Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, diciembre 2025)
Desde que leí una estadística que aseguraba que la mayoría de los conductores se saca los mocos en los semáforos, cuando me paro con el coche en uno de ellos procuro no tocarme la cara, no vaya a ser que alguien me vea y piense que yo también estoy manos a la obra. Lo cual no quita para que esos breves momentos de relax en la conducción los aproveche para hurgarme por dentro y rebañarme algún que otro pensamiento, más o menos intrusivo.
Esta mañana, por ejemplo, delante de la primera luz en rojo se han cruzando ante mi coche un chico y una chica. Los dos eran guapos, tenían esa belleza y esa plenitud de la juventud de la que tal vez solo serán conscientes cuando ya sea tarde, cuando sepan que esta era solo un suspiro que se añora toda la vida. Podían haber hecho una bonita pareja, los he imaginado haciendo el amor, sin embargo cada uno de ellos iba mirando su móvil, y, aunque casi se han rozado, ninguno se ha apercibido de la presencia del otro. He pensado, primero, en tocarles la bocina, pero me he contenido, y se me ha ocurrido que quizás podía escribir un cuento triste en el que él, o ella, o los dos, mientras se cruzaban en el paso de cebra iban mirando una de esas aplicaciones para ligar y en la pantalla les aparecía el otro, al que enviaban un “match” que se extraviaba en el éter cibernético.
Después el semáforo se ha puesto en verde.
Mientras continuaba conduciendo en la radio han contado algunas curiosidades, como que lo koalas duermen veinte horas. No sé qué tipo de vida puede ser esa, a no ser que dentro del sueño exista otro mundo que merezca más la pena que este y la vida real sea solo una pesadilla. ¿Qué sentido tiene si no estar despierto solo cuatro horas, en las que además de vivir, tienes que comer, trabajar para comer, defecar, mirar los mensajes del móvil?
He vuelto a parar unos metros más adelante, en un cruce con decenas de peatones. He imaginado qué ropa interior llevaría cada uno de ellos. No lo hecho de una manera lúbrica o sexual. Me he preguntado si esos peatones también se pondrían de vez en cuando los calzoncillos o las tangas del fondo del cajón, las de las gomas flojas, los dibujos ridículos, las transparencias o agujeros, aquellas a las que solo recurrimos por emergencia, cuando la lavadora se vuelve perezosa. Supongo que sí. La vida de todas las personas es más común a la nuestra de lo que pensamos, tan vulgar como ella, y es a la vez, única, un misterio, una colección de secretos inconfesables, una muda bajo el pantalón con puntillas horteras o dibujos de Homer Simpson, un moco hasta el que el dedo escarbador no llega, un semáforo en rojo para el resto de los humanos, que nunca sabremos qué piensan realmente.