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Club de lectura de invierno

Ene 10, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

EL PEQUEÑO NICOLÁS (SEMPÉ/GOSCINNY)

El hombre que usted no conoce | El Primo Ramón

Al periodista al que se le ocurrió por primera vez usar el apodo “El pequeño Nicolás” para referirse a aquel arribista con cara de pan —de pan duro como el cemento—que hace algunos años se colocó por una rendija de las cloacas del estado y comenzó a salpicar barro en todas las direcciones, habría que mantearlo en la plaza del pueblo, torturarlo hasta la agonía con el anuncio en bucle de Yatekomo de David Bisbal, obligarle a escuchar todos los audiolibros de Alfonso Ussía o de Paulo Coelho mientras se pudre eternamente en el infierno… Ustedes me disculparán la crueldad, pero es que no se lo perdonaré nunca. Igual a él su ocurrencia le pareció muy original, pero a quienes hemos leído y amado desde niños al pequeño Nicolás, al de verdad, el de Sempé y Goscinny, nos resulta inexplicable y propio de un ignorante… ¿Qué tipo de conexión, aparte de la evidente del nombre, pudo encontrar  ese periodista entre dos personalidades, dos formas de ver el mundo tan enfrentadas? ¿Y no se le pasó en ningún momento por la cabeza el tremendo daño que estaba haciendo a la memoria de esta cumbre de la literatura infantil? ¿Dónde está el defensor del menor? ¿Y el de los lectores?

El auténtico pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás, el auténtico (de hecho, para nosotros de aquí en adelante el otro, el fake,  como si nunca hubiera existido) dio sus primeros pasos en un formato diferente al que todos conocemos, pues en sus inicios fue una tira cómica que Jean Jacques Sempé (dibujante) y René Goscinny (guionista; aunque entonces firmaba como Agostini) publicaron entre 1956 y 1958 en la revista belga Le Moustique. Desconozco cuál fue el motivo concreto por el que la pareja artística decidió dar el salto al relato ilustrado que haría a sus personajes universalmente conocidos. Se dice que Sempé no se sentía cómodo como dibujante de cómics, pero a mí también me gusta pensar que el universo del pequeño Nicolás —sus padres, sus compañeros del colegio, sus recreos y veraneos— le fue creciendo a Goscinny en la cabeza hasta desbordar los bocadillos de las tiras cómicas. Algo que, sin embargo, no le sucedió con otras de sus no menos famosas creaciones, como Asterix o Lucky Lucke, que sí se ciñeron al formato del cómic, y que publicó junto con otros ilustradores, como Uderzo, en el caso del guerrero galo, y de Morris en el del entrañable y desgarbado vaquero. 

EL GRAN PEQUEÑO NICOLÁS | LO QUE EL VIENTO SE DEJÓ

El cambio de la tira cómica a la narrativa, en el caso del pequeño Nicolás fue en todo caso un acierto, y cabe preguntarse incluso si las aventuras y travesuras de Nicolás habrían obtenido tamaño éxito (se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo) de no dar con esa manera de ser contadas; o incluso si hubieran sido las mismas sin las pequeñas ilustraciones de Sempé, que salpican los textos, a veces como miniaturas, siempre con ese estilo divertido y sencillo. Yo, de hecho, me recuerdo a mí mismo de pequeño tanto riéndome a carcajadas con las ocurrencias de Nicolás, Agnan, Clotario, Alcestes…, como copiando los geniales dibujos de Sempé con la punta de la lengua asomando por un lado de la boca.

El  mundo contado desde la altura de un niño

En lo que se refiere a los textos de Goscinny, a la técnica y el estilo, hay varios aspectos que contribuyen a la inmediata popularidad de las historietas y a la perdurabilidad  en el tiempo de las historias de este niño de clase media francesa, que todavía los pequeños de hoy, doy fe como padre y bibliotecario, siguen leyendo con pasión, a pesar de que fueran publicadas por primera vez a mediados del siglo pasado y de que retraten un mundo y una infancia en parte ya desaparecidos  (por ejemplo, con escuelas segregadas por sexos; bueno, todavía hay alguna secta religiosa que mantiene esa anomalía y que, a pesar de eso, se ha beneficiado durante años de la educación concertada). Por el contrario, y a pesar de la omnipresencia de la tecnología entre los niños de hoy, estos no dejan todavía de llegar a casa en ocasiones con la ropa y los zapatos cubiertos de barro o con una mascota, un perrito o un gato al que han recogido de la calle  entre los brazos, del mismo modo que lo hace Nicolás en sus narraciones.

