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El pasado viernes 28 de noviembre presentamos Kaperu, mi aportación a la colección TE CUENTO… de Alkibla en la librería Auzolan de Pamplona. Kaperu es mi particular reinterpretación del cuento clásico Caperucita roja, En este proyecto, que yo estreno, participan autores como Manuel Rivas, José Ovejero, Marta Sanz, Isaac Rosa, Javier López Menacho, Juan Carlos Mestre, Isabel Bono, Felipe Zapico, Hasier Larretxea. Emilio Silva o Belén Gopegui. Casi nada. Y todos los cuentos vienen acompañados de un reportaje fotográfico de Clemente Bernad. Mi Kaperu es un cuento a ritmo hip-hop, con grafitis, whatsapps, canciones de Kortatu… Las fotos son sobre la búsqueda de Marta del castillo, Podéis ampliar información y pedir el cuento en www.alkibla.com.



David Tijero en AUX magazine:
http://davidtijeroosorio.wordpress.com/2014/12/05/tiros-libres/
Francisco Camero en diariodesevilla.es
http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/1916910/relatos/con/la/muneca/caliente.html
“Tímido, valiente, contradictorio”, así se definió en una ocasión el bertsolari Andoni Egaña, y solo quien pertenezca al gremio (al de los tímidos, me refiero) sabrá apreciar esas palabras, del mismo modo que aborrecerá con todo su corazón a los tímidos (de pega) que alardean de serlo, como si ese rasgo del carácter fuera una virtud, en lugar de una condena, una rémora, una limitación que condiciona y disminuye tu vida. Yo soy tímido, y si no lo fuera, o mejor dicho, si dejara de serlo, una de las primeras cosas que haría sería asesinar con mis propias manos al siguiente artista megaguay que en plena promoción de su último disco o su último libro (del que ya ha vendido miles de copias y es obra maestra antes de que esté en la calle) se hiciera de rogar y musitara un “Yo es que soy muy tímido”, para a continuación bajarse con desparpajo los pantalones y entrar en una piscina llena de fango, durante alguno de esos programas de televisión en los que se grita mucho y no se dice nada.
Cuando era pequeño mi madre llegó a ofrecerme hasta veinte duros, toda una fortuna para un niño de la época, si bajaba a comprar el pan a Zazpi, la tienda del barrio, pero yo abofeteaba a Manuel de Falla, apartaba el billete de mi vista, renunciaba a la montaña de chuches que podía edificar sobre él, a las noches interminables de petazetas y fuegos artificiales sobre mi lengua… Todo con tal de no volver a enfrentarme a las señoras que simulaban no verme y se me colaban con toda su cara y una sonrisa más falsa que una calcomanía estampada en ella, mientras el tendero canturreaba “¡El siguiente!” y a mí se me ahogaba una vez más el “Yo” en la sima de mi garganta.
Eso es ser tímido. Sudar en invierno. Trabarse al pedir coca-cola en los bares. Despedirse siempre a la francesa por no tener que abrir la boca, o porque al abrirla nadie te ha oído. Decir sí cuando deberías decir no, por no molestar. Por no molestar, decir no cuando te corresponde por derecho un sí. Parecer arisco, raro, bobo, bueno, inofensivo… Hacer creer a quien te está engañando o trata de aprovecharse de ti que no te das cuenta. Volverte invisible. Perder todas las discusiones y todas las novias, antes de tenerlas. Temblar al levantar las copas. Dejar de levantar copas que podrías haber levantado…
Para un tímido todo es una proeza. Saludar, pedir un favor, comprar el pan… Y no hay, a la vez, nadie más valiente que un tímido cuando se desinhibe, o cuando encuentra la espita por la que dar salida a su introversión. Un tímido puede, por ejemplo, improvisar versos perfectos ante un pabellón repleto de gente. Hay que ser muy valiente para ser tímido. Sobre todo cuando el tímido es un personaje o su oficio adquiere cierta dimensión social. Cuando en esa esfera, en ese gran acuario catódico, se desenvuelven como peces en el agua depredadores que, por el contrario, tienen más morro y menos talento o carecen por completo de él y pese a ello se comen los trozos más grandes, se cuelan en la tienda y sonríen con desfachatez, chapotean con más habilidad en el fango… Gentuza con mucha cara que no duda en calificarse como tímida porque cree que eso resulta encantador. No tienen ni idea. Solo los tímidos enfermizos entendemos aquello de “Tímido, valiente, contradictorio”. Lo dijo Andoni Egaña. Y yo, tímidamente, se lo tomo prestado.
