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Muñecos

Ene 10, 2022   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Chucky muñeca figura del asesino de 38 cm : Amazon.es: Juguetes y juegos

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias). 08/01/22

No sé si a alguien más le pasa, pero algunas mañanas al levantarme me froto los ojos y hacen un ruidito, ñiki-ñiki, dentro de las cuencas, como si fueran los de un muñeco de plástico. “¡Ay, deja de hacer el Chucky!”, me riñe entonces mi mujer, porque la verdad es que da un poco de grima. Pero yo no puedo resistirme, e insisto, ñiki-ñiki, un poco por fastidiar, pero sobre todo por ver si todo vuelve a su ser, y puedo sentir, de nuevo, mi naturaleza humana, mi libre albedrío, mis legañas…

Algunas veces, en esas ocasiones, se me pasa por la cabeza —y creo que a mi mujer todavía con más fuerza—  la idea de que quizás yo sea solo una entelequia o un ser de ficción (fikzioa da egia bakarra, la ficción es la única verdad, canta, de hecho, Joseba Irazoki en su último disco). Y me pregunto si no me habré convertido en el protagonista de una película de terror, el juguete en manos de un dios todavía niño y caprichoso, el muñeco de ese ventrílocuo loco que es el destino…

Pero, tranquilos, la filosofía y la poesía baratas se me pasan pronto y pronto vuelve la tontuna de mi mente especulativa, es decir, humana (una muñeca Nancy, me digo, no haría este tipo de reflexiones). Pienso, por ejemplo, en qué artefacto tan perfecto es nuestro cuerpo. Seguramente ese ñiki-ñiki tiene alguna función, alguna alerta, alguna puesta a punto desconocida para mí pero vital para mi organismo. Nuestro cuerpo es tan complejo, su funcionamiento tan minucioso, que en realidad su diseño parece fruto de una mente enferma. ¿Cómo se le ocurrió, si no, a ese creador que tuviéramos que defecar? Detrás de ello  hay una idea perversa, porque para defecar hay que comer y para comer hay que trabajar…

—Con lo fácil que habría sido fabricarnos muñecos— digo, y me doy cuenta de que he vuelto a la filosofía de mercadillo y que además estoy hablando a gritos (¡tempus fugit baratitos, dos por uno en ubi sunt!).

 —Tan perfectos, tan perfectos no somos —me corta mi mujer—.Yo nos habría puesto otro ojo en la parte de atrás de la cabeza —dice, y a continuación nos enzarzamos en una serie de hipótesis absurdas, como si entonces deberíamos cortarnos el pelo también por detrás o qué gracia tendría poner cuernos en las fotos de grupo…

Se nos va, en fin, la pinza, como a mí en esta columna en la que en realidad a lo que quería llegar es a la pequeñez de nuestra condición humana y mortal, a la fragilidad como especie en que nos ha colocado desde hace dos años la pandemia (fragilidad que a veces nos convierte no en mejores personas, como nos cansamos de augurar al principio, sino en esquirlas de cristal que hieren con saña; ahí están, sin ir más lejos, esos aplausos a las ocho de la tarde que algunos han tornado en amenazas e insultos miserables a las puertas de los ambulatorios). Tal vez ya nunca volvamos  a comenzar el año con aquella alegría e ímpetu de antes, aquellas matrículas en los gimnasios, aquellos paquetes de cigarrillos arrojados al cubo de la basura, sino con la incertidumbre y el acogotamiento de no saber qué nos deparará el futuro más inmediato: virus, catástrofes naturales, ultraderecha…   Pero —por trasmitir a pesar de todo un mensaje positivo— igual esa insignificancia y vulnerabilidad son las que nos pueden hacer fuertes y engrandecernos, las que permiten que no nos hayamos convertido todavía en muñecos de plástico. Tiene que ser muy aburrido ser un muñeco de plástico. Los muñecos de plástico no defecan, de acuerdo, pero, como los ángeles, tampoco suelen tener nada entre las piernas.  Y al final, además, ese ñiki-ñiki (al de los ojos me refiero) siempre deja de escucharse y podemos limpiarnos sin miedo las legañas. Nuestras legañas de simples y enrevesados humanos.

LOS MEJORES LIBROS DE 2021

Dic 27, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
El Rey Juan Carlos sufre un tropiezo en Zarzuela - Los tropiezos de los  famosos - Foto en Bekia Actualidad

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 24/12/21

Como cada año desde esta sección elaboramos el ranking de los mejores libros de 2021, tras realizar una rigurosa votación entre destacadas personalidades del sector, como los editores que publican esos libros, las librerías que los colocan en escaparates pagados por esos editores o los críticos literarios que los recomiendan en periódicos de los mismos grupos editoriales que las novelas seleccionadas.

