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EGAGRÓPILAS Y SOBRESALIENTES

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» Magazine ON, 20/06/26

El chinazo en la luna delantera restalla como el latigazo de un dios a sueldo de Joseba de Carglass. Cuando aparco busco el impacto, pero solo encuentro la cagada de un milano o un quebrantahuesos. Tiene que ser una rapaz, porque en el centro de lo que luego Chat GTP me revelará que no es un excremento sino algo llamado egagrópila (una especie de bola que ciertas aves regurgitan y escupen por el pico en lugar de por la cloaca) hay algo duro, un trozo de hueso, quizás de algún ratoncillo o erizo, que retiro con mis propias manos, desasosegado por la idea de que bajo él aparezca alguna grieta en el cristal. No la hay, las vetas que se han abierto alrededor de la esquirla son solo suciedad, la onda expansiva y la metralla del meteorito. Finalmente, me lavo las manos chapuceramente, empapando un kleenex con el agua del limpiaparabrisas.

Dos días después comienzan los retorcijones, un dolor de estómago punzante acompañado de náuseas, como si yo también estuviera conformando e intentando expulsar mi propia egagrópila; retorcijones que finalmente se traducen en una descomposición torrencial y que me hacen pensar en mí mismo como el paciente cero, el primer caso de infección humana por culpa de una nueva gripe aviar.

Nuestra vida, y sus circunstancias, son pura contingencia, un boleto en la lotería del azar. Para que yo acabara sentado en un trono, un habitante de la república roedora había tenido que ser previamente arrebatado a la tierra por un águila ratonera que, por su parte, había tenido que vomitar los restos de su banquete justo en el preciso momento que sobrevolaba mi coche. Y así podríamos seguir ad infinitum. Para que un alumno de un colegio privado o concertado consiga la nota que necesita para entrar en determinada carrera universitaria, un profesor ha plagado previamente su cartilla con sobresalientes dopados. A su vez, supongo que alguien le ha sugerido a este profesor que inyecte la “sobresalientelina” a sus alumnos para promocionar la excelencia académica del centro. La meritocracia y la igualdad de oportunidades son solo otra egagrópila, que escupe desde lo alto un ecosistema que protege a sus halcones y deja desguarnecidos a los que considera ratones, es decir, a la educación pública y a quienes juegan limpio o solo con su esfuerzo. Aunque, a diferencia del chinazo y mi diarrea volcánica, todo esto puede que no sea solo un cúmulo de casualidades cósmicas.

ESTE NIÑO TIENE LA SOLITARIA

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (magazine ON) 06/06/26
Foto: Teresa Zgoda (Cabeza de una tenia vista en un microscopio

De pequeño yo era un tirillas. Sigo siéndolo, en realidad, pero ahora he hiperdesarrollado mis abdominales. Y lo mío me ha costado, repitiendo cada noche varias series cortas pero intensas de sprints entre el sofá y el frigorífico.

-¡Este niño tiene la solitaria! -recuerdo que solían decirme mis tías, pues a pesar de mi delgadez comía como una lima.

Me lo repetían tan a menudo que acabé por creérmelo. Dentro de mí tenía una tenia voraz, a la cual yo imaginaba como una especie de anaconda que se había acomodado a lo largo de mi tracto intestinal y que tan pronto como cualquier bocado caía en mi estómago sacaba la cabeza por el píloro y, ¡zas!, me lo arrebataba. Aquello, lógicamente, me preocupaba. Me acomplejaba, además, mi cuerpo. Me daba pudor mostrarlo en la piscina o en las duchas, después de los entrenamientos. Todavía sigue avergonzándome desnudarme. Y me da pena, porque nunca seré uno de esos abuelos a los que ya se la suda todo y salen a andar sin camiseta, luciendo barriga y una mata de pelo escarchada en las tetas. Tendré que conformarme con colgarme el mango del paraguas a la espalda.

¿Qué podía hacer? Por entonces se decía que había un remedio casero para exorcizar al parásito. Tenías que colocar un vaso de leche debajo de la boca, abrir esta mucho, y la solitaria, tentada por el alimenticio olor, no tardaría en asomarse. Había que estar muy atento porque ese era el momento en que atrapar la cabeza del bicho y extraerlo tirando de ella, como esos magos que vomitan ristras interminables de pañuelos de colores. Yo estaba dispuesto a pasar por el trance. Me pegaba ratos muertos delante del espejo, con el vaso de leche pegado a la barbilla. A veces le ponía colacao, por si mi tenia era sibarita. Pero nada, me había tocado una solitaria tímida. Una solitaria solitaria.

