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LOS LOBOS

Mar 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  1 Comment
Los actuales 'Lobos' de 'Boom'. /Antena 3Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para el magazine ON (diarios Grupo Noticias) 23/03/2019

Me declaro fan de Los Lobos, el equipo participante en el concurso de televisión ¡Boom!, en el que llevan toda una vida, más de cuatrocientos programas acertando preguntas e intentando no repetir camisetas. Toda una vida y toda una muerte, en realidad, porque durante todo ese tiempo han visto como uno de sus compañeros, que había dejado el concurso apenas una semanas antes, fallecía en su casa, mientras una bomba estallaba esta vez dentro de su corazón y sin desparramar  a su alrededor espuma de colores —como sucede en ¡Boom! cuando lo concursantes fallan—, pero solo porque, según cuentan, José Pinto ya había agotado las existencias a lo largo de una vida vivida con alegría y generosidad.

Para quienes somos adictos al programa Los lobos han dejado de serlo para convertirse en animales domésticos. Los lobos son como de la familia. Junto a ellos pasamos las tardes merendando bocadillos de tortilla y respuestas del trivial, y entre bocado y bocado conocemos algo más sobre sus vidas. Y así, comprobamos que Erundino es un hombre sentimental y tranquilo, que sobrelleva su enorme sabiduría con una modestia ejemplar; que el tafallés Manu Zapata  es impulsivo y resolutivo; que nos hubiera gustado tener al reconcentrado y soñador, al abrazable Valentín como profesor o como padre; o que Alberto, el maestro jubilado que también, sin duda, habrá dejado tras de sí legiones de alumnos agradecidos y mejores, será para nosotros siempre “el nuevo”, incluso cuando Los lobos lleven otros cuatrocientos programas más en antena.

Ver a Los Lobos cada tarde en la tele tiene algo de ritual. Radiografiar y prejuzgar a sus contrincantes apenas entran en el plató, “Bah, estos nada”; sentir que la metralla de las bombas atraviesa la pantalla cuando nuestros héroes caen; verlos levantarse siempre; sufrir observando cómo a veces la fortuna hace que adversarios mediocres parezcan a punto de cazarlos (si alguien va a atrapar a Los Lobos, al menos que esté a su altura)…

Creo, de todos modos, que mi adicción al programa, o a este equipo de concursantes en concreto, tiene que ver con un imaginario  personal de antihéroes que se resarcen de un destino inmerecido mediante una suerte de justicia poética. Los Lobos y ¡Boom! son una radiografía social del país en que vivimos. Manu Zapata, una filmoteca bípeda, preparaba antes de entrar al concurso oposiciones para correos; Valentín ganaba poco más de doscientos euros al mes dando clases en la universidad; o hace unos días, a una chica que formaba parte de un equipo al que se enfrentaron el presentador le preguntó cómo imaginaba su futuro y ella, estudiante de periodismo, contestó: “En el paro”… El país en que vivimos es un gran juego de las sillas amañado, en el que antes de empezar ya hay quienes están sentado en lugares que no les corresponden, solo porque tienen un máster amañado, unos apellidos de toda la vida, un carnet…; es, este país, un puzle con las piezas encajadas a golpes,  un colador utilizado al revés, en el que se escurre por el fregadero la sustancia y nos quedamos con la hez.  Entre nosotros el talento y la inteligencia, la sensibilidad y la buena educación,  siempre han estado mal vistos. Los listos no tienen nada que hacer frente a los “listos”. La cuota de erundinos y valentines ya está completa con programas-concurso como ¡Boom! Ya tienen ahí su oportunidad. Y entretanto otros botes también siguen engordando, fuera de los focos, con otras bombas y negocios, paquí pallá, en cuentas de paraísos y chiringuitos fiscales…

Les deseo, en fin, la mejor suerte del mundo a Los Lobos, en el concurso y fuera de él.  Y ya de paso,  si por casualidad alguno de ellos lee esto, que sepa dos cosas: que una vez fui la letra I del rosco de Pasapalabra y tal vez soy, por tanto, susceptible también de ser una respuesta de la bomba final; y que pronto publico nueva novela (Diez mil heridas) y voy a hacer camisetas de promo.

