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Los discos del verano: 10 (y último). NEVER MIND THE BOLLOCKS (SEX PISTOLS, 1976)

sep 15, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 ¡Siga a ese coche!

Publicado en magazine ON (diarios de Grupo Noticias (15/09/2018)

 

La liaron parda. Hoy podría emitirse sin ningún problema en horario infantil, o ser una secuencia de alguno de los capítulos más ligth de Los Simpsons o de Historias corrientes, pero en 1976, en la BBC, decir en una entrevista “mierda” provocaba poco menos que un cataclismo que hacía temblar hasta los hielos del gintonic de la reina madre.

Fue Johnny Rotten, el cantante de los Sex Pistols, quien lo soltó, quien lo masculló más bien, por lo bajinis, ante las fanfarronerías de un presentador que abordó la entrevista con un tono paternalista y farruco, asegurando que estaba tan borracho o más que ellos.

Bill Grundy, que así se llamaba el presentador, retó a Rotten a repetir la palabrota, y el rostro del terrible “Juanito el podrido” se convirtió por un momento en el de un inocente niño pequeño alResultado de imagen de never mind the bollocks que pillan en mitad de una travesura. Pero lo hizo, volvió a decirlo, volvió a decir “mierda”, y una vez roto el hielo, o los hielos, el resto de Sex Pistols y de la troupe que los acompañaba, comenzaron a forjar la leyenda que los convertiría en  icono de la irreverencia y la rebeldía y en el emblema del que probablemente ha sido el movimiento juvenil más importante de las últimas décadas.

—Viejo verde —le espetó Steve Jones, el guitarrista de la banda, al borrachín y rijoso Bill Grundy cuando este coqueteó con Siouxsie Sioux, la cantante de Siouxsie and the bansees, de pie aquel día en el plató tras los Sex Pistols, con  el pelo corto y teñido de blanco y un ojo pintado como el protagonista de La naranja mecánica.

—Vamos, todavía te quedan cinco segundos  para decirme algo más —le provocó a continuación el presentador, como si estuvieran en un pub.

—Sucio hijoputa —volvió a arremeter Jones, sin achantarse.

—Mañana les esperamos de nuevo —se apresuró entonces Grundy en despedir el programa, dirigiéndose a sus telespectadores; y luego, volviéndose hacia  los Sex Pistols—: A ustedes no; a ustedes espero no volver a verlos nunca más.

La escena apenas dura dos o tres minutos, durante los cuales Malcolm Mclaren, el promotor de los Sex Pistols, aseguran,  se encontraba “cagado de miedo” tras las cámaras, aunque probablemente en realidad lo que le asustara fuera que el clinclín de la caja registradora se escuchara también fuera de su cabeza. Los Sex Pistols habían llegado a aquella entrevista, en un programa de máxima audiencia, como segundo plato, tras un plantón inesperado de última hora de Queen (con quien precisamente empezamos esta serie de discos del verano, que hoy termina), pero tampoco se puede decir que el grupo deba su fama a esta casualidad, pues McLaren no daba puntada sin hilo y si los Sex Pistols no hubieran pegado la campanada ese día, él se las habría arreglado para buscarles otro escándalo. No deja de ser paradójico, por otra parte, que un movimiento contestatario y anticomercial como el punk deba tanto a una perfecta y estudiada maniobra de marketing, terreno en el que Mclaren, se movía perfectamente. Los Sex Pistols, en definitiva, fueron lanzados como si se tratara de una marca de ropa, de la ropa que Mclaren diseñaba y vendía en su tienda, que por cierto se llamaba SEX, con lo cual de rebote se hacía publicidad a sí mismo.

El caso es que tras la sonada entrevista alcohólica (con la que inauguraban un subgénero periodístico en el que caben destacar apariciones como las de El Cigala en El hormiguero, Tijuana in blue en Plastic o Fernando Arrabal en aquel programa de Sanchez Dragó), la banda londinense comenzó a vender su recién publicado Never mind the bollocks como rosquillas, además de prender la mecha a un reguero de pólvora que se extendería por todas las barriadas obreras de Inglaterra primero y después de toda Europa, para mantener su aura de ruido y furia todavía hoy, varias décadas después, en Latinoamérica.

Entre nosotros, la semilla del punk encontró un terreno perfectamente abonado (“El estiércol hace crecer más fuerte la cosecha”, como decía el anarquista vasco Marc Legasse) en una Euskal Herria, la de los 80, asolada por la heroína, el paro y la violencia política, y así,  brotaron como bonguis en cada pueblo y ciudad decenas de grupos como Eskorbuto, RIP, Las Tampones, La Polla Records o Las Vulpess, a los cuales muchos escuchamos antes en realidad que a los propios Sex Pistols. Siguiendo la máxima del punk, “Hazlo tú mismo”, florecieron también los fanzines o las radios libres, como la Eguzki Irratia…

