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WHATSAPPS Y UROLOGÍA

Nov 10, 2014   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

(La última colaboración para RUBIO DE BOTE, mi sección quincenal en ON, suplemento de Diario de Noticias de Álava, Gipuzkoa y Navarra y Deia)

WHATSAAPS Y UROLOGÍA

Los wathsapps los carga el diablo, sobre todo si tienes los dedos gordos o tontorrones, y a mí en las clases de pretecnología del cole se me rompían siempre todos los pelos de la sierra al cortar la chapa ocume.

“Todo bien en mi pito”, he escrito en mi móvil al salir de la consulta, pero al apretar a enviar me he dado cuenta de que estaba haciéndolo al grupo de madres y padres del colegio, que era en el que tenía abierta la última conversación, la cual versaba sobre una fiesta de cumpleaños.

—¡No, no, no! –he empezado a agitar el móvil, como si se tratara de una maraca o el mensaje fuera una piecita suelta que podía extraer de él. Demasiado tarde. Inmediatamente después he tenido que explicar la situación: “Glups, este whatsapp era para mi mujer, vengo de una revisión rutinaria en el urólogo”.

Mi pito, además, es reincidente. Hace unos días envié sin darme cuenta mi informe médico a  una conocida revista de humor que me había pedido un ejemplar de mi libro La tristeza de las tiendas de pelucas, interesada en publicar una reseña o alguno de los relatos. Había metido el informe dentro del libro para, después de pasar por Correos, ir al centro de salud y pedir la cita de la revisión. “El informe que va adjunto al libro no es un relato. Por favor, destruidlo”, expliqué en otro watshapp al redactor jefe de la revista, y adjunté uno de esos iconos sonrientes y que guiñan el ojo, pero nada más enviarlo me di cuenta de que eso podía interpretarse como una ironía y tal vez conseguía el efecto contrario y publicaban el informe, creyendo que se trataba de un experimento de vanguardia literaria. Así que esta mañana, después de salir de la consulta,  me he pasado por un kiosko de prensa y he ojeado la revista de humor con el alma en vilo y, mientras lo hacía, no he podido dejar de imaginarme a los redactores pasándose mi informe médico y haciendo bromas, “¿Has leído a Patxi Irurzun? ¡Es la polla!”,  todo eso mientras en mi bolsillo el móvil se convertía en un animal salvaje y vibrante que no dejaba de revolverse furioso.

“32 mensajes”, he visto después, tras cerrar la revista y comprobar aliviado que los avatares de mi aparato genital no eran todavía de dominio público, al menos si no entendíamos por tal al grupo de whatsapp de la escuela, puesto que no he tardado en darme cuenta de que todos y cada uno de esos 32 mensajes eran del siguiente cariz: “Yo llevaré bizcocho y zumo. Recuerdos al pito de Patxi”.

A mi pito, por lo demás, no le pasa nada raro. Tengo una revisión anual urológica desde que hace años me extirparon un pequeño tumor benigno en la vejiga. “El tabaco”, dijeron los médicos, pero yo, que en realidad apenas fumaba, pensé “El trabajo” porque por entonces hacía turnos de doce horas en una fábrica. Pero esa es otra historia.

El caso es que al mediodía, cuando he ido a buscar a los niños a la escuela, no ha tardado en acercárseme un padre, con una sonrisita contenida:

—Es que los whatsapps los carga el diablo —me ha dicho, conciliador.

Y yo le he contestado:

—Y los pelos de las sierras de marquetería.

Pero como creo que no lo ha pillado igual se lo explico en un whatsapp. Si es que consigo enviárselo a él.

 

 http://presst.net/subscribers/view_iframe/7262

¡VIVA ESPAÑA!

Oct 13, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

 

—Y hoy en nuestro programa de cocina, RequeteChef , los concursantes se enfrentarán a uno de sus mayores retos: cocinarán una paella y ganará la prueba de inmunidad aquel que mejor ensalce a los golpistas del 23 F.

—¡Hala, venga, y qué más! —me revuelvo en el sillón, y el meneo me hace volver en mí.

Por un momento me he quedado traspuesto frente al televisor.

—Últimamente veo demasiados programas de cocina –me digo.

