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Archive from julio, 2017

DE DUNCAN DHU A DUNCAN DHU pasando por Mark Twain, Bukowski o Sid Vicious

jul 30, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog, seis grados  //  No Comments

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SEIS GRADOS (tercera entrega del serial veraniego para semanario ON, diarios del Grupo Noticias 29/07/2017)

La teoría de los seis grados de separación dice que podemos conectarnos con  cualquier otra persona del planeta Tierra a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.

Patxi Irurzun

DE DUNCAN DHU A DUNCAN DHU
pasando por Mark Twain, Bukowski o Sid Vicious

Resultado de imagen de secuestrado stevenson¿Cómo eligen los grupos de música sus nombres? Tarzán y su puta madre okupando piso en Alcobendas, Me voy ke me estoy kagando, Mari Cruz Soriano y los que afinan su piano… Son algunos de los poéticos nombres con los que algunos conjuntos han tenido a bien llamarse, pero otros menos audaces han preferido recurrir a la inspiración ajena y existe un buen número de músicos que se han bautizado tomando sus nombres de  títulos o personajes literarios. Es el caso de los donostiarras Duncan Dhu, que comparten nombre con uno de los personajes de Secuestrado, una novela de aventuras de Robert Louis Stevenson que daría a imprenta el mismo año que El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde y tres antes que La isla del tesoro, sus obras más conocidas. El Duncan Dhu de Stevenson, escocés, amante de la música y enemigo de la violencia, propone en un pasaje del libro solucionar una disputa entre dos huéspedes que aloja en su casa con un duelo de gaitas, duelo que se salda alegremente entre tragos de whisky y baladas, mientras fuera la niebla cae y los clanes de las tierras altas afilan sus cuchillos.

Una elección, pues, a contrapelo, la de Mikel Erentxun, Diego VasalloJuan Ramón Viles (el tercer miembro original del grupo, que años más tarde acabaría siendo concejal del PNV en el ayuntamiento de Donostia), habida cuenta de que por aquella época se estilaban más nombres de grupos más belicosos o que dieran un poco de asco: Eskorbuto, Vómito, Cicatriz, Basura, Kagando duro (lo de cagar con k era, y es, como vemos, recurrente: además de los ya mencionados, tenemos a Kagando entre dos coches, Kaka de Lux, Hemorroides Band, Ojete calor…).

Después se pondrían de moda nombres más largos como Ella baila sola, El sueño de Morfeo o La oreja de Van Gogh que no se sabía si pretendían dar gracia o pegarse el moco y que en esa indefinición acababan por resultar ridículos.

Pero esa es una opinión personal y además un servidor también publicó un libro de cuentos titulado La tristeza de las tiendas de pelucas, así que volvamos a los grupos con nombres inspirados por obras literarias.

Resultado de imagen de vetusta morla tortugaVetusta Morla, por ejemplo, que homenajea a la gigantesca y vieja tortuga sumida en un pantano de tristeza de La historia interminable (un pequeño paréntesis sobre esta obra: su autor,  Michael Ende, que como el protagonista del libro se vio atrapado dentro de la historia sin poder salir de ella, excepto para pedir a su editor más tiempo para escribirla, tal y como se merecía su fantástico hallazgo literario, consiguió que este accediera a publicarla con sus famosas dos tintas, verde y roja,  lanzándole un órdago a la grande: la novela, reclamó inicialmente, debía editarse con tapas de cuero e incrustaciones de madreperla).

Sigamos: Patrullero Mancuso toma su nombre de uno de los personajes secundarios de la genial novela de John Kennedy Toole La conjura de los necios, el incompetente policía a quien su jefe tóxico obliga a disfrazarse de las maneras más humillantes y estrafalarias, incluso para una ciudad como Nueva Orleans. The Velvet underground debe su nombre a un libro sobre masoquismo. Moby, a Moby Dick… La lista es larga, pero para cortarla de una vez e ir al grano (es decir, los seis grados de separación que nos llevarán de Duncan Dhu a Duncan Dhu, pasando por Mark Twain, Sid Vicious o Bukowski, entre otros), volvamos a tierras escocesas y añadamos por último a My chemichal romance, quienes se inspiraron en el libro del escritor de Edimburgo Irvine Wehls, Éxtasis: Tres relatos de amor químico (Ecstasy: Three Tales of Chemical Romance).

