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UN OSO SINTECHO Y OTRO EN TANGA

jul 21, 2014   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Artículo publicado en la sección ‘Rubio de bote’ de ON, suplemento de los diarios del Grupo Noticias (http://issuu.com/gruponoticias/docs/on190714/0 Página 17)


UN OSO SINTECHO Y OTRO EN TANGA

—Este oso ha debido de llevar una vida de perros—pensé cuando vi aquel enorme peluche abandonado junto a los contenedores de basura, debajo de casa.
Tenía buen aspecto, a pesar de todo. Parecía más bien que en lugar de haber sido desahuciado del cuarto de un niño con alma de banquero, acabara de regresar de una comida de empresa de osos, en la que se hubiera excedido con los chupitos de miel o quedado traspuesto de vuelta a su madriguera, de puro gustirrinín, mientras se rascaba la espalda en la farola contra la cual se apoyaba. Parecía que durmiera la mona, el oso. Pero su aliento no olía a alcohol ni a ceniza ni a trucha muerta. Había algo inquietante en aquel oso. Algo misterioso. Me acerqué a él  y olfateé. Tampoco olía a babas ni a cabezas de niños ni de poetas. Nadie había besado nunca a aquel peluche, nadie lo había abrazado antes de quedarse dulcemente dormido. Aquel oso olía a trastero, a pelusones, a goteras, al moho que exhalan los corazones solitarios que no eligen serlo. A mí se me partió el mío al verlo. En la habitación de mis hijos había, hay un oso exactamente igual a él, un oso al que hemos querido, sobre el que hemos babeado mucho. Putoso. Así lo llamamos, cariñosamente, pues es tan pesado y grande —en todos los sentidos—que siempre está en medio de todo. 
Se lo regaló mi cuñada a mi primer hijo, al nacer. Apareció en la maternidad detrás de él y al entrar en la habitación casi asfixia al niño, pues se tiró emocionada a abrazar a su hermana sin percatarse de que en su regazo estaba la criatura. Putoso lleva pegado a su piel el primer aliento de mi hijo y las lágrimas hermosas como pompas de jabón de su madre y de su tía. Putoso ha servido de almohada a algunos amigos que han hecho parada y fonda por la casa, con sus maletas llenas de libros de poemas y sus cabezas de pájaros. Putoso fue airbag cuando los niños comenzaron a andar. A Putoso lo hemos puteado también de lo lindo, lo hemos vestido de judoka, de romano, le hemos puesto tanga… Y él nunca se ha quejado. Siempre ha estado ahí. Queremos mucho a Putoso, y por eso me resultó incomprensible que alguien hubiera podido ser tan despiadado como para abandonar a uno de sus semejantes, junto al contenedor de basura.
—Quizás —imaginé — este oso desahuciado sea hermano gemelo de Putoso, uno de sus diezmilquinientillizos, alumbrado en una de esas siniestras fábricas asiáticas o en esas maquilas centroamericanas en las que las niñas esclavas cosen mensajes de auxilio en las etiquetas de lavado—. ¿Y si me lo llevo? —me pregunté, y luego subí a casa a tramitar los papeles de la adopción (es decir, a mandarle un guasap a mi mujer para ver qué decía). Y mientras esperaba la respuesta me pareció que la imagen de ese oso, tirado en la basura, era una metáfora de algo, un signo de los tiempos,  que no llegaba a descifrar del todo, y pensé que, cada vez más a menudo, en los contenedores no había peluches abandonados, sino gente hurgando con ganchos, gente que tampoco tiene la vida que se merece. Después, me asomé a la ventana y vi que el oso había desaparecido. Me pregunté si alguien —ojalá— lo habría adoptado o si se lo habría llevado el camión de la basura.

