Elkarrizketa bat ¡ eta euskaraz! (ai, ama) Euskadi irratian. Mi papá me mimari buruzkoa. Aitatasuna, etxeko gizonak, makarroiak…
Una entrevista (y ¡en euskera!) sobre Mi papá me mima, la paternidad, las vicisitudes de ser amo de casa, los macarrones que le hago a mi hijo… Ay, dios mío, cómo sudé contestando e intentando hacerme entender.
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—Y hoy en nuestro programa de cocina, RequeteChef , los concursantes se enfrentarán a uno de sus mayores retos: cocinarán una paella y ganará la prueba de inmunidad aquel que mejor ensalce a los golpistas del 23 F.
—¡Hala, venga, y qué más! —me revuelvo en el sillón, y el meneo me hace volver en mí.
Por un momento me he quedado traspuesto frente al televisor.
—Últimamente veo demasiados programas de cocina –me digo.
Claro que igual es porque últimamente en la tele solo echan programas de cocina. Lo de antes ha sido solo una pesadilla. Pero también he visto, despierto, cómo los aspirantes —así los llaman— cocinaban para toreros o militares (al tiempo en este último caso que hacían un publirreportaje sobre el ejército de esos en los que se usan mucho pleonasmos del tipo “misión de paz”). Otro día los invitados al programa fueron embajadores de diferentes países y cada vez que se referían a ellos los presentadores decían: el excelentísimo señor embajador de Brasil fulanito de tal, la excelentísima señora embajadora de Nigeria menganita de cual… Ese día el programa duró media hora más. Luego, cuando acabó me puse a cotillear en las redes sociales para ver si a alguien le había llamado la atención todo ese lameculismo clasista, pero la gente solo comentaba que había sido injusta la expulsión de uno de los concursantes o que el plato que había cocinado otro de ellos había sido el mejor. ¿Pero cómo el mejor? ¿Lo habían probado acaso?
A mí, por el contrario, los programas de cocina me dejan mal sabor de boca. En primer lugar porque probablemente sea mejor aspirante aquel que resulte un poco notas que quien cocine para chuparse los dedos pero tenga una cara difícil de ver. Eso, de todos modos, entra dentro del lote, pues, en realidad, antes que de cocina estamos hablando de televisión, espectáculo, pura filfa… Lo que de verdad me revuelve las tripas son ciertos valores que transmite el formato: el despotismo y la mala educación, la sumisión incondicional exigida a los participantes, la competición y el malrollismo fomentado entre ellos…
El primer día que vi uno de estos programas me indignó ver a cocineros respetables convertirse—supongo que por exigencias del guión— en chuloperas, en matones de bar o en graciosos de fiesta de instituto, al dirigirse a los aspirantes, y cómo estos asumían las humillaciones, como si eso fuera lo natural y lo aceptado en cualquier tipo de relación laboral o jerárquica. Para el segundo ya no me pareció tan raro. El tercer día ya solo quería que la caja tonta me entretuviera un poco.
Tenemos unas tragaderas descomunales. El antiguo pan y circo se ha convertido hoy en tele y merluza deconstruida. Y luego pasa lo que pasa. España es una gran paella cocinada en una casa cuartel. Y RequeteChef algo más que una pesadilla. Después de todo, hace unos meses Antonio Tejero, hijo del teniente general de infausto recuerdo, conmemoró el intento de golpe de estado con una paella en el cuartel a su mando —y supongo que a costa del presupuesto público— y apenas unas semanas después, lejos de tener que devolver sus cuchillos (o sus sables), obtuvo su premio: fue ascendido a coronel. Y aquí no pasa nada. ¡Viva España!, pues. Y… bon apetit!
Publicado en mi seccción RUBIO DE BOTE para el semanario ON de los periódicos del Grupo Noticias (Página 7)
http://issuu.com/gruponoticias/docs/on111014/1

Mi libro de cuentos «La tristeza de las tiendas de pelucas» era uno de los candidatos al Premio Euskadi de este año, ya lo pudo decir (porque me temo que si no lo digo yo no lo va a decir nadie). Al final, no ha podido ser, como tampoco pudo ser el año pasado con el Setenil. Dicen que un finalista es un ganador sin padrinos, pues yo debo de ser un descastado radical. La verdad, para que nos vamos a engañar, es que tenía cierta esperanza, una esperanza mínima , pero menos mínima que otra veces, y hoy estoy un poco afectado. Ni siquiera me atrevo a decir «otra vez será», porque a este paso me da que no será nunca.
También tengo que decir uno, que, del mismo modo, no me quita nadie el subidón que me dio saber que la obra había sido elegida, porque este año las bases cambiaron y las obras no se presentaban, si no que eran elegidas. De hecho, yo ni siquiera sabía que podía optar a ese premio. Y dos, que a mí la tontería se me quita en dos días y para mañana mismo estoy otra vez escribiendo como un loco.