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EL QUEMALIBROS

feb 17, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Colaboración para ON. Rubio de bote, por PATXI IRURZUN

Hace unos días se murió mi tío Fructuoso. El que quemaba libros. Era un tío de mi madre, al que yo solo recuerdo haberlo visto dos o tres veces, cuando era niño. Y sin embargo, fui a su funeral, en misión diplomática: mi madre estaba de vacaciones y a mí me tocó ejercer de vicepresidente checo, ese que se dejó el micro abierto y, enterado de que tendría que viajar a las exequias de Mandela, saltó: “Joder, macho, no me apetece nada ir. Si eso está en el quinto pino”, y todos lo escuchamos con condescendencia porque hemos pensado o dicho lo mismo alguna vez en la intimidad de nuestras casas, donde, de momento, no hay micros.

Mi tío, además, Mandela no era. Una vez me quemó un libro, que yo leí en casa de mis abuelos, donde empezó a ahogárseme Robinson Crusoe y le puse pantalón largo al Pequeño Nicolás con otras lecturas menos apropiadas para mi edad como la del libro en cuestión, que se titulaba ‘Los helechos arborescentes’. No recuerdo, sin embargo, nada de la novela, a excepción de que su autor, Francisco Umbral, movía el famoso sonajero de su prosa y tintineaban algunas palabras como lefa o Durruti. El caso es que, enterado mi tío, decidió hacer un auto de fe en la huerta y quemar aquellos helechos arborescentes, los cuales se elevaron hasta el cielo en volutas de humo que escribían en el cielo el “Yo, pecador”; o al menos eso era lo que leía (aparte de los libros que quemaba para que no leyeran los demás) el meapilas de mi tío Fructuoso.

Como represalia diferida el día de su funeral llovía —un mal día para quemar libros— y yo en lugar de entrar a la iglesia me quedé en un bar que había frente a ella tomándome una caña con mi amigo Juantxo el jipi. Mejor para todos, porque a nosotros a veces en los funerales nos da por reírnos. “Ah, ¿pero encima hay que pagar?”, me dijo Juantxo en una ocasión, cuando un monaguillo salió a pasar la cesta. Y a mí me entró ese tipo de risa, la peor risa del mundo, esa risa floja, incontrolable, que te convierte en una olla a presión, con el pitorro haciendo fiufiú, hasta que no puedes más y revientas y todo se llena de una metralla insolente, aunque también a veces la onda expansiva lo que hace es contagiar las carcajadas y una vez hasta el cura (que en los funerales es como el intérprete de signos en el funeral de Mandela, pues dice cosas sobre el difunto que nadie entiende) comenzó a reírse y después sus feligreses y las risas llegaron fuera de la iglesia y se rio una señora con patillas que pasaba por allí y la suya era una risa como un virus, se iba transmitiendo a todos con quienes se cruzaba y estos la contagiaban a otros y en poco tiempo el mundo fue un lugar mejor, en el que nadie sufría ni pasaba hambre ni quemaba libros…

Vale, además de la caña Juantxo el jipi y yo nos fumamos también un porro.

Después, como se hacía tarde y nadie salía de la iglesia y llovía cada vez más fuerte, decidimos entrar a hacer de vicepresidentes checos. Fue, una vez en el templo, cuando me eché la mano al bolsillo de la chupa, en la que siempre llevo algún libro cargado por si acaso, cuando vi que el de esta vez se titulaba “Alpinismo bisexual”. Y me pareció muy apropiado para la ocasión, y creí que, muchos años después, se ejecutaba algún tipo de justicia poética contra mi tío Fructuoso. Amén.

GENERACIÓN PLATO ÚNICO

feb 4, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

El ministro con nombre de eructo y el peluco de 26.000 euros,


GENERACIÓN PLATO ÚNICO
Patxi Irurzun


—Anda, pero si esa vive en el portal de enfrente— señala mi amigo Juantxo el jipi a una chica en el televisor, durante un reportaje sobre los usuarios de comedores sociales. Es una sensación extraña. En la tele las noticias siempre parece que les suceden a otros, lejos. No duelen. Te pueden inquietar, pero siempre hay cierta distancia que te hace pensar que estás a salvo. Hasta que reconoces a alguien en la pantalla. Y, a la vez, no deja de ser curioso y paradójico que lo sepas de ese modo, que te enteres en la tele de que quien vive a tu lado lo está pasando mal. La pobreza es algo privado, que sucede de puertas para adentro. De puertas para adentro hay toda una generación que está creciendo alimentada con platos únicos y haciendo los deberes con forro polar. Una generación a la que solo dan visibilidad las llamas de los contenedores. La pobreza avergüenza a quien la sufre, en lugar de a quien la provoca. Con la riqueza sucede lo contrario, si no hay ostentación no sirve para nada. Hace unos días una conocida política apareció en el parlamento con una camiseta en la que se podía leer la palabra Rock en letras doradas. Me fijé en ella por eso. Porque no puede haber nada menos rockero que esa mujer. Nada más alejado de la calle y de la realidad (aunque Juantxo el jipi dice que será por eso de que los rockeros van al infierno, como cantaba Barón Rojo; es otra explicación).

