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KANTAURI

Jun 12, 2025   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
KANTAURI - NFI

Publicado en «Rubio de bote»

Hace unos días tuve la oportunidad de ver Kantauri, un documental que te sumerge a pleno pulmón en las profundidades del mar Cantábrico. La película es una inmersión en un mundo desconocido y fascinante, en el que sobre un lecho abisal de lo que parecen grandes praderas de trigo o maizales mecidos, en lugar de por el viento, por las corrientes marinas, cohabitan criaturas perfecta, geométricamente perfiladas, con otras de aspecto monstruoso: cangrejos con líquenes incrustados en el cascarón, peces con la piel de piedra, anémonas con tentáculos de humo… Una experiencia sensorial a la que contribuye poderosamente la música envolvente de la orquesta y coro de Bratislava, acompañada por la voz de Aiora Renteria.

Kantauri, dirigida por Xabier Mina e Isaías Cruz, es, de todos modos, mucho más que un documental en alta definición sobre la flora y fauna del Cantábrico. La contemplación de un espacio tan inabarcable e infinito como es el océano nos hace conscientes de nuestra insignificancia y vulnerabilidad y despierta en nosotros −o al menos en mí lo hizo− cuestiones y preocupaciones de carácter existencial, nos trae reminiscencias de la nada que habitamos antes de reconocernos a nosotros mismos o de aquella a la que nos dirigimos de manera inexorable.

A lo largo de toda la película la voz del narrador, Patxi Zubizarreta, repite un estribillo: “Somos peces empeñados en volar”. Venimos de la apnea en los vientres de nuestras madres (y por eso nos resulta tan placentero bañarnos en el mar, en esa agua que tiene la misma consistencia salada que el líquido amniótico) y la muerte nos disolverá en el cosmos, como a un pájaro al que perdemos de vista en la inmensidad del cielo. Y en ese intervalo el azar será quien guíe nuestras vidas.

Una de las imágenes que podemos ver en Kantauri es, por ejemplo, la de los gigantescos bancos de peces, formados por miles de individuos que se mueven como si fueran un solo organismo, y del que de vez en cuando se descuelgan los más despistados, los más débiles, pero quizás también los más díscolos o insumisos. Sobre esos bancos de peces sobrevuelan gaviotas, que se abalanzan en picado y arrebatan a la enorme masa que emborrona el agua uno de esos individuos. ¿Qué es lo que determina que sea este y no otro el que acabará siendo atrapado? ¿La casualidad, el lugar que ocupa −o que se ve obligado a ocupar− dentro de ese banco de peces? Esos pececillos arrebatados al mar quizás, como nosotros, también se empeñaron algún día en volar, y acabaron haciéndolo, aunque quizás no era esa la manera en que lo habían soñado. La vida, la muerte, el azar, son, en fin, enigmas irresolubles, y su profundidad es insondable, como la de un océano. Por eso no podemos dejar nunca de explorar en ese abismo −quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos−, como hace Kantauri con nuestro mar Cantábrico.

INSULTARIO

Jun 7, 2025   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

INSULTARIO

Al contrario de lo que decía aquella canción de La hora chanante (Hijodeputa hay que decirlo más), hijodeputa hay que decirlo menos; o, al menos, recurriendo a otras fórmulas menos manidas.

Hasta el 17 de agosto el Archivo de Navarra ofrece una exposición titulada Insultos de otro tiempo que recoge una selección de insultos conservados en documentos de los siglos XVI y XVII, en la que, junto a “hits” de la ofensa personal como “puta” o “bellaco”, también aparecen otros menos conocidos que, sacados de su contexto, pueden resultar cómicos e incluso poéticos: “Mari pacharán podrido”, para referirse a una mujer aficionada a empinar el codo; “brageta handi”, para calificar a un hombre promiscuo o lujurioso; “pantierno”, para señalar a alguien ingenuo o bobalicón…

Si uno se para a pensar, insultar es una de las actividades humanas más recurrentes, bien sea de manera explícita o bien de pensamiento. Hagan la prueba, intenten contar las veces que a su cabeza viene un “gilipollas” o un “tontolaba” al cabo del día: conduciendo, en el trabajo, viendo el telediario… Yo lo he intentado, pero he tenido que abandonar, he perdido la cuenta, sobre todo llegados a este último caso, cuando en las noticias veo, por ejemplo, el rostro de Netanyahu…

(Insultar al televisor, por cierto, suele resultar una buena terapia personal para liberar la ira y la frustración, pero, más allá de eso, creo que no tiene demasiadas repercusiones en la política internacional)

La cuestión es cómo, tratándose de una actividad humana tan habitual, tendemos a limitar tanto el abanico de posibilidades. La editorial Pepitas de calabaza tiene en su catálogo un librito titulado Insultario que recoge los ingeniosos mensajes ofensivos que durante años se han ido cruzando sus dos autores: “Ojalá te venga la regla en un río de pirañas” o “Te daría de hostias de dos en dos hasta que fueran impares”, se espetan, y lo curioso es cómo de esa manera, en lugar de destruirse de manera mutua, van creando entre ambos algo que los une afectivamente. Insultarse con arte o poniendo un poco de cariño en el empeño creo que sería, pues, una buena manera de solventar las diferencias personales.

