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PATOSO

Oct 20, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para semanario ON (diarios Grupo Noticias)

Nadie es perfecto. Que lance el primer estornudo quien no haya olvidado alguna vez la mascarilla al salir de casa o del coche o al levantarse de una terraza. Yo, lo confieso, una vez me estuve paseando por un supermercado a boca descubierta durante casi veinte minutos. Nadie me dijo nada. Por encontrarle el lado positivo a mi despiste, me agradó darme cuenta de que en realidad no hay tantos policías de balcón —o de pasillo de supermercado— como parecía durante el confinamiento. Los policías de balcón eran en realidad los notas de siempre, la excepción, malasombras que, puesto que días antes habían acaparado el papel higiénico, necesitaban después cagarse todo el rato en alguien.

No me enorgullezco de todos modos de esos veinte minutos de libertad o de inconsciencia. En cuanto me di cuenta,  tuve tal sentimiento de culpabilidad y de vergüenza que estuve media hora más de la necesaria paseándome por los pasillos del súper, ya protocolariamente enmascarado, como si de ese modo pudiera hacer entender a quienes me habían visto antes que yo no era un negacionista, un supercontagiador o  un novio de la muerte —o de que no tenía un póster de Bolsonaro,  de Rocío de Mer o de Hitler en mi cuarto—.  Todo eso con la mejor de mis sonrisas, es decir, achinando los ojos para que se noten bien las patas de gallo. La mascarilla ha impuesto nuevos lenguajes gestuales. Con sus inconvenientes y sus desventajas. A los gafosos, por ejemplo, nos cuesta más disimular los bostezos, porque se nos empañan delatoras las gafas. Si además de gafosos somos feos, eso sí, salimos en parte —nunca mejor dicho— beneficiados, porque ahora solo somos mediofeos. Las barberías me imagino que estarán perdiendo clientes. Y también los fabricantes de enjuagues bucales. El mundo y las costumbres, en fin están, cambiando. Una película de hace un año, con gente abrazándose,  nos parece una película de época; las comedias románticas y sus inocentes besos, porno duro; un concierto con el público desparramando sudor y felipones, el ritual de un suicidio colectivo.

A la vez, no terminamos de adaptarnos a los nuevos tiempos y delante de una mampara de protección siempre buscaremos el lateral o el hueco que queda libre para hablar a quien nos atiende desde el otro lado. Preferimos, en lugar de creer que todo esto quizás se prolongue pero algún día volveremos a nuestra vida anterior, apreciar señales de apocalipsis en las ciclogénesis explosivas, los enjambres sísmicos o en ese anuncio en el que Bisbal hace gorgoritos para anunciar yatekomos.

“¡Vamos a morir todos!”, gritan algunos (bueno eso ya lo sabíamos, lo correcto sería decir “¡Vamos a morir todos en muy poco tiempo!”, pero esto último solo lo saben los de H&M, a juzgar por una foto que rula por los grupos de whatsapp en la que se ve una colección de ropa que parecen trajes fúnebres para un funeral cuáquero). “¡Es el fin del mundo!”, hacen el eco otros, y a mí, no sé por qué, supongo que porque lo asocio con esa idea de fragilidad de nuestro planeta o, mejor dicho, de nuestra especie,  me viene a la cabeza aquello que se decía hace unos años: si los mil millones de chinos saltaran todos a la vez alterarían el eje de rotación de la tierra. Lo cual en realidad no sé muy bien qué tipo de consecuencias catastróficas tendría: ¿las agujas de los relojes saltarían a nuestras yugulares convertidas en espadas asesinas?, ¿el mundo se convertiría en un gran Delorean?, ¿impactaríamos contra un planeta desconocido con el rostro de Trump o de José María Aznar esculpido en su corteza? Sería, esta última, una muerte horrible. Por suerte, inmediatamente después pienso que siempre habrá algún chino descordinado que pierda el paso de sus compatriotas y salte un poquito antes o un poquito después que todos los demás, fastidiando el experimento, un chino patoso que salve de ese modo a la humanidad. Nadie, por suerte, es perfecto. 

EL FINAL DEL VERANO

Sep 19, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 19/09/20

La cola era larga (vaya, había pensado escribir un artículo de prosa poética, pero me parece que esta no es una buena manera de arrancar. Probemos otra vez). Había cola cuando llegué al concierto de Anari, en la Taconera de Pamplona (mejor). Unas vallas y algunos chalecos fosforitos separaban el escenario de aquellos que, una vez completado el aforo, finalmente nos quedamos fuera. Pero tuve suerte y entre los setos que rodeaban la zona encontré un caminito que conducía hasta un pequeño y escondido jardín, con dos bancos, uno de ellos libre —el otro lo ocupaban tres veinteañeros—, desde el que se escuchaba la música pero no se veía a los músicos.