Claro que igual es porque últimamente en la tele solo echan programas de cocina.  Lo de antes ha sido solo una pesadilla. Pero también he visto, despierto, cómo los aspirantes —así los llaman— cocinaban para toreros o militares (al tiempo en este último caso que hacían un publirreportaje sobre el ejército de esos en los que se usan mucho pleonasmos del tipo “misión de paz”). Otro día los invitados al programa fueron embajadores de diferentes países y cada vez que se referían a ellos los presentadores decían: el excelentísimo señor embajador de Brasil fulanito de tal, la excelentísima señora embajadora de Nigeria menganita de cual… Ese día el programa duró media hora más. Luego,  cuando acabó me puse a cotillear en las redes sociales para ver si a alguien le había llamado la atención todo ese lameculismo clasista, pero la gente solo comentaba que había sido injusta la expulsión de uno de los concursantes o que el plato que había cocinado otro de ellos había sido el mejor. ¿Pero cómo el mejor? ¿Lo habían probado acaso?

A mí, por el contrario,  los programas de cocina me dejan mal sabor de boca. En primer lugar porque probablemente sea mejor aspirante aquel que resulte un poco notas que quien cocine para chuparse los dedos pero tenga una cara difícil de ver. Eso, de todos modos, entra dentro del lote, pues, en realidad, antes que de cocina estamos hablando de televisión, espectáculo, pura filfa… Lo que de verdad me revuelve las tripas son ciertos valores que transmite el formato: el despotismo y la mala educación, la sumisión incondicional exigida a los participantes, la competición y el malrollismo fomentado entre ellos…

El primer día que vi uno de estos programas me indignó ver a cocineros respetables convertirse—supongo que por exigencias del guión— en chuloperas, en matones de bar o en graciosos de fiesta de instituto, al dirigirse a los aspirantes, y cómo estos asumían las humillaciones, como si eso fuera lo natural y lo aceptado en cualquier tipo de relación laboral o jerárquica. Para el segundo ya no me pareció tan raro. El tercer día ya solo quería que la caja tonta me entretuviera un poco.

Tenemos unas tragaderas descomunales. El antiguo pan y circo se ha convertido hoy en tele y merluza deconstruida. Y luego pasa lo que pasa. España es una gran paella cocinada en una casa cuartel. Y RequeteChef algo más que una pesadilla. Después de todo, hace unos meses Antonio Tejero, hijo del teniente general de infausto recuerdo, conmemoró el intento de golpe de estado con una paella en el cuartel a su mando —y supongo que a costa del presupuesto público— y apenas unas semanas después, lejos de tener que devolver sus cuchillos (o sus sables), obtuvo su premio: fue ascendido a coronel.  Y aquí no pasa nada. ¡Viva España!, pues. Y… bon apetit!

 

Publicado en mi seccción RUBIO DE BOTE para el semanario ON de los periódicos del Grupo Noticias (Página 7)

