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RESACA

may 17, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Resultado de imagen de RESACA HANKOVER

Esta es una historia real. Me sucedió en una época de mi vida en que había un montón de gente empeñada en que me alargara el pene, me casara con una chica rusa o heredara la fortuna de una desconsolada viuda nigeriana. También tenía roto el antivirus.

El caso es que algunos meses antes había coordinado junto a mi amigo, el escritor Vicente Muñoz Alvarez, una antología de cuentos y poemas sobre Charles Bukowski que llevaba por título Resaca / Hankover.  La portada del libro era obra de Miguel Ángel Martín y en ella aparece una chica tumbada en un sofá, rodeada de latas de cerveza vacías, en calzoncillos, desgreñada y con claros síntomas de que por la cabeza se le está pasando una de las frases que más veces se han incumplido  a lo largo de la historia de la humanidad: “No pienso volver a beber nunca más”.

A pesar de que el libro tuvo dos ediciones,  cierta repercusión y buen ojo —entre los participantes había autores como Manuel Vilas o Agustín Fernández Mallo, antes de que escribieran Los inmortales o Nocilla Dream—, como sucede con la mayoría de los libros, no tardó en desaparecer  de la circulación, sepultado por pilas de best-sellers, trilogías y novelas escritas por presentadores de televisión y cocineros.

Sin embargo, pocos meses después, en uno de aquellos spam que recibía regularmente en mi correo electrónico volví a toparme con la ilustración de la portada. En esta ocasión no se trataba de un email de un banco del que nunca había sido cliente pidiéndome que confirmara los datos de mi cuenta, ni de un mensaje en cadena que debía mandar a diez personas si no quería que me pasara algo horrible, sino de publicidad de unas pastillas contra la resaca (de ahí la elección de la imagen). Por supuesto, en el mensaje no se mencionaba en ningún momento la autoría de la ilustración ni que era la portada de nuestro libro.

Nosotros decidimos tomárnoslo con buen humor y escribir a la empresa que distribuía aquellas pastillas, comunicándoles que no emprenderíamos acciones legales contra ellos si citaban los créditos del dibujo y, sobre todo, si nos enviaban algunas cajas de pastillas para repartir entre los participantes de la antología, dado que éramos todos bastante borrachuzos. Las pastillas, además, según rezaba la publicidad, eran la pera, se llamaban RU-21, y las utilizaba la KGB para que los espías se mantuvieran sobrios mientras invitaban a vodka a las personas de las que querían obtener información.

Sorprendentemente, la empresa accedió a nuestra petición, y aún tuvieron el valor de pedirnos permiso para incluir en su catálogo nuestro libro. Y todos tan contentos.

Yo, por mi parte me conformé con el tamaño de mi picha, actualicé el antivirus y mi vida dejó de ser intensa y divertida (a veces contestaba a los spam, por ejemplo, enviaba la foto de algún imputado del Partido Popular y le ponía “curriculum” al nombre del archivo, cuando me escribían para decirme que me daban un trabajo en el que en dos semanas iba a ganar montañas de dinero sin dar ni golpe). En cuanto a las pastillas, todavía las guardo, intactas. Nunca he hecho uso de ellas, no porque no haya habido motivos, sino porque nunca he tenido cuerpo de espía ruso, que como todo el mundo sabe nunca se emborrachan pero cagan de color verde.

Publicado en Rubio de bote (6/5/2017)

500 gotas en el grifo del tiempo

abr 24, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

 

Publicado en el número 500 de ON, magazine semanal de los diarios de Grupo Noticias (22/5/2017)

Hoy este semanario cumple quinientos números, una cifra importante tratándose de una revista de papel. Del mismo modo que la televisión mató a la estrella de la radio, internet desliza sus dedos de éter sobre la prensa escrita borrando poco a poco la tinta de las cabeceras de los periódicos.

O eso dicen.

A menudo me asalta una idea para un relato futurista o apocalíptico.  Me imagino una vieja librería o una biblioteca abandonadas y, entre sus ruinas, a un ermitaño, que,  alejado del mundanal ruido de las redes sociales y las nuevas tecnologías,  sobrevive  entre pilas de libros y discos. El hombre es una especie de yogui, que puede alimentarse solo de ellos, de los campos de fresas que encuentra entre sus surcos o de los dinosaurios que velan su sueño tumbados sobre dos líneas entre las páginas de un cuento. En el exterior, de todas maneras, el resto de humanos tampoco come cosas mucho más saludables que celulosa o vinilo. Por ejemplo, ya no quedan vacas sobre la faz de la tierra, porque se las han llevado todas a una megagranja en Soria y les han puesto wifi en las tetas.

