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Club de lectura de verano 2021: Frankenstein

Sep 5, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

FRANKENSTEIN DE MARY W. SHELLEY

Mary Shelley, creando desde el caos – Rebelion

Publicado en magazine ON (diarios de Grupo Noticias), 03/09/21

La imagen que todos tenemos de Frankenstein, es decir, la de ese monstruo un poco lerdo, inocentón, de color verde, y con dos tornillos en el cuello, tiene en realidad poco que ver con la que la escritora Mary W. Shelley dibuja en su famosa novela. Para empezar, Frankenstein no es en realidad el monstruo, sino el nombre de su creador, el doctor Victor Frankenstein. Pero es que además el monstruo de Frankenstein es un ser de inteligencia despierta, capaz de expresarse en un lenguaje culto, que ha aprendido de manera autodidacta leyendo libros como El paraíso perdido, de Milton, el Wherter de Goethe o Vidas paralelas de Plutarco, lo cual ya es el triple de lecturas que la de muchos de esos tertulianos de la tele que saben de todo.

El año sin verano

Frankenstein, que lleva por subtítulo El moderno Prometeo (es decir, aquel titán de la mitología griega que robó el fuego a los dioses y lo entregó a los humanos) tampoco se escribió, como se asegura a menudo, durante aquel verano sin sol que Mary Shelley pasó acompañada de su esposo, Percy Bysshe Shelley,  y de John Polidori, el médico de Lord Byron, en la villa que este último tenía en Suiza. Frankenstein, de hecho, no es una novela que se lea en una sentada, ni en dos, con lo cual tampoco es factible que su escritura se llevara a cabo en unos pocos días. Sí es cierto, en todo caso, que la chispa que prendió el fuego creador se produjo durante aquel retiro, después de que Byron retara a sus invitados a imaginar un relato de terror con el que entretener el encierro, pues fuera de la mansión llovía a mares y las tormentas, los rayos y centellas, se sucedían sin tregua, creando el ambiente idóneo para contar alrededor de la chimenea historias de fantasmas, aparecidos o vampiros.

Todo ello sucedió en 1816, el llamado año sin verano, en el que debido a la erupción del volcán Tambora, en Indonesia y otros fenómenos metereológicos, el cielo se oscureció durante semanas, sumiendo al hemisferio norte en una estación anormalmente fría. Por entonces Shelley era una joven de solo 19 años, que ignoraba todavía el éxito que alcanzaría la novela que inspirada en aquellas veladas escribiría durante los meses siguientes y que podríamos decir que fue pionera en el género de la ciencia ficción, si no fuera porque desde mucho tiempo antes ya estaba escrita la Biblia. El encierro de aquellos jóvenes románticos y letraheridos, en todo caso, fue realmente fructífero, pues además de Frankenstein, en él se gestó El vampiro, de Polidori, que fue probablemente el primer relato de vampiros, anticipándose casi 80 años al Drácula de Bram Stoker.

Por qué Mary Shelley revivió a Frankenstein con electricidad?

El origen del mal

En lo que concierne a Frankenstein, la novela es mucho más que una novela de terror o de ciencia ficción, en ella se reflexiona sobre temas como la culpa (el monstruo de Mary Shelley, a diferencia de otros, tiene remordimientos), el determinismo, la rebelión ante el destino, la crueldad humana, el rechazo, el origen del mal…

Estructurada en forma de caja china, es decir, un relato que alguien cuenta a alguien que alguien cuenta a alguien, etc.,  utiliza recursos como cartas o confesiones en primera persona (buena parte del libro, por ejemplo, es la narración del propio monstruo a su creador, cuando vuelven a encontrarse, después de que el doctor lo abandone, aterrorizado por la insoportable idea de haber creado a un ser abominable). Y quizás sea esa, precisamente, la parte más atractiva de la novela: el monstruo —sabemos a través de su propio testimonio— es originalmente un ser bondadoso, que busca el amor de los humanos, pero solo obtiene de ellos rechazo, como consecuencia de su aspecto horrible y desmesurado (el doctor Frankenstein revela en el libro que fabricó a su vástago en tamaño XL porque le resultaba más sencillo de montar), lo cual poco a poco va generando en la criatura un sentimiento de odio y de venganza hacia su creador, al que culpa de su soledad en un mundo, el de los humanos, poco piadoso con el extraño, el diferente, el difícil de ver…. Son lo demás quienes lo convierten, pues, en un monstruo, no es su propia naturaleza.

