Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Hace muchos años, un día que volvía de la universidad atravesando
un parque, me atracaron dos yonquis. Aparecieron entre las sombras,
sudorosos y pálidos como fantasmas, como espectros de sí mismos, es
decir, de lo que eran antes de que la heroína envenenara sus venas.
Uno de ellos sujetaba con pulso tembloroso una faca. Al otro, el que
daba las órdenes, le tiritaba la voz, pero intentaba aparentar
ferocidad: “¡Suelta todo lo que tengas!”, me espetó.
Un escalofrío me atravesó el cuerpo. Yo no llevaba un duro encima.
No tenía ni para tabaco, y eso que entonces en los quioscos vendían
cigarrillos sueltos. “No tengo nada”, conseguí balbucear. “¡Si
lleva algo le pinchas!”, ordenó entonces el de la voz tiritona, y
entre los dos comenzaron a registrarme, con una desesperación que me
resultó aterradora, pues temí que su frustración les llevara a
hacer alguna locura.
Sin embargo, cuando comprobaron que no les había mentido, me dejaron
marchar. Al menos, durante unos metros. Después, a mis espaldas, oí
que volvían a acercarse. Las piernas apenas me sostenían en pie y
no conseguí echar a correr. “¡Eh, colega, espera, espera!”, me
detuvo el que llevaba la voz cantante, echándome un brazo al hombro.
Musité una blasfemia y a la vez recé en silencio para que en el
bolsillo pequeño de mis vaqueros no hubiera dejado olvidada alguna
moneda. “Perdona, tío, no queríamos asustarte”, se disculpó,
pero lo más sorprendente vino después, cuando el otro añadió: “Lo
siento, tú estás peor que nosotros”, dijo.
“Vale, vale, no pasa nada”, conseguí contestarle, y me alejé
desconcertado. Después, ya al amparo de las luces de la ciudad,
cuando me calmé un poco, noté, a la vez que alivio, una mezcla de
rabia y abatimiento. Aquellos yonkis me habían hecho sentir pobre
como una rata de alcantarilla y los odié por ello.
Ahora, por el contrario, lo pienso y creo que había en ellos una
extraña honradez, una extinguida conciencia de clase. Desde entonces
han vuelto a atracarme, de otro modo, muchas veces: trabajos mal
pagados, especulación inmobiliaria, rescates bancarios, inflación
alimentaria… Pero lo peor de todo es que últimamente observo cómo
la escena del parque, pobres asaltando a pobres, se repite cada vez
con más frecuencia: jóvenes sin futuro que salen a cazar
inmigrantes, millennials contra pensionistas, obreros que
votan a partidos que se oponen a la reducción de jornada laboral o
la subida del salario mínimo interprofesional… La diferencia ahora
es que quienes perpetran esos atracos no solo no se disculpan, sino
que además clavan la faca a sus iguales.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Hace unos días el Departamento de Defensa de Estados Unidos pasó a denominarse Departamento de Guerra. Hay que reconocerle, por una vez, la coherencia a Donald Trump, el Señor Naranja. Claro que también podía haber utilizado la motosierra de su clon argentino − “Interior, ¡fuera!, Economía, ¡fuera!”− y aunar todas esas carteras en una. En lo que se refiere a Interior, Estados Unidos es un polvorín, con asesinatos políticos, despliegues de la Guardia Nacional en ciudades desafectas, buena parte de la población inmigrante atemorizada por las deportaciones masivas y, en medio de ese clima incendiario, la mitad de los estadounidenses armados legalmente.
Me pregunto a menudo qué sucedería por estos lares si la
Constitución española amparara algo parecido a la Segunda Enmienda,
el derecho a poseer y portar armas, y la venta de estas en la
cafetería de la esquina: “Una barra de pan y una bomba, por
favor”. “¿La bomba la quiere de crema o de las de matar?”. Los
tiroteos masivos en Columbine o San Bernardino serían solo una broma
comparados con nuestras discusiones de tráfico o cenas navideñas.
Aunque parezca de Perogrullo, el principal motivo de que muera gente
a causa de armas de fuego son las propias armas de fuego. Lo cual se
puede aplicar también a la economía y política internacionales: el
Departamento de Guerra de Estados Unidos podría ser también el
Departamento de Economía puesto que este país es el principal
exportador de armas del mundo, lo cual requiere que exista una
demanda, un mercado que reclame el producto; es decir, guerras,
invasiones, amenazas, golpes de estado activos (o activados por el
Pentágono), no vaya a ser que se acabe el negocio. Guerras, eso sí,
que tengan lugar siempre fuera de sus fronteras, de ahí que no haya
por qué mantener un Departamento de Defensa en un país que desde su
guerra civil nunca ha padecido un conflicto bélico en su propio
territorio.