Esta es la lista:

PERO SIGO SIENDO EL REY

Después del éxito de su anterior novela, El campechano, un longseller que copó la lista de libros más vendidos durante más de cuarenta años, Juan Carlos Rey regresa con una nueva novela en la que se relatan, a ritmo de road movie,  las peripecias de un delincuente internacional en el ocaso de su carrera. Tras huir de la justicia a un lugar seguro, el protagonista rememora sus años dorados, aquellos en los que nadie podía pronunciar su nombre en vano y la vida le sonreía: amoríos, golpes, yates, motos, safaris… Ahora, otro más joven y de su misma ralea ocupa su lugar, pero él no se ha rendido: todavía sigue siendo el rey. “Volveré. Volveré y, además, me sacaré la chorra”, promete el protagonista en un apasionante y crepuscular capítulo final.  

TOBILLOS VÍRGENES

La nueva entrega de esta saga juvenil, tras los éxitos anteriores Pantalones cagados, Nalgas tatuadas  o Chándal , es un canto a la adolescencia, esa época en la que todavía no han sido descubiertas las bondades de los calcetines gordos y las camisetas térmicas y los chavales se enfrentan a la vida y al invierno a tobillo descubierto y con la mascarilla por debajo de la nariz. Yónatan,  el protagonista de la exitosa serie, vivirá bien de movidas, en plan aventuras, fantasía, y toda esa vaina, primo.

LA SÉPTIMA OLA

Sentada en la playa, Angustias reflexiona sobre su vida y las decisiones cruciales que debe tomar: ¿Vacunará a sus hijos? ¿Se pondrá ella la tercera dosis? ¿Tiene que colocarse la mascarilla para salir del bar si la puerta está solo a dos metros?… Mientras la atormentan todas estas dudas y otras (¿Sabe realmente alguien qué está pasando? ¿Entonces por qué todos menos ella tienen una opinión clara y tajante sobre el tema?…)  a lo lejos, en el horizonte, una cresta de espuma blanca anuncia la llegada de una nueva e inquietante ola que solo cuando acabemos la lectura sabremos si deja sobre la arena el cadáver de otro ahogado o una botella con el antídoto o el plano del tesoro.

2022

Finalizamos la lista con un clásico de la ciencia ficción, escrito por el visionario escritor Nostraladamus, y que nos traslada –perdón por la redundancia— de una manera premonitoria a 2022, el año a cuyas puertas nos encontramos. Así comienza la novela: “Eran tiempos oscuros y desesperanzados. El sol se había tornado negro y la bestia verde gobernaba la tierra. Los ríos se convirtieron en mares y los mares en montañas. Las plagas devastaron las ciudades y muchos humanos mutaron en ratas asesinas. Nada de todo ello, sin embargo,  pudo evitar que otros muchos continuaran sonriendo, haciendo el amor o  fabricando raticidas. “¡Feliz 2022!”, se deseaban entre ellos. Y era esa, en efecto, una buena forma de empezar a conjurarse contra tanta desgracia y desaliento: ¡Feliz 2022!”.

CON LOS OJOS ABIERTOS

Dic 13, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Con los ojos abiertos” - Ayuntamiento de Villava / Atarrabiako Udala
Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 11/12/21

Ahí arriba a la izquierda, justo encima del título de esta columna —que en realidad son dos columnas— puede leerse “Opinión”. Es como una advertencia.  Un “cuidado con el perro”. Un articulista de opinión por lo general suele dedicarse a gruñir, a morder y a ladrar (más a ladrar que a morder, en realidad). Desaprovechamos en muchas ocasiones este espacio privilegiado despotricando, arremetiendo contra aquello que nos desagrada o ante lo que nos sentimos amenazados,  lo malgastamos de una manera un tanto inútil, pues por lo general nuestros lectores comparten con nosotros los mismos enemigos (buscamos, por lo tanto, más que hacer sangre, caricias en el lomo que nos apacigüen, que calmen nuestra ira o nuestro estupor). Lo que quiero decir es que, por el contrario,  son muy pocas las ocasiones en que hacemos partícipes a los demás de nuestros momentos de felicidad, de emoción o de belleza (en las columnas de opinión y en la vida real).

Hoy me gustaría hacerlo, escribir sobre uno de esos momentos que he podido disfrutar recientemente gracias a una obra de teatro y recomendarles la misma, puesto que se ha estrenado hace apenas un mes y todavía están a tiempo de verla –o de contratarla—.

Se trata de “Con los ojos abiertos”, la dramatización de la vida y la muerte del poeta Miguel Hernández que ha llevado a los escenarios la compañía Iluna Producciones, de la mano de Miguel Goikoetxeandia, que es quien — tras sumergirse en un océano de letras, cartas personales, documentos penales, biografías del escritor— firma y dirige la obra.