Resultado de imagen de iggy pop atolladeroWehls es también el autor de la novela Trainspotting, cuya adaptación cinematográfica todos recordamos, así como su banda sonora, en la que participaban, entre otros Iggy Pop (y ahora, una pequeña pirueta, de Iggy Pop a Iggy Pop, pasando por, entre otros, Antonio Alcántara): Iggy Pop,  además de en los escenarios, ha exhibido su anatomía nervuda de iguana humana en varias
películas, como El color del dinero, un anuncio de tónica  o Sid y Nancy (adaptación de la estupenda novela de Gerard Cole), en la que se narra la historia de amor de Sid Vicious,  el bajista de los Sex Pistols, y Nancy Spungen, que aparecería muerta en una habitación del Chelsey Hotel, el legendario hotel neoyorkino, por cuyas habitaciones han pasado escritores como Mark Twain o  Dylan Thomas (de quien cuenta la leyenda que murió tras atizarse 18 whiskys, no sabemos si escoceses o no, y quien, por cierto, también inspiró a Bob Dylan su nombre artístico), o músicos como Leonard Cohen y Janis Joplin, e incluso Janis Joplin y Leonard Cohen muy juntos, como atestigua la canción de este último, Chelsey hotel, en la que hasta un caballero como Cohen tiene un desliz y da indiscreta cuenta de la felación que le practicó el chico más feo del instituto, como llamaban a Janis Joplin en su juventud (a mí, sin embargo, siempre me ha parecido una de las mujeres más bellas del mundo).

En el Chelsey Hotel se alojó también el rey de los escritores malditos, Charles Bukowski, a quien en el año 2008 más de treinta escritores españoles homenajearían en un libro titulado Resaca / Hankover. Un homenaje a Charles Bukowski (Caballo de Troya, 2008)Resaca/Hank Over. Uno de los coordinadores de ese libro, Vicente Muñoz Alvárez, había publicado años atrás otra antología de relatos titulada Golpes, entre cuyos participantes se encontraba el cineasta Oscar Aibar, que ha dirigido numerosos capítulos de la serie Cuéntame (yo rezo todos los días para que no me toquen de vecinos una familia como la de Antonio Alcántara, que atraen todas las desgracias), y que a mediados de los 90 rodó en las Bardenas un western futurista titulado Atolladero que… ¿a quién tenía por protagonista? A Iggy Pop, en efecto.

Y tras la pirueta, recojamos a la iguana de Detroit y recorramos ya el último tramo del camino. En el año 2008 Iggy Pop sorprendió a propios y extraños franqueando la entrada al salón de la fama a Madonna e interpretando dos versiones de canciones de esta artista, quien también ha participado como actriz en numerosas películas. Entre ellas,  Dick Tracy, la adaptación al cine de las aventuras del famoso personaje de comic estadounidense, estrenada en el año 1990 y en cuya banda sonora de la versión hispana, tachán, encontramos la canción Herida de miel de… ¡Duncan Dhu!

 

YO TAMBIÉN BUSCO TÍTULO

jul 30, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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Artículo publicado en “Rubio de bote”, colaboración para semanario ON, diarios de Grupo Noticias (29/07/17)

 

A veces suelo parar a desayunar en una cafetería en la que los cruasanes me saben a gloria. Es un sitio algo apartado, para llegar a él hay que desviarse por una carretera estrechita y, como lo de los cruasanes es un secreto a voces, casi siempre está llena de coches aparcados de mala manera en los arcenes. Para solucionar todo ese caos, la cafetería habilitó un parking en su parte trasera. Es una explanada bien señalizada y espaciosa, algunos festivales de música tienen menos plazas disponibles, pero a pesar de todo, por no andar los cincuenta metros que la separan de la cafetería, la mayoría de los coches siguen aparcando en la carretera, junto a la puerta del local.

He observado conductas similares en otros lugares, en los parkings de supermercados o en calles en las que no hay dificultades para encontrar sitio, pero en las que algunos conductores optan por la doble fila (o incluso a veces por la doble fila delante de una plaza vacía).

Los coches sacan a menudo nuestros comportamientos más rastreros. Y retratan a quienes los manejan. Los hombres con la imaginación pequeña se compran coches grandes. Quienes no tienen gran cosa que decir conducen coches ruidosos. Aquellos que…

(¡CAS-CA-RRA-BIAS, CAS-CA-RRA-BIAS!, escucho de repente voces dentro de mi cabeza, y veo también a un coro de niños que me señalan con el dedo)

Vaya, pues es verdad, disculpen la interrupción. ¿Un columnista debe estar necesariamente siempre enfadado? ¿Firma con hiel una cláusula en la que se le obliga a refunfuñar en cada una de sus colaboraciones? ¿Se siente más guay juzgando siempre las conductas de los demás? ¿Y ese tonito de superioridad moral? ¿Se aplica él el cuento, es un ciudadano, un padre, un votante ejemplar? ¿Para correctamente en todos los STOP?

