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Archive from junio, 2009

VIAJES (III) ‘HACIENDEROS’ DEL MAR (MALOH, FILIPINAS)

Jun 30, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Foto tomada de la web de Marc Serena, www.lavueltadelos25.com

Desde Manila viajamos al la isla de Negros oriental, con la idea de hacer varios reportajes sobre niños buceadores, cortadores de caña de azúcar y una guerrilla comunista, pero por problemas de salud y otros, todo se torció y el reportaje, que se publicaría en Zazpika, y cuyo texto sería seleccionado entre los finalistas del concurso Historias de viatges (Premios Constatí, 2004), acabó siendo una crónica de la vida cotidiana en Maloh, un paradisiaco pueblito de pescadores. Aparentemente.

‘HACIENDEROS’ DEL MAR

10 o 12 tifones asolan Filipinas cada año. Ni siquiera entonces los pescadores, como éstos de la pequeña aldea de Maloh, en la isla de Negros, dejan de mirar al mar. Porque el mar es su hacienda, y deben cuidar de ella. Cuando hay temporal, sin embargo, lo único que pueden hacer es esperar. Y mientras esperan, los pescadores cantan en los karaokes, beben ron, continúan viviendo, en definitiva, de espaldas al mundo. Un mundo que igualmente ignora, cada vez más, valores como la solidaridad, todavía en alza en aquel remoto lugar del sudeste asiático.

Tifones y ron

-Nosotros somos «hacienderos»- dicen los jóvenes pescadores del pueblecito de Maloh, en la Isla de Negros Oriental (Filipinas), mientras esperan al borde de la carretera, botella de ron en ristre, algún vehículo que les lleve hasta una aldea próxima, donde se celebra una fiesta.
-Nuestra hacienda es el mar.
Y señalando un horizonte gris de olas alborotadas añaden entre risas:
-Pero hoy el mar está roto.
Es una tarde de agosto, estación de lluvias, y hay tifón. La noche anterior el viento resquebrajó un puente y la carretera que conduce hasta Dumaguete, la capital de la provincia, quedó cortada. Es la única manera de llegar hasta allí, pero a nadie parece preocuparle. Algo más al sur, dicen, la riada arrastró algunas casitas y han muerto cuatro personas. Y lo dicen de la misma manera que hablan del puente, con una alegre, dulcificada por el ron, resignación. La misma con que apenas unos días atrás la familia de un hombre al que un cáncer como un perro rabioso había arrancado los pulmones a mordiscos, retiró el karaoke y colocó en su lugar, a la puerta de la casa, el ataúd para velarlo sin lágrimas, jugando a cartas y bebiendo ron durante una semana. La muerte es insignificante cuando tu hacienda es dueña de tu vida- y no al revés-, cuando se mira al frente y sólo se ve una inmensa hoguera de cenizas líquidas, o un horizonte inabarcable del azul más intenso.

Un cangrejo en el culo

Cuando es eso último lo que sucede, cuando el mar está en calma y los pescadores salen a restañar con sus botes esa herida de luz resplandeciente, desde sus pequeñas embarcaciones Maloh se asemeja a una isla desierta, paradisiaca, pues lo que se distingue son sólo sus palmeras, sus playas de arenas níveas, perladas únicamente por pequeñas esquirlas de corales y conchas multicolor a las cuales, sin embargo, los lugareños no conceden valor. Para ellos es tan extraño recoger corales y conchas como para nosotros lo sería ver a alguien hurgando entre las montañeras de hojarasca otoñal. Quizás porque allí tan sólo acostumbran a remover la arena para enterrar la basura (con la cual, otras veces alumbran pequeñas hogueras que, de paso, marcan el camino de regreso a quienes salen a pescar por la noche); para eso o para desenterrar cangrejos que usarán bien como cebo, bien con unos dudosos y arriesgados fines terapéuticos, en el caso del «bacoco», un pequeño molusco que, aseguran, corta una fiebre que no es nada recomendable sufrir en aquellas latitudes, pues el «bacoco», para que haga efecto, debe de ser introducido vivo en el ano.
Un paraíso sin agua corriente

