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DIARIO DE UN INVENTOR

dic 31, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, sección quincenal del semanario ON (Grupo Noticias)

 

28 de diciembre: Hoy he salido a probar el inhibidor de villancicos. He ido al Ultramarket, porque mi invento en principio está concebido como una herramienta de trabajo, que proteja a los dependientes de los centros comerciales del bucle insoportable de canciones navideñas que deben soportar durante estas fechas. Con el inhibidor los villancicos los escucharían solo los clientes (quien dice villancicos dice el txunda-txunda del resto del año). Funciona medio bien (la versión de El tamborilero de Raphael se ha colado porque el aparato la detecta como música indie), pero debo solucionar algunos flecos que resuelvan mis dilemas éticos, como que el inhibidor pueda ser utilizado fuera de este ámbito profesional y pueble el mundo de seres intolerantes e ignorantes que desprecian los gustos de los demás. Los inventores estamos sometidos a esos peligros, al uso inmoral de algunos de nuestros inventos, como le sucedió a Einstein con la bomba atómica. Claro que a veces yo mismo también le doy vueltas a esa idea de inventar una bomba. Una bomba que mate solo a gilipollas.

29 de diciembre: La idea de la bomba no es mía, la escuché en una canción de UGE y empecé, por deformación profesional, a pensar en ella. Ser inventor no es algo para mentes superdotadas, solo hay que tener un poco de predisposición y ser algo obsesivo. Fijarse en los pequeños detalles de la vida, en los inconvenientes que esta nos plantea a cada paso y rumiar sus soluciones. Hoy, por ejemplo, he visto uno de esos olentzeros que se cuelgan de los balcones con una guirnalda de luces intermitentes en la espalda. No tiene sentido. Olentzero, en teoría, tiene que entrar en las casas sin que nadie lo vea. Así que he empezado a pensar en algún dispositivo que mantenga la fantasía de los niños, por ejemplo, que llame su atención con esas luces en un primer vistazo, pero que en la siguiente intermitencia haga desaparecer a sus ojos la figura del carbonero.

Es una tontería, pero a veces pienso en esas cosas, solo por entrenar. Como lo de la bomba  antigilipollas. Creo que podría hacerse, pero nunca patentaría algo así. Lo que sí estoy meditando seriamente es revisar mi luz trasera para el coche con el aviso “Distancia de seguridad”, para advertir a los conductores que se te pegan en carretera. He observado que, lejos de disuadirlos, esa luz aviva sus instintos asesinos, así que creo que debería cambiarse la luz por una bazooka que se active automáticamente, en defensa propia, cuando se acerquen a menos de tres metros.

31 de diciembre: Hoy suele ser uno de esos días que se echa la vista atrás, se hace balance del año, pero yo me he ido más lejos, y me he dado cuenta de que llevo toda la vida con esto de los inventos. Han sido muchos años de esfuerzo y dedicación, y a veces pienso ¿para qué?  Es curioso, porque quizás los inventos de los que más orgulloso estoy son aquellos que no he conseguido sacar adelante o no eran pragmáticos, en el sentido en que no lo es, por ejemplo, la poesía, como el matamoscas con un agujero en el centro, para darle una oportunidad a la mosca, o las sandalias con capota para los días de lluvia (los dos los tuve que regalar finalmente a un escritor, un tal Patxi Irurzun, para una de sus novelas titulada Pan duro). Otras veces, sin embargo, cuando alguien me da las gracias por uno de mis inventos, siento que ha merecido la pena. Me ha pasado hoy, cuando he regresado a probar el inhibidor de villancicos al Ultramarket y un dependiente al testarlo ha comenzado a llorar como un niño. “¡Gracias! Estaba a punto de volverme loco”, me ha dicho, y luego, de hecho, ha empezado a desvariar: “¿Por qué se peina la virgen a escondidas? ¿Los peces beben agua?  ¿Tanta agua?”, gritaba, tirándose de los pelos. Luego, cuando se le ha pasado la crisis, me ha abrazado. Y finalmente me ha deseado feliz año. Lo mismo digo. Feliz año. Feliz año a todo el mundo. Menos a los gilipollas que no guardan la distancia de seguridad.

