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Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)
Las personas tímidas tenemos
superpoderes. Por ejemplo, la capacidad de vivir la vida tres veces.
La primera, anticipando o previendo aquello a lo que nos vamos a
enfrentar −situaciones tan
terribles como pedir un café en un bar:
“¿Cómo le digo?”,
piensas mientras te diriges a la barra, ¿“Un café con leche, por
favor”?; o mejor “¿Me puedes poner un café con leche”?−;
la
segunda, el momento en que realmente suceden las cosas: “Cuando
puedas, un café con leche”, le sueltas
finalmente al camarero; y
la tercera, cuando revives lo que has hecho o
dicho y te fustigas por
ello: ¡¿“Cuando
puedas, un café con leche”?! ¿No
habrá sonado con
retintín, no habrá
pensado que estoy insinuando que remolonea
un poco?…
Como
se ve, son unos superpoderes de mierda. Vives
la vida tres veces, sí, pero las tres con vergüenza, angustia y
culpa. Yo me enfrento a ese tipo de situaciones cada día. Soy tímido
desde que era niño y eso ha determinado todo en mi vida: lo
que hago, pero, sobre todo, lo que dejo de hacer; lo poco que digo y
lo mucho que callo; lo que soy y lo que podía haber sido… Por
fortuna creo que la timidez también ha determinado que, para
compensar ese rasgo de carácter, me dedique a la escritura, donde he
encontrado un espacio en el que comunicarme no me da vergüenza. La
literatura es uno de los pilares de mi vida y, en ese sentido, a
pesar de que la timidez sea un viacrucis diario, también le debo y
agradezco esa vocación tan arraigada.
Sobre
todo ello reflexiono en un pequeño ensayo que acaba de publicarse,
titulado “Lacha” (la palabra lacha es una manera de referirse a
la vergüenza en algunas zonas de Navarra), en el que cuento mis
peripecias, a menudo patosas, relacionadas con la introversión,
junto con conversaciones con otros tímidos, una entrevista con un
psicólogo clínico, anécdotas de tímidos ilustres, como Agatha
Christie o Angus Young…
Y
para mi sorpresa (pues el tímido cree que sus padecimientos solo le
suceden a él), gracias a ese libro, voy descubriendo que existen
miles de “lachosos”. “Yo también soy tímida”, me confesó,
por ejemplo, una técnica de sonido, al acabar una entrevista
telefónica a la que ella me había dado paso; “Voy a regalarle el
libro a mi hija, que es como tú”, me paró el otro día en la
calle un señor…
Hay,
pues, todo un ejército invisible de tímidos, de superhéroes
callados, un muro de contención frente a un mundo que sería
terrible si estuviera superpoblado por gente que nunca siente
vergüenza (o sea, por sinvergüenzas), por donaldtrumps de barrio,
en fin, por personas que se dirigen a los camareros imperativamente
(“A ver, ponme un café con leche”) como si se trataran de sus
esclavos…
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, OCTUBRE, 2025)
Esta noche a las tres serán las dos. ¿O era al revés? Todos los
años las mismas dudas. ¿Hay que adelantar o atrasar el reloj? Da lo
mismo, porque el móvil y el ordenador hacen el trabajo por nosotros.
Solo el reloj de pared permanecerá, por pura desgana, durante días,
tal vez semanas, marcando la hora de verano, como un consuelo para
esas tardes aplastantes que nos esperan, esas tardes en las que el
sol, si es que ha llegado a lucir a lo largo del día, se echará a
dormir después de la siesta.
Dicen algunos estudios que este cambio horario aumenta los infartos,
los ictus y las depresiones. Desde luego que oscurezca una hora antes
(y que sepas que por delante te queda todo el invierno hasta que
vuelvas a sentarte en una terraza sin hongo calorífico) no te alegra
el día, en todo caso te lo acorta.
¿Y qué sucede si esta noche a las tres menos cinco de la madrugada
una mujer embarazada de mellizos da a luz a uno de ellos y a las tres
y cinco −que serán ya
las dos y cinco− a
otro? Pues que el primero será más viejo, pero legalmente el mayor
será el segundo.
Es todo un poco absurdo. Los ciudadanos de a pie, por ejemplo, no
acabamos de entender en qué se traduce el ahorro energético al que
debemos todo este manoseo del reloj. La luz que no enciendes en una
fábrica por la mañana, la enciendes por la tarde. Aparte de que las
luces suelen estar encendidas a todas horas en las fábricas. Lo que
está claro es que en un hogar común a las cinco y media si no
quieres prepararte la merienda a ciegas tienes que darle al
interruptor. No sé, no tengo ni idea, pero a ver si al final
resulta que el beneficio -al
menos, en invierno- va a ser para las empresas eléctricas y que los
ladrones de tiempo, los hombrecillos grises de Momo, la novela de
Michael Ende, se apellidaban Entrecanales o Garamendi.