Publicado en en mi sección RUBIO DE BOTE de ON, suplemento de los periódicos del Grupo Noticias
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Una vez mi amigo Juantxo el jipi vio al calvo de la lotería en un bar del casco viejo. Apareció en el otro extremo de la barra arrastrado por una marea humana, se subió el cuello del gabán y le sopló una de sus pompas de la suerte. Después llegó otra nueva ola de clientes sedientos y el calvo desapareció, pero sobre la barra quedó su botellín de cerveza, hacia el que Juantxo se abalanzó convencido de que dentro de él encontraría el mapa del tesoro. Cuando comprobó que la botella estaba vacía, arrancó la etiqueta, un gesto que, se decía por entonces, era síntoma de insatisfacción sexual. Pero a mi amigo Juantxo el jipi no le importó. Estaba convencido de que los últimos números del código de barras coincidían con los del gordo de Navidad y de que pronto decenas de mujeres perderían la cabeza por él. Ya se veía a sí mismo a la puerta de un bar Manolo, descorchando una botella de champán delante de las cámaras y agitando inconscientemente el boleto premiado, como un reclamo para huelebraguetas, banqueros y todo tipo de delincuentes. Luego resultó que no, que aquella botella que había dejado la marea solo traía raspas de pescado y lapos de chapapote. Que el gordo tocó en Sort y al presidente de una diputación (aunque las televisiones encontraran, como siempre, un “barrio obrero muy afectado por el paro en el que la suerte ha repartido millones”, y todos tan contentos).
—Aquella noche yo me había bebido hasta el agua de los ceniceros— confiesa mi amigo Juantxo el jipi. —Pero era él. El calvo de la lotería. Lo juro.
Y yo le creo. De hecho, aquel año despidieron al calvo de la lotería; o él mismo se despidió, por dignidad profesional, después de haber errado el tiro de una de sus pompas de la suerte. Y llegaron los anuncios con famosas cantantes de ópera y su sonrisa terrorífica tatuada como una cicatriz en el rostro; y los bares Manolo se convirtieron en bares Antonio, con cafés a 21 euros y camareros de buen corazón y pobres que dan pena y ablandan el nuestro, todo para vender más boletos, en el que es el mayor negocio del año (dicen que la lotería de Navidad factura anualmente más que empresas como Zara o Hipercor, y eso vendiendo un trocito de papel que casi siempre tiene el mismo valor y provoca la misma insatisfacción que la etiqueta arrancada de un botellín de cerveza). Por lo demás, desde el spot del año pasado, el de Raphael con una careta de Raphael, el anuncio de la lotería lleva ya camino de convertirse en una tradicional e ineludible cita con el humor, en una broma gigantesca e institucional, y aunque este año hayan tratado de contrarrestar a base de sentimentalismo, se han pasado de frenada y ya circulan por doquier las parodias, los chistes y fakes, a cuenta, entre otras cosas, del sobre (incluir, en estos tiempos de desfalco generalizado que corren, un sobre en el anuncio tal vez no haya sido una buena idea).
Quizás la única manera de cortar esta dinámica sea apostando el año que viene de forma descarada por el cachondeo, no provocándolo sin querer. Volviendo, por ejemplo, a contratar al calvo de la lotería y sacándolo con peluca en un bar de casco viejo, mientras trata de pasar desapercibido cuando aparece mi amigo Juantxo el jipi, que le debe un par de hostias.
RUBIO DE BOTE. Publicado en el suplemento ON de los periódicos del Grupo Noticias.
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Portada original de Tasio para Cuentos sanfermineros
Colaboración para BLOG SANFERMÍN.COM
Los sanfermines han sido un tema recurrente en mi obra, oh, mi obra, una obsesión literaria. El primer libro en que aparecieron fue en mi segunda novela, Ciudad Retrete, en la que uno de los personajes, el chatarrero y enfermo mental Animal, abandonaba la ciudad imaginaria de Jamerdana, mi Macondo foral, y viajaba a Pamplona para vender pañuelos, fajas y gorros “Gora Euskadi” en un puesto ambulante. Animal se liaba con una americana que iba hasta las trancas de sangría y acababan magreándose en plena calle, junto a la estatua de un hierático e impotente Hemingway, al contrario que la beoda y excitada concurrencia, que animaba a la pareja a pasar a mayores.