Vale, no sé si es un relato con muchas posibilidades.

Lo que yo quiero decir es que a veces me siento como un ser de otra época (una época en el que, por ejemplo, se escuchaban los discos enteros, los chavales no querían ser youtubers sino formar grupos de rock o en la que las personas se avergonzaban de su ignorancia en vez de exhibirla orgullosas).  Sentirse parte de un mundo que desaparece en realidad no tiene nada de particular, es ley de vida: nuestros abuelos vieron cómo sus pueblos se sumergían en pantanos que nos liberarían de la pertinaz sequía y a nuestros nietos les contaremos qué inmenso placer era sentarse un domingo soleado por la mañana en una terraza a tomarse un marianito  mientras leías el periódico. Todos, en fin,  nos tendremos que tragar nuestros propios recuerdos diluidos por el cloro en el grifo del tiempo.

Lo que me inquieta es saber si siempre el ser humano ha sentido la misma duda  aterradora que a mí me asalta ahora; si a lo largo de toda su historia se ha preguntado si tal vez el mundo que deja a quienes ha dado la luz será más oscuro.  Para alguien que como yo, a pesar de todo (a pesar, por ejemplo, de la entrevista de Bertín Osborne a José María Aznar), cree en el progreso de la civilización, la respuesta es que no, que la especie humana por naturaleza mejora en cada generación y, aunque de manera tal vez desesperadamente lenta, hace del planeta que vive un lugar más habitable y más justo. Visiones catastrofistas las ha habido en cada nueva era, con cada gran invento que ha cambiado el curso de la historia, como el fuego, la imprenta o los preservativos, es cierto, como lo es que al final no ha sido para tanto. La televisión, por ejemplo, es solo una presunta asesina, pues para muchos de nosotros el medio de comunicación y entretenimiento al que más recurrimos, aunque sea solo como un ruido de fondo, es la radio, cuya estrella sigue brillando con fuerza. Pero también es cierto que en esos cambios de era nos hemos dejado a menudo muchos pelos en la gatera. La industrialización y el despoblamiento rural, por ejemplo, rompieron una relación de equilibrio y respeto con la naturaleza. Y en este tránsito de una cultura y un conocimiento adquiridos sólidamente por la vía escrita  a la modernidad líquida de la que hablaba Bauman, dominada por la imagen, la supervivencia de la prensa de papel, como este semanario que hoy cumple 500 números (¡zorionak!), creo que contribuye a un tipo de lectura que preserva determinados valores —reflexión, memoria, concentración…— que quizás eviten que en ese cambio de estados lleguemos alguna vez al gaseoso, en el que nos comuniquemos solo a través de eructos.

 

VERSOS SUELTOS

feb 26, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Cuento publicado en “Rubio de bote”, ON, magazine de diarios Grupo Noticias (25/02/2017)

Solía coincidir con mi vecino en el autobús todas las mañanas y unos días llevaba peluca y otros no. Él, quiero decir, yo tengo un pelazo impresionante, pero también es cierto que en aquella época algunos días me ponía unos pantalones de lo más recatados y otros iba con minifalda. Nos saludábamos formalmente, por pura cortesía y con cierto alivio, porque allí ni siquiera teníamos que hablar del tiempo, como en el ascensor, bastaba con un leve cabeceo y un yepa desganado, y luego cada uno a lo suyo, yo a leer mi novela y él a buscar sitio en los asientos de atrás.

A mí me gusta leer, pero llevar un libro siempre conmigo también era una señal de aviso al resto de los pasajeros: “Dejadme en paz, podéis sentaros a mi lado pero no voy a hablar con vosotros”. Es como —hablando de ascensores— esa canción de Cabezafuego que dice: “No me hables en el ascensor, ¿no ves que me escondo tras gafas de sol?”.

Lo del libro, de todos modos, ya no sirve, la gente se siente igual de sola pero ya no necesita charlar con desconocidos, tienen sus móviles y con ellos pueden llamar a otras personas solas que viajan en otros autobuses en otras partes de la ciudad o de otras ciudades. Así que hay que tragarse igualmente sus estúpidas conversaciones y dejar de leer. Antes, al menos, cuando me desconcentraba o el libro no conseguía engancharme, me entretenía imaginando las vidas de todas aquellas personas con las que compartía cada día media hora de la mía, pero de las que no sabía absolutamente nada. Y sus vidas, desde luego, eran mucho más emocionantes que las que cuentan ahora por el móvil a sus madres o amigos.

Por suerte, me quedaba mi vecino. “Igual trabaja en dos sitios en días alternos y en uno de ellos a sus jefes no les gustan los calvos”, me hacía mis películas al verlo subir.