Mis comics y mas: EL PEQUEÑO NICOLAS (Goscinny) en la gran pantalla

En estas, si de aciertos y hallazgos hablamos, es probablemente el punto de vista el mayor de todos ellos. El pequeño Nicolás nos cuenta sus historietas en primera persona, es decir, ve el mundo desde su altura y desde una mentalidad infantil,  sin filtros,  con una manera de razonar lógica y reveladora que a los adultos el paso del tiempo y la vida nos ha ido arrebatando a sopapos. Las narraciones tienen de ese modo dos lecturas, una en la que concede a los lectores más pequeños, los que tienen la misma edad que Nicolás, el protagonismo, y les hace sentirse identificados con las correrías de este, y otra en la que los padres de ese niño se regodean viendo como a través del humor y una aparente inocencia el mundo en el que han ido siendo aprisionados se desmonta o pueden regresar por un momento a su infancia. Goscinny, en fin, escribe sabiendo que además de a los niños se dirige a sus padres, que son quienes a fin de cuentas comprarán los libros.

La escuela literaria del pequeño Nicolás

Ese modo de narrar determinó posteriormente buena parte de la literatura infantil, puso en el centro al sujeto de la misma, y creó una escuela que todavía sigue vigente, con sagas literarias como los diarios de Greg,  Tom Gates o el Capitán Calzoncillos, en las que además las ilustraciones o el acompañamiento gráfico tienen gran peso. En España, el émulo más incontestable del pequeño Nicolás es sin lugar a dudas Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, quien tuvo además la virtud por una parte de acentuar ese rasgo cabroncete del carácter infantil, que en el caso de Nicolás estaba tal vez muy atemperado, y de ubicar a su personaje en un entorno de clase trabajadora, frente al más burgués o de clase media del personaje francés.

Pequeños pero no tontos | Babelia | EL PAÍS

El punto de vista, de todos modos, no es suficiente si no se dispone de los recursos y el  talento para materializarlo sobre la hoja impresa, y en el caso de Goscinny despliega todo un arsenal que convierten a sus historietas en magistrales e inolvidables. Por citar solo algunas, el uso de los epítetos: los amiguitos de Nicolás son Agnan, el ojito derecho de la maestra —o ese niño al que como lleva gafas no se puede pegar—; Alcestes, un niño muy gordo que siempre está comiendo cruasanes; Godofredo, que como tiene un papá muy rico le compra siempre todo lo que quiere… Y además Eudes y sus puñetazos en la nariz,  y Majencio, Clotario, Rufo… Quizás el menos conocido de todos ellos sea Joaquín, quien, sin embargo y sorprendentemente, dio nombre a uno de los libros de la serie, el único que no lleva la palabra Nicolás en el título: Joaquín tiene problemas (y que posteriormente también se editó como Los problemas del pequeño Nicolás, entre otras cosas porque la elección del título original lo convirtió en el libro menos vendido de la serie).

Junto a los epítetos recurrentes (además de los citados están otros como el papá de Nicolás, que siempre está leyendo el periódico) nos encontramos la alternancia de frases cortas con otras en las que se acumulan las cópulas, con perdón, imitando la manera de hablar de los niños, oraciones que a menudo se resuelven con un final sorprendente o inesperado, siempre humorístico y que dejan al descubierto los complejos mecanismos mentales infantiles: “…y después nos enfadamos y ahora ya no vamos a volver a hablarnos nunca más”, puede decir, por ejemplo, Nicolás a mitad de uno de sus relatos, aunque al final del mismo el niño con el que se ha peleado de manera irreconciliable vuelva a convertirse en su mejor amigo.

El pequeño Nicolás' llegará el viernes a Salamanca

Los cinco libros y la película

Las peripecias del pequeño Nicolás aparecieron en cinco libros, entre 1960 y 1964: El pequeño Nicolás, Los recreos del pequeño Nicolás, Las vacaciones del pequeño Nicolás, Los amiguetes del pequeño Nicolás y Joaquín tiene problemas o, como hemos visto, Los problemas del pequeño Nicolás. Posteriormente, a la muerte de Goscinny, ya entrados los 2000, la hija de este y Sempé acordaron  recopilar algunas de las historias que los dos artistas habían publicado originalmente en prensa y no habían sido recogidas en ninguno de los libros, y que vieron la luz con títulos como La Navidad del pequeño Nicolás o La vuelta al cole del pequeño Nicolás.  Hay además, una adaptación cinematográfica de 2009, titulada El pequeño Nicolás, pero como suele suceder en estas arriesgadas e incluso suicidas adaptaciones, el resultado es cuestionable. Para nosotros, los lectores incondicionales, de El pequeño Nicolás, este, sus amiguetes, sus padres, El Caldo, la maestra o María Eduvigis…, serán siempre los que retrató Sempé y a los que Goscinny contó —parafraseando a su protagonista— fenómeno. 