Y ahora es cuando toca hablar un poco de mí mismo, que es para lo que en el fondo, como ustedes ya habrán apreciado,  he escrito esta sección:  para la Eguzki irratia, precisamente, estuve maquinando durante algún tiempo la idea de poner en el aire mi propio programa radiofónico, que finalmente se vio reducido al nombre que ideé para él: “Siga a ese coche” (no tengo ni idea de por qué decidí llamarlo así, supongo que mi generación pertenecía a una segunda oleada del punk, a la que llegábamos ya algo aburridos de tacos y eructos en antena o canciones y fanzines con títulos como “Puta policía”, “Los testículos me cortaría por la calavera del rey”, o “Dolorosa leprosa”). La cuestión es que durante todo un verano estuve intentando grabar una cuña casera para ese programa que nunca llegué a emitir y  la sintonía que elegí para la misma fue Anarchy in the UK, uno de los temas más conocidos de Never mind the bollocks, el único álbum de estudio de los Sex Pistols, y del cual acabé precisamente hasta los bollocks, dada mi impericia con una grabadora prehistórica que me obligaba a adelantar y atrasar la canción decenas de veces.

 

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Mi intención, en aquel programa, era hablar no solo de música, sino también de lo que yo consideraba la equivalencia del punk en la literatura, es decir, de los libros de Bukowski (quien, por cierto, también concedió una memorable entrevista alcohólica en el programa Apostrophes de la televisión francesa), Celine, Raúl Núñez o, en general,  la colección Contraseñas de Anagrama, en la que, volviendo a los Sex Pistols, Gerald Cole publicó Sid y Nancy, libro en el que narra la historia de amor, locura y muerte entre Sid Vicious, el famoso bajista de la banda, y Nancy Spungen, la fan estadounidense del grupo con la que se hizo adicto a la heroína y a la que acabaría asesinando en el famoso Hotel Chelsey de Nueva York (el mismo en que Janis Joplin y Leonard Cohen tuvieron sexo oral, Cohen por partida doble porque se ocupó de airearlo a los cuatro vientos después en su tema Chelsey Hotel).

 

 

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Sid Vicious (es inevitable hablar de los Sex Pistols sin aludir a él), fan y personaje satélite  del grupo, amigo de Jhonny Rotten, acabaría incorporándose al mismo tras las desavenencias entre Rotten y el bajista original, Glen Matlock (al cual expulsaron  achacando que se lavaba los pies demasiado a menudo y que le gustaban los Beatles). Recientemente Viv Albertine, que formó parte del grupo de punk femenino The Slits ha publicado (también en Anagrama) un libro autobiográfico en el que rememora los años fundacionales del punk londinense, la ebullición previa a aquel seísmo que resquebrajó los hielos de los gintonics regios, y en el que podemos ver una estampa inocente y enternecedora de Sid Vicious, en la flor de su juventud, antes de que comenzara a sulfatarla con heroína. Como curiosidad  Ropa música chicos, así se titula la crónica de Albertine, retrata aquel microcosmos primigenio del punk en el que, entre otros, pululaba una jovenzuela malagueña, batería de las Slits, llamada Paloma Romero, alias Palmolive, que por aquella época era además pareja de Joe Strummer, el icónico cantante de The Clash. Nada parecía vaticinar que muchos años después volveríamos a encontrarnos a Palmolive, de casualidad, en un programa de Callejeros viajeros, convertida en predicadora de una secta cristiana estadounidense.

Resultado de imagen de rastros de carmínSid y Nancy, el libro de Gerald Cole, tuvo su adaptación cinematográfica homónima, en la que al bajista de los Pistols lo interpretó Gary Oldman y en la que aparece la famosa secuencia en la que Sid Vicious versiona en un teatro My way, de Sinatra, durante la cual, repentinamente, saca una pistola y comienza a disparar sobre las primeras filas, copadas por militares, aristócratas y ricachones, pura ficción (a pesar de que por aquella época algunos punks muy punks le daban credibilidad al episodio), una metáfora en definitiva de qué y a quién representaba el punk y contra quién arremetía: un movimiento nacido en los barrios obreros que ponía en cuestión una sociedad clasista, autoritaria, conservadora, y que como señalaría Greil Marcus  en una de las biblias de este movimiento, el ensayo Rastros de carmín, no hacía sino continuar de una manera inconsciente un hilo invisible que recorre las diferentes corrientes y movimientos contraculturales y heterodoxos de la historia de la humanidad  y que une a todos aquellos (anarquistas, milenaristas, dadaístas….)  que en algún momento la liaron parda. Estamos, por lo demás,  a la espera de nuevas sacudidas de ese hilo.

 


 

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Los discos del verano 9: MADE IN JAPAN. Deep Purple (1972)

sep 8, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 Un disparo en mitad de un concierto

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias) 08/09/2018

 

Durante aquel verano, que sería el de 1982 u 83, yo estaba firmemente decidido a convertirme en estrella del rock, pero lo dejé antes de dar la primera clase de guitarra, pues el profesor vivía en la otra esquina del barrio y a mí me daba vergüenza atravesar todas sus calles en llamas con la modosita funda de cuadros escoceses a la espalda. Siempre me he parecido más a un seminarista que a Keith Richards y creía que la gente pensaría que iba a catequesis, a ensayar el Alabaré, alabaré, en lugar de a aprenderme el riff de Satisfaction. Así que tuve que conformarme con seguir haciendo solos de raqueta delante del espejo en casa e intentando aprender por mi cuenta los tres o cuatro acordes de Smoke on the water.

