En el barrio de mi madre, a la puerta del súper, suele haber muchos días pidiendo un hombrico, haga un sol de justicia o un frío castigador. Creo que es uno de los pacientes de un centro psiquiátrico que se encuentra al final de la calle.
Cuando era pequeño yo vivía allí, frente a la tapia del manicomio. Ya por entonces, antes de que tiraran el muro y lo convirtieran en un centro abierto, a algunos internos les permitían salir solos durante unas horas. Los recuerdo con el pelo revuelto y los dedos amarillos, fumando como chimeneas cigarros que encendían cada uno con la pava del anterior. La mayoría eran tranquilos, caminaban arrastrando consigo tormentas que solo tronaban dentro de sus cabezas; también había alguno, como Chichi el amoroso, ingenioso y culto, que aseguraba, unos días, haber sido piloto de aviación y, otros, poeta laureado, y que para que constara en acta, nos amenizaba el viaje en villavesa hasta el centro de la ciudad con sus versos, que declamaba con voz estremecedora: “Manicomio de Villava / cementerio de hombres vivos / donde se doman los bravos / y te olvidan los amigos”; Lola la loca, por el contrario, nos daba miedo. Era una mujerona con el abrigo y las uñas de color rojo sangre y una espalda interminable, sobre la cual, contaba la leyenda urbana, soportaba todo el peso de la muerte de un hijo adolescente, a cuyo asesino buscaba por los patios de colegios e institutos de Pamplona.
Todos provocaban en mí una mezcla de pavor y atracción. Me preguntaba cómo y por qué llegaban a averiarse esas cabezas, qué historias reales se escondían como donpimpones detrás de esos renglones torcidos de Dios. Y supongo que sobrevolaba mi mente la idea de que, en el fondo, a quienes estábamos a este lado del muro solo nos separaban unos metros de ellos y sus abismos.
Al hombrico del súper, de hecho, me lo encontré un día dentro, en la cola para pagar, y la cajera lo llamó por mi nombre -éramos, al parecer, tocayos-. Pero no fue eso lo que más me impresionó sino en qué gastó sus monedas. Yo nunca le había dado nada, creyendo que quizás fuera a emplear el dinero en algo que lo perjudicara, pero para mi sorpresa sobre la cinta dejó tres o cuatro botellas de cocacola y otras tantas pizzas. Lo vi salir de la tienda con una sonrisa fosforescente, cuyo resplandor ilumina todavía hoy mi corazón negro y malpensado, y alejarse levitando como un ángel por la acera, en dirección al centro psiquiátrico. Lo imaginé allí, compartiendo su compra con algunos de sus compañeros, en una fiesta pequeña y privada y que, sin embargo, redimía todos los prejuicios y recelos de quienes creemos habitar el mundo de los rectos y los cuerdos.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero 2026)
Durante
estas últimas semanas en las que, de manera inusual, la literatura
ha generado algunas polémicas en la esfera pública -el beef o
pique entre Uclés y Pérez-Reverte, la concesión del Premio Planeta
a Juan del Val, o del Nadal al propio Uclés- ha pasado, sin embargo,
desapercibida la audaz iniciativa de la editorial sevillana Barrett,
que a lo largo de este año publicará algunos
de los libros de su catálogo
de manera anónima, es decir, sin desvelar a los lectores quién es
el autor o autora de las obras.
El
“Catálogo a ciegas”, así es como lo han llamado, pone por tanto
en el centro la propia obra y la propia lectura y no todos los
condicionantes extraliterarios que demasiado a menudo determinan la
suerte de estas:
la fama o dimensión social de quien firma el libro, su ideología o
aspecto, las simpatías o antipatías que despierta, si hace
promoción en La Revuelta,
en El Hormiguero
o en La Gaceta de Melilla,
si es tiktoker,
cocinero o experta en literatura comparada, si sus anteriores obras
han vendido trescientos ejemplares o doscientos cincuenta mil…
Con
su apuesta Barrett viene a poner patas arriba todas las reglas del
negocio editorial y a señalar todos sus vicios y trampas (tal vez
por eso, precisamente, los medios apenas se han hecho eco), además
de liberarnos a los lectores de cierta presión externa, presión que
también puede trasladarse a otras disciplinas artísticas: ¿Es
realmente Lux de
Rosalía poco menos que la Novena
Sinfonía de Beethoven? ¿De verdad los Javis son los nuevos hermanos
Coen? ¿Solo porque lo diga todo el mundo? ¿Y como lo dice todo el
mundo, yo, que soy muy punki, tengo que opinar obligatoriamente lo
contrario?… Claro que, de esta manera, la presión se la puede
imponer uno a sí mismo: “¿Sería
capaz de distinguir en una cata literaria a ciegas a Juan del Val de
Henry Miller?…
No
se preocupen, porque es poco probable que en su “Catálogo a
ciegas” Barrett incluya al autor de Vera, una historia de
amor (yo creo que si cayera en
sus manos un libro como ese lo descartarían solo por el título),
aunque sí reconocen que otra de las motivaciones que les ha llevado
a poner en marcha este desafío es la venganza, es decir, la
posibilidad de pagar con la misma moneda a las grandes editoriales,
acostumbradas a robar autoras o autores que han conseguido éxitos
literarios desde editoriales pequeñas e independientes: en
este caso, se insinúa, será al contrario, Barrett puede que haya
birlado a esas grandes editoriales alguna
que otra
vaca sagrada de la
literatura, que se ha
prestado a este juego del antifaz literario …
o puede que no, puede que tras
las obras anónimas se oculte solo,
qué sé
yo, el vigilante
nocturno de un camping de Castelldefels.
