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Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero 2026)
Durante
estas últimas semanas en las que, de manera inusual, la literatura
ha generado algunas polémicas en la esfera pública -el beef o
pique entre Uclés y Pérez-Reverte, la concesión del Premio Planeta
a Juan del Val, o del Nadal al propio Uclés- ha pasado, sin embargo,
desapercibida la audaz iniciativa de la editorial sevillana Barrett,
que a lo largo de este año publicará algunos
de los libros de su catálogo
de manera anónima, es decir, sin desvelar a los lectores quién es
el autor o autora de las obras.
El
“Catálogo a ciegas”, así es como lo han llamado, pone por tanto
en el centro la propia obra y la propia lectura y no todos los
condicionantes extraliterarios que demasiado a menudo determinan la
suerte de estas:
la fama o dimensión social de quien firma el libro, su ideología o
aspecto, las simpatías o antipatías que despierta, si hace
promoción en La Revuelta,
en El Hormiguero
o en La Gaceta de Melilla,
si es tiktoker,
cocinero o experta en literatura comparada, si sus anteriores obras
han vendido trescientos ejemplares o doscientos cincuenta mil…
Con
su apuesta Barrett viene a poner patas arriba todas las reglas del
negocio editorial y a señalar todos sus vicios y trampas (tal vez
por eso, precisamente, los medios apenas se han hecho eco), además
de liberarnos a los lectores de cierta presión externa, presión que
también puede trasladarse a otras disciplinas artísticas: ¿Es
realmente Lux de
Rosalía poco menos que la Novena
Sinfonía de Beethoven? ¿De verdad los Javis son los nuevos hermanos
Coen? ¿Solo porque lo diga todo el mundo? ¿Y como lo dice todo el
mundo, yo, que soy muy punki, tengo que opinar obligatoriamente lo
contrario?… Claro que, de esta manera, la presión se la puede
imponer uno a sí mismo: “¿Sería
capaz de distinguir en una cata literaria a ciegas a Juan del Val de
Henry Miller?…
No
se preocupen, porque es poco probable que en su “Catálogo a
ciegas” Barrett incluya al autor de Vera, una historia de
amor (yo creo que si cayera en
sus manos un libro como ese lo descartarían solo por el título),
aunque sí reconocen que otra de las motivaciones que les ha llevado
a poner en marcha este desafío es la venganza, es decir, la
posibilidad de pagar con la misma moneda a las grandes editoriales,
acostumbradas a robar autoras o autores que han conseguido éxitos
literarios desde editoriales pequeñas e independientes: en
este caso, se insinúa, será al contrario, Barrett puede que haya
birlado a esas grandes editoriales alguna
que otra
vaca sagrada de la
literatura, que se ha
prestado a este juego del antifaz literario …
o puede que no, puede que tras
las obras anónimas se oculte solo,
qué sé
yo, el vigilante
nocturno de un camping de Castelldefels.
¿Se animan a hacer sus porras?
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero, 2026)
Hace unos días mi peluquero
me preguntó, a la hora de pagar, si era jubilado, pues aplica a
estos un escudo social, una rebaja de tres euros. “¿Pero qué
dices, chalao? ¡Si aún me quedan diez años!”, estuve a
punto de contestarle. También podía haber aprovechado y sugerirle
que me aplicara el descuento de todos modos, total para cuatro pelos
que tenía que apañarme… (claro que es cierto que el tiempo que se
ahorra ahora con el cuero cabelludo lo pierde con los pabellones
auditivos, en los que conforme uno se va haciendo mayor se da el
curioso fenómeno de la alopecia a la inversa).
Un día te sienta como un tiro
que te llamen señor cuando te preguntan la hora y al siguiente estás
mirando obras o cruzando la calle por donde te da la gana.
“Yo aquí no vuelvo”, fue,
de todos modos, mi ofendida y visceral reacción al salir, pero me
calmé en cuanto pasé por otra peluquería, una de esas con poste de
barbero en la entrada, y vi a un chaval con el pelo oxigenado al que
le estaban haciendo una muesca en la ceja, todo ello al ritmo de
Jarfaiter. No me veía ahí dentro, la verdad. Además, pensándolo
bien, si mi peluquero me había preguntado si yo estaba jubilado era
porque no me conocía, porque mientras me hace la faena no intimamos,
no hablamos (entre otras cosas porque él es marroquí y tiene un
español macarrónico, de primero de Duolingo). De hecho, por eso lo
había elegido. Como dice el chiste: “¿Cómo quieres que te
corte?”. “Callado”.