Pan pan pan, pan pan papán.

Todo el que alguna vez haya soñado con tocar la guitarra eléctrica sabe que Smoke on the water, de Deep Purple es el abecé del rock. Todavía lo sigue siendo y lo siguen aprendiendo las nuevas hornadas de guitarristas. Lo sé porque mi hija, que no tiene vergüenza —no al menos tanta, o tan enfermiza como yo—, ni pintas de seminarista, ni mucho menos funda de guitarra con cuadros escoceses, vino el otro día de la escuela de música trasteando sus notas.

Smoke on the water se publicó por primera vez en el disco Machine Head, de 1972, aunque la mayoría lo conocimos gracias a uno de los directos más famosos de la historia del rock, Made in Japan, grabado entre Osaka y uno de los templos del hard rock , el Budokan de Tokio, en agosto de 1972 (Made in Japan, por cierto, no fue el primer directo del grupo, antes, en 1969, habían grabado Concerto for the group and orchestra, junto a la Royal Philarmonic Orquestra, anticipándose varias décadas a los conciertos sinfónicos con grupos de rock ).

Curiosamente, Deep Purple publicaron Made in Japan a regañadientes, sin imaginar que miles de adolescentes y jóvenes nos lo acabaríamos aprendiendo  de memoria. Como se aprendían los discos entonces. En nuestra cabeza (en la mía al menos, lo sé porque ayer me bajé el cedé al coche y lo recordaba al dedillo) esculpimos para siempre cada punteo de Ritchie Blackmore; cada gorgorito de Ian Gillan; cada entrada con el órgano Hammond de Jon Lord. Incluso el solo de batería de Ian Paice en The mule, que dura varios minutos. Y, por supuesto, el momento exacto en que iba a sonar el disparo, durante el desgarrador Child in time.

Porque Made in Japan y Child in time (que para algunos será ahora la música de un anuncio de colonia, japonesa, por cierto), para nosotros eran el disco y la canción del disparo, aquella en la que un espectador se suicidaba, mientras escuchaba interpretar en directo su canción preferida, un tema de más de once minutos a lo largo de los cuales el aullido de Ian Gillan, ese Jesucristo del rocanrol, es capaz de llevarnos del cielo al infierno, de matarnos y resucitarnos en varias ocasiones.

La leyenda urbana de este heterodoxo harakiri ha acompañado al disco durante décadas. El estallido que se escucha en el minuto 9:44 se parece mucho más a un disparo que a lo que en realidad debió de ser, el chispazo de un bafle, un foco que explota, una nota o efecto inesperado en el órgano de Jon Lord… Y, por otra parte,  esa versión romántica y arrebatada del suicidio conviene mucho más a la épica de la canción, que aborda temas como el mal, el bien, la justicia o la propia muerte, con versos que hablan de hombres ciegos disparando al mundo, balas que rebotan y trozos de plomo que vuelan. Pero lo cierto es que no hay nada que pruebe la teoría del disparo, y nunca se encontró, como se decía, ningún cadáver en las gradas, tras acabar el concierto, a no ser que un gran manto de silencio lo cubriera como un sudario y con él esta macabra historia, que por lo demás, se convirtió en todo un reclamo para el disco, cuya comercialización, sin embargo, como hemos dicho antes, Deep Purple inicialmente no acogió con mucho entusiasmo.

Hay varios detalles que ilustran esta desgana. Por ejemplo, los conciertos se realizaron en horario japonés, es decir, a media tarde, algo a lo que no estaban demasiado acostumbrados los miembros del grupo británico, de hábitos más bien noctámbulos, como demuestra que el cantante Ian Gillan saludara al público con un irónico Good morning! O el hecho de que el virtuoso guitarrista Ritchie Blackmore fallara en dos de los tres conciertos con el riff de Smoke on the water, el abecé del guitarrismo: pan pan pan, pan pan papán ( la toma que se utilizó finalmente fue la del 15 de agosto, y Smoke on the Water la única canción aprovechable de aquella tarde). Claro que el despiste de Blackmore pudiera deberse, entre otras cosas, al extraño comportamiento del cívico público japonés, que cuando el músico llevaba a cabo el numerito en que destrozaba su guitarra y la arrojaba al foso, insistía en devolvérsela una y otra vez (cabe, por eso mismo, dar una oportunidad a la leyenda del disparo de Child in time, pues tal vez los fans japoneses fueran tan educados que respetaran el ceremonioso suicidio de uno de ellos, al que dejaron matarse en paz).

Made in Japan es, a pesar o por todo ello, una de las cimas del hard-rock, bajando de la cual Deep Purple se diseminó en una saga de memorables grupos como Rainbow o Whitesnake y de proyectos personales de cada uno de los miembros (por el grupo han pasado músicos como Joe Satriani, David Coverdale, Don Airey…).

