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Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, enero, 2026)
El
otro día estábamos votando una derrama en la reunión de vecinos
cuando de repente apareció un comando de Delta Forceps e hizo una
extracción, es decir, se llevó al administrador por la fuerza. La
verdad es que entre los vecinos había unos cuantos que no estaban de
acuerdo con la gestión de este administrador y que las votaciones
que habíamos hecho para ver si lo manteníamos o no habían sido
algo sospechosas, aparte de que la casa estaba hecha unos zorros, con
humedades, fallos en la calefacción, las escaleras sin barrer −un
día, en un descansillo, hasta nos encontramos una tan misteriosa
como fétida caca, que tardó en ser retirada varios días−.
Pero
no nos esperábamos algo así.
Los
Delta Forceps −ya
saben, el grupo de élite de El Gigante Naranja, la principal empresa
de administradores de fincas de la ciudad−
irrumpieron en la reunión derribando la puerta y reduciendo
violentamente a algunos vecinos.
En
cuanto al administrador, no supimos nada de él hasta el día
siguiente, cuando lo vimos en el telediario camino de un juzgado,
esposado y con un ridículo gorrito de lana con orejas de Mickey
Mouse. Lo acusaban de regentar varios narcopisos, alguno de ellos, al
parecer, en nuestro propio bloque (nosotros, la verdad, no supimos a
qué se referían, como no fuera al olor a marihuana que de vez en
cuando salía de uno de los trasteros en el que solía meterse el
hijo del del noveno C con sus amigos los días que hacía frío en la
calle).
Unas
horas después, durante la entrega de un premio que concedía el
Ayuntamiento al dueño de El Gigante Naranja, por su inestimable
contribución a la convivencia en la ciudad, este respondió a las
preguntas de varios periodistas y dijo que a partir de ese momento su
empresa se ocuparía de administrar nuestra comunidad y que una de
las primeras medidas que iba a tomar sería utilizar nuestro
jardín-privado-de-uso-público, que en su opinión estaba
infrautilizado, para levantar en él una franquicia de otro de sus
negocios, la cadena de comida rápida McPato…
A
mí todo me resultaba surrealista y un poco increíble, entre otras
cosas porque a nadie, a la alcaldesa, a la policía, a los
periodistas, le parecía extraño aquel comportamiento. Me parecía
que, en realidad, aquello debía de ser un sueño, una pesadilla, o
una película, un videoclip (por ejemplo, para esa canción de La
Polla Records, Jhonny)… Y, en efecto, justo cuando el dueño
de El Gigante Naranja añadía que para el correcto funcionamiento de
su nuevo McPato “necesitaba” ocupar la panadería que había en
uno de los bajos de nuestro edificio, me desperté.
Como
cada mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil. Me saltó la
alerta de una noticia de última hora: “Donald Trump ordena …”,
comenzaba el titular…
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre, 2025)
Aquellas
navidades, Odnat-Nevni-Yot-Seolem, sultán de Mogadiscio,
regaló a don Carlos, Príncipe de Viana, una jirafa, que vino a
sumarse a la colección de exuberantes
animales
que poblaban los fosos, pajareras y jardines de la corte de Olite:
leones melenudos, búfalos de aguas, lobos
cervales, parlanchines
loros de colores…
A
don
Carlos el obsequio le complació particularmente, pues a diferencia
de a otras bestias, conseguía
dar de
comer a la susodicha jirafa
con sus manos, dado
que la cabeza
de
esta
sobresalía hasta lo alto del muro del
patio en que fue recluida.
De
ese modo el
príncipe podía
acariciar
y palmear
su
cuello, susurrarle
confidencias
en
las
pequeñas y puntiagudas orejas, bromear
con ella imitando
los
gestos desbocados de su mandíbula cuando triscaba las hojas con las
que la alimentaba…
Pese
a todo lo cual los ojos de la jirafa mostraban siempre un brillo de
tristeza y melancolía.
Don
Carlos interpretó entonces que
el
animal necesitaba otro tipo de atenciones
que su compañía no podía satisfacer,
de
modo que, transcurrido un año de
su
llegada a
Olite, hizo traer a Olite
un
macho
que
mitigara la
soledad y los
instintos de
la cuadrúpeda.
Así
fue en cuanto a lo primero: la pareja se convirtió en inseparable,
caminaban siempre juntos y, cuando el príncipe se acercaba a darles
de comer, sus cuellos se estiraban trenzándose, trepando el muro
como dos hiedras enredadas. Mas
en lo referido a lo segundo, al apareamiento, no parecían mostrar
mucha prisa, así que don Carlos, impaciente, mandó llamar a los
dos
mamporreros más
hábiles del Reino.