A Miguel Hernández —y a eso alude el título— no pudieron cerrarle los ojos, cuando con solo treinta y un años murió enfermo de tuberculosis y tifus en una prisión de Alicante al término de la Guerra Civil, en la que había combatido como miliciano y como poeta. Esa desobediencia de sus párpados resume en un gesto póstumo la personalidad del escritor y la inmortalidad de su mirada poética, que Iluna homenajea en los escenarios y que traslada vivamente al espectador, en un intenso y entretenido recorrido por la infancia del poeta, sus primeros amores y amistades, el descubrimiento de la poesía —ese rayo que no cesa y atraviesa toda su existencia—, su activismo político y su detención y muerte (los poetas en España han muerto demasiadas veces tristemente: asesinados, exiliados, enfermos, olvidados…).

Uno asiste a todo ello desde su butaca con una extraña congoja, con ese estremecimiento que tiene a la vez algo de placentero, que pone en piel de gallina el corazón pero a la vez le hace recordar que aún palpita, que es una víscera y no un mecanismo artificial, el motor de una máquina sin alma; y con la emoción de saber que la cultura puede llevarnos a ese estado. Todo ello gracias al meritorio trabajo de los actores, de David Larrea, que se trasplanta la piel de Miguel Hernández en una interpretación impresionante, plena de emoción, y muere sobre las tablas arrebatado de dolor hasta en el aliento; y del propio Goikoetxeandia, que se multiplica en varios personajes, convirtiendo su diafragma en un acordeón que siempre da la nota atinada y tras cuyo fuelle se adivina el exhaustivo y apasionado trabajo que ha empeñado en esta obra, una obra, en fin, de lo más recomendable.

Esa es, al menos, mi opinión.

MANUAL PARA CUÑADOS

Nov 29, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Papel Higiénico El Elefante - ¡Conoce toda su historia!

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON suplemento de diarios de Grupo Noticias

La séptima ola, la crisis de suministros, el gran apagón, Miguel Bosé publicando sus memorias…. Igual lo que habría que hacer, antes de que vuelva a cundir el pánico y que las masas asalten los hipermercados, sería imprimir los libros y periódicos en papel higiénico y así matábamos varios pájaros de un tiro. Por una parte, evitaríamos esas hordas de cagones aterrorizados; por otra se solucionaría el desabastecimiento de papel que, dicen, está deteniendo la publicación de muchas novedades editoriales (sobre todo las de aquellas que se presentan con tapa dura); y de paso se contribuiría, aparte de a construir una sociedad más culta —y más solidaria con las personas que sufren en silencio las hemorroides—, a mantener un ratito más con vida la prensa escrita. La prensa escrita no teme al beso negro, le da igual lo que hagas con ella al final del día, las noticias de hoy envuelven el pescado de mañana, etc.

De acuerdo, es una idea de bombero, un ensayo para una conversación de cuñado en la cena de Nochevieja. Discúlpenme, estoy desconcertado, ¿quién no lo está, en estos tiempos apocalípticos? Resulta difícil tener una opinión clara sobre nada cuando todo es temor, confusión, rumores, dicen que… Dicen que la crisis de suministros se agrava por la falta de camioneros. Nadie quiere ser camionero. Mentira, digo yo. Todos los niños quieren ser camioneros. Vivir en la carretera. Dormir en la cabina. Conducir de noche escuchando la radio. Llamar a la radio mientras conduces. Tocar la bocina al cruzarte con un compañero. Poner el nombre de tus hijos con letras gordas en la carrocería. Parar en restaurantes de carretera secretos en los que se come por diez euros mejor que en Arzak… Lo que no quiere nadie es ser camionero (o camarero, cajera, peón de obra)  por la cara, cobrando una miseria y con unas condiciones laborales dignas de un cuento de Dickens. Soñar es gratis, pero no tanto.  

Hablando de conductores, o de semiconductores… Lo que no entiendo muy bien es lo de los microchips. Primero resulta que nos los estaban metiendo a saco y en vena vía vacuna, y ahora que los hacen todos poco menos que artesanalmente en la misma fábrica de Taiwan o de Corea del Sur y que esta ha colapsado, todos sus trabajadores se han ido a participar en el juego del calamar o se han apuntado a la gran dimisión o algo. Total, que estas navidades nos quedamos sin playstations, sin ordenadores, sin móviles de última generación, como en aquella canción de los RIP (Última generación/ No tenemos más futuro/ Solo nos queda esperar/ La desolación, el caos/ la hecatombe nuclear). Eso o los pagamos a precio de oro. Porque esa es otra. La crisis de suministros  implica también un encarecimiento de los precios. ¡A ver si va a ser adrede! Esto es como cuando subían el precio de la cerveza justo antes de los sanfermines. Después se acababan las fiestas y la cerveza no bajaba.

