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EN ‘LA RADICAL TESTA’ DE COLOMBIA

Jul 22, 2009   //   by admin   //   Blog  //  2 Comments

El blog colombiano La Radical Testa ha publicado mi cuento Muñequita linda, que escribí para el libro de fotos de Joseba Zabalza El árbol del zope. En el libro, junto con otros textos firmados por gente como Rodolfo Izal, al que durante algún tiempo confundieron en México con el Sup Marcos, aparecen cinco cuentos con historias cruzadas, al estilo Pulp fiction, tres de los cuales son míos (y en los otros dos metí mucho la mano).

Aprovecho para decirlo porque no consta en ningún sitio, ni siquiera en el propio libro, será que a mí no me confunden con nadie, o al menos con nadie con glamour revolucionario.

Ignoro cómo ha llegado este cuento hasta Colombia, en todo caso esto es lo que dicen de mí en La Radical Testa:

Patxi Irurzun, escritor español autor de novelas negras como «La Virgen Puta» y «Odio enamorado», es uno de los más representativos de la literatura contemporánea de ese país. Este cuento refleja el estilo de su trabajo y y su visión sobre ciertos asuntos sociales.

Y aquí se puede leer Muñequita linda

CANON

Jul 20, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Hará dos o tres años la escritora Nerea Riesco me invitó a participar en un libro en el que diferentes autores debíamos escribir sobre nuestros autores y lecturas favoritos. Un canon literario de esos . Que yo sepa el libro nunca llegó a editarse, pero esto es lo que yo perpetré para la ocasión:

ESCRITO EN LOS MÁRGENES

Yo tenía 13 o 14 años y aunque no sabía qué era un canon literario ni con qué criterio se establecían las listas de los libros recomendados (sobre todo en los suplementos culturales de los periódicos—bueno, eso sigo sin saberlo—) anotaba en un cuaderno todo lo relacionado con mi incipiente carrera de narrador: la fecha de cada cuento que escribía (unos dos o tres cada día), las ideas geniales para las novelas con las que asombraría al mundo y, también, los títulos de los libros que más me habían gustado y de los que echaría mano cuando, después de ganar el Premio Nobel, inevitablemente me preguntaran aquello de: ¿y cuáles son los autores que más han influido en su obra?
Hoy, dos décadas después, he asumido por fin que el Nobel no lo voy a ganar nunca —soy sólo un escritor de culto—y me doy con un canto en los dientes si escribo al año un cuento que merezca medianamente la pena, pero, al menos, la lista de libros que anoté siendo un adolescente soñador por fin sirve para algo.
Claro que hay un problema, siempre hay un problema: en lo que se refiere a escritores españoles, en la lista (en la que se mezclan Bukowski con “El pequeño Nicolás” o Jack London con Raúl Nuñez) sólo consiguen salir despedidos de ese torbellino de hormonas en flor y chupachús kojack, Miguel Delibes, Pío Baroja y Eduardo Mendoza (aunque, como veremos más adelante, aún hay más, no se vayan todavía).
De Mendoza siempre me ha admirado esa capacidad para alternar novelas en toda regla (o al menos en la regla decimonónica) como “La verdad sobre el caso Savolta” o “La ciudad de los prodigios” con artefactos gamberros del tipo “Sin noticias de Gurb” o “El misterio de la cripta embrujada”. Tal vez porque a mí me pasa algo parecido: los cuentos me salen o disparatados o algo melancólicos, amarilleados como fotos viejas algo truculentas. Claro que no sé qué fue primero si el huevo o la gallina, si esa esquizofrenia creativa es el reflejo de mi ánimo voluble o esos cuentos son tributarios de Mendoza.
Con Baroja me sucede algo parecido. Me unen a sus libros y a sus protagonistas, además del paisanaje y del carácter brumoso que imprime la meteorología lluviosa, ciertos rasgos de mi personalidad, unas veces descreída, abúlica, otras, nihilista y dinamitera (y siempre de anarquista en pantuflas).
En cuanto a Delibes reconozco que, aunque hace mucho que no le leo, sus libros fueron para mí una especie de taller literario (en el que fui el más zote de los alumnos, como demuestra esta engorrosa proliferación de paréntesis, cuando de lo que se trataba era de cómo hacer de la sencillez una obra maestra).
La lista nació, pues, con vocación de convertirse en el canon de un futuro premio nobel y por eso me salió pulcramente académica, sin tachones (de hecho, todavía sigue vigente) ni anotaciones al margen. Hoy, sin embargo, dos décadas después, sé que en ella falta un buen número de influencias que si bien no son estrictamente literarias, han determinado tanto o más mi modo de escribir. Falta, por ejemplo, Maki Navaja, pegándole con la recortada de su jerga de barrio chino un trallazo al diccionario de la RAE o desgarrando con el sirlazo de su humor social esos manuales de literatura engordados con escritores sebosos, aburridos y pedantes. Falta el humor absurdo de Faemino y Cansado. Y la poesía callejera de Extremoduro. Faltan los dibujos demoledores de Juan Kalvellido. Y faltan todos los colegas que he ido conociendo por el camino, mis vecinos de papel en fanzines y ediciones alternativas, a los cuales no puedo dejar de citar, porque así está pactado entre nosotros y también porque son mis auténticos autores de cabecera, aquellos con los que me duermo y ronco el humo de los bares, la espuma de la cerveza de barril, los demonios de esta sociedad en las que quienes no aparecen en las listas de los suplementos literarios no existen. Lean, en definitiva, a Delibes, a Baroja, a Mendoza, pero lean también, si se atreven, a mis compadres David González, Vicente Muñoz, Kutxi Romero, Oscar Beorlegui… Y ya puestos, léanme a mí, que soy un escritor de culto (es decir al que adoran un reducido número de fieles: mi madre, mi mujer y media docena de chalados y despistados) y estoy como loco por evangelizar a nuevos lectores. Amén.