Por lo demás, no me gustaría acabar sin comentar que precisamente, una de esas aventuras, uno de esos tentáculos de la saga acaricia de refilón la modosita funda de cuadros escoceses de la guitarra que nunca llegué a tocar, pues Ian Gillan, el cantante de Deep Purple, puso voz a Jesucristo en la ópera rock Jesus Christ Superstar (que en realidad es de 1970, previa por tanto a Made in Japan, y que en mi casa teníamos en una cinta doble, que despertaba en mí una extraña e intuitiva atracción, previa al descubrimiento del hard-rock).  Para redondearlo todo, a Ian Gillan le ofrecieron ese papel después de escucharle interpretar Child in time, que se grabó por primera vez en otro de los grandes discos de Deep Purple,  In rock (1970).

Así que, quién sabe, después de todo la catequesis igual tampoco habría sido un mal paso hacia el camino de perdición del rocanrol: de hecho, a mi hermana, que sí aprendió a tocar la guitarra, las monjas la llevaron a tocar una vez a una residencia de abuelitos y volvió de allí muy contenta, entre otras cosas porque como agradecimiento los anfitriones les ofrecieron unas cuantas copas de champán y moscatel. Lo que ya no sé es si les tocó el Alabaré, alabaré o el Smoke on the water.

Pan pan pán, pan pan papán.

 

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Los discos del verano 8: ASEREJÉ (LAS KETCHUP, 2002)

sep 1, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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“Y cuanto peor para todos, mejor para mí, el suyo”

El verano de 2002 lo pasé en un basurero. No es una metáfora. Lo pasé literalmente en un basurero, el de Payatas, en Manila, la capital de Filipinas, en el que viven y trabajan a cielo abierto unas sesenta mil personas. Estuve allí para escribir una serie de reportajes finalmente fallidos:

A la gente no le gusta leer este tipo de historias, los domingos por la mañana, cuando se come un cruasán —nos decían los redactores jefes de los magazines semanales—. La gente lo que quiere son reportajes de moda, entrevistas con Las Ketchup

¿Pero de dónde demonios habían salido aquellas Hijas del tomate —así era cómo se titulaba su primer albúm—, Las Ketchup, cuyo tema Aserejé, cantaba todo el mundo, acompañándolo de una ridícula coreografía?

Desde que había vuelto del viaje no dejaba de escuchar esa canción, que me parecía empalagosa y un poco boba. Para colmo siempre he aborrecido el ketchup. No se me ocurría un nombre más desafortunado para un grupo. Sin embargo, todos a mi alrededor parecían abducidos por Aserejé y le encontraban algún tipo de gracia que a mí me pasaba desapercibida.

Supuse que de algún modo, una parte de mí seguía en Payatas, al otro lado del mundo. Me parecía que había una distancia muy lejana, que no se contaba solo en kilómetros, entre aquellas dos realidades, la del basurero y la de nuestras mañanas de domingo tranquilas con periódicos y sus suplementos semanales, que en realidad leíamos solo para asegurarnos de que estábamos en este lado del mundo. En el lado amable del mundo.

¿Pero tú, dónde has estado metido, chaval, en una burbuja? —me preguntaban al principio, cuando comentaba que nunca había oído la dichosa canción.

Y pensaba también, recién regresado de Filipinas, que se trataba justo de lo contrario, que en realidad éramos nosotros los que vivíamos en una pequeña burbuja, aislados del resto del planeta, del planeta real, en el que había niños que morían sepultados por un alud de basura, o, a diario, por culpa de enfermedades corrientes, como una diarrea o un catarro mal curado.

A pesar de todo ello, comprendía muy bien la perplejidad de aquellos con quienes hablaba. Me acordaba de que, unos cuantos años atrás, mi hermana se había marchado de Erasmus a Francia y, cuando volvió a casa por Navidad, no era capaz de comprender cómo podía hacernos tanta gracia el numerito que hacía cada viernes en el “Un, dos, tres” un cómico llamado Ángel Garó.

Vestido de negro, alto, sonriente y con personalidad múltiple, el artista interpretaba a varios personajes, que salían desde detrás de un biombo: uno de ellos era capaz de hacer morir de risa a la gente contando los chistes mal, había también un japonés que cantaba sevillanas… y otro más, llamado Juan de la Cosa, que solía acercarse tímidamente a un micrófono de pie y, tras unos segundos en que millones de espectadores se contenían con regocijo, pronunciaba un escueto ¡Uh!, que desataba una carcajada general, estruendosa, liberadora…

Mi hermana era incapaz de entender cómo una cosa tan primaria conseguía mantener embobado a todo un país. Y, desde luego, era difícil de explicar, si uno no había asistido al proceso en que, de una manera imperceptible e inconsciente, aquel “¡Uh!” se había convertido en una especie de rito colectivo, en un extraño código compartido por millones de personas, que aguardaban toda una semana para poder estallar al unísono en aquella carcajada, que brotaba de un modo natural e incontenible.

Pues bien, el Aserejé era mi “¡Uh!”, y creo que en el fondo sucede lo mismo con todas las canciones del verano, en las que en realidad da igual si la canción es empalagosa y boba —quizás eso es de lo que se trata, de que lo sea— y lo que importa es que en ella exista algo que te conecta de un modo primitivo con millones de congéneres y te ayuda a sentirte un animal social. No existen, de hecho, canciones del verano de culto. Cantar una canción del verano que no conoce nadie no tiene sentido.