Una mañana en la que el autobús iba más llenó de lo habitual,  mi vecino tuvo que sentarse a mi lado.  Y así, a lo tonto, comenzamos a hablar. Al día siguiente, volvió a pasar lo mismo. Y al otro. No recuerdo muy bien de qué hablábamos, me daba lo mismo. Creo en realidad que solo lo hacíamos para que quedara claro que éramos los dos versos sueltos de aquel autobús. Lo que sí recuerdo es por qué dejamos de hablar. Un día, él me trajo una cinta de casete grabada y me dijo que tocaba el clarinete. Quería que la oyera. Maldito el momento en que lo hice. Tuve que poner la cinta en el coche, porque en casa no me quedaba ningún reproductor. Al principio pensé que se había averiado algo o que había algún gato atrapado en el motor. Luego me di cuenta de que no, de que era la música. Después pensé que tal vez se trataba de jazz de vanguardia o experimental. Y, por fin, comprendí que simplemente mi vecino desafinaba horrorosamente.

Durante toda la semana siguiente cogí el autobús anterior al mío. Cuando mi vecino me preguntara qué me había parecido la música no me veía capaz de mentirle. Temía además que se me saltara la risa al recordar todos aquellos maullidos de su clarinete. Tampoco sabía cómo devolverle la cinta. Finalmente, la dejé en su buzón. La siguiente vez que coincidimos en el autobús, mi vecino pasó a mi lado, nos saludamos con un leve cabeceo y un yepa desganado, y él se sentó al fondo. Al día siguiente volvió a pasar lo mismo. Y al otro.

Mi vecino, por lo demás,  continuó poniéndose peluca unos días sí y otros no. Pero para mí ya no tenía ningún misterio, ningún morbo. Él, por su parte, supongo que seguirá preguntándose a dónde iba en minifalda algunos días un señor con bigote y con este pelazo tan impresionante que Dios me ha dado.

Publicado en “Rubio de bote”, ON, magazine de diarios Grupo Noticias (25/02/2017)

UNA SEMANA CON GAINSBOURG

feb 12, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Sábado, 4 de febrero: Este mañana al levantarme, Gainsbourg, mi conejo enano belier, de repente se ha puesto a hablar y me ha pedido que le ponga en el bebedero un chupito de licor de hierbas y que baje al estanco a por Gitanes. Yo le he hecho caso, y después él se ha pegado todo el día fumando y cantando el Gernikako arbola por soleares y al acostarme me ha dicho que me quiero mucho pero en francés, Je t’ aime, y con una voz de carretero que me ha dado un poco de grima.

Domingo, 5 de febrero. Me he pasado toda la noche dándole vueltas a lo del conejo. Es la primera vez que me habla, pero eso no me ha extrañado mucho. Después de todo, el presidente del gobierno es ahora el hombre del tiempo, las compañías eléctricas las dirigen exdirectores de la Guardia Civil, Belén Esteban vende más libros que Vargas Llosa y Vargas Llosa sale en las revistas de cotilleos más que Belén Esteban, así que ¿por qué un conejo no va a ser políglota? No, lo que me ha parecido raro es que Gainsbourg me echara los tejos. Yo creo que es que me ha confundido con otro conejo, porque para no poner la calefacción ni tener que vender el riñón que me queda (el otro lo utilicé para la factura de la luz) por casa llevo puesta una bata gorda de felpa gris.

Martes, 7 de febrero. Hoy Gainsbourg me ha dicho que quiere ser youtuber. Me ha dado un disgusto terrible. A mí me gustaría que fuera poeta, o rockero y que Marino Goñi le grabara un disco. “Además, ¿qué te crees que no lo he intentado yo, que no te he grabado ya y lo he subido al Facebook? Pues nada, tres tristes megustas”, he intentado desilusionarlo. Pero él erre que erre, así que al final le he dejado el móvil y se ha ido a la calle a llamar caranchoa a los que pasaban.

Miércoles, 8 de febrero. Gainsbourg la ha liado parda. Ayer, después de salir de casa, entró en la tienda de chuches, se compró una bolsa de conguitos, se la zampó entera,  se cagó dentro de ella y después fue invitando a todos los niños con los que se encontraba. Todo eso, por supuesto, lo grabó y lo subió a youtube. Hoy tenía cuatro millones de visitas y ahora aquí estamos los dos, sentados junto a la puerta de casa bebiendo chupitos de licor de hierbas y esperando a que venga la policía.