http://issuu.com/gruponoticias/docs/on111014/1

ESCENA COSTUMBRISTA

Oct 4, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

lila

En el bar hace un calor de mil demonios y el camarero mata moscas con el rabo. Entre sus manos el mando a distancia es una AK-47. Cada vez que dispara aparecen programas de cocina que dejan retrogusto a fiemo en la boca, paquirrines, rociitos, jorgejavieres, jefes de la oposición llamando por teléfono a jorgejavieres… En una esquina de la barra dos dipsómanos discuten sobre poesía:
—Pues yo me muero porque alguna vez una mujer se olvide las bragas en mi casa y hacerme con ellas una bandera para colgarla en el tendedero —dice el más romántico.
En la otra esquina de la barra dos mujeres se toman unas cañas. Una de ellas se llama Isabel. La otra Patricia. Son amigas desde parvulitas y desde entonces Patricia quiere y odia a Isabel con todo el colesterol de su corazón. Isabel es alta y bien proporcionada. Patricia, chiquitica y culona. Isabel, además de parecer una modelo, tiene don de gentes. Patricia, es tan apocada que a veces parece soberbia, sin serlo. Sin embargo, cuando Patricia está con Isabel esta le hace sentirse tan bien, le hace reírse tanto, que se ve a sí misma igual de guapa y de simpática que su amiga y resulta tan difícil distinguir a la una de la otra como en todo este párrafo.
—Perdonad, chicas, vosotras sois gemelas, ¿verdad? —interrumpe la conversación de las dos mujeres una ancianita.
Debe de pesar unos treinta kilos, se apoya en un tacataca y su voz es como un cascabel roto. Patricia e Isabel se miran con complicidad, aguantándose la risa y contestan al unísono:
—Sí, señora, gemelas idénticas.
El camarero se acerca y deja sobre la barra un cóctel lila, del mismo color que el pelo de la ancianita.
—Aquí tiene, su “Dos cojones”.
—Gracias, majo — contesta ella, y tras bebérselo de un trago y mirar hacia la pantalla del televisor, donde en ese momento aparece el ministro de economía, se dirige otra vez a las chicas—: Yo es que prefiero atizarme un buen “Dos Cojones” que meterle una hostia a alguien.
Patricia e Isabel piensan que igual no ha sido buena idea seguirle la corriente.
—Claro, claro —intenta atemperar sus ánimos Patricia, que siente los dos ojillos de la anciana escudriñándole, saltando de su rostro al de su amiga como dos mosquitos anófeles.
—Gemelas sois, pero idénticas lo que se dice idénticas…—clava finalmente el aguijón.
Las tres mujeres permanecen durante unos segundos en un tenso silencio, que solo interrumpe desde el otro lado de la barra, como el zumbido de un moscardón viejo y verde, la conversación de los poetas beodos:
—Eso de las bragas es una mala imitación del Tango del viudo de Neruda, cuando dice de su mujer: “Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada”…
Por fin, de nuevo en el otro lado de la barra, Isabel rompe la tensión con una de sus sonrisas encantadoramente demoledoras y contesta a la señora:
—No claro, idénticas lo que se dice idénticas no. Pero eso es porque nacimos casi con un año de diferencia.
La ancianita se queda un rato pensativa, tamborileando con los dedos sobre el manillar del tacataca.
—¡Claro, eso lo explica todo! —contesta de repente.
Y luego pide otro “Dos Cojones” al camarero, que acaba de poner en la tele una tertulia de fachas.

 

Publicado en ON (diarios del Grupo Noticias):
https://issuu.com/gruponoticias/docs/on270914?e=0

EL ÚLTIMO, MOCO VERDE

Sep 24, 2014   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment



—¡Y ahora vamos a jugar al juego de las sillas! —exclamó Bob Esponja, con una voz pituda que era clavada a la de la animadora del hotel.
Al oírla, los niños corrieron hasta donde estaban sentados sus papás y mamás y los defenestraron de sus sillas sin que los progenitores pudieran hacer otra cosa que rodar por el suelo como albóndigas humanas, atorados como estaban por los excesos del bufé. Únicamente se libraron los que haciendo caso omiso de las indicaciones de Bob Esponja (“¡Solo los niños, los mayores que sigan tomándose sus mojitos!”) acompañaron a sus retoños para participar en el juego. Este dio comienzo al son de la música corporativa de la cadena de hoteles y los futuros clientes, perdón los niños, la acompañaron de una coreografía que habían aprendido a la fuerza, puesto que cada animación comenzaba y finalizaba con ella.
Así que allá estaban, una docena de padres participando de la mano de sus pequeños, a los cuales iniciaban en todas las triquiñuelas del juego. En cada ronda, cuando cesaba la música, los padres agarraban en volandas a sus hijos y los colocaban en las sillas libres, o desalojaban de un culazo a los chavales más desamparados, los que jugaban solos, los que habían sido sacrificados por un triste mojito en vaso de plástico… Se lo tomaban muy en serio, esos padres, como si les fuera la vida en ello o al ser eliminados les fueran a  condenar a sentarse en el comedor junto al baño que olía a tubería. A pesar de ello, en una de esas, uno de los padres se despistó y su hija se quedó sin silla. Todos tragamos saliva, porque la niña era famosa en el hotel: se la conocía como la niña-sirena, y no precisamente por sus evoluciones en la piscina, donde más bien se dedicaba a utilizar sus manguitos como nunchakus, sino porque, comparada con su voz, la del falso Bob Esponja parecía la de un tenor.
—¡Auuuuuuuuú! —activó la alarma la criatura, al tiempo que se abalanzaba sobre una de las sillas y se aferraba a ella.
El padre, por su parte,  en cuanto se reanudó la música cogió de nuevo de la mano a su hija y la incorporó al juego con tan mala fortuna que en la siguiente pausa musical  uno de los chavales que jugaban solos y que esa noche en la cena había repetido tres veces sanjacobo, al disputarle la silla,  repelió a la niña-sirena de un barrigazo y esta acabó estampada contra el suelo.
—¡Ohhhh! —se sumaron al coro ahora el resto de papás y mamás, la mayoría de ellos con hijos aquejados de baja tolerancia a la frustración,  mientras que unos pocos nos mirábamos con complicidad y conteníamos la risa cabrona.
Por desgracia, la vida, que en tantas ocasiones es también un juego de sillas, rara vez aplica la misma justicia poética. En ella las sillas se mueven a conveniencia, para que se sienten los culos que juegan con papás y con padrinos y con sirenas que se activan cuando algo no sale como estaba previsto. En la vida, por desgracia o tal vez porque hay padres que educan a sus hijos en el pufo y en el “el último moco verde”, los barrigazos se los llevan quienes han cogido la silla por derecho propio, sin ayuditas extras ni Bob Esponjas de pega que no siempre son el mejor amigo que puedas tener y hacen la vista gorda o no mandan parar la música cuando el juego está amañado.