Por supuesto, tampoco es fácil, al contrario, es tremendamente difícil que un artista sea capaz de componer lo que podríamos llamar las mejores peores canciones, que es en definitiva lo que son las canciones del verano, canciones como El negro no puede, Macarena o Pajaritos a bailar (categoría aparte merecen sus coreografías, en las que esa máxima se lleva ya a los extremos: cuanto peor mejor para todos. “Y cuanto peor para todos, mejor para mí, el suyo”, podría añadir M. Rajoy, quien tal vez sería un buen compositor de letras de canciones del verano).

En el caso del Aserejé una de las claves del éxito de la canción tiene que ver seguramente con aquel absurdo estribillo: “Aserejé ja de je/ de jebe tu de jebere/ seibiunouva majavi/an de bugui an de güididípi”. Una letra indescifrable que, no obstante, acabaríamos sabiendo con el tiempo, venía a ser una especie de transcripción fonética y libre de las primeras estrofas de Rapper’s Deligth un rap ochentero del grupo The Sugarhill Gang; o al menos eso es lo que cuentan algunos sesudos estudiosos de la canción, y lo que guarda cierta lógica con la narrativa de la misma, es decir, con aquella parte que nadie tuvo en cuenta y en la que se describe cómo el personaje, un rumboso Diego viene “con la luna en las pupilas” y entra a un garito donde un DJ le pincha su canción preferida, y él la baila, y la goza, y la canta, poseído por el ritmo ragatanga —y por lo que sea que le ha puesto las pupilas de ese tamaño— como buenamente puede, es decir, en un inglés aznariano.

Aserejé, que rápidamente se extendió por todo el mundo como fuego en la rastrojera, no había llegado, sin embargo, todavía aquel verano hasta los karaokes de Filipinas —karaokes que se encontraban en cualquier esquina de Manila, también en sus casas, incluidas las que se levantaban entre la basura de Payatas—. Allí lo que incendiaba los oídos, lo que se escuchaba a todas horas en las emisoras de radio, en los transportes públicos, en las barberías, en los restaurantes callejeros, en los mercados, en los vertederos, en todos los sitios, era un tema titulado Stupid Love, de un grupo local llamado Salbakuta. Y esa fue para mí la canción del verano de 2002. Esa y Marea, del primer disco, La patera, del grupo de Berriozar —disco, por cierto, en el que acabaron intercambiándose el título del mismo y el nombre del grupo: es decir, el grupo se llamaba originalmente La patera y el disco Marea—, pero no nos despistemos, que es lo que me sucedía a mí cuando intentaba cantar aquella canción, Stupid Love, borracho en los karaokes de Manila, y perdía el hilo: que acababa vociferando la canción de Marea, aunque lo que sonara fuera el Aserejé tagalo.

Aserejé, por lo demás, fue el único éxito de Las Ketchup, tres hermanas hijas del tomate, en sentido estricto, pues su padre era el guitarrista flamenco El Tomate —y planteado de ese modo tanto el nombre del grupo como de su primer disco no resultaban en absoluto absurdos—. Reducidas a uno de esos grupos “one hit wonders”, estrellas de un solo éxito, a Las Ketchup las acabó de hundir su participación años más tarde en un festival de Eurovisión con un tema llamado Un Blody Mari, que pasó al olvido en forma inversamente proporcional al pegajoso éxito de su Aserejé, la canción de aquel inolvidable, para mí, verano filipino de 2002.

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Los discos del verano 7: THRILLER (MICHAEL JACKSON, 1982)

ago 25, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  1 Comment

HACIENDO EL MOONWALK POR EL PASILLO DE CASA



Y entonces, al acabar el video, Michael Jackson giraba la cabeza y los ojos se le ponían amarillos y le hacían chiribitas al tiempo que se escuchaba una carcajada malévola que helaba el corazón de los espectadores. Bueno, al menos la primera vez, luego el videcoclip ya resulta más cómico que otra cosa. ¿Qué podía temer la chica, a fin de cuentas, de aquel Michael Jackson medio zombi-medio hombre lobo?  ¿Que volviera a hacerle el bailecito con sus amigotes los muertos vivientes? ¿Desde cuándo los zombies llevaban hombreras? ¿Y los hombres lobo escayolas en los tobillos?

Para mí, en realidad, lo más terrible de aquel Thriller, que se parecía más bien a un cortometraje de serie B, era tener que volver a escuchar la canción, a la que había cogido una manía muy gorda, después de que uno de mis amigos me la machacara en su casa una y otra vez  durante el verano de 1983,  es decir, durante tres meses y un día. Como una condena.

