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ENTRETIEMPO

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine ON (suplemento semanal de diarios de Grupo Noticias), 23 de mayo de 2026

Estoy gafado. Otra vez han vuelto a equivocarse y a intercambiarme el informe de la revisión médica del trabajo con el de otra persona, uno con el colesterol y los triglicéridos altos y además con una hipoacusia moderada (es decir, un poco teniente). Me lo imagino ahora al pobre comiendo alegremente croquetas y bollicaos y entrecots y ositos de gominola y haciéndole repetir al camarero “¡Que a ver cuántos torreznos le pongo!”.

Y luego lo del móvil, que se me estropea el micrófono justo cada vez que me pongo con el Duolingo, así que tengo que repetir las frases tres o cuatro veces, güat-is-yur-neime?, nada, que no me lo coge. A este paso voy a matar a disgustos al pajarico verde ese de la aplicación −creo que es un búho−. De hecho, me escribe desolado un email cada vez que hago borota.

Con lo del tiempo tampoco acierto. Esto de la primavera trompetera es un rollo. En el mismo día puedes pasar de la Euskadi tropical a la Siberia severa. Si me acuerdo de coger la crema solar se me olvida el paraguas. Por la mañana echo de menos la camiseta térmica y al mediodía me dan calor hasta las gafas. Es el entretiempo. Tendría que aprender de esa gente que va en bermudas y con anorak. Así aciertan siempre, aunque sea a medias. El entretiempo es como la vida misma. Cuando menos te lo esperas cae una tormenta bíblica; o en mitad de un día de perros el cielo te salva enviando unos rayos de sol que dibujan en tu vida un cuadro de Sorolla. El entretiempo es el Dragon Khan. El hombre del tiempo ahorcado. Alexa contestándote “Hoy la máxima será de treinta grados y la mínima de dos bajo cero”…

Y yo ya no sé qué hacer. Me he pedido en Aliexpress una estación meteorológica. Ha sido comprarla en la web y a las cuatro horas la tenía en la puerta (bueno, en el ascensor: “Se lo dejo en el ascensor, ¿okey?”, dice el repartidor, y no te deja tiempo para contestarle: “Es que acabo de salir de la ducha”; los riders no pierden el tiempo, se marchan como trenes bala, todavía tienen una montaña de paquetes que repartir, un amazonas convertido en cartón metido en la mochila XXL).

La estación meteorológica me ha costado seis euros con noventa y nueve. Todo un chollo. De no ser porque al abrirla lo que me he encontrado ha sido una pizarra magnética con unos imanes con formas de nubes de tormenta, mares arboladas, soles sonrientes. Un juguete para los futuros Arnaitz Fernández. “Se han equivocado, como los del informe médico”, digo, creo que para mí, pero mis hijos contestan algo, han debido de escucharme, parece que me riñen, distingo solo algunas palabras, “lo-que-pides-en-aliexpress-y-lo-que-te llega”, “huella ecológica”, “putosordo”, no sé, no oigo muy bien lo que dicen, “Estarán hablando en inglés”, pienso, y me dirijo a la cocina a prepararme un bocata de chorizo ibérico.

UTOPÍAS

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

El músico galés Gwilym Bowes Rhys, que ha estado durante estas últimas semanas ofreciendo conciertos en diferentes lugares de Euskal Herria, cuenta y canta en su tema “Ben Rhys” la historia de su tatarabuelo. Ben Rhys murió en 1861, junto con otros compañeros, tras la explosión en un pozo minero al sur de Gales. Los patronos les habían negado la compra de candiles cuya llama cambiaba de color si detectaba la presencia de gases peligrosos. Lejos de asumir su responsabilidad, los dueños de la mina solo pagaron a las familias de las víctimas la mitad de salario del día del accidente, alegando que este había tenido lugar a media mañana.

La historia no es tan diferente a muchas de las que podemos leer hoy en cuentas de redes sociales como @soycamarero, en las que se hacen públicos intercambios de mensajes entre trabajadores y sus jefes, quienes ofrecen condiciones y salarios más propios de esclavistas o señores feudales, o en las que despiden a camareros si estos enferman o tienen que enterrar a un familiar.