Para los habitantes de Maloh, en realidad, quizás lo que es extraño no es que un coral o una concha puedan convertirse en pequeñas joyas sino que un turista recale en su aldea y escarbe ávidamente con la mirada en la arena en busca de ellas. Por mucho que, vistas desde el interior, desde la carretera que recorre paralela la isla, las casitas de los pescadores, alineadas en playas de ensueño bajo frugales cocoteros, semejen pequeños bungalows.
A pesar de su apariencia paradisiaca Maloh dista mucho de ser destino turístico, pues carece de agua corriente y potable -e incluso embotellada, es preciso desplazarse a Siaton, la localidad más cercana, si no se desea ser doblegado por una espantosa diarrea tropical-, de línea telefónica -sorprendentemente también de cobertura, en un país en el que la telefonía móvil es dueña y señora- e incluso a veces de electricidad, al menos en la época de lluvias, cuando el suministro queda a merced de los tifones. El turismo, el «progreso», no ha contaminado, no ha globalizado en esta parte del mundo ciertos valores, o cierto modo de entender la vida (lo cual, por otra parte, es muy fácil de decir cuando son otros los que deben de ducharse en cuclillas, vertiendo agua con un cazo sobre el cuerpo).

Los ojos de los pescadores

Una vida que en Maloh transcurre lenta, tranquilamente, con la vista hundida entre las olas, buscando en sus profundidades abisales una señal, o, simplemente, mucho más sencillo, un pez de buen tamaño. Cuando se vive mirando al mar se le da la espalda a la tierra, y los días que no queda otro remedio que arrostrarla, los días de tifón, los pescadores simplemente dejan pasar las horas, esperando a que amaine el temporal: se sientan frente a los karaokes, y los únicos ecos que llegan de la sociedad de mercado son las canciones de grupos de moda que cantan de oído; beben un ron que nunca se les agria dentro; juegan al billar, al baloncesto…; o esperan al borde de la carretera a que pase algún vehículo que les lleve hasta el próximo pueblo, en el que hay una fiesta, que quizás se celebre o quizás no, porque quizás haya corriente o quizás no… Tampoco importa demasiado. Si el tifón corta el suministro eléctrico, incluso si lo hace en el momento álgido de la fiesta, volverán a esperar tranquilamente a que regrese; o si no a que se encienda otra vez el sol para salir al mar y convertir sus ojos en dos pequeños hombres-rana. Esos ojos de los pescadores que tienen un color mezcla de arena, salitre y cielo reflejado en el agua, un color indefinido, erosionado por el mar y el sol, e inquietante, que a veces cuando te miran te hacen sentir más como si fueras el pez, un atún, o un besugo, que esa señal de las profundidades abisales. Ojos capaces de transmitir la sencillez de sus existencias, de encanijarte y culpabilizarte por las ridículas preocupaciones que amargan las nuestras. Filipinas es un país en el que todavía se puede vivir, en cierta medida, sin la presión de problemas trascendentales como una raya en el coche. Un país en el que las mujeres todavía salen a la calle con el cabello húmedo y los hombres se ponen tiernos cuando cantan en los karaokes. Un país en el que los niños juegan en las calles y la llenan con sus risas.

Trabajo infantil

Hay, por cierto, más niños en el colegio de la pequeña aldea de Maloh que en varios de los de nuestras ciudades juntos. Se les puede ver a todos en formación cuando a las cinco de la tarde se escuchan desde el patio de la escuela el sonido de los tambores que precede a la izada de la bandera, al son del himno nacional (que es como de organillo, gitano y cabra, tal vez como deberían de ser todos, para quitarles solemnidad, para reducir la patria a una cancioncita entonada alegremente por un coro de inocentes). La mayoría de esos niños, una vez rotas filas y abandonada la escuela, hará lo que hacen o deberían hacer los niños de todo el mundo, jugar en las calles y llenarlas con sus risas. Son ya muy pocos los que salen de madrugada a pescar en los botes, y ello se debe sobre todo al trabajo de diferentes ONGs locales que luchan contra el trabajo infantil de una manera inteligente, aportando junto a soluciones de carácter más general, como la denuncia, la concienciación, otras más prácticas, como pagar los estudios de niños y jóvenes que de otra forma no podrían ir a la escuela porque en su casa hay que ducharse de cuclillas y salir a pescar todos los días si se quiere comer algo más que cocos. Un trabajo que además comienza a dar frutos, pues hoy muchos de estos jóvenes son maestros o trabajadores sociales en sus propias comunidades.