Era muy extraño.

Todo es extraño, últimamente.

Así que me senté allí, cerré los ojos y me dejé hipnotizar por el temblor en la voz de Anari. Imaginé, esta vez, que a sus espaldas la estatua de Julián Gayarre le hacía los coros con su garganta de diamante y su pecho hecho añicos, en otro escenario, mientras pescaba perlas.

Después llegaron los murciélagos.

Los días eran ya más cortos y las noches más frías.

Recordé cuando era niño y allí mismo, en la Taconera, anudábamos los jerseys y los tirábamos a lo alto y los murciélagos, burriciegos, se arrimaban confundidos a ellos.

Luego Anari cantó Orfidentalak y yo me estremecí, al menos hasta que las notas del piano fueron sustituidas por el tintineo de los vasos y las risas desenmascaradas y las conversaciones tontilocas que llegaban desde el Café Vienés.

Para entonces era ya de noche. Frente a mí los veinteañeros del otro banco fumaban marihuana y se poliamaban con pereza, solo por el gusto de convertirme a mí en un viejo verde, ignorando que antes que ellos yo también y otros cientos de adolescentes pamploneses regamos la piedra de su banco con el caldo de nuestros corazones salvajes y hambrientos.

Cuando acabó el concierto regresé a la parada del autobús atravesando el casco viejo, me comí un frito de huevo en el Río, en el televisor el telediario hablaba de Messi, varias personas miraban pasmadas la pantalla y yo me acordé otra vez de aquellos murciélagos de mi niñez, revoloteando alrededor de un jersey.

Después, cogí la villavesa. Durante el trayecto leí, presbicioso perdido,  un artículo de Noam Chomsky en el que se cuestionaba si la vida humana sobrevivirá a las decisiones de algunos payasos sociópatas. Y unas páginas de la última novela de Beñat Arginzoniz,  titulada La ciudad del fin del mundo. Todo parecían señales del apocalipsis. Cené, de hecho, brócoli frío y después, cuando por fin me tumbé en el sofá, la tierra tembló, como si Pachamama tarareara una canción de Anari.

Todo es muy extraño últimamente. Pero todavía hay quien escribe canciones hermosas, como Orfidentalak, y  buena poesía (o prosa poética, esta de verdad), como Beñat Arginzoniz. Todavía hay ancianos que pasean cogidos de la mano.  Todavía, cerca de las vallas que cortan el paso  hay caminos escondidos por los que seguir adelante. No, esto no es el fin del mundo, solo el del verano. El contador del Río todavía solo marca menos de un millón de fritos de huevo.

PRIMAVERA PARA MADRID

Sep 5, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
 Autsaider Cómics | Primavera para Madrid - Magius
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 05/09/20

No todos los días le dejan a uno un lingote de oro en el buzón. Bueno, era un cómic. Bueno, un cómic que parece un lingote de oro. En todos los sentidos. Se titula Primavera para Madrid, el autor es Magius y lo publica Autsaider Cómics, una editorial que también vale su peso en oro. Primavera para Madrid es una ficción política en la que se trenzan magistralmente varias tramas (tarjetas Black, Gurtel, el Pequeño Nicolás, el elefantazo real…) y que se presenta en un llamativo formato, con tinta dorada. Mucha tinta dorada, en la portada, el lomo, todas sus páginas… Primavera para Madrid, de hecho, luciría estupendamente en las estanterías de todos esos personajes y personajillos de la oligarquía patria cuyas miserias -es un decir- el cómic airea. El fulgor de la edición, de todos modos, no puede despistarnos, ni es solo lo que convierte a este libro en una joya. Magius ha conseguido trazar un guion minucioso, ejecutado además con un dibujo fino, en el que confluyen y se reconocen con pelos y señales algunos de los casos más sonados de corrupción de los últimos años y que cuestiona la falta de escrúpulos y la impunidad de las élites políticas y financieras, dejándonos un aterrador -por lo real- retrato del país en que vivimos.

Hemos dicho, de hecho, antes que Primavera para Madrid es una ficción, pero quizás esa sea solo la coartada para que la realidad resulte creíble, no olvidemos que en España hay, por ejemplo, un exjefe de estado -al que nadie eligió; bueno, sí, un dictador- huído ante la clamorosa sospecha de sus delitos fiscales o un expresidente del Gobierno al que la mismísima CIA apunta como creador de un grupo terrorista.

Y no pasa nada.

