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Los discos del verano 7: THRILLER (MICHAEL JACKSON, 1982)

ago 25, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  1 Comment

HACIENDO EL MOONWALK POR EL PASILLO DE CASA



Y entonces, al acabar el video, Michael Jackson giraba la cabeza y los ojos se le ponían amarillos y le hacían chiribitas al tiempo que se escuchaba una carcajada malévola que helaba el corazón de los espectadores. Bueno, al menos la primera vez, luego el videcoclip ya resulta más cómico que otra cosa. ¿Qué podía temer la chica, a fin de cuentas, de aquel Michael Jackson medio zombi-medio hombre lobo?  ¿Que volviera a hacerle el bailecito con sus amigotes los muertos vivientes? ¿Desde cuándo los zombies llevaban hombreras? ¿Y los hombres lobo escayolas en los tobillos?

Para mí, en realidad, lo más terrible de aquel Thriller, que se parecía más bien a un cortometraje de serie B, era tener que volver a escuchar la canción, a la que había cogido una manía muy gorda, después de que uno de mis amigos me la machacara en su casa una y otra vez  durante el verano de 1983,  es decir, durante tres meses y un día. Como una condena.

El videoclip Thriller se estrenó un año después de publicarse el álbum con título homónimo, en un intento por relanzar las ventas del mismo. A pesar de que esta canción era la que daba título al disco fue el séptimo de los singles en un trabajo que incluía nueve temas. Es decir, para la compañía era algo así como un tema de España en Eurovisión. Y lo cierto es que entre las que se habían lanzado antes había hits tan indiscutibles como Billi Jean, The girl is mine (con la colaboración de Paul MacCartney) o Beat it (en la que hace un punteo Eddie Van Halen)

El caso es que a mi amigo, que tenía unos primos que tocaban en un conjunto beat, estos le habían grabado en una cinta virgen el disco de Michael Jackson y él no paraba de ponerla una y otra vez en la cadena musical. Mi amigo y yo teníamos maneras diferentes de entender la música. Cuando a él le gustaba una canción no se cansaba de escucharla. Hasta que un día, de repente, renegaba de ella y no volvía a hacerlo nunca más. Yo por el contrario, prefería dosificarla, no permitir que se quemara. Yo pensaba que a una canción hay que dejarle siempre balas en la recámara. Él que tenía que salir a acribillarte el corazón.

Llegué a aborrecer Thriller. Recuerdo incluso la cinta de casete, de color verde,  indestructible, a pesar de todas las veces que fue rebobinada. En alguna ocasión, como le pasaba a todas las cintas, se enganchó, e incluso se partió, pero mi amigo entonces la pegaba con celo y aquello volvía a funcionar, con un salto casi inapreciable en mitad del tema, pues coincidía con el momento en que la voz  de Vincent Price, el actor de películas de terror como Los crímenes del museo de cera, recitaba algo cavernosamente unos versos: “La oscuridad cae sobre la tierra/la media noche se está acercando/las criaturas se arrastran en busca de sangre… (Vincent Price, por cierto,  prefirió cobrar a tocateja por su cameo vocal, mil dólares, en lugar de un porcentaje de los beneficios; o sea, que negoció fatal el “Price”).

No sé por qué mi amigo tenía fijación con aquella canción. Ni por qué decidió olvidarse de ella precisamente cuando se puso en boca de todos. Quizás por eso mismo; o porque en España el videoclip se estrenó en la nochevieja de 1983, tras la campanadas, al inicio de un especial de Martes y Trece. Aquello no era serio.

 

A mí, por el contrario, Billi Jean, que como hemos dicho también aparecía en el disco Thriller, me parecía mil veces mejor (y a la mayoría de la gente, también, al menos hasta que se estrenó el video de Thriller, que, por cierto, filmó John Landis, el director de películas como The Blues Brothers,  El príncipe de Zamunda o Un lobo hombre americano en Londres, que fue la que inspiró la idea del videoclip a Michael Jackson).

