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EUSKADI TROPICAL, ESPAÑA TRACATÁ

Ago 3, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Puede ser una imagen de texto que dice "NO NOS DES LA VARA ¡¡ABAJO EL FUMBOL!! EN ESTE LOCAL NO SE ADMITEN COMPORTAMIENTOS HOMÓFOBOS, NI QUE ATENTEN CONTRA LA DIGNIDAD DE LAS PERSONAS, POR LO TANTO: QUEDAN TERMINANTEMENTE PROHIBIDAS LAS DISCUSIONES FUTBOLÍSTICAS. TME"

Ilustración: Ernesto Murillo «Simonides»

Como se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su cielo eterno de panza de burro.

Claro que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.

Recuerdo que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna religión que es el fútbol −subirse a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la “obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres− ; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este nuevo opio del pueblo.

Reconozco que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me parece un infierno.

Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!

Patxi Irurzun

HUMO EN EL AGUA

Jul 26, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 18 de julio de 2026

Ian Gillan, el vocalista de Deep Purple, fue también Jesucristo Superstar, la famosa ópera rock, que posteriormente Camilo Sesto adaptaría en una visceral y estremecedora versión en castellano.

El grupo británico ofreció un concierto en Pamplona el pasado 5 de julio, víspera de las vísperas de San Fermín, y, ciertamente se diría que sobre el escenario el cantante británico todavía consigue que su prodigiosa voz camine sobre el agua -el milagro se obra también en las facultades del resto de miembros del grupo, todos ellos igualmente históricos del rock-.

Deep Purple se fundó en 1968 y desde entonces han ofrecido miles de conciertos, han vendido millones de discos e incontables aprendices de guitarrista se han iniciado en el rock trasteando los famosos acordes de Smoke on the water (yo mismo, que estoy tan dotado para la música como Donald Trump para la diplomacia, soy capaz de perpetrarlos).

Gillan tiene ya 80 años y lógicamente se movía con cautela por el escenario, reservando los alardes físicos para los gorgoritos de su voz superdotada. Y entre el público abundaban los espectadores de la misma quinta que el cantante. Mi localidad en la grada estaba justo al inicio de una escalera, por la que vi bajar a varios de ellos con las rodillas hechas puré, todo ello mientras me preguntaba si la banda interpretaría uno de sus clásicos, Child in time. La leyenda cuenta que durante la grabación del famoso disco Made in Japan, a mitad de esta hipnótica canción, un espectador, tras alcanzar el nirvana, decidió quitarse la vida con un disparo que quedó registrado en la grabación. En realidad, parece ser que la detonación obedeció a algún tipo de accidente o error en el sonido; de hecho, en el concierto de Osaka no apareció ningún cadáver, algo que, sin embargo, podía haber sucedido perfectamente en el Navarra Arena, a juzgar por las dificultades de los jevis de la tercera edad para descender los peldaños. Tal vez para evitar desgracias, el grupo no interpretó finalmente Child in time.

Fuera bromas (macabras), hace dos semanas hablábamos en esta misma página de la capacidad que tiene la cultura para hacernos sobrevivir, algo que corrobora la admirable vitalidad y pasión de personas como Gillan, o como muchos de quienes fueron a verle, a quienes la música, el rock, en este caso, todavía consigue transmitirles la energía necesaria para levantar una mano cornuda frente al rostro de la muerte.

Por último, cabe señalar que, en el concierto de Pamplona, el teclista de Deep Purple, el legendario Don Airey, interpretó la notas del “Uno de enero, dos de febrero…siete de julio, San Fermín”. Un dato que, sin duda, debe constar en los anales (con perdón) del rock.

