Como
se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por
ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la
Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las
rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí
estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su
cielo eterno de panza de burro.
Claro
que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso
de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón
de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo
sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele
pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los
resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que
voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el
pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al
fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.
Recuerdo
que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que
España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para
ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin
tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque
curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que
deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que
sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación
patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con
la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado
de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna
religión que es el fútbol −subirse
a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la
“obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado
que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi
en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en
uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres−
; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este
nuevo opio del pueblo.
Reconozco
que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de
cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba
Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y
cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me
parece un infierno.
Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!
Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 18 de julio de 2026
Ian
Gillan, el vocalista de Deep Purple, fue también Jesucristo
Superstar, la famosa ópera rock, que posteriormente Camilo Sesto
adaptaría en una visceral y estremecedora versión en castellano.
El
grupo británico ofreció un concierto en Pamplona el pasado 5 de
julio, víspera de las vísperas de San Fermín, y, ciertamente se
diría que sobre el escenario el cantante británico todavía
consigue que su prodigiosa voz camine sobre el agua -el milagro se
obra también en las facultades del resto de miembros del grupo,
todos ellos igualmente históricos del rock-.
Deep
Purple se fundó en 1968 y desde entonces han ofrecido miles de
conciertos, han vendido millones de discos e incontables aprendices
de guitarrista se han iniciado en el rock trasteando los famosos
acordes de Smoke on
the water (yo
mismo, que estoy tan dotado para la música como Donald Trump para la
diplomacia, soy capaz de perpetrarlos).
Gillan
tiene ya 80 años y lógicamente se movía con cautela por el
escenario, reservando los alardes físicos para los gorgoritos de su
voz superdotada. Y entre el público abundaban los espectadores de la
misma quinta que el cantante. Mi localidad en la grada estaba justo
al inicio de una escalera, por la que vi bajar a varios de ellos con
las rodillas hechas puré, todo ello mientras me preguntaba si la
banda interpretaría uno de sus clásicos, Child
in time. La leyenda
cuenta que durante la grabación del famoso disco Made
in Japan, a mitad
de esta hipnótica canción, un espectador, tras alcanzar el nirvana,
decidió quitarse la vida con un disparo que quedó registrado en la
grabación. En realidad, parece ser que la detonación obedeció a
algún tipo de accidente o error en el sonido; de hecho, en el
concierto de Osaka no apareció ningún cadáver, algo que, sin
embargo, podía haber sucedido perfectamente en el Navarra Arena, a
juzgar por las dificultades de los jevis
de la tercera edad para descender los peldaños. Tal vez para evitar
desgracias, el grupo no interpretó finalmente Child
in time.
Fuera
bromas (macabras), hace dos semanas hablábamos en esta misma página
de la capacidad que tiene la cultura para hacernos sobrevivir, algo
que corrobora la admirable vitalidad y pasión de personas como
Gillan, o como muchos de quienes fueron a verle, a quienes la música,
el rock, en este caso, todavía consigue transmitirles la energía
necesaria para levantar una mano cornuda frente al rostro de la
muerte.
Por
último, cabe señalar que, en el concierto de Pamplona, el teclista
de Deep Purple, el legendario Don Airey, interpretó la notas del
“Uno de enero, dos de febrero…siete de julio, San Fermín”. Un
dato que, sin duda, debe constar en los anales (con perdón) del
rock.
En
el campo de concentración francés de Gurs, donde fueron internados
miles de vascos que huían del franquismo, en varios de los islotes
en que fueron agrupados los casi cuatrocientos barracones en que se
hacinaban los prisioneros, se reservaron algunos de esos barracones
como espacios dedicados a representar obras de teatro, ofrecer
charlas, tertulias, clases de alfabetización, acoger grupos de
danzas…
Sometidos
por el hambre, el frío, el calor, el barro, las enfermedades,
rodeados de alambres de espino y ahogados en barro, los presos de
Gurs consideraron imprescindible para su supervivencia levantar los
llamados barracones de la cultura.