Poco
acostumbrados, no
obstante,
a los animales
exóticos y
sus longilíneos atributos sexuales,
durante la monta, que
se complicó sobremanera, pues además
aquellas
otras navidades una copiosa nevada había
cubierto el patio,
los inseminadores acabaron
resbalando
y derribando
torpemente
al macho, con
tan mala fortuna que este al
caer se partió el cuello y murió en el acto, nunca mejor dicho.
Durante
los días siguientes, la hembra permaneció tumbada sobre
la nieve, con
el cuello hecho un ovillo sobre su propio y
trémulo
cuerpo, los ojos cerrados, inapetente y
mortecina.
Pero
lo más curioso de todo fue que, durante los escasos días que tardó
en fenecer,
las motas
naranjas
de su piel fueron desdibujándose, hasta que su cuerpo se tornó
completamente blanco.
Finalmente,
en
la mañana del
Día de Reyes,
en el lugar en que la jirafa solía recostarse, encontraron solo un
montón de nieve que comenzaba, lentamente, a derretirse
y bajo el cual, una vez que se
fundió por completo,
apareció un corazón agrietado
pero que aún conservaba la
forma del mapa de África.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre 2025)
Desde que leí una
estadística que aseguraba que la mayoría de los conductores se saca
los mocos en los semáforos, cuando me paro con el coche en uno de
ellos procuro no tocarme la cara, no vaya a ser que alguien me vea y
piense que yo también estoy manos a la obra. Lo cual no quita para
que esos breves momentos de relax en la conducción los aproveche
para hurgarme por dentro y rebañarme algún que otro pensamiento,
más o menos intrusivo.
Esta mañana, por ejemplo,
delante de la primera luz en rojo se han cruzando ante mi coche un
chico y una chica. Los dos eran guapos, tenían esa belleza y esa
plenitud de la juventud de la que tal vez solo serán conscientes
cuando ya sea tarde, cuando sepan que esta era solo un suspiro que se
añora toda la vida. Podían haber hecho una bonita pareja, los he
imaginado haciendo el amor, sin embargo cada uno de ellos iba mirando
su móvil, y, aunque casi se han rozado, ninguno se ha apercibido de
la presencia del otro. He pensado, primero, en tocarles la bocina,
pero me he contenido, y se me ha ocurrido que quizás podía escribir
un cuento triste en el que él, o ella, o los dos, mientras se
cruzaban en el paso de cebra iban mirando una de esas aplicaciones
para ligar y en la pantalla les aparecía el otro, al que enviaban un
“match” que se extraviaba en el éter cibernético.
Después el semáforo se ha
puesto en verde.
Mientras continuaba
conduciendo en la radio han contado algunas curiosidades, como que lo
koalas duermen veinte horas. No sé qué tipo de vida puede ser esa,
a no ser que dentro del sueño exista otro mundo que merezca más la
pena que este y la vida real sea solo una pesadilla. ¿Qué sentido
tiene si no estar despierto solo cuatro horas, en las que además de
vivir, tienes que comer, trabajar para comer, defecar, mirar los
mensajes del móvil?
He vuelto a parar unos
metros más adelante, en un cruce con decenas de peatones. He
imaginado qué ropa interior llevaría cada uno de ellos. No lo hecho
de una manera lúbrica o sexual. Me he preguntado si esos peatones
también se pondrían de vez en cuando los calzoncillos o las tangas
del fondo del cajón, las de las gomas flojas, los dibujos ridículos,
las transparencias o agujeros, aquellas a las que solo recurrimos por
emergencia, cuando la lavadora se vuelve perezosa. Supongo que sí.
La vida de todas las personas es más común a la nuestra de lo que
pensamos, tan vulgar como ella, y es a la vez, única, un misterio,
una colección de secretos inconfesables, una muda bajo el pantalón
con puntillas horteras o dibujos de Homer Simpson, un moco hasta el
que el dedo escarbador no llega, un semáforo en rojo para el resto
de los humanos, que nunca sabremos qué piensan realmente.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)
Hace unos días
alguien me dijo que yo era fotogénico y casi me da un patatús,
porque cuando miro mis fotos me encuentro con un viejales que ha
usurpado mi lugar, y que, sin embargo, al parecer ofrece una imagen
mejorada de mí mismo. Así que la realidad debe de ser todavía
peor. Qué le vamos a hacer. Llega un momento en la vida en que uno
debe aceptar que su tiempo ya ha pasado. Hace nada los futbolistas
eran unos señores mayores y ahora resulta que los ministros son más
jóvenes que tú, la música que escuchan tus hijos, horrible, y
quienes diseñan las zapatillas que se ponen, unos tarados.
Lo que no me resulta
tan fácil de aceptar es que los que vienen detrás y no lo tienen
nada fácil por delante te culpen de sus males, o al menos eso es lo
que me parece percibir en algunas corrientes de opinión millennial
que consideran que la vida de sus padres, y por extensión la de toda
la generación boomer, ha sido un camino de rosas en el que
pudieron obtener sin esforzarse demasiado un trabajo fijo, una
vivienda en propiedad, además de, ahora, unas pensiones que ponen en
peligro el futuro de las nuevas generaciones.