 

DUELO EN EL RETRETE

Mar 10, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Resultado de imagen de gracias y desgracias del ojo del culo pepitas

Publicado en Magazine On, con diario de Grupo Noticias (09/03/2019)

 

(Advertencia previa: este artículo lo ha escrito un inmaduro y contiene referencias escatológicas del tipo caca-culo pedo-pis)

¿A quién no le ha pasado alguna vez? Un apretón. En algún lugar inapropiado. En el último lugar en el que irías al baño. En esos baños en los que vive un tigre dentro. O en esos otros con un hueco debajo de la puerta y sin techo. ¿Por qué los hacen así? ¿Para que todos disfrutemos del concierto? Una vez conocí a un tipo que tocaba el Smoke on the water de Deep Purple con pedos. Otra, tuve que aligerar peso en un baño en el que la puerta solo te tapaba hasta la mitad del pecho y que quedaba frente a la puerta de entrada. Cada vez que se abría y pasaba alguien te veía ahí, arrugando los tres ojos. Hola, qué tal. Nada aquí, enviando un email…

Como en casa no se caga en ningún lado, pero a veces no queda otro remedio que salir de la zona de confort, y para sobrellevar las inconveniencias cada maestrillo tiene su librillo; o su rollo de papel higiénico. Hay a quienes les aterroriza el sonido de las deposiciones cuando hacen el ángel en el agua del retrete y para ello cubren previamente esta con un colchón de papel. Otros, los pistoleros más rápidos, tiran de la cadena (tirar de la cadena, dentro de nada aparecerá en los diccionarios etimológicos) y aprovechan para disparar en mitad de la tormenta. Y hablando de disparar, están también los duelos en los retretes. Esos retretes contiguos, en el que le ves los zapatos a tu adversario. Esas personas sentadas a menos de un metro de distancia, separados solo por una fina pared de plástico, esperando cada uno a ver quién desenfunda primero. Los más arrojados, nunca mejor dicho, optan por proceder y salir rápidamente del baño, antes que el contrincante. Otros, prefieren esperar, una opción arriesgada, pues, por una parte no sabes qué munición maneja tu adversario y, por otra, es probable que tras él entre otro vaquero. Ha habido casos de duelistas tímidos que han permanecido horas sentados en la taza, sin mover un músculo. Una vez uno de ellos, de tanto contener los gases,  se convirtió en globo y salió volando por el techo descubierto del retrete y luego por la ventana del baño y finalmente explotó en el cielo y le hizo un agujero a la capa de ozono del tamaño de Papúa Nueva Guinea.

Todo esto puede parecer de lo más vulgar, pero hay toda una bibliografía escatológica con la que podemos refinarlo. En la literatura picaresca y en la del siglo de Oro abundan las referencias (recordemos además que la palabra escatología tiene varias acepciones, y que no solo se refiere a la coprología, sino también al “conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”. ¿Se caga en el más allá, por cierto?). Uno de los pasajes más memorables de El Buscón de Quevedo es, por ejemplo, cuando el pícaro Pablos se embarra no ya de “palominos sino de palomos grandes” en la cama. Y Quevedo escribió también Gracias y desgracias del ojo del culo, que yo no sé por qué no es lectura obligatoria en los institutos, hasta donde, por lo demás, los chavales llegan ya rodados con best-sellers infantiles como Todos hacemos caca o El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza. Por haber hay hasta un manual sobre Cómo cagar en el monte ( Kathleen Meyer). Falta el de cómo hacerlo en el mar, que para algunos es un lujo asiático.