PALABRAS

dic 18, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Rubio de bote. Colaboración quincenal en magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) / 16/12/2017

 

Cada vez que pronunciamos una palabra sale un animal palpitante de nuestra boca. Las palabras tienen vida, memoria, crecen, envejecen, mueren, resucitan, se ponen y pasan de moda, se contagian, enferman, quedan viejunas… ¿Es viejuna ya la palabra viejuna? ¿Quién recuerda ya lo qué es un taquillón? ¿Qué ámbito geográfico tienen términos como pantaloneta o txirrinta? ¿Por qué decir muffin cuando con la esponjosa magdalena se te llena toda la boca? ¿ “Alabuyé” o “anganga” son palabras, animales domésticos que solo se pasean por mi casa a la hora de comer? ¿Alguien recuerda si alguna vez Mortadelo y Filemón utilizaron “mono-cactus” como insulto o es un recuerdo inventado? ¿Hay alguna palabra para denominar a los recuerdos inventados? ¿Qué demontre son engendros como poner en valor o monitorizar? ¿Alguien menor de sesenta años utiliza la palabra demontre?…

Y así podríamos seguir, ad infinitum.

Son dudas que llevan corroyéndome desde hace unos días, cuando en un grupo de wathsapp (por cierto, ¿qué esperanza de vida tienen términos como whatsapp o tuitear, a los que sin duda no tardarán en barrer y borrar de nuestro vocabulario las nuevas- nuevas tecnologías?); decía —disculpen la interrupción, las palabras a veces también se amontonan, se interrumpen unas a otras, crean bucles… ¡lo ven!—; en fin, al grano:  decía que decía que estas dudas filológicas llevan corroyéndome desde hace unos días, cuando en un grupo de whatssap utilicé la palabra carroza y alguien me hizo ver que, como sucede con viejuno,  también era de carrozas decir carroza.

Herido el adolescente que todavía habita al fondo de mi cuerpo ya casi cincuentagenario realicé dos encuestas, una entre mis hijos, que, por una parte, me confirmó que soy un hombre con un vocabulario desactualizado (o un viejales, que es como al parecer se dice ahora carroza), pero, por otra, me hizo ver la relatividad de tal afirmación, pues aguzando el oído les oía repetir coletillas como jambo, chacho o primo que estaban ya pasadas de moda cuando yo tenía su edad.

La segunda encuesta la hice a través de las redes sociales y diversos informantes me hicieron saber que, para gran dolor de mi muchachil corazón, también habían caído en desuso otras como “dabuten” o “¿Qué pasa, tron?, a las que yo todavía otorgaba preponderancia en la jerga juvenil.

Qué le vamos a hacer, jambos, tal vez de aquí a unos años estas moribundas criaturas vuelvan a convertirse en animales majestuosos que pueblen los argots de las faunas modernas. ¿Volverá a parecerles demasié algo a los jóvenes? ¿Saldrán de naja, se comerán el tarro, fliparán en colores? Y, por otra parte, ¿me dan repelús solo a mí locuciones como “No, lo siguiente” o el pomposo “Tengo para mí” que escriben algunos columnistas en los periódicos? ¿Todas las catástrofes —hablando de periodismo— son por decreto dantescas y todos los artistas que se mueren legendarios y míticos y todos sus discos las bandas sonoras de nuestras vidas? ¿Cuándo se llenó el mundo de monstruos y de cracks? ¿Qué diferencia hay entre un crack y un pro? ¿Utilizar ciruelo para referirse al miembro viril da gracia o resulta zafio? Y, sobre todo, si colocas el taquillón en otra parte de la casa que no sea la entrada ¿deja de ser taquillón? ¿Y entonces cómo se llama?…

 

 

 

LA POLICÍA DEL PENSAMIENTO

dic 3, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Artículo publicado en magazine semanal ON (diarios Grupo Noticias) / Rubio de bote/ 2/12/17

Desde hace unos días parezco una lagartija: cada vez que salgo o entro de casa o del trabajo voy andando pegado a la pared y asomándome en la bocacalle para ver si ha venido ya la guardia civil a llevarme.