Aquello del vaso de leche era, por supuesto, una leyenda urbana, un bulo, igual que las vitaminas que se evaporaban del zumo de naranja si no te lo bebías ipso-facto o la muda de piel que teníamos que hacer para curtirla, dejando que el primer sol del verano nos despellejara a tiras los hombros. Me extraña que en estos tiempos de terraplanismo mental no haya todavía ningún tarado que promulgue el consumo de carne de cerdo podrida o de tierra de los parques infantiles como eficaz método de adelgazamiento. Igual hasta lo llevaban a la televisión, a un programa de esos de prime time, como el de las hormigas, o a ese otro de cocineros, Ultrachef, o como se llame, en el que recientemente fue invitada una exconcursante que días antes había animado desde Dubai a los contribuyentes a no pagar impuestos, los mismos impuestos con los que se sufraga el susodicho programa de la televisión pública que, como si también alojara dentro de sí misma una tenia, supongo que retribuye las gansadas de esta inconsciente.

LA FIESTA

Abr 27, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

En el barrio de mi madre, a la puerta del súper, suele haber muchos días pidiendo un hombrico, haga un sol de justicia o un frío castigador. Creo que es uno de los pacientes de un centro psiquiátrico que se encuentra al final de la calle.

Cuando era pequeño yo vivía allí, frente a la tapia del manicomio. Ya por entonces, antes de que tiraran el muro y lo convirtieran en un centro abierto, a algunos internos les permitían salir solos durante unas horas. Los recuerdo con el pelo revuelto y los dedos amarillos, fumando como chimeneas cigarros que encendían cada uno con la pava del anterior. La mayoría eran tranquilos, caminaban arrastrando consigo tormentas que solo tronaban dentro de sus cabezas; también había alguno, como Chichi el amoroso, ingenioso y culto, que aseguraba, unos días, haber sido piloto de aviación y, otros, poeta laureado, y que para que constara en acta, nos amenizaba el viaje en villavesa hasta el centro de la ciudad con sus versos, que declamaba con voz estremecedora: “Manicomio de Villava / cementerio de hombres vivos / donde se doman los bravos / y te olvidan los amigos”; Lola la loca, por el contrario, nos daba miedo. Era una mujerona con el abrigo y las uñas de color rojo sangre y una espalda interminable, sobre la cual, contaba la leyenda urbana, soportaba todo el peso de la muerte de un hijo adolescente, a cuyo asesino buscaba por los patios de colegios e institutos de Pamplona.

Todos provocaban en mí una mezcla de pavor y atracción. Me preguntaba cómo y por qué llegaban a averiarse esas cabezas, qué historias reales se escondían como donpimpones detrás de esos renglones torcidos de Dios. Y supongo que sobrevolaba mi mente la idea de que, en el fondo, a quienes estábamos a este lado del muro solo nos separaban unos metros de ellos y sus abismos.

Al hombrico del súper, de hecho, me lo encontré un día dentro, en la cola para pagar, y la cajera lo llamó por mi nombre -éramos, al parecer, tocayos-. Pero no fue eso lo que más me impresionó sino en qué gastó sus monedas. Yo nunca le había dado nada, creyendo que quizás fuera a emplear el dinero en algo que lo perjudicara, pero para mi sorpresa sobre la cinta dejó tres o cuatro botellas de cocacola y otras tantas pizzas. Lo vi salir de la tienda con una sonrisa fosforescente, cuyo resplandor ilumina todavía hoy mi corazón negro y malpensado, y alejarse levitando como un ángel por la acera, en dirección al centro psiquiátrico. Lo imaginé allí, compartiendo su compra con algunos de sus compañeros, en una fiesta pequeña y privada y que, sin embargo, redimía todos los prejuicios y recelos de quienes creemos habitar el mundo de los rectos y los cuerdos.

Patxi Irurzun

Cuadro: «The intrigue» (James Ensor)

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 25/04/2026

CATÁLOGO A CIEGAS

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero 2026)

Durante estas últimas semanas en las que, de manera inusual, la literatura ha generado algunas polémicas en la esfera pública -el beef o pique entre Uclés y Pérez-Reverte, la concesión del Premio Planeta a Juan del Val, o del Nadal al propio Uclés- ha pasado, sin embargo, desapercibida la audaz iniciativa de la editorial sevillana Barrett, que a lo largo de este año publicará algunos de los libros de su catálogo de manera anónima, es decir, sin desvelar a los lectores quién es el autor o autora de las obras.