Refugiado en una cabaña, desde la que puede espiar sin ser visto los movimientos de una familia y escuchar sus conversaciones, el monstruo de Frankenstein aprenderá por su propia cuenta primero a hablar y después a leer (a leer a Plutarco, recordemos), nada de lo cual, sin embargo, le servirá para acercarse a ningún ser humano sin despertar en él recelo o temor. Atormentado por ello, busca al doctor Frankenstein y le exige que cree para él una compañera, con la que atemperar su dolor, de lo contrario, lo amenaza, destruirá todo lo que el doctor ama. Victor Frankenstein accede en un primer momento, pero finalmente desecha la idea de dar vida a una monstrua, la monstrua de Frankestein, aterrorizado por la idea de que los dos engendren monstruitos, es decir, creen una nueva raza que destruya a la humanidad. Como consecuencia de esa negativa, el monstruo, despechado, decide llevar a cabo su horrible venganza.

Y hasta ahí puedo leer.

Como vemos, el monstruo de Frankenstein no tenía el cerebro sujeto por tiritas, sino pegado a su ser con toda la hondura de las contradicciones, los temores, las necesidades afectivas de cualquier ser humano. Se podría decir, incluso, que se convierte en monstruo por una sobredosis de humanidad.

Frankenstein en el cine

La imagen icónica, el monstruo tontorrón de cabeza cuadrada y atornillada, zapatos como barcas y al que el traje le tira de la sisa, comenzó a pergeñarse en la adaptación cinematográfica de 1931 El doctor Frankenstein, dirigida por James Whale,en la que el gran Boris Karloff interpreta al desdichado ser. Desde entonces (y antes, en realidad) han sido muchas las interpretaciones que se han hecho de Frankenstein. Por ejemplo, otro de los grandes actores del cine de terror, Christoper Lee, dio vida a un Frankenstein más humano, aunque con más cicatrices (tal vez por eso mismo; aunque quizás el cambio de imagen solo se debiera a que el maquillaje de Karloff era una marca registrada y no se podía imitar). Más recientemente, será otro monstruo (este de la interpretación), Robert de Niro, quien encarne a la terrible criatura en Frankenstein de Mary Shelley, de Kenneth Branagh. Y también hay películas en las que el monstruo ni siquiera aparece, como Mary Shelley, de Haifaa al-​Mansour, que se centra en la figura de la escritora y narra lo acontecido aquel año sin verano en la mansión de Lord Byron y las vicisitudes que la autora hubo de pasar para demostrar que ella, y no su marido, era la autora de la magistral novela.

FRANKENSTEIN | Zapiola Cineclub

No nos podemos olvidar de otra adaptación algo más carpetovetónica, como la que José Carabias hacía en El monstruo de Sancheznstein, el programa-concurso infantil de RTVEcon guión de Guillermo Summers, en el que el menudo actor (la elección de Carabias, que medía un metro y medio, fue sin duda arriesgada)  hacía el papel de un remedo de Franskenstein llamado Luis Ricardo, cantidubi dubi dubi cantadubi dubi da (esta era la pegadiza tonadilla que acompañaba sus apariciones).

Aunque sin duda el Frankestein más entrañable es Herman Munster, el padre de aquella estrambótica familia de monstruos buenos y felices en cuyo hogar lo sobrenatural, lo extravagante, lo terrible era normal; aquella familia, los Monster, que simbolizaba todo lo que al pobre Frankenstein de Mary Shelley le fue negado por nosotros, los monstruosos humanos con nuestros temores incontrolados y aborrecibles prejuicios.  