El videoclip Thriller se estrenó un año después de publicarse el álbum con título homónimo, en un intento por relanzar las ventas del mismo. A pesar de que esta canción era la que daba título al disco fue el séptimo de los singles en un trabajo que incluía nueve temas. Es decir, para la compañía era algo así como un tema de España en Eurovisión. Y lo cierto es que entre las que se habían lanzado antes había hits tan indiscutibles como Billi Jean, The girl is mine (con la colaboración de Paul MacCartney) o Beat it (en la que hace un punteo Eddie Van Halen)

El caso es que a mi amigo, que tenía unos primos que tocaban en un conjunto beat, estos le habían grabado en una cinta virgen el disco de Michael Jackson y él no paraba de ponerla una y otra vez en la cadena musical. Mi amigo y yo teníamos maneras diferentes de entender la música. Cuando a él le gustaba una canción no se cansaba de escucharla. Hasta que un día, de repente, renegaba de ella y no volvía a hacerlo nunca más. Yo por el contrario, prefería dosificarla, no permitir que se quemara. Yo pensaba que a una canción hay que dejarle siempre balas en la recámara. Él que tenía que salir a acribillarte el corazón.

Llegué a aborrecer Thriller. Recuerdo incluso la cinta de casete, de color verde,  indestructible, a pesar de todas las veces que fue rebobinada. En alguna ocasión, como le pasaba a todas las cintas, se enganchó, e incluso se partió, pero mi amigo entonces la pegaba con celo y aquello volvía a funcionar, con un salto casi inapreciable en mitad del tema, pues coincidía con el momento en que la voz  de Vincent Price, el actor de películas de terror como Los crímenes del museo de cera, recitaba algo cavernosamente unos versos: “La oscuridad cae sobre la tierra/la media noche se está acercando/las criaturas se arrastran en busca de sangre… (Vincent Price, por cierto,  prefirió cobrar a tocateja por su cameo vocal, mil dólares, en lugar de un porcentaje de los beneficios; o sea, que negoció fatal el “Price”).

No sé por qué mi amigo tenía fijación con aquella canción. Ni por qué decidió olvidarse de ella precisamente cuando se puso en boca de todos. Quizás por eso mismo; o porque en España el videoclip se estrenó en la nochevieja de 1983, tras la campanadas, al inicio de un especial de Martes y Trece. Aquello no era serio.

 

A mí, por el contrario, Billi Jean, que como hemos dicho también aparecía en el disco Thriller, me parecía mil veces mejor (y a la mayoría de la gente, también, al menos hasta que se estrenó el video de Thriller, que, por cierto, filmó John Landis, el director de películas como The Blues Brothers,  El príncipe de Zamunda o Un lobo hombre americano en Londres, que fue la que inspiró la idea del videoclip a Michael Jackson).

Billi Jean fue número uno en prácticamente todo el mundo durante meses.  En ella, según cuenta la leyenda urbana y la wikipedia, Michael Jackson narra algo crípticamente la historia de una fan fatal  que aseguraba haber tenido un hijo con él y que lo acosaba con cartas  que le provocaban pesadillas. No era para menos, pues junto con una de esas cartas incluso le envío una pistola con la que debía preparar un suicidio concertado, a la misma hora que ella también se volaría la cabeza, después de haber asesinado al hijo que tenían en común. De esa manera los tres se reunirían en la eternidad y podrían por fin vivir juntos su amor imposible.

“Pero el niño no es  mi hijo”, reivindicaba Michael Jackson en la canción, subiéndose por las paredes (fue precisamente durante una interpretación en directo de Billi Jean, cuando comenzó a hacer el moonwalk, su conocidísimo y característico baile arrastrando los pies por el suelo, que, no obstante no es una creación propia del rey del pop, pues antes que él ya lo habían utilizado artistas como James Brown o The Electric Boogaloos).

La historia, o la intrahistoria de Billi Jean, por tanto, en realidad resultaba mucho más aterradora que Thriller y sus zombies de tercera división, y quizás lo más lógico hubiera sido intercambiar los videos de ambos temas.  De hecho, entre las numerosas versiones de Billi Jean hay una  del grupo The Bates en la que se escenifican secuencias de Psicosis, la película de Hitchock, y que resulta bien inquietante. Aunque si hay que quedarse con alguna, entre las innumerables versiones (mariachi, flamenca, punk…) del tema, para mí es la que interpreta, en un desgarrador blues, Chris Cornell, el cantante de Soundgarden y Audioslave,  que apareció ahorcado en un hotel hace poco más de un año.

Michael Jackson, por su parte, se puede decir que también comenzó a morir, o a matarse, a convertirse en algo diferente en todo caso, precisamente a partir de Thriller. Fue durante aquella época cuando se sometió a las primeras cirugías estéticas, hasta tal punto que en el tiempo que transcurre entre la edición del disco y del videoclip de Thriller ya se puede apreciar algún cambio en su rostro. Lo que no sabemos es si se aficionó a ello por culpa de las largas sesiones de maquillaje que, para grabar el video, lo convertían en un licántropo engominado o en el zombie que se movía más deprisa del mundo.

Al año siguiente, en 1984, el más pequeño de The Jackson 5 sufrió el accidente en el que se quemó la cabeza, mientras rodaba un spot (existe un video del momento y a favor del artista hay que reconocerle su profesionalidad, pues con la cabeza en llamas todavía seguía haciendo giros y pasos de baile, ensimismado en su trabajo) y hay quien afirma que es a raíz de estas quemaduras, para mitigar su dolor, cuando se convirtió en adicto a los calmantes.