Producir. Consumir. Producir. Esos son los ritmos circadianos del
capitalismo. Y su himno, clinclín, el sonido de las máquinas
registradoras. No hay tiempo que perder, despega la bolsa, recoge la
compra, si tienes que poner el pan de molde junto a los congelados,
te jodes, la cinta no puede parar, la cola tiene que avanzar,
clinclín.
Lo que de verdad estaría bien sería que no solo se pudiera retrasar
el reloj, sino también el tiempo; que pudieras borrar tus errores o
descuidos, retroceder una hora en tu vida, corregir la frase con la
que heriste a alguien a quien quieres, cruzar la calle por otro sitio
diferente a aquel en el que te atropellaron… Pero eso es solo
ciencia-ficción. La cruda realidad es que esta madrugada a las tres
serán las dos y que mañana se pondrá el sol a las 18:07. Al menos,
hoy, dormiremos −o
trasnocharemos− una
hora más. Buenas noches.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Hace muchos años, un día que volvía de la universidad atravesando
un parque, me atracaron dos yonquis. Aparecieron entre las sombras,
sudorosos y pálidos como fantasmas, como espectros de sí mismos, es
decir, de lo que eran antes de que la heroína envenenara sus venas.
Uno de ellos sujetaba con pulso tembloroso una faca. Al otro, el que
daba las órdenes, le tiritaba la voz, pero intentaba aparentar
ferocidad: “¡Suelta todo lo que tengas!”, me espetó.
Un escalofrío me atravesó el cuerpo. Yo no llevaba un duro encima.
No tenía ni para tabaco, y eso que entonces en los quioscos vendían
cigarrillos sueltos. “No tengo nada”, conseguí balbucear. “¡Si
lleva algo le pinchas!”, ordenó entonces el de la voz tiritona, y
entre los dos comenzaron a registrarme, con una desesperación que me
resultó aterradora, pues temí que su frustración les llevara a
hacer alguna locura.
Sin embargo, cuando comprobaron que no les había mentido, me dejaron
marchar. Al menos, durante unos metros. Después, a mis espaldas, oí
que volvían a acercarse. Las piernas apenas me sostenían en pie y
no conseguí echar a correr. “¡Eh, colega, espera, espera!”, me
detuvo el que llevaba la voz cantante, echándome un brazo al hombro.
Musité una blasfemia y a la vez recé en silencio para que en el
bolsillo pequeño de mis vaqueros no hubiera dejado olvidada alguna
moneda. “Perdona, tío, no queríamos asustarte”, se disculpó,
pero lo más sorprendente vino después, cuando el otro añadió: “Lo
siento, tú estás peor que nosotros”, dijo.
“Vale, vale, no pasa nada”, conseguí contestarle, y me alejé
desconcertado. Después, ya al amparo de las luces de la ciudad,
cuando me calmé un poco, noté, a la vez que alivio, una mezcla de
rabia y abatimiento. Aquellos yonkis me habían hecho sentir pobre
como una rata de alcantarilla y los odié por ello.
Ahora, por el contrario, lo pienso y creo que había en ellos una
extraña honradez, una extinguida conciencia de clase. Desde entonces
han vuelto a atracarme, de otro modo, muchas veces: trabajos mal
pagados, especulación inmobiliaria, rescates bancarios, inflación
alimentaria… Pero lo peor de todo es que últimamente observo cómo
la escena del parque, pobres asaltando a pobres, se repite cada vez
con más frecuencia: jóvenes sin futuro que salen a cazar
inmigrantes, millennials contra pensionistas, obreros que
votan a partidos que se oponen a la reducción de jornada laboral o
la subida del salario mínimo interprofesional… La diferencia ahora
es que quienes perpetran esos atracos no solo no se disculpan, sino
que además clavan la faca a sus iguales.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Hace unos días el Departamento de Defensa de Estados Unidos pasó a denominarse Departamento de Guerra. Hay que reconocerle, por una vez, la coherencia a Donald Trump, el Señor Naranja. Claro que también podía haber utilizado la motosierra de su clon argentino − “Interior, ¡fuera!, Economía, ¡fuera!”− y aunar todas esas carteras en una. En lo que se refiere a Interior, Estados Unidos es un polvorín, con asesinatos políticos, despliegues de la Guardia Nacional en ciudades desafectas, buena parte de la población inmigrante atemorizada por las deportaciones masivas y, en medio de ese clima incendiario, la mitad de los estadounidenses armados legalmente.
Me pregunto a menudo qué sucedería por estos lares si la
Constitución española amparara algo parecido a la Segunda Enmienda,
el derecho a poseer y portar armas, y la venta de estas en la
cafetería de la esquina: “Una barra de pan y una bomba, por
favor”. “¿La bomba la quiere de crema o de las de matar?”. Los
tiroteos masivos en Columbine o San Bernardino serían solo una broma
comparados con nuestras discusiones de tráfico o cenas navideñas.