Primavera para Madrid es un cómic, pero tal vez debería colocarse en las baldas de los libros de historia de todas las bibliotecas o recomendarse como lectura en universidades e institutos, pese a lo cual su proceso de edición no ha sido fácil, como no lo está siendo el de promoción. Lo contaba el editor de la obra, Ata Lassalle, hace unos días en un inusual mensaje en las redes sociales que desvelaba todos los entresijos, casi siempre desconocidos, que acompañan a la publicación de un libro. Hablaba, por ejemplo, de por qué decidieron entintar el cómic en negro y oro: “El oro lo tenía todo, subrayaba el despilfarro, la codicia y el exhibicionismo, lo noble y lo hortera” . Y contaba también cómo consiguieron, gracias a unos polvos mágicos y un proceso de secado de los pliegos del cómic en una gran nave indutrial, que la empresa no fuera ruinosa y el libro pudiera llegar a nuestras manos o a nuestros buzones convertido en un lingote de oro pero a un precio similar al de cualquier otro cómic (22 euros). Lo cual le aporta todavía más valor, pues estamos, por una parte, ante una obra casi artesanal, y por otra y sobre todo, ante el emocionante empeño de un editor valiente, que navega a contracorriente, haciendo honor al nombre de su editorial (Autsaider), y que se juega, como el autor, el cuello y en su caso además los cuartos para que seamos los demás quienes nos enriquezcamos leyendo obras tan recomendables y exquisitas como este Primavera para Madrid, de Magius.

PUTOSO Y LOS QUINIENTILLIZOS

Ago 8, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
A day at the beach | Airbag LP | EMP

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 08/08/20

Los irurzunólogos acérrimos se acordarán sin duda de Putoso y sus hermanos quinientillizos, quienes ya han aparecido al menos en dos ocasiones en esta sección, Rubio de bote. Putoso es un enorme oso de peluche que nos regalaron cuando nació mi hijo mayor y que, desde entonces, está con nosotros, siempre en medio (de ahí su nombre). Fue alumbrado en un parto múltiple en algún taller clandestino de Asia o en alguna maquila en Centroamérica y separado de sus 499 hermanos apenas nació, dispersados todos ellos por centros comerciales y jugueterías de todo el mundo. No obstante, en una ocasión yo me encontré a uno de los quinientillizos abandonado junto a los contenedores de basura que hay junto a mi portal. Al verlo, subí rápidamente a casa a tramitar los papeles de la adopción (es decir, a preguntarle a mi mujer si podía recogerlo), pero para cuando logré convencerla resultó que alguien se me había adelantado.

Escribí un Rubio de bote sobre eso y al cabo de unos meses un lector de esta página se acercó a mí en la villavesa y me confesó que había sido él el que se hiciera cargo del hermano de Putoso, pero que los papeles de la adopción no estaban en regla (es decir, que él no había conseguido convencer a su mujer) y tuvo que deshacerse del peluche. También sobre eso escribí un artículo, preguntándome qué habría sido del pobre oso sintecho, y a partir de entonces comencé a recibir en mi correo fotos de gente que había visto putosos —así comenzamos a llamarlos— por todo el mundo: colgados por las orejas en el tendedero de un patio de Tudela, durmiendo en un albergue de Bilbao, con una polla de goma anudada a la cintura en una película guarra…

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Después, durante un tiempo los putosos estuvieron hibernando o en algo suyo de osos, pero recientemente he vuelto a recibir varios correos en los que me informan de su reaparición en París.  Aunque originalmente llegaron a la ciudad de la luz (yo no sé por qué se llama así si siempre llueve) gracias a la iniciativa del dueño de una librería que los desperdigó por calles y cafés para dar a conocer su negocio, en los últimos meses, al parecer, las mesas de muchas terrazas han sido ocupadas por ellos para mantener la distancia social entre los clientes. La cuestión es que a mí me alegró mucho ver a gran parte de la familia putosa reunificada, tras tantos años calamitosos, y además dándose la vidorra padre, tomando cafeolés todo el día o leyendo por las noches Libertad para los osos de John Irving. Quise compartir por eso mi felicidad con mis lectores y colgué las fotos de la nueva y bohemia vida de los quinientillizos en las redes sociales, pero al cabo de unas horas alguien me hizo saber que en realidad las condiciones laborales de los peluches no eran tan placenteras como yo suponía, pues debían pasar las noches al raso y someterse a los caprichos de los trasnochadores (quienes, por ejemplo, se fotografiaban junto a ellos haciéndose mortadelos); o que —aquellos que dormían en la librería— eran encerrados en un cuarto en el que se almacenaban las cajas con las novelas de los youtubers o los alfonsoussías franceses. Por si fuera poco, junto con esta triste noticia adjuntaban otra foto de putosos que no habían sido capaces de superar ese estrés y —presuntamente— se habían suicidado de manera colectiva en una playa nórdica enterrando sus cabezas en la arena y esperando la subida de la marea (la foto es además la portada del último trabajo del grupo noruego de rock progresivo Airbag). Yo, sin embargo, estoy convencido de que esa imagen es un fake o se ha interpretado mal y de que muy pronto comenzarán a llegar fotos de putosos recogiendo kiwis o esquilando ovejas en Nueva Zelanda —es decir, en las antípodas de Noruega—, luchando, en definitiva, por conseguir una vida más dichosa.