Y todo por un tuit.

Fue hace unos días, cuando falleció el fiscal general del Estado, Maza, al que sustituyó provisionalmente el fiscal Navajas. No me dirán que no inquieta un poco. Si no fuera porque el ministro de Justicia se llama Catalá, se diría que a la hora de adjudicar algunos cargos el apellido es determinante. Eso, o algo parecido, fue lo que escribí en twiter. Después, cuando escuché en las noticias que la policía iba a investigar todos los tuits sobre la muerte de Maza que pudieran constituir un delito, releí el mío una y mil veces. “No, no puede ser, aquí no hay ninguna intención ofensiva, es solo una ironía, un chiste, y ni siquiera me parece de mal gusto. Creo que hasta podría contarse en el funeral del fiscal sin que ninguno de sus familiares o allegados se molestara”, me decía para mí, pero a la vez me daba cuenta de que también era lo que iba preparando para, llegado el caso, declarar ante el juez (al tiempo que pensaba en otros detalles logísticos: ¿cómo consigue uno un abogado, quién lo paga, los retretes de la cárcel tienen puerta?…).

Hace algunos meses Kutxi Romero, el cantante de Marea, me decía en una entrevista: “El día que pongan la policía mental para detenerte por lo que piensas, que va a ser mañana, a mí va a ser al primero que se lleven. Bueno, ya te detienen por lo que piensas, pero tienes que decirlo”. Y yo entonces creía que exageraba, pero lo cierto es que hoy ya es mañana, ya está instaurada la policía del pensamiento, ya no es solo un augurio en 1984, la novela de Georges Orwell. Es decir, la guardia civil probablemente no venga a buscarme a casa o al trabajo, porque ya la tengo metida en la cabeza, decidiendo qué es lo que puedo escribir o lo que no, con qué debo de tener cuidado, qué podría considerarse, llegado el caso, un delito de odio, de ultraje, de enaltecimiento o de sedición (la lista es cada vez más larga).

Hace unos años, por ejemplo,  a uno no se le pasaba por la cabeza la idea de que expresar lo que cada cual siente cuando una persona muere pudiera convertirte en un delincuente. ¿De verdad se puede juzgar penalmente, más allá del mal o el buen gusto o del nivel ético, que alguien se alegre o desee la muerte de otra persona? Hoy parece ser que sí y quizás mañana la policía del pensamiento obligará a loar a determinados muertos, da igual que hayan sido corruptos, fascistas redomados o fans de Enrique Iglesias.

O sea, que vamos para atrás. Hace unos años yo escribía cosas por las que hoy me fusilarían al amanecer. Aunque quizás solo se tratará de que entonces no tenía miedo ni a la policía del pensamiento apuntándome desde dentro de mi cabeza. De hecho, en una ocasión una emisora de radio estuvo a punto de denunciarme por un cuento, que leyó un colaborador en antena, en la que el protagonista —un atracador de bancos— profería un “¡Vaya pedazo de cabrón!” tras oír una noticia en la que se decía que Su Majestad el Rey había abatido un macho cabrío de más de cien kilos de peso. En realidad, yo me enteré años después, cuando ese colaborador me lo contó (y también que lo habían despedido a cuenta de ese cuento, a pesar de lo que no me guardaba rencor), de modo que esa vez me ahorré muchas horas pensando argumentos para defenderme ante el juez, del tipo: “Señoría, se trata todo de un problema de comprensión lectora”, “En todo caso, a quién usted debería juzgar es al atracador de bancos, no a mí”, etcétera.