¿Se animan a hacer sus porras?
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero, 2026)
Hace unos días mi peluquero
me preguntó, a la hora de pagar, si era jubilado, pues aplica a
estos un escudo social, una rebaja de tres euros. “¿Pero qué
dices, chalao? ¡Si aún me quedan diez años!”, estuve a
punto de contestarle. También podía haber aprovechado y sugerirle
que me aplicara el descuento de todos modos, total para cuatro pelos
que tenía que apañarme… (claro que es cierto que el tiempo que se
ahorra ahora con el cuero cabelludo lo pierde con los pabellones
auditivos, en los que conforme uno se va haciendo mayor se da el
curioso fenómeno de la alopecia a la inversa).
Un día te sienta como un tiro
que te llamen señor cuando te preguntan la hora y al siguiente estás
mirando obras o cruzando la calle por donde te da la gana.
“Yo aquí no vuelvo”, fue,
de todos modos, mi ofendida y visceral reacción al salir, pero me
calmé en cuanto pasé por otra peluquería, una de esas con poste de
barbero en la entrada, y vi a un chaval con el pelo oxigenado al que
le estaban haciendo una muesca en la ceja, todo ello al ritmo de
Jarfaiter. No me veía ahí dentro, la verdad. Además, pensándolo
bien, si mi peluquero me había preguntado si yo estaba jubilado era
porque no me conocía, porque mientras me hace la faena no intimamos,
no hablamos (entre otras cosas porque él es marroquí y tiene un
español macarrónico, de primero de Duolingo). De hecho, por eso lo
había elegido. Como dice el chiste: “¿Cómo quieres que te
corte?”. “Callado”.
Ir al peluquero siempre me ha
dado mucha pereza. De pequeño mi madre solía mandarme a uno del
barrio, calvo, que desagraviaba esta condición dejándose unas
patillas como de general austrohúngaro, o como Chiquito de la
Calzada. De hecho, recordaba un poco a este, porque era un hombre
rocero (muchos peluqueros lo son, en otro sentido, supongo que por
imperativo de su oficio, y esa es otra de las cosas desagradables de
cortarse el pelo, el contacto físico de sus bajovientres). Pero me
refiero a que le gustaba dar conversación, lo cual a mí, que era un
niño muy tímido, me provocaba cierto nerviosismo, nada
recomendable cuando te doblan la oreja para meter por encima de ella
una tijera recién pasada por la piedra de afilar. Al final, mi madre
acabó cortándome el pelo ella misma e inventando de manera
involuntaria pioneros rapados en la sien que en realidad perpetraba
para ir igualando trasquilones hasta que ya no quedaba nada que
igualar.
Es curioso, me parece que todo
eso fue ayer, que me separa de esa época mucha menos distancia que
los diez años que me quedan para jubilarme. Y es que ya lo decía
Lolo Rico, la creadora de La bola de cristal, en el título de
sus memorias: “¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y
yo no me dé cuenta?”.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, ENERO 2026)
Hace
unas semanas el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a
España por no investigar eficazmente la supuesta violación de dos
mujeres por sumisión química ocurrida en Pamplona en 2016. Durante
el proceso fueron destruidas pruebas clave, dándose la “casualidad”
de que uno de los dos implicados resultó ser cuñado de un policía
nacional adscrito a la unidad que investigó el caso. Desaparecidas
-hechas desaparecer, mejor dicho- dichas pruebas, como secuencias del
vídeo del bar en que presuntamente fue administrada la droga en la
bebida a las mujeres o datos sobre los teléfonos móviles, borrados
“por accidente” de un disco duro, el juez determinó que no había
pruebas concluyentes para condenar a los acusados (lo cuales, entre
otras lindezas, hablaban en un grupo de WhatsApp de entrenarse para
matar mujeres a golpes).