En su pequeño ensayo “Utopía no es una isla”, la escritora Layla Martínez hace un repaso por algunos de los mundos mejores que, desde la “Utopía” de Tomás Moro, diferentes pensadores y movimientos políticos soñaron para los seres humanos y, en particular, para la clase trabajadora. En la introducción del pequeño ensayo la autora señala que cuando pregunta en charlas o talleres a los asistentes cómo imaginan el mundo dentro de unos años, el escenario siempre se pone en lo peor: crisis económicas y ecológicas, regímenes fascistas, pérdidas de derechos de los trabajadores… Del mismo modo, la ciencia ficción siempre suele tender a la distopía de tintes aterradores, en la que los humanos han sido sometidos por las máquinas, los marcianos o las ideologías totalitarias. Nadie imagina -dice Martínez- una sociedad futura en la que el capitalismo o el patriarcado han sido abolidos o en la que los trabajadores tienen horarios de veinte horas semanales y ganan lo suficiente para dedicar el resto de su tiempo a vivir dignamente. Tal vez porque los dueños de la mina siguen pagando la mitad del salario mientras morimos enterrados en vida en trabajos alienantes a tiempo completo (los dueños de la mina, o sus representantes, serían hoy PP, Vox y Junts, que tumbaron en el parlamento el proyecto de ley para reducir la jornada laboral).

La utopía, sin embargo, es posible, tal y como demuestran algunos de esos mundos mejores que Layla Martínez recoge en su obra y en los que quienes los imaginaron anticiparon avances para la humanidad que terminaron haciéndose realidad. Los mineros galeses, por lo demás, como Ben Rhys, trabajaban en 1861 doce horas al día y muchos de ellos fallecían prematuramente, con los pulmones ennegrecidos por la silicosis o el carbón.

Publicado en Rubio de bote, 9 de mayo de 2018

«CHOLITA VOLADORA MARCIANA» EN EKINTZA ZUZENA

May 20, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Distópico también es el viaje lisérgico y en comandita de Ernesto Murillo “Simonides”, histórico dibujante del cómic vasco más corrosivo (Euskadi Sioux, Star y/o TMEO) y Patxi Irurzun, escritor y creador de un universo propio e inequivocamente reconocible, a través de su prolífica obra.Pamplona -Volkswagen (Jamerdana 2.0) está estratificada por clases sociales y convertida en parque temático de unos sanfermines de 365 días al año, donde sus habitantes sobreviven trabajando como figurantes para unxs turistxs ajenxs a los submundos que se ocultan tras una vorágine de fiesta prefabricada y sumisión química: retrato perfecto de esta felicidad posmo, que a duras penas maquilla su esencia triste.Excusa perfecta para que, a través de las aventuras de lxs disparatadxs personajes, carpetovetónicxs, que pululan por sus páginas, se pongan en el punto de mira la gentifricación, el racismo, el fascismo, la soledad, la violencia bruta y esa otra más velada e implacable que se ejerce contra lxs desposeídxs, lxs inmigrantes, lxs de fuera o lxs pobres, que han de fregar las escaleras de lxs Ibarrola PTVs (de Pamplona de Toda la Vida).Lacras contra las que Patxi arremete con su estilo ora apocado y naif, ora descarnado y salvaje, propio de un anarquista en pantunflas y acérrimo miltante de la palabra.

Ekintza Zuzena 52 (mayo 2026)

Los gatos (y las gaviotas) de Essaouira

May 12, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Foto: @Malen Irurzun

Reportaje publicado en Semanario ON (diarios Grupo Noticias) 09/05/2026
TEXTO: Patxi Irurzun. FOTOS: Malen Irurzun

En esta ciudad costera marroquí, también conocida como la perla del Atlántico o la ciudad del viento, resulta casi imposible sacar una fotografía sin que en ella se cuele un gato. Essaouira, la antigua Mogador, con su medina, su playas, sus riads y murallas, es un destino tan atractivo como asequible.

En Essaouira los gatos son los amos. Los gatos y las gaviotas. Los gatos se mueven a sus anchas, elegante y cachazudamente, como panteras de mentirijillas o príncipes de la pereza por todas las calles de esta pequeña ciudad costera de Marruecos, destino habitual de surferos y de los turistas que por uno o dos días buscan un remanso de paz en excursiones desde otras ciudades más tumultuosas, como Marrakech, a solo 180 kilómetros.

Foto: Malen Irurzun

Cientos de gatos

Los gatos, decenas, cientos de gatos, merodean por restaurantes, se acurrucan en las sillas libres, se suben a las mesas apenas los comensales las abandonan, frotan mimosos sus lomos entre las piernas de los transeúntes o los huéspedes de los riads, dormitan, o se relamen y limpian concienzudamente su pelaje entre los cestos, las toallas y manteles, la bisutería, las bolsas de especias, la ropa de imitación que las pequeñas tiendas de la medina ofrecen al visitante… Todo ello sin que nadie los espante, al contrario, para los gatos se reserva siempre un mendrugo de pan, la cabeza de una sardina, una caricia… En Essaouira los gatos forman parte del paisaje y la idiosincrasia de la ciudad y son respetados y adorados, entre otras cosas porque ellos contribuyen a mantener a esta a salvo de ratas y otras plagas.