Más tarde llegarían más operaciones estéticas –hasta que ya no quedó nariz que modelar—, el blanqueamiento de la piel, la cámara hiperbárica, el mono —al que vestía como él, y en realidad era un chimpancé—, la mascarilla, el parque de atracciones en Neverland, las acusaciones de pederastia, su propio hijo descolgado por la ventana del hotel, un catálogo de horrores y excentricidades que desembocaron en una muerte turbia por una sobredosis de calmantes, precisamente, una muerte que no fue sino el colofón de una vida con tantas luces y lentejuelas, en lo artístico, como sombras, complejos y contradicciones en lo personal (empezando por el propio videoclip de Thriller, al principio del cual Michael Jackson consideró necesario incluir una declaración que rezaba, nunca mejor dicho: “Debido a mis fuertes convicciones personales, deseo enfatizar que la película de ninguna manera respalda la creencia en lo oculto”,  pues Michael Jackson era en aquella época un abnegado Testigo de Jehová, hasta tal punto que de vez en cuando salía a evangelizar de puerta en puerta disfrazado de hombre gordo y con bigote).

En cuanto a mi relación personal con el rey del pop y con el propio pop en general, creo que me convertí en republicano y mis gustos musicales tomaron otros derroteros, hacia el punk y el rock, supongo que por culpa de mi amigo, que a su vez fue quemando discos y etapas (al verano siguiente, por ejemplo, le dio por una cinta de Gwendal, todavía resuena en mi cerebro, taladrándolo, el arpa de boca del grupo de folk bretón) y de una novia que tuve poco después, que era fan incondicional de Michael Jackson y a la que, de hecho, creo que le interesaba mucho más Michael Jackson que yo.

Hoy, en fin, las únicas reminiscencias michaeljacksonianas que me quedan son cuando ando en calcetines de deporte por el pasillo de casa y me animo con un moonwalk patético, que se parece más bien a los pasitos de Chiquito de la Calzada y que, estoy seguro, ustedes también han intentado en alguna ocasión, no me lo nieguen.

 

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Los discos del verano 6: TDK DE 90 MINUTOS (Varios, 1987-2005)

ago 18, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

Publicado en magazine ON (diarios Grupo Noticias), 18/08/2018

El Señor Tomás, Polo Montañez y Diego el Cigala, todos en la misma cinta

 

Con el dinero que me dieron en el primer concurso literario que gané me compré dos cosas. La primera era un radiocasete con doble pletina con el que me convertí en el rey del mambo (o del punk-rock, más bien). De ese modo podía grabar de cinta a cinta aquellas que me dejaban mis amigos, o aquellas cintas que mis amigos habían grabado a su vez de las cintas de otros amigos suyos, y así sucesivamente. A veces, con tanto trasiego, las canciones sonaban como el demonio, pero nos daba igual. A veces lo que nos gustaba, de hecho, era que sonaran como el demonio, con toda la suciedad que se pegaba en las manos durante esas transacciones, y en la que reconocíamos cuándo habíamos grabado aquellas cintas, quién nos las había prestado, por qué…

Grabar cintas era una cuestión personal. A veces, no grabábamos discos enteros, sino recopilaciones, canciones de diferentes discos, y se las regalábamos a la chica que nos gustaba, o a los amigos con los que queríamos compartir los caminos que íbamos descubriendo a nuestro paso, en esos años de búsqueda. Aquellas cintas hablaban de nosotros, de nuestros gustos, de lo que aborrecíamos, de nuestra curiosidad, del mundo en el que aspirábamos a vivir…. Con aquellas cintas no había medias tintas. Si al otro le gustaban se convertía en uno de los tuyos, si no, pasaba a ser automáticamente más tonto que un zapato.

Cualquiera, además, no sabía grabar buenas recopilaciones. Las canciones debían tener algún vínculo, estar ordenadas correctamente, crear una atmósfera…

Pues bien, el disco de esta semana pretende ser una de esas cintas; y el vínculo entre las diferentes canciones algunos viajes que he hecho en diferentes veranos de mi vida.

Marruecos y el Señor Tomás (1986)

La segunda cosa que pude pagar gracias al primer concurso literario que gané fue el viaje de estudios al acabar el instituto. Recuerdo que me dieron el premio durante el invierno, un día que nevaba copiosamente, y que en el acto de entrega  actuó el Señor Tomás (el humorista tudelano, precursor de Marianico el Corto) y también que me regalaron una de sus cintas de chistes. No sé por qué, acabé llevándome aquella cinta al viaje de estudios, y a veces, en el autobús que nos llevaba de Azilah a Fez, de Tánger a Marrakech, la poníamos y no podíamos parar de reír. En realidad, en aquel viaje, que hicimos envueltos en una nube de humo azul, todo nos daba risa, pero en el caso del señor Tomás creo que se trataba, más que de los propios chistes,  de lo absurdo de la situación y del hecho de que tras la primera escucha adoptamos como coletillas para todas nuestras conversaciones deshilvanadas por el hachís algunos pasajes de esos chistes (“Yo pongo dos mil pesetas para la capa del cura”, por ejemplo, cada vez que había que poner bote. “¡Pero solo si al cura lo capo yo!”, añadía a continuación alguien, y todos nos reíamos). Una tontería, en fin, más grande que la plaza Jamaa el Fna. Meses después, al disiparse el humo azul, la sonrisa se nos congeló, cuando supimos que el señor Tomás murió en un accidente de tráfico, un día que nevaba copiosamente.