El viejo y el mar

El trabajo infantil, sin embargo, era hasta relativamente poco frecuente y muchos, los llamados «child-drivers» o niños buceadores salían a faenar por la noches en los «koud koud», pequeños balandros de carácter familiar, desde los cuales se sumergían en el mar para pescar a pulmón libre; otros lo hacían al amanecer en «Likom», barcos de mayor envergadura y más tripulación. Son estas dos las principales técnicas de pesca en la región, junto con los «sahid», barquitas de una sola plaza a los que se puede ver, regresando al amanecer, mientras el mar engulle un sol como una gran naranja ensangrentada. Y de vez en cuando, como hace unos días, justo antes de que el tifón comenzara a rugir, lo hacen con un pez enorme, cuya cola o espada asoma por los flancos del pequeño bote, en una imagen que evoca al Santiago de «El viejo y el mar». Se arremolinan entonces los niños alrededor del botín, palpan temerosos al animal, vuelven a reír, y ahuyentan con su risas el miedo, lo convierten en curiosidad, y después llegan otros pescadores, que felicitan al afortunado sin grandes alardes, con naturalidad, e incluso le ayudan a cargar el pez hasta una balanza próxima, en la que las mujeres calculan el precio que pagarán por él en el mercado en Siaton, un precio ridículo, una broma comparada con el resto de los días en que en las redes sólo caen pequeñas piezas y, muertas como ellas, las horas bajo un sol de justicia; y comienzan después a despojarlo de la piel, a limpiarle las tripas y puede que incluso decidan finalmente no llevarlo al mercado, sino trocearlo y repartirlo equitativamente entre las distintas familias.

Sokatira contra el océano

El concepto de solidaridad está muy arraigado entre los pescadores de Negros. Nunca hay discusiones tras replegar, en una especie de paciente sokatira contra el océano, las grandes redes amarradas desde la orilla. Cada cual parece saber cuál es la medida exacta que debe recoger, e incluso apartan algunos pececillos para los ancianos que ya no pueden tirar de la cuerda ni salir a faenar. Los niños aprenden desde pequeños. Si alguien alarga a alguno de ellos una propina para que compren golosinas, o una botella de Pop-Cola, el refresco nacional, repartirán la compra entre todos, e incluso guardarán una parte si algún compañero se retrasa, o no está presente. Es una inversión de futuro. En Maloh los niños saben que un día serán viejitos que no pueden pelear contra el océano, y que alguien deberá ocuparse de ellos, separarles pececitos de la red. En Maloh, los niños son también hacendados; o «hacienderos», como dicen en Filipinas. Pequeños «hacienderos» del mar que saben que deben compartirlo todo porque no tienen nada, sólo un océano inabarcable, a cuya merced viven y a cuya orilla esperarán tranquilamente a que amaine el temporal, o a que un día las canciones se terminen y alguien retire, a la puerta de su casa, el karaoke y beba ron, durante una semana, en su memoria.

‘AJUSTE DE CUENTOS’ SEGÚN ÁNGEL GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Jun 28, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Ilustración de Juan Kalvellido (Rompiendo la baraja)