DÍAS FELICES EN EL INFIERNO

Jul 26, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en «Rubio de bote», 4 de julio de 2026

En el campo de concentración francés de Gurs, donde fueron internados miles de vascos que huían del franquismo, en varios de los islotes en que fueron agrupados los casi cuatrocientos barracones en que se hacinaban los prisioneros, se reservaron algunos de esos barracones como espacios dedicados a representar obras de teatro, ofrecer charlas, tertulias, clases de alfabetización, acoger grupos de danzas…

Sometidos por el hambre, el frío, el calor, el barro, las enfermedades, rodeados de alambres de espino y ahogados en barro, los presos de Gurs consideraron imprescindible para su supervivencia levantar los llamados barracones de la cultura.

Más al este, en otro campo, el de Argèles-sur-Mer, en la costa mediterránea, donde las condiciones de vida eran si cabe más extremas y los presos excavaban en la arena de la playa para acurrucarse en hoyos que los protegieran de los latigazos de la Tramontana, artistas como el navarro Gerardo Lizarraga combatían y desafiaban a la muerte dibujando caricaturas. A Lizarraga, de hecho, sus dibujos le salvaron la vida literalmente, pues su mujer, la pintora surrealista Remedios Varó, supo de su paradero y acudió en su rescate tras ver en un cine de París un retrato suyo tomado por el fotógrafo húngaro Chiki Weisz, quien, acompañado de otro fotógrafo, el famoso Robert Capa, documentaba la vida en Gurs, y a quien le llamó la atención la imagen de uno de los presos -Lizarraga- garabateando con un lápiz en un cuaderno.

En “Días felices en el infierno”, las memorias de otro artista húngaro, el poeta György Faludy, en las que relata su internamiento en un gulag, cuenta cómo mientras otros prisioneros intentaban ahorrar energías acostándose apenas regresaban a sus barracones de realizar trabajos forzados, él y otros intelectuales menos acostumbrados al trabajo físico se reunían para leer, conversar, compartir inquietudes artísticas, y cómo, a diferencia de muchos de sus compañeros, consiguieron salir con vida del campo.

Lo recordaba el otro día el filósofo Santiago Alba Rico, en un programa de radio en el que trataba de responder a la pregunta de para qué sirve la literatura. La literatura -señalaba Alba Rico- sirve para que los flacos, los débiles, también tengan su oportunidad; para que se sientan, a través de la ficción, otros; para que se sientan fuertes. Y eso lo podemos aplicar a la cultura, en general. ¿Para qué sirve la cultura? La cultura sirve -si acaso tiene que servir para algo o esa palabra es la más pertinente- para sobrevivir. Puede que suene pomposo, pero los ejemplos anteriores creo que lo dejan más que claro.

EGAGRÓPILAS Y SOBRESALIENTES

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» Magazine ON, 20/06/26

El chinazo en la luna delantera restalla como el latigazo de un dios a sueldo de Joseba de Carglass. Cuando aparco busco el impacto, pero solo encuentro la cagada de un milano o un quebrantahuesos. Tiene que ser una rapaz, porque en el centro de lo que luego Chat GTP me revelará que no es un excremento sino algo llamado egagrópila (una especie de bola que ciertas aves regurgitan y escupen por el pico en lugar de por la cloaca) hay algo duro, un trozo de hueso, quizás de algún ratoncillo o erizo, que retiro con mis propias manos, desasosegado por la idea de que bajo él aparezca alguna grieta en el cristal. No la hay, las vetas que se han abierto alrededor de la esquirla son solo suciedad, la onda expansiva y la metralla del meteorito. Finalmente, me lavo las manos chapuceramente, empapando un kleenex con el agua del limpiaparabrisas.

Dos días después comienzan los retorcijones, un dolor de estómago punzante acompañado de náuseas, como si yo también estuviera conformando e intentando expulsar mi propia egagrópila; retorcijones que finalmente se traducen en una descomposición torrencial y que me hacen pensar en mí mismo como el paciente cero, el primer caso de infección humana por culpa de una nueva gripe aviar.

