EUSKADI TROPICAL, ESPAÑA TRACATÁ

Ilustración: Ernesto Murillo «Simonides»
Como se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su cielo eterno de panza de burro.
Claro que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.
Recuerdo que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna religión que es el fútbol −subirse a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la “obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres− ; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este nuevo opio del pueblo.
Reconozco que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me parece un infierno.
Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!
Patxi Irurzun