CHICLERO

Sep 5, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Chicle boomer | MARCA.com

Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en el magazine ON (diarios Grupo Noticias) 03/09/2021

En cuarto de EGB me nombraron “chiclero mayor” de  mi clase. Los curas de mi colegio tenían esas cosas. A veces, cuando se ausentaban durante un rato del aula dejaban a algún alumno al cargo, sentado en la silla del profesor y con la tiza en la mano para apuntar en la pizarra el nombre de quien hablara o hiciera una gamberrada (por ejemplo, recitar el abecedario de un tirón con un eructo).Y lo más curioso era que había chavales a los que aquello, vigilar a los demás,  les gustaba, les hacía sentirse importantes, daba igual que el resto los odiáramos,  a esos chavales les compensaba ganarse el favor del profe de turno, aunque a cambio tuvieran que soportar amenazas, burlas o incluso algún que otro soplamocos al salir de clase. Supongo que los curas ya sabían perfectamente que de mayores esos niños se convertirían en policías —o confidentes de la policía—, árbitros de futbol,  inspectores de hacienda… Por eso mismo nunca entendí porque me eligieron a mí como “chiclero”.

El “chiclero” era una figura que los curas de mi colegio habían inventado para cobrar las multas que imponían a aquellos a los que pillaban mascando chicle durante las clases, y que había que pagar precisamente con chicles (no sé si eso tenía mucho sentido). La cuestión es que uno de los alumnos era quien debía de ocuparse de recaudar esas deudas y guardar  hasta que llegara el verano el botín, que se repartía entonces entre todos los compañeros. Y aquel año me tocó a mí. Por lo visto, yo aparentaba ser un niño formal y responsable,  bastante tímido, al que aquella responsabilidad también quizás podía darle autoconfianza… Pues me cago en su estampa.  Yo lo quería, en lo que me esforzaba, era en ser malote, en juntarme con los últimos de la fila y los repetidores, con los que fumaban ligarza y tiraban pilongas y bolas de nieve a los coches desde lo alto de la muralla.

Aquel curso fue una tortura para mí. Del mismo modo que había compañeros que pagaban sus multas religiosamente, otros —aquellos para más inri a los que más solían castigar— dejaron de hacerlo desde el principio. Y, por si eso fuera poco, muchos días cuando salía de clase con la bolsa de los chicles era yo mismo quien, una vez en casa, me los zampaba en unos atracones culpables y adictivos. No podía evitarlo. Levantaba antes mis ojos la bolsa, veía todos los chicles con forma de melón, o de canica de colores,  los  Bang-Bang, los Cheiw de fresa ácida, los Cosmos negros… y no me podía contener, comenzaba a comérmelos con un ansia irrefrenable. Así que que cada poco tiempo tenía que reponerlos de mi propio bolsillo. Los chicles que yo me zampaba y los que no me atrevía a reclamar a los morosos. Me angustiaba pensar qué sucedería si al llegar el verano no había conseguido mantener al día mis cuentas chicleras. No quería, de hecho, que ese año llegara el verano. Odiaba ser el chiclero mayor (además, qué estupidez era esa, si había un chiclero mayor se suponía que había otros menores, alguien que te ayudaba,  pero yo estaba más solo que la una).

Al final, conseguí reponer a tiempo los chicles que faltaban gracias a que mi cumpleaños era justo antes de las vacaciones y mis abuelos y tíos solían darme la paga. Pero después no quise ni siquiera recoger la parte que me correspondía de los chicles recaudados, ni volví a comer uno de ellos en mucho tiempo. Me imagino que la lección que había que sacar de todo aquello era que uno debía ser comedido, administrar con responsabilidad sus bienes, y más aún los de los demás, controlar sus impulsos… Pero yo lo único que aprendí de aquella experiencia horrible fue que de mayor no quería ser chiclero, ni nada que se le pareciera, nada de aquello que habían imaginado para mí los curas de mi colegio. 

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