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¿Dónde estabas entonces?

jun 17, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Presentando su primera novela, Cuestión de supervivencia
Publicado en Rubio de bote, sección quincenal del magazine ON (con diarios de Grupo Noticias) 15/06/19

 

Hace algunas semanas, para celebrar el vigesimoquinto cumpleaños de un suplemento cultural en el que me tuvieron en cuenta desde sus inicios, cuando yo también daba mis primeros pasos como escritor (en otros, por el contrario, durante todo este tiempo he sido y sigo siendo un escritor invisible), me pidieron un pequeño texto en el que contara dónde estaba entonces, a mediados de los 90. Y lo cierto es que, echando la vista atrás, muchos de los decorados de aquella época, que ahora recuerdo como si fuera una película triste y protagonizada por otro, han ido desapareciendo.

Dos de las fábricas en que pasé y perdí más tiempo y salud han sido demolidas. Sus solares los ocupan ahora un Carrefour y un Ikea. No sé, por cierto, si eso es algún indicador económico. Donde antes se fabricaban cosas ahora se venden. Supongo que en otros sitios sucede al revés: los trabajadores de algunos países convertidos en enormes polígonos industriales no pueden permitirse comprar lo que fabrican. Trucos de magia del capitalismo.

El caso es que a mediados de los 90, cuando publiqué mi primera novela, yo estaba trabajando de operario en una fábrica. Curraba a turnos, a veces muy largos, otras de noche, durante meses. También estuve algunos meses de baja. Me operaron de un tumor. En dos ocasiones. Los médicos dijeron que era por el tabaco, pero yo creo que fue por aquel trabajo, en el que las vagonetas con tiradores de cerveza de porcelana que, como una broma o una tortura,  descargaba a la salida de un horno infernal, estaban recubiertas con mantas de amianto.

En el hospital empecé a escribir la novela, a mano, en un cuaderno que todavía guardo. Todo salió bien, la novela y la operación (bueno, la operación a la segunda).

Aquella era también la época de los fanzines, las primeras colaboraciones en revistas literarias y periódicos. Intercambiaba por correo libros, relatos, con otros escritores de otras ciudades. Nos comunicábamos por carta, quedábamos algunas veces en Madrid. Todos éramos periféricos y de clase obrera (en la literatura también hay clases sociales, del mismo modo que hay escritores invisibles, y a menudo una cosa tiene que ver con otra).  Todos soñábamos con vivir de los libros. Algunos lo hemos conseguido, aunque sea a medias; aunque sea de los libros de otros (yo, por ejemplo, además de escribir, trabajo en una biblioteca). Porque con lo que respecta a la literatura propiamente dicha, sigo en la fábrica. En la precariedad. En China. En el siglo XIX. Fabricando libros de los que después otros se llevan el 90% de los beneficios. De la literatura no se puede vivir, excepto las editoriales, las librerías (cada vez menos), los distribuidores, los que publican esos suplementos culturales en los que eres invisible… Todos menos los escritores.

No sé dónde estaré dentro de otros veinticinco años. Tal vez los solares donde ahora se levantan bibliotecas y redacciones de periódicos sean entonces aquaparks o estadios de fútbol; o de nuevo fábricas (el periodista, un muy buen periodista, que me pidió el texto para celebrar el vigesimoquinto cumpleaños de aquel suplemento cultural,  de hecho, ahora trabaja en una cadena de montaje). No sé qué nuevos trucos y trampas nos deparará el capitalismo. Supongo, espero, que mis recuerdos de estos años me parecerán una película protagonizada por otro. Y que algunos de los sueños que tengo ahora también se habrán cumplido (aunque sea a medias y con 75 años, cuando quizás ya no me sirvan para nada). Lo que sí sé es que si todavía ando por aquí, seguiré escribiendo. Y si no, estaré muerto. Aunque esté vivo.