Ir al peluquero siempre me ha
dado mucha pereza. De pequeño mi madre solía mandarme a uno del
barrio, calvo, que desagraviaba esta condición dejándose unas
patillas como de general austrohúngaro, o como Chiquito de la
Calzada. De hecho, recordaba un poco a este, porque era un hombre
rocero (muchos peluqueros lo son, en otro sentido, supongo que por
imperativo de su oficio, y esa es otra de las cosas desagradables de
cortarse el pelo, el contacto físico de sus bajovientres). Pero me
refiero a que le gustaba dar conversación, lo cual a mí, que era un
niño muy tímido, me provocaba cierto nerviosismo, nada
recomendable cuando te doblan la oreja para meter por encima de ella
una tijera recién pasada por la piedra de afilar. Al final, mi madre
acabó cortándome el pelo ella misma e inventando de manera
involuntaria pioneros rapados en la sien que en realidad perpetraba
para ir igualando trasquilones hasta que ya no quedaba nada que
igualar.
Es curioso, me parece que todo
eso fue ayer, que me separa de esa época mucha menos distancia que
los diez años que me quedan para jubilarme. Y es que ya lo decía
Lolo Rico, la creadora de La bola de cristal, en el título de
sus memorias: “¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y
yo no me dé cuenta?”.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, ENERO 2026)
Hace
unas semanas el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a
España por no investigar eficazmente la supuesta violación de dos
mujeres por sumisión química ocurrida en Pamplona en 2016. Durante
el proceso fueron destruidas pruebas clave, dándose la “casualidad”
de que uno de los dos implicados resultó ser cuñado de un policía
nacional adscrito a la unidad que investigó el caso. Desaparecidas
-hechas desaparecer, mejor dicho- dichas pruebas, como secuencias del
vídeo del bar en que presuntamente fue administrada la droga en la
bebida a las mujeres o datos sobre los teléfonos móviles, borrados
“por accidente” de un disco duro, el juez determinó que no había
pruebas concluyentes para condenar a los acusados (lo cuales, entre
otras lindezas, hablaban en un grupo de WhatsApp de entrenarse para
matar mujeres a golpes).
No, no es el argumento de una
película o de una novela de John
Grisham,
es la cruda realidad, una injusticia clamorosa que deja a las
víctimas agraviadas dos veces, la primera por sus agresores, y la
segunda por quien
debería haberlas defendido de ellos.
Queda
como consuelo la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, que condena
al Estado
español a indemnizar económicamente a las dos denunciantes, pero
que no resuelve el hecho de que los culpables
se hayan ido de rositas y
con la burundanga en el bolsillo y que resulte poco probable que los
denunciados puedan
llegar a ser condenados, puesto que las pruebas que podrían
incriminarlos se han esfumado en un birlibirloque policial y
judicial. La condena europea, además, llega después de todo un
viacrucis de nueve años
por diferentes
tribunales -como la
Audiencia Provincial de Navarra o el
Tribunal Constitucional, que
no admitió el recurso de amparo-
y gracias a la
tenacidad del abogado de las víctimas y de estas mismas, que han
conseguido que, al menos, la injusticia que han padecido tenga el
desagravio de ser reconocida públicamente y aireada en diferentes
medios de comunicación.
Cabe
preguntarse, no obstante, cuántas situaciones similares u otras
-abusos laborales, de autoridad, despidos, desahucios, …, por no
hablar de injusticias sistémicas como la desigualdad económica, la
discriminación racial o de género, la corrupción…- caerán en
saco roto porque las personas que las padecen no tienen la fortaleza
anímica o el respaldo económico para afrontar los litigios, o
porque se encuentran por el camino todo tipo de trabas, amenazas,
laberintos judiciales sin salida, procesos kafkianos o cuñados
policías.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre, 2025)
Aquellas
navidades, Odnat-Nevni-Yot-Seolem, sultán de Mogadiscio,
regaló a don Carlos, Príncipe de Viana, una jirafa, que vino a
sumarse a la colección de exuberantes
animales
que poblaban los fosos, pajareras y jardines de la corte de Olite:
leones melenudos, búfalos de aguas, lobos
cervales, parlanchines
loros de colores…
A
don
Carlos el obsequio le complació particularmente, pues a diferencia
de a otras bestias, conseguía
dar de
comer a la susodicha jirafa
con sus manos, dado
que la cabeza
de
esta
sobresalía hasta lo alto del muro del
patio en que fue recluida.
De
ese modo el
príncipe podía
acariciar
y palmear
su
cuello, susurrarle
confidencias
en
las
pequeñas y puntiagudas orejas, bromear
con ella imitando
los
gestos desbocados de su mandíbula cuando triscaba las hojas con las
que la alimentaba…
Pese
a todo lo cual los ojos de la jirafa mostraban siempre un brillo de
tristeza y melancolía.
