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UN APLAUSO

jun 30, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Resultado de imagen de travolta bailando
Publicado en Rubio de bote, magazine semanal de diarios de Grupo Noticias

 

El otro día fue la fiesta de fin de curso en la escuela de mi hija. Como es una escuela pública todos los años tenemos que andar pululando de salón de actos en frontón ajenos, para que entremos todos, niños, padres, abuelos, profes… Casi nunca repetimos porque luego todo el suelo se queda hecho un asco de babas y no nos dejan volver. Si fuéramos un colegio privado no habría problema porque tendríamos nuestro propio polideportivo. He estado, con el equipo de baloncesto de la niña, en polideportivos de colegios privados en los que podrían tocar los Rolling Stones, con calefacción y todo, mientras que nosotros, cuando jugamos en casa nos tenemos que poner dos pares de calcetines gordos, acopiarnos de mantas y aplaudir siempre, incluso cuando perdemos o nos roban los partidos, no por deportividad sino para entrar en calor. Y todo esto me parece es un buen resumen de qué es la educación concertada.

Pero yo lo que quería contar es que las fiestas del colegio suelen ser, además de para babear, una buena oportunidad para ver a los profes de tus hijos en acción. Yo siempre me quedo boquiabierto, observando cómo consiguen ordenar ese caos que son quinientos niños nerviosos subiendo y bajando del escenario, aburridos cuando no les toca a ellos tocar la flauta, con hambre, con pis, con ese culo lleno de hormigas que tienen todos los niños y niñas de primaria… No sé cómo lo hacen. Nosotros en casa, para conseguir que nuestros hijos, que son solo dos, entren en la ducha necesitamos refuerzos de los antidisturbios. Y luego para que salgan de los GEO.  A los profesores, sin embargo, se les ve tranquilos, incluso felices. Y todavía les quedan fuerzas para, hacia el final del concierto, desaparecer durante unos minutos y volver a la pista disfrazados de payasos o de pikachus, haciendo las delicias de padres y niños, sobre todo de niños, que entienden inconscientemente que en todo ello hay una subversión de la autoridad y se parten de risa. Yo no podría ser profesor solo por eso. Por no salir a bailar ese día. Siempre he tenido un sentido del ridículo muy acusado. Por ejemplo, hay un concurso en la televisión de preguntas y respuestas en el que suelo acertar casi todas, incluidas las cinco finales que tienen como recompensa un jugoso bote, pero para llegar hasta ese punto antes hay que pasar un casting que luego emiten durante el programa y en el que se ve a los concursantes cantando, contando chistes, bailando… Supongo que yo no superaría esa prueba (entre otras cosas porque nunca me presentaría a ella), la cual me imagino que tiene por objeto calibrar si el concursante queda resultón delante de la cámara. Delante de la cámara un triste, un soso, hace siempre mucho más el ridículo que alguien que, por ejemplo, no sabe quién escribió el Lazarillo de Tormes (claro que eso no lo sabe nadie).

Me he despistado otra vez. La cuestión a la que yo quería llegar es que, no solo durante esas fiestas de fin de curso, también durante las tutorías, reuniones, etc. a lo largo de todos los años que mis hijos han estudiado en la escuela pública, me he encontrado siempre con profesores y profesoras, sobre todo profesoras, entusiastas, preparados, con una alta vocación y fe en los que hacen, todo ello a pesar de que su trabajo es sin duda uno de los de mayor responsabilidad y alta presión que conozco. Y además, a veces, les toca bailar.  Los profesores son el tesoro de la educación pública. Donde haya un buen profesor quítame tres pabellones con calefacción (bueno, no, en los colegios públicos no necesitamos que vengan los Rolling Stones a tocar, pero unos vestuarios y duchas en condiciones tampoco es mucho pedir).

En fin. Lo tenía que decir. A menudo, casi siempre, quienes emborronamos columnas o páginas como esta, hablamos de las cosas que se hacen mal, pero me parece de justicia recordar de vez en cuando las que se hacen bien. Y esta es una de ellas. Muy bien. Así que, un aplauso para todos esos profes: ¡Plas, plas, plas!

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