Aunque parezca de Perogrullo, el principal motivo de que muera gente
a causa de armas de fuego son las propias armas de fuego. Lo cual se
puede aplicar también a la economía y política internacionales: el
Departamento de Guerra de Estados Unidos podría ser también el
Departamento de Economía puesto que este país es el principal
exportador de armas del mundo, lo cual requiere que exista una
demanda, un mercado que reclame el producto; es decir, guerras,
invasiones, amenazas, golpes de estado activos (o activados por el
Pentágono), no vaya a ser que se acabe el negocio. Guerras, eso sí,
que tengan lugar siempre fuera de sus fronteras, de ahí que no haya
por qué mantener un Departamento de Defensa en un país que desde su
guerra civil nunca ha padecido un conflicto bélico en su propio
territorio.
Tampoco tranquiliza mucho ver desfilar ante engendros como Putin o
Kim Jong-un a miles de soldados (¿o son androides?) del ejército
chino. “Hoy,
la humanidad vuelve a enfrentarse a la disyuntiva entre la paz o la
guerra”, declaró el presidente Xi
Jinping, mientras
mostraba al mundo sus juguetes de matar, con lo cual no quedaba muy
claro por qué apostaba él.
“Si
vis pacem, para bellum”.
Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Lo escribió Vegecio
en el siglo IV y desde entonces no hemos aprendido, a pesar de los
siglos transcurridos siguiendo esa consigna y de los millones de
muertos como consecuencia de las malditas guerras −y
de
los canallas que las hacen, como dijo Julio Anguita, quien perdió a
su hijo en una de ellas−,
que
estas tienen lugar por culpa de la codicia de unos pocos y por la
existencia de ejércitos y armas que las sustentan.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, septiembre, 2025)
Cada
vez que tengo que hacer una reclamación en la “Atención al
cliente” de alguna compañía telefónica me echo a temblar. No
necesito ser pitoniso para saber lo que me aguarda: unos cuantos
minutos de espera amenizados por Richard Clayderman, después una
“conversación” obtusa con una máquina y, cuando finalmente
consigo hablar con un ser humano (al que, de todos modos, siempre
tengo que deletrear ni nombre y apellidos) una discusión que me hace
perder los nervios, pues se suele enredar en bucles o acabar en
callejones sin salida. Los teleoperadores (cuyas vicisitudes retrató
magníficamente el escritor pamplonés Gonzalo Aróstegui en su
novela En los
antípodas del día)
son la infantería, la carne de cañón enviada por las compañías a
morir o matar a su primera línea de frente.
Hace
unos días me tocó hacer una de esas llamadas y vivir una situación
rocambolesca. La teleoperadora que me atendió me dejaba en espera
cada vez que tenía que consultar algún dato en su ordenador y si
esa espera se prolongaba demasiado volvía a entrar y me calmaba con
un “Enseguida estoy con usted, no cuelgue”. Pues bien, en una de
esas la voz que me habló desde el otro lado del hilo telefónico ya
no era la suya, sino la de un hombre: “Buenos días, llamo para que
me den información sobre sus tarifas”, dijo. “¿Cómo dice?
¡Pero si yo soy un cliente!”, le contesté sorprendido. “¡Anda!
¿Y ahora qué hacemos?”, dijo él. “Pues no sé, me imagino que
alguno de nosotros tendrá que colgar”, sugerí, esperando que
fuera él el que cediera. Yo llevaba ya casi veinte minutos con mi
gestión y no me apetecía tener que volver a empezar otra vez de
cero. “¿Y quién cuelga?” contestó. “Yo es que llevo ya un
buen rato con esto, y encima es la tercera vez que llamo por el mismo
asunto”, le expliqué. “¿Puedes colgar tú?”. “No, yo es que
tengo prisa, cuelga tú”, dijo. “No, hombre, tú, que solo has
llamado por una consulta, a mí me deben dinero”, argumenté. “¿Y
a mí qué? Cuelga tú”, insistió, nada amorosamente, el muy
desgraciado…
Así
estuvimos durante un buen rato, igual que aquellos dos orgullosos y
tozudos caballeros del siglo XVIII que se toparon con sus carruajes
en un angosto callejón de Ciudad de México, uno frente al otro, y
que estuvieron tres días sin que ninguno reculara para dejar paso.
En nuestro caso la llamada se cortó repentinamente, no sé si por
capitulación de mi contrincante (“Hombre, pero que estás
intentado contratar una compañía telefónica en la que se cruzan
las llamadas…”, le había dicho yo unos segundos antes), o por
decisión de la operadora, al percatarse de su error.
Todavía
no he vuelto a llamar para insistir con mi reclamación. Y no me
quedan muchas ganas, la verdad. Me pregunto cuánto ganarán al año
las compañías de telefonía gracias a las reclamaciones que por
desistimiento dejan de hacer sus desesperados clientes…