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CUARTA DIMENSIÓN

abr 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, magazine ON, diarios de Grupo Noticias (19/04/2019)

 

El otro día hice un viaje en el tiempo y solo regresé del futuro cuando en el ambulatorio me dijeron que me había equivocado y la consulta con el médico era a esa hora, sí, pero al día siguiente.

No tengo la costumbre de apuntar las citas y de vez en cuando me suceden ese tipo de cosas. Inmediatamente, claro, me pongo en lo peor y corro a mirar en internet cuáles son los primeros síntomas de deterioro mental. Internet te recibe a cualquier hora, sin cita previa, pero como médico no es muy recomendable, diagnostica cánceres incurables y demencias seniles con una alegría pavorosa. La parte buena es que tú mismo puedes corregir esos diagnósticos y seguir navegando hasta que encuentres alguno que te convenga más, por ejemplo uno que te diga que los pequeños despistes son indicios de un cerebro en plena forma, breves paradas en boxes para reajustar neuronas y volver a funcionar a tope, sin agenda ni nada.

Es como esos pequeños juegos que todos hacemos a veces: si meto el papel en la papelera apruebo el examen, y el papel, pum, fuera, pum, fuera, fuera una y otra vez, pero tú sigues tirando hasta que entra, porque ese examen los vas a aprobar por narices, a ver si ahora aprobar exámenes va a ser una cuestión de puntería…

El asunto es que —aparte de que nadie dice ya ambulatorio sino centro de salud, con muy buen criterio, además, porque los centros de salud no tienen piernas; yo digo ambulatorio por una cuestión estética, porque me parece una palabra muy cuqui—, aparte de eso, el otro día tuve una sensación extraña, pues al equivocarme con la cita estuve viviendo todo el día como si fuera otro, lo planifiqué de distinto modo, cambié mis horarios, dejé a mi hija comiendo en casa de unos vecinos, adelanté un artículo que iba a escribir al día siguiente… Estuve viviendo, en definitiva,  en el mañana, en una especie de alteración de las dimensiones del tiempo, durante varias horas.

Y de ese modo fue como descubrí una puerta de entrada a la cuarta dimensión. Ahora he comenzado a usar el calendario de Google, pero apunto adrede mal las citas, y así puedo regresar al futuro de vez en cuando. Y el futuro, amigos, es como un diagnóstico médico en Internet. Hace unos días, por ejemplo, me presenté en el concierto de Mark Knopfler en Pamplona y antes de que un guarda jurado que había por allí me dijera que era el próximo 5 de mayo, aproveché para darme una vuelta por alguna cafetería y leer los periódicos y hablar con algunas personas, y así supe que había un montón de gente que había votado en las elecciones contra sí misma, a favor de, por ejemplo, reducir el salario mínimo interprofesional , o que con su papeleta se había mostrado de acuerdo con que los españoles de bien pudieran tener armas y hacer uso de ellas contra, supongo, los españoles de mal.

—¿Y quiénes son esos españoles de bien? —le pregunté al camarero, recordando un tuit de @desantranqueJaen.

Y el camarero me dio la misma respuesta que en ese tuit, solo que esta vez hablaba en serio:

—Hombre, qué sandez, pues los que podemos llevar armas.

Yo, claro, me tuve que callar, no fuera a ser que me pegara dos tiros en defensa propia y de la patria.

Y después me fui corriendo a las puertas del pabellón para que el segurata me sacara de aquella pesadilla cuanto antes  y volver al presente, en el que aún quedan unos días para las elecciones y tal vez todavía se pueda hacer algo, no estoy seguro, porque aún no sé muy bien cómo funciona todo esto de la cuarta dimensión y los viajes en el tiempo y lo mismo, si me descuido, en el próximo acabo en 1940.