En cuanto a la esfera pública, Insultario se encabeza con una cita de Rafael Sánchez Ferlosio: “El insulto fue la forma más primitiva, originaria, de la diplomacia, en la medida en que esta es el arte de resolver por acuerdos de palabra lo que podría llevar a conflictos armados”. Y se me ocurre que igual habría que hacer llegar algún ejemplar de Insultario a Pedro Sánchez o a Ursula von der Leyen para que la próxima vez que se reúnan con Netanyahu le suelten un “Lo mejor que te puede pasar es un camión por encima” o un “Eres una casa cociendo coliflor veinticuatro horas al día”.

GOLFO DE AMÉRICA

Abr 17, 2025   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Rubio de bote (01/03/25)

Donald Trump, el hombre con el pelo y la piel de napalm, ha decidido por su cuenta y riesgo cambiar el nombre al Golfo de México y bautizarlo con otro que parece un homenaje a sí mismo: Golfo de América. Todo ello con el beneplácito de Google, la mayor y más sofisticada red de espías del mundo, que ha accedido a nombrarlo de esa manera, al menos para quienes utilicen sus servicios en Estados Unidos. Aunque si fueran coherentes deberían hacerlo también en el propio México, o en Cuba, Venezuela, Bolivia… que hasta donde −de momento− se sabe también son América. Eso o haberlo llamado Golfo de EE.UU o Golfo de USA, o, ya puestos, Golfo de Donald, o Golfo de X, en honor a su compinche, el descompasado Elon Musk (yo no sé cómo alguien puede votar a estos dos individuos. ¡¿Pero no han visto cómo bailan?!).

En aras de la coherencia también, puesto que al parecer ahora cada uno puede llamar a los lugares como le salga del flequillo o como si fuera Hernán Cortés o Miguel López de Legazpi, y ya que Google lo sabe todo sobre nosotros (dónde hemos estado, qué hemos comprado, qué queremos comprar), podría ofrecernos una geografía personalizada a cada persona, y que en nuestros respectivos maps apareciera, no sé, “Yanquilandia”, “Mordor”, “Los Madriles” (por no emplear otros topónimos o gentilicios más afilados que hieran susceptibilidades).

Como es sabido, en sus primeros días de legislatura el Golfo de América, Donald Trump, ha firmado con su rotulador gordo y su caligrafía como un cardiograma una serie de medidas que han puesto al borde del infarto los mercados pero sobre todo a las personas, por ejemplo a millones de emigrantes sin papeles que se sienten amenazados y perseguidos y que tienen miedo a salir de sus propias casas o a una noche de los cristales rotos. No le ha temblado el pulso, al hombre del pelo, la piel y el corazón de napalm, a pesar de que su propio abuelo fuera un bávaro que llegó a Estados Unidos desnortado por la fiebre del oro, que dos de sus mujeres, Ivana y Melania, hayan nacido en países del Este de Europa, o que su hijo Barron parezca un vampiro de Transilvania (quizás la imagen más terrorífica de la toma de posesión del presidente delincuente −recordemos que Trump está “condenado” por una treintena larga de delitos; lo de condenado es un decir porque fue sentenciado a “libertad incondicional”− fue la de la figura pálida, engominada e impávida del inquietante vástago, como una especie de vaticinio futurista y totalitario).

Aparte de todo ello, en su delirio expansionista, a Trump solo le ha faltado reclamar, además de Canadá, México, Groenlandia y el canal de Panamá, el campo de tiro de las Bardenas, la cima del monte Gorramendi o el McDonald’s de Licenciado Poza en Bilbao. Pero no demos ideas, que lo mismo está escuchándonos Google.

Y EL PREMIO ES PARA…

Abr 17, 2025   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

«Rubio de bote» (15/03/25)

Me quedé corto. Como esta página se entrega con más de una semana de antelación, a veces es arriesgado opinar sobre temas de actualidad, pues esta, voluble y arrolladora, te pasa por encima.

La semana pasada escribía sobre algunos de los últimos disparates del agente naranja, el inefable Donald Trump. Y me quedé corto. Cuando el artículo estaba ya en imprenta esa calamidad humana lanzaba su siniestra propuesta de convertir la franja de Gaza en un enorme resort con sus buffets libres, sus pulseritas de todo incluido y sus discotecas en las que bailar sobre las tumbas de miles de palestinos. Me cuesta creer que una temeridad como esa tenga en realidad alguna intención de llevarse a la práctica y no vaya más allá de ser el pisotón verbal de un bocachancla, que, por algún tipo de retorcido objetivo geopolítico o macroeconómico, busca solo agitar el avispero, mantener vivas las llamas del infierno.