La forma de vestir de los políticos ya de por sí nos debería hacer dudar de ellos y preguntarnos cómo hemos llegado a permitir que sean quienes nos representen. Sus trajes a medida, sus bolsos, sus pelucos de 26.000 euros, como el que lució el ministro con nombre de eructo en cierta ocasión… Me cuesta mucho pensar que en una reunión de vecinos eligiéramos como presidente de la comunidad a alguien con ese aspecto —si lo hubiera—. La mayoría de los políticos son marcianos, gente que no sabe cuánto vale una barra de pan, ni en qué súper te van a costar tres veces menos que en una panadería. Gente que solo ha estado en una oficina de empleo para sacarse la foto y ha tenido suerte, han salido de allí sin ser manteados. Gente a la que no le puede, no le debería gustar el rock. Gente que, pese a todo ello, suele corear como un estribillo que su principal preocupación son los parados. Cada vez que los oigo y los veo decir algo de ese tipo me dan ganas de abofetearlos, de guillotinarlos con el filo de un folio. (“¿Esto se puede decir, Juantxo?” “Igual no, igual te meten un puro”, “Ya, pero si escupes a todos los desempleados del país un “Que se jodan” desde el hemiciclo no pasa nada, ¿no?).

Al final, se trata de una cuestión de proporcionalidad. Si tienes —por poner un ejemplo— un equipo de fútbol y una deuda con hacienda de millones de euros, recibes facilidades para saldarla. Si dejas de pagar un par de meses los 500 euros de la hipoteca, puedes perder tu casa, ser desahuciado, acabar en un comedor de Cáritas, aparecer en la tele; o lo que es peor —puntualiza mi amigo Juantxo el jipi—, ver en ella cómo alguien sale a la palestra a hablar de los ERE, la crisis, los parados, preocupadísima por ti, muy rockera, pero con una camiseta puesta que ha debido de costarle más de cien pavos.

Publicado en la sección Rubio de Bote de ON (Diarios del Grupo Noticias)
(Página 15)

RUBIO DE BOTE: LORZAS ORGULLOSAS

ene 21, 2014   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment
Segunda colaboración para On

Porque el canon de belleza cambia con las modas


LORZAS ORGULLOSAS

Aunque ahora, en pleno siglo XXIII, nos parezca mentira, hubo un tiempo en que los flacos dominaban la tierra y la mierda todavía no era comestible.  Un tiempo en que el hambre no se había erradicado entre los humanos. Un tiempo en el que a las cupcakes aún las llamaban magdalenas decoradas. El tiempo en que vivió el legendario diseñador de moda Juantxo Fuego, de quien durante estas rebajas conmemoramos el bicentenario de su muerte (todavía envuelta en una misteriosa y sórdida nube de vapor).
Fuego fue el creador de los Juantxo’s, unos zapatos que hoy no faltan en ningún hogar del mundo, pero que a principios del siglo XXI eran exclusivos, un signo de distinción social que acabaría por dar un revolcón al canon estético imperante. Hoy todos estamos de acuerdo en que los flacos son gente con poco perfil, pero en aquella época existía una auténtica obsesión por la delgadez y los gordos eran apestados sociales que debían rehabilitarse convirtiéndose en cantantes de ópera o tatuándose una sonrisa como una cicatriz en el rostro. Por todo ello, cuando Juantxo Fuego presentó su nueva creación, unos zapatos que solo podían encajarse en los tobillos de cenicientas XL, todo el mundo lo trató de loco. Pero, oh, se trataba de unos Juantxo’s, así que pronto comenzaron a verse en las pasarelas modelos que se habían hartado de comer kebabs, y después en el papel cuché de las revistas del corazón princesas que ya no eran un poema, que ya no estaban tristes ni escuchimizadas,  y finalmente las calles se llenaron de lorzas orgullosas, de nalgas como montañas, de barrigas como ochomiles, todo con tal de calzarse unos Juantxo’s y ser alguien en la vida.