Cagar, en fin, es a menudo un placer. Otras, o no hacerlo, una tortura. Y siempre un ejercicio democrático. En el trono se sienta el rey y el mendigo. El general, el banquero, el presidente del Tribunal Supremo… Imagínatelos cagando, como cantaba Koma.  Y así podríamos seguir hasta el infinito y más allá. Sobre todo un inmaduro como yo. Claro que en mi defensa siempre puedo alegar que, como dice el maestro Kutxi Romero, entre estar maduro y estar podrido solo hay un paso.

INVIERNO FACHA

Feb 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Artículo publicado en magazine ON, diarios Grupo Noticias (sábado 23/02/2019)

 

 

Mi calidad de vida ha mejorado notable y hasta sobresalientemente desde que en invierno uso camisetas térmicas y calcetines gordos. Chaleco de plumas debajo del abrigo ya no me pongo desde que los fachas lo adoptaron como uniforme de campaña. Ande yo caliente y ríase la gente, pero que no se descojone. Lo que sí me da frío es ver a esos adolescentes con los pantalones remangados y pinkies o calcetines invisibles, dejando que el viento helado les acuchille los tobillos.

Cuando eres joven te la suda todo (bueno, te la suda igual en este caso no es la mejor manera de decirlo).  ¿Quién va a mandar más, el invierno o la moda? Cuando eres joven no temes al frío, ni te importa tener los pies helados, si por encima llevas unas zapatillas chulas. El invierno no va a poder contigo. El invierno no te va a decir qué te tienes que poner y qué no. El invierno es Santiago Abascal. El invierno es toda esa gente agitando las banderitas que otros les han dejado preparadas en los asientos para que las agiten (para que las agiten, es curioso, contra los nacionalistas, o sea contra sí mismos).  El invierno es ese señor a la puerta del Tribunal Supremo en el juicio contra los presos políticos catalanes con una bufanda en la que sobre los colores de la bandera española se lee: “Esto es España y al que no le guste que se vaya”  (hombre, yo no sé si es un lema muy bien escogido para un juicio como ese. Tal vez lo que el hombre quería decir era: “Esto es España y al que no le guste que se quede”). El invierno es un facha y los jóvenes pasan de él porque la naturaleza es sabia y cuando tienes la sangre caliente no está mal tener los pies y las manos y la cabeza fríos. El señor de la bufanda y Santiago Abascal y los que se fotografían y dan codazos con él en las manifestaciones deberían llevar también pinkies, en vez de botas de montar y pisar.

Otra cosa que abriga mucho son los gorros. Por la cabeza perdemos un montón de calor. Nunca he visto, por cierto, a ningún político con gorro, excepto a Labordeta, que mandó a los fachas a la mierda, ¡hala a la mierda, joder! Yo tengo un gorro ruso que cuando me lo quito me saca de la cabeza un anticiclón. A veces llego a casa, lo pongo encima del ordenador y me escribe la columna él solo. No, tal vez en vez de pinkies los políticos deberían de llevar todos gorros rusos y quitárselos cuando subieran a la tribuna, dejar que por el congreso de los diputados circulase una ola de calor tropical y no este invierno oscuro con sus chalecos de plumas y sus bufandas con lemas xenófobos y sus banderitas patrióticas fabricadas en China.

No hay, por lo demás,  nada mejor que un día de sol en invierno. Es como una parada en el calendario para tomarse una taza de caldo. Los días comienzan, por suerte, ya a acortar. El verano es una luz al final del túnel de hielo en las casas de las miles de familias que no pueden poner la calefacción, mientras en la televisión salen más imágenes de gente agitando banderitas. En las carreteras los conejos dibujan semáforos en rojo con sus ojos cada vez más tarde. La primavera se está probando vestidos baratos y bonitos en las rebajas. La nieve de las montañas es un señor silbando alegre debajo de un puente. Y yo no sé muy bien qué digo. Hoy se me ha olvidado ponerme la camiseta térmica, los calcetines gordos y, sobre todo, el gorro ruso y creo que solo muevo los dedos sobre el teclado para entrar en calor, ustedes me disculparán.