Más
al este, en otro campo, el de Argèles-sur-Mer, en la costa
mediterránea, donde las condiciones de vida eran si cabe más
extremas y los presos excavaban en la arena de la playa para
acurrucarse en hoyos que los protegieran de los latigazos de la
Tramontana, artistas como el navarro Gerardo Lizarraga combatían y
desafiaban a la muerte dibujando caricaturas. A Lizarraga, de hecho,
sus dibujos le salvaron la vida literalmente, pues su mujer, la
pintora surrealista Remedios Varó, supo de su paradero y acudió en
su rescate tras ver en un cine de París un retrato suyo tomado por
el fotógrafo húngaro Chiki Weisz, quien, acompañado de otro
fotógrafo, el famoso Robert Capa, documentaba la vida en Gurs, y a
quien le llamó la atención la imagen de uno de los presos
-Lizarraga- garabateando con un lápiz en un cuaderno.
En
“Días felices en el infierno”, las memorias de otro artista
húngaro, el poeta György Faludy, en las que relata su internamiento
en un gulag,
cuenta cómo mientras otros prisioneros intentaban ahorrar energías
acostándose apenas regresaban a sus barracones de realizar trabajos
forzados, él y otros intelectuales menos acostumbrados al trabajo
físico se reunían para leer, conversar, compartir inquietudes
artísticas, y cómo, a diferencia de muchos de sus compañeros,
consiguieron salir con vida del campo.
Lo
recordaba el otro día el filósofo Santiago Alba Rico, en un
programa de radio en el que trataba de responder a la pregunta de
para qué sirve la literatura. La literatura -señalaba Alba Rico-
sirve para que los flacos, los débiles, también tengan su
oportunidad; para que se sientan, a través de la ficción, otros;
para que se sientan fuertes. Y eso lo podemos aplicar a la cultura,
en general. ¿Para qué sirve la cultura? La cultura sirve -si acaso
tiene que servir para algo o esa palabra es la más pertinente- para
sobrevivir. Puede que suene pomposo, pero los ejemplos anteriores
creo que lo dejan más que claro.
Publicado en «Rubio de bote» Magazine ON, 20/06/26
El
chinazo en la luna delantera restalla como el latigazo de un dios a
sueldo de Joseba de Carglass. Cuando aparco busco el impacto, pero
solo encuentro la cagada de un milano o un quebrantahuesos. Tiene que
ser una rapaz, porque en el centro de lo que luego Chat GTP me
revelará que no es un excremento sino algo llamado egagrópila (una
especie de bola que ciertas aves regurgitan y escupen por el pico en
lugar de por la cloaca) hay algo duro, un trozo de hueso, quizás de
algún ratoncillo o erizo, que retiro con mis propias manos,
desasosegado por la idea de que bajo él aparezca alguna grieta en el
cristal. No la hay, las vetas que se han abierto alrededor de la
esquirla son solo suciedad, la onda expansiva y la metralla del
meteorito. Finalmente, me lavo las manos chapuceramente, empapando un
kleenex con el agua del limpiaparabrisas.
Dos
días después comienzan los retorcijones, un dolor de estómago
punzante acompañado de náuseas, como si yo también estuviera
conformando e intentando expulsar mi propia egagrópila; retorcijones
que finalmente se traducen en una descomposición torrencial y que me
hacen pensar en mí mismo como el paciente cero, el primer caso de
infección humana por culpa de una nueva gripe aviar.
Nuestra
vida, y sus circunstancias, son pura
contingencia, un boleto
en
la lotería del azar.