Yo tengo cincuenta y
seis años y no sé si técnicamente pertenezco a la generación
boomer, a la X o soy −para
esos jóvenes− un
miembro de las juventudes pensionistas que cuando se jubile va a
estar tomándose mojitos en Benidorm mientras ellos todavía
comparten piso con desconocidos que cagan con la puerta abierta. La
realidad es que no imagino un futuro −para
mí− tan halagüeño,
teniendo en cuenta que a lo largo de ese camino de rosas que, en
teoría, ha sido la vida de una persona de mi edad, me he clavado
unas cuantas espinas: cuando acabé de estudiar no había trabajo ni
de lo mío ni, para un universitario, de lo otro; me tuve que ir de
casa jovencísimo, con solo treinta y dos añitos; me “dieron”
una VPO en 2008, el año que me despidieron y nació mi hija; pagué
la hipoteca trabajando como barrendero, operario, periodista u otros
oficios precarios y haciendo muchos castings a las bandejas de
carne de los supermercados; conseguí mi primer trabajo estable a los
cincuenta y cuatro… Y nunca se me ocurrió culpar de todo ello a la
pensión de viudedad de mi madre.
Generalizar, pues,
es una cosa horrible, y estoy seguro de que entre los jóvenes
también hay muchos que no van a tener ninguna dificultad para
estudiar la carrera que quieran o para conseguir un trabajo en la
empresa de papá; o, dicho de otra manera, me parece más justo
reivindicar la lucha de clases que enfrentar generacionalmente a la
peña. Puestos a generalizar yo podría decir que en realidad tampoco
me importa demasiado quedarme anclado en mi tiempo si el que viene
detrás es el tiempo del lavado de cara de las religiones castrantes,
del auge de la ultraderecha y de las zapatillas con muelles.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)
Las personas tímidas tenemos
superpoderes. Por ejemplo, la capacidad de vivir la vida tres veces.
La primera, anticipando o previendo aquello a lo que nos vamos a
enfrentar −situaciones tan
terribles como pedir un café en un bar:
“¿Cómo le digo?”,
piensas mientras te diriges a la barra, ¿“Un café con leche, por
favor”?; o mejor “¿Me puedes poner un café con leche”?−;
la
segunda, el momento en que realmente suceden las cosas: “Cuando
puedas, un café con leche”, le sueltas
finalmente al camarero; y
la tercera, cuando revives lo que has hecho o
dicho y te fustigas por
ello: ¡¿“Cuando
puedas, un café con leche”?! ¿No
habrá sonado con
retintín, no habrá
pensado que estoy insinuando que remolonea
un poco?…
Como
se ve, son unos superpoderes de mierda. Vives
la vida tres veces, sí, pero las tres con vergüenza, angustia y
culpa. Yo me enfrento a ese tipo de situaciones cada día. Soy tímido
desde que era niño y eso ha determinado todo en mi vida: lo
que hago, pero, sobre todo, lo que dejo de hacer; lo poco que digo y
lo mucho que callo; lo que soy y lo que podía haber sido… Por
fortuna creo que la timidez también ha determinado que, para
compensar ese rasgo de carácter, me dedique a la escritura, donde he
encontrado un espacio en el que comunicarme no me da vergüenza. La
literatura es uno de los pilares de mi vida y, en ese sentido, a
pesar de que la timidez sea un viacrucis diario, también le debo y
agradezco esa vocación tan arraigada.
Sobre
todo ello reflexiono en un pequeño ensayo que acaba de publicarse,
titulado “Lacha” (la palabra lacha es una manera de referirse a
la vergüenza en algunas zonas de Navarra), en el que cuento mis
peripecias, a menudo patosas, relacionadas con la introversión,
junto con conversaciones con otros tímidos, una entrevista con un
psicólogo clínico, anécdotas de tímidos ilustres, como Agatha
Christie o Angus Young…
Y
para mi sorpresa (pues el tímido cree que sus padecimientos solo le
suceden a él), gracias a ese libro, voy descubriendo que existen
miles de “lachosos”. “Yo también soy tímida”, me confesó,
por ejemplo, una técnica de sonido, al acabar una entrevista
telefónica a la que ella me había dado paso; “Voy a regalarle el
libro a mi hija, que es como tú”, me paró el otro día en la
calle un señor…
Hay,
pues, todo un ejército invisible de tímidos, de superhéroes
callados, un muro de contención frente a un mundo que sería
terrible si estuviera superpoblado por gente que nunca siente
vergüenza (o sea, por sinvergüenzas), por donaldtrumps de barrio,
en fin, por personas que se dirigen a los camareros imperativamente
(“A ver, ponme un café con leche”) como si se trataran de sus
esclavos…