¿EH, CARI?

Jul 27, 2020   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Supergirl Sky Flight en Six Flags Mexico: Opiniones e Info ...

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (25/07/20)

¿Y, cari, te acuerdas de aquellas otras vacaciones, en Navidad, que fuimos a Madrid, al parque de atracciones? ¿Cuando nos subimos a los columpios voladores? ¡Qué frío hacía! ¡Y a quién se le ocurre! Como no había nadie en la cola, para allí que os lanzasteis como becerros tú y los niños —yo no, porque ya sabes que a mí las alturas me dan yuyu—… De hecho, me monté renegando, como siempre. Y luego aquello comenzó a subir y a subir y a llenarse de niebla y parecía que nos estaban metiendo al fondo de un frigorífico. Pero aún fue peor cuando la atracción empezó a dar vueltas y a coger velocidad.

—El aire era un lanzador de cuchillos miope— dijo la niña, que ha salido medio poeta, como tú.

Bueno, en realidad lo dijo después; entonces, allí arriba, ella y el niño lloraban como condenados. No era para menos. Recuerdo que a mí me dolían tanto las orejas que me las tocaba todo el rato, para ver si todavía seguían enteras. Y que me aguantaba las ganas de vomitar solo para no descalabrar a nadie abajo, a donde las potas iban a llegar convertidas en barras de hielo. También recuerdo que tú empezaste a hacer gestos al operario. Y que los niños le gritaban “¡Bájanooooos!”, pero el atontado aquel nos hacía señales con el pulgar hacia arriba, porque se creía que le estábamos pidiendo más vueltas…

Así que allí estuvimos, olvidados al fondo de la nevera, casi un cuarto de hora, hipotérmicos perdidos.

Mira que fuimos canelos… Pero lo que nos hemos reído, después, recordándolo, ¿eh, cari?

Este verano habrá que hacer turismo así, recordando.

Me acuerdo ahora también, por ejemplo, del día que nos conocimos, tú y yo, en aquel concierto de Kiko Veneno, otro verano, y que después nos fuimos a las barracas porque tú querías subirte a la noria. De solo pensarlo, el bocata de txistorra que me había zampado en las txoznas me hizo el pino-puente dentro de la tripa. Pero no dije nada. Estabas tan guapa… En la noria aquella al menos no hacía frío, pero yo me mareé igual, cuando llegó a lo más alto del todo y el mundo se puso del revés y las nubes bajaron al suelo. A pesar de todo, a mí se me ocurrió que aquel era un buen momento para besarte y lo intenté —pálido como estaba debí de parecerte un vampiro—, pero la boca se me llenó de serpentinas y de fuegos artificiales y de kalimotxo de ese en polvo y tuve que apartarme para vomitarlo todo barandilla abajo.

Siempre he sido un romántico.

A ti, de todos modos, no te importó, no corriste de vuelta con tus amigas cuando bajamos de la noria.  Esa noche la pasamos juntos de bar en bar, bailando y derramando cubatas. Cada vez que me pongo gel hidroalcóholico en las manos —ahora lo hago a todas horas, te lo juro—me acuerdo de esa noche. Y me acuerdo también de que, al volver a casa, nos entretuvimos por el camino, enamorados de la vida. Al final fuiste tú la que me besó, porque a mí la boca aún me sabía a pólvora y me olía a baño químico y porque me daba miedo subir otra vez a las alturas. Pero lo hice, y en el cielo de tu paladar se me pasó el vértigo —ya ves, al final tú nos has hecho a todos un poco poetas—.

Y así hasta hoy, cari. Este verano habrá que aguantarse y quedarse en casa, bueno, aquí, en el hospital, qué le vamos a hacer. La vida es también una noria, y ahora nos toca estar abajo —o arriba, yo ya no sé muy bien—, pero luego todo esto pasará, la rueda volverá a girar y se acabará otra vez el yuyu, ya verás. Y entonces nos iremos de vacaciones, a algún parque de atracciones, con los niños. Y yo renegaré cuando me hagáis subir al Shambhala. Y luego en casa nos reiremos mucho recordándolo…

¿Te acuerdas de aquella vez, en la montaña suiza de Igeldo, que el niño se tragó un abejorro? ¿Y de aquel parque acuático, cuando me entró la cagalera bajando por el turbotobogán? ¿Eh, cari, te acuerdas?…

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