Es más,  ¿para qué servimos en realidad los columnistas? En la mayoría de los caso, una de dos, o el columnista tiene su parroquia de lectores, con lo cual leerlo viene a ser lo mismo que ir a un mitin del partido al que ya sabe que va a votar; o, dos,  lo leen de manera morbosa aquellos que no lo pueden ni ver, que sienten repugnancia por lo que escribe y piensa, solo para reafirmarse en ese asco intelectual (a mí me pasa mucho con Pérez Reverte, y otros más próximos que no voy a nombrar para que no se exciten y por si me los cruzo un día por la calle —encima cobarde—).

Por no hablar de que en realidad un columnista en realidad está atado de manos, pies y lengua.  Ninguno lo admitirá, pues todos nos vemos a nosotros mismos como espíritus libres y enfants terribles, pero si el columnista fuera sincero y coherente consigo mismo, si escribiera realmente lo que quiere o como quiere, acabaría en un juzgado o en la calle (lo sé porque esto último me ha pasado varias veces y lo primero casi una).

Escribir columnas es una cosa de señores mayores enfadados o de escritores fracasados que mueven patéticamente el sonajero de su pluma. Las columnas, en fin, las deberían escribir jóvenes de veinte años y hablarnos de la última vez que hicieron el amor o contarnos a quién le meterían una buena yoya. Por lo demás, la cafetería en cuestión tampoco es para tanto, sus cruasanes saben a gloria celestial pero sus cafés convierten mi estómago en un infierno, como en casi todos los demás sitios.

(Samplers empleados para escribir esta columna: Señor mayor enfadado/Javier Marías (en cualquiera de sus columnas semanales); El hombre más airado de Holloway/ Nick Hornby, en Cómo ser buenos;  Busco título/ Cabezafuego, en Somos droga: toda esta columna ha sido en realidad una burda imitación de esa genial canción en la que el músico se aburre de la misma a mitad del tema y la mata cortándole el cuello con un histriónico rap).

 

RITOS DE INICIACIÓN. Reportaje y portada en ON

jul 27, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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El encierro txiki, un tropezón de la giganta Braulia, los sanfermines del 78, un reventa de trece años… El escritor pamplonés Patxi Irurzun rememora en estas páginas recuerdos en blanco y rojo de sus sanfermines de niñez y adolescencia.

Como diría Lemmy Kilmister: mis primeros sanfermines fueron maravillosos, no me acuerdo de nada. Bueno, eso en realidad y en el sentido al que se refería el cantante de Motorhead, sucedería más tarde, siendo ya veinteañero, pero mis primeros recuerdos sanfermineros también vienen a mi mente de un modo difuso, en una nebulosa en la que —¿ a qué huelen las nubes?— predominan los olores y los hedores: a orina y a algodón de azúcar, a churros y a vino peleón, a sobaco y a rabas…

Pero hay también imágenes: la giganta Braulia trastabillando y a punto de caer sobre nosotros, un mediodía en Carlos III, cuando todavía en medio de la avenida había “hierbín” y árboles altos (yo creo que Braulia se golpeó con uno de ellos); la primera persona vestida de blanco nuclear atisbada desde la ventana, la mañana del 6 de julio; Donan Pher, un misterioso explorador, con salacot y unas fotos con serpientes al cuello, vendiendo bolígrafos en el Paseo Sarasate…; y hay, además, sonidos: el corazón de la ciudad convertido en un bombo; los charlatanes de las barracas, que alegría, qué alboroto, y otro perrito piloto; la voz de veinte mil personas elevándose al cielo en una sola desde el redondel, como una gran boca, de la plaza de toros…

“¡Montón, montón!”

Quizás el primer recuerdo sanferminero completo que guardo en mi memoria es el de un encierro en la plaza de toros, precisamente, que mi madre nos llevó a ver cuando yo tenía siete u ocho años. Conseguimos localidades frente al callejón. Vimos al entrar al primer corredor, un borrachín descamisado, al que el público silbaba y tiraba almohadillas, que esquivaba con gracia torera. Después llegaron algunos corredores más, y luego más y muchos más, hasta que sus figuras dejaron de perfilarse, se convirtieron en un borrón que sin embargo se extendía con una precisión casi geométrica a ambos lados de la plaza (a aquello le llamaban hacer el abanico, yo no sabía por qué, pues me resultaba imposible identificar esa imagen; tal vez debía su nombre al flujo de corredores, que cada vez se aceleraba más, a medida que subía la temperatura de la carrera). Y de repente, sucedió algo, algo que no estaba previsto, algunos mozos tropezaron en el callejón, y después otros con ellos, y en apenas unos segundos, aquel flujo se detuvo.

