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VERANOS CALIENTES: 1967, el verano del amor

Ago 3, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

VERANOS CALIENTES
Serie estival para magazine ON (diarios Grupo Noticias)

Revoluciones, bombardeos, apagones… Los veranos no siempre transcurren en una calma chicha; al contrario, han sido a menudo testigos de algunos de los acontecimientos más convulsos de la historia.

1967, el verano del amor

Jimi Hendrix se postra de rodillas ante su Fender Stratocaster, la rocía con gasolina, enciende una cerilla, y prende fuego a la pira sacrificial. Los largos dedos del guitarrista zurdo bailan alrededor de la llama eléctrica, la avivan como si todavía siguieran rasgando las cuerdas de la guitarra. El fuego dibuja en el aire arabescos. Hendrix es un chamán, por sus venas corre la sangre mestiza de los indios cherokees y los griots africanos. El público que ha acudido al Festival de Monterrey observa atónito la escena, incapaz de calibrar todavía que esta se convertirá en un icono. Después, cuando la llama se extingue, Hendrix agarra la guitarra por el traste y la golpea violentamente contra el suelo, reduce a astillas el instrumento, suspende de manera abrupta la hipnosis del fuego, como una metáfora de aquello en lo que se convertiría la ensoñación que fue el verano del amor, el cual, en teoría, debía de dar inicio con aquel festival, celebrado del 16 al 18 de junio de 1967 en la localidad californiana de Monterrey.

Flores en el pelo

El “Monterrey Pop Festival” fue, dos años antes que el de Woodstock, el primer gran festival de música al aire libre. Por él desfilaron artistas como Janis Joplin, Simon & Garfunkel, Otis Redding, The Who, Jefferson Airplane, The Mamas & The Papas

John Philips, miembro de este último grupo, fue uno de los organizadores del evento y el compositor de la canción “San Francisco”, cuyo estribillo decía: “Si vas a San Francisco/asegúrate de llevar flores en el pelo/el verano será una celebración del amor”. San Francisco era, en efecto, el epicentro del flower power, en concreto el barrio de Haight-Ashbury hasta el que se habían desplazado en los últimos años jóvenes inconformistas de todo el país: hippies, desertores del ejército, vagabundos, testadores de hierbas y ácido lisérgico… Vivían en casas okupas, acudían a conciertoso marchas contra la guerra de Vietnam, frecuentaban City Lights -la librería fundada años atrás por Lawrence Ferlinghetti y desde la que aullaron al cielo de color napalm sus versos rabiosos otros poetas como Allen Ginsberg o Charles Bukowski-, enhebraban collares de flores, dibujaban, en fin, en mandalas la arquitectura para un mundo sin amos ni guerras.

Monterey International Pop Music Festival 1967. El primer gran festival - Dirty Rock Magazine

Volutas de humo azul

Desde Haight-Ashbury fueron decenas de miles quienes viajaron a Monterrey, pero además allí estuvieron también veteranos del movimiento beat, forjados en las catas de LSD que había llevado con su autobús mágico a diferentes puntos del país el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”; allí estuvieron los estudiantes de la insurrecta universidad de Berkeley, y los Ángeles del infierno, y los Diggers, que promulgaban la abolición del dinero; allí estuvo, quizás, hasta la novia de Forrest Gump, o Bill Clinton, fumándose un porro pero sin tragarse el humo…

John Philips además de organizar el festival lo inmortalizó en el documental que produjo, Monterey Pop Festival 1967 (se puede encontrar en Youtube), en el que junto a las actuaciones musicales (The Who, con una bomba escondida en la batería, Ottis Reading silbándole a la bahía, Janis Joplin haciendo el amor con su garganta a miles de espectadores…) se intercalan imágenes de los asistentes, que, con sus túnicas y ponchos, sus sombreros con plumas, sus pantalones de pata de elefante, desprendían un halo de inocencia y de entusiasmo, una fe inquebrantable en la idea de que podían cambiar el mundo escupiéndole volutas de humo azul a la cara.

Dos cosas llaman, sin embargo, la atención. La primera, a diferencia de otros festivales posteriores, como el de Woodstock, la ausencia de escenas tumultuosas: el público asiste formal a los conciertos sentado en sillas pulcramente limpias y alineadas, en una inquietante laxitud (el Festival transcurrió sin incidentes, en armonía incluso con los cientos de policías que también acudieron a vigilarlo). La segunda: la mayoría de las personas presentes son blancas y de clase media, hijos descarriados de familias temerosas de Dios y adormecidas por el sueño americano.

Dormíamos debajo de la mesa por miedo a las explosiones y los disparos”:  cómo un niño se salvó de los disturbios raciales que estremecieron Detroit  hace medio siglo - BBC News Mundo

¿Para qué sirve una utopía?

