con eufemismos como “presentación familiar” o “tarde agradable”. Son las diez mil heridas encuadernadas, escondidas entre líneas, que hay detrás de cada libro.

Y luego, claro, que Umbral se puso como se puso, en aquel recordado programa de televisión…

LENTILLAS

jul 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para semanario ON (diarios de Grupo Noticias) /Ilustración de Tasio para la portada de Cuentos sanfermineros (Patxi Irurzun)

La primera vez que me puse lentillas, bueno lentilla, fue durante otros sanfermines, hace muchos años, cuando todavía no había visto nada, aunque yo pensara que ya lo había visto todo y que todo lo sabía: tenía dieciocho años y me creía el rey del mundo.

Fue el día del txupinazo. Durante los días anteriores había estado entrenando para colocarme (las lentillas). No era nada fácil. Era un nuevo tipo de lentillas, blandas y desechables, que se convertían en una especie de pececillos sobre la yema de los dedos. En los primeros intentos me costaba media hora. Y una vez que lo había conseguido tenía que acostumbrarme también a aquella nueva dimensión; las gafas al menos me dejaban un respiradero entre mi punto de vista y el nuevo mundo que se abría a mis ojos, limpio, luminoso, con aquellas caras tan feas y enfadadas cerca de la mía.

Al principio, por ejemplo, si me quitaba las gafas dejaba de oír. No sé por qué pasaba aquello. Era como si las patillas hubieran sustituido al nervio auditivo. Así que, tras colocarme (las lentillas) en la óptica, me daba un paseo de media hora por las calles de la ciudad, boquiabierto, pasmado, como si fuera Paco Martínez Soria. Poco a poco fui reduciendo la maniobra inicial, veinte minutos, un cuarto de hora, cinco minutos; y mi oído, además, fue acostumbrándose a los “¡Epa!”, “¿Que pasa o qué?” o “¡Ya falta menos!” que brotaban a mi alrededor como hongos acústicos.

Y llegó el gran día. El día del txupinazo. Mis primeros sanfermines sin ser un cuatrojos. Qué guapo iba a estar. Todas las chicas se iban a fijar en mi mirada chispeante, arrebatadora, miope.

La primera lentilla se acomodó en mi ojo derecho a la primera. Me acerqué a la ventana para comprobarlo y de paso celebrar el ritual de todos los años: ver pasar al primer peatón vestido de blanco nuclear, con el pañuelo rojo anudado en la muñeca. Comprobar que no estaba soñando y era realmente seis de julio, el día que todos los sueños y promesas podían hacerse realidad (y que, básicamente, por entonces se reducían a uno: ligarme a alguien).

Con la segunda lentilla no resultó tan sencillo. Lo intenté una y otra vez, pero no había manera. Y, tic tac, el reloj iba corriendo. Finalmente el pececillo se escurrió nervioso de mi dedo y se perdió por los recovecos de la piscifactoría que era mi ojo. ¿Me la había puesto o no? Volví a acercarme a la ventana. En la calle ya eran decenas las personas vestidas de blanco, haciendo cola en la villavesa. Pero yo solo las veía por el ojo derecho. No podía esperar más, de modo que salí así a la calle. Tuerto. Qué más daba. Yo seguía siendo el rey del mundo porque estaba en el país de los ciegos.

El ojo derecho me mostraba aquel mundo diáfano, perfectamente delimitado. Pero mi ojo izquierdo volvía a ser mi mundo, aquel mundo que perdí el día que me puse las gafas, aquel mundo que yo reconstruía e imaginaba a mi antojo, aquel mundo lleno de cábalas, de fantasías, de trucos y maneras retorcidas de buscarse la vida y la luz, de gente que me saludaba o a la que yo saludaba y no sabía quién era. Aquel mundo que establecía una barrera de niebla entre yo y los demás, entre yo y el mundo y que a la vez me unía a ellos. No se me ocurría mejor forma de deambular por unos sanfermines que aquella esquizofrenia visual.

Creo, incluso, que aquel día ligué. Pero no estoy muy seguro porque no sé con cuál de los dos ojos lo hice. Al día siguiente, cuando me levanté, una pequeña raspa de pescado yacía en mi pómulo. Cuando la quise coger con los dedos se deshizo entre ellos, convertida en un polvillo transparente.

