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EXTRACCIÓN

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, enero, 2026)

El otro día estábamos votando una derrama en la reunión de vecinos cuando de repente apareció un comando de Delta Forceps e hizo una extracción, es decir, se llevó al administrador por la fuerza. La verdad es que entre los vecinos había unos cuantos que no estaban de acuerdo con la gestión de este administrador y que las votaciones que habíamos hecho para ver si lo manteníamos o no habían sido algo sospechosas, aparte de que la casa estaba hecha unos zorros, con humedades, fallos en la calefacción, las escaleras sin barrer −un día, en un descansillo, hasta nos encontramos una tan misteriosa como fétida caca, que tardó en ser retirada varios días−.

Pero no nos esperábamos algo así.

Los Delta Forceps −ya saben, el grupo de élite de El Gigante Naranja, la principal empresa de administradores de fincas de la ciudad− irrumpieron en la reunión derribando la puerta y reduciendo violentamente a algunos vecinos.

En cuanto al administrador, no supimos nada de él hasta el día siguiente, cuando lo vimos en el telediario camino de un juzgado, esposado y con un ridículo gorrito de lana con orejas de Mickey Mouse. Lo acusaban de regentar varios narcopisos, alguno de ellos, al parecer, en nuestro propio bloque (nosotros, la verdad, no supimos a qué se referían, como no fuera al olor a marihuana que de vez en cuando salía de uno de los trasteros en el que solía meterse el hijo del del noveno C con sus amigos los días que hacía frío en la calle).

Unas horas después, durante la entrega de un premio que concedía el Ayuntamiento al dueño de El Gigante Naranja, por su inestimable contribución a la convivencia en la ciudad, este respondió a las preguntas de varios periodistas y dijo que a partir de ese momento su empresa se ocuparía de administrar nuestra comunidad y que una de las primeras medidas que iba a tomar sería utilizar nuestro jardín-privado-de-uso-público, que en su opinión estaba infrautilizado, para levantar en él una franquicia de otro de sus negocios, la cadena de comida rápida McPato…

A mí todo me resultaba surrealista y un poco increíble, entre otras cosas porque a nadie, a la alcaldesa, a la policía, a los periodistas, le parecía extraño aquel comportamiento. Me parecía que, en realidad, aquello debía de ser un sueño, una pesadilla, o una película, un videoclip (por ejemplo, para esa canción de La Polla Records, Jhonny)… Y, en efecto, justo cuando el dueño de El Gigante Naranja añadía que para el correcto funcionamiento de su nuevo McPato “necesitaba” ocupar la panadería que había en uno de los bajos de nuestro edificio, me desperté.

Como cada mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil. Me saltó la alerta de una noticia de última hora: “Donald Trump ordena …”, comenzaba el titular…

LA JIRAFA TRISTE (Cuento de Navidad)

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre, 2025)

Aquellas navidades, Odnat-Nevni-Yot-Seolem, sultán de Mogadiscio, regaló a don Carlos, Príncipe de Viana, una jirafa, que vino a sumarse a la colección de exuberantes animales que poblaban los fosos, pajareras y jardines de la corte de Olite: leones melenudos, búfalos de aguas, lobos cervales, parlanchines loros de colores…

A don Carlos el obsequio le complació particularmente, pues a diferencia de a otras bestias, conseguía dar de comer a la susodicha jirafa con sus manos, dado que la cabeza de esta sobresalía hasta lo alto del muro del patio en que fue recluida. De ese modo el príncipe podía acariciar y palmear su cuello, susurrarle confidencias en las pequeñas y puntiagudas orejas, bromear con ella imitando los gestos desbocados de su mandíbula cuando triscaba las hojas con las que la alimentaba…

Pese a todo lo cual los ojos de la jirafa mostraban siempre un brillo de tristeza y melancolía.

Don Carlos interpretó entonces que el animal necesitaba otro tipo de atenciones que su compañía no podía satisfacer, de modo que, transcurrido un año de su llegada a Olite, hizo traer a Olite un macho que mitigara la soledad y los instintos de la cuadrúpeda.

Así fue en cuanto a lo primero: la pareja se convirtió en inseparable, caminaban siempre juntos y, cuando el príncipe se acercaba a darles de comer, sus cuellos se estiraban trenzándose, trepando el muro como dos hiedras enredadas. Mas en lo referido a lo segundo, al apareamiento, no parecían mostrar mucha prisa, así que don Carlos, impaciente, mandó llamar a los dos mamporreros más hábiles del Reino.

Poco acostumbrados, no obstante, a los animales exóticos y sus longilíneos atributos sexuales, durante la monta, que se complicó sobremanera, pues además aquellas otras navidades una copiosa nevada había cubierto el patio, los inseminadores acabaron resbalando y derribando torpemente al macho, con tan mala fortuna que este al caer se partió el cuello y murió en el acto, nunca mejor dicho.