Pero incluso aunque fuera así, una idea semejante solo puede provenir de una mente enferma. Lo cual no quita que para cuando estas líneas se publiquen igual ya circulen las listas de los candidatos al Premio Nobel de la Paz y entre ellos figuren Trump, Netanyahu o Zelenski, que acudiría a recogerlo vestido con su uniforme militar.

“Quiero dedicar este premio a mi madre, a mis hijos, que me estarán viendo, a mi gato…”, iniciaría tal vez su discurso, como si en realidad estuviera recogiendo un Goya (de hecho, Zelenski fue antes que Madelman, actor).

Me tragué, por cierto, toda la ceremonia de los premios del cine español y no podía dejar de pensar en lo paradójico que resultaba que se llevaran los galardones a mejores interpretaciones personas que, al recoger los cabezones, sobreactuaban de esa manera. En eso y en que por cada premiado había cuatro que no lo eran y cuyos discursos dobladitos en el bolsillo del pantalón o en el escote del vestido de Pedro del Hierro nunca se pronunciarían, se quedarían flotando en el éter de las buenas intenciones: encendidas declaraciones públicas de amor, que tal vez se convirtieran en el chaleco salvavidas para una relación a la deriva; sentidos mea culpa de progenitores a los que sus hijos quizás perdonarían sus largas ausencias; proclamas y reivindicaciones políticas que harían tambalearse a los poderosos, al mismísimo Donald Trump….

¿Qué habrá sucedido, por cierto, cuando este Rubio de bote se publique? ¿Qué nueva bravata habrá escupido el agente naranja por la ametralladora de su boquita de piñón? ¿Con qué disparate nos habrá hecho llevarnos las manos a la cabeza? ¿Quizás la muerte habrá vuelto a rozarle la mejilla? Si así fuera, Dios no lo quiera -in god we trusteste se convertiría en un desafortunado artículo, pues es de mal gusto reírse en los funerales. Discúlpenme ustedes. Son los inconvenientes de opinar en diferido.

CUANDO NADA VALE NADA

Abr 17, 2025   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de Bote (29/03/25)

Cada vez que voy a entrar en un supermercado y veo en la puerta a alguien pidiendo viene a mi cabeza aquella canción de Soziedad Alkóholika titulada Cuando nada vale nada: “Yo he sido otro más/ Otro más de los que su vista apartó / al pasar por tu lado/ Quise disimular / Como si no fuera nada conmigo” .

Tal vez recurro a la canción porque no sé cómo describir la sensación que suele adueñarse de mí en esas situaciones, esa mezcla de incomodidad, vergüenza, culpabilidad…

“¡Buenos días, señor!”, me lanzó, por ejemplo, un saludo el otro día un africano, sentado a la puerta del súper. Lo hizo desde muy lejos, cuando aún me quedaban unos cincuenta metros para llegar a la tienda. Disimuladamente miré a mi alrededor y vi que en ese momento no había nadie más cerca, ningún carrito tras el que parapetarme. Solo podía dirigirse a mí. “¡Buenos días!”, le contesté, y me di cuenta de que tal vez debía de haber esperado un poco más, pues aún me faltaban unos cuantos pasos para llegar hasta donde estaba. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Darle una moneda? Lo suyo era hacerlo al terminar las compras (e incluso, como ahora sales del súper desplumado, podríamos fundirnos los dos en un abrazo solidario). Me puse nervioso y para ganar tiempo, me llevé la mano al bolsillo trasero del pantalón, donde suelo guardar un trapito para limpiar las gafas. Es un gesto que repito a veces, no porque realmente estén sucias −que también−, sino porque de ese modo, igual que cuando los niños se tapan la cara creen que nadie los ve, yo, hipermiope, pienso que sin gafas también desaparezco del mundo.

Inmediatamente me di cuenta del error, pues el africano pensó que iba a sacar la cartera. En su cara se dibujó una mueca de decepción. Y yo pasé de largo, como un miserable, un aporofobo que no solo no había dado limosna a aquel hombre sino que además me había reído de él, lo había humillado. Durante el tiempo que estuve en la tienda no podía dejar de darle vueltas. Decidí que al salir no aprovecharía como otras veces para escabullirme entre los clientes que entraban o salían, o que no me justificaría con esas recomendaciones de algunas asociaciones humanitarias que piden no dar limosna para no favorecer a las mafias, y que le entregaría dos euros, lo cual, para mí que soy de natural rata, además de escritor, es toda una fortuna.

−¡Gracias, señor, que tenga un buen día! −se despidió amablemente el hombre cuando dejé la moneda en su vaso, lo cual no me tranquilizó −que es a fin de cuentas lo que buscamos cuando damos limosna: dárnosla a nosotros mismos, calmar con un hueso al perro de nuestras conciencias−. En el fondo, sabía que aquel hombre lo que realmente estaba pensando de mí −y con toda la razón− era: “¡Payaso!”.

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