Me pregunto si hoy volvería a escribir aquel cuento. Y también si lo que me  convertiría realmente en una lagartija sería escribirlo o no hacerlo.

 

 

 

 

CIEN RUBIOS DE BOTE

nov 19, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Esta mañana, cuando volvía a casa después dejar a la niña en el cole, otro padre me ha adelantado por la derecha con una maniobra que casi me hace chocar contra un árbol y después de reprochárselo con un diplomático “¡A ver si miras por dónde vas”!, porque a mí lo que me pedía el cuerpo era un buen ¡microrrelatista!, nos hemos enzarzado en un encendido debate, en el que entre otras lindezas, él me ha afeado mi querencia por el realismo sucio, todo ello mientras los dos seguíamos conduciendo nuestros respectivos patinetes.

En nuestro barrio es auténtica devoción la que hay —aparte de por el género literario del cuento— por los patinetes. Cada mañana cientos de niñas y niños se dirigen a la escuela subidos en sus scooters y después son los padres y madres  quienes regresan a casa en ellos, dejando que el viento les desmadeje el pelo y el aire fresco de la mañana rejuvenezca sus rostros y los bordillos de las aceras rompan sus caderas.

La discusión me ha puesto tan nervioso que hasta me han entrado ganas de fumar, después de más de veinte años de abstinencia, así que antes de entrar a la panadería a comprar una chapata y el periódico, con el que regalaban una antología de cuentistas crudiveganos uzbekos, le he pedido un piti a un tipo que había en la terraza.

—¿Tienes un cigarrico? —le he dicho.

Y, aunque sobre la mesa, junto a El rockanroll es un martillo (el último disco-libro de La banda del abuelo, que incluye seis relatos de Josu Arteaga), había un flamante paquete de tabaco rubio, él me ha contestado tajante:

—No.

Y además me ha escupido un aro de humo a la cara.

Se han perdido las buenas costumbres. Hace veinte años existía una especie de solidaridad entre fumadores. Uno podía ir por la calle y, si se le había acabado el tabaco, le pedía un cigarro a un compadre fumanchú y este se lo daba amablemente, porque al día siguiente le podía suceder lo mismo a él y si se cruzaba contigo eras tú quien le invitabas a fumar (todo eso dentro de unas normas no escritas, por ejemplo, si veías que a quien le pedías un cigarro solo le quedaban dos o tres decías “Ah, no, no, entonces no”, y parecía además que eras tú quien le hacías el favor). También se compartían las pavas de los cigarrillos. Se fumaba, en definitiva, en auzolan y nadie se quedaba sin fumar.  Fumaban incluso los que no fumaban, porque se fumaba en los bares, en los autobuses, en el médico…

A pesar de todo, he comprendido que el tipo de la puerta en realidad me estaba haciendo un favor, puesto que con su desplante se me han quitado las ganas de nicotinarme.  He entrado entonces a por el pan y el disco-libro, pero justo entonces ha llegado un abuelo, con un cochecito de niños, al que amablemente he sostenido la puerta y le he dejado pasar. Craso error. El señor no solo no me ha dado las gracias, sino que una vez dentro de la panadería se ha colocado en la fila delante de mí, dándome la espalda. Podía haber caído antes en la cuenta de qué clase de persona era si me hubiera fijado que bajo el brazo llevaba un libro de Alfonso Ussía.

Luego he entrado en el portal, me he encontrado en el ascensor con el cartero, que era clavadito a Buskowski, y con un vecino que es un fanático de Edgar Allan Poe y va siempre disfrazado de orangután,  he subido a casa, he encendido el ordenador y he empezado a escribir esta columna, con la que  cumplo cien colaboraciones, cien rubios de bote, y en la que pretendía escribir algo especial para la ocasión, algo original, pero no ha podido ser, porque a mí nunca me pasa nada extraordinario, ya me disculparán ustedes.