Don
Carlos interpretó entonces que
el
animal necesitaba otro tipo de atenciones
que su compañía no podía satisfacer,
de
modo que, transcurrido un año de
su
llegada a
Olite, hizo traer a Olite
un
macho
que
mitigara la
soledad y los
instintos de
la cuadrúpeda.
Así
fue en cuanto a lo primero: la pareja se convirtió en inseparable,
caminaban siempre juntos y, cuando el príncipe se acercaba a darles
de comer, sus cuellos se estiraban trenzándose, trepando el muro
como dos hiedras enredadas. Mas
en lo referido a lo segundo, al apareamiento, no parecían mostrar
mucha prisa, así que don Carlos, impaciente, mandó llamar a los
dos
mamporreros más
hábiles del Reino.
Poco
acostumbrados, no
obstante,
a los animales
exóticos y
sus longilíneos atributos sexuales,
durante la monta, que
se complicó sobremanera, pues además
aquellas
otras navidades una copiosa nevada había
cubierto el patio,
los inseminadores acabaron
resbalando
y derribando
torpemente
al macho, con
tan mala fortuna que este al
caer se partió el cuello y murió en el acto, nunca mejor dicho.
Durante
los días siguientes, la hembra permaneció tumbada sobre
la nieve, con
el cuello hecho un ovillo sobre su propio y
trémulo
cuerpo, los ojos cerrados, inapetente y
mortecina.
Pero
lo más curioso de todo fue que, durante los escasos días que tardó
en fenecer,
las motas
naranjas
de su piel fueron desdibujándose, hasta que su cuerpo se tornó
completamente blanco.
Finalmente,
en
la mañana del
Día de Reyes,
en el lugar en que la jirafa solía recostarse, encontraron solo un
montón de nieve que comenzaba, lentamente, a derretirse
y bajo el cual, una vez que se
fundió por completo,
apareció un corazón agrietado
pero que aún conservaba la
forma del mapa de África.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)
Hace unos días
alguien me dijo que yo era fotogénico y casi me da un patatús,
porque cuando miro mis fotos me encuentro con un viejales que ha
usurpado mi lugar, y que, sin embargo, al parecer ofrece una imagen
mejorada de mí mismo. Así que la realidad debe de ser todavía
peor. Qué le vamos a hacer. Llega un momento en la vida en que uno
debe aceptar que su tiempo ya ha pasado. Hace nada los futbolistas
eran unos señores mayores y ahora resulta que los ministros son más
jóvenes que tú, la música que escuchan tus hijos, horrible, y
quienes diseñan las zapatillas que se ponen, unos tarados.
Lo que no me resulta
tan fácil de aceptar es que los que vienen detrás y no lo tienen
nada fácil por delante te culpen de sus males, o al menos eso es lo
que me parece percibir en algunas corrientes de opinión millennial
que consideran que la vida de sus padres, y por extensión la de toda
la generación boomer, ha sido un camino de rosas en el que
pudieron obtener sin esforzarse demasiado un trabajo fijo, una
vivienda en propiedad, además de, ahora, unas pensiones que ponen en
peligro el futuro de las nuevas generaciones.
Yo tengo cincuenta y
seis años y no sé si técnicamente pertenezco a la generación
boomer, a la X o soy −para
esos jóvenes− un
miembro de las juventudes pensionistas que cuando se jubile va a
estar tomándose mojitos en Benidorm mientras ellos todavía
comparten piso con desconocidos que cagan con la puerta abierta. La
realidad es que no imagino un futuro −para
mí− tan halagüeño,
teniendo en cuenta que a lo largo de ese camino de rosas que, en
teoría, ha sido la vida de una persona de mi edad, me he clavado
unas cuantas espinas: cuando acabé de estudiar no había trabajo ni
de lo mío ni, para un universitario, de lo otro; me tuve que ir de
casa jovencísimo, con solo treinta y dos añitos; me “dieron”
una VPO en 2008, el año que me despidieron y nació mi hija; pagué
la hipoteca trabajando como barrendero, operario, periodista u otros
oficios precarios y haciendo muchos castings a las bandejas de
carne de los supermercados; conseguí mi primer trabajo estable a los
cincuenta y cuatro… Y nunca se me ocurrió culpar de todo ello a la
pensión de viudedad de mi madre.
Generalizar, pues,
es una cosa horrible, y estoy seguro de que entre los jóvenes
también hay muchos que no van a tener ninguna dificultad para
estudiar la carrera que quieran o para conseguir un trabajo en la
empresa de papá; o, dicho de otra manera, me parece más justo
reivindicar la lucha de clases que enfrentar generacionalmente a la
peña. Puestos a generalizar yo podría decir que en realidad tampoco
me importa demasiado quedarme anclado en mi tiempo si el que viene
detrás es el tiempo del lavado de cara de las religiones castrantes,
del auge de la ultraderecha y de las zapatillas con muelles.