PORTEADORES Y PALANGANEROS

jun 22, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Hace algún tiempo visité el Palacio Real de Aranjuez y en una de las salas en la que exponían los juguetes de los niños que nacen príncipes por voluntad divina y de la Constitución española había una de esas sillas para hacerse transportar a hombros por cuatro vasallos, una silla pequeñita, con su palio y todo. Me pareció una imagen muy elocuente de lo  que es la monarquía. Si nada lo ha remediado, hace dos días (yo escribo esto una semana antes) Felipe Sexto se habrá paseado rey por el centro de la villa y corte de Madrid ante los aplaudidores, porque solo habrá aplaudidores y siete mil policías para dar de hostias a los que no lo sean. Semejante despliegue, dicen los telediarios, pretende evitar atentados y abucheos, y lo dicen todo en la misma frase. Y también escriben titulares como este: “El Rey que sirve a todos los españoles y el Príncipe que ama a España son aclamados y vitoreados por la ciudadanía”. No, no es una broma, es la portada de un periódico. O quizás sí, quizás es una broma, colada por un becario cuatrocientoseurista e irónico al que le ha tocado el cierre.
El departamento de comunicación y propaganda de la Casa Real también parece estar infestado de gamberros, si no no se entiende como pueden poner a leer al campechano Juan Carlos en su discurso de abdicación frases como: “La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social, pero también nos está señalando un camino de futuro cargado de esperanza”. Eso, si no es una broma, es de bribones. Y de cobardes. Eso a ver si hay narices de decírselo a la cara a un desahuciado o a un parado de larga duración.  O quizás no sea una broma ni puro cinismo, quizás sea solo dejadez, un trabajo mal hecho, una campaña de marketing y una ducha apresurada de patriotismo, cuando el régimen se ha tambaleado. Las elecciones europeas han dejado al descubierto la trastienda de este chiringuito de la que han salido dando voces y vivas al rey los dos grandes partidos, monárquicos y republicanos, ja, ja,  cuando han notado que les movían las sillas, y agitando las palanganas periodistas, empresarios y algún cantante argentino del que ya no voy a ser más fan. Porque yo estoy a favor de la ilegalización y el aislamiento social de los monárquicos. Y en contra del referéndum. No se puede estar a favor de la monarquía. ¿Se puede estar a favor del cinturón de castidad, de la picota, de la edad media? ¿Se hacen referéndums sobre eso?…
En aquella visita al Palacio Real de Aranjuez me imaginé  qué pasaría si alguien le regalara a uno de mis hijos una de esas sillitas de mano. Fue mucho imaginar, claro, porque no veía yo a los niños en el parque aupados en hombros por cuatro de sus amiguitos. Menuda lacha. En realidad, nunca saldría de casa con un juguete como ese, no se me pasaría por la cabeza (no sé si a los reyes, les sucederá eso, si pensaran a veces en lo antidemocrático de sus privilegios; o si seguirán siendo niños príncipes, pequeños tiranos toda la vida), pero si mis hijos, que son los únicos reyes ante los que agacho la cabeza, insistieran mucho y yo accediera, lo que realmente me preocuparía no sería verlos subidos en ese trono, sino que fueran uno de los que llevaran a hombros la sillita, con su palio y todo.

Patxi Irurzun
Colaboración para la sección Rubio de bote del semanario ON (periódicos Grupo Noticias)

ATRAPADOS EN EL PARAÍSO EN ‘RUBIO DE BOTE’

jun 9, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Con Kutxi, tal vez el principal culpable de la reedición del libro