 

 

EL SUEÑO ES VIDA (Premio Príncipe de Beckelar)

jun 3, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Colaboración para Rubio de bote, sección quincenal de Magazine ON (diarios Grupo Noticias) 01/06/2019

 

Yo durmiendo me lo paso bomba. Sueño mucho.  Casi tanto como cuando estoy despierto. Creo, de hecho, que en realidad lo que sueño son los rescoldos que quedan del día, los cuales, como estoy dormido, me cogen desprevenido cuando se avivan y se convierten en lenguas de fuego y proyectan sombras que se retuercen y deforman, que crecen y se empequeñecen sobre las paredes de la gruta que hay dentro de mi cabeza (en la que viven, entre otras criaturas, un pingüino rebelde al que le gusta vestirse casual  y una catedrática de euskara de la Universidad de Raticulín, en donde, como todo el mundo sabe, sobre todo Javier Esparza y Pablo Casado,  el euskara es lengua propia).

Esa es la parte  que más me gusta, el duermevela que antecede al sueño, y en el que uno se da cuenta de cómo todo se confunde y se desvanece y es absurdo y tiene sentido.

Y así, cada noche que me voy a la cama es como si sacara una entrada para el cine. Para uno de aquellos cines de los años ochenta, quiero decir, aquellos cines de sala única con una gigantesca lámpara de araña acechando sobre nuestras cabezas y en los que no sabíamos muy bien con qué película nos íbamos a encontrar porque la única referencia que teníamos eran los diez o doce fotogramas que alguien seleccionaba y pinchaba con chinchetas en un corcho junto a la taquilla. Debía de ser ese un trabajo hermoso. Un Cinema Paradiso al revés, en el que, en lugar de con los besos censurados, los trailers de la época se componían con las escenas álgidas de cada película; aquellos trailers detenidos en fotogramas a la puerta de las salas; aquellos trailers que más bien eran minis o cuatrolatas, y que, sin embargo, nos transportaban cada domingo por la tarde a las colas interminables de los cines cuando todavía había cines en los centros de las ciudades, en vez de tiendas de teléfonos y casas de apuestas y hostels de los que sale y entra gente con una polla de goma en la cabeza (en Pamplona, por cierto, hace unas semanas derribaron el último de esos cines, y fue hermosa la imagen de un enorme póster de Audrey Hepburn en pie, intocable entre las ruinas, en el mismo solar que antes fue el Coliseo Olimpia y donde Josephine Baker hizo bizquear a la pacata Iruña de los años treinta poniendo a bailar sus pechos morenos y sus rodillas zambas; ese solar que ahora se convertirá en pisos de lujo, “con vistas únicas”, los anuncian, qué paradoja más hiriente).

La cuestión es que, en el cine,  nunca sabía uno con qué se iba a encontrar después del Mooooovi-re-cord. Y que con los sueños pasa lo mismo, pero con la diferencia de que no hay que sacar entrada.

Y, como soñar no cuesta nada, el otro día soñé que me daban el Premio Nadal, o el Euskadi o el Príncipe de Viana, o el de Beckelar, no sé algún premio, de una vez. Y que esa noche  volvía a casa muy tarde  de madrugada, pero a pesar de todo en la Plaza del Castillo había una multitud esperándome y quemando bengalas y yo desde el kiosko les gritaba “¡Viva el realismo mágico!”, “¡Y el sucio!”, contestaban ellos,  “¡Gora el esperpento!, “Alabín, alabán,  Dostoievski, gora!”. Etcétera. Después, me subía a la balaustrada y azuzado por la afición me arrojaba de cabeza en sus brazos… y me daba una hostia como un pan, claro, porque en realidad allí no había nadie, solo dos municipales que me esposaban y me acusaban de vandalismo.

—¡Déjenme, que mañana tiene que recibirme el alcalde, y la presidenta! —protestaba yo, y ellos:

—¿Pero usted que está, soñando?

—¡Equilicuá! —les contestaba.

Y después me despertaba.

Y seguía soñando.