MADRID 2016

Jul 17, 2009   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Ahí van dos fotos (o algo así) que saqué en Madrid, por donde pasamos a toda prisa, dos tonterías que a mí que soy un simple me hacen gracia. Una es en un baño de un supermercado DIA, por La Latina, pinchen para ampliarla y fíjense en lo que alguien ha escrito con rotulador en un momento de inspiración . La otra en la Plaza Mayor: para entrar en esa tienda hace falta un GPS. Unos metros más adelante, en la calle Toledo, se me acabaron las pilas y no pude sacar un rótulo en el que se leía. Doner Kebab. Cómida típicamente española.

Por lo demás, no sé si a Madrid le darán las Olimpiadas en 2016, pero para las Paraolimpiadas la llevan clara, moverse en metro con una silleta es una odisea, así que no quiero ni imaginarme qué debe hacer alguien con una silla de ruedas (y que encima irá tan confiado y tan feliz si se le ocurre preguntar sobre barreras arquitectónicas en las oficinas de información turística).

¿Quién es más poderoso, el aire o el fuego?

Jul 17, 2009   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Bien, pues aquí estamos después del kit-kat sanferminero, esa burbuja que nos aisla a los pamploneses del resto del mundo durante estas fiestas «sn igual» No ha pasado gran cosa, de todos modos en estos días. Aunque uno constata que uno tiene que hacer que las cosas pasen, pues en cuanto se relaja, todo se detiene, no hay emails, no hay noticias. Me gusta mucho, me pone de muy buen humor, y viene al pelo, esa canción del último disco de Los delinqüentes, ¿Quién es más poderoso, el aire o el fuego?, que dice:

«Si te quedas sentado, todo se pierde, no solo vale con soñar, siempre puedes seguir luchando».