 

 

 

 

¿Está el enemigo?

abr 6, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en «Rubio de bote», colaboración en ON, suplemento de los diarios de Grupo Noticias (06/04/2019)

 

 

Desde que existen los móviles y el reconocimiento de llamadas mi telefonofobia es mucho más llevadera. Recuerdo que cuando tenía catorce o quince años y jugaba al baloncesto teníamos un entrenador muy marcial que llamaba a casa cada vez que faltábamos a los entrenamientos (lo cual, en mi caso, comenzó a ser cada vez más frecuente, distraído por otro tipo de tentaciones y tribulaciones adolescentes: salir por ahí, quedarme en casa a escribir o tener ya la certeza de que no pasaría del metro ochenta ni de los setenta kilos y por tanto nunca jugaría en la NBA).

Cada vez que sonaba el teléfono yo me echaba a temblar, porque sabía que sería él y tendría que mentirle, y además hacerlo delante de toda la familia, pues el teléfono estaba en el cuarto de estar. No sé cuantos abuelos se me murieron durante aquella época. Creo que utilizaba con frecuencia aquella excusa y que daba resultado porque muchas veces, mientras hablaba con mi entrenador, en el televisor estaba Gila de fondo contando muy serio que cuando él nació su madre no estaba, había salido a pedir perejil a una vecina, o que una vez lo mataron pero lo mataron mal; y que mi entrenador se liaba y no sabía si era yo el que respondía o el cómico madrileño.  Porque además, a menudo Gila contaba todo aquello por teléfono. Gila era la única persona del mundo que me hacía gracia llamando por teléfono.

La editorial Blackie Books acaba de publicar Gila. Antología tragicómica de obra y vida, editado maravillosamente por Jorge de Cascante, en donde recopila no solo los monólogos más célebres de Gila, sino además textos literarios autobiográficos, fotografías o muchas de las viñetas de sus narizotas (dibujar fue su gran pasión) que publicó en revistas satíricas como La Cordorniz o Hermano Lobo. Hacía tiempo que no me reía tanto leyendo un libro, y eso que ya me sabía los chistes. A veces, de hecho,  mi mujer y mis hijos me miraban asustados y me preguntaban si estaba bien (lo cual tal vez debiera preocuparme; me recuerda a ese cuento de Donald Ray Pollock en el que un padre cree que tiene un hijo mudo y de repente un día, cuando se va de casa, mira por la ventana y lo ve hablando alegremente con la madre, lo cual le revela su condición de ogro terrorífico).

El libro, como todo los de Blackie Books, precioso, tiene una portada rojísima, tan roja como la camisa que Gila llevaba cuando actuaba para no olvidarse de quién era y de que aquello de que lo mataron mal sucedió realmente durante la guerra civil: Gila sobrevivió milagrosamente a un fusilamiento (el milagro del vino, pues quienes dispararon estaban borrachos como cubas).

Hay escenas maravillosas de guerra, o contra la guerra, en los textos de Gila, en los que el humor se convierte en el arma más mortífera, te mata de risa, o te reconcilia con el género humano, como cuando nos cuenta —otro episodio real— que a veces iba a la guerra en bicicleta desde su casa de Madrid y que en una noche de niebla se perdió y acabó en el frente nacional, donde le dijeron que se había equivocado y que los rojos estaban más adelante, que siguiera pedaleando.

La vida de Gila fue, ciertamente, intensa, en ella se le cruzaron personajes como García Márquez, Miguel Hernández,  Sammy Davis Jr., Serrat (que interpretó ante él y su mujer por primera vez en público, bueno, en un ascensor, Mediterráneo), el mayordomo de los Addams, Gloria Fuertes (fueron medio novietes de chavales, ¡qué gran pareja habrían hecho!) o un señor de Pamplona con el que hablaba en la guerra de trinchera a trinchera enemiga durante las guardias. En cuanto a su obra (que recoge el testigo de cómicos y escritores como Tono, Jardiel Poncela o Wenceslao Fernández Flórez y se lo entrega a otros como Faemino y Cansado, Ignatius Farray o Raúl Cimas), nunca ha habido un bruto tan fino, tan tierno, tan inspirado como el maestro Gila.  “¿Está el enemigo? Que se ponga”, decía en uno de sus monólogos. Es decir, lo mismo que mi entrenador, pero en gracioso.