Jueves, 9 de febrero: Han llegado de madrugada, han echado la puerta abajo y se han llevado a a Gainsbourg esposado.  Gainsbourg estaba borracho y se ha ido cantando “Bugs Bonnie & Clyde”, tan feliz, pero yo me he quedado muy preocupado, porque no se lo llevaban por lo del video sino por un delito de odio y apología del terrorismo. He corrido a revisar sus tuits y no he encontrado ningún chiste sobre Carrero Blanco ni nada. No sé qué ha podido hacer o decir, el caso es que ahora está en Madrid, en la Audiencia Nacional.

Sábado, 11 de febrero. Por fin me han dejado ver a mi conejito. Pobrecito, estaba todo despeluchado y con los ojos llenos de legañas.  Le he preguntado de qué le acusan y me ha dicho que de desearle la muerte a Donald Trump y a Franco. “¡Pero si Franco ya está muerto!”, he dicho yo, y él ha contestado: “Eso es lo que tú te piensas”. Luego le he preguntado a ver dónde ha puesto eso y él me ha dicho que no lo ha puesto en ningún lado, que solo lo ha deseado, y yo que a ver entonces cómo se han enterado y él que hay métodos muy efectivos. Me he quedado muy triste. A Gainsbourg se le veía deprimido y desmejorado. Mañana lo trasladan a Alcalá Meco. Podré venir a visitarle la semana que viene. “Tráeme Gitanes”, me ha pedido al despedirnos

Patxi Irurzun
Publicado en Rubio de bote, magazine  ON (diarios de Grupo Noticias, 10/02/2017)

HOMBRES

ene 30, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Resultado de imagen para paraguas abandonadosPublicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en ON (magazine de diarios de Grupo Noticias) (27/01/2017)

Llovía bíblicamente, en la calle no se veía un alma y había paraguas abandonados a cada paso, como si toda la humanidad hubiese salido corriendo precipitadamente a embarcarse en una moderna arca de Noé y yo me hubiese convertido en el único náufrago del planeta.

El primero de ellos, el primer paraguas que vi,  fue uno de niño. Un pequeño paraguas de plástico transparente, con barquitos estampados y timones de madera carcomidos por una gusanera de temblorosas gotas de agua. Estaba boca abajo, con la punta metálica enganchada en la rejilla de una alcantarilla. El viento era un lanzador de cuchillos y aquel paraguas parecía repeler todas sus embestidas, con su esqueleto palpitante y devolviendo al aire un aullido entrecortado, como el sonido de la hélice de un helicóptero de salvamento.

Era una imagen inquietante. Miré a mi alrededor, esperando encontrar a alguien, al dueño de ese paraguas, quizás un niño, o una niña a la que el viento había hecho caer. Pero no vi a nadie. Continué caminando, recostado casi sobre el vendaval, hasta llegar al puente. El río bajaba torrencial, furioso, escupiendo espuma y palos, con un agua marrón oscura, que por un momento me pareció sangre. Unas horas antes un hombre había arrojado al agua el cadáver de su compañera. El día anterior, otro había acuchillado a su propia hija, una niña de dos años… Todos los días había hombres que golpeaban a mujeres, las violaban, las asesinaban…  Y yo era un hombre. Me pregunté en qué me convertía eso. Si la violencia formaba parte de mi naturaleza. Siempre me había rebelado ante esa idea. Yo no tenía nada ver con esos hombres. Todos los hombres no éramos así. Pero mi forma de rebelarme había sido callar, creer que yo no debía avergonzarme por lo que otros hombres hacían.  Ahora me daba cuenta de que quizás estaba equivocado. Miré fijamente la corriente. Vi remolinos de agua desde los que trepaban hasta mi oído voces, chistes de los que me había reído aunque no me hicieran ninguna gracia, frases recubiertas de fango: “Mujer tenías que ser”, “Cuántas pollas habrá comido esa para llegar hasta ahí”…; y vi también burbujas que reventaban sobre la superficie de aquel agua ensangrentada, como pequeños y masculinos estallidos de ira, y ramas que cegaban en el ojo del puente, del mismo modo que los celos, la inseguridad, la falta de autoestima y de madurez cegaban a algunos hombres…

Volví sobre mis pasos. Continuaba lloviendo a mares y el viento era el soplido de una diosa enfurecida. El paraguas con la imagen de barcos y timones carcomidos por el agua  seguía boca arriba, aprisionado por la reja de la alcantarilla. Pronto observé que no era el único paraguas abandonado. Había paraguas por todas partes: encalados en las copas de los árboles, desarbolados en los charcos, olvidados en las papeleras… Y de repente, me di cuenta. ¡La mayoría de ellos eran paraguas de mujer! Como si solo a ellas les hubiera sido permitido subir a aquella moderna arca de Noé y salvarse de este diluvio de sangre, de este genocidio diario y doméstico, dejando atrás un mundo oscuro, tenebroso, habitado solo por hombres en silencio.

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