El caso es que estos sanfermines han sido algo raros, por una serie de circuntancias personales y también porque hicimos otro kit-kat, un kit-kat dentro del kit-kat, y durante cuatro días nos fuimos con los críos a la Warner, en Madrid. Huyendo de la avalancha. (Idea por si algún día vuelvo a escribir un cuento sanferminero: unos sanfermines sin pamploneses, con la ciudad abandonada a los bárbaros que vienen a quemar o a inundar en pis la ciudad sin ley).

Yo este año ni siquiera me he emborrachado como dios manda, ni un solo día. Así que tampoco he podido estrenar las pastillas contra la resaca que me enviaron los de Imprextom, después del plagio de la portada de Resaca y del acuerdo amistoso. Claro que tampoco sé si me hubiera atrevido, después de algunos comentarios que he leido por ahí de gente que dice que jiña verde tras tomarse el R-21. A propósito de las pastillas contra la resaca y de otro episodio de plagio, este en toda regla, fusilando a mi amigo Pepe Pereza a plena luz del día, José Ángel Barrueco, escribió el post que reproduzo a continuación en su blog. (Arriba una foto cutre de las pastillas milagrosas, abajo la deliciosa canción de Los delinqüentes con la no menos deliciosa Julieta Venegas).

Plagios en la red

Deberíamos hacernos varias preguntas sobre los contenidos que colgamos en internet, sean literarios o audiovisuales. ¿Cuánta gente se dedicará a plagiar el trabajo ajeno? ¿Cómo podemos evitar ese robo de documentos? ¿Cuántas veces habremos sido plagiados (y me refiero a cualquiera que posea un blog o una página web o a cualquiera que cuelgue su trabajo en la red) en el ciberespacio? En las últimas semanas ha habido dos casos de plagio en internet que me tocan de cerca. A Patxi Irurzun, uno de los antólogos de “Resaca / Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski”, junto a Vicente Muñoz Álvarez, le enviaron un día por correo electrónico un anuncio de pastillas contra la resaca. A él, precisamente a él. Y lo digo porque el dibujo que había empleado la empresa Impextrom era la ilustración de portada del citado libro, una obra original del dibujante y colega Miguel Ángel Martín. Patxi nos puso en antecedentes a unos cuantos y escribió a la empresa diciendo que, dado que usaban el dibujo sin autorización, al menos indicaran en el anuncio su procedencia y el autor del mismo o nos veríamos obligados a tomar medidas; y que, ya puestos, nos enviaran unas muestras gratuitas de esos botes de grageas contra la resaca. Como compensación. El desenlace fue rápido y hubo buen rollo: le contestaron que habían añadido en su anuncio el título del libro y los nombres del autor y de la editorial; pidieron perdón por el daño, pues habían encontrado la ilustración en la red; y enviaron unos botes de pastillas.
La semana pasada le ocurrió algo parecido a Pepe Pereza, a quien conocí en persona en Gijón y de quien recomendé la película que protagonizó años atrás, “Tilt (Nos hacemos falta)”. El dos de julio publicó en su blog, “Asperezas”, un relato titulado “Autosuficientes”. Alguien le avisaba, unos días después: el seis de julio una mujer colgó en su bitácora (“La ciudad del ser”) un relato titulado “Germinar”, que era idéntico al de Pepe, pero cambiando el sexo del protagonista. Calcado palabra por palabra. Él advirtió que iba a tomar medidas legales si la responsable del blog no retiraba el cuento, pues lo había registrado. Unas horas después la mujer eliminó todos los contenidos de su blog. Si uno entra, comprobará que la página está vacía: sólo quedan el título y la dirección.
Estos casos, dado que estamos en España, al final suelen solucionarse así: con un acuerdo amistoso o teniendo que recurrir a las amenazas. En Estados Unidos, los abogados de quienes son robados sacarían un pastón a los plagiadores. Recordemos que allí te ponen un pleito hasta por mirar mal a un tipo. Lo alucinante es que encima haya gente que defienda el plagio, que insista en que una obra colgada en la red pueda ser tomada por otra persona, cambiándola un poco a su gusto para publicarla de nuevo como si fuera de su autoría. Quizá sea el pensamiento español, supongo: que trabajen dos y los demás miremos o nos aprovechemos de su curro. No entiendo por qué la gente sin talento o sin ganas de currar recurre al plagio para darle de comer a su blog o para anunciar sus productos de venta. En el segundo caso, deberían gastar dinero en pagar a alguien que diseñara los anuncios; pero prefieren ahorrar, claro. En el primer caso, esos plagiadores deberían dedicarse a lo que suele dedicar sus horas muertas alguna gente: a refugiarse tras la máscara cobarde del anonimato y poner a parir a quienes se dedican a escribir de verdad, a diario y en proceso creativo constante. Por lo menos sus insultos no serán copiados a terceros, supongo. Un peligro, internet. Como decía Javier Belinchón en su blog: “Mañana te puede tocar a ti”.