 

 

EL HOMBRE INVISIBLE

nov 6, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Colaboración para “Rubio de bote”, en magazine ON (diarios de Grupo Noticias). 4/11/17

 

Yo soy invisible desde que era muy pequeño, pero tardé años en descubrir mis superpoderes. Entonces, siendo un niño, no me daba cuenta. Es más, como todos los niños del mundo soñaba con que me fuera concedido el don. Me imaginaba a mí mismo colándome en las tiendas de chuches, en los vestuarios de las chicas, en el despacho donde el profesor de matemáticas preparaba los exámenes…

No me daba cuenta de que YA era invisible —o intermitentemente invisible—, a pesar de algunos indicios. Por ejemplo, cuando mi madre me mandaba a comprar el pan y todos los mayores se me colaban. “Uy, ¿estabas ahí, bonito?, no te había visto”, decían, cuando después de armarme de valor reclamaba mi turno. O en el colegio, cuando elegían a pies los equipos de fútbol y yo me quedaba siempre el último. Más tarde, cuando me cansé de eso y me pasé al baloncesto junto con otros niños invisibles, los demás seguían sin vernos, y teníamos que jugar nuestros partidos esquivando los balonazos de los futbolistas, que disputaban los suyos invadiendo nuestra pista sin ningún complejo.

Más tarde, llegó la adolescencia, y yo pensaba que las chicas no me veían solo porque era un chico tímido, con aparato, gafas y la nariz torcida. Y los chicos porque no me gustaba el fútbol, ni los coches, ni el patxarán… Sin embargo, a veces  tenía la curiosa y equivocada impresión de que me sucedía justo lo contrario, que todos me miraban, me señalaban, se reían de mí. Incluso comencé a caminar de otra manera, como si sus miradas me obligaran a encogerme. Luego descubriría que ese era uno de los primeros síntomas de la invisibilidad, uno va retrayendo su cuerpo hasta que consigue ocultarlo a los demás por completo.

Aunque cuando de verdad empecé a sospechar que realmente era invisible fue ya entrada la edad adulta. Fue por pequeños detalles.  Por ejemplo, cuando leía algún libro, en el autobús o en la playa, me daba cuenta de que la gente pasaba a mi lado y me llenaba las páginas de arena o se sentaba junto a mí y empezaba a hablar en voz alta sobre cosas insustanciales como el tiempo o sus dolores de cabeza. Era invisible también en las colas, o cuando iba a manifestaciones de invisibles, que, si uno atendía a las noticias de periódicos y telediarios, nunca se había celebrado.

Por el contrario, cuando se trataba de pagar las letras del banco o del coche, no había invisibilidad que valiera, así que como el resto de los mortales tuve que buscarme un trabajo (por eso y porque por aquella época yo era una persona honrada). Casi siempre eran trabajos “sencillos”. Como camarero, limpiando oficinas, de mensajero… Conocí a todo tipo de gente y escuché todo tipo de conversaciones: entre políticos y jueces, entre jueces y periodistas, entre periodistas y políticos, entre todos ellos y delincuentes de todo tipo, constructores, pirómanos, agentes del CNI… Siempre me impresionaba la manera tan impúdica en que hablaban de sus chanchullos ante mí, como si no estuviera presente, como si fuera solo una parte más del mobiliario. Su falta de escrúpulos me hizo abandonar aquellos trabajos honrados y dedicarme por completo a la invisibilidad, a los pequeños hurtos, el escaqueo… Descubrí alborozado que, al contrario que en las películas, en donde las ropas de los hombres invisibles flotaban en el aire, en la realidad estas desaparecían también contigo. Pero aquello no era vida, yo no era como ellos, yo tenía remordimientos, así que empecé a tirar de la manta, a hablar, por fin, a contar todas las cosas que había oído… Fue entonces cuando descubrí que en realidad no era invisible sino que hasta entonces los otros habían hecho como que no me veían.

 

 

 

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