UN APLAUSO

jun 30, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, magazine semanal de diarios de Grupo Noticias

 

El otro día fue la fiesta de fin de curso en la escuela de mi hija. Como es una escuela pública todos los años tenemos que andar pululando de salón de actos en frontón ajenos, para que entremos todos, niños, padres, abuelos, profes… Casi nunca repetimos porque luego todo el suelo se queda hecho un asco de babas y no nos dejan volver. Si fuéramos un colegio privado no habría problema porque tendríamos nuestro propio polideportivo. He estado, con el equipo de baloncesto de la niña, en polideportivos de colegios privados en los que podrían tocar los Rolling Stones, con calefacción y todo, mientras que nosotros, cuando jugamos en casa nos tenemos que poner dos pares de calcetines gordos, acopiarnos de mantas y aplaudir siempre, incluso cuando perdemos o nos roban los partidos, no por deportividad sino para entrar en calor. Y todo esto me parece es un buen resumen de qué es la educación concertada.

Pero yo lo que quería contar es que las fiestas del colegio suelen ser, además de para babear, una buena oportunidad para ver a los profes de tus hijos en acción. Yo siempre me quedo boquiabierto, observando cómo consiguen ordenar ese caos que son quinientos niños nerviosos subiendo y bajando del escenario, aburridos cuando no les toca a ellos tocar la flauta, con hambre, con pis, con ese culo lleno de hormigas que tienen todos los niños y niñas de primaria… No sé cómo lo hacen. Nosotros en casa, para conseguir que nuestros hijos, que son solo dos, entren en la ducha necesitamos refuerzos de los antidisturbios. Y luego para que salgan de los GEO.  A los profesores, sin embargo, se les ve tranquilos, incluso felices. Y todavía les quedan fuerzas para, hacia el final del concierto, desaparecer durante unos minutos y volver a la pista disfrazados de payasos o de pikachus, haciendo las delicias de padres y niños, sobre todo de niños, que entienden inconscientemente que en todo ello hay una subversión de la autoridad y se parten de risa. Yo no podría ser profesor solo por eso. Por no salir a bailar ese día. Siempre he tenido un sentido del ridículo muy acusado. Por ejemplo, hay un concurso en la televisión de preguntas y respuestas en el que suelo acertar casi todas, incluidas las cinco finales que tienen como recompensa un jugoso bote, pero para llegar hasta ese punto antes hay que pasar un casting que luego emiten durante el programa y en el que se ve a los concursantes cantando, contando chistes, bailando… Supongo que yo no superaría esa prueba (entre otras cosas porque nunca me presentaría a ella), la cual me imagino que tiene por objeto calibrar si el concursante queda resultón delante de la cámara. Delante de la cámara un triste, un soso, hace siempre mucho más el ridículo que alguien que, por ejemplo, no sabe quién escribió el Lazarillo de Tormes (claro que eso no lo sabe nadie).

Me he despistado otra vez. La cuestión a la que yo quería llegar es que, no solo durante esas fiestas de fin de curso, también durante las tutorías, reuniones, etc. a lo largo de todos los años que mis hijos han estudiado en la escuela pública, me he encontrado siempre con profesores y profesoras, sobre todo profesoras, entusiastas, preparados, con una alta vocación y fe en los que hacen, todo ello a pesar de que su trabajo es sin duda uno de los de mayor responsabilidad y alta presión que conozco. Y además, a veces, les toca bailar.  Los profesores son el tesoro de la educación pública. Donde haya un buen profesor quítame tres pabellones con calefacción (bueno, no, en los colegios públicos no necesitamos que vengan los Rolling Stones a tocar, pero unos vestuarios y duchas en condiciones tampoco es mucho pedir).

En fin. Lo tenía que decir. A menudo, casi siempre, quienes emborronamos columnas o páginas como esta, hablamos de las cosas que se hacen mal, pero me parece de justicia recordar de vez en cuando las que se hacen bien. Y esta es una de ellas. Muy bien. Así que, un aplauso para todos esos profes: ¡Plas, plas, plas!

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