Tampoco tranquiliza mucho ver desfilar ante engendros como Putin o
Kim Jong-un a miles de soldados (¿o son androides?) del ejército
chino. “Hoy,
la humanidad vuelve a enfrentarse a la disyuntiva entre la paz o la
guerra”, declaró el presidente Xi
Jinping, mientras
mostraba al mundo sus juguetes de matar, con lo cual no quedaba muy
claro por qué apostaba él.
“Si
vis pacem, para bellum”.
Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Lo escribió Vegecio
en el siglo IV y desde entonces no hemos aprendido, a pesar de los
siglos transcurridos siguiendo esa consigna y de los millones de
muertos como consecuencia de las malditas guerras −y
de
los canallas que las hacen, como dijo Julio Anguita, quien perdió a
su hijo en una de ellas−,
que
estas tienen lugar por culpa de la codicia de unos pocos y por la
existencia de ejércitos y armas que las sustentan.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Cada
vez que tengo que hacer una reclamación en la “Atención al
cliente” de alguna compañía telefónica me echo a temblar. No
necesito ser pitoniso para saber lo que me aguarda: unos cuantos
minutos de espera amenizados por Richard Clayderman, después una
“conversación” obtusa con una máquina y, cuando finalmente
consigo hablar con un ser humano (al que, de todos modos, siempre
tengo que deletrear ni nombre y apellidos) una discusión que me hace
perder los nervios, pues se suele enredar en bucles o acabar en
callejones sin salida. Los teleoperadores (cuyas vicisitudes retrató
magníficamente el escritor pamplonés Gonzalo Aróstegui en su
novela En los
antípodas del día)
son la infantería, la carne de cañón enviada por las compañías a
morir o matar a su primera línea de frente.
Hace
unos días me tocó hacer una de esas llamadas y vivir una situación
rocambolesca. La teleoperadora que me atendió me dejaba en espera
cada vez que tenía que consultar algún dato en su ordenador y si
esa espera se prolongaba demasiado volvía a entrar y me calmaba con
un “Enseguida estoy con usted, no cuelgue”. Pues bien, en una de
esas la voz que me habló desde el otro lado del hilo telefónico ya
no era la suya, sino la de un hombre: “Buenos días, llamo para que
me den información sobre sus tarifas”, dijo. “¿Cómo dice?
¡Pero si yo soy un cliente!”, le contesté sorprendido. “¡Anda!
¿Y ahora qué hacemos?”, dijo él. “Pues no sé, me imagino que
alguno de nosotros tendrá que colgar”, sugerí, esperando que
fuera él el que cediera. Yo llevaba ya casi veinte minutos con mi
gestión y no me apetecía tener que volver a empezar otra vez de
cero. “¿Y quién cuelga?” contestó. “Yo es que llevo ya un
buen rato con esto, y encima es la tercera vez que llamo por el mismo
asunto”, le expliqué. “¿Puedes colgar tú?”. “No, yo es que
tengo prisa, cuelga tú”, dijo. “No, hombre, tú, que solo has
llamado por una consulta, a mí me deben dinero”, argumenté. “¿Y
a mí qué? Cuelga tú”, insistió, nada amorosamente, el muy
desgraciado…
Así
estuvimos durante un buen rato, igual que aquellos dos orgullosos y
tozudos caballeros del siglo XVIII que se toparon con sus carruajes
en un angosto callejón de Ciudad de México, uno frente al otro, y
que estuvieron tres días sin que ninguno reculara para dejar paso.
En nuestro caso la llamada se cortó repentinamente, no sé si por
capitulación de mi contrincante (“Hombre, pero que estás
intentado contratar una compañía telefónica en la que se cruzan
las llamadas…”, le había dicho yo unos segundos antes), o por
decisión de la operadora, al percatarse de su error.
Todavía
no he vuelto a llamar para insistir con mi reclamación. Y no me
quedan muchas ganas, la verdad. Me pregunto cuánto ganarán al año
las compañías de telefonía gracias a las reclamaciones que por
desistimiento dejan de hacer sus desesperados clientes…
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 02/08/2025
El
gorila, de nombre Pechotoro, era un magnífico ejemplar albino, con
el pelaje plateado y lustroso y un cuerpo cincelado por el ejercicio
al aire libre y una crianza a cuerpo de rey en los bosques de la
ganadería de Dolores Fuertes, cuyo hierro llevaba marcado a fuego en
uno de sus poderosos glúteos.
El
combate contra Pechotoro le correspondió al gorilero de moda,
Macaquito, el Niño de la Sabana (sin tilde, a pesar de que
últimamente han sido muy sonadas sus correrías entre las sábanas,
con tilde, de una famosa mocatriz).
Compareció
con chistera de terciopelo azul purísima, un elegante traje a juego,
diseñado por el famoso diseñador Golondrino Spagna, y unas
resplandecientes Adidas-Cartier, atuendo que en su conjunto componía
una auténtica y refinada obra de arte, a la que no tardó en sumarse
la magistral faena del matador.