Billi Jean fue número uno en prácticamente todo el mundo durante meses.  En ella, según cuenta la leyenda urbana y la wikipedia, Michael Jackson narra algo crípticamente la historia de una fan fatal  que aseguraba haber tenido un hijo con él y que lo acosaba con cartas  que le provocaban pesadillas. No era para menos, pues junto con una de esas cartas incluso le envío una pistola con la que debía preparar un suicidio concertado, a la misma hora que ella también se volaría la cabeza, después de haber asesinado al hijo que tenían en común. De esa manera los tres se reunirían en la eternidad y podrían por fin vivir juntos su amor imposible.

“Pero el niño no es  mi hijo”, reivindicaba Michael Jackson en la canción, subiéndose por las paredes (fue precisamente durante una interpretación en directo de Billi Jean, cuando comenzó a hacer el moonwalk, su conocidísimo y característico baile arrastrando los pies por el suelo, que, no obstante no es una creación propia del rey del pop, pues antes que él ya lo habían utilizado artistas como James Brown o The Electric Boogaloos).

La historia, o la intrahistoria de Billi Jean, por tanto, en realidad resultaba mucho más aterradora que Thriller y sus zombies de tercera división, y quizás lo más lógico hubiera sido intercambiar los videos de ambos temas.  De hecho, entre las numerosas versiones de Billi Jean hay una  del grupo The Bates en la que se escenifican secuencias de Psicosis, la película de Hitchock, y que resulta bien inquietante. Aunque si hay que quedarse con alguna, entre las innumerables versiones (mariachi, flamenca, punk…) del tema, para mí es la que interpreta, en un desgarrador blues, Chris Cornell, el cantante de Soundgarden y Audioslave,  que apareció ahorcado en un hotel hace poco más de un año.

Michael Jackson, por su parte, se puede decir que también comenzó a morir, o a matarse, a convertirse en algo diferente en todo caso, precisamente a partir de Thriller. Fue durante aquella época cuando se sometió a las primeras cirugías estéticas, hasta tal punto que en el tiempo que transcurre entre la edición del disco y del videoclip de Thriller ya se puede apreciar algún cambio en su rostro. Lo que no sabemos es si se aficionó a ello por culpa de las largas sesiones de maquillaje que, para grabar el video, lo convertían en un licántropo engominado o en el zombie que se movía más deprisa del mundo.

Al año siguiente, en 1984, el más pequeño de The Jackson 5 sufrió el accidente en el que se quemó la cabeza, mientras rodaba un spot (existe un video del momento y a favor del artista hay que reconocerle su profesionalidad, pues con la cabeza en llamas todavía seguía haciendo giros y pasos de baile, ensimismado en su trabajo) y hay quien afirma que es a raíz de estas quemaduras, para mitigar su dolor, cuando se convirtió en adicto a los calmantes.

Más tarde llegarían más operaciones estéticas –hasta que ya no quedó nariz que modelar—, el blanqueamiento de la piel, la cámara hiperbárica, el mono —al que vestía como él, y en realidad era un chimpancé—, la mascarilla, el parque de atracciones en Neverland, las acusaciones de pederastia, su propio hijo descolgado por la ventana del hotel, un catálogo de horrores y excentricidades que desembocaron en una muerte turbia por una sobredosis de calmantes, precisamente, una muerte que no fue sino el colofón de una vida con tantas luces y lentejuelas, en lo artístico, como sombras, complejos y contradicciones en lo personal (empezando por el propio videoclip de Thriller, al principio del cual Michael Jackson consideró necesario incluir una declaración que rezaba, nunca mejor dicho: “Debido a mis fuertes convicciones personales, deseo enfatizar que la película de ninguna manera respalda la creencia en lo oculto”,  pues Michael Jackson era en aquella época un abnegado Testigo de Jehová, hasta tal punto que de vez en cuando salía a evangelizar de puerta en puerta disfrazado de hombre gordo y con bigote).

En cuanto a mi relación personal con el rey del pop y con el propio pop en general, creo que me convertí en republicano y mis gustos musicales tomaron otros derroteros, hacia el punk y el rock, supongo que por culpa de mi amigo, que a su vez fue quemando discos y etapas (al verano siguiente, por ejemplo, le dio por una cinta de Gwendal, todavía resuena en mi cerebro, taladrándolo, el arpa de boca del grupo de folk bretón) y de una novia que tuve poco después, que era fan incondicional de Michael Jackson y a la que, de hecho, creo que le interesaba mucho más Michael Jackson que yo.