 

LOS LOBOS

mar 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  1 Comment
Los actuales 'Lobos' de 'Boom'. /Antena 3Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para el magazine ON (diarios Grupo Noticias) 23/03/2019

Me declaro fan de Los Lobos, el equipo participante en el concurso de televisión ¡Boom!, en el que llevan toda una vida, más de cuatrocientos programas acertando preguntas e intentando no repetir camisetas. Toda una vida y toda una muerte, en realidad, porque durante todo ese tiempo han visto como uno de sus compañeros, que había dejado el concurso apenas una semanas antes, fallecía en su casa, mientras una bomba estallaba esta vez dentro de su corazón y sin desparramar  a su alrededor espuma de colores —como sucede en ¡Boom! cuando lo concursantes fallan—, pero solo porque, según cuentan, José Pinto ya había agotado las existencias a lo largo de una vida vivida con alegría y generosidad.

Para quienes somos adictos al programa Los lobos han dejado de serlo para convertirse en animales domésticos. Los lobos son como de la familia. Junto a ellos pasamos las tardes merendando bocadillos de tortilla y respuestas del trivial, y entre bocado y bocado conocemos algo más sobre sus vidas. Y así, comprobamos que Erundino es un hombre sentimental y tranquilo, que sobrelleva su enorme sabiduría con una modestia ejemplar; que el tafallés Manu Zapata  es impulsivo y resolutivo; que nos hubiera gustado tener al reconcentrado y soñador, al abrazable Valentín como profesor o como padre; o que Alberto, el maestro jubilado que también, sin duda, habrá dejado tras de sí legiones de alumnos agradecidos y mejores, será para nosotros siempre “el nuevo”, incluso cuando Los lobos lleven otros cuatrocientos programas más en antena.

Ver a Los Lobos cada tarde en la tele tiene algo de ritual. Radiografiar y prejuzgar a sus contrincantes apenas entran en el plató, “Bah, estos nada”; sentir que la metralla de las bombas atraviesa la pantalla cuando nuestros héroes caen; verlos levantarse siempre; sufrir observando cómo a veces la fortuna hace que adversarios mediocres parezcan a punto de cazarlos (si alguien va a atrapar a Los Lobos, al menos que esté a su altura)…

Creo, de todos modos, que mi adicción al programa, o a este equipo de concursantes en concreto, tiene que ver con un imaginario  personal de antihéroes que se resarcen de un destino inmerecido mediante una suerte de justicia poética. Los Lobos y ¡Boom! son una radiografía social del país en que vivimos. Manu Zapata, una filmoteca bípeda, preparaba antes de entrar al concurso oposiciones para correos; Valentín ganaba poco más de doscientos euros al mes dando clases en la universidad; o hace unos días, a una chica que formaba parte de un equipo al que se enfrentaron el presentador le preguntó cómo imaginaba su futuro y ella, estudiante de periodismo, contestó: “En el paro”… El país en que vivimos es un gran juego de las sillas amañado, en el que antes de empezar ya hay quienes están sentado en lugares que no les corresponden, solo porque tienen un máster amañado, unos apellidos de toda la vida, un carnet…; es, este país, un puzle con las piezas encajadas a golpes,  un colador utilizado al revés, en el que se escurre por el fregadero la sustancia y nos quedamos con la hez.  Entre nosotros el talento y la inteligencia, la sensibilidad y la buena educación,  siempre han estado mal vistos. Los listos no tienen nada que hacer frente a los “listos”. La cuota de erundinos y valentines ya está completa con programas-concurso como ¡Boom! Ya tienen ahí su oportunidad. Y entretanto otros botes también siguen engordando, fuera de los focos, con otras bombas y negocios, paquí pallá, en cuentas de paraísos y chiringuitos fiscales…

Les deseo, en fin, la mejor suerte del mundo a Los Lobos, en el concurso y fuera de él.  Y ya de paso,  si por casualidad alguno de ellos lee esto, que sepa dos cosas: que una vez fui la letra I del rosco de Pasapalabra y tal vez soy, por tanto, susceptible también de ser una respuesta de la bomba final; y que pronto publico nueva novela (Diez mil heridas) y voy a hacer camisetas de promo.