El “Catálogo a ciegas”, así es como lo han llamado, pone por tanto en el centro la propia obra y la propia lectura y no todos los condicionantes extraliterarios que demasiado a menudo determinan la suerte de estas: la fama o dimensión social de quien firma el libro, su ideología o aspecto, las simpatías o antipatías que despierta, si hace promoción en La Revuelta, en El Hormiguero o en La Gaceta de Melilla, si es tiktoker, cocinero o experta en literatura comparada, si sus anteriores obras han vendido trescientos ejemplares o doscientos cincuenta mil…

Con su apuesta Barrett viene a poner patas arriba todas las reglas del negocio editorial y a señalar todos sus vicios y trampas (tal vez por eso, precisamente, los medios apenas se han hecho eco), además de liberarnos a los lectores de cierta presión externa, presión que también puede trasladarse a otras disciplinas artísticas: ¿Es realmente Lux de Rosalía poco menos que la Novena Sinfonía de Beethoven? ¿De verdad los Javis son los nuevos hermanos Coen? ¿Solo porque lo diga todo el mundo? ¿Y como lo dice todo el mundo, yo, que soy muy punki, tengo que opinar obligatoriamente lo contrario?… Claro que, de esta manera, la presión se la puede imponer uno a sí mismo: “¿Sería capaz de distinguir en una cata literaria a ciegas a Juan del Val de Henry Miller?…

No se preocupen, porque es poco probable que en su “Catálogo a ciegas” Barrett incluya al autor de Vera, una historia de amor (yo creo que si cayera en sus manos un libro como ese lo descartarían solo por el título), aunque sí reconocen que otra de las motivaciones que les ha llevado a poner en marcha este desafío es la venganza, es decir, la posibilidad de pagar con la misma moneda a las grandes editoriales, acostumbradas a robar autoras o autores que han conseguido éxitos literarios desde editoriales pequeñas e independientes: en este caso, se insinúa, será al contrario, Barrett puede que haya birlado a esas grandes editoriales alguna que otra vaca sagrada de la literatura, que se ha prestado a este juego del antifaz literario … o puede que no, puede que tras las obras anónimas se oculte solo, qué sé yo, el vigilante nocturno de un camping de Castelldefels. ¿Se animan a hacer sus porras?

ALOPECIA A LA INVERSA

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero, 2026)

Hace unos días mi peluquero me preguntó, a la hora de pagar, si era jubilado, pues aplica a estos un escudo social, una rebaja de tres euros. “¿Pero qué dices, chalao? ¡Si aún me quedan diez años!”, estuve a punto de contestarle. También podía haber aprovechado y sugerirle que me aplicara el descuento de todos modos, total para cuatro pelos que tenía que apañarme… (claro que es cierto que el tiempo que se ahorra ahora con el cuero cabelludo lo pierde con los pabellones auditivos, en los que conforme uno se va haciendo mayor se da el curioso fenómeno de la alopecia a la inversa).

Un día te sienta como un tiro que te llamen señor cuando te preguntan la hora y al siguiente estás mirando obras o cruzando la calle por donde te da la gana.

“Yo aquí no vuelvo”, fue, de todos modos, mi ofendida y visceral reacción al salir, pero me calmé en cuanto pasé por otra peluquería, una de esas con poste de barbero en la entrada, y vi a un chaval con el pelo oxigenado al que le estaban haciendo una muesca en la ceja, todo ello al ritmo de Jarfaiter. No me veía ahí dentro, la verdad. Además, pensándolo bien, si mi peluquero me había preguntado si yo estaba jubilado era porque no me conocía, porque mientras me hace la faena no intimamos, no hablamos (entre otras cosas porque él es marroquí y tiene un español macarrónico, de primero de Duolingo). De hecho, por eso lo había elegido. Como dice el chiste: “¿Cómo quieres que te corte?”. “Callado”.

Ir al peluquero siempre me ha dado mucha pereza. De pequeño mi madre solía mandarme a uno del barrio, calvo, que desagraviaba esta condición dejándose unas patillas como de general austrohúngaro, o como Chiquito de la Calzada. De hecho, recordaba un poco a este, porque era un hombre rocero (muchos peluqueros lo son, en otro sentido, supongo que por imperativo de su oficio, y esa es otra de las cosas desagradables de cortarse el pelo, el contacto físico de sus bajovientres). Pero me refiero a que le gustaba dar conversación, lo cual a mí, que era un niño muy tímido, me provocaba cierto nerviosismo, nada recomendable cuando te doblan la oreja para meter por encima de ella una tijera recién pasada por la piedra de afilar. Al final, mi madre acabó cortándome el pelo ella misma e inventando de manera involuntaria pioneros rapados en la sien que en realidad perpetraba para ir igualando trasquilones hasta que ya no quedaba nada que igualar.

Es curioso, me parece que todo eso fue ayer, que me separa de esa época mucha menos distancia que los diez años que me quedan para jubilarme. Y es que ya lo decía Lolo Rico, la creadora de La bola de cristal, en el título de sus memorias: “¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y yo no me dé cuenta?”.

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