Para que yo acabara sentado en un trono, un habitante de la república
roedora había tenido que ser previamente arrebatado a la tierra por
un águila ratonera que, por
su parte, había tenido
que vomitar los restos de su banquete justo en el preciso momento que
sobrevolaba mi coche. Y así podríamos seguir ad
infinitum. Para
que un alumno de un colegio privado o concertado consiga la
nota
que necesita para entrar en determinada carrera universitaria, un
profesor ha plagado previamente su cartilla con sobresalientes
dopados. A su vez, supongo que alguien le ha sugerido a este profesor
que inyecte la “sobresalientelina” a sus alumnos para promocionar
la excelencia académica del centro. La meritocracia y la igualdad de
oportunidades son solo otra egagrópila,
que escupe desde lo alto un ecosistema que protege a sus halcones
y
deja desguarnecidos a los que considera ratones, es decir, a la
educación pública y a quienes juegan limpio o solo con su esfuerzo.
Aunque, a diferencia del chinazo y mi diarrea volcánica,
todo esto puede que no sea solo un cúmulo de casualidades cósmicas.
Publicado en «Rubio de bote» (magazine ON) 06/06/26 Foto: Teresa Zgoda (Cabeza de una tenia vista en un microscopio
De pequeño yo era un tirillas.
Sigo siéndolo, en realidad, pero ahora he hiperdesarrollado mis
abdominales. Y lo mío me ha costado, repitiendo cada noche varias
series cortas pero intensas de sprints
entre el sofá y el frigorífico.
-¡Este niño tiene la solitaria!
-recuerdo que solían decirme mis tías, pues a pesar de mi delgadez
comía como una lima.
Me lo repetían tan a menudo que
acabé por creérmelo. Dentro de mí tenía una tenia voraz, a la
cual yo imaginaba como una especie de anaconda que se había
acomodado a lo largo de mi tracto intestinal y que tan pronto como
cualquier bocado caía en mi estómago sacaba la cabeza por el píloro
y, ¡zas!, me lo arrebataba. Aquello, lógicamente, me preocupaba. Me
acomplejaba, además, mi cuerpo. Me daba pudor mostrarlo en la
piscina o en las duchas, después de los entrenamientos. Todavía
sigue avergonzándome desnudarme. Y me da pena, porque nunca seré
uno de esos abuelos a los que ya se la suda todo y salen a andar sin
camiseta, luciendo barriga y una mata de pelo escarchada en las
tetas. Tendré que conformarme con colgarme el mango del paraguas a
la espalda.
¿Qué podía hacer? Por entonces
se decía que había un remedio casero para exorcizar al parásito.
Tenías que colocar un vaso de leche debajo de la boca, abrir esta
mucho, y la solitaria, tentada por el alimenticio olor, no tardaría
en asomarse. Había que estar muy atento porque ese era el momento en
que atrapar la cabeza del bicho y extraerlo tirando de ella, como
esos magos que vomitan ristras interminables de pañuelos de colores.
Yo estaba dispuesto a pasar por el trance. Me pegaba ratos muertos
delante del espejo, con el vaso de leche pegado a la barbilla. A
veces le ponía colacao, por si mi tenia era sibarita. Pero nada, me
había tocado una solitaria tímida. Una solitaria solitaria.
Aquello del vaso de leche era, por
supuesto, una leyenda urbana, un bulo, igual que las vitaminas que se
evaporaban del zumo de naranja si no te lo bebías ipso-facto o la
muda de piel que teníamos que hacer para curtirla, dejando que el
primer sol del verano nos despellejara a tiras los hombros. Me
extraña que en estos tiempos de terraplanismo mental no haya todavía
ningún tarado que promulgue el consumo de carne de cerdo podrida o
de tierra de los parques infantiles como eficaz método de
adelgazamiento. Igual hasta lo llevaban a la televisión, a un
programa de esos de prime
time, como el de las
hormigas, o a ese otro de cocineros, Ultrachef, o como se llame, en
el que recientemente fue invitada una exconcursante que días antes
había animado desde Dubai a los contribuyentes a no pagar impuestos,
los mismos impuestos con los que se sufraga el susodicho programa de
la televisión pública que, como si también alojara dentro de sí
misma una tenia, supongo que retribuye las gansadas de esta
inconsciente.