—¡Montón, montón! —gritaba excitado el público, señalando la pared humana, en la que no tardaron en dibujarse las cabezas de algunas reses, que trataban de abrirse paso entre los mozos, pisoteándolos torpemente.

No sé cuánto tiempo duró aquello. En la plaza se oían gritos, lloros, había madres que cogían en brazos a sus hijos y les tapaban los ojos, o los sacaban fuera…. La mía, mi madre, apretó con fuerza mi mano, y fue disminuyendo la presión a medida que la montonera humana fue deshaciéndose, gracias a los corredores que sacaban a estirones a los que estaban atrapados. A alguno de ellos se lo llevaron en brazos, amoratados e inconscientes. Al día siguiente supimos que un joven de 17 años había muerto asfixiado. Vivía a solo cien metros de nuestro portal.

Sanfermines 1978

Los sanfermines, como el fútbol,  son así. Unas fiestas de extremos, en las que el vino deja siempre un regusto a sangre, y al revés.  Unas fiestas que se viven con una alegría desbordante, mientras, como una amenaza imprecisa, la tragedia y la violencia sobrevuelan nuestras cabezas. Unas fiestas en los que los padres se empeñan en llevar a sus hijos a ver al encierro o a que los kilikis les golpeen con una verga.

Un año después de aquel encierro, por ejemplo, en 1978, las fiestas fueron interrumpidas el día 8 de julio, cuando la policía asesinó a Germán Rodríguez, tras irrumpir en la plaza de toros, donde unos mozos habían desplegado una pancarta pidiendo Amnistia. “¡Tiren con todo lo que tengan!”, ordenaba un mando por la radio interna. Y tiraban, tiraban, por ejemplo pelotas de goma cuando te asomabas a la ventana al ver pasar las furgonas de los grises, que entonces creo que eran ya marrones, eso también lo recuerdo, como recuerdo cómo abandonamos la ciudad, en el 127 de mi madre, y a aquel manifestante que se acercó enarbolando con las dos manos sobre su cabeza una piedra enorme, cuando intentamos atravesar una barricada, y cómo al vernos a los cuatro niños en el asiento de atrás tiró la piedra al suelo y él mismo nos franqueó el paso. “Gora San Fermín!”, gritó levantando el puño. Pues gora.

Por un puñado de pipas

Después de eso, vinieron los años de exilio (los pamploneses se dividen en dos grupos, los que adoran sus fiestas y los que huyen despavoridos del tumulto, el ruido  y la suciedad). Fueron cuatro o cinco años, y para cuando volvimos a quedarnos a pasar las fiestas en Pamplona, yo ya estaba talludito y salía con mis amigos, sin padres, libres y salvajes. Tirábamos petardos, bebíamos culos de vasos olvidados en las barras… Un año, hasta nos hicimos reventas.

—Eh, chavales—nos dijo una tarde, en las inmediaciones de la plaza de toros un gitano con una barriga enorme y una camisa llena de bolsillos—. Si os ponéis en esa fila —señaló las taquillas de la plaza— os damos veinte duros. Y os compramos una bolsa de pipas de las grandes, para que os entretengáis mientras esperáis.

Y antes de contestar ya nos estaban agarrando del brazo, con las manos sudadas y las uñas negras por la tinta de las entradas y la roña de los billetes, y llevándonos hasta la cola.

—El dinero luego, las pipas aquí las tenéis —dijo.

Y allá nos pusimos a esperar a que abrieran las taquillas, pelando pipas, clic, clac, y cada una sonaba como algo que se quebraba por dentro de nuestros cuerpos. Sin atrevernos a mover un solo músculo (que no fuera el de cascar pipas).  Después apareció un borracho, y empezó a decir tonterías de borracho, y más tarde un antitaurino, que era mudo, con sus carteles escritos abigarradamente a mano, y el borracho se solidarizó con él: “¡Las plazas de toros hay que reconvertirlas!”, gritaba, “¡Concursos, concursos de polvos sobre la arena, habría que hacer!”, y las familias enteras de gitanos que también guardaban cola junto a nosotros se retorcían de risa en sus sillas de camping, oyéndole e imaginándose a unos cuantos payos blancuchos con el culo al aire, y nosotros poco a poco fuimos relajándonos y sacudiéndonos el miedo…

Recuerdo que después se fueron los dos, el borracho y el antitaurino, y los gitanos se echaron una siesta, y que a nosotros se nos acabaron las pipas, y que también decidimos largarnos.