Durante los días siguientes, la hembra permaneció tumbada sobre la nieve, con el cuello hecho un ovillo sobre su propio y trémulo cuerpo, los ojos cerrados, inapetente y mortecina.

Pero lo más curioso de todo fue que, durante los escasos días que tardó en fenecer, las motas naranjas de su piel fueron desdibujándose, hasta que su cuerpo se tornó completamente blanco.

Finalmente, en la mañana del Día de Reyes, en el lugar en que la jirafa solía recostarse, encontraron solo un montón de nieve que comenzaba, lentamente, a derretirse y bajo el cual, una vez que se fundió por completo, apareció un corazón agrietado pero que aún conservaba la forma del mapa de África.

SEMÁFORO EN ROJO

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre 2025)

Desde que leí una estadística que aseguraba que la mayoría de los conductores se saca los mocos en los semáforos, cuando me paro con el coche en uno de ellos procuro no tocarme la cara, no vaya a ser que alguien me vea y piense que yo también estoy manos a la obra. Lo cual no quita para que esos breves momentos de relax en la conducción los aproveche para hurgarme por dentro y rebañarme algún que otro pensamiento, más o menos intrusivo.

Esta mañana, por ejemplo, delante de la primera luz en rojo se han cruzando ante mi coche un chico y una chica. Los dos eran guapos, tenían esa belleza y esa plenitud de la juventud de la que tal vez solo serán conscientes cuando ya sea tarde, cuando sepan que esta era solo un suspiro que se añora toda la vida. Podían haber hecho una bonita pareja, los he imaginado haciendo el amor, sin embargo cada uno de ellos iba mirando su móvil, y, aunque casi se han rozado, ninguno se ha apercibido de la presencia del otro. He pensado, primero, en tocarles la bocina, pero me he contenido, y se me ha ocurrido que quizás podía escribir un cuento triste en el que él, o ella, o los dos, mientras se cruzaban en el paso de cebra iban mirando una de esas aplicaciones para ligar y en la pantalla les aparecía el otro, al que enviaban un “match” que se extraviaba en el éter cibernético.

Después el semáforo se ha puesto en verde.

Mientras continuaba conduciendo en la radio han contado algunas curiosidades, como que lo koalas duermen veinte horas. No sé qué tipo de vida puede ser esa, a no ser que dentro del sueño exista otro mundo que merezca más la pena que este y la vida real sea solo una pesadilla. ¿Qué sentido tiene si no estar despierto solo cuatro horas, en las que además de vivir, tienes que comer, trabajar para comer, defecar, mirar los mensajes del móvil?

He vuelto a parar unos metros más adelante, en un cruce con decenas de peatones. He imaginado qué ropa interior llevaría cada uno de ellos. No lo hecho de una manera lúbrica o sexual. Me he preguntado si esos peatones también se pondrían de vez en cuando los calzoncillos o las tangas del fondo del cajón, las de las gomas flojas, los dibujos ridículos, las transparencias o agujeros, aquellas a las que solo recurrimos por emergencia, cuando la lavadora se vuelve perezosa. Supongo que sí. La vida de todas las personas es más común a la nuestra de lo que pensamos, tan vulgar como ella, y es a la vez, única, un misterio, una colección de secretos inconfesables, una muda bajo el pantalón con puntillas horteras o dibujos de Homer Simpson, un moco hasta el que el dedo escarbador no llega, un semáforo en rojo para el resto de los humanos, que nunca sabremos qué piensan realmente.

Juventudes pensionistas

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)

Hace unos días alguien me dijo que yo era fotogénico y casi me da un patatús, porque cuando miro mis fotos me encuentro con un viejales que ha usurpado mi lugar, y que, sin embargo, al parecer ofrece una imagen mejorada de mí mismo. Así que la realidad debe de ser todavía peor. Qué le vamos a hacer. Llega un momento en la vida en que uno debe aceptar que su tiempo ya ha pasado. Hace nada los futbolistas eran unos señores mayores y ahora resulta que los ministros son más jóvenes que tú, la música que escuchan tus hijos, horrible, y quienes diseñan las zapatillas que se ponen, unos tarados.

Lo que no me resulta tan fácil de aceptar es que los que vienen detrás y no lo tienen nada fácil por delante te culpen de sus males, o al menos eso es lo que me parece percibir en algunas corrientes de opinión millennial que consideran que la vida de sus padres, y por extensión la de toda la generación boomer, ha sido un camino de rosas en el que pudieron obtener sin esforzarse demasiado un trabajo fijo, una vivienda en propiedad, además de, ahora, unas pensiones que ponen en peligro el futuro de las nuevas generaciones.