Foto: Malen Irurzun

Patrimonio de la Humanidad

Essaouira, la antigua Mogador, debe este último nombre a los portugueses, que construyeron en la ciudad diversas fortificaciones (como uno de sus lugares más visitados, la Skala du port, que muchos reconocerán por su aparición en uno de los capítulos de Juego de tronos), si bien la fundación de la localidad como tal se debe al sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah, en 1764, quien ordenó el levantamiento de las actuales murallas. Por Essaouira han pasado también cartagineses, fenicios, corsarios y piratas sin patria ni bandera… Entre sus calles hay vestigios de una judería, o del protectorado francés que la gobernó en las primeras décadas del siglo XX… Todo ello hace de esta ciudad, declarada en 2001 por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, un lugar cosmopolita, aunque manteniendo al mismo tiempo su esencia bereber. El trazado de su medina es, por ejemplo, menos laberíntico que el de los zocos de otras ciudades marroquís, pero en sus calles, como la Avenida Mohamed Zerktouni, la principal y rectilínea arteria de la ciudad, no faltan los habituales tenderetes de souvenirs, zapatillas falsas, artesanía local made in China, entremezclados con carros de verduras, fruta (como la sabrosa fruta del cactus, una especie de higo chumbo que se despacha rajando su cáscara con una navaja y pinchando el carnoso interior con un palillo), carnicerías que cuelgan al aire enormes piezas de reses, el mercado de pescado, que curiosamente entra en su apogeo al anochecer, puestos de crepes, restaurantes de shawarmas y pinchos morunos, teterías en las que entregarse al postureo (por ejemplo, leyendo un libro y acariciando un inevitable gato en el regazo)…

Los gatos… y las gaviotas

Un caos controlado y encantador, que por momentos provoca la sensación de encontrarse en un interminable mercadillo hippi o en una gran tienda Natura, a lo que también contribuye la presencia de algunos grupos de artistas callejeros que amenizan con la interpretación de su música gnawa, evocadora e hipnótica, por ejemplo en la Plaza Moulay Hassam, donde al caer el sol es posible contemplar, recostados en la muralla, espectaculares atardeceres.

Malen Irurzun

La misma plaza es, sin embargo, durante el día, la puerta de entrada a otro lugar de la ciudad que arrebata de golpe todo el romanticismo y nos sumerge en otra realidad, más conectada con otros sentidos, sobre todo el olfativo. Es el puerto pesquero, en el que junto a decenas de barcazas de color azul atracadas, se levantan diferentes puestos en los que el pescado es lavado, destripado, subastado u ofrecido a los visitantes, para ser cocinado in situ a quien tenga el estómago y la audacia de degustarlo mientras sobre su cabeza revolotean innumerables bandadas de gaviotas (pues si los gatos son los reyes del suelo de la ciudad, el cielo pertenece a estas inquietas e inquietantes aves).

La ciudad del viento

Essaouira por lo demás, es conocida también como la ciudad del viento, pues desde los pies de sus murallas se extiende a lo largo de la costa una kilométrica playa, que junto con otras cercanas, como la de Sidi Kaouki, la convierte en destino de amantes del surf o permite otro tipo de actividades, como recorridos en quad por dunas (o, para los más pausados o menos preocupados por el maltrato animal, en camellos). Un destino, en definitiva, atractivo, exótico y económico, a la vuelta de la esquina (Essaouira cuenta con un pequeño aeropuerto hasta el cual hay vuelos directos low cost desde Madrid y Barcelona, y los alojamientos en los riads, las tradicionales casas marroquís, son asequibles), que hará las delicias de muchos viajeros… a excepción de aquellos que tengan alergia a los gatos.

: Malen Irurzun

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Visitantes ilustres
Essaouira ha ejercido a lo largo de la historia una poderosa atracción para viajeros y artistas. Orson Welles, que tiene dedicada en la ciudad una plaza, rodó allí buena parte de las escenas de Otelo, en un rodaje accidentado, con problemas de financiación, despidos de actores o una suspensión del contrato de vestuario que solucionó contratando a todos los sastres de Essaouira. Las calamidades sufridas por el cineasta no minaron su admiración por la perla del Atlántico, que la puso en el punto de mira de otros viajeros y músicos, como Jimi Hendrix -o al menos, eso dice la leyenda, porque tampoco hay nada que lo documente-, quien al parecer pasó allí unos días, en 1969, poco antes de su actuación en el festival de Woodstock. En el caso de ser cierto, al guitarrista sin duda debieron de subyugarle los sonidos de la música gnawa, un repertorio tradicional de temas marroquís con cadencias cercanas al trance, cuya presencia en la ciudad todavía hoy se mantiene muy viva, como demuestra la celebración cada año durante el mes de junio del Festival Gnaoua de Essaouira, que convierte la ciudad en punto de encuentro de los amantes de músicas del mundo y la fusión de esta con otros estilos como el jazz o el blues.

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