Al día siguiente, quedamos donde la estatua de Hemingway, como siempre. Y como siempre mis amigos llegaron tarde. En realidad, ni siquiera sé si llegaron, porque mientras estaba esperándoles, de repente vi venir pisando muy fuerte y con el ceño convertido en una grapa al gitano de la gran barriga y la camisa llena de bolsillos. Salí pitando. Durante todos aquellos sanfermines no pude quitarme del brazo el olor a tabaco negro y a billetes que pasaban de mano en mano. Y, por supuesto,  estuve una buena temporada sin comer pipas.

Encierro txiki

Aquella se podría decir que fue, aunque precaria y sin contrato, mi primera experiencia laboral. Los sanfermines de hecho son casi siempre, para un pamplonés, la primera vez de algo. Primeros trabajos (como camarero, como “naranjito” —como se conoce popularmente a los vigilantes de protección civil —,  como operario de limpieza…). Primeros besos. Primeras heridas.… Ritos de iniciación. La vida convertida en un método de ensayo/error: primeras borracheras/ primeros viajes en la ambulancia de la DYA; primeros intentos de gaupasa/ primeras noches durmiendo y temblando en jardines o bancos; primeras incursiones en la calle Jarauta / primeros efectos radioactivos del kalimotxo en polvo y los bocatas de txistorra de los puestos callejeros…

Hubo un tiempo incluso en que durante  los sanfermines los niños y adolescentes de Pamplona corrían su primer encierro, con animales de verdad, no de cartón, becerras con sus cuernos incipientes asomando en la testuz, con la que rompían indiscriminadamente fémures y crismas entre la chavalería, todo ello sin que ningún  padre demandara al ayuntamiento. Eran otros tiempos, tiempos bárbaros en los que se fumaba en las villavesas y en la consulta del médico y el que más fumaba era el médico.

El encierro txiki, así se llamaba, arrancaba al final de la calle Estafeta, donde desencajonaban desde un camión a las pobres y asustadas becerras,  que salían en un trote alocado y nervioso llevándose todo lo que se encontraban por delante, por ejemplo a mi amigo Natxo, que en una de las carreras se fue al suelo con un trompazo, rompiéndole a él la clavícula y a nosotros, al resto de interesados amigos, la racha de noches que llevábamos cenando gratis en una pizzería en el barrio de San Juan que regentaba su familia y que, en aquella época, era el súmmum del exotismo gastronómico (yo, de hecho hasta entonces nunca había probado la pizza y, como generalmente solíamos cenar durante los fuegos artificiales,  cada vez que me llevaba a la boca un trocito notaba una explosión de sabor en el cielo de mi paladar).

Algunas veces, en vez de con mis amigos, yo corría con mis hermanos, y de hecho en una ocasión a mi hermana la entrevistaron al acabar la carrera para un documental titulado “Porque llegaron las fiestas”, que exhibieron meses después en los cines. Nosotros lo vimos en el Príncipe de Viana, bajo una gran lámpara de araña, antes de que las salas de cine fueran borrándose del centro de la ciudad, primero atomizándose en multicines, después tragadas por la voracidad inmobiliaria. Nos meábamos de la risa, señalando a mi hermana en la pantalla grande, tan seria, tan guapa, diciendo que a ella no le daban miedo las vaquillas.

He buscado después muchas veces aquella película, que dirigió Jesús Sastre, sin éxito. Nunca la he vuelto a ver, y por eso no sé si algunos de las imágenes que conservo en la memoria asociadas a ella aparecían en el documental o pertenecen a esa nebulosa de recuerdos sanfermineros infantiles y de adolescencia, anteriores a la otra nube, esta psicotrópica,  que vendría después, en los sanfermines de juventud, sanfermines de noche en los que la única luz que veíamos era la de los bares y la de los mecheros (pero esa es otra historia).

