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CUELGA TÚ
02/03/2026 Blog

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)

Cada vez que tengo que hacer una reclamación en la “Atención al cliente” de alguna compañía telefónica me echo a temblar. No necesito ser pitoniso para saber lo que me aguarda: unos cuantos minutos de espera amenizados por Richard Clayderman, después una “conversación” obtusa con una máquina y, cuando finalmente consigo hablar con un ser humano (al que, de todos modos, siempre tengo que deletrear ni nombre y apellidos) una discusión que me hace perder los nervios, pues se suele enredar en bucles o acabar en callejones sin salida. Los teleoperadores (cuyas vicisitudes retrató magníficamente el escritor pamplonés Gonzalo Aróstegui en su novela En los antípodas del día) son la infantería, la carne de cañón enviada por las compañías a morir o matar a su primera línea de frente.

Hace unos días me tocó hacer una de esas llamadas y vivir una situación rocambolesca. La teleoperadora que me atendió me dejaba en espera cada vez que tenía que consultar algún dato en su ordenador y si esa espera se prolongaba demasiado volvía a entrar y me calmaba con un “Enseguida estoy con usted, no cuelgue”. Pues bien, en una de esas la voz que me habló desde el otro lado del hilo telefónico ya no era la suya, sino la de un hombre: “Buenos días, llamo para que me den información sobre sus tarifas”, dijo. “¿Cómo dice? ¡Pero si yo soy un cliente!”, le contesté sorprendido. “¡Anda! ¿Y ahora qué hacemos?”, dijo él. “Pues no sé, me imagino que alguno de nosotros tendrá que colgar”, sugerí, esperando que fuera él el que cediera. Yo llevaba ya casi veinte minutos con mi gestión y no me apetecía tener que volver a empezar otra vez de cero. “¿Y quién cuelga?” contestó. “Yo es que llevo ya un buen rato con esto, y encima es la tercera vez que llamo por el mismo asunto”, le expliqué. “¿Puedes colgar tú?”. “No, yo es que tengo prisa, cuelga tú”, dijo. “No, hombre, tú, que solo has llamado por una consulta, a mí me deben dinero”, argumenté. “¿Y a mí qué? Cuelga tú”, insistió, nada amorosamente, el muy desgraciado…

Así estuvimos durante un buen rato, igual que aquellos dos orgullosos y tozudos caballeros del siglo XVIII que se toparon con sus carruajes en un angosto callejón de Ciudad de México, uno frente al otro, y que estuvieron tres días sin que ninguno reculara para dejar paso. En nuestro caso la llamada se cortó repentinamente, no sé si por capitulación de mi contrincante (“Hombre, pero que estás intentado contratar una compañía telefónica en la que se cruzan las llamadas…”, le había dicho yo unos segundos antes), o por decisión de la operadora, al percatarse de su error.

Todavía no he vuelto a llamar para insistir con mi reclamación. Y no me quedan muchas ganas, la verdad. Me pregunto cuánto ganarán al año las compañías de telefonía gracias a las reclamaciones que por desistimiento dejan de hacer sus desesperados clientes…

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