La última vez que hice esto me echaron. Un “Yo-he-venido-aquí-a-hablar-de-mi-libro”, digo. Pero entonces no tenía tantos amigos. De Facebook, digo (de los otros nunca he tenido muchos; de hecho, en mi cuadrilla éramos tres). El caso es que mis amigos virtuales son los dedos más rápidos del salvaje internet a la hora de apretar los ‘Me gusta’.  Gente a la que no le va a gustar un pelo que mi estado sea “Me han quitado la columna del ON”. Lectores fieles, hooligans de Patxi Irurzun, que incendiarán las redes sociales, usarán mis libros como lo que son —armas arrojadizas—, dejarán de comprarse su periódico, señor director, o de robar los sábados en los bares este semanario si usted me echa. Piénseselo.
Dicho lo cual, yo he venido hoy aquí a hablar de mi libro. De basureros en Manila y tribus de papús con fundas de cuero en el pito (que se las quitan después de que el periodista haga la foto y se ponen unos vaqueros). De arroz y de moscas. Del Mr. Bean de la literatura de viajes —yo— y de la chica más guapa del barnetegi —mi chica—… De eso, entre otras cosas, va el libro. Ahora el “Cómo empezó todo”.  Hace doce años gané un concurso de literatura de viajes convocado por El País. Seis mil euros para gastar en un solo viaje. Decidí irme a Payatas, un vertedero en Manila en el que trabajan y viven miles de personas. Y a Papúa Nueva Guinea, uno de los pocos países desmacdonalizados del mundo. Luego escribí un libro, Atrapados en el paraíso, sobre mis peripecias de viajero novato y enamorado (solo unos días antes de irme acababa de conocer, en un barnetegi, a la que hoy es la madre de mis dos hijos). Y con ese libro gané un premio (y con el dinero de ese premio hice otro viaje, volví a escribir sobre él y a ganar otro premio, otro viaje… y así estuve, encadenando premios y viajes, durante dos años: Chiapas, La Habana, Bangkok…, pero esa es otra historia).  
Atrapados en el paraíso tuvo una vida secreta — porque yo soy un autor de culto—pero sentimentalmente intensa, con encuentros con lectores que se enamoraron del libro e hicieron tonterías por él: una chica francesa lo tradujo por puro gusto; un grupo de rock, La banda del abuelo, acostumbra a regalar algún ejemplar  en sus conciertos…. Todo muy guay, sí, pero lo mejor, lo más placentero de los secretos es traicionarlos —y, por otra parte,  los autores de culto también tiene que comer—, así que finalmente decidí hacer caso al gran Kutxi Romero, de Marea (“¿Para cuándo una reedición en condiciones de Atrapados en el paraíso, que es tu mejor libro, compadre?”) y darle una segunda oportunidad a esta obra, que ahora vuelve a editarse.
Ya voy acabando, señor director. En realidad me da mucha vergüenza todo esto. Pero tenía que hacerlo, entiéndame.  Yo soy un escritor humilde, sin padrinos, sin agente literaria, sin dinero para comprar a una agente literaria. Lo único que tengo es mi libro, pero eso se lo juro, a las personas que lo lean les va a gustar, se van a divertir, se van a emocionar, van a viajar conmigo, van a ser más guapas y más guays, no van robar más el ON de los bares, se lo comprarán en el quiosco todos los sábados… No me eche, por favor. Y vosotros, dadme algo. Leed mi libro. Tengo hambre.

Colaboración para ON (Grupo Noticias)
Página 8

DIS(PARATADA)TOPÍA

may 26, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

El otro día estaba en el balcón regando el San Bernardo y en un descuido se me cayó y casi aplasta a una chavala con barba que iba paseando una lechuga iceberg por la calle. Al principio, como vivo en un mildoscientostreceavo no estaba muy seguro de a quién había espachurrado, y como pasados dos minutos no habían puesto todavía la noticia en Internet, que va cada vez más lento, tuve que salir de casa con lo puesto, sin armas ni el certificado de demócrata de toda la vida ni nada. Por si fuera poco, en el ascensor estaban dando la misa de doce y el cura me miró con reprobación, haciéndome un pantallazo azul con los ojos, porque hace dos años me cagué en dioro en público. El cura es uno de esos robots de nuevas generaciones, fabricado en Campusopus, con la fibra óptica bien engrasada con gomina y un rosario de la Virgen de la Red estampado en vinilo en el pecho; uno de esos con una base de datos en la que figuran todas tus pulsaciones: las de tu móvil, las del marcapasos instalado en tu corazón por el Departamento de Control de las Emociones, las del mando a distancia de tu televisor (en mi expediente, por cierto, figura también una amonestación por mostrarme desafecto al fútbol, el telediario y los programas de cocina; “¿Pero a quién miraba Chicote cuando hablaba a la cámara, me cago en dioro?”, fue en concreto la frase que se me escapó, hace dos años en aquel bar retrofriki, en el que echaban programas de los años diez)…

Luego, ya en el portal tuve que pasar varios controles de seguridad porque un desaprensivo de los barrios bajos (uno del piso 16, concretamente) había bajado por las escaleras silbando y saltaron todas las alarmas. El caso es que tardé casi media hora en salir a la calle, e incluso me dio tiempo a echarme una siestecita mientras los dieciocho cuerpos de policía cacheaban el mío. Pero cuando me desperté la chavala de la lechuga iceberg todavía seguía ahí.

La pobre (o el pobre, no sé muy bien, por lo de esa moda de ahora de las chavalas de dejarse barba y de los chicos de ponerse tetas) estaba llorando desconsolada porque su iceberg, que había fallecido como consecuencia del sanbernardazo, era la lechuga guía para una prueba de tiro de trineos a la que se había apuntado. Se me partió el corazón. Me sentí culpable, incluso cuando llegaron los de atestados y la patrulla paramilitar civil del Sindicato de Vecinos Chivatos y determinaron que la culpa era suya por llevar al vegetal sin aliñar. Para colmo, mi San Bernardo debió caer en buena postura y todavía estaba vivito y coleando, y creo que hambriento, porque se zampó la iceberg de un bocado.