Creo recordar, por ejemplo, en aquel documental, un gran polo de hielo naranja pasando de lengua en lengua por el tendido de sol; a un tipo con la cara ensangrentada que se había caído muralla abajo y que aseguraba ser cura, todo lo cual no cuadraba con lo que, con una voz nicotínica y apatxaranada, añadía a continuación: “¡Me he metido una hostia!”; otro al que le preguntaban de qué peña era y contestaba embrutecido que de la ETA…

Sí, todo ello se mezcla en mi cabeza con otras imágenes, sonidos, sabores: la música de las charangas que se podía palpar con los dedos; un tigre dentro de mi estómago devorando los churros de la Mañueta después de que lo hiciera yo; un lecho de boletos sin premio de la tómbola en el suelo;  la voz de alguien revelándome que Donan Pher, el nombre del explorador del salacot, en realidad era Fernando al revés…

No evoco todos estos recuerdos con nostalgia ni añoranza. No echo nada de menos. Algunas cosas, de hecho, como la dimensión y sobredimensión taurina de la fiesta no las entiendo ni las comparto. Creo que hay otros sanfermines posibles, y tantos sanfermines como personas que los viven o sufren. Sanfermines de día, sanfermines trabajando, sanfermines en Salou… Pero lo que no se puede negar es que gran parte de los recuerdos de cada pamplonés, para bien o para mal,  están irremediablemente asociados a sus fiestas, y que conforme estas se acercan la memoria y la piel se erizan. Estos sanfermines, por tanto, como los pasados o lo que vengan serán de nuevo inolvidables para muchas personas; incluso, o sobre todo, para aquellos que cuando terminen no recuerden nada, como si todo hubiese sido un sueño.   ¡Felices fiestas!

 

 

DE CERVANTES A LA BRUJA AVERÍA, Y VUELTA A EMPEZAR

jul 25, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog, seis grados  //  No Comments
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Publicado en ON, semanario de Grupo Noticias, 22/07/2017
SEIS GRADOS

La teoría de los seis grados de separación dice que podemos conectarnos con  cualquier otra persona del planeta Tierra a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.


DE CERVANTES A LA BRUJA AVERÍA
y vuelta a empezar

 

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro ­­­—que en nuestra edad de hierro tanto se estima— se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.

Así escribe en el capítulo XI de la primera parte del Quijote un Cervantes libertario del cual, aprovechando el 501 aniversario de la publicación  de su universal obra, nos vamos a ocupar hoy en esta sección, que arranca con el manco de Lepanto —que en realidad no lo era—  y acabará desembocando  en los bares de rocanrol del Casco Viejo de Pamplona y otras cuevas, como la de la Bruja Avería.

¿Que por qué 501 aniversario?, pregunta una voz al fondo. Pues para romper con la tiranía de las fechas y las horas redondas. ¿Por qué fijar las citas a las horas en punto o a su cuarto o su mitad? ¿Por qué no a las dos y veintitrés o a las veintitrés y dos? ¿Por qué los centenarios y no los cientounarios? ¿Y qué mejor homenaje para dos locos maravillosos como Alonso de Quijano y Cervantes que una sandez como esta?…
Resultado de imagen de el quijote de alcaláLocos, libertarios y antisistema, así al menos ha titulado el historiador Emilio Sola un libro dedicado al escritor de Alcalá de Henares: Cervantes libertario. Cervantes antisistema. A menudo se nos ha hecho tragar ruedas de molino para acabar identificando al Quijote con las esencias patrias más rancias y carpetovetónicas, pero en esta obra Emilio Sola deja constancia de cómo también los anarquistas han reivindicado para sí su triste figura y la de Cervantes. Y así, en Cervantes libertario. Cervantes antisistema se nos cuenta la peripecia de un grupo de exiliados republicanos a Argel que promovieron un homenaje al escritor colocando una placa en la gruta en la que este se refugió tras escapar de su cautiverio a manos de corsarios berberiscos.

Al frente de este grupo se encontraba el periodista y escritor navarro José María Puyol. Nacido en Cascante en 1881, Puyol fue una de las 2638 personas que en marzo de 1939 lograron embarcar en un cascarón llamado Stanbrook y huir desde Alicante hasta Orán sorteando las bombas fascistas. Tras permanecer a bordo del barco cuarenta días, sin apenas agua ni alimentos, Puyol sería confinado en diferentes campos de concentración y liberado tras largos sufrimientos. En los años posteriores colaboraría prolíficamente en diferentes periódicos libertarios, como Solidaridad obrera, primero en Orán y más tarde en Francia, bajo cuyo sello también publicó un libro titulado Don Quijote de Alcalá de Henares, con el que intentó propagar su devoción laica por Cervantes, a quien consideraba una especie de santo ácrata.La imagen puede contener: texto

No sería este el único libro que escribiera el cervantista PUYOL (así, solo con su apellido y en mayúsculas lo firmó); publicó también la novela El rodar de las almas y fue autor de una biografía, que nunca llegó a editarse y acabaría perdiéndose, sobre quien fuera su compañero de correrías, el legendario Pedro Luis de Gálvez, icono de la bohemia literaria de principios del siglo XX (aunque la vida del propio Puyol tampoco se queda manca —como no se quedó Cervantes— y necesitaríamos otro artículo entero para contarla).