Sueño, por ejemplo, con que la muerte sea algo parecido. Un sueño eterno. Morir aplastado por una lámpara de araña en una sala de cine y seguir, a pesar de todo, viendo la película. Un merecido y feliz The end. Qué sé yo.

 

 

 

 

 

 

 

NI MEDIO NORMAL

may 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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El Franco de Eugenio Moreno en Arco

Publicado en “Rubio de bote”, colaboración quicenal para el magazine ON de los diarios de Grupo Noticias (18/05/2019)

 

 

A mí no me parece normal. Creo que a nadie debería parecérselo. Suelen aparecer de vez en cuando en un programa de citas a ciegas de la televisión. Cuando se presentan, se definen a sí mismos, sin ningún complejo, como admiradores de Franco. Y no pasa nada, la cita sigue adelante, el presentador no les rebate, ni tampoco la pareja que les toca en suerte, porque normalmente también es un o una fascista. Se normaliza su presencia. Todas las comparaciones son odiosas, sobre todo en este caso, pero imagínense que uno de esos corazones solitarios apareciera diciendo: “Pues yo tengo en una pared de mi casa el anagrama de ETA”.

No, no pueden imaginárselo, porque el programa no se emitiría, lógicamente. No entiendo por qué con los franquistas sí. Debe de haber alguien que supervisa esos programas, que decide qué sale en ellos y qué no. Alguien a quien no le preocupa que en horario de máxima audiencia se banalice la dictadura, cuando no se hace directamente apología de la misma  (bueno, no les preocupa a ellos ni a quienes supervisan  a los que supervisan esos programas, a los directores de esas cadenas, ni mucho menos a sus dueños, parece ser).

¿Por qué? En estos casos se suele argumentar que se trata de una radiografía social. Lo que da pánico es que en ella no se aprecie o no se dé importancia al tumor. Supongo que, en el fondo,  tiene que ver con la audiencia, precisamente, es decir, con la cartera, con que esos programas han encontrado un nicho, un buen puñado de espectadores, en el auge de la ultraderecha, en ese pavoroso y desacomplejado diez por ciento que vota a partidos que la representa (en ellos y, todo hay quien decirlo, en quienes miramos esos programas estupefactos, como quien mira un documental de fauna salvaje, en el que viéramos revivir a un animal que creíamos extinguido).

Hace unos años, cinco o diez, me cuesta mucho creer que un adolescente corriente conociera la tonadilla del Cara al sol o lemas fascistas como ¡Arriba España!, ahora, por el contrario, me consta que cualquier chaval, cuyos círculos familiares y sociales nunca han tenido ningún contacto con la extrema derecha, se ha topado con esos vestigios franquistas en las redes sociales, berreados por algún youtuber al que la suspicaz en otros casos Audiencia Nacional nunca le ha puesto la mordaza. A veces, esos adolescentes replican toda esa parafernalia fascista, casi siempre mofándose de ella, descifrando de manera natural su carácter extemporáneo y su puesta en escena casposa, pero a menudo también caminan por un filo peligroso a uno de cuyos lados queda la atracción hipnótica del vacío, el vértigo de los patriotas del que habló y que ha hecho caer de su pedestal a algún que otro figurón como Andrés Calamaro, que ya no tiene quince años.

El fascismo se ha blanqueado y alentado, con la pasividad y complicidad de determinados partidos políticos, medios de comunicación o estamentos judiciales y policiales en los que en realidad siempre ha estado latente, aunque lo nieguen, o lo negaran (ahora ya no se preocupan ni de disimular), del mismo modo que esos concursantes de los programas de citas a ciegas niegan que ellos sean fachas. Tienen un retrato de Franco en su salón, pero no son fachas. Después, eso sí, todas sus citas acaban mal, incluso cuando los dos corazones solitarios comparten ideología, pero se dan cuenta de que al otro, por ejemplo,  no le gusta que ella salga a bailar sola, o con sus amigas, o que una mujer beba, o fume… Del mismo modo, las televisiones que tan alegremente sacan a estos especímenes en sus programas alardeando de sus “pecadillos” franquistas se echan las manos a la cabeza cuando la ultraderecha amenaza con cerrarles el canal si llegan a gobernar. Cuando lo que deberían hacer es dejar de normalizar a esa ultraderecha. Porque normalizarla, en fin, no es ni medio normal.