TRES CÓMICS

Feb 9, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 09/02/19

 

 Resultado de imagen de atado y bien atado comicAtado y bien atado. La transición golpe a golpe. (1968-1981)
De aquellos polvos estos lodos. En una de las primeras viñetas de este cómic, en el que Rubén Uceda gira el retrovisor hacia los ángulos muertos de los años que sucedieron al fin de la dictadura franquista, nos encontramos con Juan Carlos I, el rey emérito, jurando muy campechanamente lealtad a los principios del Movimiento Nacional. Una imagen que suelen hurtar palanganeros y porteadores reales metidos a periodistas en los libros y reportajes con los que ensalzan la transición como un proceso modélico y a los reyes, a Juan Carlos I y Felipe después, como pendones de la democracia (no hay desde luego nada tan democrático como una monarquía hereditaria).

Atado y bien atado, publicado por la editorial Akal, disecciona los episodios más oscuros de ese período que algunos conocen como la transición y otros como la transacción, y así a lo largo de sus páginas se repasan desde los sanfermines del 78 o la matanza del 3 de marzo en Gasteiz, pasando por las huelgas obreras, los asesinatos de los abogados de Atocha, el golpe del 23 F —en el que vemos reaparecer y muy al corriente de todo al rey emérito— o casos de tortura y violencia policial y parapolicial, hasta las comunas, Marinaleda, los primeros festivales contraculturales…

En otra de las viñetas de este esclarecedor cómic vemos al actual jefe de Estado y de las Fuerzas Armadas, Felipe VI,  llamando abuelito a Franco

 

Resultado de imagen de ESCLAVOS DEL TRABAJO

Esclavos del trabajo.
Si la transición no fue tan modélica como algunos demócratas de toda la vida pretenden (pongamos por caso a Alfonso Guerra, que recientemente ha defendido la eficacia de las dictaduras), tampoco resultan serlo algunos países considerados paraísos del bienestar social, como Suecia, donde transcurre Esclavos del trabajo, de la polaca Daria Bogdanska, publicado por Astiberri.

Bogdanska viaja hasta Malmö para hacer un curso de cómic y mientras permanece en esta ciudad sueca tiene que ganarse la vida con diferentes trabajos, como camarera en restaurantes indios o haciendo conteos de bicicletas en la calle, siempre en condiciones precarias, sin contrato, sin papeles…, al tiempo que va conociendo las circunstancias similares en que viven otros compañeros suyos. Trata de denunciarlo, primero afiliándose a un sindicato, y después con este su primer y prometedor cómic, que nos muestra la cara oculta del paraíso.

 

 

Los enciclopedistas

Los enciclopedistas.
También publicado por Astiberri Los enciclopedistas, de José A. Pérez Ledo y Alex Orbe, nos sitúa en la Francia ilustrada y prerrevolucionaria, donde asistimos a un combate entre las fuerzas de la razón y la luz (libertad, igualdad, fraternidad) y las de la caverna y la superstición. Una lucha contada de una manera magistral a través de un thriller en el que se investigan una serie de asesinatos de enciclopedistas a manos de una siniestra organización, los Cruzados, aferrada al antiguo régimen. Un cómic, pues, de rabiosa actualidad, ya que ilustra (nunca mejor dicho) no solo aquella época sino también esta en que vivimos y que es, igualmente, un cambio de paradigma, donde la incertidumbre provoca el auge de movimientos reaccionarios y la vuelta al galope de jinetes mesiánicos y bárbaros y barbados que pisotean con sus cascos conquistas sociales, como los derechos de las mujeres o de los inmigrantes.

Tres cómics, en definitiva, que iluminan las zonas oscuras, los lodazales de nuestras sociedades modélicas y complacientes, esos paraísos que para funcionar necesitan que existan quienes soporten auténticos infiernos.