De Pedro Luis de Gálvez se narran decenas de desmesuras: sablazos, borracheras, asesinatos en serie de monjas, presidio, finalmente ejecución ante un pelotón de fusilamiento… Pero sin duda la más conocida y escabrosa de todas es aquella que recoge Pío Baroja en La caverna del humorismo, donde lo retrata recorriendo los cafés madrileños con una caja de pasas bajo el gabán en la que transportaba el cadáver de su hijo, fallecido al nacer. Gálvez pedía limosna para enterrarlo y para un vaso de vino que le aliviara el dolor.

Gálvez aparece además en Luces de bohemia, la magistral obra de teatro de Valle-Inclán, haciendo de sí mismo en el coro de modernistas que aclaman a Max Estrella (personaje que probablemente también inspiró el propio Gálvez junto con otros bohemios hardcore como Alejandro Sawa). Por cierto, que de los espejos deformantes del Callejón del Gato que aparecen en la obra de Valle y que deberían ser hoy en día, cuando el esperpento gobierna el mundo, más que nunca monumento nacional, solo quedan una réplicas birriosas que adornan con más pena que gloria la fachada del bar Las Bravas, en Madrid, famoso por sus patatas ídem (aunque los dueños del bar aseguran que los originales pueden verse dentro).

De Gálvez se ha ocupado mucho y bien otro escritor, el baracaldés, sí, baracaldés —al menos de nacimiento— Juan Manuel de Prada, por ejemplo en su inspiradísima novela Las máscaras del héroe;  de él y de otros escritores raros, bohemios y generalmente malogrados, como Armando Buscarini, Emilio Carrere o Ramón Gómez de la Serna. Emulando a este último, autor además de sus famosas greguerías, de una obra titulada Senos, Prada publicó la Resultado de imagen de JUAN MANUEL DE PRADA COÑOScolección de relatos  Coños, sí, Coños, así se las gastaba por entonces (y últimamente también) el columnista de ABC, cuya firma durante la década de los 90 no era extraño encontrar en fanzines revoltosos como Monográfico, junto a la de otros autores emergentes como Ray Loriga, Lucía Etxebarría, o, ejem, ejem, Patxi Irurzun.

Monográfico, que además de un fanzine era la mejor guía de garitos del país, pues en sus páginas aparecían anunciados todos aquellos que la distribuían, se podía encontrar, por ejemplo y si no recuerdo mal, en bares míticos de La Kutxi gasteiztarra o de lo viejo de Pamplona, como el Toki Leza (el bar, por cierto, al que Barricada bautizó como La esquina del zorro en su canción homónima, aunque en realidad no hiciera esquina, del mismo modo que el manco de Lepanto no era estrictamente manco, es decir no perdió la mano en aquella batalla, sino que se le quedaría tonta como consecuencia de un arcabuzazo) o el Terminal, que este año celebra treinta años programando conciertos (a nosotros para este artículo nos habría venido mejor que fueran 29 o 31, pero todo no puede ser).Resultado de imagen de FANZINE MONO GRÁFICO

Por el apretado escenario del Terminal (menudo nombre para un bar, por cierto, si uno tiene problemas con la bebida, al menos) han pasado infinidad de grupos, algunos de los cuales acabarían años después llenando pabellones, como es el caso de los madrileños Pereza. “¿Y para cuándo lo de la Bruja Avería?, pregunta impaciente la voz del fondo. A eso vamos, pues resulta que Pereza grabó una versión de La bruja avería en un disco recopilatorio y solidario titulado Patitos feos en el que diferentes grupos de rock versionaban clásicos infantiles, como, entre otros, Casimiro, a cargo de La Cabra Mecánica, Mi mono Amedio y yo, que interpretaron Los piratas, y en el que también participaba Mago de Oz que revisitaba (atención, porque con esto cerramos el círculo) la canción Sancho, Quijote de la recordada serie de dibujos sobre el ingenioso hidalgo al que en buena hora dio vida Miguel de Cervantes Saavedra.

 

 

 

 

 

 

“Bajo los robles navarros”, una novela escrita con hambre

jul 18, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Gara (16/07/2017)

Tras El barrio maldito y Centauros del Pirineo, Txalaparta publica la tercera entrega de la serie navarra del escritor Félix Urabayen,  Bajo los robles navarros, novela póstuma, escrita bajo la sombra amenazante del golpe militar,  de la que el autor trata de zafarse trazando luminosas estampas de los paisajes, el paisanaje y la gastronomía navarros.