Pero para entonces ya había escrito también varios cuentos sanfermineros y muchos de ellos habían sido publicados en periódicos, la mayoría por capítulos. Por entonces (a principios de siglo), la prensa era un buen medio para escribir de ese modo, y los sanfermines una época del año propicia, en que la venta y lectura de periódicos aumentaba. No había internet, ni Facebook, ni mierdas de esas con las que hemos avanzado mucho pero nos han vuelto a todos también un poco más bobos y a los periodistas y escritores mucho más pobres. Reuní varios de esos cuentos en mi siguiente libro, Cuentos sanfermineros, para el que escribí un prólogo que pretendía ser un ensayo sobre el relato sanferminero, y en el que hablaba del mismo como subgénero literario, o de la trascendencia desde lo local a lo universal en los temas abordados (primeros encuentros con las drogas, el alcohol, la muerte, el sexo, ah, no el sexo no, que estamos hablando de Pamplona…). En la presentación de aquel libro me acompañó Idoia Saralegui, que aquel mismo año, solo unos días después tiraría el chupinazo. Para mí eso fue un flipe. Por lo demás, entre los cuentos recopilados, había algunos de los que más alegrías me han dado, como Fiambre, en el que el personaje saca a pasear a su abuelo muerto en una silla de ruedas durante unos sanfermines, a modo de despedida; cuento que al cabo de los años adapté para una obra teatral con la que gané el concurso de textos teatrales del Gayarre; o como ¡Ese Tocho!, que narra las peripecias eroticofestivas de una alcaldesa de Pamplona y un portero de Osasuna, y que aunque inicialmente escrito para prensa local, fue censurado en la misma y eso le permitió recorrer mundo y aparecer en dos antologías: Golpes. Ficciones de la crueldad social, compartiendo cartel con autores como Manuel Vilas, David González, Eloy Fernández-Porta…; y Cuentos de fútbol, junto a otros como Julio Llamazares, Javier Marías, Roberto Fontanarrosa, Juan Villoro…, todos ellos, todos nosotros, traducidos al italiano. Mi cuento apareció en esta ocasión, curiosamente, bajo el título L, Animale.
Los sanfermines también están presentes en Dios nunca reza. Los sanfermines de 2008, en concreto, en los que fue asesinada Nagore Lafagge, de quien hablo en las páginas de ese diario, uno de mis libros más queridos y más tristes y dolorosos. Aquel año fue también el que mi hermano se rompió la tibia y el peroné saltando desde el tendido a la arena de la plaza, creyendo que aún tenía veinte años.
En ¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis!, también hay varios capítulos dedicados a los sanfermines más lúbricos, más sucios y más gamberros. En esta sí se folla. El protagonista, por ejemplo, con el rostro cubierto por una careta de Caravinagre (en la edición digital, en la de papel creo recordar que era de Verrugas) hace el amor con una teutona en un balcón de Navarrería, mientras neozelandesas con el pubis en llamas se arrojan desnudas desde lo alto de la fuente de la Navarrería. Como la realidad siempre copia a la ficción estoy seguro de que algún día sucederá algo así (de hecho, creo que ya el pasado año se rodó alguna película porno durante los sanfermines). Por lo demás, el protagonista, además de actor porno, era un barrendero pamplonés, como yo lo fui durante unos sanfermines y un verano, sin que ningún redactor jefe fuera capaz de aprovechar esa circunstancia y estuviera dispuesto a publicarme una crónica desde dentro del corazón de la bestia en la que contara cada día cómo había transcurrido, qué habíamos encontrado entre las toneladas de mierda que excretaba la ciudad. Fue una oportunidad perdida para el que habría sido uno de los grandes momentos de la literatura sanferminera, del que solo pude resarcirme años después escribiendo en Diario de Navarra una columna sobre los sanfermines con silleta, es decir, sobre mis sanfermines como padre de niños pequeños. Por supuesto, no era lo mismo ni por el forro, pero creo que hay ahí todo un filón periodístico desaprovechado, el San Fermín gonzo, que cada año se sacrifica para escribir siempre los mismos y manidos reportajes: los objetos perdidos en la consigna, el precio de las barracas y de los cubatas, la metereología y la chaquetica por la noche…
Termino de enrollar este yoyo sanferminero y literario, añadiendo que también en mis dos últimas obras, las fiestas están presentes: con un cuento titulado El año de la lengua azul en la ciudad del mundo al revés, en La tristeza de las tiendas de pelucas (libro que fue finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos del año 2013 y finalista del Premio Euskadi 2014 –esto lo digo siempre que puedo porque no lo sabe nadie, no se ha hecho público, solo lo sabemos yo y el cartero que trajo la carta certificada en la que se notificaba-) (en este relato, como consecuencia de una enfermedad contagiosa del ganado bovino, los toros son sustituidos por avestruces en los encierros y las corridas por un Madrid-Barça con las camisetas de los equipos cambiadas); y también en Atrapados en el paraíso, aquí ya de un modo tangencial, cuando cuento como el chupinazo de 2002 lo viví en el basurero de Manila, transmitido vía SMS por mi chica.
http://www.blogsanfermin.com/yoyo-literario-sanferminero/#comment-1421742