EL AÑO DE LA LENGUA AZUL EN LA CIUDAD DEL MUNDO AL REVÉS (CAPÍTULO 5, Y ÚLTIMO)_

Jul 13, 2009   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

CUENTO SANFERMINERO POR CAPÍTULOS. TEXTO: PATXI IRURZUN. FOTOS: LUIS AZANZA
CAPÍTULO 5 (y último)
Aquellos sanfermines y los peculiares actos de su programa festivo fueron algo excepcional. En lo que se refiere a lo sucedido en el partido, sólo se les otorgó cierta relevancia al día siguiente, en el que, en efecto, la imagen del capitán merengue dando un beso de tornillo al escudo blaugrana, acaparó las portadas de todos los periódicos. Yo de hecho, madrugué, aquel 8 de julio, para comprar la prensa. Sin embargo, dado que me encontraba alojado en un hotel del casco viejo y faltaban sólo cinco minutos para las ocho, antes de dirigirme al kiosko decidí darme una vuelta por el recorrido del encierro. Lo hice por pura curiosidad, pues ya el día anterior, tras la fuga de las avestruces, el consistorio había anunciado la suspensión del resto de encierros e incluso el vallado había sido retirado por la tarde. Mi intuición, sin embargo, no me falló, ni a mi ni a otros miles de personas, que a pesar de todo, por una pura inercia festiva, se habían congregado en la cuesta de Santo Domingo, a la espera de que sucediera algo, no se sabía muy bien qué. Tras una espera de varios minutos la situación la resolvió espontáneamente la propia multitud adelantando el llamado “encierro de la villavesa”, el cual solía celebrarse el día 15 de julio, horas después de que concluyeran las fiestas. Éste heterodoxo encierro solía reunir a todos aquellos a los que nueve días de borrachera les sabían a poco. Solían ser lo mejor de cada casa y actuaban como si la no-fiesta no fuera con ellos, como si los sanfermines no hubieran finalizado y al igual que los días anteriores el encierro debiera celebrarse. La diferencia era que en lugar de correr —o más bien de hacer eses— ante las astas de los toros lo hacían delante de la primera villavesa (como llamaban en Pamplona a autobuses municipales) que aparecía por el recorrido del encierro.

Los chóferes de las villavesas solían disputarse el privilegio de conducir esa línea y yo lo entendí perfectamente aquella mañana, pues el espectáculo de una legión de borrachos ejecutando arriesgados recortes a un autobús municipal, cayendo de bruces ante sus ruedas o siendo heridos por los retrovisores, resultaba entre patético y sobrecogedor (y también un tanto pestilente, pues tras el paso de la procesión de dipsómanos impenitentes en el aire quedaba un vapor irrespirable, mezcla de vino peleón, orina y vómitos).