Para compensar un poco a la hirsuta chavala me acerqué a un todo a cienmil, uno que llevan unos emigrantes raticulinianos, y le compré una maceta con unos caniches muy cuquis, pero ella, o él, me dijo que como el cariño y la fidelidad que daba un vegetal nada. Así que volví muy apesadumbrado hacia mi portal, no sin antes dar fuego a un señor que me lo pidió por favor y que se quemó a lo bonzo delante de una oficina del INEM y de soltarle una bofetada a un mendigo ya que no pude dispararle a las rodillas (se me había olvidado el arma en casa), tal y como ordena el Ministerio de Erradicación de la Pobreza. En fin. Qué asco de no vida. Me cago en dioro.

Publicado en ON (suplemento periódicos Grupo Noticias), en la sección Rubio de bote.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD (DE AUSENCIA)

may 12, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Artículo publicado en la sección “Rubio de bote” de el semanal ON de los periódicos del Grupo Noticias

Cien años de soledad”, el libro de García Márquez, del cual tanto se ha hablado durante estos últimos días, está dedicado —y de eso se ha hablado mucho menos— a una pamplonesa, María Luisa Elío, pero en su ciudad natal prefieren dedicar, con triquiñuelas, plazas a asesinos en serie, como el Conde de Rodezno, a quien se le quedó la mano tonta de firmar sentencias de muerte (con triquiñuelas y con recochineo, porque las leyes de memoria histórica y de símbolos, recordemos, se burlaron alegando que el nombre de la plaza no alude al ministro de justicia del primer e ilegítimo gobierno franquista sino genéricamente al título nobiliario; y además, con alcaldada de por medio, con todos los grupos de la oposición en contra —la alcaldesa era por entonces la hoy presidenta del Gobierno de Navarra Yolanda Barcina—).

Claro que María Luisa Elío era hija de un republicano, Luis Elío, juez municipal de Pamplona, uno de los primeros detenidos tras el golpe militar de 1936, que posteriormente permaneció emparedado vivo durante tres años en un lavadero de la Casa de Misericordia, hasta que consiguió huir a Francia, donde a su vez sería confinado en el campo de prisioneros de Gurs. Cuando por fin logró reunirse con su esposa y sus dos hijas, Luis Elío era un hombre derruido, física y moralmente. Su hija María Luisa, cuenta que “pasaron treinta años antes de que muriera, pero el anterior papá ya había muerto”. La familia se exilió a México, y allá fue donde Luis Elío escribió “Soledad de ausencia”, el libro donde cuenta su experiencia como topo humano. Su hija, por su parte, también escribiría otro libro, “Tiempo de llorar”, en el que aparece la famosa frase “Regresar es irse” dedicada a Pamplona.

En México, María Luisa Elío viviría con el cineasta Jomi García Ascot, y el matrimonio establecería un círculo de amistades entre las que se contaban Carlos Fuentes, Octavio Paz, Álvaro Mutis o García Márquez, quien contaría, antes de escribirla, “Cien años de soledad” a María Luisa Elío. Ella fue una de sus primeras lectoras, vio gestarse y crecer la novela y se convirtió en el sustento emocional del autor cuando a este lo acosaban las deudas y las dudas, muchísimo tiempo antes de que el escritor colombiano viera cómo el hielo del éxito lo inmortalizaba. Una de las grandes obras de la literatura universal, pues, está conectada de algún modo con Pamplona, ciudad a la que María Luisa Elío regresaría para irse en 1970, como cuenta en “Tiempo de llorar”, durante un viaje en el que sus recuerdos infantiles y soleados de la ciudad serían fumigados por la gazmoñería de una Pamplona cubierta por un cielo gris, oscuro, como un enorme uniforme militar o una sotana asfixiante. Una Pamplona de la que en realidad María Luisa Elío no se fue, la echaron, aún siguen haciéndolo.

Bajo ese mismo cielo algunos todavía se sienten cómodos, a resguardo, bajo el palio de una justicia con dos varas de medir. La misma alcaldesa que, con triquiñuelas y con recochineo, mantuvo la plaza a quien condenara a muerte a cincuenta mil personas, hoy presidenta proclama que hemos salido de la crisis mientras en Navarra hay cincuenta mil parados, más de la mitad larga de larga duración. Y en ninguno de los dos casos hay enaltecimiento de la violencia ni humillación de las víctimas. Es, sigue siendo, tiempo de llorar.

Patxi Irurzun

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