Nuestra vida, y sus circunstancias, son pura contingencia, un boleto en la lotería del azar. Para que yo acabara sentado en un trono, un habitante de la república roedora había tenido que ser previamente arrebatado a la tierra por un águila ratonera que, por su parte, había tenido que vomitar los restos de su banquete justo en el preciso momento que sobrevolaba mi coche. Y así podríamos seguir ad infinitum. Para que un alumno de un colegio privado o concertado consiga la nota que necesita para entrar en determinada carrera universitaria, un profesor ha plagado previamente su cartilla con sobresalientes dopados. A su vez, supongo que alguien le ha sugerido a este profesor que inyecte la “sobresalientelina” a sus alumnos para promocionar la excelencia académica del centro. La meritocracia y la igualdad de oportunidades son solo otra egagrópila, que escupe desde lo alto un ecosistema que protege a sus halcones y deja desguarnecidos a los que considera ratones, es decir, a la educación pública y a quienes juegan limpio o solo con su esfuerzo. Aunque, a diferencia del chinazo y mi diarrea volcánica, todo esto puede que no sea solo un cúmulo de casualidades cósmicas.

ESTE NIÑO TIENE LA SOLITARIA

Jun 23, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (magazine ON) 06/06/26
Foto: Teresa Zgoda (Cabeza de una tenia vista en un microscopio

De pequeño yo era un tirillas. Sigo siéndolo, en realidad, pero ahora he hiperdesarrollado mis abdominales. Y lo mío me ha costado, repitiendo cada noche varias series cortas pero intensas de sprints entre el sofá y el frigorífico.

-¡Este niño tiene la solitaria! -recuerdo que solían decirme mis tías, pues a pesar de mi delgadez comía como una lima.

Me lo repetían tan a menudo que acabé por creérmelo. Dentro de mí tenía una tenia voraz, a la cual yo imaginaba como una especie de anaconda que se había acomodado a lo largo de mi tracto intestinal y que tan pronto como cualquier bocado caía en mi estómago sacaba la cabeza por el píloro y, ¡zas!, me lo arrebataba. Aquello, lógicamente, me preocupaba. Me acomplejaba, además, mi cuerpo. Me daba pudor mostrarlo en la piscina o en las duchas, después de los entrenamientos. Todavía sigue avergonzándome desnudarme. Y me da pena, porque nunca seré uno de esos abuelos a los que ya se la suda todo y salen a andar sin camiseta, luciendo barriga y una mata de pelo escarchada en las tetas. Tendré que conformarme con colgarme el mango del paraguas a la espalda.

¿Qué podía hacer? Por entonces se decía que había un remedio casero para exorcizar al parásito. Tenías que colocar un vaso de leche debajo de la boca, abrir esta mucho, y la solitaria, tentada por el alimenticio olor, no tardaría en asomarse. Había que estar muy atento porque ese era el momento en que atrapar la cabeza del bicho y extraerlo tirando de ella, como esos magos que vomitan ristras interminables de pañuelos de colores. Yo estaba dispuesto a pasar por el trance. Me pegaba ratos muertos delante del espejo, con el vaso de leche pegado a la barbilla. A veces le ponía colacao, por si mi tenia era sibarita. Pero nada, me había tocado una solitaria tímida. Una solitaria solitaria.

Aquello del vaso de leche era, por supuesto, una leyenda urbana, un bulo, igual que las vitaminas que se evaporaban del zumo de naranja si no te lo bebías ipso-facto o la muda de piel que teníamos que hacer para curtirla, dejando que el primer sol del verano nos despellejara a tiras los hombros. Me extraña que en estos tiempos de terraplanismo mental no haya todavía ningún tarado que promulgue el consumo de carne de cerdo podrida o de tierra de los parques infantiles como eficaz método de adelgazamiento. Igual hasta lo llevaban a la televisión, a un programa de esos de prime time, como el de las hormigas, o a ese otro de cocineros, Ultrachef, o como se llame, en el que recientemente fue invitada una exconcursante que días antes había animado desde Dubai a los contribuyentes a no pagar impuestos, los mismos impuestos con los que se sufraga el susodicho programa de la televisión pública que, como si también alojara dentro de sí misma una tenia, supongo que retribuye las gansadas de esta inconsciente.

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