Los hábitos sociales cambiaron rápidamente. Los gimnasios se transformaron en centros de engorde y alcanzaron sus picos más altos de matrícula al comenzar el año, para intentar mantener en forma el ritmo comilón de las navidades; se permitió comercializar las tallas XS solo en tiendas de muñecas; la acupuntura social de los zapatos de tacón se prohibió por decreto; el sumo fue el nuevo deporte rey (y el lanzamiento de martillo el deporte príncipe)… Y finalmente,  los Juantxo’s se democratizaron: todo el mundo pudo llevar unos, incluso en los países secularmente asolados por hambrunas, que se convirtieron en nuevos nichos de negocio. Fue entonces cuando los departamentos de I+D de la poderosa industria del calzado descubrieron que la caca, convenientemente tratada, alimentaba. La  mierda fue el nuevo maná de los pobres (quienes, aunque al principio se mostraron algo reticentes, acabaron tragando, pues habían sido entrenados durante décadas haciendo lo propio con telediarios, campañas electorales, fútbol, facebook, programas del corazón…). El hambre en el mundo, en definitiva,  había sido vencida. Y todo gracias a Juantxo Fuego, quien, sin embargo, nunca dejó de ser un hombre atormentado y con tendencia a la polintoxicación, ni de repetir en las entrevistas que la belleza no era una cifra en una báscula. Murió mientras se duchaba, girando cada vez un poquito más el grifo del agua caliente, ah, qué gustirrinín, hasta entrar en ebullición y convertirse en una lágrima de vapor que serpenteaba por los azulejos y dibujaba sobre ellos un interrogante; preguntándose si en realidad las modas no eran a menudo una sandez. Una sandez muy gorda.

Página 7

RUBIO DE BOTE: DEFENSA PERSONAL

ene 21, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Foto: Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para salir a la calle a hacer osotogaris. Os recuerdo que hoy me estreno con Rubio de bote, mi colabotación en On, semanario del grupo Noticias




El pasado 4 de enero comencé a colaborar en el suplemento ON de los periódicos del Grupo Noticias (Deia, Diario de Noticias de Navarra, Gipuzkoa y Álava). Será una sección quincenal bajo el título Rubio de bote. Esta es el primer Rubio de bote:


DEFENSA PERSONAL

Es como esos romanos con gafas o con reloj o mirando el twiter en las procesiones de Semana Santa: cada vez que veo a un niño con kimono por la calle hay algo que no me cuadra, que me repele un poco. Supongo que también se trata de un trauma infantil. Yo soy de aquellos chavales a los que, a mediados de los setenta, nuestras madres nos apuntaban a judo por culpa de los navajeros. Era la época de las películas de quinquis, de los supermiriafioris, de la música de Burning y Los Calis, del miedo a salir de noche, de los yonkis domésticos, casi como de la familia, a los que conocíamos por su nombre de pila (el Toñín, se llamaba el nuestro) y que nos arrancaban a punta de cuchillo jamonero la medalla del niño Jesús, el anillo con sello o el reloj con números fosforescentes de la primera comunión. Que yo sepa ninguno de aquellos niños con kimono le hicimos nunca un osotogari a nuestros navajeros. Supongo que por eso odiaba el judo. Por eso y porque hasta el calentamiento yo, que soy de complexión tirillas, iba bien, resultaba divertido, los saltos, las caídas, pero cuando empezaban los combates me tocaba siempre contra algún niño con tetas que había merendado chorizo de Pamplona y entonces todo se volvía oscuro y me faltaba el aire, allá con la cara pegada contra un tatami que olía a babas y perineo sudado.
Y ahora va mi hijo y se me apunta a judo. Y le gusta. Y a mí me gusta que le guste. Y a veces incluso le dejo que vaya al gimnasio en kimono. En esas ocasiones, suelo aprovechar antes para hacer con él algunos recados, para ir a la caja de ahorros o recoger la factura de la luz del buzón, que es donde suele sacarme todavía de vez en cuando la faca el Toñín. Me he hecho un poco madre. Pero es que la cosa se ha puesto muy mala. Algunas veces también vamos, antes que al judo, a la tienda, y cada vez que me pongo a despegar bolsas en la cola de la caja, después de mirar el precio del pescado, de la fruta, de los preservativos, pienso en que sería una buena idea colocar desfibriladores en los pasillos de los supermercados.
Les regalo la idea porque tengo más. Es verdad eso de que la crisis es una oportunidad, de que la necesidad agudiza el ingenio y hay cientos de nichos de negocio. Por ejemplo,  “Manifiéstate”: una empresa dedicada a fabricar pancartas, silbatos, cacerolas, todo tipo de productos para protestar; con sus propias subdivisiones de negocio: una rama especializada en alquilar extras, dobles para las manifestaciones que se prevean de alto riesgo (es decir, casi todas); con un personal adiestrado en esquivar porras, eludir multas, inmovilizar antidisturbios…  Hay más negocios de éxito: los pupitres- litera, que además tendrían uno de sus mejores clientes, o incluso el único, en la propia administración y su monopolio del amontonamiento de niños en las escuelas públicas.

Y el judo. El judo es el futuro. Ya está bien de tanto inglés y tanto twiter, amigo romano. Pensándolo bien todos deberíamos salir a la calle en kimono, en ropa de combate, y aprender a hacer llaves, osotogaris  a los navajeros en los bancos y en las oficinas de las eléctricas y en los plenos parlamentarios. Es una cuestión de pura defensa personal. Ah, qué bonito sería, si nuestros contrincantes no tuvieran las tetas tan gordas. 


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