Publicado en ON, suplemento de los diarios del Grupo Noticias
http://issuu.com/deia.com/docs/binder2 (Página 7)

RETROBASKET (Rubio de bote)

Sep 1, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Nadie me cree cuando lo cuento, pero yo fui una estrella adolescente del baloncesto. Hubo un tiempo en el que incluso estaba convencido de que me convertiría en el relevo natural de Corbalán. Después, lo más cerca que estuve de alguien parecido a aquel legendario jugador del Madrid, fue una vez que me quedé a dormir en casa de un amigo y su padre vino a darnos las buenas noches en calzoncillos tipo meyba y camiseta interior blancos.

Pero yo, lo juro, fui un base habilidoso y escurridizo. Tengo incluso una foto del Marca que lo atestigua. Fue cuando tenía trece o catorce años y me llevaron con la selección navarra a jugar un campeonato a Madrid. Aquel se convirtió en un viaje iniciático, en el que me afeité por primera vez, frente a un espejo descascarillado en el hostal de la Gran Vía en el que nos alojaron. Recuerdo que el baño era compartido y que en la puerta siempre había más corbalanes esperando con una toalla entre las manos y silbando con disimulo.

—¡Pero si os han traído a una pensión de putas! —me dijo un tío mío que era viajante y que estaba de paso por la capital, una tarde que vino a visitarme.

A través de la ventana se oía elevarse desde la calle el ruido de las sirenas de la policía, y los gritos de los borrachos y el estruendo de botellas rompiéndose contra las aceras. Yo entonces entendí por qué por las noches temblaban las paredes de la habitación y crujían los somieres y supe también que los corbalanes hacían cola en la puerta del baño para lavarse el ciruelo, antes de entrar en materia.

No sé si fue porque mi tío hizo una reclamación al Gobierno de Navarra o porque, contra todo pronóstico, fuimos pasando eliminatorias, pero al cabo de algunos días en la pensión comenzaron a servirnos un menú especial, diferente al de los otros clientes, que nos miraban con cara de carpantas cuando los camareros dejaban en nuestros platos unos jarretes descomunales. A pesar de ello, los chavales de las otras selecciones nos sacaban todos varias cabezas. Eran monstruos de feria, anormalidades físicas. Nos daban miedo. A nosotros nos habían seleccionado porque sabíamos driblar, fintar… En lugar de centímetros teníamos talento. Y nos divertíamos jugando. Gracias a eso llegamos a semifinales. Pero los catalanes eran ya demasiado altos y nos metieron una buena paliza. Sin embargo, en aquel partido yo alcancé mi cénit como baloncestista. En un contrataque, entrando a canasta, me pasé primero el balón por la espalda y después di una asistencia también por la espalda a un compañero cuando uno de aquellos soldados de Catalunya salía a taponarme. La grada coreó primero un ¡oh! y después aplaudió enfervorizada. Un spiker gritó mi nombre. ¡Irurzun! Yo me sequé el sudor de mi bigote recién rasurado y saludé con timidez. Silbando con disimulo, como si estuviera en el pasillo de la pensión con una toalla en la mano. Luego, en la siguiente jugada me pusieron un gorro descomunal. Y en la otra un orangután me tumbó en el suelo en un bloqueo. El juego había terminado. Seguí jugando a baloncesto durante dos o tres años más, pero ya no me divertía. Aquello se había convertido en otra cosa. Hoy, me pongo melancólico cada vez que veo un partido. Algunas veces, incluso, me siento a hacerlo vestido de Corbalán.

Colaboración para mi sección Rubio de bote de ON, suplemento de los periódicos del Grupo Noticias.

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