No es este un detalle menor, pues mientras los hippies en Monterrey ponían flores en los cañones de los fusiles, en el resto del país comenzaban a estallar una serie de disturbios que convertirían lo que iba a ser el verano del amor en el llamado largo y cálido verano del 67, que, en Atlanta, en Newark, en Detroit… dejaría un reguero de muertos -más de ochenta- entre la población negra, la cual protestaba contra la discriminación racial, el desempleo, la precariedad a la que se veía abocada…

Unos meses más tarde el Che Guevara sería abatido en Bolivia. Su imagen, y la de Jimi Hendrix inmolando su guitarra, no tardarían en convertirse en pósteres. John Philips, por otra parte, sería acusado años después por su propia hija de abusos sexuales. El verano del amor fue el principio del fin, la muerte de, hasta hoy, la última gran utopía. Y, sin embargo, no sería justo decir que fue en balde, ni esa ni ninguna de todas las otras revoluciones sofocadas a lo largo de la historia. “¿Para qué sirve una utopía?”, se preguntó en cierta ocasión el cineasta argentino Fernando Birri. Y Eduardo Galeano parafraseó y popularizó la respuesta, bastante hippi, por cierto, en el encabezamiento de uno de sus poemas: “Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: Para caminar.

Publicado el 01/08/26 en magazine ON

EUSKADI TROPICAL, ESPAÑA TRACATÁ

Ago 3, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Puede ser una imagen de texto que dice "NO NOS DES LA VARA ¡¡ABAJO EL FUMBOL!! EN ESTE LOCAL NO SE ADMITEN COMPORTAMIENTOS HOMÓFOBOS, NI QUE ATENTEN CONTRA LA DIGNIDAD DE LAS PERSONAS, POR LO TANTO: QUEDAN TERMINANTEMENTE PROHIBIDAS LAS DISCUSIONES FUTBOLÍSTICAS. TME"

Ilustración: Ernesto Murillo «Simonides»

Como se suele decir: hay que tener cuidado con lo que se desea. Por ejemplo, nos pasamos toda nuestra alegre juventud reivindicando la Euskadi tropical y, ¡toma!, cuarenta años después, cuando ya las rastas nos las podemos hacer solo en los pelos de las orejas, aquí estamos, echando de menos Mordor, sus noches de verano en anorak y su cielo eterno de panza de burro.

Claro que escribo esto con diez días de antelación y puede darse el caso de que cuando ustedes me lean el sol haya dejado de ser un campeón de los pesos pesados aporreando nuestras cabezas y estén cayendo sobre ellas granizo, rayos, truenos y viento huracanado. Suele pasarme, soy un cenizo, un pitoniso al revés. Por ejemplo, con los resultados deportivos. Siempre pierden todos los equipos con los que voy; o ganan aquellos que quiero que pierdan. Como España, en el pasado Mundial. “¡Nacionalista!”, oigo a alguien quejarse al fondo, eso mientras agita con fervor una bandera rojigualda.

Recuerdo que hace años, cuando estábamos amueblando la casa, me gustaba que España ganara porque solíamos aprovechar los días de partido para ir a las tiendas, en las que no había nadie y nos atendían sin tener que esperar. Pero ahora, en general (digo en general porque curiosamente con la selección de baloncesto no me pasa), lo que deseo es que España sea eliminada cuanto antes para no tener que sufrir todo lo que viene después: la idolatría; la exaltación patriótica -durante los sanfermines vi a uno de estos patriotas con la camiseta de la selección y una toalla al cuello que había robado de un hospital público-; las bulas que se le conceden a esta moderna religión que es el fútbol −subirse a paredes y farolas durante las celebraciones, tocar el claxon, la “obligatoriedad” de poner pantallas gigantes, el dar por sentado que a todos nos interesa este circo, los telediarios dedicados casi en exclusiva a la gesta de los campeones, mientras, por ejemplo, en uno de los días posteriores a esta fueron asesinadas tres mujeres− ; la intoxicación masiva, en fin, con los vapores densos de este nuevo opio del pueblo.

Reconozco que en esta manera de ver las cosas influye mi temperamento de cascarrabias, antisocial y misántropo. A mí aquello que cantaba Eskorbuto, “Las multitudes son un estorbo”, se me queda corto y cualquier grupo de WhatsApp que tenga más de cuatro personas me parece un infierno.

Dicho lo cual, los fans de la selección en realidad deberían estarme agradecidos, pues yo creo que si sus jugadores pudieron levantar la Copa del Mundo (y hacerle a Donald Trump el vacío −por eso, al menos, mereció la pena−) fue gracias a mis pronósticos a la inversa. No sé, igual tengo que pensar en cambiar de táctica y a partir de ahora empezar a animar a ¡España, tracatá!

Patxi Irurzun

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