FELIZ 1977

Ene 10, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Fotos: El día que nació Charlot | Cultura | EL PAÍS

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal para magazine ON (diarios Grupo Noticias) 09/01/21

Y al día siguiente, para rematar la faena, se murió Charlot.

Las Navidades de 1977 las pasamos en casa de los abuelos. Nos gustaba la casa de los abuelos. El suelo de madera crujía y tenía ojos. A través de ellos podíamos ver la bodega y al abuelo cortando la leña en cuñas que luego echábamos a la cocina. Cada vez que lo hacíamos,  revoloteaban chispas como fuegos artificiales enanos. Después, cuando el fuego cogía fuerza se asomaban por el agujero unas lenguas retorcidas y diabólicas que había que sofocar colocando la tapa con un gancho de hierro. Hacía un calor infernal en la cocina. Los huesos del demonio se rompían en chasquidos dentro de aquel fogón de leña. En las habitaciones, por el contrario, cuando nos íbamos a la cama, las sábanas parecían láminas de hielo, que había que derretir poco a poco con el calor de tu propio cuerpo. Nos costaba dormirnos. El hombre de las 365 narices, que decían que se aparecía  la última noche del año, acechaba nuestros sueños. Nos desvelábamos imaginando cómo sería su rostro. Algunas noches el Míchel ladraba nervioso en el patio y pensábamos que el hombre de las 365 narices (bueno, entonces debía de tener solo 360 o 364) ya estaba allí, aguardando impaciente el momento de desprenderse de aquel peso terrible,  anhelando con ansia el día de Año Nuevo, el único en que no era un monstruo. Claro que tampoco había que fiarse mucho del Míchel, un perro loco que veía constantemente espíritus a su alrededor y al que mis tías más que sacar a pasear al monte lo sacaban a hacer sokatira.

Otras veces, no era el hombre de las 365 narices quien nos robaba el sueño sino el ogro, como llamaban los abuelos al mutilzaharra amargado y quejica que vivía en la casa de enfrente, de la cual nos separaban apenas un par de metros. Una de aquellas noches, la nochebuena de 1977, desde nuestro cuarto, comenzamos a tirar trozos de turrón contra su ventana. Un ogro no tiene gracia si no se le hace gruñir. Era turrón del blando, eso sí. Un turrón con sabor a fresa, una cosa moderna que no había gustado a nadie en la cena y que nos habían dejado a los niños, a quienes, comparado con los Cheiw de fresa ácida aquel turrón también nos parecía una mierda pinchada en un palo. Así que nos dio por tirarlo contra la ventana del ogro. Mi hermana pequeña fue la última en arrojar el proyectil. “¡Uy, casi al señor!”, exclamó. Y cuando, extrañados, nos asomamos los demás, en lugar de los trozos de turrón resbalando como babosas por el cristal, nos encontramos al ogro mirándonos malhumorado con su única ceja fruncida. “Ahora mismo voy a contárselo a vuestros abuelos”, dijo. Y cerró la ventana. Nosotros nos dispersamos. Cada uno se escondió donde pudo, debajo de las camas, en los armarios. Yo bajé corriendo las escaleras y me encerré en un cuarto que había junto a la bodega y al que, esas navidades, nos habían prohibido entrar. Me imaginé que nadie me buscaría allí. El cuarto de la asociación, lo llamaban, y nosotros nos preguntábamos qué clase de asociación era aquella, pues en las paredes había posters de Brigitte Bardot y de Nadiuska, aunque a veces también allí podías encontrarte la vitrina con la virgen que iba pasando por turnos de casa en casa. Eran aquellos tiempos revueltos.

El caso es que, aquella noche, mientras escuchaba a mi madre disculparse avergonzada ante el ogro, los vi. Todos aquellos paquetes, envueltos en papel de regalo. Los mismos paquetes que a la mañana siguiente aparecieron a los pies de nuestras camas, mientras la radio anunciaba que esa madrugada, a los 88 años de edad, Charlie Chaplin, Charlot, había muerto. Creo que, de los niños, fui el único que oyó la noticia. El único  que todavía no había comenzado a desenvolver su regalo. Recuerdo a mi madre mirándome, con una sonrisa triste y cómplice. Yo comprendí y abrí mi paquete. Era una caja de Magia Borras, con su varita, su baraja, sus monedas… Y con su librito de instrucciones, en el que se explicaban todos los trucos de magia. De aquella magia que de repente se desvanecía y cobraba, al mismo tiempo, otro significado.

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