Es como si hubiera sido arrastrado por uno de esos vertiginosos torrentes que al final acaban en una cascada más larga que la lengua de aquel tío al que no le gustó que me saltara el semáforo en rojo y también es como si hubiera realizado el trayecto dentro de un tonel de madera y ya puestos, es como si al final, el tonel se hubiera fraccionado en miles o millones de astillas y cada una de ellas se me hubiera incrustado en el alma.Así es como escribe Patxi Irurzun; esa es su forma de ajustar cuentos porque en cada cuento no hay una moralina a la que agarrarse pero sí que se siente lo que las avispas llevan en el culo, es decir: puro veneno.Irurzun ( es que así no parece que me he tomado con él algunas cervezas, tal vez más de las que recuerdo ahora mismo); decía que Irurzun comienza el viaje montado en un autobús, tiene un periodo de aridez literaria, llega a espiar a una joven pareja sin tener más que un cigarro, rememora la primera vez que se vació fuera de un cuerpo caliente, es un Punki incendiario; también es uno más en POZAL. S.A y llega a ser uno menos en POZAL.S.A, y así y más asá, va recorriendo todas las aristas del extraño poliedro que es el ser humano hasta acabar haciendo sus pinitos con la paleontología.Y es que a Patxi lo que le gusta es remover tierra y sacar cosas de nosotros mismos; esas cosas sucias que todos tenemos dentro y que no no salen en las tertulias televisivas. Uno piensa que está bien que nos ajusten los cuentos al igual que otros nos ajustan la cartera y que sea Patxi quien lo haga, a mí, personalmente, me hace muy feliz..

AUTOMUTILACIÓN

Jun 25, 2009   //   by admin   //   Blog  //  2 Comments

Y luego que no me enfade… Hace unos días colgaba en este blog unas reflexiones sobre la censura, hechas cagando leches para un coloquio en el que iba a participar mi «broder» Vicente Muñoz Alvarez, y en ellos hablaba de los tijeretazos que meten, sin un ápice de sensibilidad ni reflexión, redactores jefes, diseñadores, uno que pasaba por la revista y tenía algo que decir… Para muestra un botón. Ahí abajo el texto que envié, y en rojo las líneas y frases que se han cargado. Cuando lo vi me quedé a cuadros (porque lo vi en la revista, a mí nadie me avisó antes). Y lo que es peor: ni siquiera yo mismo entendía lo que había escrito, el texto no tenía pies ni cabeza, ni gracia alguna (o la menos la gracia que yo pretendía) … Eso sí, el dibujo que acompañaba al texto (porque yo entiendo que es así, y no al revés) ocupaba más de media página. A mí me daba, me da hasta lacha firmar esa página y también me da igual que sea la única colaboración fija que tenga y que no esté mal pagada -bueno, necesitaría quince como esa al mes para vivir dignamente de lo que escribo-, pero en esas condiciones es mejor no hacer nada… He conseguido al menos, o eso me han prometido, que a partir de ahora sea yo el que corte, si hace falta. Veremos.

Neumococos y dibujos animados

A veces me gustaría que mis hijos se comportaran como dibujos animados. Como cuando Caillou se pone enfermo y tiene que tomarse su medicina: al principio protesta un poco, se tapa muy digno la boca, pero después sus papás le explican que si no se traga el jarabe no podrá escupir la ranita que se le ha quedado atravesada en la garganta, Caillou entonces, muy formal, obedece, y al día siguiente su faringitis se ha esfumado y cuando el capítulo se acaba una voz en off dice “A continuación, Caillou entra al coro del colegio”.
Que está muy bien, muy didáctico, pero luego, en el mundo real, tu hijo se pone enfermo y dice que los sobres de medicina pican y que no se los va a tomar y que menuda tontería eso de la ranita, y ahí no hay Caillou ni Pocoyó ni Teo que valgan.
Hace unos días H añadió a su colección de bacterias unos neumococos traicioneros, de esos que esperan a manifestarse violentamente justo la primera semana que tú te coges vacaciones para ir a comprar de una vez el sofá y el dormitorio de la niña (por cierto, el otro día M nos dio un susto… Se despertó y empezó a protestar. “Uy, ¿qué ha dicho?”, me preguntó Malen, y yo “No sé, yo le he entendido que apaguemos ya la tele que mañana tiene examen de lingüística comparada”).
El caso es que de repente, a las siete de la mañana, H empezó a llorar, nos levantamos y su cama parecía una piscina. “Mírale la fiebre”, me dice Malen. Y yo: “Casi 40, igual aprovecho y le caliento el biberón de M en la frente”, por destensar un poco la situación, pero la cosa no estaba para bromas, y acabamos toda la familia en urgencias (que más bien parecía un afterawer para virus).
–¿Ves?, a Teo estas cosas no le pasan –digo yo, por continuar con mi teoría de los dibujos–. Si Teo se pone malo siempre hay un médico que le conoce y le cura en un par de páginas y después le enseña todo el hospital, aquí los bebitos recién nacidos, esos de ahí de la sala de espera que tosen son los niños a los que te has colado, etc.
Nosotros tuvimos que esperar tres horas, para que nos atendieran, después H hizo pis en un bote (le pareció una aventura excitante), y finalmente, tras un análisis de sangre y unas radiografías, aparecieron aquellos neumococos como el Cojo Manteca, destrozando a muletazos el árbol pulmonar de nuestro pequeño.
–Que se tome estos sobres, tres cada día durante una semana –recetó la pediatra. ¡Como si fuera tan fácil! Ya me gustaría a mí ver al papá de Caillou camuflando los antibióticos en zumo de piña, o administrando minidósis con una jeringuilla, que en realidad era un cañón para matar a los bichos malos, o –más bajo no se podía caer– vaciando la hucha para Eurodisney de su hijo y amenazándole con gastarse sus ahorros en contratar a un ogro especialista en hacer tomar a los niños la medicina.Sí, fue una semana dura la de la neumonía, con H en casa, en cuarentena, como un león enjaulado al que ofreces para comer la dieta de la alcachofa. Parecía un capítulo de Los Simpson o de Shin Chan. Son los riesgos a los que uno se expone cuando desea que sus hijos se comporten como dibujos animados.