El
gorila, por su parte, saltó al ruedo empoderado y rugiente,
golpeándose el pecho con furia y adornado con una descomunal
erección, que mermó, no obstante, en un santiamén El Niño de la
Sabana con el primero de sus antológicos estacazos, propinado de
manera certera en las partes pudendas del súbitamente apaciguado
primate. Macaquito, como ustedes saben, es un maestro manejando el
bate de béisbol, como demostró en los siguientes lances del
combate, en los que golpeó con destreza a Pechotoro en la cabeza,
los riñones y de nuevo en las criadillas. Tuvo, no obstante, un
ligero traspiés en mitad de la faena que a punto estuvo de costarle
un disgusto serio, porque el gorila aprovechó el descuido para
zarandearlo brutalmente e intentar morderle una oreja. Macaquito, de
hecho, sería a estas horas un hombre desmochado, de no ser por la
rápida intervención de sus subalternos, que acuchillaron con
habilidad al animal, debilitándolo y tiñendo su argentina
pelambrera de sangre, cuyos rutilantes reflejos vinieron a
confundirse con los últimos rayos de un sol igualmente moribundo.
Salvado
este pequeño traspiés, el combate continuó con la delicadeza que
caracteriza al maestro, el cual remató su impecable trabajo
partiendo de un solo golpe la cabeza a Pechotoro con un machetazo que
hundió el filo hasta el mismísimo encéfalo del gran simio.
Pechotoro cayó desplomado entre los entusiastas aplausos del
respetable, que pidió para el diestro las dos garras del gorila,
premio que fue concedido y al que el presidente del combate sumó,
con buen criterio, el de su badajo (el de Pechotoro, queremos decir).
El gorilero, por último, brindó el trofeo a la ministra de Cultura,
presente en el palco, a la cual agradeció su decidido apoyo a la
gorilomaquia, sobre todo en estos momentos en que, de manera
incomprensible, la Unión Europea ha señalado nuestra Fiesta
Nacional como un espectáculo bárbaro y vergonzante, impropio de una
sociedad civilizada.
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias), 16/08/2025
Ojos
barrenderos. La expresión la utiliza el escritor Miguel Salabert en
su novela El exilio interior
para referirse a alguien
cabizbajo, con una mirada humillada. Y la utiliza de una manera tan
natural que al leerla pensé que se trataba de un término de uso
común, más o menos habitual en algunos lugares.
El
exilio interior refleja los
años, lúgubres, terribles, de la posguerra española, en los que
millones de personas tuvieron que vivir de esa manera, con los ojos
barrenderos, enterrados en vida por una losa de silencio durante los
cuarenta años de paz franquista −la
paz de los cementerios−,
habitando ese exilio interior al que Salabert alude en el título.
Escrita en la década de los 50 del pasado siglo, la novela fue
traducida y publicada por primera vez en francés en 1961. Después
vendrían otras ediciones en inglés, húngaro o griego. Y solo en
1988 llegaría a las librerías de España, en su idioma original.
Curiosamente,
si bien la novela fue silenciada durante todo ese tiempo, el título
de la misma, El exilio
interior, se socializó hasta
convertirse en un concepto recurrente para referirse a ese último
reducto de libertad, ese búnker que son la mente y las ideas y
principios de cada persona, que el totalitarismo, la injusticia, las
circunstancias adversas, no pueden asaltar. El propio Adolfo Suárez
utilizó el término, ante lo cual Miguel Salabert replicó: “Cuando
un Adolfo Suárez u otro cualquiera de sus congéneres emplea una
expresión de cuño literario, ya puede decirse que esta se ha
convertido en un lugar tan común como un urinario público, aunque
de mucha menos utilidad”.
Por
lo demás, la novela nos regala hallazgos literarios maravillosos,
esos ojos barrenderos que el autor deja caer, sin darle importancia,
en una frase corriente de la misma; pinceladas de humor (la primera
parte es casi una novela picaresca, ubicada en la infancia del
personaje durante la guerra y los primeros años de posguerra, los
años inhabitables, como los llama él); o un demoledor retrato de la
universidad franquista y la desesperada autodestrucción de sus
mentes más brillantes, con algunos descensos a los infiernos que
anteceden a los que describiera Luis Martín-Santos en Tiempo
de silencio.
Reeditada
por Hoja de lata, con prólogo de Isabelle Touton y Germán Labrador,
y con epílogo de la hija del autor, la escritora Juana Salabert, la
lectura de El exilio interior
nos hace recordar, por otra parte, que también hoy en día hay
millones de personas exiliadas dentro de sí mismas (por ejemplo,
aquellas a quienes no se reconoce su talento, usurpado por
oportunistas o por otros con menos escrúpulos y más dotados para la
sociedad del espectáculo) u obligadas a sobrevivir −sin
papeles, acechadas por la violencia machista, la pobreza, el
desahucio, el racismo…−
con ojos barrenderos.