¿Por qué escribiría Urabayen (1883-1943) Bajo los robles navarros, un locus amenus, en cierto modo, una novela de estampas idílicas sobre la geografía y los tipos humanos de Navarra, en mitad de una guerra sanguinaria y genocida? Porque tenía hambre. Así lo explica su hija en el prólogo que se incluye a la magnífica edición de esta, la tercera de las novelas que componen la serie navarra del autor de Ulzurrun. “Urabayen tenía hambre”, escribe María Rosa Urabayen. “Hambre de paz, de silencio, de olvido, pero sobre todo de pan. Fue un escritor de evasión, como decimos ahora, que intentó anegar en los recuerdos de su infancia montañesa el horror desencadenado a su alrededor por el galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Por eso se recrea, página tras página, en la descripción de los banquetes pantagruélicos de las fiestas pueblerinas, se deleita en los detalles de los guisos y condimentos, en la abundancia y suculencia de los platos regionales, a la manera del hambriento que mitigase sus ayunos leyendo un libro de cocina”.

Bajo los robles navarros  no es, sin embargo, un libro de cocina, aunque en él se sucedan las loas al cordero al chilindrón, al cochinillo torrado con almendras y castañas, al carnero con caracoles, a la Baztan–zopa, a  la trucha a la navarra… y uno de sus protagonistas, Eraso, el tabernero, sea una especie de inspector de la guía Michelín avant la lettre que durante el verano se dedica a recorrer Navarra en fiestas, de banquete en banquete, en los que es siempre convidado porque su “opinión es dogma, que nadie osa discutir”.

Bajo los robles navarros quizás es una novela más deslavazada que aquellas por las que Urabayen es más conocido (las dos que anteceden a esta en la serie navarra, El barrio maldito y Centauros del Pirineo,  también editadas por Txalaparta, y a las que seguirá La última cigüeña, que completa la tetralogía), pero también están en las páginas de esta novela todo cuanto caracteriza la literatura de Urabayen: su talento para la ironía o la facilidad para trazar estampas (a Bajo los robles navarros, por cierto, la acompaña en la edición Estampas de mi raza, un antología de artículos publicados en El sol en los que Urabayen retrata también ambientes y paisajes de Gipuzkoa, entre otros textos).

El propio argumento trae reminiscencias de El barrio maldito y el tema del amor imposible (en aquel, entre el arizkundarra Pedro María Etchenique y una agote, en este entre el molinero cantor, Larumbe y la sobrina de Eraso, el tabernero, Juana-Mari). A Urabayen se le ha achacado a menudo la debilidad de sus tramas (y en el caso de Bajo los robles navarros cierto es, pero tampoco importa demasiado, porque como señala su hija en el prólogo: “Todo el que haya leído una página de Urabayen volverá a encontrarlo en este libro”), pero es curioso que novelas como Centauros del pirineo (sobre los contrabandistas) o El barrio maldito (sobre la raza maldita) no encontrarían hoy ninguna dificultad en ese sentido para convencer a un agente literario, y lo que jugaría en su contra sería es estar demasiado bien escritas.

Es ese uno de los argumentos, su aporte de calidad a la literatura actual, que desde Txalaparta señalan para recuperar a Urabayen. Consideran además que “las cuatro obras que van a ver la luz en nuestra editorial podrían estudiarse en cualquier facultad de historia”, e incluso esta estampa idealizada que es Bajo los robles navarros aparece rasgada en sus últimas páginas por el zarpazo fascista y la irrupción en ellas del golpe militar. Una obra, en definitiva, y un autor a menudo olvidados, y reivindicados en la magníficamente editada, por otra parte, tetralogía de Txalaparta.

 

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Félix Urabayen

Felix Urabayen (Ulzurrun 1883, Madrid, 1943) es uno de los prosistas más destacados de la generación literaria de preguerra y la figura más destacada de la narrativa navarra del primer tercio del siglo XX. Fue profesor y ocupó el cargo de consejero de Cultura en el Gobierno de Azaña. Detenido y encarcelado durante la guerra civil, compartió celda con intelectuales como Miguel Hernández o Antonio Buero Vallejo. Fue liberado en 1940, enfermo de cáncer de pulmón,  y pasaría sus últimos años en Pamplona, donde terminaría de escribir Bajo los robles navarros. Sus obras más destacadas son Centauros del pirineo, en la que recrea la vida de los contrabandistas, y El barrio maldito, sobre  los agotes de Arizkun y donde recrea literariamente los sanfermines, anticipándose a Hemingway y su Fiesta.

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