No, no es el argumento de una
película o de una novela de John
Grisham,
es la cruda realidad, una injusticia clamorosa que deja a las
víctimas agraviadas dos veces, la primera por sus agresores, y la
segunda por quien
debería haberlas defendido de ellos.
Queda
como consuelo la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, que condena
al Estado
español a indemnizar económicamente a las dos denunciantes, pero
que no resuelve el hecho de que los culpables
se hayan ido de rositas y
con la burundanga en el bolsillo y que resulte poco probable que los
denunciados puedan
llegar a ser condenados, puesto que las pruebas que podrían
incriminarlos se han esfumado en un birlibirloque policial y
judicial. La condena europea, además, llega después de todo un
viacrucis de nueve años
por diferentes
tribunales -como la
Audiencia Provincial de Navarra o el
Tribunal Constitucional, que
no admitió el recurso de amparo-
y gracias a la
tenacidad del abogado de las víctimas y de estas mismas, que han
conseguido que, al menos, la injusticia que han padecido tenga el
desagravio de ser reconocida públicamente y aireada en diferentes
medios de comunicación.
Cabe
preguntarse, no obstante, cuántas situaciones similares u otras
-abusos laborales, de autoridad, despidos, desahucios, …, por no
hablar de injusticias sistémicas como la desigualdad económica, la
discriminación racial o de género, la corrupción…- caerán en
saco roto porque las personas que las padecen no tienen la fortaleza
anímica o el respaldo económico para afrontar los litigios, o
porque se encuentran por el camino todo tipo de trabas, amenazas,
laberintos judiciales sin salida, procesos kafkianos o cuñados
policías.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, enero, 2026)
El
otro día estábamos votando una derrama en la reunión de vecinos
cuando de repente apareció un comando de Delta Forceps e hizo una
extracción, es decir, se llevó al administrador por la fuerza. La
verdad es que entre los vecinos había unos cuantos que no estaban de
acuerdo con la gestión de este administrador y que las votaciones
que habíamos hecho para ver si lo manteníamos o no habían sido
algo sospechosas, aparte de que la casa estaba hecha unos zorros, con
humedades, fallos en la calefacción, las escaleras sin barrer −un
día, en un descansillo, hasta nos encontramos una tan misteriosa
como fétida caca, que tardó en ser retirada varios días−.
Pero
no nos esperábamos algo así.
Los
Delta Forceps −ya
saben, el grupo de élite de El Gigante Naranja, la principal empresa
de administradores de fincas de la ciudad−
irrumpieron en la reunión derribando la puerta y reduciendo
violentamente a algunos vecinos.
En
cuanto al administrador, no supimos nada de él hasta el día
siguiente, cuando lo vimos en el telediario camino de un juzgado,
esposado y con un ridículo gorrito de lana con orejas de Mickey
Mouse. Lo acusaban de regentar varios narcopisos, alguno de ellos, al
parecer, en nuestro propio bloque (nosotros, la verdad, no supimos a
qué se referían, como no fuera al olor a marihuana que de vez en
cuando salía de uno de los trasteros en el que solía meterse el
hijo del del noveno C con sus amigos los días que hacía frío en la
calle).
Unas
horas después, durante la entrega de un premio que concedía el
Ayuntamiento al dueño de El Gigante Naranja, por su inestimable
contribución a la convivencia en la ciudad, este respondió a las
preguntas de varios periodistas y dijo que a partir de ese momento su
empresa se ocuparía de administrar nuestra comunidad y que una de
las primeras medidas que iba a tomar sería utilizar nuestro
jardín-privado-de-uso-público, que en su opinión estaba
infrautilizado, para levantar en él una franquicia de otro de sus
negocios, la cadena de comida rápida McPato…
A
mí todo me resultaba surrealista y un poco increíble, entre otras
cosas porque a nadie, a la alcaldesa, a la policía, a los
periodistas, le parecía extraño aquel comportamiento. Me parecía
que, en realidad, aquello debía de ser un sueño, una pesadilla, o
una película, un videoclip (por ejemplo, para esa canción de La
Polla Records, Jhonny)… Y, en efecto, justo cuando el dueño
de El Gigante Naranja añadía que para el correcto funcionamiento de
su nuevo McPato “necesitaba” ocupar la panadería que había en
uno de los bajos de nuestro edificio, me desperté.
Como
cada mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil. Me saltó la
alerta de una noticia de última hora: “Donald Trump ordena …”,
comenzaba el titular…