AGUJERITO EN LA NIEBLA

Jun 23, 2009   //   by admin   //   Blog  //  2 Comments

Llevo unos cuantos días perdido en la niebla. Entrando y saliendo de ella. Encontrando el camino en su espesura, con la brújula de un culo redentor, y perdido cuando la abandono, cuando vuelvo a asomarme al mundo exterior, expuesto a toda su miseria, a su crueldad, a la voracidad con que se abalanza sobre quien sea sale de la raya, quien respira con puntos suspensivos, quien se hace preguntas, quien no regala su propia vida ni se resigna a vivir la de otros que no son otros porque son iguales entre sí. La cámara de niebla, de Alfonso Xen Rabanal (Bufa), me ha acompañado estos días en mis viajes de ida y vuelta en autobús hasta esa vida que yo también tengo que regalar por horas para sobrevivir. Me ha alimentado, me ha reforzado, me ha hecho volver a sentirme un perro verde y a ladrarle al mundo, orgulloso de serlo, a babear con rabia la espuma de sueños que parecían haberse retirado pero vuelven en una marea de sangre palpitante, que me mantiene en pie… La cámara de niebla no es una lectura fácil, ni falta que hace, pues es necesario más que nunca escarbar en la superficie, en la montaña de basura que se esconde bajo ella, romper los monitores, las pantallas de plasma, bucear entre profundidades de desperdicios amontonados para encontrar las claves, las contraseñas para desprogramarnos, para arrancar los tubos, para volver a sentir como propios la piel, el corazón, el sexo, para tener un cerebro en lugar de una antena de repetición.
La cámara de niebla es un libro raro, gracias a dios, o al diablo al que Bufa vendió el alma para escribirlo en un cruce de cuatro caminos, con el cadáver del hombre corriente balanceándose ahorcado en un árbol muerto; y el mío, mi ejemplar, un libro doblemente raro (no sé si en realidad toda la tirada), pues de las páginas 147 a la 154 el encabezado de las páginas reza: “Ajuste de cuentos. Patxi Irurzun”. Un error de imprenta (comparto editorial con Alfonso) que agradezco a los duendes informáticos, y que me concede el increíble privilegio de abrir para mí un inmerecido agujerito en la niebla.

La cámara de niebla. Alfonso Xen Rabanal. 2008 .Editorial Eclipsados. 268 páginas. 10 euros.

Gamberro y transgresor. Teoría del cuento sanferminero.