Yo tengo cincuenta y seis años y no sé si técnicamente pertenezco a la generación boomer, a la X o soy −para esos jóvenes− un miembro de las juventudes pensionistas que cuando se jubile va a estar tomándose mojitos en Benidorm mientras ellos todavía comparten piso con desconocidos que cagan con la puerta abierta. La realidad es que no imagino un futuro −para mí− tan halagüeño, teniendo en cuenta que a lo largo de ese camino de rosas que, en teoría, ha sido la vida de una persona de mi edad, me he clavado unas cuantas espinas: cuando acabé de estudiar no había trabajo ni de lo mío ni, para un universitario, de lo otro; me tuve que ir de casa jovencísimo, con solo treinta y dos añitos; me “dieron” una VPO en 2008, el año que me despidieron y nació mi hija; pagué la hipoteca trabajando como barrendero, operario, periodista u otros oficios precarios y haciendo muchos castings a las bandejas de carne de los supermercados; conseguí mi primer trabajo estable a los cincuenta y cuatro… Y nunca se me ocurrió culpar de todo ello a la pensión de viudedad de mi madre.

Generalizar, pues, es una cosa horrible, y estoy seguro de que entre los jóvenes también hay muchos que no van a tener ninguna dificultad para estudiar la carrera que quieran o para conseguir un trabajo en la empresa de papá; o, dicho de otra manera, me parece más justo reivindicar la lucha de clases que enfrentar generacionalmente a la peña. Puestos a generalizar yo podría decir que en realidad tampoco me importa demasiado quedarme anclado en mi tiempo si el que viene detrás es el tiempo del lavado de cara de las religiones castrantes, del auge de la ultraderecha y de las zapatillas con muelles.

LACHA

Mar 2, 2026   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, noviembre, 2025)

Las personas tímidas tenemos superpoderes. Por ejemplo, la capacidad de vivir la vida tres veces. La primera, anticipando o previendo aquello a lo que nos vamos a enfrentar −situaciones tan terribles como pedir un café en un bar: “¿Cómo le digo?”, piensas mientras te diriges a la barra, ¿“Un café con leche, por favor”?; o mejor “¿Me puedes poner un café con leche”?−; la segunda, el momento en que realmente suceden las cosas: “Cuando puedas, un café con leche”, le sueltas finalmente al camarero; y la tercera, cuando revives lo que has hecho o dicho y te fustigas por ello: ¡¿“Cuando puedas, un café con leche”?! ¿No habrá sonado con retintín, no habrá pensado que estoy insinuando que remolonea un poco?…

Como se ve, son unos superpoderes de mierda. Vives la vida tres veces, sí, pero las tres con vergüenza, angustia y culpa. Yo me enfrento a ese tipo de situaciones cada día. Soy tímido desde que era niño y eso ha determinado todo en mi vida: lo que hago, pero, sobre todo, lo que dejo de hacer; lo poco que digo y lo mucho que callo; lo que soy y lo que podía haber sido… Por fortuna creo que la timidez también ha determinado que, para compensar ese rasgo de carácter, me dedique a la escritura, donde he encontrado un espacio en el que comunicarme no me da vergüenza. La literatura es uno de los pilares de mi vida y, en ese sentido, a pesar de que la timidez sea un viacrucis diario, también le debo y agradezco esa vocación tan arraigada.

Sobre todo ello reflexiono en un pequeño ensayo que acaba de publicarse, titulado “Lacha” (la palabra lacha es una manera de referirse a la vergüenza en algunas zonas de Navarra), en el que cuento mis peripecias, a menudo patosas, relacionadas con la introversión, junto con conversaciones con otros tímidos, una entrevista con un psicólogo clínico, anécdotas de tímidos ilustres, como Agatha Christie o Angus Young…

Y para mi sorpresa (pues el tímido cree que sus padecimientos solo le suceden a él), gracias a ese libro, voy descubriendo que existen miles de “lachosos”. “Yo también soy tímida”, me confesó, por ejemplo, una técnica de sonido, al acabar una entrevista telefónica a la que ella me había dado paso; “Voy a regalarle el libro a mi hija, que es como tú”, me paró el otro día en la calle un señor…

Hay, pues, todo un ejército invisible de tímidos, de superhéroes callados, un muro de contención frente a un mundo que sería terrible si estuviera superpoblado por gente que nunca siente vergüenza (o sea, por sinvergüenzas), por donaldtrumps de barrio, en fin, por personas que se dirigen a los camareros imperativamente (“A ver, ponme un café con leche”) como si se trataran de sus esclavos…

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