Hoy, en fin, las únicas reminiscencias michaeljacksonianas que me quedan son cuando ando en calcetines de deporte por el pasillo de casa y me animo con un moonwalk patético, que se parece más bien a los pasitos de Chiquito de la Calzada y que, estoy seguro, ustedes también han intentado en alguna ocasión, no me lo nieguen.

 

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SALVAJE

ago 25, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en semanario ON 25/08/18 . Ilustración: PEDRO OSÉS (incluida en la novela PAN DURO, Patxi Irurzun)

 

Era su semana salvaje. Así la llamaba. La esperaba como una fiera hambrienta a su presa, tachando a zarpazos en el calendario los días que faltaban para sus vacaciones.

Al llegar el verano, cada año, conducía hasta el viejo caserón familiar en un pueblo abandonado y se convertía en uno más de los animales —arañas, ratas, culebras— que se enseñoreaban de aquellas ruinas.

Una vez allí, se abría camino entre la maleza y la basura, los huesos, las botellas y latas vacías, las hojas amarillas de otros años y subía las escaleras de la casa, que crujían temblorosas. Abría después el grifo de la cocina, escuchaba el glugú de las cañerías y veía caer aquella agua marrón, oxidada, que parecía sangre sucia. Entraba por último en su habitación, retiraba las telarañas y las cagadas de ratón de la cama, cambiaba las sábanas, se tumbaba sobre el viejo colchón y, simplemente, esperaba, hasta que su cuerpo le dijera qué quería hacer.

Algunos días, no quería hacer nada, se quedaba allí, tirado en el catre, escuchando aquel silencio colosal, que solo interrumpía el ladrido de algún perro a lo lejos, el rumor entre las zarzas de una culebra o, al anochecer, el viento ululando allá en lo alto de La Cerda;  otros días ponía la música a todo volumen, Black Sabbath, Beethoven, Pink Floyd, se tomaba una pastilla y miraba cómo temblaban las paredes, cuando las pateaban los elefantes rosas; o leía durante horas, e iba arrancando las páginas a medida que lo hacía y arrojándolas a la cuadra por un agujero en el suelo, que también utilizaba a veces para  orinar o defecar, si no le apetecía salir de la habitación. A veces, se limpiaba el culo con los libros que no le gustaban, que eran la mayoría. Otras, se masturbaba frenéticamente, como un mono, como un bonobo, hasta que las sábanas se acartonaban y el vello del vientre y del pubis se le convertían en un remolino de semillas secas; u olisqueaba como un Narciso en celo sus manos, después de hurgarse la hendidura entre las dos nalgas.

Bebía mucho. Y arrojaba las botellas vacías por la ventana.  Algunas noches, cuando se emborrachaba, bajaba desnudo a recorrer las calles vacías del pueblo y hablar con los muertos, o a asesinarlos con un cuchillo jamonero; otras, subía a la montaña, desafiando a aquella Cerda, como la llamaban, que decían que devoraba a quienes se perdían en ella, desorientados entre la niebla o tragados por un desfiladero. Esperaba acurrucado bajo un árbol, temblando de frío y excitación, hasta el amanecer, hasta que veía pasar a algún excursionista sonriente y confiado. Y después, regresaba al caserón, donde dormía durante horas, como una fiera que ha saciado su apetito.

Un día antes de que finalizaran sus vacaciones, cada año, abandonaba la casa y hacía noche en la ciudad más próxima, en un hotel, siempre el mismo hotel, donde ya lo conocían y lo esperaban y no se asustaban de su aspecto. Sentía un enorme placer al asearse, después de tantos días sin hacerlo, al dormir en sábanas limpias, al comer un menú de cincuenta euros… A veces pensaba que hacía todo aquello solo para eso, para disfrutar de aquellos momentos, de una cerveza fría y bien tirada,  de la lectura de un periódico del día,  pero, sobre todo, de aquella ducha en el hotel, bajo la que permanecía durante más de una hora, dejando que el agua caliente y el vapor limpiaran en su piel la tierra, el semen, la sangre, todos los rastros de su semana salvaje.

 

Patxi Irurzun

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