Chiapas y El Cigala (2005)

Años más tarde, en otro viaje, otro autobús volvió a llenarse de humo, en este caso de tabaco negro. Por entonces yo estaba intentando dejar mis cinco cigarrillos diarios, pero elegí un mal viaje para dejar de fumar, junto a una partida de rudos anarcosindicalistas  que viajaban a una comunidad zapatista en Chiapas, donde harían entrega de la recaudación obtenida para financiar un hospital, y que fumaban sin parar, como si el humo negro que escupían al cielo pudiera taparlo para que bajo él no quedara ni dios ni amo. Lo malo era que todo aquel humo se atoraba en el techo del autobús. Y junto a él todas las discusiones políticas, filosóficas, económicas, con las que aspiraban a derribar el capitalismo y sustituirlo por el mundo nuevo que llevaban en sus corazones; discusiones que a menudo eran encendidas y en las que solo había tregua cuando el chófer ponía el cedé Lágrimas negras de Bebo Valdés y El Cigala. Entonces, una paz extraña se iba extendiendo poco a poco por el autobús y nos sumía a todos en una melancolía y un silencio sedantes. Yo nunca hasta entonces había escuchado a Diego El Cigala. Cuando años más tarde lo vi en una entrevista en un conocido programa televisivo,  me preguntaba cómo alguien capaz de emocionarte hasta tal punto, podía hacer de aquella manera tan bochornosa el gamba cuando no estaba cantando. Poco después, escuché que el día que su mujer murió, El Cigala decidió no suspender el concierto que tenía programado y dedicárselo a ella. Y supe que, en el fondo, todas aquellas tonterías que El Cigala hacía en las entrevistas y su voz hermosa en los discos no eran sino dos caras de la misma moneda, en las que quien aparecía retratado era siempre un hombre que se esforzaba con toda su alma por sacudirse una tristeza infinita.

Cuba y Polo Montañez (2005)

Aquel mismo año al regresar de Chiapas me encargaron la redacción de una guía turística de La Habana (es decir, la ciudad donde Bebo Valdés se forjó como uno de los grandes de la música cubana). Durante las semanas que pasé allí sonaban en todos los lugares las canciones de un músico llamado Polo Montañez. En los bares, los bicitaxis, las azoteas… Lo jineteros vendían sus discos, agotados ya en todas las tiendas, en el top-manta cubano (que en realidad eran unos tipos paseándose con unos grandes bolsos de deporte llenos de libros y discos, a uno de los cuales compré la edición cubana de Animal tropical de Pedro Juan Gutiérrez y los discos  Guajiro natural y Guitarra mía de Polo Montañez). Todos, viejos y jóvenes, adoraban incondicionalmente a Polo Montañez cuando estaba vivo y lo convirtieron en mito al morir. Su historia reúne ciertamente todos los componentes del mito. Hijo de un leñador, aprendió de manera autodidacta a acariciar con sus dedos gruesos de campesino las cuerdas de una guitarra y a cantarles de una manera natural a las cosas sencillas y trascendentales de la vida. Lo hacía en un garito para turistas por el que, como en las películas, cayó por casualidad un representante que se lo llevó para Colombia, donde de un día para otro vendió cuatrocientos mil discos. Ya de regreso a Cuba, Polo se convirtió en un fenómeno de masas. Y de repente, en el momento álgido de una fama que nunca se le subió a la cabeza ni le hizo olvidar quién era —un campesino, un guajiro natural—, murió en otro desgraciado accidente de tráfico. Sólo unos meses antes había escrito La última canción, un tema que pone en piel de gallina el corazón, y en el cual Polo anticipa su final con un estribillo que vaticina que el último minuto de su vida debe ser extraño, romántico y amargo.

Los últimos minutos

Una recopilación, en fin, esta de hoy, de lo más extraña y en la que aún queda un pequeño hueco, algunos minutos, un par de párrafos. Uno de ellos para añadir que rellenar los minutos finales de las cintas grabadas, conseguir que la última canción no se cortara abruptamente, era también un arte. En este caso algunos de los temas con que podríamos completar este disco díscolo del verano podrían ser: la noche que escuché a Leonard Cohen en el Madison Square Garden; el día en que tras de mí apareció Alphablondy en el aeropuerto de Abdijan; la tarde en que entramos a tomar una cerveza a un bar de Rentería y dentro estaba tocando en acústico Iñigo Muguruza

El otro párrafo lo reservamos para añadir que todas esas cintas que hablaban de nosotros mejor que nosotros mismos, que contaban las cosas que no sabíamos sobre nosotros o no nos atrevíamos a confesar cara a cara, también hicieron su propio viaje y duermen hoy en el trastero en dos cajas de cartón, junto con el viejo reproductor de casete de doble pletina, convertido en la corona oxidada de un rey del mambo (o del punk-rock) derrocado.

 

Los discos del verano. Todas las entregas

 

 

 

 

 

 

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