PURO VICIO

Ene 28, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

Resultado de imagen de sin novedad en el frente

Publicado en Rubio de bote, sección quincenal del magazine ON (diarios de Grupo Noticias, 26/01/19)

 

Lo mío es ya vicio. Hoy, cuando he bajado a tirar la basura, he visto una lista de la compra en mitad de un paso de cebra y después de someter a las bolsas a un proceso de liposucción para que me cupiesen (¡qué extraña forma verbal!) por el agujero del contenedor amarillo, he desandado mis pasos para volver a por el papelito; eso y que cuando he pasado al lado de este me he cruzado con otros peatones y me ha dado lacha pararme a recogerlo.

Suelo hacerlo a menudo. No puedo evitarlo, voy caminando y recojo papelitos, sobre todo si están escritos a mano o doblados en varias partes, como frágiles cofres del tesoro a los que la lluvia deshace en pasta de papel. Lo más habitual suelen ser listas de la compra. En la de hoy había anotadas cinco o seis cosas (la que más me ha llamado la atención ha sido “Bollo para desayunar”) en la parte trasera de un folio con el membrete de una oficina de empleo. También había unos ejercicios de inglés.

A partir de una lista de la compra uno puede imaginar la vida de la persona que la ha escrito, armar el esqueleto de una novela. En la de hoy, nuestro protagonista es un hombre soltero y solitario (lo he deducido por el uso de ese singular, bollo, si hubiera tenido familia, niños, habría escrito bollos), está en paro, pero intenta progresar, formarse, quizás sopesa la posibilidad de probar suerte en otro país, o quizás se ha enamorado de una compañera del curso de inglés…

Otras veces encuentro apuntes, exámenes, notas que se dejan esas parejas que solo se ven por la noche y pegan sus “te quiero” fríos y desangelados en el panel de un frigorífico…

Y luego están los libros, los libros usados, que esconden entre sus páginas calendarios amarilleados por el paso del tiempo, billetes de avión o autobús para viajes que hace años que finalizaron, a veces incluso alguna carta o una foto descolorida, novelas, en fin, dentro de otras novelas.

Hace tiempo, en una librería de segunda mano, empecé a hojear libros y casi sin darme cuenta cinco o seis se me pegaron a las manos, precisamente porque encontré en su interior algunas hojitas olvidadas por sus antiguos dueños. Como no tenía dinero en ese momento, pedí a la dependienta que me los reservara y salí a un cajero. Cuando volví, ella los tenía ya dentro de una bolsa, así que pagué y me fui a casa, aguantándome las ganas de leer esas notas, como quien reserva el mejor bocado de un plato para el final. Un bocado que se me atragantó, pues una vez en casa cuando abrí la bolsa de los libros… ¡las hojitas habían desaparecido! Supongo que a la dependienta, convertida en una agencia de protección de datos unipersonal y doméstica, le había parecido mejor, más discreto así, y supongo que tenía razón.

Otro día, compré una novela con una dedicatoria en la que alguien juraba amor eterno a la persona a la que se la regalaba. Solo habían pasado seis meses desde la fecha de esa dedicatoria hasta el día que el libro cayó en mis manos.

Y uno de mis tesoros más preciados es el reconocimiento  médico que eximía de realizar el servicio militar a alguien y que hallé entre las páginas de un ejemplar de Sin novedad en el frente. Cada vez que lo veo me imagino a algunos de aquellos jóvenes que hace años se hacían los locos ante los tribunales médicos militares, o se fumaban tres paquetes de Habanos antes de entrar en la consulta, y fantaseo con la idea de que el antiguo propietario de esa novela, un clásico antimilitarista, había sido uno de esos protoinsumisos.  Y, entonces, pienso algo románticamente, que a veces la literatura sí puede cambiar el mundo, o al menos cambiar las vidas de algunas personas, influir en sus decisiones. Pero tampoco me hagan mucho caso: lo mío con la lectura solo es vicio. Puro vicio.

 

 

 

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