 

DUELO EN EL RETRETE

mar 10, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Publicado en Magazine On, con diario de Grupo Noticias (09/03/2019)

 

(Advertencia previa: este artículo lo ha escrito un inmaduro y contiene referencias escatológicas del tipo caca-culo pedo-pis)

¿A quién no le ha pasado alguna vez? Un apretón. En algún lugar inapropiado. En el último lugar en el que irías al baño. En esos baños en los que vive un tigre dentro. O en esos otros con un hueco debajo de la puerta y sin techo. ¿Por qué los hacen así? ¿Para que todos disfrutemos del concierto? Una vez conocí a un tipo que tocaba el Smoke on the water de Deep Purple con pedos. Otra, tuve que aligerar peso en un baño en el que la puerta solo te tapaba hasta la mitad del pecho y que quedaba frente a la puerta de entrada. Cada vez que se abría y pasaba alguien te veía ahí, arrugando los tres ojos. Hola, qué tal. Nada aquí, enviando un email…

Como en casa no se caga en ningún lado, pero a veces no queda otro remedio que salir de la zona de confort, y para sobrellevar las inconveniencias cada maestrillo tiene su librillo; o su rollo de papel higiénico. Hay a quienes les aterroriza el sonido de las deposiciones cuando hacen el ángel en el agua del retrete y para ello cubren previamente esta con un colchón de papel. Otros, los pistoleros más rápidos, tiran de la cadena (tirar de la cadena, dentro de nada aparecerá en los diccionarios etimológicos) y aprovechan para disparar en mitad de la tormenta. Y hablando de disparar, están también los duelos en los retretes. Esos retretes contiguos, en el que le ves los zapatos a tu adversario. Esas personas sentadas a menos de un metro de distancia, separados solo por una fina pared de plástico, esperando cada uno a ver quién desenfunda primero. Los más arrojados, nunca mejor dicho, optan por proceder y salir rápidamente del baño, antes que el contrincante. Otros, prefieren esperar, una opción arriesgada, pues, por una parte no sabes qué munición maneja tu adversario y, por otra, es probable que tras él entre otro vaquero. Ha habido casos de duelistas tímidos que han permanecido horas sentados en la taza, sin mover un músculo. Una vez uno de ellos, de tanto contener los gases,  se convirtió en globo y salió volando por el techo descubierto del retrete y luego por la ventana del baño y finalmente explotó en el cielo y le hizo un agujero a la capa de ozono del tamaño de Papúa Nueva Guinea.

Todo esto puede parecer de lo más vulgar, pero hay toda una bibliografía escatológica con la que podemos refinarlo. En la literatura picaresca y en la del siglo de Oro abundan las referencias (recordemos además que la palabra escatología tiene varias acepciones, y que no solo se refiere a la coprología, sino también al “conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”. ¿Se caga en el más allá, por cierto?). Uno de los pasajes más memorables de El Buscón de Quevedo es, por ejemplo, cuando el pícaro Pablos se embarra no ya de “palominos sino de palomos grandes” en la cama. Y Quevedo escribió también Gracias y desgracias del ojo del culo, que yo no sé por qué no es lectura obligatoria en los institutos, hasta donde, por lo demás, los chavales llegan ya rodados con best-sellers infantiles como Todos hacemos caca o El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza. Por haber hay hasta un manual sobre Cómo cagar en el monte ( Kathleen Meyer). Falta el de cómo hacerlo en el mar, que para algunos es un lujo asiático.