Durante el resto de las fiestas el encierro de la villavesa se repitió puntualmente, sin incidentes reseñables (excepción hecha del día en que un camión de reparto de barriles de cerveza se adelantó al autobús de línea y fue desvalijado por los corredores).
En realidad no tiene la menor importancia, lo cito sólo porque curiosamente mi mala suerte, el hecho de que me encargaran la guía turística de los sanfermines en el año de la lengua azul, me permitió ampliar la perspectiva, conocer en profundidad unas fiestas que según pude comprobar tenían muchos más matices, colores, o escenarios que aquellos por los que eran mundialmente conocidas: el encierro y las corridas de toros. Ello, por supuesto, repercutió en mi guía, que resolví como era habitual en mí con profesionalidad y elegancia, a pesar de las calamidades. Después de todo —esto, modesto que es uno, todavía no lo había contado—, por eso mismo me llaman “Güan”, que aparte de ser la transcripción fonética que delata mi origen malagueño, alude a mi solvencia como redactor. Y es que está mal que yo lo diga, pero un servidor es conocido como el número uno, el “One” de la profesión. Puede que sea un gafe, un malhadado, un malasombra o sombrón, un agorero, atrabiliario, infausto, en suma, un cenizo recalcitrante, pero al menos mis guías son capaces de devolver a los lugares que visito el encanto que le arrebataron tsunamis, epidemias y otras catástrofes. Por todo ello, insisto, soy el “Güan” (bueno por ello, y por cierto cachondeito a cuenta de mis problemas con el inglés y su pronunciación; por cierto, que mi próximo trabajo será un recorrido por Nueva Orleans, la ciudad del jazz y la música cajún, de la casa del sol naciente y la buena mesa).
Por lo demás, concluido satisfactoriamente mi trabajo en Pamplona sólo me quedó la espinita de ver cómo lo que allá había sucedido aquella tarde de julio nunca se reconoció en su justa medida. Ni siquiera a la mañana siguiente, cuando, una vez presenciado el encierro de la villavesa, compré los periódicos y pude leer algunos de los titulares que hacían referencia al partido: “Circo Romano”; “El color del dinero”, decían algunos; y los más radicales —la prensa deportiva—: “Infamia”, “Patochada”…

Han pasado ya varios días desde esa que estoy convencido, sin embargo, de que fue una fecha histórica. Los sanfermines finalizaron y la canícula estival derritió como un helado aquel acontecimiento sin par, dejando sólo el rastro inapreciable de algunos lamparones sobre una camisa que se limpiaba cada día. En la sequía informativa del verano se diluyeron también otras noticias: los pinchos de moda durante aquel verano en los bares de Pamplona incluían siempre entre sus ingredientes delicias, muslos, yemas de huevo de avestruz; y la cuarentena provocada por el mosquito culicoides inícola, la enfermedad de la lengua azul, fue levantada en agosto, tras constatarse que no se habían producido contagios, volviendo a celebrarse por todo el país corridas de toros y encierros de reses bravas.

Después, el sol de verano redujo a la categoría de anécdota lo sucedido—un Barça-Real Madrid con las camisetas de los jugadores intercambiadas— hasta convertirlo en cenizas esparcidas en la memoria colectiva. Yo, sin embargo, estoy convencido de que a la vez esas cenizas son el lecho del que renace el polluelo de un ave fénix, y de que aquel partido fue trascendental para la historia invisible de la humanidad, pues todos cuanto lo presenciaron por un momento fueron capaces de ponerse en la piel de su peor enemigo, de comprender que debajo de la camiseta del equipo rival hay otra camiseta que todos compartimos, nuestra piel, y bajo ella, un mismo corazón, en el que, en el fondo, las tradiciones, la fe, las banderas ondeando al viento se hunden por pura casualidad, menos arraigadas de lo que creemos, tan frágiles que la simple picadura de un mosquito puede ponerlas en cuarentena.

Estoy plenamente convencido. Aquel partido fue un hito secreto, una efemérides de culto, un mojón escondido tras el follaje en el camino hacia un mundo mejor. Algo, en suma, para lo que no encuentro calificativos. Ni siquiera en mi diccionario de sinónimos.

FIN
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