 

 

 

 

 

ESCENA DOMÉSTICA

may 5, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para ON, suplemento de diarios Grupo Noticias (04/05/19)

 

Todos lo hemos hecho alguna vez. Las bromitas por el portero automático. Por ejemplo, yo, el otro día, cuando vi por la ventana que mi hija se acercaba al portal, me acerqué al telefonillo y, en cuanto  llamó, respondí con la voz de la abuelita de Piolín:

—¿Quiéeen eees?

Y no me debió de salir mal del todo, porque se hizo un silencio desconcertante, que mi hija rompió pagándome, o eso me pareció, con la misma moneda, que tintineó extraña, con un tono grave, de actor de doblaje.

—Perdone, señora, está aquí la niña —dijo, aunque en realidad no tardé en darme cuenta de que no era ella: mi hija de diez años no podía engordar de esa manera tan prodigiosa las cuerdas vocales, ni tampoco tenía dos gargantas, pues a la vez que la de Constantino Romero oí, solapándose,  su vocecita infantil:

—¡Huy, creo que me he equivocado de piso! —dijo, dirigiéndose, supuse, al vecino con el que debía de haber coincidido en el portal.

Me entraron unos sudores repentinos. ¿Qué debía de hacer ahora? Lo más normal habría sido contestar “No, que soy el aita, haciendo el tonto”, pero en este tipo de situaciones tiendo a ofuscarme y a optar por la opción mas petersellerniana, a convertirme en un Mr. Bean de andar por casa, nunca mejor dicho.

—No, no, cariño, sube, ya te abro, que soy la abuela —dije, tratando de mantener el mismo tono trémulo y aflautado (y ridículo, por otra parte, porque mi madre tampoco habla así).

Y abrí la puerta.

Bueno, ya estaba, otra escena más para la comedia que es mi vida doméstica (tendrían ustedes que verme, por ejemplo, cocinando, echando las croquetas al aceite hirviendo y gritando como una jugadora de tenis cuando me salpican; o limpiando la jaula de Gainsbourg, mi conejo enano belier, mientras él le susurra a mi pantorrilla Je t’aime).

Pero la cosa no terminó ahí, como yo creía.

“Dindón”, llamaron a la puerta de arriba. Y cuando fui a abrir, allá estaba la niña… y Constantino Romero, que se me quedó mirando boquiabierto.

—¿Es tu padre? —preguntó.

—Sí —contestó mi hija, encogiéndose resignada de hombros.

Fue entonces cuando me di cuenta de las pintas que llevaba, con los pelos locos, la bata abierta, dejando ver la camiseta sucia (una de un banco en la que se podía leer “Revolución”),  los calcetines gordos por encima del chándal, raído y lleno de agujeros…

—Ah, es que la he acompañado porque no ha reconocido a quien le ha contestado por el telefonillo —dijo el vecino, que en vez de ojos tenía rayos X.

Estuve a punto de darle las gracias de nuevo con la vocecita de la abuelita de Piolín, o de Psicosis, pero me contuve, porque creo que eso habría terminado de convencerle de que yo estaba como una puta cabra.

Durante unos días lo pasé muy mal, pensando en que cada vez que me cruzara con ese vecino a su cabeza le vendría mi imagen hecho un cuadro (clínico). Pero luego se me pasó. ¿Quién no se pone cómodo en casa?  Me imaginé, por ejemplo, a la familia real con camisetas de la selección suiza, o de Arabia Saudí.