Cagar, en fin, es a menudo un placer. Otras, o no hacerlo, una tortura. Y siempre un ejercicio democrático. En el trono se sienta el rey y el mendigo. El general, el banquero, el presidente del Tribunal Supremo… Imagínatelos cagando, como cantaba Koma.  Y así podríamos seguir hasta el infinito y más allá. Sobre todo un inmaduro como yo. Claro que en mi defensa siempre puedo alegar que, como dice el maestro Kutxi Romero, entre estar maduro y estar podrido solo hay un paso.

INVIERNO FACHA

feb 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Artículo publicado en magazine ON, diarios Grupo Noticias (sábado 23/02/2019)

 

 

Mi calidad de vida ha mejorado notable y hasta sobresalientemente desde que en invierno uso camisetas térmicas y calcetines gordos. Chaleco de plumas debajo del abrigo ya no me pongo desde que los fachas lo adoptaron como uniforme de campaña. Ande yo caliente y ríase la gente, pero que no se descojone. Lo que sí me da frío es ver a esos adolescentes con los pantalones remangados y pinkies o calcetines invisibles, dejando que el viento helado les acuchille los tobillos.

Cuando eres joven te la suda todo (bueno, te la suda igual en este caso no es la mejor manera de decirlo).  ¿Quién va a mandar más, el invierno o la moda? Cuando eres joven no temes al frío, ni te importa tener los pies helados, si por encima llevas unas zapatillas chulas. El invierno no va a poder contigo. El invierno no te va a decir qué te tienes que poner y qué no. El invierno es Santiago Abascal. El invierno es toda esa gente agitando las banderitas que otros les han dejado preparadas en los asientos para que las agiten (para que las agiten, es curioso, contra los nacionalistas, o sea contra sí mismos).  El invierno es ese señor a la puerta del Tribunal Supremo en el juicio contra los presos políticos catalanes con una bufanda en la que sobre los colores de la bandera española se lee: “Esto es España y al que no le guste que se vaya”  (hombre, yo no sé si es un lema muy bien escogido para un juicio como ese. Tal vez lo que el hombre quería decir era: “Esto es España y al que no le guste que se quede”). El invierno es un facha y los jóvenes pasan de él porque la naturaleza es sabia y cuando tienes la sangre caliente no está mal tener los pies y las manos y la cabeza fríos. El señor de la bufanda y Santiago Abascal y los que se fotografían y dan codazos con él en las manifestaciones deberían llevar también pinkies, en vez de botas de montar y pisar.

Otra cosa que abriga mucho son los gorros. Por la cabeza perdemos un montón de calor. Nunca he visto, por cierto, a ningún político con gorro, excepto a Labordeta, que mandó a los fachas a la mierda, ¡hala a la mierda, joder! Yo tengo un gorro ruso que cuando me lo quito me saca de la cabeza un anticiclón. A veces llego a casa, lo pongo encima del ordenador y me escribe la columna él solo. No, tal vez en vez de pinkies los políticos deberían de llevar todos gorros rusos y quitárselos cuando subieran a la tribuna, dejar que por el congreso de los diputados circulase una ola de calor tropical y no este invierno oscuro con sus chalecos de plumas y sus bufandas con lemas xenófobos y sus banderitas patrióticas fabricadas en China.

No hay, por lo demás,  nada mejor que un día de sol en invierno. Es como una parada en el calendario para tomarse una taza de caldo. Los días comienzan, por suerte, ya a acortar. El verano es una luz al final del túnel de hielo en las casas de las miles de familias que no pueden poner la calefacción, mientras en la televisión salen más imágenes de gente agitando banderitas. En las carreteras los conejos dibujan semáforos en rojo con sus ojos cada vez más tarde. La primavera se está probando vestidos baratos y bonitos en las rebajas. La nieve de las montañas es un señor silbando alegre debajo de un puente. Y yo no sé muy bien qué digo. Hoy se me ha olvidado ponerme la camiseta térmica, los calcetines gordos y, sobre todo, el gorro ruso y creo que solo muevo los dedos sobre el teclado para entrar en calor, ustedes me disculparán.

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