Jun 21, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

El otro día escribí algunas consideraciones sobre un microrrelato sanferminero: aquí va el prólogo con el que abrí mis Cuentos sanfermineros (Altafaylla kultur taldea, 2005), con algunas teorías -de chichinabo- sobre lo sanferminero como subgénero cuentistico. Un hiperlocalismo, que diría Eduardo Laporte, quien por cierto, formó parte del jurado del I premio de microrrelatos sanfermineros, una gran y exitosa idea. La imagen de arriba es la ilustración de la portada del libro, del gran Javier Etayo, Tasio, que también hizo los dibujos de cada relato. Y por cierto, uno de esos relatos, el polémico Ese tocho, en el que se nara la aventura erótico-festiva de un portero argentino de Osasuna y una alcaldesa de Pamplona, quizás sea publicado en Argentina (en una edición limitada), siguiendo su particular carrera, después de aparecer en antologías como Golpes (DVD ediciones, 2004), en España o en Italia, Cuentos de fútbol 2 (Mondadori, 2006) junto a autores como Julio Llamazares, Javier Marías, Roberto Fontanarrosa o Juan Villoro. Y todo eso después de recuperarlo de la papelera cuando el periódico que me lo encargó decidiera no publicarlo . Ahí va el prólogo:
Gamberro y transgresor. Teoría del cuento sanferminero.
Escribo este prólogo en plena Nochevieja. Es decir, justo en mitad del año. Ya saben: 1 de enero, 2 de febrero, 3 de marzo, 4 de abril, 5 de mayo, 6 de junio, 7 de julio ¡San Fermín! A Pamplona hemos de ir. Etcétera. Después, ocho días después, viene el Pobre de mí. Todo termina. Y todo vuelve a empezar. Para los pamploneses, en definitiva, el calendario lo determinan sus fiestas.

Teniendo esto en cuenta es lógico que un escritor pamplonés considere del mismo modo que así como existen cuentos de navidad (o cuentos de fantasmas, cuentos de terror, ¡cuentos de fútbol!…) las fiestas de su pueblo aporten al género el material, la trascendencia, la entidad suficiente para que también existan cuentos sanfermineros.

Lo que en principio puede parecer una consideración chauvinista e incluso aldeana trasciende en realidad lo local. Porque los sanfermines son unas fiestas universales. Y no lo son únicamente por la concurrencia de visitantes de las cuatro esquinas del planeta tierra y de algún que otro marciano. Los sanfermines son unas fiestas universales porque, por unos días, Pamplona, sus calles, se convierten en un escenario en el que se desarrolla el gran teatro del mundo (que diría Calderón). Por unos días en esta ciudad se confunde el día y la noche, lo divino y lo pagano, el vino y la sangre…

Pero vayamos por partes (que diría Jack el destripador).

En primer lugar, para un pamplonés los sanfermines suponen su particular rito de iniciación a la vida. La mayoría de los adolescentes pamploneses tienen durante ellos sus primeros encuentros con el amor, la muerte, el alcohol o el relente de la mañana. Por primera vez ese adolescente duerme, o más bien no duerme, fuera de casa. Por primera vez se emborracha y vomita su estómago de niño en una esquina meada por sus mayores. Por primera vez siente el escalofrío de la muerte enroscado a su columna, mientras corre delante de seis toros de lidia y unos 10.000 atolondrados. Por primera vez —en los fosos de las murallas o al abrigo de la media luna— acaricia otro corazón entre unas piernas ajenas… (Si nuestro adolescente, por otra parte, y si se me permite la digresión, cumple los ritos durante esos 9 intensos días de julio será un “peteuve”, un pamplonés de toda la vida. Si lo hace durante el resto del año será uno de “los de siempre”, que parece lo mismo pero es todo lo contrario: un gamberro, un macarra, un terrorista…)

En segundo lugar, los sanfermines son como un pozal de sangría, en el que casan todos los ingredientes y del que todo el mundo bebe y se achispa, un calderete en el que hierve lo mismo la carne que la patata y que se sirve en plato de plástico para todos los comensales. Una fiesta que se vive a pie de calle hasta desgastar y hacer desaparecer las aceras. En ella, en consecuencia se producen relaciones, encuentros de igual a igual entre personas de diferentes clases sociales, ideologías, religiones, cuya sangre por unos días es más semejante que nunca. Tal vez porque, reconozcámoslo San Fermín es una fiesta, hip, eminentemente etílica en la que lo que circula por las venas de todos y nos hermana es en realidad vino. Una fiesta, en suma, de lo más democrática, para todos, si bien es cierto que durante ella se observan dos clases sociales diferenciadas e incluso en ocasiones enfrentadas: los que disfrutan las fiestas y los que trabajan para que los primeros las puedan disfrutar: barrenderos, los naranjitos de protección civil, camareros, muchos camareros, etc.