No hay, en fin,  nada mejor que llegar a casa y despreocuparte de tu aspecto, ser uno mismo. Como en casa en ningún sitio. Y si tiene videoportero, mejor que mejor.

CUARTA DIMENSIÓN

abr 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, magazine ON, diarios de Grupo Noticias (19/04/2019)

 

El otro día hice un viaje en el tiempo y solo regresé del futuro cuando en el ambulatorio me dijeron que me había equivocado y la consulta con el médico era a esa hora, sí, pero al día siguiente.

No tengo la costumbre de apuntar las citas y de vez en cuando me suceden ese tipo de cosas. Inmediatamente, claro, me pongo en lo peor y corro a mirar en internet cuáles son los primeros síntomas de deterioro mental. Internet te recibe a cualquier hora, sin cita previa, pero como médico no es muy recomendable, diagnostica cánceres incurables y demencias seniles con una alegría pavorosa. La parte buena es que tú mismo puedes corregir esos diagnósticos y seguir navegando hasta que encuentres alguno que te convenga más, por ejemplo uno que te diga que los pequeños despistes son indicios de un cerebro en plena forma, breves paradas en boxes para reajustar neuronas y volver a funcionar a tope, sin agenda ni nada.

Es como esos pequeños juegos que todos hacemos a veces: si meto el papel en la papelera apruebo el examen, y el papel, pum, fuera, pum, fuera, fuera una y otra vez, pero tú sigues tirando hasta que entra, porque ese examen los vas a aprobar por narices, a ver si ahora aprobar exámenes va a ser una cuestión de puntería…

El asunto es que —aparte de que nadie dice ya ambulatorio sino centro de salud, con muy buen criterio, además, porque los centros de salud no tienen piernas; yo digo ambulatorio por una cuestión estética, porque me parece una palabra muy cuqui—, aparte de eso, el otro día tuve una sensación extraña, pues al equivocarme con la cita estuve viviendo todo el día como si fuera otro, lo planifiqué de distinto modo, cambié mis horarios, dejé a mi hija comiendo en casa de unos vecinos, adelanté un artículo que iba a escribir al día siguiente… Estuve viviendo, en definitiva,  en el mañana, en una especie de alteración de las dimensiones del tiempo, durante varias horas.

Y de ese modo fue como descubrí una puerta de entrada a la cuarta dimensión. Ahora he comenzado a usar el calendario de Google, pero apunto adrede mal las citas, y así puedo regresar al futuro de vez en cuando. Y el futuro, amigos, es como un diagnóstico médico en Internet. Hace unos días, por ejemplo, me presenté en el concierto de Mark Knopfler en Pamplona y antes de que un guarda jurado que había por allí me dijera que era el próximo 5 de mayo, aproveché para darme una vuelta por alguna cafetería y leer los periódicos y hablar con algunas personas, y así supe que había un montón de gente que había votado en las elecciones contra sí misma, a favor de, por ejemplo, reducir el salario mínimo interprofesional , o que con su papeleta se había mostrado de acuerdo con que los españoles de bien pudieran tener armas y hacer uso de ellas contra, supongo, los españoles de mal.

—¿Y quiénes son esos españoles de bien? —le pregunté al camarero, recordando un tuit de @desantranqueJaen.

Y el camarero me dio la misma respuesta que en ese tuit, solo que esta vez hablaba en serio:

—Hombre, qué sandez, pues los que podemos llevar armas.

Yo, claro, me tuve que callar, no fuera a ser que me pegara dos tiros en defensa propia y de la patria.

Y después me fui corriendo a las puertas del pabellón para que el segurata me sacara de aquella pesadilla cuanto antes  y volver al presente, en el que aún quedan unos días para las elecciones y tal vez todavía se pueda hacer algo, no estoy seguro, porque aún no sé muy bien cómo funciona todo esto de la cuarta dimensión y los viajes en el tiempo y lo mismo, si me descuido, en el próximo acabo en 1940.

 

 

 

 

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