En fin, como ven a los cuñados y a los opinadores profesionales no nos faltan temas de conversación. La cuestión es hablar, hablar por hablar, o escribir, rellenar páginas para que así siga el ciclo de la vida y el de la digestión y cuando ustedes se sienten en el trono no les falte algo con lo que limpiarse las reales posaderas. No, no me den las gracias, yo esto lo hago de manera altruista, a mí en realidad lo de la tapa dura no me afecta, soy un escritor rústico, proletario, un columnista cuñado, un esclavo, un amigo, un siervo… A sus pies.

AHMED, MI PELUQUERO

Nov 16, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Foto: Demian Ortiz

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 13/11/21

Solía ir a su peluquería porque era majo, es decir porque no me hablaba. Yo tampoco tenía que decirle nada. Le expliqué la primera vez cómo quería el corte, sin explayarme mucho, tampoco —“Normal, corto”— y Ahmed se acordaba cuando volvía, cada seis meses o así. Era un profesional: al salir de su peluquería no me iba mirando en el reflejo de los cristales ni descubría horrorizado en ellos a un cabeza huevo, no entraba al baño de alguna cafetería a mojarme la cabeza para borrarme el peinado de señoro, no llegaba a casa y me ponía a buscar gorras… Tampoco es que Ahmed pudiera hacer milagros con mis cuatro pelos de Filemón (o sea, de dos filemones), pero me quitaba de encima diez años cada vez que, en silencio y con meticulosidad, me cortaba el pelo.  

Después, un día Ahmed desapareció y en su lugar comenzaron a desfilar por la peluquería varios chavales jóvenes que me pelaban con desgana, o con prisas, doblándome la oreja como si fuera un despojo, una excrecencia de mi cráneo, o  tocándome la cara con sus dedazos que olían a marihuana. Una vez uno de ellos, sin preguntarme nada, decidió quitarme de encima no diez años, sino treinta, y me peinó como si yo fuera un futbolista o C. Tangana. Para tangana la que tuve en casa, cuando mis hijos me vieron llegar con esas pintas. “Yo contigo no voy a ninguna parte”, me decían (bueno, eso también me lo decían antes).

Echaba de menos a Ahmed. Me gustaba ver cómo caían sobre el cubridor los mechones, blancos como volutas de nieve, ponerme poético, pensar en el tempus fugit, en lugar de, con los chavales, sentirme un puto viejo canoso. Me gustaba verlo barrer con parsimonia el suelo, con delicadeza y respeto funerario (en cierto modo, es así, dentro de una peluquería uno muere y resucita, sale convertido en otra persona).  Me gustaba y echaba de menos incluso las voces airadas y sabiondas de los tertulianos que escuchaba en la radio, en lugar de la música electrónica de los jóvenes, al ritmo de la cual yo temía que se les fuera la mano, cuando me apuraban con la navaja las patillas.

Seguí yendo, de todos modos, a la misma peluquería, por comodidad, porque estaba cerca de casa. Para mi sorpresa, no les iba mal, siempre había gente. Al poco tiempo, de hecho, abrieron otra al lado, y un día que la primera estaba llena de cristianorronaldos, decidí entrar. ¡Y allí estaba Ahmed, esperando clientes triste y aburrido! Creo que se alegró de verme. Yo, por corresponderle, le pregunté si ahora tenían dos peluquerías. “La otra no mía”, contestó, algo molesto, y en su castellano de supervivencia me contó que su antiguo jefe lo explotaba, que lo hacía trabajar doce horas cada día a cambio de un sueldo miserable, que solo le daba un día de vacaciones al año, que ahora por su cuenta estaba mucho mejor… Me lo imaginé, durante todos esos meses en que lo había echado de menos, ahorrando, buscando créditos, tramando aquella venganza (robarle los clientes en sus propias narices a aquel jefe abusador); y, tras imaginar además el esfuerzo que le suponía hablar y hacer aquella campaña de captación de clientela, yo también rompí mi silencio, me interesé por su vida personal, supe así que llevaba treinta años como peluquero, que había vivido antes en Burgos, Melilla…

Ahmed volvió a dejarme guapo, o sea, a no dejarme demasiado feo, y al despedirnos le prometí que volvería. Pero ya no estoy tan seguro, porque ahora que hemos establecido otro tipo de intimidad no sé si tendremos que conversar cada vez que me corte el pelo o seguiremos entendiéndonos en aquel poético silencio que compartíamos antes, que era lo que a mí me gustaba.

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