En tercer lugar, San Fermín es una fiesta (aunque sería más apropiado hablar de “unas fiestas”, tantas como personas las sufren o disfrutan) en la que el protagonismo es compartido o anónimo. Las leyendas urbanas hablan, por ejemplo, de un joven Bill Clinton fumándose tranquilamente un puro a la hora del vermú en la Estafeta; o de un alcalde en funciones dando tumbos en el tendido de sol bajo un sombrero de ala mejicana: o de Donald Rumsfeld, el secretario de defensa norteamericano, subido a una farola durante un encierro. Y Arthur Miller, Javier Patarroyo… Y Hemingway, siempre Hemingway.

A propósito de Hemingway, en lo que toca a lo estrictamente literario, a pesar de “Fiesta”, no existe demasiada ficción literaria sobre San Fermín. “Fiesta”, de hecho, pasa por ser la novela sanferminera por excelencia, incluso la única –ninguneando a otras, como “Plaza del Castillo”, de Rafael García Serrano- pero lo cierto es que ni transcurre en su integridad en Pamplona, ni trata en realidad sobre las fiestas.

Por último, los sanfermines son un compendio inigualable de situaciones y escenas rocambolescas, desternillantes; una colección de estampas siempre altamente sugestivas: esos borrachos tirados como guiñapos en mitad de calles abarrotadas, ruidosas y sucias, durmiéndome plácidamente sobre un bordillo al arrullo del chun-chun de las peñas; esa pareja de jóvenes rebozados de harina y champán besándose tras el chupinazo en mitad de una plaza del ayuntamiento ya desierta –“Triunfo del amor en el campo de batalla”, podíamos titular el cuadro—; esos corredores del encierro a los que un asta como un cuchillo afilado roza el corazón sin hacer un rasguño; esos guiris emulando a Supermán incluso en sus parapléjicas consecuencias, al lanzarse desde lo alto de la fuente de Navarrería…

Existen, en definitiva, lances y argumentos de sobra para llenar hasta romperle las costuras el morral de un escritor. En estos “Cuentos sanfermineros” que aquí presento he intentado aligerar peso con algunos de ellos. Y así, aparecen en los mismos el adolescente al que por primera vez el corazón le rezuma esperma y se le encabrita hasta hacerse añicos arrojado a un foso, mientras en el cielo estallan fuegos de artificio; el portero de Osasuna de extracción humilde que durante el relax moral que proporcionan los sanfermines es capaz de enamorar a una alcaldesa estirada y pacata; el piesnegros que confraterniza con una estrella de Hollywood; el barrendero que encuentra sentido a su vida entre montañas de katxis destripados, carteras desvalijadas o fajas chitas de orina y kalimotxo; el “peteuve” que vive horrorizado sus primeros sanfermines lejos de Salou…

La mayoría de los relatos aquí reunidos, por otra parte, han sido publicados en prensa –alguno de ellos incluso ha sido censurado en prensa- y han visto la luz durante las propias fiestas lo cual determina su estructura, tono y carácter. En lo correspondiente a la estructura, muchos de ellos aparecieron por capítulos, uno por cada día. En cuanto al tono, hay que tener en cuenta el medio para el que son escritos y el modo en que se leen los periódicos en San Fermín: a salto de mata, en los intervalos y treguas que concede la parranda; con los periódicos recién salidos del horno, a las dos o las tres de la mañana, cuando la ciudad todavía está en danza; o esperando al encierro; o combatiendo la resaca… El cuento sanferminero debe ser, por tanto, un cuento ágil, humorístico, gamberro, chabacano incluso, por una parte; por otra, y en lo referido al carácter, corrosivo y transgresor. Un cuento, en resumidas cuentas, en consonancia con el espíritu festivo, pagano y subversivo de una ciudad más bien ñoña que por unos días se desmelena y esconde sus pelusas debajo de la alfombra: Pamplona por San Fermín. Feliz año nuevo.

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